Nick Cave, el tormento y el éxtasis

26 10 2024

Nick Cave reúne en su música el alma atormentada de espiritualidad de Johnny Cash, la grave seducción interpretativa del crooner y un relámpago de madura hostilidad punk. A lo largo de los años y los discos le ha ido agregando la trascendencia lírica de sus letras, hechas de una delicada fraseología de imágenes barrocas, con esa potencia abigarrada de las cúpulas renacentistas. Sus personajes son a menudo dioses feroces que interfieren en el mundo y lo transforman; espíritus desesperados por entregarse a una gracia redentora; personajes hiperbólicos, desaforados de rabia y debilidad; príncipes del rock, ídolos paganos, hijos bastardos de una moral mugrienta, hombres condenados, mujeres vulnerables, sacerdotes de la carnicería, espectros justicieros, bestias equívocamente luminosas.

Image
Lee el resto de esta entrada »




Basket, tecnología y deporte: Trecet (2)

4 07 2024

Las conversaciones con Ramón Trecet carecen de preámbulos y representan la antítesis exacta de una charla de ascensor: al saludo matinal no le sigue un comentario casual para ablandar el (inexistente) hielo. Aquí nadie habla del tiempo. Nada de eso: aquí se entra directo a los bifes, como dirían en Argentina. Después de una transcripción acelerada de la primera parte de nuestra charla, el periodista ha logrado enfocar el segundo asalto con cierta intención quirúrgica: aparecen algunas preguntas y temas no abordados en la llamada anterior y podrían servir para completar, redondear y darle una forma coherente al diálogo. Bien. Pero la cosa no funciona así. Antes siquiera del primer disparo, Ramón ya tiene un tema propio y lo deja sobre la mesa: «Ahora vamos a eso, pero… esta mañana he visto una foto de la suela de las zapatillas que usa el noruego Kaster Warholm (campeón europeo, mundial y olímpico de 400 metros vallas);, toda la parte donde meten ahora la placa esa nueva de no sé qué material, los tacos… no sé, todo a la vista. Y junto a la foto, escribían algo así como: «Estas zapatillas se pueden usar en tal y tal competición… Pero en los Juegos Olímpicos no están autorizadas«. [Primera pausa larga de la mañana]. «¿Qué te parece?».

Hace poco leí una serie de artículos en Relevo sobre las ‘zapatillas mágicas’ y su impacto en los récords en pruebas de fondo.

La evolución del deporte es la que es. Los primeros Juegos Olímpicos en los que participó España fueron los de Roma 60. Ahí sacamos una medalla de bronce, en hockey hierba. ¿Te acuerdas de Miguel de la Quadra-Salcedo? Bueno, pues participó en el lanzamiento de disco. Hizo tres nulos. ¿Sabes por qué? Porque lanzó poco más de 30 metros y el récord del mundo en esos años estaba en más de 60. Y anuló él mismo sus tres lanzamientos pisando: le daba vergüenza aparecer con esa marca en comparación con todos los demás. Eso era entonces el deporte en España. Todo cambió con los Juegos de Barcelona 92. Bueno, cambió el deporte mundial, en realidad.

¿Te refieres a la asunción definitiva del deporte profesional como parte de los Juegos Olímpicos?

El punto de inflexión fue la llegada de la NBA. Yo viví todo aquello porque en 1987 empezamos a hacer Cerca de las Estrellas en RTVE y antes tuvimos una preparación como de año y medio. A lo largo de ese proceso hice varios viajes a Estados Unidos y me reuní con frecuencia con David Stern, entonces comisionado de la NBA. Llegaba allí y Stern me trataba como si fuera el primer ministro de no sé dónde. Y ya en esos años, antes incluso de los Juegos de Seúl 88, me dijo con toda claridad: «Nuestro objetivo es Barcelona 92. Vamos a ver qué pasa en Seúl, pero el foco está en Barcelona». Lo que pasó en Seúl fue que a Estados Unidos se lo cargó en semifinales la Unión Soviética del señor Sabonis y compañía. Les pegaron un repaso. Tal y como salimos de aquel partido, le pregunté y me confirmó: «Al Mundial de Argentina veremos a quiénes llevamos, pero a Barcelona vamos a ir con todos». Y así fue.

‘Todos’ eran Magic, Jordan, Bird, Pippen, Malone, Stockton y compañía… El ‘Dream Team’ original.

Aquello lo hicieron entre Juan Antonio Samaranch y David Stern. No nos olvidemos de Samaranch: en 1980 llegó a la presidencia del Comité Olímpico Internacional después de ser embajador en la Unión Soviética, como decíamos ayer, y en 1986 le concedió los Juegos a Barcelona. Así que la NBA llega al Olimpismo y lo modifica para siempre precisamente en Barcelona. Qué casualidad, ¿eh? La NBA había decidido convertir el baloncesto en un deporte mundial, llevaron al mejor equipo de la historia y la idea les ha salido redonda: en estas décadas han globalizado la NBA. Porque hay algo de lo que la gente se olvida siempre: la NBA no es una federación. ¡La NBA es una empresa! ¿Y qué venden? Ellos venden baloncesto. Nadie en ningún deporte tenía en aquellos años la mentalidad ecuménica de David Stern, ni siquiera en el fútbol. Manejaba datos muy exactos de las audiencias globales de los Juegos Olímpicos y sabía que no hay ningún evento deportivo en el mundo que genere esas audiencias acumuladas: 800, 1.000 millones de personas viendo la ceremonia de inauguración. ¿Dónde te quieres anunciar tú cuando tienes un producto que vender?

Donde haya más gente mirando.

Pues eso. Cuando llevé a Stern al IBC en los Juegos de Barcelona, alguno me preguntaba: «¿Y este quién es?». Este es el amo del mundo, gilipollas…

(Leer la segunda parte de la entrevista en Relevo).

Image




Diálogos (3) con Ramón Trecet

19 06 2024

Es martes. A las seis de la mañana, Ramón Trecet repostea en X la convocatoria de Serbia para el torneo olímpico de baloncesto. Una hora más tarde, a las siete, replica un artículo de El País sobre la competición de triple salto en el Europeo de atletismo de Roma: «Y al mismo tiempo -agrega cuando se lo comento-, escuchaba una tertulia en la SER sobre cómo se ha ido a tomar por saco un semi partido que se llama Sumar».

¿Pero qué te ocurre, Ramón? ¿Sufres de urgencia digital? ¿De adicción informativa? ¿O es que no puedes dormir?

Una combinación de todas esas cosas. En el año 2009 en Marca me pusieron al lado a Alex Ugarrio, que hoy es experto en marketing digital en el Atlético de Madrid. Entonces tenía 24 años y yo pensaba que querían que yo le enseñara cosas, pero en realidad me lo habían puesto ahí para que él me enseñara a mí. «Te voy a hacer una cuenta en Facebook y otra en Twitter», me dijo. Bueno, vale… Yo había visto algo, pero no sabía bien. Cuando empecé a ver lo que era aquello, dije: hostia. Escribía, me contestaban, todo era inmediato. Una maravilla. Aquello sí que era un puto medio de comunicación.

Era, dices… No sé si el uso del tiempo verbal es deliberado.

Con Twitter sentí la misma patada en la tripa que sentí cuando escuché por primera vez un rock and roll con 15 años. No sólo Twitter, sino internet, toda la evolución digital, todo lo que venía. Me parecía que era lo más importante que había pasado, desde el punto de vista de la comunicación, en toda la historia de la humanidad. Otra cosa es cómo ha derivado después Twitter y el resto de plataformas.

¿Estás cansado de la evolución? ¿No te veo con fatiga digital, precisamente?

Cansado, no, porque todos los días surgen cosas que te excitan la imaginación: es como la ciencia ficción. Pero se nos ha ido de las manos. Y me decepciona el mal uso que se está haciendo de lo digital. Que haya gente que, dándose cuenta del potencial que tiene, y pudiendo hacer las cosas bien, ha decidido hacerlas mal para que así todo vaya más deprisa. Porque, total… como ellos sólo van a vivir 30 años más.

[Entrevistar a Ramón Trecet, o conversar con Ramón Trecet, tiene algo de tentativa arrolladora: es como tratar de apresar el Amazonas en una botella de agua. El baloncesto, la música, el deporte en general, el periodismo, la política, los medios, el rugby, la radio, la televisión, el mundo digital… Su conversación tiende a lo torrencial. No por verborrea, sino por el efecto sináptico de cada pregunta: las respuestas de Trecet se bifurcan como brazos de agua en el delta de un río, dibujando relatos paralelos de vivencias, conocimiento, análisis, experiencias, espíritu crítico y digresiones inesperadas para conectar entre unos y otros temas. Estás hablando de música y su memoria devana un hilo que lo lleva a las reuniones fundacionales de Comisiones Obreras en Prado del Rey; o a la noche del 23F de 1981, con el intento de golpe de estado y el discurso del Rey Juan Carlos vestido «con la guerrera de capitán general y unos pantalones vaqueros: fue tan precipitado que no le dio tiempo a uniformarse del todo». Una mención a Nixon le recuerda la venta del Washington Post y la casualidad de que la hermana de la familia compradora fuera Tina Weymouth, la bajista de la banda Talking Heads. Por eso esta entrevista tiene un punto incontenible. No cabe en un recipiente convencional porque el personaje ha pasado su vida profesional desbordando espacios.

Conviene una confesión previa: el periodista no preparó una sola pregunta porque, frente a un entrevistado tan polifacético, todas le parecían insuficientes. Así que nos pusimos a hablar, sin más. Obviamente teníamos asideros y territorios comunes donde encontrarnos. En no pocas ocasiones fue Trecet quien hacía las preguntas o demandaba opinión/información acerca de algún asunto, para después comentar nuestras respuestas. Ramón nos pidió disculpas por no poder conversar vía vídeo llamada, por cuestiones de índole privada. Fueron tres diálogos, diálogos tres, a lo largo de varios días].

(Leer la entrevista completa en Relevo).

Image




Leer está sobrevalorado

16 02 2024

Hace un tiempo encontré un artículo dedicado a ciertos superlectores: gente que devoraba cien o más libros al año. Me causó curiosidad la cifra. Vale decir asombro, claro. Algo nos interpela siempre en la estadística: compararnos con el resto. Estos días también leímos sobre la media de encuentros sexuales de los aragoneses (siete cohetes por mes, si no recuerdo mal) y ahí aún habrá sido más inevitable para todos compulsar el baremo para contrastarlo con el rango propio. Como cuando los niños van al pediatra y les sitúan sus medidas en el percentil. Ese momento en que la ciencia te detalla la posición de desarrollo de tu vástago frente al rebaño y tú adviertes ahí el peso del desafío, un cierto prestigio de la familia en juego, hasta el anuncio del facultativo: «En altura el niño está en el tramo alto… pero usted viene follando poco, oiga».

Hablábamos de libros. Cien libros al año me pareció una cifra notabilísima y entré al detalle. Pronto temí el conflicto. Como es costumbre en la sociedad de hoy, en la actitud de los superlectores -o tal vez se la atribuyera el propio diario con entusiasmo mimético- había implícita una brizna de superioridad moral: ese orgullo injustificado, la insolencia que parece impregnar hasta los más nimios comportamientos o costumbres privadas. Con esta mierda de la marca personal, todo el mundo anda vendiéndose a sí mismo como proyecto de vida y se piensa un gurú de sus propias obsesiones. Resulta agotador.

Image
Lee el resto de esta entrada »




Dormir con la abuela

5 03 2023
Image

Dormir en casa de la abuela estará entre las cosas más felices que la mayoría hayamos hecho a lo largo de la vida. En nuestro caso ocurría con frecuencia, o así lo recuerdo yo. Casi siempre por gusto, pero supongo que también en algún momento les convendría a mis padres, si es que querían salir por la noche. No es algo que hicieran a menudo, al menos en mi memoria. Y, como cualquier niño, uno ignoraba casi todo lo que tuviera que ver con el ocio y la diversión de los mayores, todo aquello que no nos incluyera. Cuando eres niño, la vida real de tus padres simplemente no existe o resulta prescindible. Nada de lo que hacen es en primera persona porque todo lo engulle el nosotros. Con los años, uno va queriendo saber o explicarse como adulto lo que sólo miró desde el punto de vista insuficiente del pequeño. Ver aquello a través de sus ojos. A menudo he pensado en la edad que tenían mis padres en cada momento más o menos relevante que yo recuerdo de mi vida, y de la suya, para imaginarme sus pensamientos, sus necesidades, sus inquietudes y temores, comparándolos con los míos a la misma edad. Tuvieron a su primer hijo con 26 años y lo vieron morir con apenas 30, cuando ya había nacido el segundo. A los 36 habían traído al mundo a dos más. A esa misma edad yo aún apuraba mi gastada condición de bachelor; y me faltaban cerca de diez años para atravesar una bisagra que podamos considerar equivalente, aunque con los términos muy matizados: en poco tiempo me quedé en el paro, vi morir a mi padre, asistí de forma vicaria al nacimiento de mi hijo y, por fin, abandoné la práctica del rugby. Cuatro hitos que sucedieron casi de forma consecutiva, en menos de un año, y que bien pudieron marcar mi definitivo y reticente ingreso en la condición de adulto. Esta segunda edad en la que el yo se desvanece en el devorador torbellino del nosotros.

Lee el resto de esta entrada »




Subrayados

26 09 2022

Image

Hace unos pocos años que empecé a subrayar los libros. No supe por qué me había crecido la necesidad de hacerlo, pero me generaba sentimientos encontrados. Siempre miro los libros en los estantes de las casas ajenas, y si alguno me llama la atención me permito la licencia de abrirlo e interrogar algunas páginas. Cuando encontraba fragmentos subrayados asomaba en mí una borrosa impaciencia: ¿Me estaré perdiendo algo? Luego, yo rehusaba incurrir en esa costumbre. Manchar las páginas con rayas torcidas bajo las líneas de texto siempre me pareció poco pulcro. Pero eso cambió, como tantas cosas. Así que, cuando por fin cedí a la tentación, sustituí las rayas horizontales por corchetes, que juzgaba menos invasivos. Para incrementar los niveles de lectura, agregué anotaciones diversas sobre los márgenes; a veces, también otros signos aleatorios, para los que no había establecido ninguna nomenclatura: entusiasmados círculos alrededor de algunas palabras; fulgurantes flechas que querían ser una advertencia enfática; paréntesis que encerraban frases dentro de los párrafos… Todo sin jerarquía alguna que ordenara o ayudase a distinguir el significado último de cada llamada.

Lee el resto de esta entrada »




Diario no diario (XXIV)

1 05 2022

Lunes

Primavera. La última canción en Winter Bone fue Impossible, de Röyksopp y Alison Goldfrapp.

***

Jueves

La primera canción de Spring Up ha sido Wasted, de The War on Drugs.

***

Viernes

He releído algunos pasajes que escribí en aquellos artefactos de literatura portátil que pensábamos que podrían llegar a ser las redes sociales. Naturalmente, hace tiempo que dimitimos del social media y que incluso nos atrevemos a pensar que no estar en las redes sociales se ha convertido casi en una obligación cívica y, cuidado, hasta moral. A menudo cuestiono esta opinión y me veo a mí mismo desde fuera, exagerado y obsesivo.

De entre esos fragmentos escritos en un tiempo y ahora leídos con extrañada distancia, me ha gustado este:

«Rick y Elsa tenían París. A nosotros nos queda la Antártida, mucho más inalcanzable. Nos quedan apenas restos de algún naufragio. Y las noches: noches larguísimas como las que conocen los hielos del sur, noches de apariencia infinita si las escribimos. Los evocadores e imposibles territorios que la creciente temperatura del planeta va derritiendo de forma inexorable. La Antártida se agota, igual que a nosotros nos agota el tiempo. Somos todos, pienso ahora, paisajes de hielo sin esperanza. Nos consumirán el sol y los días pero, mientras sigamos vivos, nos conservaremos inexplicablemente hermosos».

***

Miércoles

Acabo de leer La liebre, de César Aira. Pocos días antes completé El cumpleaños, también del autor argentino. Desde que tomo los libros de la biblioteca pública, mi ritmo de lectura se ha visto beneficiado por las obligaciones del plazo de devolución. Creo que ya he dicho esto. Escrito. Tal vez sólo lo haya pensado. Con frecuencia descubro que algo que pensé haberle contado a una persona quedó en realidad atrapado en mi pensamiento y nunca lo dije. Imagino los pensamientos, o las palabras que componen esos pensamientos, moviéndose de lado a lado del cráneo como centellas enloquecidas de azogue. Ansiando conexiones mientras rebotan en el pin-ball de mi conciencia.

De Aira solo había leído antes Las noches de Flores, una historia desconcertante por su viraje desde lo realista hasta la intromisión de un aliento fantástico y surreal, en un tono al que me costó encontrarle coherencia. Me resultó demasiado arbitrario. Para situar bien a Aira eché mano de las recomendaciones de L., que clavó la definición de su compatriota en una frase, como el entomólogo que sujeta un coleóptero en el panel de su colección: «Aira. No es fácil porque siempre escribe distinto y al mismo tiempo sigue siendo él mismo». En efecto, los tres libros que leí no tienen un continuo, como dirían en La liebre, que permita caracterizar al autor o resumirlo en un mínimo común denominador. La liebre, con su profusa ironía encarnada en «indios que hablan como Leibniz en los tiempos de Rosas», me ha parecido una obra mayor, original y asombrosa por la minuciosa construcción de una realidad alucinada. Todo soportado en una escritura para la que prefiero usar esa palabra que, en mi nomenclatura, designa un escalón bien alto: portentosa.

***

Jueves

He empezado a John Dos Pasos: Paralelo 42, el punto geográfico donde nacen las tormentas que recorren desatadas el inmenso Estados Unidos.

***

Viernes

«Lo explican muy bien Edward Lucas y Peter Pomerantsev en un documento del Center for European Policy Analysis: «El uso que hace el Gobierno ruso de la guerra de la información –la ‘desinformación’– difiere de las formas tradicionales de propaganda. Su objetivo no es convencer o persuadir, sino desautorizar. En lugar de agitar al público para que actúe, busca mantenerlo enganchado y distraído, pasivo y paranoico». Es decir: en vez de convencerte y persuadirte de algo, la propaganda rusa intenta desconvencerte, extender la sospecha sobre lo establecido o relativamente obvio y promover un relativismo epistémico absoluto. La propaganda rusa contemporánea no ofrece un modelo alternativo al occidental como ocurría durante la URSS. Simplemente agita las aguas del descontento y explota las contradicciones del modelo occidental.  Es una estrategia, en principio, inteligente. Busca explotar el escepticismo liberal de los ciudadanos occidentales, que se sienten orgullosos de su pensamiento crítico y de su libertad para formarse un criterio de manera independiente. Si te lo cuestionas todo, acabas paralizado». 

Instrucciones para no convertirte en un propagandista ruso,
por Ricardo Dudda en The Objective

***

«(…) el presidente del Gobierno afirmaba recientemente que, si descontamos la inflación, el precio de la electricidad no ha subido. Lo que viene a ser lo mismo que decir que, si descontamos los dos últimos años, no somos dos años más viejos. Una mentira más, aunque con vis cómica, de las muchas que se proyectan sobre una sociedad acostumbrada a que la mientan y a mentirse a sí misma, y para la que la mentira y el mentiroso se han convertido en parte del paisaje y del paisanaje, respectivamente».

Decir la verdad, un acto revolucionario, por Javier Benegas en The Objective

***

Miércoles

Para mejorar el mundo son necesarios un optimista con determinación y un pragmático empedernido.

***

Jueves

P. se ha contagiado de COVID. Aplazamos la actuación de mañana, a favor de una asociación de exiliados ucranianos. Las mascarillas han dejado de ser obligatorias en todos los ámbitos, incluso interiores, aunque todavía se recomiendan. Ya no se publican cifras de incidencia, de modo que la responsabilidad individual se basa en una pura especulación. No sé si la pandemia ha terminado de manera oficial, pero se parece bastante. Ha bastado dejar de contar. Y de contarla.

Pienso en la incoherencia de contribuir con un concierto a la causa de Ucrania mientras ignoro de forma sistemática las noticias de la guerra en Ucrania. Les tengo miedo, esa es la verdad. Escucho de pasada en la radio el fragmento de un reportaje sobre los cientos de personas refugiadas desde hace más de dos meses en la acería de Mariúpol, sitiada por las tropas rusas. Hablan niños que quieren salir y jugar, ver la luz del sol. Tengo que quitarlo. No soporto los detalles.

Me siento muy cobarde. Y me acuerdo del recluta Tim O’Brien, autor de Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, y de su cobardía inversa: no se atrevió a cruzar el río que lo llevaba a Canadá para desertar de Vietnam. No se atrevió a no ir a la guerra. Allí acabó luchando y al tiempo escribiría un libro formidable, un inventario de lo que los muertos llevaban en sus bolsillos y en sus mochilas mientras luchaban.

***

Viernes

Día de la madre. El banco me envía al correo una publicidad que dice: Si quieres algo para tu madre, consíguelo.

Lo que pasa cuando no tienes actualizada la base de datos de tus clientes.

***

Sábado

Por la tarde, aburrido durante la transmisión del partido, descubro a Peter Bruntnell porque esta misma noche ofrece un concierto en una salita de la ciudad. Escucho una canción, la primera que me entrega el algoritmo (Where the snakes hang out) y decido que me voy a verlo. Me cuesta encontrar el lugar, que se llama El corazón verde, porque no había estado nunca y porque la decisión ha sido tan rápida que ni siquiera sabía a dónde iba. Cuando por fin llego, después de dar inútiles vueltas en busca de aparcamiento por el barrio, la chica de la puerta me dice que está lleno.

He venido a buscar paz en medio de una guerra, tienes que dejarme entrar. ¿Vienes solo? Mírame: esencialmente solo. Nunca nadie ha venido tan solo… Bueno, no te voy a dejar fuera habiendo venido así de solo. A veces me gusta ir a los sitios así de solo. Si llegas a venir con alguien más, imposible. El privilegio de la soledad, ya sabes. Lo que no tendrás será sitio para sentarte. Mientras haya cerveza… Hay cerveza. Entonces no necesito nada más. Somos lo que necesitas. Por eso me ha costado un rato encontraos.

La ventaja de escribir es que puedes reinventar lo que de verdad ha pasado. Y los diálogos de la escena. Inventar un recuerdo. Hacerlo mejor. A veces.

***

El lugar tiene una puesta en escena deliciosa: una fragante terracita exterior al costado del canal, mirando al gran parque de pinos y jardines. El conjunto adquiere, a esta hora de una noche primaveral, la suave calidad acariciadora de los refugios imprevistos. Como una cabaña en un bosque a la que puedes irte a darle la espalda al mundo. A eso he venido.

La sala cuadrada, con la barra en un lado y el escenario en el fondo opuesto, mesas y sillas donde se arremolina la audiencia, construye un sincero auditorio de luces indirectas. La enorme cristalera funde el inmenso bosque de afuera con la intimidad de la música, un acústico de sonoridades nítidas, meloso pero lejos de cualquier amenaza de monotonía. A menudo los recitales sin una banda completa (aquí solo las diferentes acústicas de Bruntnell, a las que se suman un bajo y una guitarra solista) tienden a hacerse demasiado largos en mi oído, que prefiere algo de ruido instrumental. No en este caso. El sonido y la voz de Bruntnell envuelven el ámbito en un dulce manto que la chica de la barra modula con ternura mientras atiende de cuando en cuando las peticiones de los clientes. Familia galesa, nacido en Nueva Zelanda, regresado al año de vida a Inglaterra. Practica algo que parece americana pero vive en Kingston upon Thames. Hace country alternativo. Le gusta Son Volt.

Yo escuchaba a Son Volt cuando descubrí a Uncle Tupello: Son Volt fue la banda que fundó Jay Farrar cuando él y Jeff Tweedy se enfrentaron y acabaron disolviendo Uncle Tupello en 1994. Tweedy montó entonces Wilco con otros dos miembros del grupo: el bajista John Stirratt y Ken Coomer, su primer batería. Además de Jay Bennett, multiinstrumentista. Al igual que con Jay Farrar, Tweedy también se enfrentó y echó del grupo a Jay Bennett, que moriría un tiempo después. A Coomer se lo cargó por la brava cuando conoció a Glenn Kotche y con él grabaron Yankee Hotel Foxtrot. Jim O’Rourke, guitarrista, también fue eliminado después de la grabación de A ghost is born. Se incorporó Nels Cline. Mikael Jorgensen ya estaba. Aún vendría Pat Sansone. Stirratt sigue en la banda, el único miembro original junto a Tweedy. Casi siempre -salvo cuando hace segundas voces- Stirratt toca girado de perfil hacia Kotche.

***

No, no me pongas copa. Siempre bebo de la botella.

Los artistas piden tres bourbon con hielo.

Miro a través de la cristalera de la sala. Ahí sobre esa colina de enfrente actuarán Wilco en apenas dos meses, al otro lado de la pasarela que he cruzado para llegar hasta aquí.

Varias veces pienso en aquel concierto de Damien Jurado en La Lata. También en los de Steve Earle en Oasis, que tanto le gustaron a Per. Pienso en el mediodía en que quedamos a comer, cuando ya no trabajábamos juntos, y apareció con una copia tostada de Yankee Hotel Foxtrot, en una funda de plástico duro de color verde transparente.

Y en la primera vez que vi a Wilco en Oasis, en marzo de 2005.

Busco mi foto con ellos, en la tienda de discos Revolver, en Barcelona, en 2012.

***

Termino mi botella afuera, tras el concierto de Peter Bruntnell. Su biografía en Spotify la ha escrito él mismo. Bruntnell no tiene quien le escriba. O sí. Dice una crítica de The Guardian: «Si viviéramos en un mundo justo, Peter Bruntnell estaría ahora mismo embarcado en su tercera o cuarta gira mundial en grandes estadios; y su mayor preocupación sería cómo enviar por mensajero el último puñado de premios Grammy para hacerlos llegar a Reino Unido, con el fin de que su mayordomo los instalara en el ala oeste de una gran mansión a tiempo para su regreso». Bruntnell aparece fotografiado, con un traje azul de raya diplomática, en los bajos de un edificio abandonado.

Nada suena más irónico que los ditirambos. Sobre todo si comienzan con un «si el mundo fuera justo…».

***

Es casi medianoche y suena smooth jazz en la terraza. Una pareja habla, los dos sentados en la valla que jalona la orilla del traicionero cauce del canal. Un chico regresa a casa con dos perros de cuerpo alargado y chato. Miro a los que aún quedan arriba, al otro lado de la cristalera, y me dan ganas de subir y quedarme hasta que cierren. Bebiendo dentro y mirando afuera.

Hago lo contrario de lo que querría.

***

Domingo

«Para empezar, vale la pena recordar cuál es el producto que las redes sociales venden, porque si hay algo que no son es un «espacio de debate” o la “plaza pública” que dicen ser. Una red social es, como todas las páginas gratuitas de internet, un mercado publicitario. El producto que venden son la gente que visita, escribe, y lee lo que unos y otros están diciendo en la página. Los clientes son los anunciantes que pagan dinero a la red social para poner publicidad delante de esos ciudadanos aguerridos defendiendo el honor de su partido político/ equipo de fútbol/ personaje famoso favorito con un entusiasmo encomiable.

Los objetivos de las redes sociales que quieran ganar dinero, entonces, no es “proteger la libertad de expresión”, o “defender unos valores”, o “crear espacios para el diálogo”. Lo que quieren es, primero, crear una estructura de contenidos que haga que sus usuarios se pasen tantas horas metidos en este antro como sea posible, y segundo, recopilar tantos datos de dichos usuarios como sea humanamente posible para poder vender a los anunciantes una audiencia bien segmentada, delimitada y que compre lo que venden».

Musk y la lógica de las redes sociales, por Roger Senserrich en Vozpopuli

***

La vida no ayuda.

[…]





Diario no diario (XXIII)

13 03 2022

Lunes

Vamos al cine, a las afueras de la ciudad, a ver la última de Spiderman. En el coche, Sidekick me mira desde el asiento de atrás. Observa el rectángulo de mi cara en el retrovisor -a veces juega a adoptar diferentes posiciones y me pregunta si puedo verlo, hasta que descubre una en la que se me hace invisible- y la imagen le devuelve mis ojos enmarcados en ese espacio. Me dice:

¿Por qué tienes los ojos así?

– ¿Cómo los tengo?

– Los tienes así como hacia abajo… como cuando me dijiste que la yaya se había muerto.

– ¿Ah, sí? ¿Los tengo igual?

– Sí, hace ya días que los tienes así.

– Debe de ser que estoy cansado, cariño…

¿Estás cansado o triste?

– Bueno, no lo sé… a veces se parecen mucho.

– ¿Y eso por qué es?

– No estoy seguro, pero ya se pasará… ¿Me avisarás cuando ya no tenga los ojos así?

– Claro.

– Gracias, mi vida.

***

Jueves

Vuelvo a casa de mamá, ya de noche, para llevarme un par de cosas que había dejado pendientes. Sí, hace ya meses que este proceso debería haber culminado, pero aún no lo está del todo y sigo llevando conmigo las llaves del piso. Acordamos con la propietaria dejar algunos muebles que estaban hechos a medida y ver si era posible alquilar el piso semi amueblado. Ese proceso se ha alargado más tiempo del previsto. Y por eso ahí siguen los armarios, las estanterías y la mesa que diseñó M., un vecino, para el despacho en el que me instalé en un penúltimo regreso a la vivienda familiar, con ocasión de una de mis frecuentes rupturas en aquellos agitados años noventa. Recuerdo bien cuándo fue la vuelta, y por qué, pero me cuesta más definir lo que duró aquella estancia. Después de obligarme a seguir solo durante algún tiempo en el piso que había compartido, acuciado por la culpabilidad que tan bien supe alimentar siempre, aún pasaría por otra relación fugaz antes de resbalar por un tobogán de auto compasión y pena. Cuando resolví volver a casa de mis padres, en busca de protección, había caído ya al fondo oscuro. De ahí me sacaron algunas visitas a un psiquiatra, la farmacopea, otro amor y, claro, sobre todo el tiempo y la madurez y varias personas. Pienso en lo que sufriría mi madre cuando me negaba a salir de la cama pasado el mediodía. No era ningún adolescente. Había rebasado los treinta y ahora aquel tormento me resulta patético si lo recuerdo. Pero fue muy real.

Después de que los tres hermanos hubiéramos dejado la casa para arrancar la trayectoria independiente de nuestras vidas, mis padres reformaron la vivienda. Derribaron el tabique que separaba el cuarto de estar clásico del dormitorio que mi hermano y yo compartíamos en nuestro último periodo de vida en común. Y habilitaron un amplio salón de dos ambientes. Desaparecidos nuestros dormitorios, en mi frustrante regreso yo tenía que dormir en la cama abatible que compraron cuando mi abuela L., ya muy mayor, debió dejar su piso en la calle Lavapiés en Madrid para pasar sus últimos años en Zaragoza. Después, cuando ella fue trasladada a una residencia en la que fallecería con 101 años, la habitación adaptada para ella se tornó un espacio híbrido, mezcla de dormitorio de circunstancias y sala de estar. Casi siempre, salvo cuando yo pasé por allí en aquel último regreso, fue más lo segundo que lo primero: mi madre pegó un sillón a la pared, completó con una mesita de apoyo, y en ese ámbito mínimo pasaba las horas viendo una pequeña televisión y haciendo autodefinidos; a veces leyendo algún libro y, en general, aburriéndose mientras mi padre hacía lo mismo en el salón. Así siguieron hasta que ella enviudó y pudimos convencerla, tiempo después, de que saliera y tomase el puesto de mi padre, un espacio más luminoso y cómodo para la vida diaria y para acogernos a los demás cuando la visitábamos. Entonces trasladaron la cama de mi padre a la sala/dormitorio. Y en ella solía dormir N., el nieto mayor, en las semanas en que necesitó aislarse del trasiego de su casa para estudiar el examen de acceso a la universidad… O en fines de semana en los que elegía hacerle compañía a la abuela.

Ahora esos últimos muebles, como decía, hay que sacarlos, porque el alquiler se hará más sencillo ganando habitaciones que puedan ser convertidas en dormitorios por los nuevos inquilinos. A nosotros igual nos da, salvo porque otra vez tenemos que buscar solución a los enseres que no ha sido posible vender, ni siquiera a precio de saldo: la pandemia se llevó tanta gente mayor que, allí donde intentas colocar libros o muebles, encuentras respuestas similares: no nos cabe nada más. Alguno, sobre todo lo que queda del tresillo de piel, quedará arrumbado en un trastero, si encontramos dónde (tampoco a nosotros nos cabe nada más). Lo demás no habrá más remedio que destruirlo y ya encontramos a quien lo haga y se lleve los restos. Después de eso, no quedará nada, ni polvo en la memoria.

No sé si esta será la última vez que pase por este lugar, algo que aún hoy me resulta inasumible, irreal. Pero me comporto como si lo fuera. Lo más probable es que lo sea. Recorro la casa, vacía de silencio, las paredes desnudas y las estancias huecas. Abro el frigorífico y veo que aún quedan dos botellas de cristal con agua, de las que mi madre usaba; y una lata de cocacola a medio consumir, que seguramente dejamos alguno de nosotros en visitas anteriores, hace meses. Camino hasta la habitación del fondo, la que era el dormitorio de mi madre, y antes de los dos, cuando mi padre aún vivía. Allí la visitó el médico que me recomendó llevarla a Urgencias al principio de la última tarde en que estuvimos juntos. Allí me dijo, como siempre, que no quería ir al hospital porque la iban a dejar ingresada, que mejor le dieran un calmante y que enseguida se le iba a pasar el dolor. Ella enfrentaba con un irracional temor -y sobre todo, con gigantesca pereza- la posibilidad de quedar varada durante semanas en una de esas camas de sábanas blancas y verdes, envuelta en el áspero camisón sudoroso que se le subía hasta el cuello por delante y le dejaba la espalda y el culo al aire. Le tuve que decir que no había alternativa, y al rato se la llevaron en una ambulancia y yo me fui para allá. Y durante mi trayecto al hospital llamé o les escribí a mis hermanos, que pasaban juntos unos días de vacaciones, para que estuvieran al tanto. «Ve diciéndonos». Y hasta el final tuve que ir diciéndoles. Hasta contarles, ya de madrugada, lo indecible.

***

Ahora, en esta habitación me fijo en el marco de la ventana, con la pintura blanca descolorida, el tirador dorado, desnudo ya el conjunto sin la cortina blanca que celaba la ventana. Y de repente, al mirarlo ingreso como en un tubo de tiempo, y veo los lejanísimos días en que esa habitación fue nuestro cuarto de jugar. Es una extraña sensación porque he estado aquí muchas veces antes, pero solo en este momento siento con nitidez que estoy mirando exactamente la misma ventana al patio de luces que miraba cuando, de muy niños, mi hermano y yo pasábamos las horas en este cuarto de jugar.

Lo llamábamos así. Y a eso estaba dedicado. Estuvo en esa habitación y luego en otras, porque por algún motivo mis padres a lo largo de los años fueron cambiando la distribución del piso. Creo que ahora puedo intentar reconstruir la secuencia, aunque no sé si acertaré. El cuarto de jugar, a mediados de los setenta, desapareció para que ahí se instalara el dormitorio de mis padres y mi hermana tuviera su propia habitación. Fueron los tiempos en que papá compró una modernísima cama que en el cabecero, además de lamparillas de noche, tenía un sintonizador de radio con altavoces incorporados. Él era un extraordinario aficionado a la radio, que escuchaba noches enteras, incluso mientras dormía, siempre con uno de aquellos mono auriculares blancos que precedieron a los estéreo que hoy son moneda común. La cama con radio ha sido siempre una de esas singularidades que me han servido para explicar a mi padre. Y muy en concreto, su tremenda pasión por la radio, el destino periodístico que siempre quiso para mí… y que se cumplió en gran parte, aunque no a tiempo completo, solo después de que él nos dejara.

Deduzco ahora que aquella variación en el orden de la casa tuvo que ver con el momento en que mi hermana salió de la cuna y pasó a tener su propia habitación. La instalaron en lo que hasta entonces había sido una estancia auxiliar, como una sala de espera, que en realidad ejercía de cuarto del teléfono. Ahí se sentaban mis padres a hablar cuando alguien llamaba, en dos gloriosos sillones de piel negra de diseño profesional, muy estiloso, de líneas muy rectas y un punto, así los recuerdo yo, de minimalismo funcional. Ese tipo de asientos que uno solo esperaba encontrar en oficinas o en alguna de aquellas project houses de los arquitectos más modernos. Aquellos sillones fueron más tarde re tapizados en blanco y siguieron con nosotros muchos años, hasta adquirir una condición legendaria. Yo me llevé al menos uno, que recuerde, a uno de mis pisos de soltero. Luego ya no sé qué se hizo de ellos.

Con aquella evolución, decía, mi hermana pasó a tener su propio dormitorio, con decenas de muñecas que reposaban sobre el edredón de su cama nido. Y el cuarto de jugar se trasladó a lo que hasta entonces había sido la habitación de mis padres, que asomaba a la calle Carrica. Allí quedó durante muchos años, hasta la siguiente transformación. La pieza la presidía un mueble multifuncional, con dos camas abatibles que solo usaban las visitas, que no eran tanto visitas sino apoyos femeninos -tías, amigas de la familia- que cuando éramos muy pequeños se quedaban a veces a dormir en casa para acompañar a mi madre mientras mi padre estaba ausente, en sus constantes viajes de trabajo. Y, además de las camas, había una mesa redonda, de madera oscura, con unas patas cilíndricas que hacia el final se apoyaban en el suelo en forma de cubo. El bureau, un escritorio en cuyos cajones mi padre guardaba papeles y cintas de cassette de las cuales siempre recuerdo las de Jesucristo Superstar, alguna de Pablo Abraira, otras de Pachi Andión y varias, que me gustaban mucho, de los Pequeniques. Debajo de la mesa ocultábamos un cesto que entonces a mí me parecía enorme, y en el que estaban metidos los juguetes. La rodeaban cuatro sillas, de respaldo y asiento negros y el contorno claveteado. Siguieron en casa durante décadas, resistentes al tiempo, renovados los respaldos y asientos en otros colores, pero siempre las mismas. Y ahí estaban todavía, alrededor de la mesa comedor de libro que desplegábamos para las reuniones familiares, cuando todo acabó.

La habitación de mi hermana siguió en el mismo lugar hasta que, en uno de mis regresos, mi padre encargó montar el despacho. En realidad, mi hermana se había marchado de facto de casa mucho antes cuando, al morir mi abuelo M., pasó a vivir casi todo el tiempo en el piso de la abuela P. en la calle Coímbra, para hacerle compañía. Eran sus días en la universidad. A mi regreso de la facultad, mi hermano y yo acabaríamos nuestros días en un dormitorio montado en la misma habitación donde primero estuvo el de mis padres y luego la pieza de los juegos. Y más tarde, la zona ampliada del salón. Supongo que nadie que no seamos nosotros puede seguir esta secuencia, pero a mí me ha servido para ordenar la memoria. Así que, durante años, unas habitaciones se fueron subsumiendo en otras. Por eso mis recuerdos de épocas distintas suceden en el mismo escenario, con un decorado diferente: la vez en que pasé el sarampión en la cama de matrimonio de mis padres; los partidos de fútbol con una pelota de tenis contra mi hermano, con las sillas por porterías, en los días de juegos; la madrugada en que me invitaron, junto con su amigo A., a participar de sus gamberradas, tirando globos de agua desde la ventana a los noctámbulos que salían del bar de abajo entre semana. Y, por fin, el espacio en que mi padre pasó sus últimos años mirando la televisión y oyendo la radio, todo a la vez. El mismo salón al que salió mi madre cuando él ya no estaba allí.

Y en ese proceso en que nos íbamos y volvíamos y la casa se transformaba, cada tanto mi madre incorporaba algún mueble rescatado de los pisos de familiares mayores que también iban yéndose (librerías, tíos, mesitas, abuelos, un centenario reloj de pared, tías…), hasta que el piso Torre Nueva se acabó tornando (esto lo supe cuando ya me había convertido en un lector relativamente serio) en una suerte de aleph familiar, en el que a la manera borgiana habían quedado convocados todos los tiempos, todas las personas, todos los lugares, todas las voces. Un punto más allá del reloj y los calendarios, en el que las vidas, como las habitaciones, se consumían unas sobre otras, confundidas en el recuerdo, hasta hacerse una sola.

***

Ahora me doy cuenta de que lo que he hecho en mi actual despacho en casa es exactamente eso: reproducir la una magia involuntaria que consiste en reunirlos a todos en un único tiempo y un lugar. Unidad de acción, se le dice en la ficción escrita. Mi reconstrucción de ese espacio común, imposible por demás, tampoco ha resultado deliberada. Sólo me di cuenta después de culminarla: entonces vi que había ido juntando en el mismo rincón la cama en que mi madre dormía cuando pasaba algún fin de semana con nosotros; y que, a su lado, dispuse la mecedora en la que mi padre se sentaba en sus últimos años en casa, en esos días en que no encontraba alivio a sus frecuentes lumbalgias en el sillón habitual. Después, en la pared colgué el retrato de los tres hermanos, niños aún, que ampliaron y enmarcaron a tamaño poster, y que a lo largo de las décadas también fue pasando de habitación en habitación, según conviniera, mientras la casa cambiaba. Finalmente, sobre la cama, apoyado en la almohada, dejé descansar a Tato, el muñeco bebé con el que jugaba mi hermano Juan en sus pocos años de vida, y que mi madre conservó siempre como encarnación del imposible olvido de su hijo muerto.

Cuando vaciamos la casa de mi madre, Tato aguardaba inmóvil allí donde lo tenía ella en los últimos años, en la salita a la que se había recluido. El muñeco nos miraba pasar con la misma sonrisa indiferente, algo traviesa, y el baby blanco que vestía hace sesenta años, cuando Juan lo miraba y jugaba con él. En el desalojo final nadie parecía querer llevárselo, así que me lo traje yo porque, desde luego, a Tato no me parecía posible dejarlo atrás. Tato es el recuerdo, o la forma del recuerdo más terrible que jamás se haya construido en la familia. Constituye seguramente el símbolo de todo aquello que nunca hablamos con mi padre, porque jamás le oí decir una palabra acerca de aquel episodio de sus vidas, al que solo mi madre hacía referencia alguna rara vez. Yo a menudo miro a Tato ahora y creo entender lo que representa. Veo por qué siguió todos estos años entre nosotros. Lo tomo entre mis manos y miro sus ojos inertes. Miro esa sonrisa inmóvil de muñeco antiguo, hecho de plástico duro. Muevo sus brazos y las piernecitas de bebé rechoncho, que se desencajan, y me imagino que mi hermano haría lo mismo, alguna vez, muchas veces, mientras estuvo en casa. Y supongo que mis padres también lo mirarían, deshechos sin remedio en la pérdida. Y que por eso lo guardaron. Porque tenerlo ahí, sonriendo fatal pero eternamente, facilitaba el duelo y el consuelo, que son los dos lados necesarios de la ausencia. Porque con él, como con nosotros, combatieron el vacío y siguieron viviendo.

Cuando tengo a Tato entre los brazos siento, no sin angustia, que sostengo de algún modo algo infantil, pero muy cierto una buena parte de la historia de mi familia. Y que debo hablar de ello, pensar en ello y escribir sobre ello. Conjurar el silencio. Releer las notas de pésame por la muerte del pequeño que recibieron y guardaron entre muchos otros documentos. Papeles de los que nunca supe. Que nunca había visto antes. Y con los que me crucé cuando vaciaba cajones, hace unos meses. La carta manuscrita, con sello de la compañía, que mi padre recibió de su jefe. Los escritos apenados de familiares… La cuartilla de la monja del jardín de infancia al que asistía Juan: «Habíamos notado su ausencia en estos últimos meses, pero pensamos que sería algo pasajero, cómo íbamos a imaginarnos lo que ha ocurrido». Y que nuestro Señor lo acoja en el cielo como a un ángel. Y ahí, leyendo, entreveo al fin, en medio de una angustia infinita, la vida que no viví de mis padres. Todo lo que jamás supe de ellos, porque era imposible de decir. Todo lo que cambió con el tiempo, como las habitaciones, hasta llegar a este lugar en el que aún hoy seguimos juntos, representados en objetos, en el despacho silencioso en que paso la mayor parte de mis días. En el que escribo ahora esta orfandad de domingo, tan pesada.

Si las personas, como afirman, somos en esencia alguna clase de energía, y si esa energía invisible se corresponde con el perfil de nuestra alma, entonces todos sobrevivimos en este rincón, tomados como de un cometa de ese flujo común que traspasa las dimensiones y se hace cama, mecedora, retrato en blanco y negro y muñeco de ojos azules que es un ángel muerto. El niño de sesenta años al que se le salen las piernas de la cadera.

***

Domingo

Mientras acabó de corregir estas líneas, oigo a Sidekick cantar en su habitación. C. lee en el salón, blanqueado por la mañana. Me balanceo en la mecedora. T. descansa a mis pies.

Afuera sigue la guerra y esta tarde va a llover.

[…]





Diario no diario (XXII)

7 03 2022

Martes

Dime, dime qué puedo yo hacer con todo este amor, con esta debilidad profunda, con esta venenosa dependencia. Cuando todo esto que es hoy, este tiempo, se desvanezca o se transforme y ya no sea esto. Será, claro, otra cosa que adoraremos.

Pero qué será. Cómo será.

¿Y cuánto nos hará sufrir?

***

Lunes

J. me propone que escriba un libro: la biografía de un actor al que, por casualidad, hace pocas noches vi como secundario fugaz, pero siempre notorio, en un par de viejas películas españolas: El indulto y Mariona Rebull.

He aceptado el encargo con tanto entusiasmo como aprensión. Ese tipo de decisiones a las que uno se obliga por lealtad a los instintos esenciales: ¿Cómo no voy a hacerlo si es lo que he sido llamado a hacer? Naturalmente, esta elevada consideración acerca del sentido último de la existencia choca con estrépito con la prosaica realidad, que se empeña en recordarte que está bien cumplir anhelos o perseguir tus sueños. Está bien, en definitiva, ser uno mismo. Pero no te vayas a olvidar de que hay que ganar dinero. Ser productivo. Tender la ropa, ir a la compra y repasar las características que diferencian a los artrópodos de los cefalópodos, y a los anfibios de los moluscos.

Cuando escribí sobre el rodaje de Tierra y libertad , entre 2014 y 2015, mi vida no había alcanzado todavía tan elevados estadios de la madurez humana. Y además, las circunstancias invitaban a cumplir los altos designios de nuestro destino porque, en realidad, no había nada mejor que hacer. Si uno tiene garantizado el hambre (se dice aquí hambre en un irónico sentido figurado), no ha de preocuparse de alimentar el cuerpo. Y así, puede con alegre ligereza dedicar el tiempo a engordar el espíritu. En esos días, y ahora pasamos de lo metafórico a una descripción realista, no estaba estrictamente desempleado, pero carecía de un trabajo fijo y mis ingresos resultaban escasos y precarios. No tenía mucho que defender salvo la subsistencia, a la espera de algún milagro que rescatara a un hombre ya pasada la mediana edad de su incierto futuro laboral. Si es que lo había, en cualquier caso. Además, el transcurso de la vida adquirió la forma estricta de una bisagra: en pocos meses había muerto mi padre y nació mi hijo.

Como sabe cualquiera que haya leído algo de mi escasa producción escrita de aquellos días -y me voy a permitir suponer que ese cualquiera tiende a cero-, mi estado emocional de entonces consistía en un agudo extrañamiento de mí mismo -ya nunca solventado del todo- y en la legítima supervivencia, entendido el término en su más amplia variedad de acepciones. Publicar un trabajo como aquel, con la inversión de tiempo necesaria para su elaboración, me permitió en cierto modo agarrarme a una actividad (entrevistar a personas, recopilar información, ordenar ideas, redactar páginas) en la que podía reconocerme. Si había de ser un trabajo alimenticio, sería un frugal alimento del alma.

Hoy día necesito igualmente esta reconexión que favorece la escritura, aunque las circunstancias han variado. El hombre de mediana edad salvó el orgullo o la dignidad de encontrar a alguien que quisiera emplearlo, a pesar de los años, y defiende un puesto de trabajo y su sueldo. Dudo si defiende alguna cosa más y si esas dos bastan para otorgarle significado a los días. Hace años me preguntaba para qué me levantaba de la cama, si no había ahí, fuera de las sábanas, un propósito discernible. Ahora salgo con toda la decisión que exigen las obligaciones propias y ajenas. Pero enseguida -casi siempre, cuando dejo a sidekick en el colegio y la línea de nuestro día se separa- asoma la boca negra de una trampa. Me pregunto por mi destino imaginado, en contraposición a la pesada realidad.

Y por eso acepto encargos así, aunque tengo mucho menos tiempo y casi ninguna energía. Y por eso sigo viniendo aquí, a este espacio en el que, parafraseando a Chesterton, dibujo garabatos de bebé en la pizarra inmensa de la noche.

***

Jueves

La vida es todo lo que sucede mientras suena la música.

***

Martes

Visito a L. en Madrid. «Hacía dos pandemias y media que no nos veíamos», bromeo. Me pregunta qué hago por allá y, en realidad, qué hago en el transcurso de los días. Como casi siempre, las bromas serias. A la hora de explicarle en qué consiste mi trabajo -es decir, en qué consisto yo a día de hoy- le resumo: «Llevo unos cuantos años ya viviendo la vida de otra persona». Nos reímos, porque para qué enredarnos en las severas derivaciones a las que nos conduciría darle vueltas a la afirmación. Enseguida estamos hablando de las cosas de siempre. Le pregunto qué le parece la literatura de Virginia Woolf: «No es la literatura que me gusta, pero era original y era buena». Antes y después nos acordamos de R., siempre lo hacemos. Nos acordamos de nosotros mismos cuando estábamos con R. Cuando nos escribíamos larguísimos emails en los que nos tratábamos de usted con indisimulada sorna, como si fuéramos dos famosos autores dándole forma involuntaria a alguna cumbre de la literatura epistolar. Me pregunta si aún escribo. «¡No me digas que dejaste de escribir!», me apremia antes de dejarme que responda. Sigo, sigo… confirmo. Comemos un bocadillo, bebemos una cerveza. Una animada plaza en el viejo Madrid de siempre. En el último bar, un par de chicos cortejan a medias a una muchacha que se marchará a casa antes que ellos. De vez en cuando salen a fumar cigarrillos liados a una noche fría. Los miro afuera, a través del ventanal, y comprendo que hemos ingresado en una noche de otro tiempo. De otro tiempo nuestro. De otro momento de nuestras vidas. Una madrugada entre semana, sin temor a la mañana, sin interés por nada que no fuera el preciso instante, el siguiente trago a la cerveza y la hora incierta en que el camarero empezaría a subir sillas con las patas arriba sobre las mesas. Esos bares en los que la noche siempre parece reproducirse a sí misma, interminable.

Cuando vuelvo en el metro hacia el hotel me alcanza una aguda nostalgia.

***

Miércoles

Las cuarentenas van a quedar suprimidas. Han desaparecido las restricciones, que durante tanto tiempo constituyeron el escenario cotidiano de nuestros días. Entro por la tarde en un bar y por el bullicio, la cantidad de público y la ausencia de mascarillas se diría que la pandemia nunca existió, que el virus jamás ha existido en el aire que respiramos. Parecen las dos de la mañana de un sábado, pero son apenas las ocho de la tarde de cualquier miércoles.

***

Martes

Un partido político (PP) acaba de acuchillar al mismo líder al que hace cuatro días servía.

El líder al que hace dos días, cuando se declaró la guerra interna, cacarearon lealtad.

El mismo líder al que, en su último discurso, aplauden con servil estridencia en el parlamento.

Cuchilladas y aplausos, en escenas contiguas. Los mismos personajes. Idéntico entusiasmo.

***

Regreso conduciendo, ya de noche, y oigo en la radio que ha muerto Mark Lanegan, a los 57 años. Hablan de Screaming Trees, su banda de grunge, una desviación de rock nihilista que nunca me interesó gran cosa, ni siquiera como parte de las muchas miradas retrospectivas que acostumbro a dedicar a grupos o corrientes que pasé por alto en su momento, y que hoy rescato con mayor gusto.

Me acuerdo enseguida de la noche de 2017 en que no fui a ver su concierto en la ciudad, por motivos cotidianos que nunca debieron imponerse. Lanegan, y su disco Blues Funeral, me tenían subyugado desde la primera vez que, sobrecogido, sucumbí a la poderosa The gravedigger’s song: aún es una de mis canciones favoritas de cualquier tiempo. Por su cavernosa profundidad. Por la palpitación amenazadora de los instrumentos y esa voz de arena desvanecida que eleva Lanegan desde la tumba de una pesadilla: Te he soñado / con dientes de piraña / y el sabor de tu amor, tan dulce / De verdad, así ha sido. La inquietud del vídeoclip, habitado por fantasmas y rostros que se borran, completa un conjunto sobrecogedor, que aún hoy miro con el gusto incómodo con el que se mira una escena terrorífica.

Adicto casi desde niño, miembro de una familia deshecha, Lanegan atravesó en su vida (casi) todos los episodios clásicos en el manual de excesos de una estrella del rock. Lo ayudó a la rehabilitación la viuda de Kurt Cobain, la gran estrella del grunge de Seattle. Lanegan volvió limpio de su internamiento, pero felizmente las canciones ya nunca dejaron de brotarle del profundo sumidero de la vida, un cielo interior sucio de negruras, hecho de nubes de ceniza y horizontes vaciados.

Descreído del virus, al final el demonio lo atrapó y Lanegan hubo de revisar todas sus negaciones cuando una cepa exótica de la enfermedad lo puso en coma. El relato de ese tiempo reciente, antesala de su fallecimiento, quedó recogido en un libro, Devil in a coma, que recrea al detalle su largo paseo por un infierno repentino, delirante y surreal. Tras sentirse unos días enfermo, Lanegan despertó cierta mañana completamente sordo. “Con mi equilibrio inestable y mi mente en un estado de sueño surrealista y psicodélico, perdí el equilibrio en la parte superior de las escaleras. De cabeza, me desmayé en el alféizar de la ventana mientras bajaba la estrecha escalera de mi casa. Estallido. Mi esposa había salido a montar a caballo durante el día, y me desperté horas después sin poder escuchar nada, incapaz de moverme, dos enormes ronchas abiertas en mi cabeza y mi rodilla que no soportaba ningún peso”.

Durante algunos días se negó a ir al hospital, aunque la caída lo había dejado magullado y con las costillas rotas. Apenas podía respirar. Su mujer llamó a sus espaldas a una ambulancia que lo trasladó al hospital. Pronto estaba en cuidados intensivos y los médicos, ante la gravedad de la situación, le indujeron el coma. Desde fuera, a la vista de los doctores y todo el personal que lo atendía, Mark Lanegan se debatía entre la vida y la muerte. En el interior de su conciencia ausente, el músico se embarcó en un singular viaje alucinatorio cuya descripción en el libro resulta portentosa:

“Me preguntaban tres veces al día si sabía dónde estaba y rara vez daba una respuesta correcta. A veces, conducía millas para entregar drogas a alguien en otra ciudad, o desmantelaba un automóvil robado después de la medianoche para vender o cambiar piezas. A veces, estaba encajonando papas y apilándolas en tarimas en la fábrica de papas o usando ganchos de metal para subir fardos de heno a un tractor bajo el intenso sol de verano del este de Washington, o estaba borracho cocinando panqueques y desayunos con huevos en un ajetreado restaurante después de beber y juerga toda la noche; algunas de las actividades entre muchas en las que había participado en mi juventud». (…)

“A veces sentía que estaba en un autobús turístico en los Estados Unidos o el Reino Unido, y recuerdo haber pensado que estaba en un tren, viajando por Australia por un tiempo. China, Medio Oriente, las llanuras de Canadá, y donde me había criado en el noroeste del Pacífico (…). No tenía idea de dónde venían estos delirios, pero estaban siempre presentes”.

Así pasó varios meses, hasta que se recuperó lo suficiente para regresar a casa. Estos últimos años vivió en Killarney (Irlanda), país al que lo unían raíces familiares. En medio del dolor, acuciado por la decadencia de varios meses convaleciente, confesó haber deseado volver a aquellos viajes inconscientes de su delirio.

La vida construye a menudo el más inhóspito de los paisajes.

***

Miércoles

Rusia ha entrado en Ucrania.

***

Jueves

Hoy es Jueves Lardero y tengo un guiso de longaniza en el puchero al que ahora mismo, en cuanto suba, le voy a pegar un samugazo que va a arder el misterio.

***

Viernes

Los corresponsales toman partido en sus crónicas, desacreditan la versión rusa. La enviada especial de RTVE habla de explicaciones «delirantes» de parte del gobierno de Putin.

«La UE apoya firmemente a Ucrania y a su pueblo en esta crisis sin precedentes y proporcionará más ayuda política, financiera y humanitaria«, afirma en su declaración el Consejo Europeo.

Deeply concerned, solidarity… Las palabras, y las sanciones, mientras los tanques avanzan y la población huye.

Veo imágenes de Kiev, la capital. Padres con sus bebés en brazos, buscando las bocas del metro para guaracerse de las bombas. Pienso en mis padres, en brazos de sus padres, en los primeros días de la guerra civil española. Cruzando las calles como sombras negras, con los pequeños hechos un rebullo entre los brazos, en busca de los refugios bajo tierra.

A menudo imagino aquel miedo, como si pudiera recordar. Cada tanto, como en la imagen de la capital de Ucrania, lo veo en lugares lejanos. A menudo queremos creer, nos hacen creer, que todo lo atroz ocurrió en otro tiempo, o en otro lugar. Pero sucede, indudable, también en nuestro tiempo.

***

«La peor forma de esclavitud es aquella denominada cesarismo -que implica la elección de algún hombre audaz o brillante como déspota porque parece el más adecuado-, pues eso significa que los hombres eligen a un representante no porque éste los represente, sino precisamente porque no los representa. (…) Los hombres confían en un hombre corriente cuando confían en ellos mismos. Y por eso la adoración de los grandes hombres siempre aparece en tiempos de debilidad y cobardía; no oímos hablar de los grandes hombres hasta el instante en que todos los demás se vuelven pequeños».

La novela naturalista y las clases bajas, de G. K. Chesterton
Incluido en el volumen La utilidad de leer. Ensayos escogidos

***

Domingo

Hablo con P. Vendrá en junio. Hacemos planes para ir a ver algunos conciertos y pasar unos días de viaje. Un anhelo largamente demorado a punto de tomar forma.

En los días siguientes me he preguntado si será posible. Si dentro de tres meses los aviones aún podrán volar libremente por el mundo. Si Europa habrá rebasado el tiempo de las sanciones, si la OTAN habrá intervenido. Si Rusia habrá lanzado alguna ofensiva más, invadido algún otro país, amenazado a todos.

***

Lunes

Escucho a una madre ucraniana, entrevistada en la radio. Hace, en primera persona, la mejor crónica posible de la situación que viven los ciudadanos en Kiev, de su resistencia, y de las expectativas de su pueblo frente a los bombardeos rusos. El tono de sus palabras está exento de dramatismos. Tiene la crudeza justa de lo que se vive como cotidiano, sin el artificio de los relatos: «Hoy el día estuvo bastante tranquilo, aunque sonaron varias veces las sirenas y hemos oído explosiones en nuestra ciudad, pero no sabemos dónde. Salimos a hacer la compra, todo estaba calmado: hay alimentos que faltan en los supermercados, pero los básicos aún se encuentran todos. Tenemos las luces apagadas desde hace horas y ahora esperamos a ver cómo es la noche«.

Hacia el final de su intervención, afirma con severo aplomo: «Europa tiene que despertarse y darse cuenta: la tercera guerra mundial ya ha empezado. Esto es solo el principio».

***

Martes

Ya he dejado de preguntarme si sabré darle la forma adecuada al futuro.

Ahora me pregunto si hay futuro.

Pienso angustiado en como huiría. Y a dónde iríamos.

***

Viernes

Dicen que en unas semanas las mascarillas van a dejar de ser obligatorias.

[…]





Diario no diario (XIX)

13 12 2021

Miércoles

Cada tanto hay alguna tarde en que salgo a comprar música. Armado sólo de una avidez creciente y ningún objetivo concreto, salgo de caza y rara vez vuelvo de vacío. No soy un gran coleccionista. De hecho no soy siquiera lo que uno podría llamar un coleccionista, y lo sé porque conozco a algunos y los he visto recorrer las cubetas de los singles y desenterrar con paciencia pepitas de oro que a mí me parecían poco más que excentricidades simpáticas. Hay en mis expediciones a las tiendas de discos algo más modesto: un intento de rellenar huecos, ausencias retrospectivas en mi discoteca. Pero, sobre todo, se trata del instinto de supervivencia, de una inquebrantable confianza en el poder reparador de la música. La necesidad de envolver los días en canciones, de rebajarles el peso, hacerlos flotar en melodías redentoras.

Hace años estas visitas a las tiendas de música eran mucho más frecuentes. Como era más frecuente casi todo. Las animaba la marcada conciencia de construcción de un mundo particular. También de atención por lo que se estaba haciendo. Qué se oía, qué merecía la pena. Ese interés se ha vaciado bastante a día de hoy. O más bien se ha acotado. Sigo con el oído pegado a lo que se hace en la medida que lo que se hace puede apelarme. Por lo general, el mainstream no está concebido para personas mayores de 35 años. O algo así. Puede que 40, da igual. Comprar discos -en cualquier formato, sin histerismos ni hipsterismos, por favor- se parece ahora mucho más a una defensa desesperada de un mundo aspiracional. De uno mismo. Si no sigo comprando música puede que haya dejado de ser quien soy.

Con los libros sucede algo muy parecido. Pocas novedades. Muchas de esas cosas que uno cree que deben ser leídas alguna vez. Al fondo, de nuevo, el empeño imposible de levantar una biblioteca como quien erige una catedral que nunca quedará terminada.

Si algún día hace falta ordenar mi despedida, déjenme quietecito ahí, en ese pequeño altar blanco. Al menos una parte de mí. No sea que el más allá sí incluya algún tipo de eternidad y me pille sin libros de los que echar mano.

***

Hace ya semanas, cuando aún era octubre, salí a dar uno de esos paseos y acabé comprando un par de discos. Rock Action, de Mogwai. Y Straight songs of sorrow, de Mark Lanegan. Un par de elecciones algo oscuras, que parecían anticipar la llegada de los meses más sombríos del año.

Aunque la temperatura de los días era todavía muy agradable en la ciudad, veíamos ya próximo el cambio de hora. Ese arranque oficioso del invierno que significa el fin de la luz, la noche que inunda la media tarde. La aprensión de quien ingresa en un largo túnel.

De entonces a ahora he logrado, al menos, despertarme entero por las mañanas. Descansado, tras semanas en las que cada día nacía con síntomas claros de agotamiento. Nunca he sabido qué pensar de las afecciones del cambio de estación en los cuerpos, pero la transición de los días parece tener algún efecto. Intuyo que mi cuerpo -o debería decir mi cerebro- termina por asimilar finalmente el largo adiós que siempre me provoca el fin del verano. Aceptado el otoño, que por otra parte este año nos ha vapuleado con vileza, uno puede ponerle ya un estudiado descuido al viaje anual hasta las sombras. Tomado si acaso de la mano de las canciones de Lanegan… y de las proposiciones paralelas del algoritmo digital.

Cuando pienso en esta rendición, me acuerdo de aquella fábula de la rana que placenteramente se cuece en una olla mientras le aumentan poquito a poco la temperatura. En este caso, te la reducen mientras todo se apaga poco a poco. A todo se acostumbra uno, de forma imperceptible. Hasta que es demasiado tarde y la noche y el frío te agarran en campo abierto.

***

Las anotaciones que componen este diario, se me ocurre a veces, bien podrían resumirse en una banda sonora de canciones que suenan mientras escribo o que evoco al escribir, y que quedan aquí nombradas. Ensayo un diario y me sale un audiolibro. A lo mejor todo esto es un Diaudio.

***

Lunes

Hablo de las canciones, pero cada tanto la realidad me confirma que todas estas líneas se sostienen apenas en dos dimensiones intangibles: el tiempo y la muerte. Tiempo y muerte. Tiempo muerto. Suspensión. Ausencia.

Llevamos dos años viviendo en una monumental sala de espera.

***

Martes

«Yo huyo de mí mismo… ¿Quiere usted acompañarme?».

Oído en Mariona Rebull, de José Luis Sáenz de Heredia.

***

Domingo

Una tarde heladora de domingo en el cementerio del pueblo. A oscuras, casi a ciegas o iluminados por la insuficiente linterna de los móviles, hacemos descender a pulso, tomado por cuerdas, el féretro de P. Estos meses tú y yo hablábamos de muchas cosas, pero silenciosamente manteníamos un diálogo temeroso acerca de los sucesos inexplicables que nos acechan. En ese tiempo incierto en que muere el verano y triunfa el otoño, hemos despedido a tu abuela y a tu abuelo. Que eran nuestros padres, claro. Pero a pesar de ello he temido más por ti que por mí. Sé que puedo ensordecer mi grito y guardarlo dentro. Pero no encuentro la voz para decírtelo a ti sin que me destroce imaginar siquiera el sonido de las palabras mientras tú las escuchas y me miras.

En poco tiempo has aprendido que la enfermedad y la muerte no conocen ningún orden cronológico, esa posibilidad que te parecía asegurar una acogedora coherencia. Cuando murió el tío J., en abril, aceptaste el precio con naturalidad: «Es que era mayor». Ese argumento no te sirvió, sin embargo, para evitar el ahogo cuando te dije que la abuela nos había dejado para siempre. Hubo en tu reacción un fastidio, como de proyecto truncado, de planes sin terminar. Durante semanas oía en mi cabeza tu voz llamándola en el salón de su casa, a gritos para que ella se enterase, y ardía de lástima. Cuando tuve que decirte que el abuelo tampoco estaba ya, te enfadaste como si te recordase que tenías que hacer los deberes. «Que no, déjame, que estoy jugando…». Y durante unos minutos, hasta que se fueron todos, aguantaste mirándome en un silencio de enojo. Al quedarnos solos liberaste el llanto y tuvimos que abrazarnos para que nadie nos viera ni vernos a nosotros mismos.

Ahora quieres saber a qué edad murieron mis abuelos y mis abuelas. Y mi padre, tu abuelo, al que no llegaste a conocer. Ni él a ti. Ese desfase que de cuando en cuando me desata una tormenta de pena.

«¿También los niños pueden morirse, entonces?», me preguntas.

«Sí, también los niños».

***

Miércoles

Ya es diciembre. Aún es diciembre.

He leído Némesis, la novela de Philip Roth. Mientras en Europa se libra la II Guerra Mundial, en la «ecuatorial Newark» todos los veranos mueren niños a causa de una epidemia de poliomielitis. Bucky Cantor, un joven profesor de educación física, compone una figura referencial para los más jóvenes en medio de los días inciertos, de muerte acechante, calor de asfixia, sospecha, horror, tragedia y descreimiento. Otra epidemia. Como sucede en Muerte en Venecia. Tiempo detenido, el velo transparente que envuelve a los enfermos del sanatorio de La montaña mágica.

Hasta ahora una epidemia suponía para nosotros poco más que un relato imaginado. Un concienzudo mecanismo de expansión de enfermedad imposible de comprender, porque no pertenecía a nuestros días, o a los países de nuestro entorno. Porque no lo habíamos vivido y nunca pensamos que fuéramos a hacerlo. En todos estos meses hemos aprendido a la fuerza el significado verdadero de la palabra epidemia y su desconcertante poder. Le atribuíamos un matiz inocuo (las epidemias estacionales de la gripe, por ejemplo) o de anacronismo histórico: las epidemias medievales, la gripe española. Todo lo que nuestro mundo creía haber rebasado, con su vanidosa autoconciencia. No sólo eso hemos debido entender. No sólo una epidemia acotada en espacios geográficos manejables, como la del Newark de Roth. Vivimos en una pandemia, algo mucho más grande, más aterrador, en su implacable voracidad expansiva.

La esencia, sin embargo, no se altera. Todos los síntomas que definen este tiempo nuestro de hoy están contenidos ya en las páginas de Roth: la incertidumbre, la irracionalidad, el temor, la culpa, la sospecha. Todo batido en un bucle que nunca parece irse, que siempre regresa. Los padres de los niños del barrio de Weequahic acusan de la llegada del virus a sus calles a los italianos de otra zona de la ciudad. Después, miran con suspicacia al educador que mantiene su programa de actividades deportivas en medio del calor. Más tarde creen que el virus asesino mana de las fuentes en las que se refrescan los muchachos. Cuando un niño muere, se vuelven contra la autoridad sanitaria, claman frente a la desinformación, el descuido, la imprevisión.

En medio de ese escenario de duelo, Bucky Cantor rechaza la posibilidad de acusar al prójimo -cualquier prójimo a mano- por la expansión de la enfermedad. Y termina por girar su rabia indefensa contra la autoridad suprema: un Dios asesino que se entretiene matando niños. Es su particular viaje desde la razón hacia la emoción, un último recurso desesperado que dirige contra un enemigo invisible. Y también contra sí mismo. Dios como encarnación de la culpa individual.

Para la muerte siempre se necesitan culpables. Tal vez, para la vida también.

***

Lunes

«Ahora se sabe que [la nueva normalidad] consiste en convivir largo tiempo con un equilibrio inestable entre el temor a nuevas variantes de la desdichada pandemia y la esperanza en dosis adicionales o vacunas definitivas. En otras palabras, en el fondo la expresión solo significa que hemos de acostumbrarnos a vivir en la incertidumbre. Aunque, ciertamente, esto no es cualquier cosa, porque a casi todos provoca desasosiego. Y hace reaccionar a algunos con un temor invencible, que disfrazan de prudencia, y a otros con el deseo irrefrenable de apurar la última copa, quizá solo miedo transformado en audacia. En todo caso, queda muy claro que lo racional tiene poco sitio en la nueva normalidad, así que, a esperar tiempos mejores, que la ciencia no fallará».

Incertidumbre, de José María Serrano Sanz, en Heraldo de Aragón

***

Martes

La última variante se llama Ómicron. Es la quinta descrita. Enseguida genera una creciente ola (es la sexta) de contagios y todas las réplicas habituales: alarma en los medios de comunicación (justificada o no), dudas sobre la eficacia de las vacunas frente a esta nueva mutación (justificadas o no), cierre de países (justificados o no), aumento progresivo de las hospitalizaciones (aunque no hasta números críticos y con un porcentaje mayoritario de personas no vacunadas en los ingresos), generalización de las restricciones por parte de los gobiernos (justificadas o no).

Consulto la secuencia de variaciones del SARS-CoV-2 a lo largo del tiempo, su nomenclatura, fecha de designación y lugar de aparición documentadas:

  • Alpha: Reino Unido, diciembre 2020
  • Beta: Sudáfrica, diciembre 2020
  • Gamma: Brasil, enero 2021
  • Delta: India, abril-mayo 2021
  • Omicron: varios países, noviembre 2021

***

Miércoles

Durante algunas noches miro, hipnotizado, la serie documental Get back, ocho horas que giran en torno a la desordenada grabación de las canciones que darían lugar al disco Let it be, y al célebre concierto en la azotea de la sede de Apple en Savile Row, Londres.

Alguna vez pensé que, si alguien me ofreciera la mágica posibilidad de visitar cualquier momento de la historia como espectador en primera fila, yo elegiría haber estado ese día en ese lugar. Si con el tiempo se me ocurrió alguna alternativa, no la recuerdo. El documental ratifica mi imposible anhelo.

***

Jueves

«Quedan muchas incógnitas por resolver para saber el impacto que [la variante Ómicron] tendrá en la salud pública. Los primeros datos anticipan que contagia más, pero no se sabe a ciencia cierta cuánto; se cree que produce síntomas más leves, pero no hay la suficiente cantidad y variedad de población (en edades y estados inmunitarios) como para conocer si es así; cada vez parece más claro que puede esquivar las vacunas y la inmunidad natural a la hora de infectar, pero es muy probable que estas mantengan la protección frente a la enfermedad grave».

El artículo, firmado por Pablo Linde, ilustra a la perfección hasta qué punto se hace imposible para el ciudadano desentrañar al detalle el escenario en el que se mueve. El titular (Por qué la variante ómicron del coronavirus preocupa y a la vez podría ser una buena noticia) resume con involuntaria ironía el desconcierto, la incertidumbre, la carrera sin descanso de la ciencia por saber; y, claro, los vaivenes indescifrables en que se mueve el ciudadano: entre el desasosiego, la esperanza y la humana necesidad de seguir adelante sin mirar demasiado a los lados. Sin comprender del todo.

***

Viernes

Algunos países ordenan el confinamiento de las personas que no se han vacunado. En España, los gobiernos regionales imponen poco a poco el llamado pasaporte COVID para el acceso a bares, restaurantes, teatros, cines, gimnasios, eventos deportivos y, en general, reuniones o celebraciones de más de 10 personas. Hay al fondo, de nuevo y como siempre, un incómodo fondo de interpretación jurídica de estas medidas, entre la defensa de los derechos fundamentales (el derecho a la igualdad, el derecho a la intimidad y el derecho a la protección de datos) frente a la necesidad de «salvaguardar la vida y la salud de los ciudadanos». Se suspende cautelarmente su aplicación. Y vuelta a empezar.

Mientras, ya se inoculan terceras dosis a los mayores de 60 años; y arranca la vacunación de los niños menores de 12 años. Hay protestas por la decisión de que se haga en los mismos colegios, un ámbito más proclive al señalamiento. El no vacunado se ha convertido en una persona que transita por la autopista en sentido contrario al de la circulación. Si en la quinta ola el enemigo público fueron los jóvenes con ganas de pasarlo bien, en esta sexta la culpa recae en los irresponsables e insolidarios que no han admitido el pinchazo y, por tanto, amenazan la vida de todos.

Cualquiera puede ahora «cargarse a la abuela en Navidad».

***

Sábado

Esta tarde encendieron las luces navideñas en la ciudad y las calles estaban atestadas. Dicen las informaciones que el efecto de los contagios de este largo fin de semana empezarán a notarse cuando ya nos aproximemos a las fiestas.

Yo compré dos discos de Bowie: una reedición en CD de Hunky Dory y el vinilo de The rise and fall of Ziggy Stardust.

***

Domingo

«Nadie será libre mientras haya plagas».

La peste, de Albert Camus

[…]








Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar