Los libros (XXVII)

25 06 2025

La esposa joven – Alessandro Baricco

“La infelicidad roba tiempo a la alegría, y en la alegría se construye la prosperidad”.

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Alessandro Baricco escribe con elegancia natural, con un personal lirismo ajeno al exceso, equilibrio que juzgamos como un triunfo. La esposa joven participa de esas impresiones. Es un libro de estilo envolvente, hipnótico, cuya narración parece avanzar por encima de la lógica habitual de los relatos: no le importa tanto contar una historia como desplegar una atmósfera, el tono, la música. Y todo parece sometido a ese dictado superior. En cuanto a su trama, la novela se sitúa en un tiempo vago, en una Italia apenas reconocible, como si todo ocurriera en el interior de una fábula privada. La joven del título llega a una casa señorial con aire de monasterio, no tanto por lo espiritual como por sus singulares liturgias, para casarse con un hijo ausente. Pronto se encuentra atrapada en el perfume intemporal de una familia excéntrica, donde cada hora del día adopta la forma de un ceremonial auto consciente. Baricco explora con ironía leve y un ritmo muy personal las convenciones sociales, el deseo, la espera, particularmente el juego de la seducción femenina y la iniciación al erotismo; y mientras tanto contamina el relato con apuntes irónicos, extravagantes, de un íntimo absurdo. Así, algunos capítulos funcionan como piezas autónomas, construcciones que ensayan una sugerente deformación de la realidad. Sin embargo, la novela no parece encontrar su remate. Como en otras obras del autor, el tramo final adopta la forma de una suave disolución, sin culminaciones. Puede ser deliberado, que Baricco no quiera cerrar sino dejar en suspensión, pero el hechizo —ya nos sucedió con Esta historia— pierde fuerza conforme avanza la historia. Aun así, merece la pena leer a Baricco: por su refinamiento expresivo, por la armonía en el estilo, por ese modo de hablar de cuestiones esenciales con una escritura original, que nunca se despeina.


Manual para mujeres de la limpieza – Lucia Berlin

“Las señoras siempre suben la voz un par de octavas cuando les hablan a las mujeres de la limpieza o a los gatos”.

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Hubo un momento, tras la publicación de Manual para mujeres de la limpieza, en que el rescate literario de Lucia Berlin se subrayaba como un acto de justicia literaria . Uno no niega los méritos de su voz, moldeada por una biografía repleta de accidentes: infancia en distintos puntos de EEUU y Chile, trabajos precarios (en hospitales, en la limpieza), larga convivencia con el alcoholismo y una escritura intermitente, siempre en los márgenes. Pero entre el redescubrimiento y la canonización exprés hay un trecho, y la lectura de este volumen —compuesto por más de cuarenta relatos, muchos de ellos publicados originalmente en revistas pequeñas— sugiere cierta desmesura en esa admiración. El entusiasmo de los ditirambos del prólogo nos puso en guardia. Sobre todo porque lo acompañaban, a modo de muestra incontestable de genialidad, algunas frases y extractos donde asomaba un agudo ingenio, cierto, pero nada excepcional como para sostener algunas exageraciones críticas. La lectura de esta colección abundó en la sensación inicial. Berlin escribía con franqueza, con oído para los diálogos, una mirada limpia para abordar los episodios más sórdidos y desnudar la realidad más cruda sin aspavientos y un punto de humor. En sus mejores momentos consigue un lirismo seco, cotidiano, hilado con observaciones de formulación sencilla, pero muy precisas. La aceptación del lado menos luminoso de la vida —la enfermedad, el desarraigo, el alcohol, la maternidad, la exclusión social, los trabajos mal pagados— ocurre sin dramatismo ni alarde. Hay verdad en eso, y también una forma de resistencia. Pero muchos relatos se disuelven en una fórmula reiterativa: mujer herida, entorno hostil, revelación tenue. A veces uno cree estar leyendo variaciones del mismo texto. Se ha comparado a Berlin con Raymond Carver, con Alice Munro, con Grace Paley. A uno también le recuerda con vaguedad a algunos momentos del Capote de Música para camaleones. Pero estas referencias no le hacen precisamente un favor. Carver depuraba hasta el hueso, Berlin tiende a la digresión. Es más errática, menos rigurosa. Capote podía ocultar una trampa bajo la manga, pero esa presunción no negaba la evidencia luminosa de sus intuiciones. Berlin queda lejos de cualquiera de esas alturas. Sinceramente, nos ahorramos al menos la mitad de los relatos incluidos en el volumen, ganados por la convicción tal vez injusta de que el fervor por Berlin encuentra mejor justificación en el relato de su azarosa vida, y acaso también en su cinematográfica belleza, que en la consistencia de su literatura.


Aurora Venturini – El marido de mi madrastra

“Una sucesión de sombras, que a veces son fantasmas y otras amenazas, interrumpida por breves parpadeos de una luminosidad que lastima”.

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El marido de mi madrastra reúne una colección de relatos dividida en dos bloques: el primero, bajo el título del volumen, retoma el universo característico de Aurora Venturini en cuatro narraciones poderosas en su brevedad, aderezadas con los ingredientes habituales: la familia como unidad de atrocidades, personajes siniestros y atmósferas grotescas. Un cuidado encuentro entre el realismo monstruoso y un surrealismo turbador. La segunda parte, Hadas, brujas y señoritas, consta de doce cuentos más irregulares y de tono algo reiterativo. Como si alguien hubiera vaciado un cajón o el fondo de un archivo. En conjunto se trata de una obra menos disfrutable que Las primas o Nosotros, los Caserta, novelas canónicas de la escritora argentina, pero no por ello prescindible. El relato que da título al volumen quizá sea el que con más fuerza se prende a la memoria, por su cruel desgarro. También Carbúncula, Las Vélez o Laura Láinez. Todos con personajes en hogares tétricos, entre parientes lúgubres cuya crueldad pudre los afectos. El lenguaje de Aurora Venturini exhala un aliento amenazador y poético. Una voz quebrada, a menudo infantil pero en ningún caso ingenua, que convive de forma natural con la torcida extravagancia del entorno. En la segunda parte algunos relatos parecen menos pulidos, como apuntes fraguados antes de hora o ejercicios aproximativos. Quien haya disfrutado con las novelas más conocidas de Venturini, entre quienes sin duda nos encontramos, tomará como una interesante curiosidad esta colección. No es la mejor puerta de entrada pero, aun así, pervive la potencia distintiva de una autora incómodamente seductora. Tan atractiva y fatal como una parrilla eléctrica para dípteros.

Junio 2025

(Para ver el diario completo de lecturas, aquí).





Los libros (II)

29 08 2023

Los cazadores – James Salter

«Dormir es un mal hábito al que te acostumbran de niño».

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Salter participó en la guerra de Corea como piloto de combate y su primera novela recoge o se sustenta en aquella experiencia de tres años. Es también la primera que leo de este autor, al que se atribuye una posición en la jerarquía de grandes escritores americanos de las últimas décadas para la que aún no encuentro justificación en Los cazadores. Sus frases revelan una intención de estilo y de técnica todavía por domesticar. La trama es leve o reiterativa, lo que de todos modos contribuye a darle forma a la ansiedad de los hombres en la antesala de la acción a vida o muerte. Salter quiere expresar el desasosiego, el escepticismo, la desesperanza de su protagonista, un capitán veterano pero ya inseguro de sus facultades, en un ambiente de camaradería viciada por la extrema competitividad en la cuenta de enemigos derribados. A menudo, bajo las páginas asoma la carpintería del autor en construcción. El escenario -una Corea helada de blancos rotos y cielos metálicos- está descrito en pinceladas sugerentes, pero a las que falta relieve expresivo. Esa dimensión sí aparece en los evocadores días de permiso que el capitán Cleve Connell pasa en Tokio, que están entre las mejores páginas de todo el libro. También desde luego en la descripción que Salter hace de los vuelos, las maniobras aéreas, el angustioso suspenso, denso de peligro, en medio de la nada del cielo en que se desarrolla la lucha. La última parte de la novela mejora mucho y culmina con un gran desenlace. Con todo, Los cazadores me resulta entretenida: exculpo a este primer Salter de la obligación de mostrarse brillante y aguardo a trabajos posteriores para hacerme un juicio definitivo.


Chesil Beach – Ian McEwan 

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La escritura de McEwan tiene una cadencia tan natural como las melodías de Paul McCartney: aunque no te guste la canción, las armonías suenan deliciosas. Chesil Beach me parece una débil novela que pudo ser un poderoso relato corto. McEwan lo alarga en meandros temporales y circunloquios para compensar la levedad de una trama que reflexiona sobre esta simple (y aquí simple no significa sencilla) paradoja vital: hasta qué punto una decisión de aspecto fútil, en un escenario limitado a lo concreto del instante, modifica tu vida para siempre. La evocación de las vidas que no vivimos es una constante. Y en ese mecanismo, en cierto modo espantoso pero tan natural, tan ley de vida, el primer amor suele actuar como palanca frecuente. McEwan contiene de forma interminable el tiempo que dura la escena central (la noche de bodas de dos recién casados en un hotel junto a la playa) y después precipita los 50 años siguientes en unas cuantas páginas. El recurso funciona como vertiginoso generador de nostalgias (la vida se hace un estéril recuerdo inventado, sobre lo que pudo ser y no fue), pero resulta en un forzado desequilibrio. Chesil Beach no es una novela que uno vaya a recordar, salvo por la delicadeza de su prosa, por momentos hermosísima. A uno no le sale todos los días Expiación; ni sueña cada noche la melodía de Yesterday.


Nosotros, los Caserta – Aurora Venturini

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«Y envidio a esa mujer. Envidio su viudez. Qué no daría por ser la viuda de Luis, yo, que nunca fui nada de nadie».

Aurora Venturini fue una escritora argentina que no se parece en nada a ningún escritor argentino. En realidad no se parece a nadie, salvo a sí misma. O esa es mi sensación. Todo en su obra tiene un modo tan personal y queda tan en los márgenes de la convención que podría ser el fruto de una genialidad incontestable o bien una confusión gigantesca. Basta decir que el mundo la descubrió como autora a los 85 años, cuando el diario Página/12 premió Las primas. La historia es harto conocida. Sus libros resuenan en cada frase a incómodo prodigio contrahecho, la recreación sádica de un retablo de desproporciones y anomalías. La atmósfera feroz en la que se mueven sus niñas y mujeres se adensa en familias a las que el término disfuncionales se les queda pequeño. Los personajes son deformes, moral y a menudo físicamente. Todo ocurre en términos de delirio, cinismo y crueldad, pero sin asomo de conmiseración propia o ajena. Nadie se lamenta ni tiene remordimientos. Incluida, parece, la propia Venturini, que empuja a sus personajes a la supervivencia por desapego, sin compasión, como si fueran animales recién llegados a un mundo hostil, que castiga con implacable justicia la indolencia o la debilidad. Historias que mezclan el salvajismo y la ternura, la candidez y la brutalidad. Historias de «mujeres extremas, enfermas, obsesivas, maltratadas» (dice Mariana Enríquez). Añadimos: brutalmente individualistas. Y de desgarrada, subyugante hermosura.


El velo pintado – W. S. Maugham

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«Lo importante es amar, no ser amado. Uno ni siquiera siente agradecimiento hacia aquellos que lo aman; si uno no corresponde a su amor, solo le causan fastidio».

A los grandes escritores se llega, tarde o temprano. Eso he leído en alguna parte y me agarro a ello como a un tablón en alta mar, para no ahogarme en lo injustificable. Dicho de forma rotunda: leer a William Somerset Maugham hace que leer a cualquier otro parezca una pérdida de tiempo. Al autor inglés se le atribuye frialdad escéptica, un indisimulado cinismo y una cierta falta de profundidad en su narrativa: eso justificaría su consideración como «uno de los grandes escritores de la segunda fila», tal y como él mismo más o menos se definió, seguramente no sin ironía. Se intuye que su pecado estuvo en no frecuentar la experimentación ni ponerse demasiado conceptual, el escalón que lo separa de la primera fila: quienes consideran a Maugham falto de intención artística trascendental lo explican contraponiéndolo a James Joyce, Virginia Woolf, Henry James, D. H. Lawrence o E. M. Forster. Son argumentos bien establecidos. Pero entonces uno observa la artesanía narrativa de las historias de Maugham -como esta, que ni siquiera aparece entre las mejores-, sus personajes encopetados de apariencias, esos ingleses estirados llevándose Inglaterra allá donde vayan, indolentes en su pretendido dandismo de caballeros en los confines orientales del imperio, tan secretamente decadente como ellos… Admira ese universo que cultiva Maugham con naturalidad exquisita, con nitidez visual de cinematógrafo, con una escritura de precisiones envidiables… y hay que enarcar la ceja para decir, con afectado acento de alcurnia y descaro de lord: querida, a algunos escritores parece que es obligatorio leerlos; me temo que a Maugham ES obligatorio leerlo.

Julio/Agosto 2023

(Para ver el diario completo de lecturas, aquí).








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