Terrorista – John Updike
«El enemigo no puede creer que la democracia y el consumismo sean fiebres que el hombre de la calle lleva en la sangre, una consecuencia del optimismo instintivo de cada individuo y del deseo de libertad».

El pensamiento más generoso acerca de esta novela sería concluir que John Updike la escribió sin ponerle mucho interés y le salió un pastiche desganado y oportunista acerca de un asunto de alta complejidad. Uno espera medirse con un relato vibrante sobre el modo en que la serpiente del fanatismo anida en las sociedades occidentales y las circunstancias, motivaciones, desajustes e incluso razones por los cuales un muchacho normal y corriente se convierte en un rabioso asesino inspirado por la religión. Updike entrega, sin embargo, una reducción desmayada de esas posibilidades. Su terrorista es un joven que convive con su madre, con la que apenas se comunica. Ella es una mujer de ascendencia irlandesa y practica un concepto relajado de la educación con un adolescente al que hace rato que perdió de vista, pese a tenerlo en la habitación de al lado. El padre desaparecido sería el responsable involuntario del progresivo envilecimiento del hijo, aunque se trata de una culpa diferida y algo antojadiza por parte del autor: el hombre profesaba la religión musulmana y Updike convierte esa herencia en presunto origen del mal. Como si quisiera decirnos que hay un natural deterioro de la espiritualidad en el relevo de las generaciones, igual que el tiempo pudre una fruta olvidada en la alacena. O algo así. El contrapeso lo pone un profesor de instituto, judío y desencantado, aunque no necesariamente en ese orden: el maestro advierte en el muchacho un potencial por explotar (perdón por la polisemia)… así como su incipiente radicalización. Hastiado de su matrimonio con una esposa obesa (!!!) a este John Keating descreído lo redime la obsesión de frenar la deriva del chico. Cuando acude a avisar a la madre, prende una mecha que los lleva de la retórica a la erótica en una relación más bien insulsa, aunque Updike quiera agregarle cierto aliento sensual. Pronto ella se aburre en la cama y nosotros en el sillón de lectura. En general, el escritor parece compartir o contagiarnos su distanciamiento de los personajes. En medio de la superficie plana de la historia cruza alguna reflexión atendible, pero su vigencia en el relato se desvanece tan rápido como las ondas de una piedra en el lago. El pretendido suspense del desenlace culmina una novela débil, entrada poco estimulante a la obra de un autor de quien uno esperaba -y aún buscará, claro- algo más de pulso y mayor solvencia.
Ámsterdam– Ian McEwan
“Para entonces ya no era una jovencita, ni su amante. Eran camaradas, demasiado irónicos el uno con el otro como para sentir pasión”.

Mis veranos siempre son un poco algún libro de Ian McEwan. Una hamaca en el jardín embaldosado, la sombra de la tarde como una sábana blanca recién lavada, la cancela entreabierta de la terraza a pie de calle y un recuerdo: la imagen de la westie que entonces aún velaba los días, tumbada frente a la portezuela, en ese sueño de vigilia atenta que duermen los perros. Por algún motivo, la musical escritura de McEwan mezcla bien con las jornadas en suspenso y por eso, de forma inconsciente, recurro a otra de su novelas en cada periodo vacacional. También por conjurar cierto vértigo al elegir los libros para la maleta. En McEwan hay una certeza: como poco (lo cual no es ni mucho menos poco) estará muy bien escrito, la trama indagará en algún rincón de la insondable naturaleza humana y los personajes dirán o harán cosas interesantes. Todo eso está en Amsterdam, aunque sin el encanto -diría yo- de los mejores momentos de McEwan. Varios amigos de la Inglaterra al mando -un ministro del gobierno, un afamado compositor de música clásica, el director de un diario conservador, entre otros- se reúnen en el funeral de una artista de la cual todos fueron amantes. El músico y el periodista son amigos; el político no lo es. Todos se tratan con esa fría corrección intachable de los ingleses de cuna, incapaces de ejercer con naturalidad la simpatía… por parafrasear al propio McEwan en la novela. Después, un asomo de escándalo los enfrenta en sus contradicciones generacionales y morales. El conjunto resulta entretenido, aunque algo hierático o distante, en mi opinión. Sin menoscabar la delicadeza técnica de McEwan, a quien siempre me resulta grato leer, sí me crece la molesta sensación de que con cada novela se me aleja más del canon de Expiación (escrita, sin embargo, tres años más tarde) y de sus celebrados compañeros de la Generación Granta: me refiero a Martin Amis y Julian Barnes porque, de los demás, Ishiguro me resultó inane en su día y a Rushdie todavía no he llegado.
Ciudades de la llanura – Cormac McCarthy
“¿A dónde vamos al morir?, dijo. No lo sé, dijo el hombre. ¿Dónde estamos ahora?”.

La literatura de Cormac McCarthy está construida con la aridez y el fatalismo de un paisaje desértico. Posee la belleza de todo aquello que no es canónicamente hermoso, sino más bien sombrío, hostil, próximo a la desesperación o el abandono. Y aun así, subyugante. Hay una soledad feroz en sus personajes, que se mueven sin otro aliciente que el trabajo, las rutinas de la supervivencia, la satisfacción de aspiraciones y necesidades primarias. Y, sin embargo, de ese brutalismo formal y temático surge con frecuencia una rara majestuosidad, un magnetismo oscuro, difícil de explicar. Tal vez Ciudades de la llanura no aparezca entre sus libros más brillantes. Es la tercera entrega de la Trilogía de la frontera y en ella seguimos el día a día monótono de un grupo de vaqueros, empleados en un rancho en territorio de Texas, en el límite con México. A lo largo de muchas páginas sabemos poco de los adustos personajes, y sus voces se entremezclan en diálogos parcos, a los que McCarthy concede escaso contexto. Sólo muestra con reiteración las pesadas minucias del trabajo, la rudeza de las tareas y cómo esas labores los empujan a un contacto descarnado y nada romántico con la naturaleza, los animales y el resto de los hombres. Los oímos hablar de caballos, moverse por establos, compartir silenciosos almuerzos en los comedores; duermen al raso en la inmensidad del desierto, mueven rebaños y se solazan apenas en tugurios de ciudades polvorientas, a uno y otro lado de la frontera. Pero en ese páramo hace germinar McCarthy la desesperada historia de amor entre uno de los muchachos, John Gray, y Magdalena, prostituta mexicana de 17 años. Si a la novela le cuesta despegar de tanta sordidez, su último tramo logra el vuelo suntuoso de las grandes tragedias. Un territorio en que los personajes se mueven por impulsos esenciales que desmienten el heroísmo; donde la violencia no supone necesariamente la vileza, sino la imposición de una atroz ley natural. Páginas y lugares con una enseñanza fundamental en el universo de McCarthy: si la luz existe, solo la encontraremos a través de la oscuridad.
Agosto 2024
(Para ver el diario completo de lecturas, aquí).






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