La
reina caracola solía ser muy mandona y le caracterizaba que no tenía cola,
además, que su alta investidura no había sido asumida por sus cualidades de
gobierno sino por repentina suerte.
La
reina caracola tenía, incluso, los colores y el porte de los que carecían plebe
y corte.
Los
pobres ilusos y los vivaces adulones mantenían despierto el cretinismo de la
monarca, sin considerar el perjuicio de lo superficial de sus miradas.
En
el reino el ambiente, un día, se tornó preocupante: los caracoles del pueblo
morían en las veredas de los parques y era, para la reina, indiscutible quién
era el culpable: la garúa impredecible.
La
reina caracola, aplaudida por los nobles, decidió decretar que no garuara en
solidaridad con su gente.
Los
súbditos del reino celebraron la iniciativa, pero día tras día siguieron las
muertes.
Así,
en dos semanas, el reino se quedó sin hojas ni hongos que comer ni con qué
abrigar a las crías nuevas.
Todos
se preguntaban el porqué de su desdicha y fortuna desgraciada: si tenían una
reina hermosa como ninguno, sin cola que estorbara al cortejo y con ideas tan
ambiciosas y magnificentes…
Una
cría temblaba al fondo del nido. Su caparazón era débil y moría de hambre y
frío. Escuchó una noche a sus padres hablar del decreto de la garúa y de las
muertes: “¿Por qué las nubes no obedecen?”
La
pregunta resonó en los oídos de la criatura, hasta que, por cosas del destino,
logró salir habiendo crecido.
“La
pregunta, la pregunta”, se decía a sí mismo.
Sus
padres al pasar el tiempo ya habían notado la situación absurda y, casualmente,
tuvieron oportunidad de sentarse a conversar con su hijo. Determinar el absurdo
era simple: las nubes no eran caracoles.
Y
tal cual se había ido dando en hogares sufridos y sensatos.
Una
mañana de recolección coincidieron en que el Sol estaba espléndido casualmente.
El
caracol joven se percató junto a otros de una sombra en el suelo. Día a día
vieron cómo esta sombra cambiaba en su perfil, intensidad, dirección y forma, y
lo que ante este fenómeno simultáneamente ocurría con las plantas, la tierra y
las nubes del cielo.
“¡El
tiempo!”, gritó uno de ellos emocionado.
“Estos
días lloverá y estos días no. Sabiendo esto, no seguirán muriendo mis hermanos.”
Los
caracoles decidieron qué días saldrían en recolección y qué días no.
Al
saber de este nuevo comportamiento, la reina, sorprendida, se reunió con su
corte: “Desde
que los caracoles descubrieron el tiempo las actividades son más saludables, no
hay carencias y la población no se reduce. Esto nos beneficia”, dijeron. “No
tendremos que preocuparnos por problemas.”
Y
todos siguieron viviendo en paz, sin confiar sus vidas en ideas supremas y sin
sustento, de quienes no vivían la realidad de los demás.
Pero
nada dura para siempre.

