Estaremos en un stand que para eso está.
Búsquenos, no sea vagoneta.
Este domingo participaremos de una nueva edición de la
Allí estaremos junto a otros editores y editoras, autores y autoras, buscando generar un espacio de encuentro con USTEDES, nuestros y nuestras Amados y Amadas Lectores y Lectoras.
Varias versiones de una misma página .Finalmente salió impresa una quinta versión.



[Ilustrado por Hernán Sáenz de Tejada]
«Tímida y callada» leo. Una anotacíon al margen acompañada del nombre Iris. Sigo pasando las páginas, leyendo por encima sin mucha atención, hasta que veo párrafos enteros bajo el título de Iris . Al parecer el perdiodista se habia preocupado e interesado especialmente en la historia de esta joven…
« Es la chica a la que le lanzan los cuchillos. A ella no le gusta este papel porque es un objeto decorativo en el circo y porque el número se está volviendo muy peligroso.Iris ensaya para hacer equilibrismo o bailar que es lo que realmente quisiera, pero el dueño del circo no le deja cambiar de rol y mucho menos Cutler que la tiene algo sometida.No tiene familia, huyó de su casa de chica y se unió al circo o los padres la vendieron a unos gitanos que pasaban y terminó acá. Ella miente sobre su edad, y es más chica de lo que parece. Quizás tiene algún pariente adinerado que podría liberarla de esta situación. (tal vez la pitonisa le contó que lo tiene) Está triste en el circo pero no se decide a irse. Quiere ser artista y no ve en qué otro lugar podría tener trabajo y comida. Iris también sabe lanzar cuchillos. Aprendió viendo el número, practica a escondidas…»
[Ilustrado por María Cruz Valmaseda]
El programa piloto que no pudo salir en el libro, un boceto y un dibujo que por esas cosas no apareció en el libro.
[Ilustrado por Federico Grunauer Landin]
Sensualidad, glamour, chocolates y amantes, palabras que se disparan cuando aparece la Mujer Escuerzo. Leer sobre ella como sumergirse en su cuerpo, aquel que albergó y creó miles de historias y misterios.
Este Sábado fue la presentación del libro y la pasamos genial. Aca hay testimonios que lo confirman
Gracias a todos por venir !
Muchas gracias a la revista La Duendes por la crónica que hicieron de la presentacíon, ¡Pasen a leerla!
En toda historia aparece una mujer fatal, pero en este caso hay dos. Ambas parecen tener una personalidad magnética, irresistible.
«…Estas hermanas de nacionalidad rusa fueron abandonadas por sus padres y adoptadas por Marcus cuando el circo estaba presentando el show en Moscú. Se criaron en este como domadoras de animales salvajes, aunque su predilección es trabajar con lobos (…) Mantienen una relación muy particular y son muy celosas una de la otra. Aunque a todas luces parecen sospechosas, el joven Marcus no pudo evitar dejarse domar por ellas…»
[Ilustrado por Carolina Buschiazzo]
Boceto de contratapa y 2 ilustraciones que, por fabulosos motivos, no incluímos en el libro.
[Ilustrado por Nahuel Amaya]
Paro a pasar la noche en otro pueblo fantasma. La encargada de la pensión se mudó hace meses a otro pueblo, a 60 kilómetros de aquí. Un vecino tiene llaves, me abre la puerta y me asigna una habitación. No sé por qué, pero pasa toda la noche sentado en la recepción. En la cama, sigo leyendo las notas del periodista. Comienzo a pensar que gran parte del misterio de este circo se desarrolla detrás de la escena. Los interrogantes se extienden aún entre quienes no son parte del espectáculo.
“…El encargado de la limpieza en el Marcus Circus es de origen vasco, más específicamente de la ciudad de Zarauz. Sin trabajo y sin familia se unió al Marcus Circus en una de sus giras por la costa del País Vasco (…) Muy callado pero muy observador, Cristóbal conoce cada movimiento dentro del Marcus Circus. Aunque se lleva bien con todos los miembros del circo, nadie sabe realmente mucho de su vida. Su mayor particularidad es guardar en su barril cualquier objeto que encuentra cuando realiza la limpieza…”
[Ilustrado por Alina Najlis]
Otro incierto protagonista, artista de excelencia especializado en un oficio que a la vista de muchos no «sirve» para nada. Por lo que leí en algunos fragmentos de las notas del periodista, le brindó ayuda a Marcus hijo con su máquina inverosímil en un momento trascendental de la historia.
«…Un hombre enigmático o un imbécil con traje. Algunos dicen que perdió a su familia en circunstancias poco claras, otros dicen que solamente es un alcohólico depresivo (…) Una cosa es cierta: con un total desprecio por el peligro y con un tanque del “otro mundo”, arriesga su vida sin sentido en cada acto…»
[Ilustrado por Guillermo Tapia]
Bocetos hechos cuando se inició el proyecto. Después de esto el diseño de los personajes sufrió varios cambios hasta llegar a su forma definitiva.
[Ilustrado por Juan Bobillo]
Han habido muertes en circunstancias no claras en este circo; y este hombre tiene ciertamente el perfil de un asesino. Me pregunto si existirán hoy personas con este oficio. El sólo hecho de caminar junto a uno de ellos me provocaría escalofríos.
«…Nadie sabe mucho de él. El fallecido Sr. Marcus era el único que conocía su pasado, pero se llevó todos los secretos a la tumba. A falta de datos certeros, circulan versiones que indican que asesinó a su propia hermana de una cuchillada, tal vez accidentalmente, en medio de un número donde ella era su asistente. No se sabe por qué permanece en el espectáculo ya que parece tener tan poco apego al circo y a sus integrantes. Pero por la forma como trata y mira a su nueva ayudante, Iris, creen que ella es la razón de su estadía (…) Todos mantienen distancia de Cutler, su cuerpo lleno de cicatrices y su pésimo humor son intimidantes, tanto como su gran habilidad con los cuchillos (…) ¿Cuál es el destino de Lord Cutler en el Marcus Circus?»
[Ilustrado por Nahuel Amaya]
Dibujos, bocetos, y apuntes que por una razón o por otra no fueron incluídos en el libro. Con ustedes, la cocina del Marcus Circus…
[Ilustrado por Gabriela Herrera]
No sé por qué empiezo con él. Quizás su condición de furtivo define el espíritu que me transmiten todos los miembros del elenco. Todos, incluso el circo, la carpa misma parece estar huyendo de algo o de alguien. Y mientras yo escapo de mí mismo en este tren, me identifico en algo con Aurelio, a pesar de la incredulidad que hoy por hoy me provoca su leyenda.
“…En la yunga salteña se escuchaba una voz inconfundible pero desconocida. De boca en boca pasaban historias sobre su origen: la más conocida era la de un hombre oso, un guardián; pero otros hablaron de una bestia perdida, un ser que había escapado de sus dueños cuando era pequeño. (…) Esto fue suficiente para que muchos empezaran a ver en él un potencial negocio, entre ellos fue el Zoológico de Buenos Aires, que lo fue a buscar. Pero el Sr. Marcus lo encontró antes que los enviados de la capital, y le ofreció unirse al circo para mostrarse tal cual era: un cantor. Desde entonces Aurelio formó parte del Marcus Circus, y junto con él trajo todos sus problemas (…) Este afiche dejó de ser publicitado por orden del Sr. Marcus, tras un allanamiento policial…”
[Ilustrado por Hernán Sáenz de Tejada]
¿Qué sentido pudo tener una Oficina de objetos perdidos en una estación de tren como esta, tan anónima como el pueblo que la contiene? Caserío de caras cansadas, amontonamiento de desconocidos demasiado familiares entre sí, suburbanización obsoleta donde los sueños son caminantes fantasmas a los que nadie mira a los ojos.
Durante los tres años posteriores al cierre del ramal, mi padre continuó vistiéndose con su uniforme de Jefe de Estación todos los días, como si nada hubiese sucedido. Se sentaba en el andén y esperaba que el reloj marcara las cinco de la tarde. Un martes a la mañana se dejó puesto el pijama y no se lo sacó más. Lo llevamos en camioneta hasta el hospital de Bahía Blanca. Tres semanas después murió.
Los empleados de la funeraria cambiaron el pijama por un traje negro, de esos que él nunca había usado. Sabía que él hubiese querido ser despedido con su uniforme de Jefe de Estación; incluso lo había puesto en el bolso, cuidadosamente doblado. Pero no me animé a pedir que lo cambien. No me quedé al entierro y de Bahía me escapé directo a Buenos Aires.
Volví al pueblo once años después, hace tres días, a despedir a mi mamá. Le traje el bolso de mi papá, el mismo que llevé a Bahía aquella vez, sin desarmar, intacto. Quería que por lo menos ella se lleve el uniforme y se lo dé al viejo, personalmente. Llegué tarde. Una vez que están oficialmente muertos, los cuerpos no duran mucho sobre el nivel de la tierra en mi pueblo. Tenía cuatro días de espera hasta el próximo micro a Buenos Aires y ningún pariente para saludar.
Mediodía de sol. Desarmé el bolso. No fue una sorpresa lo que encontré adentro, yo lo había armado. Inesperadamente me vi cerrando todas las ventanas de la casa de mis padres, sentí (supe) que me estaban mirando. Me paré frente al espejo y me puse el uniforme. No me quedaba bien. Amontoné todo en el patio de atrás, lo rocié con querosén. Si no podían verme, por lo menos sentirían el olor. Entre la tela del uniforme que se consumía pude ver algo que brillaba con un rojo intenso. Una llave de bronce, en un bolsillo, que no había notado cuando lo tuve puesto. Supe inmediatamente de dónde era. Agarré todas mis cosas y me fui caminando a la estación de tren. Permanecí sentado en el andén abandonado un par de horas. Un grupo de chicos me había seguido desde el pueblo para espiarme, pero al poco tiempo desistieron por aburrimiento y por calor. A las cinco de la tarde saqué la llave y entré a la Oficina de objetos perdidos.
Tenía poco que ver con el lugar maravilloso que imaginaba durante mi infancia, cuando la entrada a esa habitación –más un depósito que una oficina- me estaba vedada. Humedad, no tantos paraguas como se podría pensar, sí muchos sombreros de hombre y abrigos demoledoramente apolillados, algunos de ellos de más de cien años de antigüedad. Unas pocas valijas, y entre todas ellas un baúl. La cerradura, quizás en algún momento inviolable, se desarmó completamente cuando intenté levantar la tapa.
Entre algo de ropa y un par de zapatos, distinguí un cuaderno, muy antiguo, que reconocí enseguida como de periodista. Escrito con tinta negra de pluma, mucho tiempo después me di cuenta que la letra era asombrosamente parecida a la mía. Devoré durante toda la noche una tras otra las historias de viajes interminables en tren. Una me resultó singularmente más atractiva que las demás, quizás por lo incompleta: la descripción vaga de un circo ambulante, una serie de apuntes sobre cada uno de los miembros del elenco, y no mucho más. Habrá sido la familiaridad inmediata que sentí con esos desconocidos, que habían compartido todos los aspectos de su vida entre sí sin realmente saber quiénes eran. Como los habitantes de mi pueblo, como mis padres y yo.
Guardé el cuaderno en mi bolso junto con afiches y fotografías del circo que saqué del baúl. Dejé la puerta abierta. Amanecía. Mientras me alejaba de la estación en dirección a la ruta llamé por celular al diario. Pedí con el Jefe de Redacción y le avisé que no espere mi columna de esa semana: iba a estar de viaje algún tiempo más.
[Ilustrado por Nahuel Amaya]
Me encargan unas palabras preliminares a este libro.
Puedo decir que qué suerte, encantado, será un verdadero honor, o que ni pienso, que no tengo tiempo para perder, que estoy tapado de trabajo, que justo en este momento estoy saliendo de casa para irme a Mozambique por dos años, etc.
Si digo que no, me pierdo una cena – la que me prometieron en caso de aceptar-.
Digo que sí y me siento a escribir.
Y ahora puedo asegurar que el libro es genial, que el libro es horrible, o invento algo que no me comprometa, salgo del paso y chau.
Este último parece el camino más fácil.»
Fragmento del prólogo escrito por Carlos Trillo.