La pequeña ciudad rebosaba de gente de un lado a otro. La gente cruzaba cargando palos, telas, cajas y decoraciones en una misma dirección. El contagio de alegría era palpable. Un hombre amodorrado salió de casa para encontrarse con cinco personas deseándole un buen día, dos chicas le sonrieron y una anciana que le gritó para animarlo, este no había dado un paso cuando la flojera había abandonado su cuerpo para hacer lugar a la energía. El flujo de la gente constaba de más razas, colores y formas de las que Elari había visto en su vida. Incluso una curiosa viejecilla corría a toda velocidad con una cesta llena de plantas, cuando una cayó al suelo, esta se levantó, sacudió y corrió detrás de la anciana impulsada con sus raíces como pequeñas piernas. ─¡Apúrate Margarita que vamos a llegar tarde! ─ Le gritó la anciana. Antes no fue capaz de absorber todo lo que le rodeaba, incómoda, molesta y violentada, era difícil aceptar el aire de alegría. Pero ahora la chica maravillada por su...
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