La esposa joven – Alessandro Baricco
“La infelicidad roba tiempo a la alegría, y en la alegría se construye la prosperidad”.

Alessandro Baricco escribe con elegancia natural, con un personal lirismo ajeno al exceso, equilibrio que juzgamos como un triunfo. La esposa joven participa de esas impresiones. Es un libro de estilo envolvente, hipnótico, cuya narración parece avanzar por encima de la lógica habitual de los relatos: no le importa tanto contar una historia como desplegar una atmósfera, el tono, la música. Y todo parece sometido a ese dictado superior. En cuanto a su trama, la novela se sitúa en un tiempo vago, en una Italia apenas reconocible, como si todo ocurriera en el interior de una fábula privada. La joven del título llega a una casa señorial con aire de monasterio, no tanto por lo espiritual como por sus singulares liturgias, para casarse con un hijo ausente. Pronto se encuentra atrapada en el perfume intemporal de una familia excéntrica, donde cada hora del día adopta la forma de un ceremonial auto consciente. Baricco explora con ironía leve y un ritmo muy personal las convenciones sociales, el deseo, la espera, particularmente el juego de la seducción femenina y la iniciación al erotismo; y mientras tanto contamina el relato con apuntes irónicos, extravagantes, de un íntimo absurdo. Así, algunos capítulos funcionan como piezas autónomas, construcciones que ensayan una sugerente deformación de la realidad. Sin embargo, la novela no parece encontrar su remate. Como en otras obras del autor, el tramo final adopta la forma de una suave disolución, sin culminaciones. Puede ser deliberado, que Baricco no quiera cerrar sino dejar en suspensión, pero el hechizo —ya nos sucedió con Esta historia— pierde fuerza conforme avanza la historia. Aun así, merece la pena leer a Baricco: por su refinamiento expresivo, por la armonía en el estilo, por ese modo de hablar de cuestiones esenciales con una escritura original, que nunca se despeina.
Manual para mujeres de la limpieza – Lucia Berlin
“Las señoras siempre suben la voz un par de octavas cuando les hablan a las mujeres de la limpieza o a los gatos”.

Hubo un momento, tras la publicación de Manual para mujeres de la limpieza, en que el rescate literario de Lucia Berlin se subrayaba como un acto de justicia literaria . Uno no niega los méritos de su voz, moldeada por una biografía repleta de accidentes: infancia en distintos puntos de EEUU y Chile, trabajos precarios (en hospitales, en la limpieza), larga convivencia con el alcoholismo y una escritura intermitente, siempre en los márgenes. Pero entre el redescubrimiento y la canonización exprés hay un trecho, y la lectura de este volumen —compuesto por más de cuarenta relatos, muchos de ellos publicados originalmente en revistas pequeñas— sugiere cierta desmesura en esa admiración. El entusiasmo de los ditirambos del prólogo nos puso en guardia. Sobre todo porque lo acompañaban, a modo de muestra incontestable de genialidad, algunas frases y extractos donde asomaba un agudo ingenio, cierto, pero nada excepcional como para sostener algunas exageraciones críticas. La lectura de esta colección abundó en la sensación inicial. Berlin escribía con franqueza, con oído para los diálogos, una mirada limpia para abordar los episodios más sórdidos y desnudar la realidad más cruda sin aspavientos y un punto de humor. En sus mejores momentos consigue un lirismo seco, cotidiano, hilado con observaciones de formulación sencilla, pero muy precisas. La aceptación del lado menos luminoso de la vida —la enfermedad, el desarraigo, el alcohol, la maternidad, la exclusión social, los trabajos mal pagados— ocurre sin dramatismo ni alarde. Hay verdad en eso, y también una forma de resistencia. Pero muchos relatos se disuelven en una fórmula reiterativa: mujer herida, entorno hostil, revelación tenue. A veces uno cree estar leyendo variaciones del mismo texto. Se ha comparado a Berlin con Raymond Carver, con Alice Munro, con Grace Paley. A uno también le recuerda con vaguedad a algunos momentos del Capote de Música para camaleones. Pero estas referencias no le hacen precisamente un favor. Carver depuraba hasta el hueso, Berlin tiende a la digresión. Es más errática, menos rigurosa. Capote podía ocultar una trampa bajo la manga, pero esa presunción no negaba la evidencia luminosa de sus intuiciones. Berlin queda lejos de cualquiera de esas alturas. Sinceramente, nos ahorramos al menos la mitad de los relatos incluidos en el volumen, ganados por la convicción tal vez injusta de que el fervor por Berlin encuentra mejor justificación en el relato de su azarosa vida, y acaso también en su cinematográfica belleza, que en la consistencia de su literatura.
Aurora Venturini – El marido de mi madrastra
“Una sucesión de sombras, que a veces son fantasmas y otras amenazas, interrumpida por breves parpadeos de una luminosidad que lastima”.

El marido de mi madrastra reúne una colección de relatos dividida en dos bloques: el primero, bajo el título del volumen, retoma el universo característico de Aurora Venturini en cuatro narraciones poderosas en su brevedad, aderezadas con los ingredientes habituales: la familia como unidad de atrocidades, personajes siniestros y atmósferas grotescas. Un cuidado encuentro entre el realismo monstruoso y un surrealismo turbador. La segunda parte, Hadas, brujas y señoritas, consta de doce cuentos más irregulares y de tono algo reiterativo. Como si alguien hubiera vaciado un cajón o el fondo de un archivo. En conjunto se trata de una obra menos disfrutable que Las primas o Nosotros, los Caserta, novelas canónicas de la escritora argentina, pero no por ello prescindible. El relato que da título al volumen quizá sea el que con más fuerza se prende a la memoria, por su cruel desgarro. También Carbúncula, Las Vélez o Laura Láinez. Todos con personajes en hogares tétricos, entre parientes lúgubres cuya crueldad pudre los afectos. El lenguaje de Aurora Venturini exhala un aliento amenazador y poético. Una voz quebrada, a menudo infantil pero en ningún caso ingenua, que convive de forma natural con la torcida extravagancia del entorno. En la segunda parte algunos relatos parecen menos pulidos, como apuntes fraguados antes de hora o ejercicios aproximativos. Quien haya disfrutado con las novelas más conocidas de Venturini, entre quienes sin duda nos encontramos, tomará como una interesante curiosidad esta colección. No es la mejor puerta de entrada pero, aun así, pervive la potencia distintiva de una autora incómodamente seductora. Tan atractiva y fatal como una parrilla eléctrica para dípteros.
Junio 2025
(Para ver el diario completo de lecturas, aquí).



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