Autor: Agustín García Gómez
Que el lector no espere otra cosa, sino recordación y sentimentalidad».
Ha sido difícil iniciar el tema que hoy presentamos, pues todos nosotros –los bejaranos de nacimiento y los de adopción, los bejaranos residentes, los ausentes y los retornados– sentimos negativamente, muy dentro, el retroceso general que sufre nuestra ciudad como resultado de su desindustrialización en los últimos –ya casi cincuenta años o más–. Sus drásticas consecuencias en el deterioro urbano, la reducción de la actividad económica y comercial, y la disminución y envejecimiento de la población son el espejo roto de un pasado más próspero, cuando la ciudad fue destino de una inmigración buscadora de un sustento suficiente y honrado que en Béjar se obtenía. Esta situación actual distancia y aísla a Béjar del desarrollo y la prosperidad general del resto del país.
Caserío bejarano desde la Cámara Oscura
Fue la desindustrialización local la que lentamente acalló a las fábricas textiles que habían sido la fuente del sustento principal durante casi trescientos años, y diseminó a varios miles de trabajadores: unos a la recolocación (los menos), otros a la emigración (los más jóvenes) y los más al desempleo y la jubilación (los de más edad). Además, ha dejado tras de sí un rastro de esqueletos fabriles agarrados a nuestro Río Cuerpo de Hombre, como navíos naufragados incapaces de resistirse al abandono y la ruina. Apagado el «trac-trac» de las máquinas tejedoras, ahora solo se oye el silencio y el ulular de los vientos serranos que se cuelan por los socavones de sus techumbres. Las fábricas ya no huelen a tejidos, ya no huelen a trabajo, ni a esfuerzo y sudor humano. Ya no suenan las sirenas de antaño llamando al tajo a los proletarios bejaranos.




