Annie Hall: Lah-de-dah, lah-de-dah, lah-lah… yeah!.
[Supimos de la muerte de Diane Keaton muy alta ya la madrugada, en una nota con el tono aséptico de los primeros despachos de agencia, la impersonalidad del parte forense o el atestado policial. Al día siguiente, mientras los obituarios tomaban forma en los medios, la desaparición de la actriz adoptó el peso de una pérdida íntima: el inexplicable mecanismo de afectos que procuran las películas. Entonces imaginamos la escena de forma diferente.
Interior. Domingo tarde. Un teléfono suena a esa hora en que nadie llama. No es uno de estos teléfonos de ahora, tan inteligentes y siempre próximos como escasos de emociones. En esta ensoñación cinematográfica sonaba estridente el timbre de uno de aquellos aparatos de tubo de los años setenta. Tal vez de color crema, con el disco y los números en círculo para marcar. La insistencia de la chicharra metálica rasgaba la tranquilidad de un modesto crepúsculo y con cada timbrazo hacía vibrar la mesita de madera dispuesta en la esquina del corredor. Un hombre se incorpora con gesto de fastidio. Quién llamará ahora, masculla mientras camina hasta el auricular. Lo levanta de la horquilla y responde con un murmullo de irritación. Al otro lado una voz dice:
-Ha muerto Annie —, después hace una pausa y por un momento sólo se escucha la respiración de ambos, a través del cable-. Oye, sé que hace muchos años, pero… lo siento.
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