Los libros (XVIII)

10 09 2024

Terrorista – John Updike

«El enemigo no puede creer que la democracia y el consumismo sean fiebres que el hombre de la calle lleva en la sangre, una consecuencia del optimismo instintivo de cada individuo y del deseo de libertad».

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El pensamiento más generoso acerca de esta novela sería concluir que John Updike la escribió sin ponerle mucho interés y le salió un pastiche desganado y oportunista acerca de un asunto de alta complejidad. Uno espera medirse con un relato vibrante sobre el modo en que la serpiente del fanatismo anida en las sociedades occidentales y las circunstancias, motivaciones, desajustes e incluso razones por los cuales un muchacho normal y corriente se convierte en un rabioso asesino inspirado por la religión. Updike entrega, sin embargo, una reducción desmayada de esas posibilidades. Su terrorista es un joven que convive con su madre, con la que apenas se comunica. Ella es una mujer de ascendencia irlandesa y practica un concepto relajado de la educación con un adolescente al que hace rato que perdió de vista, pese a tenerlo en la habitación de al lado. El padre desaparecido sería el responsable involuntario del progresivo envilecimiento del hijo, aunque se trata de una culpa diferida y algo antojadiza por parte del autor: el hombre profesaba la religión musulmana y Updike convierte esa herencia en presunto origen del mal. Como si quisiera decirnos que hay un natural deterioro de la espiritualidad en el relevo de las generaciones, igual que el tiempo pudre una fruta olvidada en la alacena. O algo así. El contrapeso lo pone un profesor de instituto, judío y desencantado, aunque no necesariamente en ese orden: el maestro advierte en el muchacho un potencial por explotar (perdón por la polisemia)… así como su incipiente radicalización. Hastiado de su matrimonio con una esposa obesa (!!!) a este John Keating descreído lo redime la obsesión de frenar la deriva del chico. Cuando acude a avisar a la madre, prende una mecha que los lleva de la retórica a la erótica en una relación más bien insulsa, aunque Updike quiera agregarle cierto aliento sensual. Pronto ella se aburre en la cama y nosotros en el sillón de lectura. En general, el escritor parece compartir o contagiarnos su distanciamiento de los personajes. En medio de la superficie plana de la historia cruza alguna reflexión atendible, pero su vigencia en el relato se desvanece tan rápido como las ondas de una piedra en el lago. El pretendido suspense del desenlace culmina una novela débil, entrada poco estimulante a la obra de un autor de quien uno esperaba -y aún buscará, claro- algo más de pulso y mayor solvencia.


Ámsterdam– Ian McEwan

“Para entonces ya no era una jovencita, ni su amante. Eran camaradas, demasiado irónicos el uno con el otro como para sentir pasión”.

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Mis veranos siempre son un poco algún libro de Ian McEwan. Una hamaca en el jardín embaldosado, la sombra de la tarde como una sábana blanca recién lavada, la cancela entreabierta de la terraza a pie de calle y un recuerdo: la imagen de la westie que entonces aún velaba los días, tumbada frente a la portezuela, en ese sueño de vigilia atenta que duermen los perros. Por algún motivo, la musical escritura de McEwan mezcla bien con las jornadas en suspenso y por eso, de forma inconsciente, recurro a otra de su novelas en cada periodo vacacional. También por conjurar cierto vértigo al elegir los libros para la maleta. En McEwan hay una certeza: como poco (lo cual no es ni mucho menos poco) estará muy bien escrito, la trama indagará en algún rincón de la insondable naturaleza humana y los personajes dirán o harán cosas interesantes. Todo eso está en Amsterdam, aunque sin el encanto -diría yo- de los mejores momentos de McEwan. Varios amigos de la Inglaterra al mando -un ministro del gobierno, un afamado compositor de música clásica, el director de un diario conservador, entre otros- se reúnen en el funeral de una artista de la cual todos fueron amantes. El músico y el periodista son amigos; el político no lo es. Todos se tratan con esa fría corrección intachable de los ingleses de cuna, incapaces de ejercer con naturalidad la simpatía… por parafrasear al propio McEwan en la novela. Después, un asomo de escándalo los enfrenta en sus contradicciones generacionales y morales. El conjunto resulta entretenido, aunque algo hierático o distante, en mi opinión. Sin menoscabar la delicadeza técnica de McEwan, a quien siempre me resulta grato leer, sí me crece la molesta sensación de que con cada novela se me aleja más del canon de Expiación (escrita, sin embargo, tres años más tarde) y de sus celebrados compañeros de la Generación Granta: me refiero a Martin Amis y Julian Barnes porque, de los demás, Ishiguro me resultó inane en su día y a Rushdie todavía no he llegado.


Ciudades de la llanura – Cormac McCarthy

“¿A dónde vamos al morir?, dijo. No lo sé, dijo el hombre. ¿Dónde estamos ahora?”.

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La literatura de Cormac McCarthy está construida con la aridez y el fatalismo de un paisaje desértico. Posee la belleza de todo aquello que no es canónicamente hermoso, sino más bien sombrío, hostil, próximo a la desesperación o el abandono. Y aun así, subyugante. Hay una soledad feroz en sus personajes, que se mueven sin otro aliciente que el trabajo, las rutinas de la supervivencia, la satisfacción de aspiraciones y necesidades primarias. Y, sin embargo, de ese brutalismo formal y temático surge con frecuencia una rara majestuosidad, un magnetismo oscuro, difícil de explicar. Tal vez Ciudades de la llanura no aparezca entre sus libros más brillantes. Es la tercera entrega de la Trilogía de la frontera y en ella seguimos el día a día monótono de un grupo de vaqueros, empleados en un rancho en territorio de Texas, en el límite con México. A lo largo de muchas páginas sabemos poco de los adustos personajes, y sus voces se entremezclan en diálogos parcos, a los que McCarthy concede escaso contexto. Sólo muestra con reiteración las pesadas minucias del trabajo, la rudeza de las tareas y cómo esas labores los empujan a un contacto descarnado y nada romántico con la naturaleza, los animales y el resto de los hombres. Los oímos hablar de caballos, moverse por establos, compartir silenciosos almuerzos en los comedores; duermen al raso en la inmensidad del desierto, mueven rebaños y se solazan apenas en tugurios de ciudades polvorientas, a uno y otro lado de la frontera. Pero en ese páramo hace germinar McCarthy la desesperada historia de amor entre uno de los muchachos, John Gray, y Magdalena, prostituta mexicana de 17 años. Si a la novela le cuesta despegar de tanta sordidez, su último tramo logra el vuelo suntuoso de las grandes tragedias. Un territorio en que los personajes se mueven por impulsos esenciales que desmienten el heroísmo; donde la violencia no supone necesariamente la vileza, sino la imposición de una atroz ley natural. Páginas y lugares con una enseñanza fundamental en el universo de McCarthy: si la luz existe, solo la encontraremos a través de la oscuridad.

Agosto 2024

(Para ver el diario completo de lecturas, aquí).





Los libros (II)

29 08 2023

Los cazadores – James Salter

«Dormir es un mal hábito al que te acostumbran de niño».

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Salter participó en la guerra de Corea como piloto de combate y su primera novela recoge o se sustenta en aquella experiencia de tres años. Es también la primera que leo de este autor, al que se atribuye una posición en la jerarquía de grandes escritores americanos de las últimas décadas para la que aún no encuentro justificación en Los cazadores. Sus frases revelan una intención de estilo y de técnica todavía por domesticar. La trama es leve o reiterativa, lo que de todos modos contribuye a darle forma a la ansiedad de los hombres en la antesala de la acción a vida o muerte. Salter quiere expresar el desasosiego, el escepticismo, la desesperanza de su protagonista, un capitán veterano pero ya inseguro de sus facultades, en un ambiente de camaradería viciada por la extrema competitividad en la cuenta de enemigos derribados. A menudo, bajo las páginas asoma la carpintería del autor en construcción. El escenario -una Corea helada de blancos rotos y cielos metálicos- está descrito en pinceladas sugerentes, pero a las que falta relieve expresivo. Esa dimensión sí aparece en los evocadores días de permiso que el capitán Cleve Connell pasa en Tokio, que están entre las mejores páginas de todo el libro. También desde luego en la descripción que Salter hace de los vuelos, las maniobras aéreas, el angustioso suspenso, denso de peligro, en medio de la nada del cielo en que se desarrolla la lucha. La última parte de la novela mejora mucho y culmina con un gran desenlace. Con todo, Los cazadores me resulta entretenida: exculpo a este primer Salter de la obligación de mostrarse brillante y aguardo a trabajos posteriores para hacerme un juicio definitivo.


Chesil Beach – Ian McEwan 

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La escritura de McEwan tiene una cadencia tan natural como las melodías de Paul McCartney: aunque no te guste la canción, las armonías suenan deliciosas. Chesil Beach me parece una débil novela que pudo ser un poderoso relato corto. McEwan lo alarga en meandros temporales y circunloquios para compensar la levedad de una trama que reflexiona sobre esta simple (y aquí simple no significa sencilla) paradoja vital: hasta qué punto una decisión de aspecto fútil, en un escenario limitado a lo concreto del instante, modifica tu vida para siempre. La evocación de las vidas que no vivimos es una constante. Y en ese mecanismo, en cierto modo espantoso pero tan natural, tan ley de vida, el primer amor suele actuar como palanca frecuente. McEwan contiene de forma interminable el tiempo que dura la escena central (la noche de bodas de dos recién casados en un hotel junto a la playa) y después precipita los 50 años siguientes en unas cuantas páginas. El recurso funciona como vertiginoso generador de nostalgias (la vida se hace un estéril recuerdo inventado, sobre lo que pudo ser y no fue), pero resulta en un forzado desequilibrio. Chesil Beach no es una novela que uno vaya a recordar, salvo por la delicadeza de su prosa, por momentos hermosísima. A uno no le sale todos los días Expiación; ni sueña cada noche la melodía de Yesterday.


Nosotros, los Caserta – Aurora Venturini

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«Y envidio a esa mujer. Envidio su viudez. Qué no daría por ser la viuda de Luis, yo, que nunca fui nada de nadie».

Aurora Venturini fue una escritora argentina que no se parece en nada a ningún escritor argentino. En realidad no se parece a nadie, salvo a sí misma. O esa es mi sensación. Todo en su obra tiene un modo tan personal y queda tan en los márgenes de la convención que podría ser el fruto de una genialidad incontestable o bien una confusión gigantesca. Basta decir que el mundo la descubrió como autora a los 85 años, cuando el diario Página/12 premió Las primas. La historia es harto conocida. Sus libros resuenan en cada frase a incómodo prodigio contrahecho, la recreación sádica de un retablo de desproporciones y anomalías. La atmósfera feroz en la que se mueven sus niñas y mujeres se adensa en familias a las que el término disfuncionales se les queda pequeño. Los personajes son deformes, moral y a menudo físicamente. Todo ocurre en términos de delirio, cinismo y crueldad, pero sin asomo de conmiseración propia o ajena. Nadie se lamenta ni tiene remordimientos. Incluida, parece, la propia Venturini, que empuja a sus personajes a la supervivencia por desapego, sin compasión, como si fueran animales recién llegados a un mundo hostil, que castiga con implacable justicia la indolencia o la debilidad. Historias que mezclan el salvajismo y la ternura, la candidez y la brutalidad. Historias de «mujeres extremas, enfermas, obsesivas, maltratadas» (dice Mariana Enríquez). Añadimos: brutalmente individualistas. Y de desgarrada, subyugante hermosura.


El velo pintado – W. S. Maugham

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«Lo importante es amar, no ser amado. Uno ni siquiera siente agradecimiento hacia aquellos que lo aman; si uno no corresponde a su amor, solo le causan fastidio».

A los grandes escritores se llega, tarde o temprano. Eso he leído en alguna parte y me agarro a ello como a un tablón en alta mar, para no ahogarme en lo injustificable. Dicho de forma rotunda: leer a William Somerset Maugham hace que leer a cualquier otro parezca una pérdida de tiempo. Al autor inglés se le atribuye frialdad escéptica, un indisimulado cinismo y una cierta falta de profundidad en su narrativa: eso justificaría su consideración como «uno de los grandes escritores de la segunda fila», tal y como él mismo más o menos se definió, seguramente no sin ironía. Se intuye que su pecado estuvo en no frecuentar la experimentación ni ponerse demasiado conceptual, el escalón que lo separa de la primera fila: quienes consideran a Maugham falto de intención artística trascendental lo explican contraponiéndolo a James Joyce, Virginia Woolf, Henry James, D. H. Lawrence o E. M. Forster. Son argumentos bien establecidos. Pero entonces uno observa la artesanía narrativa de las historias de Maugham -como esta, que ni siquiera aparece entre las mejores-, sus personajes encopetados de apariencias, esos ingleses estirados llevándose Inglaterra allá donde vayan, indolentes en su pretendido dandismo de caballeros en los confines orientales del imperio, tan secretamente decadente como ellos… Admira ese universo que cultiva Maugham con naturalidad exquisita, con nitidez visual de cinematógrafo, con una escritura de precisiones envidiables… y hay que enarcar la ceja para decir, con afectado acento de alcurnia y descaro de lord: querida, a algunos escritores parece que es obligatorio leerlos; me temo que a Maugham ES obligatorio leerlo.

Julio/Agosto 2023

(Para ver el diario completo de lecturas, aquí).





Subrayados

26 09 2022

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Hace unos pocos años que empecé a subrayar los libros. No supe por qué me había crecido la necesidad de hacerlo, pero me generaba sentimientos encontrados. Siempre miro los libros en los estantes de las casas ajenas, y si alguno me llama la atención me permito la licencia de abrirlo e interrogar algunas páginas. Cuando encontraba fragmentos subrayados asomaba en mí una borrosa impaciencia: ¿Me estaré perdiendo algo? Luego, yo rehusaba incurrir en esa costumbre. Manchar las páginas con rayas torcidas bajo las líneas de texto siempre me pareció poco pulcro. Pero eso cambió, como tantas cosas. Así que, cuando por fin cedí a la tentación, sustituí las rayas horizontales por corchetes, que juzgaba menos invasivos. Para incrementar los niveles de lectura, agregué anotaciones diversas sobre los márgenes; a veces, también otros signos aleatorios, para los que no había establecido ninguna nomenclatura: entusiasmados círculos alrededor de algunas palabras; fulgurantes flechas que querían ser una advertencia enfática; paréntesis que encerraban frases dentro de los párrafos… Todo sin jerarquía alguna que ordenara o ayudase a distinguir el significado último de cada llamada.

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Margaret Thatcher, estrella del rock

15 04 2013

Insistiremos en el obituario, un género siempre bien querido del periodismo. Este fin de semana la BBC se vio en la indeseada tesitura de tener que emitir en su Radio 1 la canción Ding Dong The Wicked Witch is Dead! (La Bruja Mala Ha Muerto), clásico infantil interpretado por Judy Garland y su coro de adláteres en la película El Mago de Oz. Por el título de este somniloquio ustedes deducirán que tan inocua posibilidad (qué tendría de malo programar una cancioncita infantil cuando el mundo vive entregado a memeces como el Gangnam Style o eso del Harlem Shake) viene envenenada por la muerte de Margaret Thatcher y la asociación del verdoso personaje de la película a la que fuera ex primera ministra, hoy cadáver camino de un funeral de estado. El proceso fue el típico en estos casos: muere Thatcher, alguien se acuerda de la cancioncita, lo pone en la red social de turno, proclama que hay que elevar The Wicked Witch is Dead a la lista de lo más vendido esa semana, se dispara el proceso viral en manos de otros entusiasmados y el tema alcanza el número 3 de las listas, de acuerdo a The Official Charts, organismo encargado de controlar las ventas de música en el Reino Unido. No es la primera vez ni será la última: el mismo fenómeno se vivió durante el jubileo de la Reina, cuando el (en su día) ácrata (y hoy) apenas descarado God Save the Queen de los Sex Pistols siguió el mismo camino en las listas.

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La entrada a los primeros puestos garantizaba a los promotores de la operación que la canción habría de ser emitida este pasado domingo en el programa de BBC Radio 1 que repasa semanalmente los temas más exitosos en el panorama británico. Naturalmente, el ala tory de la red social reaccionó con prontitud y largó por la misma vía del pío pío digital su propia campaña de agit-prop: para conseguir que se respetase el nombre de la que fuera primera ministra; y evitar que la BBC, medio público donde los haya, participase en la montaraz fiestecita de celebración por la muerte de la bruja, aka Margaret Thatcher. A partir de ahí, y como no podía ser de otro modo, se sucedieron los posicionamientos políticos, las declaraciones, los minutos en informativos, el debate social y la polémica periodística. Finalmente, la BBC resolvió que la canción sonara, porque suenan todas las canciones más vendidas, pero sólo unos segundos. A modo informativo, dijeron… El sintagma resulta muy tierno.

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