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Buscando nuevo vocabulario náutico que añadir a este listado, me he encontrado con un κέλυφος ‘concha’, usado como metafóra de ‘barca’ en el epigrama de la Antología griega 9.242, obra de un tal Antífilo de Bizancio (no tiene página aún en Wikipedia en español; en otro tiempo la habría creado ipso facto, pero ese tiempo ya pasó). Dice así:

Γλαῦκος ὁ νησαίοιο διαπλώουσιν ὁδηγὸς
πορθμοῦ, καὶ Θασίων ἔντροφος αἰγιαλῶν,
πόντου ἀροτρευτὴρ ἐπιδέξιος, οὐδ᾽, ὅτ᾽ ἔκνωσσεν,
πλαζομένῃ στρωφῶν πηδάλιον παλάμῃ,

μυριέτης, ἁλίοιο βίου ῥάκος, οὐδ᾽, ὅτ᾽ ἔμελλεν
θνῄσκειν, ἐκτὸς ἔβη γηραλέης σανίδος:
τοὶ δὲ κέλυφος ἔκαυσαν ἐπ᾽ ἀνέρι, τόφρ᾽ ὁ γεραιὸς
πλώσῃ ἐπ᾽ οἰκείης εἰς ἀίδην ἀκάτου.

Glauco, el barquero de quienes cruzaban el estrecho
de la isla, el ahijado de las playas de Tasos,
habilidoso labrador del mar, el que, ni durmiendo
dejaba de manejar el timón con una mano hecha,

cargado de años, jirón de una vida en el mar, ni a punto
de morir salió de su banco desgastado.
A él su concha le han quemado encima, para que el viejo
fuese navegando en su casa marina al Hades.

El poemilla no es fuente suficiente para afirmar que se incineraba en Grecia a los marinos en sus barcas, como sí harían mas tarde algunos vikingos; ni de que alguien viviese en su barca, a pesar de que se usa aquí la expresión οἰκείης (…) ἀκάτου, algo así como ’su barca de morar’, pero merece destacarse. Sobre el estrecho, se refiere el poema al que hay entre la isla de Tasos y la cercana costa tracia. Este estrecho tiene una anchura de 4,8 km hasta el islote que hoy llaman Tasópula («la hija de Taso»), y 2,7 km hasta el continente, una distancia asequible para un barquero avezado, incluso cuando ya era viejo, según parece.

Del mismo autor es un epigrama más alegre dedicado a la vida en el mar, este Antología griega 9.546:

κἠν πρύμνῃ λαχέτω μέ ποτε στιβάς, αἳ θ᾽ ὑπὲρ αὐτῆς
ἠχεῦσαι ψακάδων τύμματι διφθερίδες,
καὶ πῦρ ἐκ μυλάκων βεβιημένον, ἥ τ᾽ ἐπὶ τούτων
χύτρη, καὶ κενεὸς πομφολύγων θόρυβος,
καί κε ῥυπῶντ᾽ ἐσίδοιμι διήκονον ἡ δὲ τράπεζα
ἔστω μοι στρωτὴ νηὸς ὕπερθε σανίς:
δὸς λάβε, καὶ ψιθύρισμα τὸ ναυτικόν: εἶχε τύχη τις
πρῴην τοιαύτη τὸν φιλόκοινον ἐμέ.

Lo tradujo así Marguerite Yourcenar, y yo me abstendré de verterlo al español imbuido de respetuoso temor («¡No le toques ya más, que así es la rosa!»):

J’aime parfois dormir à la proue, et entendre
Les bâches résonner sous les paquets de mer.
Sur son lit de gravier, le feu commence à prendre ;
Le pot bouillonne, et la vapeur monte dans l’air.
J’aime manger avec, pour ma table, une planche ;
J’aime le mousse, encor que mal débarbouillé.
Puis, les dés. Une partie. Et la voix franche
Des marins plaisantant et buvant leurs rasades.
Vivre ainsi me convient, gai, un peu débraillé.
Moi qui goûte avant tout les joyeux camarades.

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Dicen que los libros y los artículos, las investigaciones en general, nunca se acaban, sino que se abandonan. Solo dos meses después de haber publicado “The naval origin of classical entablature in the light of the clay model of a galley from Gytheion” he dado con una fuente valiosísima, que me sabe fatal no haber encontrado antes. El historiador de la arquitectura africana e islámica Ronald Lewcock (1929-2022) publicó hace ya muchos años, junto con el antropólogo Gerard Brans, “The boat as an architectural symbol” (1977), en Shelter, sign and symbol, editado por Paul Oliver, pp. 107-116. Empieza así, deepl.com mediante:

La influencia de los barcos y la construcción naval en las viviendas y los santuarios religiosos suele ser evidente en las sociedades marítimas de todo el mundo. En su forma más directa, esta influencia abarca desde la reutilización de maderas de barcos antiguos, lo que da lugar a curvas inusuales en los tejados de los edificios, hasta la utilización de barcos completos, o réplicas de ellos, como refugios en tierra. En una cultura tecnológicamente desarrollada, la influencia de los barcos en los edificios entra en conflicto con el desarrollo de las casas o los edificios comunitarios como estructuras integradas; en estos últimos, las exigencias de uso y construcción a un nivel más sofisticado prevalecen sobre el uso secundario de materiales antiguos procedentes de barcos o su reconstrucción como techos. En tales circunstancias, cuando los vínculos tradicionales de una sociedad con el mar siguen extendiéndose hasta el punto de expresarse en los edificios, se recurre conscientemente al simbolismo. La arquitectura sigue siendo esencialmente integrada y sencilla, dictada por la eficiencia y la lógica estructural, pero incorpora cambios, normalmente en la forma, para reconocer la primacía de los barcos en el patrimonio del pueblo. Cualquier cambio posterior en los valores suele ir acompañado de una creciente conciencia de las tradiciones, lo que conduce a su refuerzo y reinterpretación en términos simbólicos. Con el tiempo, el simbolismo en sí mismo puede perderse, como parece ser el caso en gran parte de la arquitectura de China y Japón, pero las formas permanecen como importantes pistas sobre las fuentes de sus culturas. (p. 107).

El artículo incluye mucha información que yo desconocía sobre la arquitectura naval del sudeste asiático, que va más alla de las tongkonan de los toraja de la isla de Célebes (Sulawesi en su lengua) de Indonesia. Y me descubre la cultura marítima dong son que hace por lo menos dos mil años introdujo la Edad de Bronce en la región. En Youtube hay toda una serie de conferencias suyas de 2019 titulada Architecture in Asia, que incluye esta “Eastern Architecture: Southeast Asia Transoceanic Influences”:

En ella habla sin ningún reparo (minuto 27:44 en adelante) de los templos indios excavados en roca como representación de barcos volteados, que estarían relacionados directamente (no como un paralelo casual) con los edificios con forma de barco del Sudeste asiático. También se refiere a una colonia budista en la Alejandría helenística y a los puestos comerciales griegos y romanos en la India, que llegaron incluso a Ceilán. También establece un lazo directo de la arquitectura con forma de barco indonesia con la arquitectura marítima vikinga (minuto 31:57), recordando que los vikingos formaban la guardia personal del emperador bizantino, y que Bizancio pudo actuar de nexo. Y para acabar de encandilarme, habla de los viajes por mar prehistóricos e históricos de larga distancia: el que unía al imperio de Sumatra con Madagascar a través de 6 000 km de océano Índico, por ejemplo.

Cómo me gustaría haber llegado a tiempo de enviarle mi hipótesis sobre el origen naval del templo griego, y el origen griego y naval también de la arquitectura budista. Y haber hipotetizado con él no un mero parecido o coincidencia, sino una comunidad marítima que abarcase desde las navetas baleares al oeste hasta la cultura dong son del sudeste asiático, pasando por Grecia, la India e incluso el Mar del Norte… ¡Buuummm! (Ahora me toca encontrar un discípulo y epígono suyo en Australia o Sri Lanka a quien contarle mis —como dicen nuestros adolescentes— movidas.)

Añadido 14/03/2026. Sigo con descubrimientos tardíos. He usado Claude, que a día de hoy dicen que es el mejor modelo de lenguaje de gran tamaño (LLM, vulgo IA), para encontrar antecedentes a mi hipótesis del origen naval del templo griego. (Aclaro que esto supone usarlo no como una herramienta inteligente, sino como un sofisticado buscador que encuentra ideas complejas, que van más allá de las palabras sueltas y sintagmas). Lo que ha encontrado me ha emocionado. R. Drew Griffith, profesor de Clásicas en la Queen’s University de Canadá, publicó en 2002, cuando yo empezaba a vislumbrar mi hipótesis, este breve artículo: “Temple as Ship in Odyssey 6.10”, American Journal of Philology 123 (4), pp. 541-547. En él escribe:

the nominative singular of νηός, “temple,” is identical to the genitive singular of ναῦς, “ship.” (…) The coincidence is worth remarking, however, in light of the navigational aspect of temple orientation that we have just considered. (pp. 543-544)

También menciona el autor el carro volador del poema de Safo, al que compara con los vimāna de la literatura india (incluye una referencia a Raghuvanśa 16.68.4), y señala a los barcos como lugares de epifanía (referencias: Hymn. Hom. Dion. 2, etc.; cf. Exekias ABV 146,21; Hymn Hom. Ap. 388–451). Una delicia, vamos. Siento no haber conocido antes su artículo, que habría incluido entre mis referencias sin dudarlo. Lo añado al borrador del trabajo en curso Sleeping ships and their war anchors. The naval origin of Greek architecture and Sculpture, a la vez que notifico a su autor la feliz coincidencia.

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Nazar, un municipio de tierra Estella situado al pie de la peña Costalera, en la sierra de Codés, tiene un nombre muy original, llamativo en una tierra donde los topónimos vienen del castellano o el vasco. ¿Y este? Su etimología es desconocida, como resume Mikel Belasko. Me atreveré a formular una llevado de la curiosidad y, en parte también, de la llamada de la sangre, ya que mi familia materna procede de ahí cerca (apellidos Remírez y Landa, familia en Genevilla y Asarta… no tiene pérdida).

La clave para llegar a ella me la ha dado la ermita de la Virgen de Loreto, situada en lo más alto del pueblo lindando con el bosque de carrascal estellés. La construcción actual es del siglo XVI, pero la imagen de la Virgen es del siglo XIII con trazas románicas, así que no es descabellado atribuir la misma antigüedad al culto mariano en el pueblo. La documentación más antigua del nombre, según Belasko, es de la misma época, año 1268, con la forma invariable de Naçar y Naçarr. Pues bien, sobre la advocación mariana de la Virgen de Loreto, se afirma que empezó en el mismo siglo XIII cuando los musulmanes conquistaron Palestina tras vencer a los cruzados, incluyendo la ciudad de Nazaret, en la región de Galilea, donde se encontraba la casa de la Virgen María y José en la que Jesucristo pasó sus años de infancia. Según la leyenda cristiana los ángeles, para proteger la Santa Casa del maltrato que le infligirían los infieles, la alzaron en el aire y se la llevaron volando hacia Dalmacia, y más adelante a Italia, a un bosque de laureles primero y luego a una colina, donde hoy se alza el Santuario de Nuestra Señora de Loreto. Del bosque de laureles (laurus en latín) tomó el sobrenombre esta virgen.

Ermita de Loreto en Nazar
Ermita de la Virgen de Loreto en Nazar. Foto: Mentxuwiki en Wikipedia, con licencia CC BY-SA 4.0.

Dado que la imagen de la Virgen de Loreto que se guarda en su ermita tiene trazas de ser del siglo XIII, podemos suponer que ya en esa época el lugar competiría con Dalmacia e Italia en ser el destino definitivo para la Santa Casa de la Virgen. Como su ubicación original era Nazaret, no sería extraño que al lugar o poblado en que la casa estaba situado se le diera, para dotarlo de mayor legitimidad, el nombre de Nazaret. Este topónimo, al parecer, tuvo varias formas: en griego Ναζαρέθ o Ναζάρα, y en latín Nazaret, Nazareth, Nazara y Nazarath. La posición del acento puede suponer una dificultad, porque es difícil que una palabra aguda pierda la sílaba tónica. Sin embargo, en época medieval pudo leerse como palabra llana (es la tendencia natural de los hablantes del castellano), y perder la consonante dental final y, a continuación, la /e/ final como ocurrió en muchas otras palabras, para pasar de Nazáret ( cualesquiera otras variantes) a Nazar. Además, los autores del siglo III Sexto Julio Africano y Orígenes atestiguan por primera vez el topónimo como palabra llana: Ναζάρα, lo que allanaría la hipótesis de la pérdida de la vocal final postónica (a cambio de introducir la dificultad no pequeña de que se perdiera una vocal /a/ final).

Para acabar de adornar la hipótesis, el gentilicio de los habitantes de Nazar es «nazareno/a». Así, tal cual. Doy por hecho que los etimólogos que se enfrentaron antes de mí a este misterio, pensaron que se trata de un gentilicio sobrevenido, apegado falsamente a un topónimo que solo por casualidad se parece al del pueblo en el que vivía la sagrada familia. Pero bien puede ser que no, que el gentilicio sea el que corresponde desde un principio. Dixi (o, dicho en griego, εἶπον).

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Leo en A Global History of Architecture (3ª edición), de Ching, Jarzombek y Prakash (ISBN 9781118981610), que:

Algunas ciudades se convirtieron en grandes potencias militares, sobre todo Venecia y Génova, que construyeron vastos imperios navales en el Mediterráneo y el Mar Negro. Padua también fue una de estas ciudades. Tras un devastador incendio en 1174, adquirió especial relevancia. En el centro de la ciudad se construyó un impresionante edificio público, llamado Palazzo della Ragione («Palacio de la Justicia»), con un enorme salón de actos de unos 81 metros de largo y 27 de ancho. Con una bóveda de madera como un casco de barco invertido, fue en su momento el mayor espacio interior de Europa, y posiblemente del mundo. Su lado largo daba a la plaza de la ciudad y estaba flanqueado por una galería de arcos de dos niveles. (p. 412, negritas mías.)

Encuentro en Wikimedia Commons toda una categoría de imágenes del lugar, de la que destaco esta por su claridad. Tarde o temprano, tengo que ir a verlo, y estar y sentirme dentro, como quien está dentro de un caballo de Troya.

Interior del Palazzo della Ragione de Padua
Palazzo della Ragione, foto de Zairon en Wikimedia Commons, con licencia CC By-Sa 4.0 Internacional.

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Paula Ortiz, la directora de cine española, es joven (quiero decir, para mi edad; o sea que tiene menos de porrocientos años) y guapísima. Por lo que sea, he buscado su nombre en Google y… !toma ya! El algoritmo ha elegido para representarla de forma más destacada una foto en la que sonríe mazo (juzguen ustedes aquí abajo, en la foto grande de la izquierda). Una foto que le hice yo mismo en persona el día que presentaba no recuerdo qué sarao en la Librería Cálamo de Zaragoza.

Captura de pantalla de una búsqueda de Paula Ortiz en Google

Subí la imagen a Wikimedia Commons (aquí en todo su esplendor) para insertarla luego en su página de Wikipedia en español, y con el tiempo alguien la cambió por otra. He hecho ya unas cuantas fotos de personalidades del artisteo, la filología y la cultura en general para Wikipedia, pero seguramente ninguna tan bonita como esta. Me pregunté una vez cómo fue así, y por qué salió igual de sonriente Pepa Blanes, una escritora amiga suya a la que hice una foto en una ocasión idéntica.

La directora de cine Paula Ortiz, fotografiada junto a la librería Cálamo de Zaragoza (España) La escritoria Pepa Blanes, fotografiada junto a la librería Cálamo de Zaragoza
Paula Ortiz y Pepa Blanes, autoras cada una de lo suyo y amigas, fotografiadas por mí.

Y me di una respuesta curiosa que tiene todos los visos de dar en el clavo. Seguramente sonrieron tanto porque yo, a mi vez, estaba sonriéndoles a ellas mucho, y les hice tilín en las neuronas espejo que dice la ciencia que tienen (¿tenemos?) las personas empáticas; bueno, que dice la ciencia que tenemos todos, aunque algunos no ejerzan. Eso, y que me gusten tanto las chicas jóvenes, explicaría por qué en cambio los hombres me salen en las fotos tan serios: porque a estos no les sonrío tanto. Lógico de toda logicidad. Por cierto, que cuando le dije a uno, después de una primera toma en la que salió muy serio, «Y ahora una sonriendo», no le hizo ninguna gracia. Otrosí lógico.

Movido de la curiosidad, hago clic en la página de resultados de Google sobre Paula Ortiz, y la sorpresa salta cuando veo que el enlace no dirige a Wikimedia Commons, sino a su página en la Internet Movie Database (IMDB), donde yo no figuro como autor de la foto ni como nada. Simplemente no figuro en ella, ni yo ni la licencia Creative Commons By-Sa 4.0 International bajo la que la publiqué, tal y como debería ocurrir según establecen los términos de la licencia y figura en Wikimedia Commons. Que me la están robando, vamos. Me sorprende, aunque solo un poco, viniendo de un sitio tan profesional. En fin, que me toca ahora darles un toque para que dejen de robarme, bien añadiendo los datos que se han comido (autoría y licencia, con los enlaces correspondientes) o borrándola de su plataforma, lo que sería una pena teniendo en cuenta lo guapa que está la chica. «¡Las pastelerías cerradas y los bombones por la calle!» que gritaba el otro y he usado yo alguna vez con resultados variopintos de crítica y público. Salud, Paula y Pepa, si me leéis. ;)

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He leído el librillo de Manuel Toscano, profesor de Filosofía en la Universidad de Málaga, Contra Babel. Ensayo sobre el valor de las lenguas (ISBN: 9788419874528). Me ha confirmado, como esperaba, en muchas conclusiones a las que había llegado antes: el efecto pernicioso e interesado del uso de la metáfora de la «muerte de las lenguas» (no muere nada, lo que hay es un cambio de comportamiento de los hablantes), que el monolingüismo no es tan normal como a menudo se vende, que la desaparición de lenguas es un efecto inevitable del aumento del contacto entre sociedades antes aisladas, que aprender una lengua a un nivel avanzado no es nada fácil (y lo que eso implica para la decisión de aprender unas u otras), etc. Y me ha iluminado aspectos en los que no había caído: por ejemplo, que el bilingüismo pudo perdurar en sociedades estamentales porque el poder que vivía en las ciudades no se comunicaba directamente con el habitante de los pueblos, sino por medio de intermediarios bilingües (el capitán, el alcalde, el cura).

Portada de Contra Babel. Ensayo sobre el valor de las lenguas

He echado en falta reflexión que traigo aquí por si sirve a alguien. Con respecto al concepto tramposo de «lengua propia», no dice el autor que, en la mayoría de los casos, ni siquiera cumple las condiciones que le atribuyen sus defensores. Lo diré con el ejemplo. En Cataluña el catalán es una lengua propia en el sentido de que pertenece a sus hablantes; pero también es lengua propia el español que pertenece a sus hablantes de lengua materna española, tan catalanes como los primeros.

¿Se llama al catalán lengua propia en el sentido de que no ha venido de fuera? El español llegó a Cataluña viniendo desde fuera, de Castilla a partir del siglo XV, exactamente como el catalán (en su forma antigua, es decir como latín) vino de la Roma conquistadora desplazando al ibero. ¿Dónde está legislado que 2200 años de continuidad de una lengua en un territorio legitiman y 500 no?

Si quieren llamarla «propia» destacando su originalidad, como un rasgo cultural no compartido con otros, mienten de nuevo. El catalán es de sus hablante catalanes, pero comparten la propiedad de esa lengua con los hablantes del Rosellón francés, los andorranos, los aragoneses, los valencianos y los baleares (igual que los vascos españoles comparten el idioma vasco con los navarros y los vascos franceses). A esta objeción responden algunos nacionalistas refiriéndose a su gran patria, los Países Catalanes, que englobará algún día todos esos lugares en que se habla catalán (y ya de paso unos cuantos territorios de la Comunidad Autónoma Valenciana en los que no). El imperialismo de la intención (de andar por casa pero imperialista al fin y al cabo) queda patente si imaginamos a un hablante de español que se considere con derecho a formar un estado con todos los territorios del mundo en los que se habla español: la grande España de los Austrias en la que no se ponía el sol.

En fin, solo quedar intentar definirse una lengua como propia porque sea lo contrario a una lengua impropia, pero no sé de nadie se haya atrevido a definir un concepto que resulta insultante solo con ser enunciado.

Dedica el autor una parte importante a hablar del valor de las lenguas, y distingue entre su uso como herramienta de comunicación y su uso, por parte de los nacionalistas, como marcador identitario. Los enfrenta como si el primero fuera un uso utilitario y el segundo solo tuviera relación con los afectos. Echo en falta un análisis que vaya más allá, que señale que el uso del idioma como seña de identidad no es inevitable, sino una elección en la que pesa una utilidad material clarísima: como seña de identidad, permite distinguir entre nosotros (los de arriba y los de aquí) y vosotros (los de abajo y los de fuera), y establecer límites ilegítimos a la competencia por los recursos (riqueza y puestos de trabajo). Es la repetida historia de las clases por nacimiento que inauguraron en la historia conocida los patricios, descendientes de las familias fundadores de Roma, y los plebeyos que se unieron solo un poco después. Pero quedamos en que la Revolución Francesa y las constituciones modernas nos reconocieron a todos como iguales, también con independencia de la lengua que tengamos por materna.

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Hojeando (de hojear, no de ojear, ojo) las páginas del libro La vida secreta de las palabras. Más de 2.000 etimologías para descubrir y entender el castellano (ISBN 9788413842837) he leído por encima que sus autores dan la etimología de gitano como derivado de egipciano, o sea ‘natural de Egipto’, porque supuestamente estos inmigrantes procedían o decían proceder de allí. La etimología es básicamente correcta, pero ¡ay! incompleta. Y es una pena, porque la historia completa de la palabra es mucho más bonita a ojos de los clasicistas (subespecie helenistas), a la que pertenecemos yo, los hipotéticos lectores de este blog y los autores del libro: Shayma Filali, Israel Villalba y Peru Amorrortu, que están además detrás de la cuenta @EtimosDirectos de Twitter. Veamos.

Los gitanos, al llegar a distintos países de Europa Occidental, decían proceder del Pequeño Egipto que, según acuerdo de los estudiosos (aquí y aquí), es el nombre que recibía una parte del Peloponeso que incluía la ciudad de Methoni, en el extremo sudoeste de esa península, aunque para otros estudiosos sería más bien Esmirna y sus alrededores. Así, una de las primeras menciones a un gitano en España lo titula de comes in Egipto Parvo (‘conde en el Pequeño Egipto’). Y por lo mismo otras veces se les llamó grecianos (aquí p. 13).

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Kastro Methonis 01, de Spiros Paraskevopoulos, en Wikipedia, con licencia CC By-Sa 4 Internacional.

La migración de este pueblo, iniciada al parecer en el Punjab en el siglo XI por causa desconocida, es larga y compleja, pero una parte de su historia, y de la historia del vocabulario de su lengua, transcurre en la Grecia medieval. De ahí curiosidades como que drom, del griego δρόμος, signifique ‘camino’ en romaní. O que algunos numerales —las lenguas de los pueblos, por así llamarlos, anaritméticos solo tienen los números más sencillos— los tomaran prestados del griego, como dejan bien a las claras esos efta, oxto, en’a y desh ‘siete, ocho, nueve y diez’ del romaní (aquí). ¡Qué chachi todo esto, primo! (del caló chachipén, claro).

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La etimología es una disciplina menor de la filología, pero también es una de las más agradecidas. Uno cree que lo sabe casi todo (a ver, casi todo lo que acabará sabiendo en su vida, quiero decir, que no es mucho), y de repente, a la vuelta de una línea, se da uno de bruces con una etimología nueva, insospechada y rica. Tal que esta.

Ya hace años que descubrí el balancín, báscula, columpio o grúa llamado por los árabes shaduf, que se usaba en Egipto para subir agua del río a los campos de cultivo gracias a un contrapeso. Me he vuelto a topar con él inesperadamente. Leo en el Liddell, Scott & Jones (1940), a través de Logeion, que de κῆλον ‘asta de flecha’ vienen κήλων ‘viga basculante’ y κηλόνιον (con las variantes κηλώνιον, κηλώνειον y κηλωνήϊον) ‘cigoñal, shaduf’. Parece, pues, que la máquina se llamó en griego así porque su brazo horizontal es poco más que un asta, una viga.

Shaduf usado para subir agua del río Nilo
Shaduf en un grabado de A. B. Edwards A thousand miles up the Nile (1890), p. 73.

Me despierta curiosidad el nombre del ingenio en español: cigoñal o cigüeñal es un derivado de cigüeña, debido a que el cuello y el pico largo de este animal forman una especie de letra gamma mayúscula, una Γ, que se inclina hacia el suelo cuando el ave quiere coger su comidita del barro. En el Dictionnaire Latin-Français de F. Gaffiot (2006) descubro que el latín ciconia, además de al ave, nombraba al cigoñal («3 appareil à puiser lʼeau [fait dʼune longue perche montée sur pivot]») según dicen las Etimologías de Isidoro de Sevilla (20, 15, 3). Y varios diccionarios informan de que tanto el κηλώνιον griego como la ciconia latina eran además un arma de asedio con la que se subía a un grupo de soldados u objetos pesados a lo alto de las murallas. Plinio, Vegecio y Tito Livio dan abundante testimonio de su uso. Una curiosidad más: dice el Lewis and Short A Latin Dictionary (1879) en ciconia II C que esta palabra, en su acepción de máquina elevadora, tiene un sinónimo, el tolleno; el Dictionary of Medieval Latin from British Sources de Ashdowne (1975-2013) afirma que «stabat … telon quod Hispani ‘ciconiam’ vocant» (‘había un telon al que los hispanos llaman cigüeñal’) Balsh. Ut. 51. Mira tú qué gracia.

Pues bien, se me ha ocurrido pensar que esta máquina es la que llamamos en español actual grúa, y esto me ha llevado a otro étimo que encaja en la serie como un guante. En latín grus es la ‘grulla’, el ave emparentada y de pico parecido al de la cigüeña, que según testimonio de Vitruvio (10.19) también designaba a una máquina de guerra, el corvus ‘cuervo’. Del nombre de la grulla viene nuestro grúa. Y, lo que no me esperaba yo para nada: del nombre en griego de este ave, γέρανος ‘grulla’, viene también el de la flor ornamental: γερἀνιον ‘geranio’. Y eso porque, cuando la flor del geranio (que podríamos llamar ‘planta de la grulla’) pierde los pétalos, su fruto adquiere la forma de un pico de grulla o de cigüeña. Los ingleses llaman a la flor crane‘s bill por lo mismo, y crane a la grúa. Toma ya.

Pero lo que más me ha sorprendido ha sido descubrir que en Táctica (19.7 y 67), la obra del emperador bizantino León VI el Sabio del siglo IX, se lee que los griegos de entonces llamaban γἐρανος a un ingenio embarcado en los drómones que tenía forma de letra gamma mayúscula Γ y se giraba naciendo sobresalir su brazo fuera de la borda. Se trata de un pescante, de uno de cuyos extremos colgaban un peso que, una vez puesto alla pendura, dejaban caer sobre los barcos enemigos para perforar su casco. Es decir, lo que en época clásica se llamó un δελφίνιον y llamo en mis escritos delfín de guerra o naval. Me resultó delicioso saber que, no hace muchos años, los arqueólogos que han vuelto a excavar el pecio de Anticitera encontraron entre los restos un bloque de plomo que es el único ejemplar conservado de este proyectil de artillería primitiva. Cómo disfruto, joder.

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Pocas expresiones me transportan con tanta viveza a la infancia como este «a repucha», seguramente porque después de la infancia prácticamente nunca volví a oírla. Para quien no la conozca, la explico. En mi pueblo y alrededores, cuando un niño no quería algo (mejor si en lugar de una sola cosa, eran varias pequeñas), gritaba «a repucha» e inmediatamente todos los demás acudíamos como locos a su lado porque sabíamos que lo iba a tirar al aire para que lo cogiera y se lo quedara quien quisiera y anduviese más listo. Había entre los niños un momento de trastorno mental transitorio y gozoso por hacerse con lo que fuera por su habilidad en cogerlo y gratis: unos cromos, caramelos, no sé, servía cualquier cosa. Y nos lo apropiábamos como si de un milagro se tratara en aquellos años de menos abundancia.

En Tierra Estella cuando una palabra no nos suena a española, damos por hecho que procede del vasco, pero en este caso no es así. A repucha viene del término latino conservado en lenguaje jurídico repudium ‘rechazo’, una palabra relacionada con divortium ‘divorcio’. Según leo por ahí, ambas fueron cambiando ligeramente de significado: repudium significó en latín clásico la manifestación por parte de uno de los cónyuges del deseo de divorciarse, frente al divorcio, que designaba la materialización de este deseo. Y más tarde designó al divorcio cuando no era por mutuo acuerdo de ambos cónyuges sino por el deseo de uno solo. (Hay una tesis doctoral dedicada, entre otras cosas, a esclarecer las diferencias entre uno y otro: Repudium – divortium (origen y configuración jurídica hasta la legislación matrimonial de Augusto), de María Eva Fernández Baquero.)

El a repucha que aún deben seguir gritando los niños de Tierra Estella procede de repudia, el plural de repudium, que es un sustantivo neutro de la segunda declinación, y que a veces se usaba con preposición formando el sintagma ad repudia. Curiosamente tiene un hermano, que podemos llamar mayor, en el verbo repuchar , que figura en el diccionario de la RAE como sinónimo de repudiar sin indicación de que se trate de un localismo, aunque yo nunca lo he oído ni leído. Entiendo que la preposición con que empieza la expresión a repucha no procederá de la expresión latina ad repudia, sino que se trata de la preposición a del español que se usa para indicar la manera de hacer algo, como en a lo bruto o a la remanguillé. Así, los niños (o los leguleyos de los que aprenderían la expresión) dirían a repucha queriendo decir ‘a la manera del divorcio, como se rechaza lo que ya no se quiere tener con uno’.

Sobre la evolución fonética, no puedo decir gran cosa, salvo que no se produce la evolución estándar del castellano: en el grupo «vocal + D-yod» (yod tercera la llaman) estas evolucionan a «y», como en RADIARE > rayar. Aunque a veces evoluciona a /dz/, como en GAUDIUM > godzo > gozo. Tal vez la africada / t͡ʃ /, o sea che, de repucha sea un resultado de la evolución de ese /dz/ intermedio: REPUDIA > repudza > repucha (el catalán rebutjar ‘rechazar’ tiene esa misma consonante palatal), y que se conserve la oclusiva /p/ sugiere que estamos ante una evolución del navarroaragonés, pero aquí lo dejo porque no sé más.

Busco la expresión a repucha en internet, y confirmo que se trata de un localismo, porque solo se usa en cuatro textos, escritos todos por personas de Tierra Estella: un Barnó arquitecto, un Martínez Vicuña fotógrafo, un cronista local anónimo y un Mañeru Sanz de Galdeano metido a lexicógrafo.

De todo lo cual tomo nota, publico y doy fe para el recuerdo de los siglos venideros en Zaragoza a 21 de abril de 2024, día en que se cumple el 2777 aniversario de la fundación de Roma y víspera de la festividad de San Jorge, Άγιος Γεώργιος para los amigos.

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