Los casos del comisario Croce
Plata Quemada – Ricardo Piglia
«Estos comisarios del género son siempre un poco ingenuos y fantasmales porque, como decía con razón Borges, en la vida los delitos se resuelven -o se ocultan- usando la tortura y la delación, mientras que la literatura policial aspira -sin éxito- a un mundo donde la justicia se acerque a la verdad».


El comisario Croce aparece en al menos un par de obras de Ricardo Piglia que hayamos leído: primero en Blanco Nocturno y, después, en Los casos del comisario Croce, publicada a título póstumo y redactada por Piglia -ya entonces gravemente enfermo de esclerosis lateral amiotrófica- con la ayuda de un ingenio llamado Tobii, capaz de traducir a la escritura los movimientos de sus pupilas. El volumen presenta una docena de relatos breves y, aunque su hilo común sea la resolución de un caso de misterio, en realidad el interés lo sustentan las meditaciones del detective, más que sus investigaciones. El detective literario suele ser, por definición, un tipo singular. Croce encaja de lleno en esa tradición heterodoxa, por su carácter intuitivo y excéntrico, así como por sus procesos deductivos: alejado de la investigación convencional, resuelve los misterios a partir de deducciones filosóficas y reflexiones más cercanas a la metafísica que a la criminología. Eso lo hermana con los arquetipos del género: del Maigret de Simenon al Marlowe de Chandler, Perry Mason en las novelas de Stanley Gardner (no es un detective sino un abogado, pero tanto da), el padre Brown de Chesterton o el mismo Holmes de Conan Doyle, claro. Por no hablar del Isidro Parodi de Borges y Bioy Casares. Esta referencia se hace explícita en uno de los doce casos del volumen, titulado La conferencia y protagonizado por un trasunto del propio Borges. Comisario y escritor -de visita en el ámbito cultural del pueblo de Croce- dialogan sobre la novela policial, el crimen perfecto y la figura del detective/filósofo literario. Digamos así que, como expone ese episodio, cada caso supone un pretexto para indagar en las percepciones y soliloquios del comisario, en su capacidad de observación frente a la complejidad humana. El relajado toque existencialista de Croce, y su despojado estoicismo, lo convierten en un pesquisa algo menos conceptual y más querible por el lector. A uno el planteamiento le resultó, salvo por momentos concretos, más interesante que entretenido. Otra cosa es Plata quemada, novela de acción adictiva, donde Piglia narra con licencias de ficción el caso real de un violento atraco a un banco en la provincia de Buenos Aires, en los años sesenta. Aquí, el autor argentino se vale de una narración híbrida entre la crónica periodística y el policiaco al uso, más cerca del noir cinematográfico que de la intriga detectivesca. Aparte del relato de las fechorías y la huida a Montevideo de los criminales, el relato lo articula el periodista Emilio Renzi, otro personaje recurrente en Piglia, quien se convierte por momentos en narrador en primera persona o proveedor de referencias y testimonios que van jalonando el caso. Plata quemada tiene un indudable aroma a pantalla grande -fue adaptada al cine, de hecho-, con ese aliento acelerado, atroz y ambivalente de algunas películas de Tarantino. Su gran atractivo reside en el juego de relaciones personales, lealtad y traiciones entre los delincuentes expuestos en la primera línea, y su contraposición con los actores ocultos en las entretelas de un golpe cuyas implicaciones van mucho más arriba de estos nihilistas de barrio bajo. El Nene Brignone, el Gaucho Dorda y el Cuervo Mereles, además de Malito, autor intelectual del golpe, están caracterizados de modo formidable por Piglia. Sus interacciones profesionales, la atormentada psicología íntima y la crueldad de sus acciones se enfrentan con la moral despiadada y los brutales métodos de las fuerzas policiales. Piglia engrana ahí el eje principal de la novela, cuya acción galopa hacia un caos de implacable rigor asesino. Y logra así armar un retrato crudo, vibrante en el uso del lenguaje coloquial de los criminales, manejado con suma habilidad. Es un policiaco hilado con trazas de costumbrismo hampón y aguda crítica social. Y siempre atravesado por la atmósfera de violencia desnuda en que operan tanto los ladrones como sus perseguidores.
El año del desierto – Pedro Mairal
“Yo, que unos meses atrás atendía el teléfono en oficinas alfombradas, que traducía cartas al inglés, vestida con mi tailleur azul y mis sandalias, ahora hundía las manos en la sangre caliente, separaba vísceras, abría al medio los animales, despellejaba, buscaba coyunturas con el filo”.

En El año del desierto, Pedro Mairal construye una distopía para recorrer la historia argentina, a grandes rasgos, en sentido cronológico inverso. La historia sigue a María Valdés, joven de Buenos Aires, en una Argentina contemporánea que experimenta un extraño fenómeno llamado “la intemperie”: el progresivo desmoronamiento de todas las formas de la modernidad (materiales, políticas, sociales y morales), que provoca la regresión paulatina del país hacia estados históricos anteriores, cada vez más precarios y arcaicos. Por medio de esa trama fantástica de ascendencia criolla -no confundir con la ciencia ficción clásica ni con un concepto Tolkien de la fantasía-, Mairal teje una poderosa alegoría acerca de la degradación de Argentina, una metáfora ampliada de sus problemas históricos y recurrentes. Primero en una ciudad cada día más hostil e inhumana, y después a través de la amenazante inmensidad del territorio, María recorre una agotadora epopeya. Se enfrenta a personajes, circunstancias y situaciones cada vez más extremos, mientras desaparecen -proscritos por una autoridad política difusa pero latente- el acceso a la tecnología, las infraestructuras y los valores que configuraron la modernidad. Es seguramente la novela más árida que he leído de Mairal. También la más larga y sombría. La potencia de los símbolos prevalece sobre cualquier tentativa de verosimilitud. Y gana una desesperanza cada vez más profunda, tanto por la suerte de la protagonista -aunque desde el arranque de la novela la encontramos instalada en un futuro medianamente dichoso- como por el destino colectivo de la nación. Pese a guardar intactos los valores esenciales de la prosa de Pedro Mairal, las interminables adversidades de la historia acabaron por agotarme. Me pasa con los relatos de corte fantasioso: cuando lo inconcebible niega cualquier atisbo de realidad, el tamaño de la alegoría devora mi resistencia y pierdo la fe en la resolución de la historia. Temo un desenlace menor. Y justo eso me ocurrió.
Tierra de campos – David Trueba
“A veces adiós es una forma de decir te quiero”.

Varias veces uno se interroga por la intención final de esta historia: cuál es la melodía de fondo, el estribillo de esta canción sobre Dani Mosca, estrella de la música española: ¿El desarraigo emocional y geográfico del artista? ¿La pérdida o la imposibilidad de retener lo querido? ¿La búsqueda de una elusiva identidad? ¿La renuncia a eso que Battiato llamaba un centro de gravedad permanente o su inadvertido extravío? ¿La incomprensión de lo próximo, las personas o las pasiones, y su sustitución por una nostalgia algo artificial o auto impuesta? Tal vez esta especulación psicológica suponga un fracaso del lector y David Trueba no aspirase a ninguno de los fines propuestos. O quizás alguno de ellos sí estuviera contemplado. En cualquier caso, seguimos a Dani en un relato en primera persona y dos planos temporales: por un lado, los años de adolescencia, desarrollo y progresiva madurez de su carrera en la música, desde el impulso juvenil al éxito adulto de la banda formada con dos amigos. Más los amores, la familia propia y la que formará; la amistad como inadvertido motor existencial; la cuenta de pérdidas y ganancias, en fin, de una existencia cualquiera. Dani desencadena sus recuerdos mientras viaja al pueblo de la familia para enterrar a su padre recién fallecido: opone el reencuentro con escenarios y personajes de su infancia, en contraste con su vida de modesto cosmopolitismo y calculados excesos. Quizás hay en la historia demasiados elementos, ninguno dotado de una fuerza suficiente para encadenar nuestra emoción; o un cierto desorden cronológico que mueve la historia adelante y atrás en un desenfoque tal vez deliberado. Resulta extraño escuchar durante tantas y tantas páginas la voz y las canciones de Dani sin lograr saber de quién se trata, en realidad. Parece alguien que siente o dice sentir mucho, pero en el fondo no siente nada con la fuerza necesaria para hacernos sentirlo a nosotros. O siente, como expresan las letras de sus canciones, en la forma de frases hechas, de pretendida sensibilidad o sabiduría un tanto acartonadas. Estas indecisiones y la general ausencia de énfasis le juegan en contra al buen gusto y la destreza de Trueba para narrar con sencillez, con prosa natural y fluida, hilada sin apariencia de esfuerzo. Pese a esos valores, algunas reflexiones y el característico humor retocado por la nostalgia (uno tuvo en cierta ocasión la oportunidad de comprobar en privado la capacidad de David Trueba para divertir a su audiencia) estas 400 páginas parecen, como decía cierto gran lector, un abuso de confianza.
Agosto/septiembre 2024
(Para ver el diario completo de lecturas, aquí).

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