«Hay cosas que solo se aprenden estando. Aurelio tardó mucho en entender eso.
Y aun así lo entendió antes que la mayoría.»— Inés, en conversación con la hija de un discípulo de Cavanilles
Los que conocían a Cavanilles solo a través de sus textos tendían a imaginarlo solo. Era una deducción razonable: el tono de sus escritos era el de un hombre que pensaba en habitaciones vacías, que no necesitaba interlocutores porque llevaba consigo una biblioteca interior suficiente para sostener cualquier conversación. Lo que esos lectores no sabían era que al fondo de todas esas habitaciones, invariablemente, había una mujer pelando patatas, o doblando ropa, o simplemente sentada con una taza de café mirando por la ventana, que en cuarenta años de matrimonio había aprendido a leer el silencio de ese hombre con una precisión que ninguno de sus discípulos alcanzó jamás.
Inés no había ido a la universidad. Era hija de un electricista y una maestra de primaria de un pueblo de la provincia de Valencia, y había conocido a Cavanilles cuando él tenía veintiocho años y todavía era posible confundirlo con una persona normal. Se había enamorado, según ella misma contaba sin ningún énfasis particular, de que era el único hombre que había conocido capaz de escucharla de verdad cuando hablaba, sin preparar ya su respuesta mientras ella terminaba la frase. Luego descubrió que esa capacidad de atención tenía un alcance limitado —que se apagaba cuando una idea le ocupaba el pensamiento, que podía pasar por encima de un dolor de su hija como si fuera un charco en la acera— y decidió, con la pragmática elegancia que la caracterizaba, que nadie es perfecto en todo y que lo importante es saber en qué es bueno el tuyo y no pedirle lo que no tiene.
Cavanilles dedicó su segundo libro a Inés con una frase que ella encontró «típicamente suya»: «A I., que siempre supo más.» Sin título. Sin apellido. Sin explicación.
El hogar que Inés construyó alrededor de ese hombre era, en todos los sentidos relevantes, una obra de ingeniería. No el hogar ordenado y silencioso que cabría esperar junto a alguien que necesitaba concentración: era un hogar con ruido de fondo, con olor a comida real, con flores en la mesa aunque no hubiera visitas, con la televisión puesta a veces sin que nadie la mirara, porque Inés había entendido muy pronto que Cavanilles pensaba mejor cuando había algo mundano ocurriendo cerca, algo que le recordara que el mundo existía más allá de sus cuadernos. Lo había entendido sola, sin que él se lo dijera, porque él no lo sabía.
Sus consejos eran de la clase más peligrosa: los que suenan a sentido común y contienen, disimulada en la forma, una lucidez que tarda días en desplegarse del todo. Cuando Cavanilles volvía de un congreso furioso porque nadie había escuchado lo que tenía que decir, Inés le dejaba terminar —completamente, sin interrumpir— y luego decía algo como: «A lo mejor el problema no es lo que dices sino cómo entras en la sala.» Cavanilles invariablemente respondía que él entraba perfectamente bien en cualquier sala. Invariablemente, tres días después, empezaba a cambiar la manera en que abría sus conferencias.
Clara y Mateo
La hija, Clara, había heredado de su padre la inteligencia y de su madre el juicio y el pragmatismo, lo que la hacía una combinación difícil de manejar para cualquiera que intentara engañarla sobre algo. Estaba casada con un ingeniero de caminos de carácter apacible que había aprendido a admirar a su suegro desde una distancia prudente, como se admira un volcán que uno sabe que no va a entrar en erupción hoy pero que conviene tener localizado. Tenían un hijo, Mateo, que en el momento en que transcurre buena parte de este relato tenía tres años y estaba en la fase de preguntar por qué a todo, lo cual a Cavanilles le parecía el estado intelectual más honesto que había observado en ningún ser humano.
La relación de Cavanilles con su hija era de esas que tienen toda la intensidad debajo y casi nada encima. No había reproches verbalizados. No había escenas. Había, en su lugar, una especie de acuerdo tácito entre dos personas inteligentes que saben lo que ocurrió y han decidido, por razones distintas, no construir su presente alrededor de ello. Clara sabía que su padre había estado más en sus cuadernos que en sus cumpleaños. Cavanilles lo sabía también. Ninguno de los dos lo mencionaba. Lo que hacían, en cambio, era llamarse cada diez días con una regularidad que a Inés le parecía conmovedora precisamente por lo deliberada que era: dos personas que habían tenido que aprender a quererse en lugar de simplemente hacerlo.
Lo de Mateo era diferente. Con Mateo, Cavanilles era otra persona, o quizás era la misma pero sin la capa de distancia que llevaba encima en todos los demás contextos. Lo sentaba en las rodillas y le explicaba cosas —cómo funciona una célula, por qué el cielo es azul, qué son los sueños— con una paciencia y una ternura que Inés observaba desde el umbral de la puerta sin decir nada, guardando esa imagen para sí con el cuidado con que se guarda algo que se sabe frágil.
Una tarde, Mateo le preguntó si los hongos podían hablar, como sucede en los cuentos. Cavanilles tardó un momento en responder. Luego dijo que no exactamente, pero que había formas de escucharlos. Mateo lo miró con la expresión de quien ha recibido exactamente la respuesta que esperaba.— Testimonio de Inés, recogido por uno de los discípulos de Cavanilles
El viaje que no estaba en el programa
En el otoño de 1991, Cavanilles tenía treinta y siete años y una certeza creciente de que la neurociencia que conocía —toda la neurociencia que existía entonces— estaba mirando el cerebro desde el lado equivocado. Había leído todo lo publicado sobre estados alterados de conciencia, sobre las investigaciones con psilocibina y LSD de los años cincuenta y sesenta que la prohibición había enterrado, sobre los trabajos de Stanislav Grof con psicoterapia psicolítica, sobre los reportes etnobotánicos de Gordon Wasson y Albert Hofmann. Sabía lo que sabían los libros. Y tenía la sensación, que en él nunca era vaga sino quirúrgicamente precisa, de que los libros habían llegado hasta cierto punto y luego se habían detenido.
Fue a Oaxaca con la coartada de una investigación sobre plantas medicinales mesoamericanas que era real pero secundaria. Lo que buscaba, sin decírselo a nadie excepto a Inés —que lo escuchó, hizo una pausa breve y preguntó cuántas semanas sería—, era encontrar a alguien que supiera lo que los libros no decían.
Lo que encontró, después de dos semanas de preguntas en pueblos de la sierra mexicana que respondían con la cortesía específica que se reserva para los extranjeros que preguntan demasiado, fue a una mujer de edad indeterminada —podría tener sesenta años o noventa, y él nunca lo supo— que vivía en las afueras de un pueblo cuyo nombre él siempre escribió en sus cuadernos con la primera letra y un guion: M—. Hablaba zapoteco y un español rudimentario que a veces coincidía con el de Cavanilles y a veces no. Su nombre, en la versión que él podía pronunciar, era algo parecido a Consuelo, aunque ella nunca lo usó. Las ceremonias que dirigía con hongos psilocybe no eran un servicio para turistas. Cavanilles tardó cuatro días en convencerla de que no era un turista.
La noche
La ceremonia comenzó después de medianoche, en el interior de una construcción de adobe con el techo de palma y un suelo de tierra apisonada que olía a copal y a algo más que Cavanilles no supo identificar entonces y nunca identificó después. Había otras tres personas presentes, campesinos locales que lo miraron sin curiosidad visible y se sentaron en su sitio como quien entra a un lugar que conoce bien. Cavanilles era el único que no lo conocía. Esa asimetría, que él percibió con total claridad en el momento de sentarse, fue probablemente lo más honesto que sintió en toda la noche.
Los hongos llegaron envueltos en hojas, en una cantidad que Consuelo determinó con una mirada que no era exactamente un diagnóstico pero se le parecía. No había protocolo escrito. No había consentimiento informado. No había escala de medición de experiencias místicas — esa llegaría décadas después, en los laboratorios de Johns Hopkins, y Cavanilles la leería con el reconocimiento específico de quien ve transcrita en lenguaje clínico algo que vivió en una choza sin electricidad.
Lo que ocurrió durante las siguientes cuatro o cinco horas —el tiempo dejó de ser lineal en algún momento temprano y no recuperó su forma habitual hasta el amanecer— Cavanilles lo describió en sus cuadernos con una honestidad que le costó meses encontrar. No era el tipo de escritura que le salía fácil. Toda su vida había escrito sobre mecanismos, sobre moléculas, sobre evidencia. Esto era diferente. Esto era sobre lo que le había ocurrido a él.
Lo que anotó, en resumen, era esto: que en algún momento de la noche la frontera entre lo que él llamaba «yo» y lo que llamaba «el resto» se volvió porosa de una manera que no era angustiante sino, extrañamente, obvia. Como si esa frontera hubiera estado siempre ahí por convención más que por necesidad. Que había visto — no metafóricamente, sino con una claridad que recordaría durante décadas — la estructura de sus propios patrones de pensamiento desde fuera, como si fueran objetos en una habitación que podía rodear y examinar. Que había entendido algo sobre la naturaleza del ego que la filosofía le había insinuado durante años sin terminar de decirle. Y que en algún momento antes del amanecer había llorado, sin saber exactamente por qué, con la certeza tranquila de que no era tristeza sino algo más antiguo que la tristeza, algo que no tenía nombre en ninguno de los idiomas que conocía.
Consuelo lo observó durante toda la noche sin intervenir. Cuando el sol entró por la única ventana, le trajo un caldo de maíz que él bebió en silencio. Ella dijo algo en zapoteco. El hombre que había venido con él de intérprete — un maestro de escuela de un pueblo cercano que cobraba por esto — tradujo: «Dice que usted tiene mucho en la cabeza y poco en el cuerpo. Dice que eso tiene remedio pero que tarda.»
Cavanilles no respondió. Anotó la frase en su cuaderno, palabra por palabra, con una letra más grande de lo habitual.
Lo que trajo de vuelta
Inés lo recogió en el aeropuerto tres semanas después de lo previsto, porque él había pedido más tiempo sin dar muchas explicaciones y ella había dicho que de acuerdo. Lo miró cuando salió por la puerta de llegadas y le dijo, antes de que él abriera la boca, que parecía que había dormido por primera vez en años. Cavanilles le dijo que quizás sí. En el coche, de vuelta a casa, le contó lo suficiente. Inés escuchó sin interrumpir. Al final preguntó si repetiría. Él dijo que no lo sabía. Ella dijo que le parecía una respuesta honesta.
No repitió. No porque la experiencia le hubiera defraudado — al contrario— sino porque entendió que era de las cosas que se hacen una vez y luego se pasan el resto de la vida digiriendo. Lo que trajo de Oaxaca no era una certeza nueva sino una pregunta nueva, que era más valiosa: ¿qué ocurre exactamente en el cerebro durante ese tipo de experiencias? ¿Por qué la disolución temporal del sentido del yo —algo que la psiquiatría clásica hubiera catalogado automáticamente como síntoma— produce en la mayoría de las personas que lo atraviesan en un contexto controlado no terror sino alivio, no desintegración sino claridad?
Pasaría casi treinta años antes de que esa pregunta encontrara el lenguaje científico que merecía. En los laboratorios de Johns Hopkins, de Imperial College de Londres, de la Universidad de Nueva York, equipos de investigadores empezarían a publicar, a partir de la segunda década del siglo XXI, ensayos clínicos con psilocibina que describían exactamente lo que Cavanilles había vivido en una choza de Oaxaca: la reducción de la actividad de la red neuronal por defecto, el aflojamiento del ego, la experiencia mística medida con escalas validadas, la plasticidad sináptica inducida que persistía semanas después de una sola sesión.
Lo que Cavanilles leía en esos papers en su despacho, ya mayor, con Inés poniendo el café en la mesa de al lado: reconocía en el lenguaje técnico frío de los ensayos —«disolución de los límites del yo», «experiencia de unidad», «reducción de la actividad del córtex prefrontal medial»— lo que él había vivido sin términos para describirlo en 1991. No con la satisfacción del que dice ya lo sabía, que era un modo de pensar que él despreciaba. Sino con algo más tranquilo: la confirmación de que aquella noche no había sido una alucinación sino una observación. Y de que la ciencia, como siempre, había llegado tarde pero había llegado.
A veces llamaba a Clara después de leer uno de esos estudios. No para contarle lo de México — eso nunca se lo contó del todo, o quizás sí y ella guardó el secreto con la misma discreción con que guardaba las otras cosas de su padre. Sino simplemente para hablar. Para escuchar la voz de Mateo de fondo, preguntando por qué a algo, sin necesitar que le respondieran inmediatamente.
Inés encontró sus cuadernos de Oaxaca muchos años después, buscando otra cosa en el armario del despacho. Los leyó sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la estantería, durante casi dos horas. Cuando Cavanilles volvió a casa esa tarde, ella estaba en la cocina preparando la cena. No dijo nada sobre los cuadernos. Él tampoco preguntó. Esa noche hablaron más de lo habitual, de cosas sin importancia, y se durmieron con la televisión puesta.
Fue, según los discípulos que conocían la historia, una de las noches más importantes de su vida. Él nunca supo por qué.
«Usted tiene mucho en la cabeza
y poco en el cuerpo.
Eso tiene remedio,
pero tarda.»