Toda religión establece un dualismo fundamental entre lo sagrado o trascendente, lo que hay más allá del mundo perceptible, y lo profano o inmanente, donde lo sagrado se manifiesta a través de hierofanías de todo tipo: objetos, ritos, palabras en las que lo invisible se hace visible. Este dualismo está fuertemente implantado en la humanidad arcaica, y sigue actuando poderosamente en nuestros días, a despecho de la visión cientifista y materialista que reflejan triunfalmente los medios de comunicación y la academia, como una fase definitiva del progreso humano. Según el Pew Research Center, más del 56 % de la población mundial es monoteísta (31 % cristianos, 25 % musulmanes, por debajo del 1 % judíos) y al menos el 84 % está adscrita a alguna creencia religiosa[i]. En contra de quienes interpretan la pujanza de las creencias religiosas como una rémora, o una reacción, Mircea Eliade enseñó que la religión no puede reducirse a explicaciones psicológicas o sociológicas. “Lo absoluto no puede extirparse: puede sólo degradarse.” Esta degradación explicaría en buena medida las derivas ideológicas del siglo pasado y del momento presente. Eliade sostuvo la naturaleza esencialmente dualista del pensamiento arquetípico. “La existencia humana discurre, pues, simultáneamente en dos planos paralelos: el de lo temporal, el devenir y la ilusión y el de la eternidad, la sustancia, la realidad.”[ii]
El monoteísmo no es más que la forma intelectualmente superior de este dualismo, nacida de la síntesis de los pensamientos hebreo y griego, que en términos ontológicos se expresa con los conceptos de lo creado y lo increado. Dios, el ser increado, habría creado todos los demás seres de la naturaleza o el mundo sensible. La clave del monoteísmo es que no permite reducir lo creado a una mera emanación o desenvolvimiento del Creador (lo que a la postre nos llevaría a un monismo de lo increado) ni tampoco como un producto de una materia informe primigenia (como en los mitos mesopotámicos, griegos, etc. de la creación), que sería también increada en última instancia, sino que considera la creación como una producción absoluta (ex nihilo) y libérrima, obra de un Ser personal omnipotente. Esta concepción personalista de la divinidad no responde a un sesgo antropomorfista, como se suele creer vulgarmente, sino a una necesidad imperiosa de la lógica dualista. Si Dios no fue absolutamente libre de haber creado el mundo, o la materia de éste preexistía a la creación en un estado caótico, de algún modo volvemos a una ontología monista en la que todo es increado, más allá de las transformaciones o desarrollos que experimente. De ahí que la crítica habitual del ateísmo (¿Quién creó a Dios? ¿Por qué no ahorrarnos un paso y decir que el universo es increado?) permanece ciega ante la cuestión de si la realidad es de carácter monista o dualista, como si la primera posibilidad no presentara ningún problema. En realidad, ¡la historia entera del pensamiento se puede resumir como los intentos de resolver las aporías que plantea el monismo!
Existe, en efecto, una tendencia intelectual hacia el monismo, que es incluso anterior al monoteísmo, y que en parte podría explicarse por la búsqueda de la máxima simplicidad o la unidad. Entre los filósofos presocráticos encontramos los primeros intentos de comprender la realidad como una sustancia única, eterna y autosuficiente. Parménides expuso esta visión de un modo radical que marcaría toda la filosofía occidental. Para él, el Ser es eterno, no puede haber empezado a ser en algún momento. “Pues, ¿qué necesidad le habría impulsado a nacer después más bien que antes, si procediera de la nada? Por tanto, es necesario que sea completamente o no sea en absoluto.”[iii]
Implícitamente aquí nos está diciendo Parménides que el ser debe tener en sí mismo el principio de su propia generación, pues la nada no puede contener nada. Este ser es el que luego la teología cristiana denominará Ser necesario, identificado con Dios, como enseguida veremos. Pero en Parménides no existe tal identificación, porque desconoce el concepto de creación. Para el filósofo griego, el devenir, los seres que aparentemente nacen y mueren, sencillamente no pueden ser reales, no pueden ser verdaderamente. Pertenecerían al mundo de las “opiniones de los mortales, en las que no hay verdadera confianza [iv].” El problema que generó la radicalidad de Parménides, restando validez a la mayor parte de los conocimientos humanos, que tratan sobre las cosas temporales, las que nacen y mueren, fue inmediatamente percibido. Si el devenir consiste en una ilusión, al menos existe la ilusión como tal, habría un ser de lo que aparece y desaparece, contrapuesto a lo eterno e inmutable. El monismo se enfrentó desde su primera formulación a la primera objeción dualista, entre el ser y el devenir, entre el Uno y la pluralidad, que no se dejan fundir en una sustancia única.
Empédocles adelantó una aparente solución que, a través de muchos avatares, perdura incluso en la física moderna. El principio de que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma, tiene su antecedente remoto en este pensador, cuando afirma: “Otra cosa te diré: ningún ser mortal tiene nacimiento, ni existe el fin de la muerte detestable, sino sólo la mezcla y el intercambio de lo que está mezclado -a esto es a lo que llaman nacimiento los hombres.”[v]
Lo que llamamos nacer y morir, tanto referido a las cosas como a los seres humanos, no es más que un mezclarse y separarse de elementos que en sí son eternos. Claro es que esta idea no ha consolado realmente nunca a nadie de la muerte, si hemos de ser sinceros. Pero lo que importa aquí no es si nos consuela más o menos, sino si realmente conseguimos salvar el hecho de que antes de nacer, por mucho que existieran los elementos químicos de nuestro organismo, no existíamos como ser humano dotado de movilidad y pensamientos. Porque este problema se da también con los demás seres vivos y con los inanimados. El árbol como tal no existe antes de que su semilla germine, la mesa no existe antes de ser fabricada. Los seres que aparecen y desaparecen siguen siendo innegables, a despecho del ser necesario y eterno. ¿Qué relación hay entre ambos? ¿Cómo de un ser eterno puede surgir el devenir, el cambio?
Un intento de retomar la idea de Parménides, negando la realidad del tiempo con una poética reivindicación de la eternidad de cada instante, ha sido emprendido recientemente por Emanuele Severino. Pero es patente que lo único que consigue este pensador italiano es reintroducir clandestinamente el devenir en las mismas palabras con las que lo niega: “El sentido auténtico del devenir es otro, oculto por completo a nuestra cultura: el devenir es la «manifestación», el progresivo «aparecer» de lo eterno (o sea, del Todo). En este sentido, sólo lo eterno puede «devenir»[vi].” Al lector no se le habrá escapado la palabra “progresivo”, que nos cuela el tiempo de nuevo, se quiera o no. Por muchas piruetas verbales que hagamos, es imposible negarlo.
De esta realidad incontestable de los seres que nacen y mueren, contradiciendo la inmutabilidad apodíctica del ser, pero al mismo tiempo admitiendo el principio parmenídeo de que nada puede salir de la nada absoluta, extrae Santo Tomás de Aquino su prueba de la existencia de Dios conocida como tercera vía. Es inexcusable citarla entera:
“Hallamos en la naturaleza cosas que pueden existir o no existir, pues vemos seres que se producen y seres que se destruyen, y, por tanto, hay posibilidad de que existan y no de que no existan. Ahora bien, es imposible que los seres de tal condición hayan existido siempre, ya que lo que tiene la posibilidad de no ser hubo un tiempo en que no fue. Si, pues, todas las cosas tienen la posibilidad de no ser, hubo un tiempo en que ninguna existía. Pero, si esto es verdad, tampoco debiera existir ahora cosa alguna, porque lo que no existe no empieza a existir más que en virtud de lo que ya existe, y, por tanto, si nada existía, fue imposible que empezase a existir cosa alguna, y, en consecuencia, ahora no habría nada, cosa evidentemente falsa. Por consiguiente, no todos los seres son posibles o contingentes, sino que entre ellos, ha de haber alguno que sea necesario. Pero el ser necesario o tiene razón de su necesidad en sí mismo o no la tiene. Si su necesidad depende de otro, como no es posible, según hemos visto al tratar de las causas eficientes, aceptar una serie indefinida de cosas necesarias, es forzoso que exista algo que sea necesario por sí mismo y que no tenga fuera de sí la causa de su necesidad, sino que sea causa de la necesidad de los demás, a lo cual todos llaman Dios.” (Suma Teológica, 1 q.2 a.3[vii])
Este célebre pasaje merece un comentario muy minucioso, prácticamente de cada término. Aquí me limitaré a señalar dos puntos básicos. En primer lugar, el santo parte del hecho incontestable de que en la naturaleza hay seres que nacen y mueren, es decir, que pueden existir o no. La cuestión de la posibilidad de existencia es clave. No se trata sólo de que los seres del mundo sensible se nos muestran de duración limitada, con principio y final, sino que podrían no haber existido (o haber sido de otro modo). Esto es algo que, como vio Leibniz, no depende del hecho de su caducidad, sino de la mera posibilidad lógica que tenemos de pensar en cualquier otro orden de las cosas que no sea contradictorio en sí mismo. Hoy sabemos que la ciencia apoya plenamente que el universo no es eterno, y de hecho se calcula su antigüedad, desde el Big Bang inicial, en menos de 14.000 millones de años[viii]. Pero más decisivo incluso que este hecho es que la observación experimental no puede aportar razones necesarias por las cuales las leyes y constantes físicas que rigen este universo tengan que ser las que son y no otras. La contingencia del mundo físico es una realidad tan rotunda que todos los esfuerzos de filósofos por negarla, por entender el universo como algo eterno, como una sustancia inmutable a través de sus cambios aparentes, se revelan simplemente como una huida desesperada del dualismo entre lo creado y lo increado, reduciéndolo todo a lo último.
Leibniz, retomando el argumento de la tercera vía de Santo Tomás, definitivamente lo centra en la cuestión de la posibilidad, sin necesidad de entrar en debates sobre la naturaleza del devenir. Por eso afirma:
“Dios es la primera razón de las cosas, porque las que son limitadas, como todo lo que vemos y experimentamos, son contingentes, y nada hay en ellas que haga necesaria su existencia; siendo muy claro que el tiempo, el espacio y la materia, homogéneos y uniformes en sí mismos e indiferentes a todo, podían muy bien recibir cualesquiera otros movimientos y figuras y en un orden distinto. Por consiguiente, es preciso buscar la razón de la existencia del mundo, que es el conjunto de las cosas contingentes y es necesaria buscarla en la sustancia que tenga en sí misma la razón de su propia existencia y que sea por lo mismo necesaria y eterna[ix].”
Todo el argumento inmanentista (ateo) según el cual podemos ahorrarnos un ser necesario trascendente, y considerar directamente que el universo es necesario y eterno, se reduce sencillamente a ignorar, a saltarse a la torera la constatación inicial de que el mundo no es necesario ni eterno, sino que podría no haber existido o ser de otra manera. Y ello implica también la refutación de otra objeción: que aun admitiendo un ser necesario trascendente, sería arbitrario identificarlo con el Ser personal del monoteísmo. Pues como prosigue Leibniz, justo tras el punto y seguido de la cita anterior:
“Es preciso también que esta causa sea inteligente; porque siendo contingente este mundo que existe, y siendo igualmente posibles una infinidad de otros mundos, y aspirantes también a la existencia, por decirlo así, lo mismo que aquel, es imprescindible que la causa del mundo haya tenido en cuenta o consideración todos estos mundos posibles al determinar uno. Y esta consideración o relación de una sustancia existente respecto a las simples posibilidades, no puede ser otra cosa que el entendimiento en que se dan las ideas de todas ellas, y el determinar la existencia de una, no significa otra cosa que el acto de la voluntad que escoge; y el poder de esta sustancia es el que hace que esa voluntad sea eficaz. El poder se encamina al ser, la sabiduría o el entendimiento a lo verdadero, y la voluntad al bien. Y esta causa inteligente debe ser infinita en todos conceptos, y absolutamente perfecta en poder, en sabiduría y en bondad, puesto que alcanza a todo lo que es posible.”
Leibniz no trata de probar aquí la existencia de un Ser personal trascendente desde un finalismo basado en la observación del ex gubernatione rerum o “gobierno del mundo”, como hizo Santo Tomás en su quinta vía o prueba de la existencia de Dios[x], sino que la deduce del mismo hecho de la contingencia, haciendo de ambos argumentos clásicos (el de la contingencia y el finalista) un solo argumento compacto. Si hay infinitos universos posibles, para que la existencia de uno en concreto no sea un hecho irracional irreductible, para que no eluda del Principio de Razón Suficiente[xi], debe haber una inteligencia primordial que lo haya elegido. Y esa inteligencia debe ser omnisciente (al elegir entre infinitas posibilidades) y omnipotente, al dar existencia a algo desde la total inexistencia. No menos importante: debe ser absolutamente buena, porque la voluntad por definición tiende al bien. Como ya enseñó Boecio, la limitada voluntad humana desea a veces el mal porque confunde un bien parcial, relativo -el dinero, la fama, etc.- con el Bien absoluto. “El fin de todas las cosas (…) es aquello que todos los seres desean, y como ya establecimos que se trata del bien, podemos concluir que el bien es el fin de todas las cosas[xii].”
Hay una objeción de moda a la idea del Dios que elige nuestro universo entre infinitos otros: las variadas teorías del multiverso. Resumidamente, estas proponen que no habría necesidad de tal elección porque existen infinitos universos. Pero aparte de lo absurdo que supone “ahorrarnos” la existencia de un Ser trascendente por el procedimiento de postular infinitos universos, igualmente invisibles desde el nuestro, un sencillo análisis demuestra que no resuelve la cuestión. Pues lo mismo que podrían existir infinitos universos, podría existir sólo cualquier número limitado de ellos, desde uno a n. Es decir, el multiverso M o conjunto de todos los universos posibles es también un universo más, y no existe razón suficiente para que exista M en lugar de cualquier otra combinación de universos. Una versión particularmente radical del multiverso es la que propone Max Tegmark[xiii], según el cual toda realidad física se reduce en última instancia a objetos matemáticos, que por su propia naturaleza son eternos. Como es fácil ver, se trata del enésimo intento de negar el tiempo y la contingencia, ignorando que existan seres caducos que podrían existir o no. Todo lo que experimentamos no es más que meras esencias matemáticas, por lo que el experimentar mismo, lo que llamamos vida en el sentido existencial, queda relegado al reino de la ilusión, como el devenir de Parménides. Es decir, resta paradójicamente inexplicable, lo que contradice de nuevo el Principio de Razón Suficiente.
Pasemos ahora al segundo punto de reflexión que se desprende de la cita de Santo Tomás, y también de la de Leibniz. La contingencia del universo nos lleva de manera incontestable a plantear la existencia de un Ser necesario, y hemos visto que este ser, a diferencia de los seres contingentes, debe tener en sí mismo la razón de su existencia, si queremos evitar la regresión al infinito. Ahora bien, si hay un ser tal, ¿no bastaría conocer esa razón para demostrar que existe, independientemente de que exista el universo? Es el llamado argumento ontológico, que parte de la propia definición de Dios en lugar de la reflexión sobre el universo o argumento cosmológico. Kant sostuvo que aunque pudiera probarse que debe existir un Ser necesario, ello no demostraría que sea trascendente, distinto del universo. “La prueba puramente cosmológica no puede demostrar la existencia de un ser necesario de otro modo que dejando sin decidir si ese ser es el mundo mismo o una cosa distinta de él[xiv].”
Es verdad que la afirmación de que existe tal ser no demuestra que exista algo además de él. (Dios podría no haber creado el mundo, si no hubiera querido.) Pero, contra la afirmación kantiana, lo que sí sé es que yo existo y que yo no soy un ser necesario: ¡yo no soy Dios! Este sería el resumen más drástico de todos los razonamientos anteriormente expuestos. Si hay un ser necesario, y dado que existe evidentemente algo que no lo es, aquél tiene que ser trascendente.
Dado que Kant creyó eliminar el argumento cosmológico negando que fuera independiente del argumento ontológico, centró contra éste toda su artillería. En este escrito no podemos hacer una crítica razonada del idealismo kantiano. Basta con apuntar que aunque se nos presente como una pura gnoseología, no deja de postular supuestos metafísicos sobre el sujeto y el objeto, tanto más dudosos cuanto que ni siquiera es consciente de ellos. Otra cosa es admitir que el primer enunciador del argumento ontológico, San Anselmo, lo planteó de un modo poco convincente. Según el santo, un ser más perfecto que todos incluiría en sí mismo la existencia, porque existir supone más grado de perfección que no existir. Por tanto, el ser más perfecto que todos, al que llamamos Dios, tiene que existir. Es fácil ver que el problema de este razonamiento estriba en que el concepto de perfección parece contener un juicio de valor (existir es mejor -más perfecto- que no existir) que ha sido visto no sin razón como un defecto de circularidad lógica. Más depurada es la versión de Leibniz del argumento. Según él, no existe ninguna contradicción en suponer un ser cuya esencia implica la existencia. Ahora bien, puesto que este ser es lógicamente posible, por ese mismo motivo tiene que existir[xv]. (¡Lo contradictorio sería que no existiera un ser cuya esencia implica la existencia!)
Schopenhauer sostuvo exactamente lo inverso. Según él, un ser que sea razón de sí mismo es contradictorio, porque el concepto de necesidad remite siempre a una explicación externa al objeto explicado, es una consecuencia. “Toda necesidad está condicionada; una necesidad absoluta, es decir, incondicionada, es una contradictio in adjecto. Pues ser-necesario no puede significar nunca otra cosa más que seguirse de una razón dada[xvi].” El filósofo alemán extrajo de aquí toda su filosofía irracionalista. Para él la verdadera realidad no es más que una voluntad ciega y sin objeto, eternamente insatisfecha. Pero lo sorprendente no es tanto esta conclusión, como la frivolidad de su premisa, una simple aseveración semántica sobre lo que debemos entender por “necesario”. Es como si afirmáramos que la ballena es un animal fantástico porque los animales acuáticos no son mamíferos, en lugar de estar dispuestos a revisar nuestra propia definición de animal acuático.
Desde luego, si hay una razón de todo, como formuló Leibniz, por fuerza debe haber un ser último (si queremos evitar la regresión al infinito) que sea razón de sí mismo. Que el lenguaje no haya surgido para expresar un concepto como el de ser necesario no hace menos ineludible la necesidad (la redundancia es deliberada) de que exista. De lo contrario el todo mismo queda suspendido en la irracionalidad, en la contingencia, en la desdichada búsqueda de un sentido inexistente. Y esto no es realmente una alternativa. No podemos elegir creer auténticamente entre un universo racional, creado por un Dios omnisciente, y un universo radicalmente irracional, porque toda nuestra existencia, hasta el gesto más nimio, presupone que existe un orden inteligible. Un mundo de quimeras y monstruos que vienen a romper el orden cotidiano, como imaginó Sartre en su novela La náusea, un mundo sin Principio de Razón Suficiente, es francamente inadmisible, equivalente al de quienes pretendieran negar el cambio por atenerse radicalmente a la ontología de Parménides.
Vemos, por tanto, que cuando negamos el dualismo entre lo creado y lo increado acabamos teniendo que negar o bien el devenir o bien la inteligibilidad del universo. La extendida creencia de que el monismo ateo sería una concepción más racional o más aferrada a los hechos se revela como una flagrante inversión de la verdad. El dualismo del Creador y las criaturas es el único que permite dar cuenta de la racionalidad de las leyes de la naturaleza, el único que permite justificar cómo del ser eterno puede surgir el cambio y el devenir. La tentadora simplicidad del monismo paga un alto precio: o bien convierte el universo en algo incomprensible, carente de un sentido último, o bien lo reduce a una ilusión, en sí misma inexplicada. Esto se muestra con poderosa viveza cuando por ejemplo se trata de reducir los fenómenos mentales a procesos puramente neuroquímicos. Aunque la relación entre ambos está abrumadoramente comprobada, no es menos cierto que nuestra experiencia subjetiva no se deja aniquilar, sino que es algo completamente heterogéneo respecto a los procesos moleculares que suceden en un reducido espacio dentro de nuestro cráneo. Quien diga que nuestros pensamientos, nuestras emociones “no son más” que interacciones bioquímicas en nuestras sinapsis neuronales, literalmente miente: son algo además que eso, como todos percibimos con total evidencia, por muy estrechamente que estén ligados a ellas.
La civilización occidental parece ser la primera en haber prescindido casi por completo de la religión, de lo sagrado, en su espacio público. Está por ver por cuánto tiempo este experimento, contrario a los más profundos anhelos del ser humano, y basado en presupuestos que son, como hemos visto, más que discutibles, podrá sostenerse, o a dónde nos conducirá. Pero al mismo tiempo, nuestra cultura judeocristiana es la que se ha adentrado más profundamente en la comprensión racional del dualismo. Qué sentido tiene esto para el destino de nuestras sociedades, es un misterio abierto a la esperanza.
[i] https://www.pewresearch.org/religion/feature/religious-composition-by-country-2010-2050/
[ii] Mircea Eliade, Tratado de historia de las religiones, Ediciones Cristiandad, 2009, pp. 604 y 638.
[iii] G. S. Kirk, J. E. Raven, M. Schofield, Los filósofos presocráticos, ed. Gredos, 1987, p. 359.
[iv] Ob. cit., p. 366.
[v] Ob. cit., p. 414.
[vi] Emanuele Severino, El parricidio fallido, Destino, 1991, p. 204. Es inevitable sacar de este libro la irónica conclusión de que el verdadero parricidio fallido no es el de quienes tratan de matar a Parménides, sino el de quienes creen haber matado a Dios.
[vii] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, BAC, 1957, tomo 1, p. 120.
[viii] Frente a la abundante literatura a medio camino entre la divulgación científica y la especulación cosmológica poco rigurosa filosóficamente, que de un modo u otro sostiene tesis de universos cíclicos sin principio ni fin, los resultados de la ciencia que muestran la finitud temporal del universo son abrumadores. Véase el libro de Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies, Dios. La ciencia. Las pruebas, Ed. Funambulista, 2023.
[ix] Gottfried W. Leibniz, Teodicea, Ed. Biblioteca Nueva, 2014, pp. 130-131.
[x] El evolucionismo ateo se ha cebado desde Darwin en ridiculizar los argumentos finalistas. Una presa equivocada, porque la existencia de fines es una consecuencia del teísmo, no al revés. Podemos intuir, con razón, que las cosas tienen una finalidad, pero es ocioso determinar cuál en cada caso.
[xi] Ob. cit., p. 152
[xii] Boecio, Consuelo de la filosofía, Acantilado, 2020, p. 112.
[xiii] Max Tegmark, Nuestro universo matemático, Antoni Bosch Editor, 2015.
[xiv] Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, Alfaguara, 1986, pp. 415-416.
[xv] G. W. Leibniz, Monadología, Ed. Orbis, 1983, p. 35, n. 12.
[xvi] Arthur Schopenhauer, Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente, Alianza Ed., 2023, p. 270.










