El rostro tras la máscara: La historia de un hombre ridículo (La tragedia di un uomo ridicolo, Bernardo Bertolucci, 1981)

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Esta película de Bernardo Bertolucci, aparentemente menor en la filmografía de un cineasta acostumbrado a una importante resonancia de su obra entre el público, se impregna de toda la carga ideológica y moral de los llamados «años de plomo» de la política italiana. Alejada de la grandilocuencia operística del fresco histórico que había compuesto en Novecento (1976), la cinta apuesta por un relato más íntimo aunque igualmente crudo y dramático: Primo Spaggiari (espléndido Ugo Tognazzi), propietario de una fábrica de queso parmesano (Parma es el lugar de origen de Bertolucci), asiste desde la distancia al secuestro de su hijo Giovanni el mismo día que cumple veinte años; este hecho, que remite directamente a la ola de raptos por motivos políticos (el más sonado, el de Aldo Moro, de la Democracia Cristiana, asesinado por sus captores y sobre el que todavía se mantienen dudas acerca de la implicación de determinadas instancias de la alta política y de su propio partido en el trágico desenlace) y económicos vivida en el país en los años inmediatamente anteriores, revela una realidad que el empresario desconocía, retira el falso velo de confianza y seguridad en las que creía vivir cómodo y protegido y lo introducen de lleno en una dinámica de vulnerabilidad e intranquilidad que pone en riesgo su estabilidad personal, familiar y empresarial. Este detonante narrativo da pie, por una parte, a la labor policial de investigación, de esclarecimiento de la autoría del secuestro y de posible rescate, mientras que por otra, con mayor peso en el argumento, se retrata el proceso de descomposición psicológica del protagonista, el hundimiento de sus certezas y la salida a la superficie de su verdadera naturaleza. Así, a través del drama particular de la familia Spaggiari, Bertolucci, autor también del guion, trata algunos de los temas predominantes en su trayectoria hasta aquel momento, como son la fragilidad de una identidad burguesa construida en torno a la apariencia de sus falsas convenciones, que es también espejo de la inestabilidad política e institucional italiana, o la imposibilidad de distinguir entre realidad y representación en una sociedad predispuesta a la simulación. El fresco colectivo queda aquí sustituido por una mirada más precisa e incisiva, todo un ejercicio de disección social.

La idea que domina toda la película, por tanto, no puede ser otra que la de la ambigüedad, encarnada en el protagonista. Primo oscila entre el desconcierto, la torpeza, la angustia, la sinceridad, y la agudeza, la malicia, la astucia, la impostura. El desasosiego, la incapacidad de afrontar la situación, la carencia de empatía, de verdaderos sentimientos, destapan al empresario no tanto como una víctima trágica, sino más bien como el hombre ridículo del título; despojado de su «humanidad», lo que queda es el burgués sostenido en valores aprendidos y clichés emocionales, y esa falta de herramientas válidas y resolutivas, su parálisis, su desidia, su incompetencia, su vulgaridad, lo conducen inevitablemente al envilecimiento. Enterado de la íntima relación de su hijo con Laura (Laura Morante), una joven trabajadora de la fábrica, cuenta con la ayuda de esta en su peregrinación ante amigos, bancos y usureros a fin de recaudar los mil millones de liras que piden los secuestradores, suma imposible de conseguir por sus propios medios, y mucho menos gracias a una empresa que está al borde de la quiebra e inmersa en un clima de agitación sindical. La falta de respuesta adecuada y suficiente a sus demandas tiene su correspondencia en el otro extremo; los secuestradores tampoco son unos idealistas de izquierdas que buscan alterar el orden social castigando al estamento empresarial en aras de la justicia distributiva, sino que aspiran, simplemente, a emularlo, a compartir sus privilegios, a ocupar su lugar o al menos compartirlo. La posición de Laura, a medio camino entre Primo y los secuestradores, implica una hipocresía tan grande o mayor que las del empresario y la clase a la que cree pertenecer. Ambos lados superan ampliamente los límites de lo admisible: si los secuestradores siguen persistiendo en cobrar el rescate manteniendo en secreto que ya han acabado con la vida de Giovanni (de nuevo una alusión velada al caso Moro), Primo, sabedor de este hecho por la confidencia del padre Adelfo (Victor Cavallo), párroco obrero de la localidad que lo ha averiguado gracias al confesionario (y que peca, por tanto, al desvelar el secreto), ve la oportunidad de sacar provecho de su desgracia compartiendo esa ficción y recibiendo el dinero para el falso rescate por medio de un plan fraudulento que salve la empresa de la quiebra, ocultando la verdad incluso a su esposa, Barbara (Anouk Aimée). La película escapa así del maniqueísmo entre culpables e inocentes, víctimas o verdugos; se trata de un único entramado de relaciones ambiguas en el que las lealtades personales y las convicciones ideológicas saltan por los aires, sometidas a unas ambiciones crematísticas que son la única motivación auténtica para todos. Tampoco es maniquea en el retrato de ese matrimonio formado por un ex campesino que se hizo rico gracias a los quesos y una historiadora del arte francesa fascinada por el arte italiano; a él le atrajo de ella su clase y su sofisticación (que al tiempo admira y le genera un profundo rencor), mientras que ella se dejó seducir por su energía y vitalidad. No obstante, su distinto origen se plasma en sus expectativas: Primo sabe por sí mismo que el pago del rescate no garantiza el retorno de su hijo; Barbara, en cambio, tiene una fe incorruptible en el poder del dinero: si pagan, su hijo volverá.

Esa destrucción generalizada de valores es retratada con una frialdad y una distancia casi clínicas. En la fotografía de Carlo Di Palma (que sustituyó por vez primera en quince años al colaborador habitual de Bertolucci, Vittorio Storaro) prevalecen los tonos otoñales y terrosos, con unos espacios, tanto exteriores como interiores, sumidos en una luz difusa, de una dimensión casi abstracta, fantasmal, efecto que se acrecenta en las tomas nocturnas, con luces que no se percibe claramente de dónde proceden. En la misma línea, Ennio Morricone se aparta de la expansiva textura musical de sus partituras para el western y opta por un acompañamiento dramático minimalista, sin subrayados ni artificios, basado en valses y canciones populares del norte de Italia, con predominio del acordeón. Una atmósfera, en conjunto, tenue, estática y silenciosa, casi sepulcral, onírica, pesadillesca, de naturaleza muerta que, sin embargo, choca con un montaje dinámico, agresivo, con movimientos de cámara cortados cuya fragmentación logra, paradójicamente, un mayor efecto dramático que su conservación íntegra, y con la estructura final de la película, alterada durante el rodaje respecto a la que figuraba inicialmente en el guion (por ejemplo, el registro por parte de los carabineros de la mansión de Primo, que pasa del final al pasaje central de la película). El aroma noir del relato que corre en paralelo a su aspecto político -con una alusión directa y simbólica, un aria de La Traviata de Giuseppe Verdi que también aparecía en Obsesión (Ossessione, Luchino Visconti, 1943), película inaugural del neorrealismo italiano basada en la novela El cartero siempre llama dos veces, del autor norteamericano James M. Cain, un clásico del género negro- se completa con esa visión irónica del título original, la tragedia llevada al extremo conduce al ridículo, mientras que, inversamente, la ridiculez extrema resulta trágica, en la línea de El sueño de un hombre ridículo, de Dostoyevski.

Y un sueño, precisamente, un gran pesadilla, es lo que ha creído vivir Primo, desconcertado, completamente ridículo, cuando en la secuencia del final, la del baile al que Primo es arrastrado por Adelfo (o quizá no: «¿Soy yo el que te ha traído hasta aquí o eres tú el que me ha seguido?»), muestra la profunda incomprensión de Primo hacia los jóvenes, hacia su propio hijo («Los hijos que nos rodean son monstruos. Se burlan pero no saben reír. Sienten demasiado desprecio por sus padres o demasiada complacencia. No se sabe interpretar su silencio: ¿gritan pidiendo socorro o quieren pasarnos por encima?»), antes de que lo extraño, lo impensable, lo insólito, tenga lugar, la ¿aparente? resurrección de Giovanni, bailando con Laura, Barbara y Adelfo, una visión que Primo busca espantar, o explicar, recurriendo, de nuevo ridículamente, al champán. Un broche que ilustra la cita de Apollinaire: «nuestra imagen es noble y trágica como la máscara de un tirano».

Música para una banda sonora vital: La chica de rosa (Pretty in Pink, Howard Deutch, 1986)

La banda británica Psychedelic Furs interpreta Pretty in Pink, tema principal de esta comedia romántica juvenil escrita por John Hughes, casi puede decirse un especialista en un género de trasfondo muy conservador y con tendencia al diseño sensiblero y hortera que hizo furor taquillero en los años ochenta, y que felizmente se disolvió con la década. Rostros habituales de esta clase de películas (Molly Ringwald, Andrew McCarthy, Jon Cryer) comparten pantalla con otros más ilustres o mejor tratados por el tiempo (Harry Dean Stanton, Gina Gershon, James Spader) en una historia de amor entre pijos de distinta clase social cuyo visionado hoy, como prácticamente todos los títulos de aquella serie, resulta difícilmente soportable si no se hace un esfuerzo por volver a la adolescencia mental. La música de John Lennon, Otis Redding, The Smiths, New Order, Nik Kershaw, OMD, Echo & The Bunnymen, INXS, Suzzane Vega o Barry Manilow, entre otros, además de los Psychedelic Furs, ayuda a pasar el trago de la nostalgia, esa máquina de reconstrucción romántica de un pasado que nunca existió.

Palabra de Orson Welles

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«Hollywood es el mayor tren eléctrico que jamás haya tenido un niño».

«Empecé en la cima y luego fui descendiendo».

«El enemigo del arte es la ausencia de limitaciones».

«Nada en el cine es más importante que el actor».

«El cine es un truco; lo importante es que el público crea en ese truco».

«Me han acusado de todos los pecados, excepto de modestia».

«El trabajo del director termina cuando la película queda acabada en la sala de montaje».

«El público es más inteligente de lo que creen los productores».

«Cuando tu primera película es un éxito enorme, todo lo demás parece una decepción».

«Siempre quise hacer películas que nadie hubiera hecho antes».

«El artista solo es libre cuando puede equivocarse».

«Un director vive entre la esperanza y la frustración».

«Nunca aprendí cine en una escuela; lo aprendí haciéndolo».

«La técnica solo importa cuando sirve a la emoción».

«Una película es el resultado del trabajo de mucha gente».

«El cine debe ser, ante todo, entretenido».

«Hollywood vive de fabricar sueños».

«La fama es algo que llega demasiado pronto para ser comprendida».

«Las películas cambian con los años porque cambia quien las mira».

«He pasado gran parte de mi vida intentando trabajar fuera del sistema».

«Para mí, el cine es un fragmento de vida en movimiento proyectado sobre una pantalla».

«No creo en el cine si no hay movimiento en la pantalla».

«Quiero utilizar la cámara cinematográfica como un instrumento de poesía».

«Un director debe ser, ante todo, un soñador».

«Las limitaciones son lo que da estilo a una obra».

«La única manera de aprender a dirigir es dirigir».

«El cine es el arte más colectivo que existe».

«Las películas se hacen en la sala de montaje».

«El cine es la forma moderna de contar historias».

«El teatro pertenece al actor».

«El cine pertenece al director solo durante un breve momento».

«La cámara puede mentir, pero también puede revelar la verdad».

«El montaje es la verdadera escritura del cine».

«Una película debe ser como un sueño».

«El problema de Hollywood es que tiene demasiado dinero».

«Cuanto menos dinero tienes, más libre eres».

«La imaginación es el mayor recurso del cineasta».

«Un buen director debe saber escuchar».

«El cine es un arte joven que aún está aprendiendo su lenguaje».

«Si puedes engañar al público durante dos horas, has hecho una buena película».

«La magia y el cine son casi lo mismo».

«Siempre me han interesado los trucos».

«Un actor puede salvar una mala escena».

«La cámara es un instrumento extraordinario para explorar el rostro humano».

«El rostro humano es el mejor paisaje».

«Las historias son lo único que permanece».

«El cine es un arte de fantasmas».

«Una película vive solo mientras alguien la mira».

«Las películas no se terminan: se abandonan».

«Cada película que haces es una batalla».

«El fracaso forma parte de la carrera de cualquier director».

«El cine es demasiado caro para ser completamente libre».

«El público siempre tiene razón, aunque no sepamos por qué».

«Los productores creen que entienden al público, pero casi nunca es verdad».

«El cine debería ser una aventura».

«Si no hay riesgo, no hay arte».

«Las mejores ideas suelen surgir por accidente».

«El cine es una mezcla de técnica, poesía y accidente».

El crimen como síntoma: El juez y el asesino (Le juge et l’assassin, Bertrand Tavernier, 1976)

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Inspirada en sucesos reales acaecidos en la Francia de finales del siglo XIX, esta obra de Bertrand Tavernier analiza desde una perspectiva compleja y de lo más perturbadora el problema de la instrumentalización política de la violencia social. Bajo la carcasa del drama criminal, y superando la mera reconstrucción de época acogida al cine de género, Tavernier (coautor del guion junto a Jean Aurenche y Pierre Bost) bucea en el pasado (las tensiones sociales y políticas de Tercera República francesa, la desconfianza general en sus instituciones, las transformaciones económicas, el crecimiento del movimiento obrero, el auge del positivismo) para establecer puentes con el presente (depresión económica derivada de la crisis energética, culminación de los procesos de descolonización, proliferación del terrorismo político) y hacer de la memoria histórica materia de reflexión acerca de la situación contemporánea, en particular dirigiendo una mirada profunda y crítica a las zonas grises del poder y del aparato judicial, y también hacia la manipulación de la conciencia colectiva. El caso de Joseph Bouvier (magnífica interpretación de Michel Galabru), antiguo sargento del ejército reconvertido en campesino errante que, tras el fallido asesinato de su novia, el subsiguiente intento de suicidio igualmente fracasado y su internamiento en un centro psiquiátrico, cometió una docena de violaciones y asesinatos a lo largo de todo el país, siempre en la persona de adolescentes, chicos y chicas, empleados en granjas y explotaciones rurales, sirve al cineasta francés para explorar la figura del marginado absoluto y de las condiciones de pobreza e ignorancia y de exclusión social y económica que inclinan a ciertos individuos a la práctica de la violencia más brutal e indiscriminada. Lejos de retratarlo como un monstruo («anarquista de Dios», se define él mismo), el ambiguo enfoque entre responsabilidad individual y determinismo social conecta con los debates de finales de siglo en torno a la criminología, la psiquiatría y la degeneración, muy presentes en los ámbitos científico y jurídico del momento.

Ese marco teórico es el escenario en el que se legitiman perniciosas prácticas de poder. Al juez Rousseau (Philippe Noiret), hombre afable, austero, culto, racional, pragmático, adalid defensor de la superioridad moral de la ley, encarna ese espíritu renovador de la República, pero también sus contradicciones e hipocresías. No solo porque, aun siendo miembro de la más respetable clase burguesa, tiene como amante a Rose (Isabelle Huppert), otra mujer marginal, de extracción humilde, que sobrevive junto a su familia y sus hijos pequeños gracias a la fortuna de Rousseau, sino también por su intención de instrumentalizar el asunto Bouvier para prosperar en la carrera judicial y dejar de ser por fin un oscuro y anónimo magistrado de provincias. El uso político del caso al calor de la popularidad del célebre proceso a Alfred Dreyfus y de la radicalización progresiva de la opinión pública, en especial la conservadora (prácticamente protofascista), sostenida en la exaltación del nacionalismo, del ejército, del imperialismo y de la condena y persecución de quienes encabezan la facción opuesta (Zola es alusión recurrente en la película, y hasta se organizan quemas colectivas de sus libros, auspiciadas y propiciadas por los militares), alimenta la ambición de Rousseau y su transformación de la investigación en un espectáculo público, con la complicidad de la prensa, que funciona como reafirmación de la autoridad del Estado en un clima de agitación social, al tiempo que la explota como medio para lograr sus fines personales. La película plantea así una línea de pensamiento adicional alrededor del concepto de neutralidad exigible a la justicia, una crítica incisiva al derecho en tanto que, más allá de lo puramente técnico, se ve influenciado por presiones e intereses de parte, individuales, ideológicos y de clase. La película ofrece un retrato minucioso del funcionamiento de esa justicia sesgada, de los procedimientos burocráticos y forenses, de la relación entre magistrados, médicos y fuerzas del orden, una dimensión técnica que subraya la idea de que la verdad judicial es una construcción narrativa, la interpretación «lógica» de unos hechos que pueda conformar un relato oficial incuestionable. En tal caso, ya se trate de Bouvier o de Dreyfus, el juicio se reduce a mera puesta en escena, un ritual destinado no tanto a esclarecer la culpabilidad del acusado ya establecida y decidida como a operar como herramienta de cohesión social e ilusión de seguridad colectiva.

Esta vertiente más política del argumento contrasta la violencia individual y prácticamente aleatoria del asesino Bouvier con la violencia institucional sistemática en sus distintas manifestaciones: la represión organizada de los movimientos obreros y anarquistas; la opresión a que las autoridades y las tropas someten a los ciudadanos nativos de las colonias; las estructuras socioeconómicas que cronifican las pésimas condiciones laborales en las que se desarrollan los trabajos más precarios e insalubres o que perpetúan aberraciones como el trabajo infantil. Bouvier es, además de un psicópata que comete truculentos asesinatos para calmar sus propios demonios interiores (y que de inmediato busca indulgencia y perdón postrándose ante Cristo crucificado), síntoma y expresión del clima de fractura social de su tiempo, mientras que el Estado, los jueces, la policía, responden tanto a Bouvier como a quienes se rebelan contra esa injusticia general, nada menos que en nombre de la razón y el progreso, con mecanismos de exclusión (internamientos psiquiátricos) y castigo (la tortura a los detenidos, la pena de muerte) incompatibles con los supuestos valores superiores republicanos. En este punto, el campo, el bosque, las aldeas, las granjas y alquerías son observados con una atención casi documental (puesta en escena sobria, iluminación naturalista, fotografía en tonos neutros y apagados) que destaca su aislamiento, su marginalidad estructural, mientras que los puntos de vista de Rousseau son contestados por las opiniones, más humanitarias y democráticas, de su amigo el procurador De Villedieu (Jean-Claude Brialy), hombre de mundo, retornado de Indochina, buen conocedor de las prácticas francesas en su colonia y gran observador de la naturaleza humana, cuyo pesimismo desemboca en un final trágico que lo emparenta con el propio Bouvier, ambos víctimas de un orden socioeconómico injusto y ajeno a toda idea de esperanza.

Escéptica ante el concepto de civilización, la película revela toda la barbarie de un discurso oficial que presenta a la República como garante de principios y valores de orden y progreso que apenas ocultan una violencia estructural, heredada y prolongada, imposible de erradicar, que, al no conseguir eliminar los impulsos destructivos de sus integrantes los canaliza hacia ámbitos socialmente aceptables (la supresión física de los elementos díscolos, las guerras coloniales o, en breve, a escala mundial). Tavernier, a la vez empático y analítico, evita caer en maniqueísmos fáciles o en panfletos ideológicos (exceptuando, quizá, la conclusión, ese epílogo en la fábrica, éxtasis de conciencia obrera), y ofrece argumentos para que el espectador intente comprender a unos personajes a menudo situados en posiciones antagónicas, tanto en las secuencias de mayor intimidad psicológica como en las que muestran los comportamientos gregarios de la colectividad. La película evoca así un episodio del pasado para conformar una meditación actual sobre la justicia, la responsabilidad común y la fragilidad del orden social, cuestionando y reconociendo la complejidad de los procesos que configuran las sociedades. La virtud de su planteamiento reside en parte en ese convencimiento de que la historia no es una construcción narrativa cerrada y lógica al modo de la ficción, sino un campo de fuerzas en permanente interpretación y transformación, y por ello, de absoluta vigencia.

Música para una banda sonora vital: La alegre divorciada, The Gay Divorcee, Mark Sandrich, 1934)

The Continental compuesta por Con Conrad, con letra de Herb Magidson, fue el primer tema musical galardonado con el Óscar a la mejor canción original, que empezó a entregarse precisamente aquel año. Además de su interpretación a cargo de Ginger Rogers, con algunos insertos dialogados de Fred Astaire, la pareja baila su melodía en uno de sus más célebres, y largos, números musicales.

Mis escenas favoritas: Cabalgar en solitario (Ride Lonesome, Budd Boetticher, 1959)

Los westerns dirigidos por Budd Boetticher, escritos por Burt Kennedy y protagonizados por Randolph Scott son todos magníficos. Esta entrega, la penúltima en la que intervinieron los tres, cuenta con esta estupenda secuencia entre Scott, Pernell Roberts y James Coburn que condensa varias de las claves de la película, extrapolables al resto de westerns de la serie: el pragmatismo moral, la tensión entre ley y venganza, la precariedad de los pactos y la sequedad expresiva. Una reflexión profunda sobre el significado de la justicia en el Oeste, entendida, más que un principio moral abstracto, como un terreno para la negociación entre hombres solitarios que cabalgan juntos solo mientras sus intereses coinciden. Encuadres cerrados y predominio de la oscuridad, frente a los habituales espacios abiertos y luminosos del género, cuando se trata de exponer cierta intimidad de los personajes, no exenta de un tono pesimista y amenazante. Un película rica en acción y en ideas interesantes, concentrada en apenas 73 minutos. Lo bueno, si breve…

Soledad, extravío y desarraigo: Wanda (Barbara Loden, 1970)

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Único largometraje de su malograda autora (responsable tanto del guion como de la dirección, además de actriz protagonista), Wanda, joya del verdadero cine independiente estadounidense, es la crónica de una fuga imposible. Concebida desde una mirada sin concesiones, con medios mínimos y extraordinaria economía expresiva, se trata de uno de los retratos más directos y honestos de la marginalidad, la pasividad y la desorientación de una mujer atrapada en un mundo hostil que no le ofrece ninguna clase de amparo, sostén o protección, que ni siquiera hace el menor esfuerzo por ayudarla o entenderla. Más que una historia en clave argumental, que también, la película define una condición personal y social. Inspirada en un hecho real, el de una mujer llamada Alma Malone, condenada por su participación en un robo a un banco que, lejos de lamentarse, agradeció expresamente la sentencia porque al menos la cárcel le proporcionaba un lugar donde dormir, la protagonista no es una luchadora ni una perdida, sino simplemente un ser humano que no sabe cómo estar en el mundo, a quién, a qué o a dónde pertenecer (no existe la familia, no hay noción de nada parecido al amor, ni amistades, ni la más remota idea de comunidad, no digamos ya de patria o sociedad). Su resignación, que puede entenderse como escenificación de su debilidad o como síntoma de un mal funcionamiento interior (un trastorno mental, un deterioro resultante de años de dejadez, decepciones, hartazgos, abandonos, malos tratos…), es, sobre todo, una opción narrativa, un punto de vista cuidadosamente elegido, sin juicios morales ni búsqueda de redención alguna, pura observación. A diferencia de otras películas de la época (o de la inmensa mayoría de las actuales) que, desde un feminismo de izquierdas, tienden a construir personajes femeninos heroicos (no pocas veces, si hablamos de cine de género, a través de una contraproducente «masculinización») o bien victimizados (a la caza del prestigio moral, y sentimental, más bien sensiblero, del espectáculo victimista), Loden propone algo tan difícil y valiente, y tan a contracorriente, entonces y ahora, como la presentación de una mujer que no admite tutelas, ni de hombres ni de mujeres, porque no quiere ser salvada, que no hace propósito de enmienda, que no desea cambiar, que solo espera mantenerse en un estado general de vida suspendida de manera permanente. Desprovista de proclamas políticas, ajena, en apariencia, a cualquier verborrea militante, el arma empleada por Loden es justamente la contraria: el silencio. Un silencio elocuente, revelador, demoledor, apartado de toda demagogia y más potente que cualquier panfleto.

Precaria habitante de una zona minera de Pensilvania (duerme en casa de su cuñada), Wanda Goronski (Loden), una mujer de unos treinta años que acaba de divorciarse y de ceder al padre la custodia de sus hijos sin entablar discusión ni ofrecer resistencia, malvive en un entorno de pobreza y extrema desolación. Su indiferencia ante la sentencia (hasta el punto de que ha llegado tarde al juzgado para la vista) es muestra de su agotamiento existencial, de la callada aceptación de su destino personal. Su deriva la lleva a caminar sin rumbo por los terrenos baldíos y las escombreras mineras de los alrededores, a internarse en bares y garitos de mala muerte en los que tal vez algún tipo solitario le ofrezca un trago y un lugar donde pasar la noche a cambio de sexo; incluso, en una ocasión, se mete en un cine para dejar pasar las horas viendo una película de… ¡¡¡Raphael!!! En uno de sus paseos errantes, sin objeto, a horas tardías, entra en un bar que está a punto de cerrar y allí conoce al que toma por dueño, Mr. Dennis (Michael Higgins), en realidad un hampón de tres al cuarto que la acoge en su huida del robo y la arrastra a un proyecto de atraco a un banco más que previsiblemente dirigido al fracaso. Igualmente desarraigado y solo, de carácter autoritario y siempre nervioso, Dennis la maltrata, la insulta, la abofetea, la domina y le vomita unas órdenes que ella cumple lo mejor que puede en el mismo estado de placidez muda con la que afronta cualquier empeño de su hueca vida ordinaria. La relación que establecen dista mucho de ser romántica, amorosa, aunque tenga algo de sexual; se trata, más bien, de una alianza de soledades, de una sociedad temporal y limitada, de un enojoso lazo siempre a punto de romperse. Road movie de un viaje sin destino, sin épica ni liberación alguna, la carretera no es un medio, un escape, una forma de evadirse o de transformarse, de renacer, de reinventarse con un nuevo comienzo, sino el único espacio del que dispone quien no tiene otro lugar adonde ir, un perpetuum mobile a ninguna parte.

Rodada entre Pensilvania y Connecticut con un presupuesto de unos cien mil dólares prometidos por Harry Schuster, amigo del marido de Barbara, Elia Kazan, y completados con aportaciones de algunos miembros del equipo, la actriz y guionista se vio obligada a asumir la dirección ante la falta de interés por el proyecto que manifestaron los directores a los que acudió (empezando por el propio Kazan). Filmada con un equipo humano y técnico reducidísimo, dejando abundante margen a la improvisación, el formato de 16 mm, el rodaje cámara en mano, el uso de luz natural, los colores desvaídos, los encuadres fragmentados y oscilantes, el empleo de sonido directo (tráfico, televisores y radios encendidas, el murmullo humano de bares y comercios) y la ausencia de música extradiegética conforman unas imágenes de textura rugosa en clave prácticamente documental, cuyo tema central viene ilustrado por los espacios que la película recorre, escombreras, aparcamientos, moteles, bares oscuros, cafeterías, calles vacías, carreteras y campos desolados. La cámara sigue a Wanda sin verbalizar sus pensamientos, sin entrar en su intimidad ni subrayar sus estados de ánimo, desde una distancia que es a un tiempo respeto al drama en el que se ve inmersa e intención de observación neutra, en un estilo naturalista próximo al cinema verité y a la obra de John Cassavetes. La reposada secuencia inicial, con Wanda atravesando a pie un paisaje de carbón y cenizas, vestida de blanco impoluto, con los créditos sobreimpresionados, establece el tono general del filme y su reflejo de una figura inocente, diminuta, en las inabarcables dimensiones de un mundo exhausto. La triste escena en la que va a la fábrica textil a reclamar el dinero que le deben y a pedir un nuevo empleo retrata a Wanda como un ser tempranamente descartado, amortizado: ni va a cobrar su dinero ni va a conseguir ningún contrato bajo el argumento de su lentitud, de su inoperancia laboral. Hay trabajo, pero no para ella; se necesita personal válido y dispuesto, pero ella no lo es. La brevísima escena del divorcio, filmada, casi despachada como si fuera un trámite burocrático al que dar rápido carpetazo, incide en la idea de irrelevancia de la protagonista en todos los aspectos de su propia vida, una marginalidad que se rompe únicamente al final cuando Wanda, sin querer, llega tarde al robo y sin darse cuenta elude un destino aún más cruel del que ya soporta, aunque no tanto como el que ha sufrido Mr. Dennis. El epílogo, con Wanda rodeada de extraños en un bar abarrotado, la deja tal y como empezó, prisionera de sí misma en una vida que discurre en espera perpetua y sin asideros.

En cierto modo, la película funciona como expresión paralela de la trayectoria de su artífice. Nacida en Carolina del Norte en 1932, Loden trabajó durante años como actriz de teatro y televisión antes de conocer al director Elia Kazan, con quien se casó en 1967. Ganadora de un premio Tony en 1964 por su papel en el montaje en Broadway de Después de la caída, la obra de Arthur Miller, su carrera como actriz de cine fue más bien discreta e intermitente, con el único hito de una memorable aparición en Esplendor en la hierba (Splendor in the Grass, Elia Kazan, 1961). A pesar de haber iniciado otros proyectos nunca concluidos, Wanda queda como la única obra de una carrera en la dirección truncada por un prematuro fallecimiento en 1980, a causa de un cáncer de mama. Referencia ineludible para el cine moderno dirigido por mujeres, su legado ha continuado en la figura de directoras como Chantal Akerman o Kelly Reichardt. Con Wanda, Loden filmó el extravío y la derrota de una mujer anclada en los márgenes del sueño americano. En la deriva de su protagonista, en apariencia apática, pasiva, late una silenciosa vocación de insurrección. De su observación áspera, documental, sin moralinas ni búsqueda psicológica de una explicación a sus traumas, brota una verdad que desarma. Wanda concluye sin una catarsis real, pero deja como huella persistente la idea de que en la fragilidad también hay una enorme carga de dignidad, y que la épica no solo consiste en levantarse y vencer tras haber recibido un golpe, sino en mostrar con honestidad y sencillez cómo se ha producido la caída.



Música para una banda sonora vital: El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, Jonathan Demme, 1991)

La partitura de Howard Shore es parte fundamental de este celebérrimo thriller de asesinos en serie basado en una novela de Thomas Harris y protagonizado por Jodie Foster y Anthony Hopkins. Las andanzas del psiquiatra Hannibal Lecter tienen en ella el necesario e inquietante acompañamiento musical.

Diálogos de celuloide: Un cadáver a los postres (Murder by Death, Robert Moore, 1976)

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Mayordomo: Últimamente teníamos pocos visitantes. Me alegro de que esto vuelva a animarse.

Dora Charleston: Gracias. ¿Y usted es?

Mayordomo: Benson Señora.

Dora Charleston: Gracias Benson.

Mayordomo: No, no, no, no. Benson Señora. Me llamo Benson Señora.

Dick Charleston: ¿Benson Señora?

Mayordomo: Sí, señor. James Señor Benson Señora.

Dick Charleston: ¿James Señor?

Mayordomo: Sí, señor.

Dick Charleston: ¿James Señor Benson Señora?

Mayordomo: Sí, señor.

Dick Charleston: ¡Qué raro!

Mayordomo: Era mi padre, señor.

Dick Charleston: ¿Cómo se llamaba su padre?

Mayordomo: Qué Raro. Qué Raro Benson Señora.

Dick Charleston: ¿Su padre era Qué Raro Benson Señora?

Dora Charleston: Déjalo Dick, me duele la cabeza.

(guion de Neil Simon a partir de su propia obra teatral)

Despedida y cierre: Relámpago sobre agua (Lightning Over Water, Wim Wenders y Nicholas Ray, 1980)

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El visionado de esta película que documenta las últimas semanas de vida del director norteamericano Nicholas Ray, uno de los grandes exponentes de la autoría cinematográfica dentro del antiguo sistema de estudios de Hollywood, sigue resultando hoy incómodo y perturbador. Obra inclasificable, a medio camino entre el diario íntimo, el ensayo fílmico y la elegía crepuscular, se desplaza desde la vocación de testimonio respetuoso acerca de la enfermedad y la despedida de un gran cineasta hacia una compleja meditación sobre la muerte, la representación y el dilema ético que implica la filmación de un espectáculo de decadencia y sufrimiento. La discutible intención de registrar con ánimo exhaustivo la agonía de un artista, lo que en su día despertó un amplio rechazo entre una parte considerable de la crítica y del público, se va convirtiendo conforme avanza el metraje en un acto creativo, en una puesta en escena, orquestada por su protagonista absoluto, que busca que la cámara transforme una realidad desnuda y lacerante en un alegato filosófico y existencial, y también en un adiós al medio cinematográfico desde dentro. Esta ambigüedad, la tensión entre reportaje realista y relato construido, se percibe en la combinación de diferentes soportes y formatos, del granulado en 16 mm. o el vídeo doméstico al uso de color y blanco y negro, apostando por una narración fragmentada y en texturas diversas que refleja tanto el estado de deterioro, inestabilidad y fragilidad del protagonista como las contradicciones emocionales que encierra el proyecto en sí.

Esta mirada múltiple constituye el centro neurálgico de la película, la dota de sentido narrativo y estético. La mirada cruda, inmediata, directa, casi obscena, del vídeo, puro presente de indicativo, contrasta y se completa con los pasajes rodados en celuloide, representados por los intérpretes (encabezados por los propios Ray y Wenders) y mucho más cuidados en cuanto a composición e iluminación, pasando así de una doliente realidad capturada sin intermediarios a una reconstrucción consciente y deliberada, en clave de ficción elegíaca, de la imagen de un personaje que adquiere así una estatura épica, mítica, a la vez que una dimensión casi fantasmal en una perspectiva cinematográfica de tradición y permanencia. Articulada como un todo coherente aunque discontinuo, la película no sigue una progresión dramática convencional, sino que se estructura a través de secuencias de encuentros, conversaciones, actos públicos, conferencias, ciclos y proyecciones, recreaciones e instantes de intimidad dirigidos a mostrar tanto la maltrecha salud de Ray, sentenciada por un cáncer terminal, como su determinación de ser cineasta hasta el último momento. El director no es simple objeto de observación, sino también sujeto, parte creativa integrante del equipo de rodaje, participando activamente en la concepción de las escenas, proponiendo cambios, dramatizando su realidad, ayudando a dar forma a la que considera su película póstuma. A la enfermedad, por momentos exhibida de manera impúdica y hasta violenta, se le superpone la voluntad del cineasta, la del artista que se niega a desaparecer antes de concluir su testamento profesional. La cámara se detiene en los espacios domésticos, en las habitaciones del hospital, en los paisajes urbanos que Ray contempla como si se tratara de recuerdos anticipados. El montaje alterna momentos de calma contemplativa con discusiones tensas y fragmentos casi improvisados. No hay música que subraye las emociones, dejando que predomine un tono sobrio, casi austero, que acentúa la crudeza de la situación.

Este tratamiento narrativo y visual no puede entenderse sin la particular relación personal Wenders-Ray, discípulo y maestro, surgida de la admiración del primero por el segundo, manifestada reiteradamente durante el auge del llamado Nuevo Cine Alemán (lo mismo que por cineastas como Jean-Luc Godard durante la nouvelle vague), y de la colaboración como actor, pocos años antes, de Ray en la película de Wenders El amigo americano (Der Amerikanische Freund, 1977), a la que siguió un trato personal directo pero discontinuo. La coincidencia de ambos cineastas amalgama de algún modo dos épocas y dos concepciones del cine, la del Hollywood clásico, con su mezcla de artesanía industrial y rebeldía artística, y la del cine de autor europeo, marcado por la introspección, la ruptura de las convenciones narrativas y el concepto de autoría. Por otro lado, la presencia activa del resto de miembros del equipo de filmación, las conversaciones sobre qué, cómo y cuándo filmar, la oportunidad de reflejar o no ciertos momentos, la incomodidad palpable ante el deterioro físico de Ray, la insistencia de este por convertir cada instante en material cinematográfico, los planos en los que el protagonista observa su propia imagen, remiten al moderno cine europeo de entonces y también a la tradición norteamericana del cine independiente que el propio Ray ayudó a forjar como profesor y mentor de jóvenes cineastas durante sus últimos años de ejercicio como docente y conferenciante.

Las controversias suscitadas por la película derivan precisamente de esa exposición sin filtro del proceso de agonía y muerte de Nicholas Ray. Desde su estreno, se acusó al filme de instrumentalizar su enfermedad, de convertir el dolor real en espectáculo. La inclusión de escenas que muestran el debilitamiento extremo del director -su dificultad para moverse, su respiración fatigosa, su cuerpo consumido- se ha interpretado a menudo como un pernicioso ejercicio de voyerismo artístico. Desde otros sectores, sin embargo, se ha defendido la película como un radical acto de honestidad encaminado a la presentación de la muerte sin edulcorantes, a negar su condición de tabú invisible en las sociedades occidentales modernas. La película, de hecho, anticipa estas posibles objeciones al mostrar las dudas del equipo y las reticencias de Ray ante determinadas secuencias. Esa capacidad de reflexión no elimina la incomodidad del público; al contrario, la incorpora como parte de su experiencia como espectador, impulsándole a pensar en torno a cuáles son, o deberían ser, los límites del cine como medio de transmisión de información. Polémica aparte, la película en ningún momento busca la explotación del morbo. En algunos instantes, la complicidad entre Ray y Wenders resulta incluso conmovedora; en otros, la distancia entre ambos es evidente y dolorosa, como si existieran divergencias entre los objetivos y aspiraciones de uno y otro que introdujeran una grieta insalvable entre ambos. La decisión sobre lo oportuno o no del proyecto queda en manos del espectador.

La película puede entenderse asimismo como un doble legado. El de Nicholas Ray, que hace de su propia desaparición física materia cinematográfica y reafirmación de su condición de artista, proyección de sí mismo más allá de su inminente conclusión -en este punto resulta elocuente la elección de las secuencias que se muestran de Hombres errantes (The Lusty Men, 1952), con Robert Mitchum-, y también el de Wim Wenders, que asume los riesgos de filmar lo inaceptable y de enfrentarse a las consecuencias morales y profesionales de esa decisión. Una película nada cómoda ni complaciente que redefine los límites del documental y del cine autobiográfico, situándose en un territorio donde se funden vida y arte. En esa zona incierta, iluminada apenas por la fugacidad del relámpago de su título, de ese fulgor efímero que se refleja en la superficie y desaparece de inmediato, se inscribe esta película, que no solo filma el final de una vida, sino también la muerte de una etapa del cine.

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