El peso de un apellido (8)

«Llevar un apellido ilustre no es una herencia.
Es una pregunta que te hacen de pequeño
y que tardas toda la vida en contestar.»— A. Cavanilles, cuaderno de n
otas, sin fechar

Hay una planta que se llama Cavanillesia platanifolia. Pertenece a la familia de las malváceas, crece en los bosques tropicales de América del Sur y fue descrita y nombrada en honor de un botánico valenciano del siglo XVIII que nunca la vio en vivo porque nunca salió de Europa. La nombraron así sus colegas de la época como el mayor honor que podían dispensarle: inmortalizar su apellido en la nomenclatura binomial de Linneo, el sistema que organiza la vida en el planeta. Que una planta lleve tu nombre significa que la ciencia te ha reconocido un lugar permanente en el orden de las cosas. Es, en ese sentido, más duradero que cualquier título académico.

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El paquete psicodélico básico (7)

Articulo (paper) nunca publicado por Cavanilles y hallado en una de sus carpetas por Paco su discipulo preferido. Es más que evidente que Cavanilles cuando escribió este articulo ya habia leido mi «Geometria del alma» y utiliza el termino «recocido» y «atractor»

Psicodélicos, Recocido Neural y Topologías Psíquicas: Una Refundición Dinámica de los Atractores Mentales

Resumen

Este artículo propone una reformulación conceptual del denominado paquete psicodélico básico en el marco de una teoría general de los atractores psíquicos y de la topología de estados del sistema nervioso humano. La noción tradicional que redefine los psicodélicos como procesos capaces de incrementar la “energía semánticamente neutra” del cerebro se amplía aquí hacia un modelo dinámico donde lo relevante no es únicamente el aumento energético, sino la modificación profunda del paisaje de atractores que sostiene patrones de pensamiento, afectividad y sentido. A partir de desarrollos previos sobre melancolía ontológica, ingeniería social y estructuras psíquicas profundas, se argumenta que la acción psicodélica puede comprenderse como un reconfigurador topológico capaz de alterar temporalmente la jerarquía y estabilidad de tales atractores, permitiendo una reorganización del significado subjetivo y del marco interpretativo que articula la experiencia.


1. Introducción

El estudio contemporáneo de los psicodélicos ha pasado de un enfoque farmacológico a un paradigma dinámico y sistémico. En este paradigma, la mente se modela como un sistema complejo cuya actividad emerge de configuraciones de orden relativamente estables, denominadas aquí atractores psíquicos. Estos atractores no son meros estados de ánimo o disposiciones cognitivas; constituyen modos globales de organización que regulan la percepción, la interpretación y la conducta.

El paquete psicodélico básico —entendido como el conjunto de efectos neurodinámicos comunes a diversas sustancias psicodélicas— se interpreta habitualmente como un aumento del “parámetro energético” del cerebro. Sin embargo, esta descripción resulta insuficiente si no se considera cómo afecta dicho aumento a la topología del espacio de estados del sistema mental. El presente texto aborda esta cuestión integrando conceptos previamente desarrollados sobre melancolía ontológica y sobre la naturaleza psíquica de los atractores culturales y sociales.


2. El marco dinámico: atractores y topologías psíquicas

La teoría de los atractores psíquicos sostiene que:

  1. La mente humana es un sistema no lineal, dotado de múltiples estados estables o metaestables.
  2. Un atractor es una configuración auto-mantenida de significado, afecto y conducta.
  3. Los atractores pueden ser individuales (melancolía ontológica, estilos de apego, rigideces cognitivas) o culturales (narrativas ideológicas, patrones de identidad colectiva, formas de ingeniería social).
  4. La estabilidad de un atractor depende tanto de factores neurobiológicos como de la topología social que lo sostiene.

Desde esta perspectiva, patologías, rasgos de personalidad o fenómenos sociopolíticos pueden comprenderse como topologías de atractivo, más que como entidades discretas o cualidades internas del sujeto.


3. El recocido neural y la energía semánticamente neutra

El concepto de recocido neural se inspira en modelos de optimización energéticos. Sugiere que el cerebro opera alternando fases de:

  • enfriamiento (estabilización de patrones), y
  • calentamiento (aumento energético que permite escapar de mínimos locales).

Bajo este modelo, los psicodélicos funcionan como agentes de calentamiento, aumentando la energía semánticamente neutra del sistema e induciendo un estado de mayor exploración.

No obstante, la aportación fundamental aquí es que este “calentamiento” no es únicamente un incremento de actividad, sino un cambio en la geometría del espacio de estados: ciertos atractores pierden profundidad, otros se vuelven accesibles y algunos pueden reorganizarse por completo.


4. Psicodélicos como reconfiguradores topológicos

Los psicodélicos no actúan sobre contenidos mentales específicos, sino sobre relaciones estructurales entre estados posibles:

  • Disminuyen la rigidez de atractores dominantes.
  • Incrementan la conectividad semántica entre zonas del espacio mental antes segregadas.
  • Permiten la emergencia de nuevos atractores, frecuentemente más flexibles o inclusivos.

Este proceso puede interpretarse como una reconfiguración temporal del paisaje de atractores, donde la trayectoria del sistema se desvía de sus rutas habituales para explorar regiones normalmente inaccesibles.

Aquí se integran elementos de tus trabajos recientes: por ejemplo, la melancolía ontológica puede comprenderse como un atractor profundo, difícilmente modificable desde estados ordinarios, pero susceptible de ser temporalmente desestabilizado en contextos de recocido.


5. Contexto sociocultural: atractores colectivos e ingeniería social

En textos recientes se ha argumentado que las sociedades también generan atractores culturales, capaces de dirigir la trayectoria psíquica de los individuos. Narrativas políticas, identitarias o mediáticas pueden funcionar como estructuras de enganche, ofreciendo explicaciones simplificadas y emocionalmente cargadas que el sujeto incorpora.

Los psicodélicos, al debilitar temporalmente la influencia de atractores internos, no actúan en un vacío, sino en interacción con estos atractores sociales:

  • En contextos de fuerte polarización, la experiencia psicodélica puede realimentar o amplificar patrones de pensamiento preexistentes.
  • En contextos de soporte conceptual y emocional, puede facilitar transiciones a atractores más complejos y mejor integrados.

Este punto subraya que la eficacia transformadora del paquete psicodélico depende tanto del marco interpretativo como de la perturbación neurodinámica.


6. Conclusión

Refundido en términos de teoría de sistemas dinámicos, el paquete psicodélico básico no debe entenderse solo como un aumento de energía neural, sino como un mecanismo de reconfiguración topológica que altera el paisaje de atractores psíquicos. Esta perspectiva conecta con la melancolía ontológica y con los atractores sociales, ofreciendo un marco integrador que explica tanto la capacidad de los psicodélicos para producir cambios profundos como la dependencia de su efecto respecto del contexto sociocultural y narrativo.

El modelo aquí presentado abre la puerta a investigar los psicodélicos no como herramientas farmacológicas aisladas, sino como agentes moduladores del espacio de significado, con implicaciones para la psicopatología, la filosofía de la mente y las ciencias sociales.

Notas liminares adheridas por mi:

Qué quiere decir “paquete psicodélico básico”

El autor (Johnson 2019) usa la idea del Recocido Neural (una teoría sobre cómo cambia la energía en el cerebro) para explicar qué hacen los psicodélicos: sustancias o procesos que aumentan drásticamente la energía neutra en el cerebro al desactivar o sobrecargar sus mecanismos normales de regulación.

Según este marco:

  • “Psicodélico” no es solo una droga, sino cualquier cosa que aumente esa energía neutra del sistema (incluso podría ser arte, meditación o música en algunos casos).
  • La idea es que al subir ese nivel energético el cerebro puede escapar de patrones mentales rígidos o “mínimos locales negativos” (pensamientos/emociones atrapados).

🔍 Puntos principales del artículo

1. Definición funcional de psicodélico.
Se describe como cualquier proceso o sustancia que aumenta el “parámetro energético” del cerebro → generando mayor exploración neural.

2. Psicodélicos y otros estímulos.
Actividades como meditar, escuchar música o terapias como EMDR también pueden aumentar energía neural de forma parecida (no solo sustancias químicas).

3. No todos los psicodélicos son iguales.
La calidad del efecto depende de cómo y cuánto aumenta esa energía:

  • Algunos dejan resaca o efectos negativos que podrían “estropear” el proceso.
  • Otros podrían canalizar mejor ese impulso hacia integración y cambio.

4. “Antipsicóticos” como contrarios.
Se propone que los antipsicóticos reducen la energía del cerebro (“antipsicodélicos”), lo cual puede enfriar demasiado el sistema, con posibles efectos negativos.

5. Metrónomo emergente y MDMA.
El MDMA comparte el “paquete básico” con LSD o psilocibina, pero también puede funcionar como un sincronizador (o “metrónomo”) que ayuda a regiones cerebrales a comunicarse mejor.

La rotación de neumáticos más importante de la historia (6)

Los neuroplastógenos.-

Hay gestos mínimos que lo cambian todo. En 1928, Alexander Fleming dejó una placa de Petri junto a la ventana abierta y un hongo arruinó su experimento. Lo que vio en ese accidente terminó siendo la penicilina. En 2020, dos bioquímicos de la Universidad de California en Davis intercambiaron la posición de un carbono y un nitrógeno en la estructura molecular del LSD. Lo que obtuvieron se llama JRT y podría cambiar el tratamiento de la depresión, la esquizofrenia, el Alzheimer y las secuelas de los traumatismos cerebrales. El gesto no fue accidental. Fue el resultado de cinco años de trabajo y doce pasos de síntesis química. Pero la idea que lo hizo posible sí tenía algo de elemental, casi de obvio: si sabes qué parte de una molécula hace el bien y qué parte hace el daño, ¿por qué no separar ambas cosas?

El LSD lleva décadas en una posición incómoda. La ciencia sabe, desde los años cincuenta, que es uno de los promotores de neuroplasticidad más potentes que se conocen. Sabe que induce el crecimiento de nuevas espinas dendríticas — las pequeñas protuberancias a través de las cuales las neuronas se comunican — con una eficacia que ningún antidepresivo convencional iguala. Sabe que una sola dosis puede revertir en ratones el daño sináptico producido por semanas de estrés crónico. Y sabe también que provoca alucinaciones que hacen su uso imposible en poblaciones vulnerables: pacientes con esquizofrenia, con historial de psicosis, con predisposición genética a los trastornos del espectro psicótico. El LSD prometía reparar el cerebro y al mismo tiempo podía romperlo. Era, literalmente, demasiado.

David E. Olson, director del Instituto de Psicodélicos y Neuroterapéuticos de UC Davis, llevaba años trabajando en lo que él llama neuroplastógenos: moléculas capaces de promover la plasticidad sináptica sin los efectos alucinógenos de los psicodélicos clásicos. La pista que lo llevó al JRT vino de un trabajo previo con DMT modificado: habían logrado crear un análogo del dimetiltriptamina que conservaba sus efectos neuroplásticos pero reducía drásticamente su potencial alucinógeno, simplemente alterando la manera en que la molécula se unía al receptor.

La química del gesto — qué cambia exactamente

El receptor clave: El LSD produce sus efectos uniéndose al receptor de serotonina 5-HT2A, presente en alta densidad en la corteza prefrontal. Es la activación de este receptor lo que desencadena tanto la neuroplasticidad como las alucinaciones. El desafío es que ambas cosas dependen del mismo receptor.

El gesto molecular: En la estructura del LSD existe un grupo químico que forma un enlace de hidrógeno con un residuo de serina en el sitio activo del receptor 5-HT2A. Ese enlace específico se asocia con la activación completa del receptor y con el efecto alucinógeno. El equipo de Olson intercambió las posiciones del carbono y el nitrógeno en el anillo correspondiente de la molécula. El resultado es el JRT: misma forma tridimensional, mismo peso molecular, pero sin capacidad de formar ese enlace de hidrógeno clave.

Lo que esto produce: El JRT es un agonista parcial del 5-HT2A, no un agonista completo como el LSD. Activa el receptor, pero con menor intensidad y durante menos tiempo. Esa diferencia es suficiente para eliminar el efecto alucinógeno. No es suficiente para eliminar el efecto neuroplástico, que depende de una cascada de señalización intracelular distinta.

La selectividad añadida: El LSD es promiscuo: se une también a receptores de dopamina, lo que contribuye a su potencial de desencadenar psicosis. El JRT es mucho más selectivo: se une preferentemente al 5-HT2A y evita los receptores dopaminérgicos. Es, en ese sentido, un LSD con mejor puntería.

Los resultados en modelos animales son los que han levantado las cejas en los laboratorios de neurociencia de medio mundo. Pero antes de entrar en los datos hay que detenerse un momento en el nombre de la molécula. JRT no es un acrónimo de ningún proceso ni una denominación técnica. Son las iniciales de Jeremy R. Tuck, el estudiante de doctorado del laboratorio de Olson que fue el primero en sintetizarla. Tuck y su colega Lee Dunlap recibieron el encargo de hacer algo que nadie sabía si era posible: construir desde cero, en doce pasos de síntesis, una molécula que no existía en la naturaleza y cuya eficacia era puramente hipotética. Tardaron años. Y funcionó.

Hay algo en eso que merece ser dicho: la molécula que podría cambiar el tratamiento de la esquizofrenia lleva el nombre de un estudiante de posgrado. No el del director del laboratorio. No el de la universidad ni el de la empresa financiadora. El del joven que pasó años al lado de una campana de extracción convirtiendo una idea en realidad. En la ciencia, los nombres de las moléculas son una de las pocas formas de inmortalidad disponibles. Olson eligió bien a quién dársela.

46%Aumento en densidad de espinas dendríticas en corteza prefrontal

100×Más potente que la ketamina como antidepresivo en modelos murinos

0Comportamientos alucinógenos o activación de genes asociados a psicosis

El dato más llamativo — cien veces más potente que la ketamina como antidepresivo a dosis equivalentes — hay que leerlo con cautela. Son modelos murinos. La extrapolación a humanos rara vez es lineal y los ratones no nos cuentan cómo se sienten. Pero la señal es lo suficientemente robusta para entender por qué Olson y su equipo están acelerando los tests en otros modelos de enfermedad y por qué Delix Therapeutics, la empresa que cofundó, está construyendo su estrategia alrededor de los neuroplastógenos. La molécula, técnicamente, no está en ensayos clínicos en humanos todavía. El camino hasta ahí es largo. Pero el punto de partida es sólido de una manera que pocas moléculas en la historia reciente de la psiquiatría han sido.

Lo que hace al JRT especialmente relevante no es solo su eficacia sino su perfil de seguridad en las poblaciones que más lo necesitan. Los pacientes con esquizofrenia tienen cerebros caracterizados por una pérdida de espinas dendríticas en la corteza prefrontal, por atrofia sináptica, por desconexión entre regiones que deberían comunicarse. Los antipsicóticos actuales controlan los síntomas positivos — las alucinaciones, los delirios — pero hacen poco por los síntomas negativos: la anhedonia, el aplanamiento emocional, el deterioro cognitivo. La clozapina es la excepción parcial, pero tiene efectos secundarios graves y requiere monitorización hematológica continua.

LSD clásico

Agonista completo del 5-HT2A. Neuroplasticidad potente y demostrada. Alucinaciones severas e impredecibles. Contraindicado en esquizofrenia y psicosis. No selectivo: actúa también sobre receptores dopaminérgicos. Ilegal en casi todos los países.

JRT

Agonista parcial del 5-HT2A. Neuroplasticidad comparable o superior al LSD en modelos preclínicos. Sin comportamientos alucinógenos en ratones. No activa genes asociados a psicosis. Selectivo para 5-HT2A. Apto para poblaciones donde los psicodélicos están contraindicados.

«Nadie quiere realmente dar una molécula alucinógena como el LSD a un paciente con esquizofrenia. El desarrollo del JRT demuestra que podemos usar psicodélicos como punto de partida para hacer mejores medicamentos — medicamentos que puedan usarse en poblaciones donde el uso de psicodélicos está descartado.»— David E. Olson, UC Davis, Proceedings of the National Academy of Sciences, 2025

La pregunta que el JRT abre no es solo clínica. Es también conceptual. Si podemos separar en una molécula el efecto neuroplástico del efecto alucinógeno, eso significa que ambas cosas no son inseparables por naturaleza. Que no son la misma cosa con distinto nombre. Que el cerebro tiene rutas distintas para el crecimiento sináptico y para la alteración perceptiva, y que una molécula diseñada con suficiente precisión puede entrar por una puerta sin abrir la otra. Eso cambia la manera de pensar en los psicodélicos como herramientas terapéuticas: no como sustancias que hay que tolerar por sus efectos secundarios sino como plantillas moleculares que pueden ser reescritas.

Nota técnica: El estudio de referencia es Tuck JR, Dunlap LE et al., «Molecular design of a therapeutic LSD analogue with reduced hallucinogenic potential», publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences el 14 de abril de 2025 (doi: 10.1073/pnas.2416106122). El trabajo fue financiado por los NIH, la Camille and Henry Dreyfus Foundation y la UC Davis. David Olson es cofundador de Delix Therapeutics, lo que implica un conflicto de interés declarado que los revisores del PNAS consideraron compatible con la publicación del estudio.

Cavanilles, si hubiera vivido para leer este paper — y quién sabe si no lo leyó, en alguna versión de la realidad donde los hombres que merecen más tiempo lo tienen — habría subrayado tres cosas. Primera: que la idea de usar psicodélicos como plantillas para moléculas mejores no es nueva; él la había mencionado en sus cuadernos décadas antes, sin el aparato técnico para ejecutarla. Segunda: que cinco años de síntesis en doce pasos para una molécula que nadie sabía si funcionaría es el tipo de apuesta científica que el sistema actual de financiación por resultados rápidos raramente permite. Y tercera, la más importante: que el JRT no es todavía un medicamento. Es una promesa muy bien fundamentada. Y que la diferencia entre las dos cosas se llama ensayo clínico en humanos, y que ese ensayo cuesta decenas de millones de euros, y que alguien tendrá que decidir que vale la pena pagarlo.

Esa última parte es donde la neurociencia más brillante siempre tropieza con la misma piedra. El JRT no es genérico — está en proceso de patente — lo que da a Delix Therapeutics un incentivo comercial real para llevarlo a la clínica. Eso, irónicamente, es una buena noticia. Algunas veces el sistema funciona. Algunas veces la molécula correcta encuentra la empresa correcta en el momento correcto. Queda por ver si esta es una de esas veces.

Mientras tanto, en algún laboratorio de California, las neuronas de ratón siguen extendiendo nuevas espinas dendríticas bajo el efecto de una molécula que es casi LSD pero no lo es. Brotando en la corteza prefrontal como algo que lleva mucho tiempo esperando permiso para crecer.

Inés, Clara, Mateo y una choza en Oaxaca (5)

«Hay cosas que solo se aprenden estando. Aurelio tardó mucho en entender eso.
Y aun así lo entendió antes que la mayoría.»— Inés, en conversación con la hija de un discípulo de Cavanilles

Los que conocían a Cavanilles solo a través de sus textos tendían a imaginarlo solo. Era una deducción razonable: el tono de sus escritos era el de un hombre que pensaba en habitaciones vacías, que no necesitaba interlocutores porque llevaba consigo una biblioteca interior suficiente para sostener cualquier conversación. Lo que esos lectores no sabían era que al fondo de todas esas habitaciones, invariablemente, había una mujer pelando patatas, o doblando ropa, o simplemente sentada con una taza de café mirando por la ventana, que en cuarenta años de matrimonio había aprendido a leer el silencio de ese hombre con una precisión que ninguno de sus discípulos alcanzó jamás.

Inés no había ido a la universidad. Era hija de un electricista y una maestra de primaria de un pueblo de la provincia de Valencia, y había conocido a Cavanilles cuando él tenía veintiocho años y todavía era posible confundirlo con una persona normal. Se había enamorado, según ella misma contaba sin ningún énfasis particular, de que era el único hombre que había conocido capaz de escucharla de verdad cuando hablaba, sin preparar ya su respuesta mientras ella terminaba la frase. Luego descubrió que esa capacidad de atención tenía un alcance limitado —que se apagaba cuando una idea le ocupaba el pensamiento, que podía pasar por encima de un dolor de su hija como si fuera un charco en la acera— y decidió, con la pragmática elegancia que la caracterizaba, que nadie es perfecto en todo y que lo importante es saber en qué es bueno el tuyo y no pedirle lo que no tiene.

Cavanilles dedicó su segundo libro a Inés con una frase que ella encontró «típicamente suya»: «A I., que siempre supo más.» Sin título. Sin apellido. Sin explicación.

El hogar que Inés construyó alrededor de ese hombre era, en todos los sentidos relevantes, una obra de ingeniería. No el hogar ordenado y silencioso que cabría esperar junto a alguien que necesitaba concentración: era un hogar con ruido de fondo, con olor a comida real, con flores en la mesa aunque no hubiera visitas, con la televisión puesta a veces sin que nadie la mirara, porque Inés había entendido muy pronto que Cavanilles pensaba mejor cuando había algo mundano ocurriendo cerca, algo que le recordara que el mundo existía más allá de sus cuadernos. Lo había entendido sola, sin que él se lo dijera, porque él no lo sabía.

Sus consejos eran de la clase más peligrosa: los que suenan a sentido común y contienen, disimulada en la forma, una lucidez que tarda días en desplegarse del todo. Cuando Cavanilles volvía de un congreso furioso porque nadie había escuchado lo que tenía que decir, Inés le dejaba terminar —completamente, sin interrumpir— y luego decía algo como: «A lo mejor el problema no es lo que dices sino cómo entras en la sala.» Cavanilles invariablemente respondía que él entraba perfectamente bien en cualquier sala. Invariablemente, tres días después, empezaba a cambiar la manera en que abría sus conferencias.

Clara y Mateo

La hija, Clara, había heredado de su padre la inteligencia y de su madre el juicio y el pragmatismo, lo que la hacía una combinación difícil de manejar para cualquiera que intentara engañarla sobre algo. Estaba casada con un ingeniero de caminos de carácter apacible que había aprendido a admirar a su suegro desde una distancia prudente, como se admira un volcán que uno sabe que no va a entrar en erupción hoy pero que conviene tener localizado. Tenían un hijo, Mateo, que en el momento en que transcurre buena parte de este relato tenía tres años y estaba en la fase de preguntar por qué a todo, lo cual a Cavanilles le parecía el estado intelectual más honesto que había observado en ningún ser humano.

La relación de Cavanilles con su hija era de esas que tienen toda la intensidad debajo y casi nada encima. No había reproches verbalizados. No había escenas. Había, en su lugar, una especie de acuerdo tácito entre dos personas inteligentes que saben lo que ocurrió y han decidido, por razones distintas, no construir su presente alrededor de ello. Clara sabía que su padre había estado más en sus cuadernos que en sus cumpleaños. Cavanilles lo sabía también. Ninguno de los dos lo mencionaba. Lo que hacían, en cambio, era llamarse cada diez días con una regularidad que a Inés le parecía conmovedora precisamente por lo deliberada que era: dos personas que habían tenido que aprender a quererse en lugar de simplemente hacerlo.

Lo de Mateo era diferente. Con Mateo, Cavanilles era otra persona, o quizás era la misma pero sin la capa de distancia que llevaba encima en todos los demás contextos. Lo sentaba en las rodillas y le explicaba cosas —cómo funciona una célula, por qué el cielo es azul, qué son los sueños— con una paciencia y una ternura que Inés observaba desde el umbral de la puerta sin decir nada, guardando esa imagen para sí con el cuidado con que se guarda algo que se sabe frágil.

Una tarde, Mateo le preguntó si los hongos podían hablar, como sucede en los cuentos. Cavanilles tardó un momento en responder. Luego dijo que no exactamente, pero que había formas de escucharlos. Mateo lo miró con la expresión de quien ha recibido exactamente la respuesta que esperaba.— Testimonio de Inés, recogido por uno de los discípulos de Cavanilles

El viaje que no estaba en el programa

En el otoño de 1991, Cavanilles tenía treinta y siete años y una certeza creciente de que la neurociencia que conocía —toda la neurociencia que existía entonces— estaba mirando el cerebro desde el lado equivocado. Había leído todo lo publicado sobre estados alterados de conciencia, sobre las investigaciones con psilocibina y LSD de los años cincuenta y sesenta que la prohibición había enterrado, sobre los trabajos de Stanislav Grof con psicoterapia psicolítica, sobre los reportes etnobotánicos de Gordon Wasson y Albert Hofmann. Sabía lo que sabían los libros. Y tenía la sensación, que en él nunca era vaga sino quirúrgicamente precisa, de que los libros habían llegado hasta cierto punto y luego se habían detenido.

Fue a Oaxaca con la coartada de una investigación sobre plantas medicinales mesoamericanas que era real pero secundaria. Lo que buscaba, sin decírselo a nadie excepto a Inés —que lo escuchó, hizo una pausa breve y preguntó cuántas semanas sería—, era encontrar a alguien que supiera lo que los libros no decían.

Lo que encontró, después de dos semanas de preguntas en pueblos de la sierra mexicana que respondían con la cortesía específica que se reserva para los extranjeros que preguntan demasiado, fue a una mujer de edad indeterminada —podría tener sesenta años o noventa, y él nunca lo supo— que vivía en las afueras de un pueblo cuyo nombre él siempre escribió en sus cuadernos con la primera letra y un guion: M—. Hablaba zapoteco y un español rudimentario que a veces coincidía con el de Cavanilles y a veces no. Su nombre, en la versión que él podía pronunciar, era algo parecido a Consuelo, aunque ella nunca lo usó. Las ceremonias que dirigía con hongos psilocybe no eran un servicio para turistas. Cavanilles tardó cuatro días en convencerla de que no era un turista.

La noche

La ceremonia comenzó después de medianoche, en el interior de una construcción de adobe con el techo de palma y un suelo de tierra apisonada que olía a copal y a algo más que Cavanilles no supo identificar entonces y nunca identificó después. Había otras tres personas presentes, campesinos locales que lo miraron sin curiosidad visible y se sentaron en su sitio como quien entra a un lugar que conoce bien. Cavanilles era el único que no lo conocía. Esa asimetría, que él percibió con total claridad en el momento de sentarse, fue probablemente lo más honesto que sintió en toda la noche.

Los hongos llegaron envueltos en hojas, en una cantidad que Consuelo determinó con una mirada que no era exactamente un diagnóstico pero se le parecía. No había protocolo escrito. No había consentimiento informado. No había escala de medición de experiencias místicas — esa llegaría décadas después, en los laboratorios de Johns Hopkins, y Cavanilles la leería con el reconocimiento específico de quien ve transcrita en lenguaje clínico algo que vivió en una choza sin electricidad.

Lo que ocurrió durante las siguientes cuatro o cinco horas —el tiempo dejó de ser lineal en algún momento temprano y no recuperó su forma habitual hasta el amanecer— Cavanilles lo describió en sus cuadernos con una honestidad que le costó meses encontrar. No era el tipo de escritura que le salía fácil. Toda su vida había escrito sobre mecanismos, sobre moléculas, sobre evidencia. Esto era diferente. Esto era sobre lo que le había ocurrido a él.

Lo que anotó, en resumen, era esto: que en algún momento de la noche la frontera entre lo que él llamaba «yo» y lo que llamaba «el resto» se volvió porosa de una manera que no era angustiante sino, extrañamente, obvia. Como si esa frontera hubiera estado siempre ahí por convención más que por necesidad. Que había visto — no metafóricamente, sino con una claridad que recordaría durante décadas — la estructura de sus propios patrones de pensamiento desde fuera, como si fueran objetos en una habitación que podía rodear y examinar. Que había entendido algo sobre la naturaleza del ego que la filosofía le había insinuado durante años sin terminar de decirle. Y que en algún momento antes del amanecer había llorado, sin saber exactamente por qué, con la certeza tranquila de que no era tristeza sino algo más antiguo que la tristeza, algo que no tenía nombre en ninguno de los idiomas que conocía.

Consuelo lo observó durante toda la noche sin intervenir. Cuando el sol entró por la única ventana, le trajo un caldo de maíz que él bebió en silencio. Ella dijo algo en zapoteco. El hombre que había venido con él de intérprete — un maestro de escuela de un pueblo cercano que cobraba por esto — tradujo: «Dice que usted tiene mucho en la cabeza y poco en el cuerpo. Dice que eso tiene remedio pero que tarda.»

Cavanilles no respondió. Anotó la frase en su cuaderno, palabra por palabra, con una letra más grande de lo habitual.

Lo que trajo de vuelta

Inés lo recogió en el aeropuerto tres semanas después de lo previsto, porque él había pedido más tiempo sin dar muchas explicaciones y ella había dicho que de acuerdo. Lo miró cuando salió por la puerta de llegadas y le dijo, antes de que él abriera la boca, que parecía que había dormido por primera vez en años. Cavanilles le dijo que quizás sí. En el coche, de vuelta a casa, le contó lo suficiente. Inés escuchó sin interrumpir. Al final preguntó si repetiría. Él dijo que no lo sabía. Ella dijo que le parecía una respuesta honesta.

No repitió. No porque la experiencia le hubiera defraudado — al contrario— sino porque entendió que era de las cosas que se hacen una vez y luego se pasan el resto de la vida digiriendo. Lo que trajo de Oaxaca no era una certeza nueva sino una pregunta nueva, que era más valiosa: ¿qué ocurre exactamente en el cerebro durante ese tipo de experiencias? ¿Por qué la disolución temporal del sentido del yo —algo que la psiquiatría clásica hubiera catalogado automáticamente como síntoma— produce en la mayoría de las personas que lo atraviesan en un contexto controlado no terror sino alivio, no desintegración sino claridad?

Pasaría casi treinta años antes de que esa pregunta encontrara el lenguaje científico que merecía. En los laboratorios de Johns Hopkins, de Imperial College de Londres, de la Universidad de Nueva York, equipos de investigadores empezarían a publicar, a partir de la segunda década del siglo XXI, ensayos clínicos con psilocibina que describían exactamente lo que Cavanilles había vivido en una choza de Oaxaca: la reducción de la actividad de la red neuronal por defecto, el aflojamiento del ego, la experiencia mística medida con escalas validadas, la plasticidad sináptica inducida que persistía semanas después de una sola sesión.

Lo que Cavanilles leía en esos papers en su despacho, ya mayor, con Inés poniendo el café en la mesa de al lado: reconocía en el lenguaje técnico frío de los ensayos —«disolución de los límites del yo», «experiencia de unidad», «reducción de la actividad del córtex prefrontal medial»— lo que él había vivido sin términos para describirlo en 1991. No con la satisfacción del que dice ya lo sabía, que era un modo de pensar que él despreciaba. Sino con algo más tranquilo: la confirmación de que aquella noche no había sido una alucinación sino una observación. Y de que la ciencia, como siempre, había llegado tarde pero había llegado.

A veces llamaba a Clara después de leer uno de esos estudios. No para contarle lo de México — eso nunca se lo contó del todo, o quizás sí y ella guardó el secreto con la misma discreción con que guardaba las otras cosas de su padre. Sino simplemente para hablar. Para escuchar la voz de Mateo de fondo, preguntando por qué a algo, sin necesitar que le respondieran inmediatamente.

Inés encontró sus cuadernos de Oaxaca muchos años después, buscando otra cosa en el armario del despacho. Los leyó sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la estantería, durante casi dos horas. Cuando Cavanilles volvió a casa esa tarde, ella estaba en la cocina preparando la cena. No dijo nada sobre los cuadernos. Él tampoco preguntó. Esa noche hablaron más de lo habitual, de cosas sin importancia, y se durmieron con la televisión puesta.

Fue, según los discípulos que conocían la historia, una de las noches más importantes de su vida. Él nunca supo por qué.

«Usted tiene mucho en la cabeza
y poco en el cuerpo.
Eso tiene remedio,
pero tarda.»