Que viva el rey, ya a la venta

Una novela de Ángel Santofimia y Toribio Estébanez

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¿Qué sucede cuando los caprichos de un rey tienen a su disposición a un presidente del Gobierno débil, vanidoso e inepto para conseguir sus fines? Con tan solo seis meses de vida por delante, Cayetano I encomienda a Pablo Ruiz cambiar la ley de sucesión con el fin de evitar que su hermano Carlos, al que odia desde niño, acceda al trono. La naturaleza del Estado de partidos se mostrará no solo incapaz de poner coto a la aberración jurídica que supone el proceso de enmienda constitucional, sino que se revelará como el instrumento necesario de una trama corrupta, insensata y voraz.

Pero frente a esta máquina política y burocrática al servicio de ambiciones personales, un muy anciano jurista, autor de la Constitución que ahora se reforma, advertirá la incompetencia de las instituciones partitocráticas, incapaces siquiera de entender sus propias normas, y plantará una resistencia incómoda al poder…

Que viva el rey es, por su tono, una comedia; por su mensaje, una tragedia; y por la impresión que dejará en el lector crítico de la política nacional contemporánea, un esperpento. 

DEFICIENCIA DE LA HISTORIOGRAFÍA FILOSÓFICA: LA ESCUELA DE SALAMANCA

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Las Escuelas de Salamanca y Universalista (Núm. monográfico)
Vol. 3 / enero 2020 – INDICE

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ARTÍCULO / INVESTIGACIÓN. Autor: Pedro Aullón de Haro

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1. UN PROBLEMA PRE-EPISTEMOLÓGICO

Existen ciertamente muchas clases de deficiencias, al igual que de falacias, pero como era de esperar aquéllas nunca han sido catalogadas en el ámbito intelectual por el simple motivo de no definir de principio una dificultad de base lógica. Comenzaré por decir que a veces existe no un problema nítidamente especificable sino una cuestión de carácter, circunstancias y sus envolturas, además históricamente estratificadas, y que también existe, ya más de consecuencia lógica determinable y por ello aproximable a tipo de falacia, el falso problema, o el en parte falso problema. El problema suscitado a partir de una objetividad reconocible como falso problema, puede naturalmente acceder a hito de significación. En tal caso conviene empezar por preguntarse si se trata de…

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Me contactaron para hacerme terraplanista

La principal razón para rechazar el terraplanismo (nosotros, que nunca entraremos en un sputnik) es que no explica mejor los fenómenos, no salva ninguno de ellos. La potencia de una hipótesis es que resulte más creíble, pero el problema es que la tierra plana resulta tan creíble o tan increíble como la tierra redonda. Un disco en mitad del espacio es tanto o más absurdo que una bola. ¿Acaso explica mejor que no nos caigamos de esa bola? No, porque tan extraño es que el centro de atracción esté en el centro de una bola como debajo de un disco. Lo único que explica mejor la tierra plana es el logotipo de la ONU.

Pues bien, me contactaron para actuar como propagandista de esa secta. Baste esta entrada para rechazar la oferta.

Arte, instituciones y libertad

Para alcanzar una verdadera comprensión de la libertad que se da dentro de la obra de arte, basta comparar el género ready-made con el del retrato, símbolo del arte más servil. Retratar a personas poderosas no parece una actividad en la que un artista pueda sentirse libre. Sin embargo, el retrato de Inocencio X de Diego Velázquez ejerce la libertad de poner en conflicto dos instituciones pictóricas: la representación naturalista del rostro y las convenciones de la pose establecidas por la tradición. El rostro intranquilo contradice el hieratismo de la pose entronizada y perturba la dignidad papal. Inocencio no aparece como un papa, sino como un hombre pendiente del trámite de ser retratado, así que el cuadro deja de verse como el retrato de un hombre poderoso para verse como el retrato de un hombre consciente de que está a disposición de un subordinado del que probablemente desconfía. La desconfianza no expresa poder, sino el reconocimiento del poder que tiene el artista sobre él, el poder sobre su imagen y sobre la conservación de su memoria. Velázquez crea una doble relación de subordinación mutua y esa sustantividad solo puede darse cuando el pintor está sometido a las instituciones.

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Héctor Enrique González

Las artes y la servidumbre de la libertad política

Las instituciones de todas las épocas y lugares imperan sobre las obras de arte por medio de las técnicas. Se puede tirar de cada técnica como de un hilo en cuyo extremo aparecerá una institución. Del fresco se llega a la Iglesia católica, institución en extremo rica en edificios, pero poco o nada interesada en el intercambio especulativo de obras de arte. En cambio, el auge de los soportes transportables y formatos reducidos tiene que ver con el circuito del arte, en el que las obras transitan cada vez a mayor velocidad en sentido contrario al dinero. La elección de formato es una decisión que se encuentra determinada no solo por un finis operantis artístico, también en gran medida por las instituciones que convierten en adjetiva una obra a través de esa decisión técnica que debería ser en principio solo artística. A este respecto, es esclarecedor el caso de la pintura neerlandesa del siglo XVII, que un siglo antes de una supuesta «liberación sustantivadora» ya estaba produciendo abundantes obras al margen de las instituciones tradicionales como la Iglesia y el estado. La «pintura de género», como las naturalezas muertas de pequeño formato, tuvo su auge principalmente en los Países Bajos y formó un mercado muy activo. Tanto en los géneros como en su implantación social, el arte holandés prefiguró lo que iba a suceder en toda Europa en el siglo XIX.

La libertad política y la libertad económica han ampliado la elección de las materias y las técnicas, pero no han suprimido la adjetividad de las obras. La pintura impresionista se liberó del dibujo y la perspectiva como técnicas de organización del cuadro, se liberó del parecido milimétrico al rostro del cliente, pero a cambio quedó presa de la tiranía de la luz. Los artistas comenzaron a explorar la percepción de manchas con arreglo a las experimentaciones en teoría del color. Cuando las técnicas impresionistas se consolidaron, volvieron obsoleta a la pintura académica y ataron a los artistas al mercado creado para sus obras, que seguían produciéndose gracias a que, de pronto, daban de comer a sus autores. La libertad económica trajo consigo una atomización del patrocinio de las artes y una ampliación del gusto, más proclive a absorber la experimentación, lo que permitió la aparición de una cantidad enorme de artistas. Pero esas experimentaciones se convirtieron después en el principio de adjetividad de las nuevas tendencias.

La autonomía que se le atribuye al arte y se hace coincidir con Baumgarten o Kant y que Adorno y otros explican como una liberación de sus funciones religiosas es un mito del siglo XIX y, más que una autonomía propia del arte, es una autonomía de la filosofía del arte, la marca de su fundación, ocurrida en el hallazgo de la sustantividad como un rasgo filosóficamente valioso.

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Héctor Enrique González

Contra el oxígeno de Atapuerca

La Teoría del cierre categorial de Gustavo Bueno no concibe el descubrimiento científico como un descubrir, si entendemos descubrir como apartar lo que cubre la cosa. Una ciencia no puede «descubrir» nada si no es a través de un aparataje técnico o tecnológico del cual surge lo «descubierto» como un elemento producido en su proceso y cubierto por una estructura de herramientas y aparatos denominada contexto determinante{1}. Cuando hablamos de moléculas solo podemos referirnos a construcciones en el mundo antrópico, es decir, la parte del mundo que las ciencias han podido filtrar e incorporar a estructuras conocidas. Hasta 1776 solo existían los fenómenos provocados por ciertos componentes incomprensibles del mundo anantrópico que aún no podían merecer el nombre de oxígeno. Si pudiéramos viajar en el tiempo hasta el Paleolítico para analizar el aire, obtendríamos las moléculas de oxígeno, pero sería así porque habríamos llevado un conjunto de aparatos y una serie de datos propios de la ciencia química como listas de elementos, pesos atómicos, puntos de ebullición y otras propiedades, sin los que tampoco podría existir el oxígeno, y esto se puede entender de una forma análoga a como no existe tampoco el color verde sin una persona que descifre las ondas electromagnéticas con sus ojos y su cerebro.Es necesario insistir en el constructivismo. Las ciencias obtienen verdades, pero son franjas de verdades{2} que se superponen al originarse en la ejecución de diferentes intervenciones sobre los cuerpos. Solo tiene sentido un elemento químico a través de la consolidación de estas superposiciones, que no dejan intactas las cosas del mundo, como haría una descripción, sino que las intervienen. Afirmar que el oxígeno era contemporáneo del Homo antecessor contradice esta idea de ciencia porque implica que la química no constituyó el oxígeno, sino que simplemente le quitó la cobertura que nos impedía verlo.

{1} Gustavo Bueno, Teoría del cierre categorial 1, Pentalfa Ediciones, Oviedo 1992, págs. 135-138.

{2} Íbid., págs. 164-172.

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Héctor Enrique González