martes, diciembre 30

entre empedrado y tejadillo

"... cervezas y leones. Hambrientos buscaban alimento en las tierras de tu vientre. El cielo ensangrentado aclaraba sus fronteras. La ciudad amanecía en ruinas. Hacerlo despacio era una forma de despertar de un modo tan leve como cuesta el recuerdo. Abrir y cerrar los ojos sin hacer ruido. Las azoteas eran viejas antenas de televisión y tanques cilíndricos de agua, muros grises, revestimientos de material aislante, terrazas de granito con barandas esculpidas en los primeros años del siglo veinte, cerca de aquí, cerca del puerto. Gritaban las ventanas cegadas por cartones y una mujer tendía la ropa con presteza en los cables eléctricos. El salón de la casa estaba decorado con valiosos muebles antiguos, azulejos hidráulicos heridos por grietas, columnas corintias, huéspedes homosexuales, leones saciados... "

apuntes de un ajedrecista.lahabana.diciembre2008

domingo, diciembre 7

palomas de aeropuerto

Las palomas se posan en el tragaluz cada noche cada noche. Duermen con las alas abiertas y las plumas ahuecadas para protegerse del frío de diciembre cada noche de diciembre y zurean al amanecer antes de volar sobre las gárgolas hasta las gárgolas. En los parques del invierno y en las avenidas de las capitales de provincia entre las hojas de árboles caducos y las hojas de periódicos atrasados encuentran a duras penas cada mañana alimento a duras penas. Posadas en las cuerdas de tender la ropa que el viento hace silbar en las azoteas desiertas, a salvo de zarpazos y paramixovirus, observan el horizonte y la ciudad y la ciudad y el horizonte cada día cada día.

Vuelan.

formentera.tres semanas

viernes, diciembre 5

gORDO

María y yo cumplimos años el mismo día. Ella nació a las ocho de la tarde. Yo a las seis de la mañana. Ella mecida en los brazos del mar. Yo dormido en la sombra de las murallas. Y no lo supimos hasta que Nicolás se acercó esta tarde y dijo felicidades. María y yo respondimos gracias.

Nicolás dice un amigo lo es de verdad cuando te deja ver la fotografía de su carné de identidad. Fue así como descubrió que ella y yo nacimos el mismo día, el mismo año. María a las ocho de la tarde. Yo a las seis de la mañana. Recuerdo que estábamos sentados en las almenas con la vista puesta en un horizonte oblicuo de verano y desdibujado. Nicolás preguntó ¿me dejas tu deneí? Le miré extrañado pero no pregunté y, tras sacarlo del bolsillo izquierdo del pantalón, lo dejé en la palma de su mano derecha. Tienes cara de cansado, dijo mientras miraba de nuevo al horizonte y me lo devolvía. Estabas más gordo, chaval, concluyó, imitando a El Cojo. Nos echamos a reír.

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lunes, diciembre 1

pROFUNDAS

Millares de hormigas abandonan en fila india los rincones de la casa camino a sus cuarteles de invierno. Llegó el tiempo de la venganza: cada noche de frío, en las cavidades más profundas de los hormigueros, ríen a coro la muerte de una cigarra.

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lunes, noviembre 24

yERMA

Nicolás y yo nos emborrachamos como elefantes algunas noches de invierno y dormimos sueños pesados y desdibujados sentados en bancos de estación, abandonados a merced del viento que hiere la ciudad yerma. Las farolas que nos iluminan rielan en el río y lentamente alcanzan los meandros y las barriadas del extrarradio y se apagan y despiertan en el mar a la mañana siguiente, en los rincones del estuario donde la bruma se desvanece. Sin saberlo, aguardamos la llegada de diciembre.

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lunes, noviembre 17

Música en el pabellón del hospital

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The Lying-in Hospital abrió sus puertas en el Northside de Dublín en el año mil setecientos cincuenta y siete para atender durante el embarazo y el parto a las mujeres pobres de la ciudad. En uno de los pabellones, de planta circular y conocido por ello como “the rotunda”, las mujeres grávidas recibían alimento una vez a la semana. “The rotunda” es hoy el Ambassador Theatre.

Con un retraso de cuarenta minutos, mientras yo aguardaba apoyado en la barra que reposara en el vaso de plástico la segunda pinta de Guinness de la noche, aparecieron en un escenario decorado con dos enormes rosas de neón Ryan Adams y The Cardinals. El primero, guitarra eléctrica, órgano Hammond y voz, en la mitad izquierda. Los otros: batería, bajo, guitarra eléctrica y pedal steel en la mitad derecha. Dicen de The Cardinals que son ya el engranaje necesario para el genio de Jacksonville. A la altura de The Band con Dylan, de The Heartbreakers con Petty, de La Aristocracia del Barrio con González. Y así lo creo. Atrás quedaron el miedo a la fama de egocéntrico del norteamericano, capaz de dar por concluido un concierto diez minutos después de iniciarlo, el avión perdido camino de Barcelona por culpa de un barco que no zarpó a tiempo del puerto de Formentera, el helor en la ribera del Liffey, el agua tibia en la ducha de la pensión. Comenzaron a sonar los acordes de Cobwebs, canción del último disco, Cardinology, y a partir de ahí, un repertorio lleno de rock, rock y rock. Escuché Come pick me up y Desire huérfanas de harmónica y con la rabia de estar tan lejos, impresionado por el sonido, la voz y la energía de Ryan Adams (yo no sabía que tocaba la guitarra tan bien; yo no sabía que cantaba tan tan tan bien), la presencia precisa de The Cardinals, Two, la frialdad del público dublinés, maniquíes británicos, Let it ride, la curiosa manía de Adams de ponerse y quitarse la chaqueta con cada cambio de guitarra y así tocar con americana la Stratocaster y en mangas de camisa la Rickembaker, If I am a stranger, la decoración decadente y desconchada del teatro, Cold Roses, el precio desmesurado de las camisetas conmemorativas de la gira, Goodnight Rose, el sabor de la tercera pinta de Guinness y las canciones de Cardinology, que escuchadas en casa no decían nada, planas como un plato de sopa fría, y en directo ponen la piel de gallina. Un bis de seis temas que se hizo esperar y un final de Ryan Adams y el Hammond a solas en el escenario sin más luz que el neón de las rosas y Stop. Ryan Adams, Ryan Adams, Don Ryan Adams.

Mientras aguardábamos en la cola el turno para recoger el abrigo, la bufanda, el gorro y los guantes colgados en el ropero, a nuestro lado un tipo con cuatro pizzas en las manos pedía paso a los seguratas guardianes de las escaleras que conducían a los camerinos. Sí señor: The Cardinals se habían ganado la cena.

dublín.noviembre2008

martes, noviembre 11

iZQUIERDA

Hacer el amor a veces es María que de pie frente a mí se levanta la camiseta y muestra su tripa como las aguas grises de un lago dormido, me mira seria, se acerca lentamente. Poso la palma de mi mano izquierda sobre su ombligo y cierro los ojos. Escucho el ruido de sus entrañas como el rumor del agua hirviendo. Al baño maría. Sonrío y dice en voz baja de qué te ríes. Del ruido que hacen tus tripas, María, respondo sin apartar la mano de su ombligo. A veces como agua hirviendo, a veces como el ábrego en las almenas, a veces como una canción de Van Morrison.

A veces como dos tipos que corren de noche por las azoteas de Teherán perseguidos por la policía, concluye. Iremos a Violín. Quiero escuchar al atardecer el sonido de los dublines.

Hacer el amor a veces es María. A veces soy yo.

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lunes, noviembre 3

rÁPIDOS

En noviembre los recepcionistas de los hoteles pueden dormir toda la noche. De lunes a viernes, ningún huésped les pedirá borracho la llave de la habitación a las cinco de la madrugada. Son días fáciles de noches oscuras. A veces me pierdo en los rincones más pequeños de Ciudad para regresar y encontrarte aún dormida en la mañana. ¿Cuántos monstruos tendremos que inventar para desvelar los sueños rápidos de los niños? ¿Quién va a permitir que el enemigo hastío avance? Los mares del norte se retuercen furiosos con el vientre de ballena dolorido e hinchado. El cielo amanece en rojos que hieren los ojos despiertos.

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lunes, octubre 27

fLUVIAL

El valle de los diciembres secos es una formación kárstica modelada en el transcurrir de los siglos por la fuerza erosiva del río Dormido, sobre cuyas aguas en falúas navegaban las tribus nómadas del norte en dirección al mar. En el décimo día de viaje alcanzaron un meandro de enormes dimensiones y, abrazado a él, en el limo fluvial almacenado en su convexidad, decidieron levantar un asentamiento al que nominaron Ciudad Nueva. Con el paso de los años y el antojo de los gobernantes que ostentaban el poder, Ciudad Nueva pasó a llamarse Ciudad Dormida, Ciudad Blanca y, desde hace noventa y cinco años, simplemente Ciudad, sustantivo que pretende englobar a todas las Ciudades del pasado. Ciudad tiene menos de veinte y más de dieciocho mil habitantes y está construida en forma de espiral. En su centro crecen las raíces de un sauce llorón que preside la plaza del mercado, el zoco donde seis días de la semana María vende fruta y Ricardo fotografías de ciudades hechas desde los aviones. Cuenta la leyenda que los primeros pobladores de Ciudad Nueva extraían la esencia del sauce para combatir el rencor. Desde la plaza, caminando en espiral por la calle Perdida, se llega hasta las murallas, levantadas en tiempos de Ciudad Dormida y en cuyas almenas parvadas de cuervos parecen guardar la ciudad y vigilar el movimiento cotidiano de los arrabales. Nicolás y yo nos sentamos algunas tardes en las almenas mirando al este y contemplamos la curvatura extensa del meandro, las aguas verdes y quietas del río Dormido, el Puente Sin Alas que se eleva sobre ellas y permite alcanzar el extrarradio, las chimeneas de la fábrica de palabras donde trabajamos, el horizonte irregular en las montañas y, a veces, cerramos los ojos e imaginamos el mar. Tres puertas horadan la vieja fortaleza amurallada, las Puertas del Adiós. Una en el norte, otra en el sur y la tercera en el oeste. En cada una de ellas, en los últimos días de Ciudad Blanca, se construyó una estación de tren para cobijar a los viajeros que llegan y abandonan Ciudad.

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lunes, octubre 20

mÁGICA

Dicen en los telediarios que se acerca una semana de tormentas, de rayos y de truenos que iluminarán la superficie aguardentosa del mar en la noche y asustarán a los niños escondidos debajo de las camas donde habitan las hadas que un día perdieran su varita mágica, los peces sin branquias y los monstruos con plumas naranjas en los brazos y escamas plateadas en la espalda. Un frente de bajas presiones, vientos del golfo, de mar gruesa a fuerte marejada a quince millas de la costa, con vientos que alcanzarán los veinte nudos de velocidad. Ciudad se encogerá en el vórtice de su espiral hasta convertirse en una nuez, adelantarán una hora los relojes de arena, se encenderán las primeras estufas, acumularán polvo en las hélices de plástico los últimos ventiladores del verano. Se acercan precipitaciones, desciende el mercurio en los termómetros, vuelven los seres humanos a dormir abrazados.

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lunes, octubre 13

mAYÚSCULAS

Nicolás siempre llora en el cine. Llora de tristeza, de alegría, de aburrimiento, de miedo, de rabia. Llora, incluso, de amor. Cuando Jhonny, el mejor amigo de la protagonista, Sue, al comienzo del desenlace de la película, llama a la puerta de la casa de los padres de Sue y ella abre y dice Jhonny, what are you doing here? (Juanito, ¿qué haces aquí?, en subtítulos) y él en sus manos presenta frente a ella un folio blanco apaisado donde está escrito en mayúsculas letras de tinta negra I love you (te quiero, en subtítulos), y Sue lee lo escrito y mira a Jhonny desconcertada (aunque vistos ya ochenta minutos de película es difícil creer que Sue no se haya enterado o, al menos, no haya sospechado que lo que Jhonny siente por ella es algo más que amistad) y de fondo comienza a sonar en volumen creciente una balada efectista de guitarra y voz áspera, Nicolás siente la piel de gallina en los brazos y, aunque intenta impedirlo, dos lágrimas colman sus ojos. Después, a la salida del cine, María se cuelga del brazo de Nicolás y se ríe de él mientras caminan por las calles mojadas de lluvia porque en Ciudad llueve todas las noches, treinta minutos al menos en el instante del atardecer. Todas las noches, excepto las de diciembre.

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lunes, octubre 6

eSTRATÉGICO

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lunes, septiembre 29

áRABE

Rojo, una pregunta: ¿pueden dos hombres tener la misma sombra? El Cojo y Nicolás discuten acerca del contorno de las sombras en el tiempo de la sobremesa. Borracho Nicolás anoche se quedó dormido en la barra de un bar. María le agarraba la mano derecha para que no cayera del taburete. Por eso hoy, en el tiempo de la sobremesa, Nicolás apura a sorbos un té y medita una respuesta. Yo creo que cada ser humano está formado por un número infinito de características, físicas en el asunto que nos ocupa, cuya suma constituye la singularidad. Dada la infinitud de dichas características, la probabilidad estadística de que en dos seres humanos se repitan en igual modo y orden es despreciable. El Cojo mueve los labios y levanta la ceja derecha en un gesto impaciente. Sin embargo, el contorno de las sombras no es tan definido. Depende de la intensidad, localización y espectro de la fuente luminosa así como de la postura corporal del individuo. Nicolás observa la borra del té en el fondo del vaso y lo posa encima de la mesa. Concluyo, entonces, que dos seres humanos distintos pueden cobijar la misma sombra. ¿En qué andas esta semana? Le pregunto. Palabras de raíz árabe que empiezan por al, responde al tiempo que parece recuperar la energía que late en el interior de su cuerpo. Y llego tarde, añade mientras apoya la palma de las manos sobre la mesa para impulsarse. Nos vemos después en el vestuario. Quiero contaros algo.

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lunes, septiembre 22

iNCIERTOS

María dice Nicolás es sabio porque conoce las preguntas. Yo miro sus ojos como carteles luminosos que anuncian moteles de carretera mientras recuerdo que llovía y el café estaba frío la tarde que, sentados en el capó del coche, Nicolás dijo yo nunca me hago preguntas porque no hay respuestas. Buscarlas conduce a la infelicidad. Sólo memorizo algunos poemas cuando después de leerlos me tiemblan las manos. Dijo tan oscuros e inciertos tus cabellos mojados y este mar de piedra pómez.

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lunes, septiembre 15

mALDITOS

El Cojo dice Lorena acaricia mis pies desnudos durante horas y me corta las uñas de los dedos con unas tijeras de plata que heredó de su abuela que era sastre. Dice, después de hacerlo, durante unas horas, pocas, mis pies alcanzan el suelo al mismo tiempo.
El Cojo silba una canción y tararea algo de un mar, algo de una bahía, algo de San Francisco. Nicolás le pregunta Cojo, andas contento. Como no voy a estarlo, Rojo, son las seis de la tarde, hora de volver a casa. Mi mujer espera. Haremos el amor, un amor sin unidades de medida ni de tiempo, distancia, fuerza, peso o ingravidez. Y después jugaremos una partida de dardos. Ni en cien años, Rojo, ni en cien años que emplearas jugando, serías capaz de ganarla. La mujer de El Cojo se llama Lorena. Es cantante en un grupo que compone canciones para los anuncios de publicidad en la televisión. Qué silbas, Cojo, le pregunto después del silencio de tres hombres desnudándose y vistiéndose para salir a la calle, dejar atrás las paredes de la fábrica donde se modifica el abecedario. Otis Redding, chaval. Otis Redding, contesta. Era un tipo tan alto como una montaña y tenía las manos como un mapa de carreteras. Malditos aviones, chaval, malditos aviones, concluye El Cojo mirando al suelo apesadumbrado.

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domingo, septiembre 7

hAMBRIENTOS

Sabes, María, algunas veces me siento a escribir palabras con la tinta roja de tus pezones. En la frontera que separa la vigilia del sueño, ensayo palabras irreales que se retuercen en espasmos, palabras mordidas en los bordes como presas de ratones hambrientos, a veces perladas de lágrimas translúcidas cuando pasan la noche a la intemperie. Palabras tatuadas en lugares de tu cuerpo donde duermen a salvo y roncan felices como dragones con las narices humeantes, palabras que aspiran a ser pronunciadas por tu boca.
A veces me siento a escribir palabras con una taza de café en la otra mano y miro por la ventana como Ciudad crece, se hincha monstruosa, descomunal, inabarcable cuando revienta los diques que la contienen en mitad del planeta y se refleja en el río, siempre el río, y sus perfiles flotan inertes camino de las barriadas del extrarradio y se diluyen en el mar.

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domingo, agosto 31

cURADA

El Cojo tiene la altura de un hombre de treinta y ocho años y deja crecer la barba rucia durante treinta días cada mes. El Cojo me llama chaval y a Nicolás rojo. El Cojo dice lo que yo estudio no está en los libros. Dice, si tienes paciencia, todo lo que puedes ver con tus ojos algún día futuro será tuyo. Dice las manos son oportunidades, las pupilas amenazas, el viento descanso. Tiene la pierna derecha dos centímetros más corta que la izquierda, secuela de una fractura de tibia y peroné, abierta y mal curada. El Cojo era alpinista y en la cima del Sisha Pangma dio un mal paso. Una grieta en el suelo helado, un piolet y la falta de oxígeno hicieron el resto. El Cojo trabaja en la fábrica desde que la abrieron. Es el cocinero. Todos los viernes, la carne viene acompañada por dos pétalos amarillos de rosa.

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lunes, agosto 25

tRISTE

María se mece entre los puestos del mercado. Sonríe a los clientes. Triste y con sueño algunas mañanas, modifica la balanza e introduce en una bolsa de papel marrón cuatro manzanas. Silba melodías de canciones que ella compone. Cuando nadie la ve, se fuma un cigarrillo negro a medias con Ricardo. Ricardo, bajo los soportales, quiere viajar a las montañas de Nueva Zelanda y vende fotografías de ciudades hechas desde los aviones, tan alto a veces que no se reconocen. El invierno pasado María me regaló una de Buenos Aires que resultó ser La Paz.

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domingo, agosto 17

lIQUÍDAS

Te quedas así, con el pelo suelto, la tristeza diminuta en las pupilas líquidas de los ojos, los hombros al aire, desvalida, tal vez sin ropa bajo las sábanas blancas, atrapada por el sueño, entre la noche y el despertar, como una bandera a merced del viento en tierra de nadie te quedas así y rozas mi mano y me buscas, el encuentro del sol y los plátanos de las calles que dejan caer el verano en las hojas amarillas como filos de navaja, un destello en la noche de tu boca que susurra tres palabras con el vientre abierto, como este amor lleno de cicatrices, este amor creciente de luna, menguante de mareas, las hojas arrugadas de un almanaque colgado en la pared de la cocina. Te quedas así y me marcho, la ciudad que sin querer me entrega el puerto como una virgen en ofrenda y un barco que usa palabras desconocidas, tesoros escondidos bajo la arena de playas en islas desiertas. ¿cómo habrás de mirarme cuando regreses a mí, mañana por la mañana, después de que por vez primera me despierte solo?

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domingo, agosto 10

mARAVILLOSO

Nicolás ha vencido. Se levanta temprano y recién duchado camina por la calle, se dirige por las aceras desiertas de árboles y de periódicos atrasados hasta llegar a la fábrica. Escucha un disco de Cristina Branco que canta en un pequeño teatro del centro viejo de la ciudad de Ámsterdam. Nicolás sonríe cuando la gente aplaude. Nicolás levanta la mano para saludarme. Sonríe. Yo pienso que lo hace al verme, no por los aplausos de los holandeses. Se quita los cascos, fados, dice señalando los pequeños artilugios vestidos con una camisa de espuma negra, dice cuando camines por la calle detente un instante. Verás qué maravilloso es el espectáculo de la ciudad en movimiento. Por cierto, mientras dormíamos la selección argentina de fútbol ha ganado por dos goles a uno a la de Brasil en un estadio de Río de Janeiro.

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lunes, agosto 4

mETALIZADO

¿Quién conoce el funcionamiento del motor de un coche, la fuerza generatriz que transmite la chispa para encender las bielas y convertir la electricidad en movimiento? Nápoles. María piensa. Cuando María pagó por él dos mil quinientos euros, el ford escort de mil novecientos noventa y uno tenía ciento cincuenta y tres mil doscientos noventa kilómetros. Edimburgo. Siete meses y tres mil trescientos trece kilómetros después, es la cuarta vez que se queda parado en el arcén de la carretera. Málaga. María piensa, mientras espera que llegue la grúa, en todos los lugares a los que le gustaría viajar conduciendo el ford escort verde metalizado. Vigo. Enciende el radiocasete que sí funciona y elige una cinta de Texas. París. Enciende un cigarrillo. Madrid. Enciende. Praga. La grúa no llega.

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lunes, julio 28

iMPRONUNCIABLE

Te bebiste de un trago mi cuerpo entero para dejar en el fondo del vaso mi nombre. Un nombre distinto a todos los demás, de letras de plomo que el paso del tiempo no altera. Un nombre colgado como corcheas en las rémiges de aves que desafían al horizonte y a las leyes de los hombres, a la inercia, a la fuerza, a la ingravidez. Sonidos atávicos de una lengua que se mantiene en el tiempo con la fuerza de los empujes violentos de la naturaleza, puñetazos salobres de mar contra farallones inexpugnables.

Me llamo un nombre impronunciable que tú, María, me entregaste.

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domingo, julio 20

aRRUGADA

Nicolás es tan alto como una señal de tráfico, tiene el pelo rojo y peces en las manos. Bajo las uñas, que recorta en silencio cada domingo al filo de las diez de la mañana, se acumulan restos oleosos de la tinta que rezuman las máquinas de la fábrica. Nicolás tiene los ojos del color de las acelgas. En enero me contó que la primera vez que hizo el amor fue en la cama de sus padres y aguantó quince minutos antes de eyacular. Cuando terminaron, María le dio un beso de mejillas y Nicolás cerró los párpados porque el estómago se le había llenado de guijarros.
La mañana en que nos conocimos llovía sobre Ciudad y en la sombra de los portales la madrugada continuaba escondida. Se sentó a mi lado en el banco de madera del vestuario de la fábrica y dijo buenos días. Yo estaba escuchando una canción de Lucinda Williams.

Ahora, sentados uno frente al otro en una mesa del comedor de la fábrica, almorzamos en silencio una manzana que tiene la piel arrugada y amarilla. Nicolás dice ¿sabes?, la mañana en que nos conocimos llovía sobre Ciudad y yo sentía que estaba dentro de una canción de Tom Waits. Mira de nuevo la manzana y pensativo la muerde. Dice ¿tú sabías que María no tiene un solo lunar en el cuerpo? En la esquina del comedor, bajo la ventana que da a la avenida, El Cojo explota en una carcajada.

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martes, julio 15

iNAUDIBLE

Los días en Ciudad se suceden iguales y ya mayo le dio alcance. En el vestuario de la fábrica, cuando la primera luz del día irrumpe oblicua por las pequeñas ventanas situadas en la parte alta de las paredes glaucas, El Cojo dice estás delgado, chaval, te estás quedando como una raspa de trucha, alimento frío de gatos rayados con cicatrices de callejones. Nicolás se quita los cascos, guarda la cajamúsica portátil en el bolsillo del pantalón vaquero, me mira con los ojos tristes de iris preñados de diminutas manchas negras y asiente, sonríe y regresa a la rutina de cada mañana. Dobla con cuidado la camiseta azul y aparea las blancas zapatillas viejas con los cordones manchados de aceite, de asfalto y de lluvia. Me gustan tres canciones del último disco de Love of Lesbian. Dice por cierto. Dice anoche estuve escuchando lo que me pasaste de Jonny Kaplan. Aburrido. Se me quedaron los pies fríos y el culo dormido. Cierra la puerta de la taquilla y frente a mi cara esconde la llave en el puño de su mano derecha para hacerla aparecer detrás de mi oreja izquierda. Ríe a carcajadas. Camina hacia la sala de máquinas y el efecto doppler del sonido va haciendo más inaudible su risa.

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lunes, julio 7

nEGRO

Yo conozco a María antes que Nicolás. Y conozco a María antes que a Nicolás. María tiene arrugas en el remanso de los párpados y el pelo negro que es la fuente donde se nutre de tinta el tatuaje que lame el valle de su espina dorsal. María es lunes y, a ratos, viernes. Cuando sonríe escucho una canción de Counting Crows.

Hoy tomamos un café sentados en una mesa del bar más oscuro en la calle más estrecha de Ciudad. Digo María. Qué. Me gusta el color de tus ojos porque no sé cuál es. Se mira las manos. Hasta que cumplí los tres años no tuve nombre. Responde. Era la niña. Mis padres dicen que es injusto que otros elijan tu nombre. Me gustaban tanto las galletas que aprendí a decir maría. Tiraba con fuerza de los pantalones de mi padre, que por aquellos días medía seis metros, y gritaba quiero maría. De tanto repetirlo, mis padres me nombraron.

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lunes, junio 30

dESMIGAJADOS

En el asfalto mojado de las avenidas reposan los minutos que restan para llegar a las cinco de la madrugada.

Nicolás camina despacio por las aceras desiertas de Ciudad en dirección a la fábrica de palabras.

María se tapa con mantas los pies desnudos y fríos en una cama con una ventana en el cabecero.

Yo cobijo entre las manos una taza humeante de café y estoy sentado en el suelo de la cocina que tiene los ojos cerrados. Las paredes de la casa están llenas de grietas. En algún rincón debelado por el polvo, un despertador amanece y comienza de nuevo a llover la primavera que agoniza en cristales sucios de ventanas ciegas, días de mayo tan extraños como espadas, amores desmigajados.

Las grietas de las paredes desaparecen. En su lugar, la luz azul del amanecer pinta líneas negras como ríos vistos desde los aviones, agua dulce que surca las paredes hasta alcanzar el mar que aguarda rizado en el quicio de las puertas entreabiertas. Ojos. Ojos de tremenda tristeza.

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lunes, junio 23

uN mAR dE pIEDRA pÓMEZ

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"tan oscuros e inciertos
el mar de piedra pómez
y tus cabellos húmedos... "
jon juaristi, muchacha en la ventana

lunes, junio 16

tus pies cansados

Si vinieras esta tarde y tus pies cansados anochecieran descalzos junto a los míos, la primera tormenta de la primavera nos encontraría aquí sentados y tu voz como el anuncio de los días amarillos y las noches junto al fuego y la tarde sería una locomotora de carbón y el ruido de las bielas la música que acompañase al sol cuando rueda por el filo de la montaña. Un avión se empeña tercamente en ser algo más que un punto insignificante seguido por una estela que va desvaneciéndose, perfectamente recta y perfectamente blanca en este cielo azul que todos vemos y que ni es cielo ni es azul. Lástima grande que no vaya a ser eterna esta belleza.

el ruido que la puerta de un coche hace al abrirse.gijón.febrero2006

miércoles, junio 11

siete

La única revolución pendiente es la de las palabras y esta es una patria, una vida, unos años legitimados para encender la mecha y no dar tregua. Sentirse ruedecita dentada de un engranaje preciso, codo con codo de gente con nombres que no son las palabras que uso para llamarles, corazones valiosos que caminan siempre con la sonrisa presta y el ánimo decidido. Porque ser un revolucionario sonriente, amable y cálido es ser un revolucionario de pies a cabeza, cierto como la tierra húmeda y como este mar feroz que se alimenta de leyendas malditas y del que me despido desde el aire. Huestes de lluvia y arcoiris en la tarde de asturias hoy que dejo a un lado las manos y las catedrales y me aferro a las palabras que ayer fueron carbón y mañana serán diamante. Regresé a mis cuarteles de invierno. Y ardían.

diario de puños y catedrales.enelaire.mayo2006

sábado, junio 7

malena

malena preguntó qué te pasa cuando lo que realmente quería decir era me pasa algo y no te estás dando cuenta y no me estás preguntando porque malena es de esas personas independientes y solitarias que siempre necesitan alguien a su lado y yo pienso que valiente independencia y por eso me quedé mirándola por encima de los tejados de la ciudad en un gesto que mezclaba la más áspera indiferencia con la paciencia del que comienza a ver la misma película por decimoséptima vez porque en esta ocasión ni siquiera tuve que abrir la boca para que sus ojos comenzasen a llover ya que el agua remansada en sus párpados desbordó los diques y saltó al campo llano de sus mejillas para bañar libremente su cara y morir en las comisuras de sus ambiguos labios tan bellos cuando besaban tan corrosivos cuando construían sonidos como los de ahora y es que estoy embarazada fue lo que decidieron inventar y las dos palabras recorrieron como un bumerán la pequeña habitación que hacía las veces de salón en su pequeño apartamento y fueron diez segundos de vuelo hasta que estoy embarazada chocó contra mi cabeza para hacerme reaccionar y aunque sabía que lo más sensato hubiese sido ponerme a sus pies y agarrar sus manos vacías con ternura y consideración o encender la risa o la carcajada y fingir felicidad algo sencillo si fuese tan hipócrita como tú lo único que se me ocurrió fue preguntar es mío con la consiguiente oferta de compre un es mío y llévese la bofetada de regalo y no me ayudó en nada la descarga de adrenalina de mi violenta novia porque ya eran dos golpes en la cabeza durante el último minuto y mis neuronas no tienen casco ni airbag ni nada que se le parezca y las pocas ideas que conservo las guardo en cajas de cartón donde está escrito frágil y sin embargo a pesar de mi aparente oligofrenia que realmente es un mecanismo de defensa levanté las estanterías de mi cerebro y coloqué con paciencia de hormiguita cada uno de los libros y barrí la casa e incluso puse la lavadora y me quedé apoyado en ella para que no saltase hice la compra y zambullí los espaguetis en agua efervescente es decir me levanté del sillón bajé a la calle atraqué a la primera vieja a quien se le ocurrió cruzarse en mi camino compré dos maravillosos anillos de compromiso y con el dinero restante encargué el banquete contraté la puta para el striptis de mi despedida de soltero y llamé a mis padres para decirles que me casaba

si es niño se llamará domingo como yo y si es niña igual... bueno mejor no

de hombres y nombres.salamanca.octubre2000

lunes, junio 2

a veces me siento como una rana sin membranas entre los dedos

No te muevas. Levanta las manos con las palmas extendidas hacia el techo. Date la vuelta lentamente. Así. Muy bien. Ahora dame todo lo que de valor lleves encima.

Un libro escrito en el año en que nació mi padre ocupa el tiempo de la mañana. La luz naranja del alba se extiende sobre las paredes de la casa como aceite caliente. Yo conozco el peso exacto de tu cuerpo. He abierto con las manos la fruta aún no madura del día, tus ojos cansados y las arrugas de la frente donde resiste la madrugada en jirones. Posada en los cables del tendido eléctrico una parvada de tórtolas anuncia un sol que estrenará el verano, tomates, patatas, azúcar, café, leche, cebollas escritas en la puerta del frigorífico, el rito hebdomadario de limpiar el huerto y arrancar las malas hierbas, idénticas a las buenas pero de raíces débiles, la tranquilidad suspendida en los lagartos del mediodía, otra vez tus ojos cansados, la mueca desafiante en la boca de labios amargos, el ruido de tus pasos tristes en el suelo frío del salón dormido, oscuridad que llenamos de enemigos que nos hacen daño.

Me acerco a la puerta de la casa y se escucha en la cajamúsica el disco de vaya con dios que compraste en el mercado de san francisco. Dos berenjenas rellenas se asan en el horno mientras friegas platos y lágrimas. El pantalón del pijama te queda grande y cumple su gravedad. Anochece y me acerco por la espalda mirando la media sonrisa de tu culo. Necesito que sea. Que sea ésta la última lluvia de la primavera. A veces me siento como una rana sin membranas entre los dedos.

Los habitantes de la isla se reúnen en can toni los domingos por la tarde. Charlan conversaciones en sordina, escuchan música, beben cerveza en vasos altos y vino blanco en copas de cristal. Azumbrado, un tipo vestido con una túnica gris y un chaleco granate y calzado con unas viejas zapatillas azules de la marca nike mendiga por las mesas del bar papel para poder fumar un cigarrillo de marihuana. Cuando lo consigue, lo lía con templaza, lo enciende con una cerilla que se consume y ofrece a todo el mundo una calada. Envuelto por volutas de humo gris que se elevan, comienza a bailar en arabescos una canción de los new amsterdams y abre los brazos en cruz, cierra blandos los ojos, sonríe. Perdóname, siento mucho no haberte dejado dormir en toda la noche. La canción termina, regresa de ese lugar al que le llevó la melodía y se detiene. Una mujer menuda de pelo largo moreno y pies grandes le encara para devolverle el cigarrillo menguante. Ríen y el tipo ensaya ante ella una reverencia: flexiona el tronco hasta ser capaz de meter la cabeza entre las piernas. Tres perros sin dueño dormitan al abrigo de la barra. Ahora encendidas las farolas en ringlera se dirigen hacia la playa, las luces de los coches que pasan se reflejan en el techo de la estancia y la idea de buscar otros caminos, como un instinto primario, quema en la palma de las manos, vitriolo invisible escondido en los cajones y el polvo. Dulcedumbre del crepúsculo que empequeñece.

Las páginas mojadas de libros desconocidos duermen en los soportales de la plaza mayor. Los coletazos de la lluvia empapan el día y los pájaros sacuden las alas a un aire salobre. Tú, tus manos, tu olor se desvanecen. A veces desayunábamos durante horas sentados en bares de ciudades aún por descubrir. Ábrego, viento templado y húmedo del sudoeste que trae las lluvias.

Puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.

No te muevas. Levanta las manos con las palmas extendidas hacia el techo. Date la vuelta lentamente. Así. Muy bien. Ahora dame todo lo que de valor lleves encima. Todo.

formentera.mayo2008

jueves, mayo 29

catorce

Canciones como espadas y silencio, un par de cigarrillos, tres cervezas y sigamos adelante. Canciones como salvavidas, como tardes de verano en la playa o tardes de invierno en el sillón de casa, de alguna casa. Y salir desnudo a la noche de barcelona, un semáforo en rojo y un mensaje que llega a su destino desde el otro lado del mundo, crepúsculo añil en las playas de bata. Su nombre mal escrito en la pantalla del ordenador. Ella dijo tendrás que acostumbrarte. Pero es mejor el dolor que la costumbre.

diario de puños y catedrales.roses.junio2006

lunes, mayo 26

Dentro de una caja de cartón


te entrego mis brazos

no quiero verte llorar
frente a la ventana
cuando ves pasar
los coches que veloces
abandonan la ciudad

dentro de una bolsa de plástico
te entrego mis brazos

guárdalos en un cajón

para el día que la tristeza
venza al orgullo y
necesites un abrazo

la madrugada llora lágrimas de cocodrilo.gijón.diciembre2004

domingo, mayo 18

comoseamanciertasciudadesdos

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Esta mañana el despertador fue la lluvia en el cristal de la ventana en la pared a los pies de la cama. Algunas mañanas, mientras mis brazos y mis piernas toman conciencia de un nuevo día, veo las copas despeinadas de los árboles y un pedazo de cielo.

Un hilo de plata que desmadejan los gatos y mis dedos, unas zapatillas viejas abandonadas en la alfombra del salón, la rabia perdida, la tranquilidad que mece estos días, tu boca entreabierta mientras duermes, te miro un beso de despedida, diez largos en una piscina de agua salada, la cadena oxidada de una bicicleta muda, las plantas de tomates, las rosas en las esquinas, un montón de folios en una mesa de manos enfermas, las noticias del periódico dentro de una pantalla de televisión. El acebo es un árbol de hoja perenne que madura en octubre. Todo es tan lento como escribió Llamazares.

Apareces en el salón dentro de una camiseta blanca y unos viejos vaqueros ajustados. Crujen las páginas de los libros atrapados bajo el polvo en las estanterías. Fundido el tubo catódico de la televisión deja escapar el aire comprimido. Alrededor de tu cuello anudas un pañuelo de cuadros negros y blancos. Teselas de un tablero de ajedrez. Como saltan los caballos camino de la playa.


Quisiera decirte que a veces necesito el silencio tanto como necesito tu cuerpo. A veces sólo tu cuerpo aferrado entre mis manos, el surco de la espalda, el culo, la piel en la parte interna de tus muslos, los dedos de los pies, las orejas, los pezones, las axilas, gastar un domingo de viento frío desnudos en la cama, quedarme un rato a solas para tener el valor de decirte que a veces necesito el silencio más de lo que me hace falta tu cuerpo, la noche, una luna naranja, un plato de pescado en un restaurante del puerto, el mar erizado y furioso con los colmillos blancos de olas y crines como llamaradas, los árboles inertes que el viento agita, sacude, tus ojos, tus ojos y el miedo cerval de detenerme, leer en la pantalla del ordenador las noticias atrasadas, lo que escribe Rafa cuando echa de menos sus rodillas, las voces de una tarde si aún queda tiempo, un par de billetes de avión con escala en Madrid, para llegar a Praga, volver a viajar, a cerrar puertas, a tener tiempo para cruzar un desierto de tierra roja, un plato de arroz con verduras, la flor del geranio, los años de noviembre, el siete de picas, un sol de la una de la tarde, el silencio después de los gritos como la interminable cola de un piano blanco, un paisaje agostado, lejos de la tormenta te miro a los ojos y me atrevo a decirte a veces necesito el silencio más de lo que te necesito a mi lado. ¿Quién conoce cuántas son las verdades absolutas? Encadenar sustantivos abstractos conduce a la melancolía.

Sacas de la cajetilla el medio cigarrillo que guardabas para la ocasión. Acabas de salir de la ducha. Tienes el pelo mojado. Te sientas en la mecedora. Y abres las piernas. Conozco de memoria los lugares de tu cuerpo que echo de menos cuando no estás. Mis manos acodan el aire y aspiran a rozarte para que cada día te sientas amada del mismo modo en que se aman ciertas ciudades. Llega la noche y las flores se encogen. Yo no sé nada de pintura pero te vi. Estabas tumbada en un cuadro de Modigliani. Fumas de espaldas. Se oye el mar y tu respiración. En esta tierra las quimeras arden. Las cenizas no pesan. Todas las paredes blancas, todas las noches negras a las que no les sucede el alba. Si regresa el invierno, dijiste, la estatua del jardín tendría los ojos llenos de lágrimas. Algunas mañanas ella era mucho más alta que yo.

Los enemigos y la lluvia golpean los cristales. Ben Harper desafina en el cuarto de baño. Escuché anoche una canción en tu aliento mientras dormías. No quedan suficientes claveles para tantos fusiles; pero saldremos de ésta, mientras las razones para levantarse de la cama sean mayores que las razones para quedarse. Anoche soñé que un hombre cojo me alcanzaba. Quedan restos del calor de la noche, la luz precisa en el contorno de los árboles recortado tras el cielo gris lleno de cúmulos encendidos. Tantas veces lo hice y ahora soy incapaz de mentirte. Por donde sale el sol nadie ha sido capaz de entrar.

En la casa de al lado tienen puesta la radio. La tarde termina en la cama. Duermes. Yo me levanto a preparar la cena. Me gusta cocinar en el silencio de la noche. Sentir que el día se va cerrando y con él, tú y yo.

Dicen que estás desaparecido, entimismado, hablando bajito, caminando despacio, que te ven en todos los lugares pero hace días que no viene por aquí, aburrido contestó el camarero mientras levantaba el cenicero con la mano izquierda y limpiaba la barra con la bayeta en la derecha.

Las flores de los lirios de playa se abren durante la noche y duran un solo día.

formentera.marzoabril2008

jueves, mayo 15

comoseamanciertasciudadesuno

Dos veces por semana jugábamos a ser otros. Nos disfrazábamos por dentro. Alterábamos nuestros puntos de vista y, ante situaciones que el resto del tiempo nos seducían, asustaban, alegraban, encogían, en estas ocasiones nos producían reacciones inesperadas, acordes con nuestro disfraz interior: nos encogían, alegraban, asustaban, seducían. Dos veces por semana éramos otros, seres insospechados, no regidos por leyes antiguas, no sujetos al yugo de la rutina. Irreales.

Ahora recuerdo que, de camino a la isla, muertos de frío en la cubierta del barco, vimos un delfín que se dirigía en sentido contrario al nuestro.

Sólo puedes decir te quiero en el idioma que aprendiste cuando eras niño, pensó mientras se miraba en el espejo. Sólo cuando las palabras se hacen sonido sin esfuerzo, pesan. No tengo prisa. He visto como la luz del primer sol de la aurora incendiaba tu pelo y como se despertaban las ramas perennes de los pinos que custodian esta casa, a ratos refugio, a ratos cárcel. Tengo estas dos manos para acostumbrarme al azul del mar.

La ropa está tirada en el suelo frío de la habitación en penumbra. El lavavajillas murmura una oración. Me levanto despacio y te busco por la casa. En la azotea lees una novela que agoniza. Me miras, frunces el ceño y dices que te duele la cabeza. Dices que se oye el mar. Y el viento en los cristales que nos protegen del paso de los días moribundos. No debería soplar el viento los días de fiesta. Bebes agua de una botella que no tiene fin. Todo es nuevo. Nada parece que vaya a ser importante excepto estar a tu lado.

Un tipo tocado con un sombrero blanco, vestido con unos pantalones grises y montado en una vespa rosa baja la calle en dirección a la playa. Creo que se llama Gregorio. Y que se casa con Neus el mes que viene en una iglesia de paredes enjalbegadas.

Nos quedan los discos de antes, las dos últimas cervezas frías, una llamada de teléfono por contestar, algo para cenar que se parezca a lo de ayer, cuando la botella de vino costaba más de veinte euros, tres dioses diminutos. He salido a la calle iluminada por la luna llena en una noche anegada de salitre. Aún es pronto, pero a veces tengo que apretar los dientes para no odiarte. Y sé donde no debo buscar las respuestas. Las fotografías no son más que un instante y los rosales no deben plantarse en las esquinas de las casas.

Aguardo el alba sentado en un taburete alto. Desde la ventana de la cocina veo pasar el camión-cisterna del agua potable y un gallo canta. La guitarra está apoyada contra la pared. Tengo las manos frías. Ha parado el viento y el mar está en calma. Tú duermes bajo las mantas y yo me levanto con ganas de ir al trabajo. El frío sobrevive en los rincones de la casa como un grito, con la efectividad de las metáforas en un relato bien construido, como se levantan edificios que años más tarde amenazarán los aviones y una dulce decadencia de dejar que todo pase, que nada ocurra, un viaje en otoño a Estados Unidos, que el tiempo todo lo arrase y nosotros tengamos los ojos cerrados. Como se aman ciertas ciudades: Barcelona, Buenos Aires, Lisboa, Nueva Orleáns, Catania. Yo poco a poco habré de ir devolviéndole a mis libros su lugar, pero no voy a hacer la cuenta de los colchones, de las veces que no te dije que te quería. Qué bueno fue dejar que los cuadernos se ahogasen en el puerto. Desayuno tostadas con mermelada de fresa y escribo con la ilusión de que estos tiempos perduren. Se rompe el cielo de abril en el amanecer de lunes, noche insomne de mosquitos. Confieso que cada vez me cuesta más atraparte entre palabras. Las mañanas en las que marcho a trabajar eres tú dormida en una cama en la que buscamos el futuro. Yo enciendo el silencio, aguardo el instante que habrá de llegar, desayuno con la lentitud que poseen los actos cotidianos. Escucho tu respiración dormida.

La casa del sol de madera está cerca de la playa. Una gata parda y un gato negro con la cola cortada la guardan como pequeños dragones sin tesoro bajo sus vientres colmados de ratones. Los límites del tiempo son absurdos. Me suenan las tripas, dijo. Tienes buena memoria, vives dentro de mí como una cría de canguro. Cuando el día te da miedo, vuelves en silencio a casa. Nunca me has contado qué temes. Nunca quién te ha vencido. Sólo yo sé cuando tienes frío. Pensé que era el viento, contestó. Las ovejas ramonean y balan con la boca llena de hierba lamentos que llegan hasta el mar. Quisiera conquistar el calendario para poder describir las magnitudes del tiempo en estas hojas blancas, las unidades de medida que me ayudan a entender tu cuerpo, licuar las palabras en probetas y fuego, juegos de alquimista paciente y desordenado. Adjetivos cubiertos de polvo en libros dormidos que custodian secretos como ejércitos fronteras. Adverbios de modo. Diez tardes. Dicen los periódicos que hoy el viento no dará tregua.

Qué escribes, preguntó tras apoyar la barbilla en su hombro. La protagonista del libro está tumbada en la cama, su cuerpo desnudo bajo las sábanas y marzo. Él contestó nada. Hace meses que estoy seco. Los días son frágiles y al puerto llegan barcos cada tarde enormes, cada tarde con las bodegas cargadas de lluvia. El capitán ordena apagar las máquinas, las hélices interrumpen espirales de agua y la inercia empuja las naves a su paso por el ostial. Cuando los estibadores amarran los cabos a tierra, las nubes, de un azul más gris que el mar, alcanzan la línea de la costa. Lo siento, dijo, te robé la madrugada.

Yo he visto árboles a los que el viento dobló la espalda, gorriones asustados por la tormenta que temblaban suspendidos en las cables eléctricos, playas cubiertas de flores que duraban un día, gaviotas pendencieras acorraladas por el hambre del invierno. Aquí, como en otras partes, por falta de tiempo y de reflexión, se ve uno obligado a amar sin darse cuenta, a ser sin darse cuenta. A caminar las tardes en los brazos de un sol demasiado lejano, a tener que lamentar los errores, a vivir con la esperanza de perderse. Días de luz en que despierto mecido en tus manos, viajeros que quisieran vivir la aventura de descansar en casa, los años del retorno, las nubes que trajeran los barcos inmóviles en el cielo como un mar de islas. Ellos dijeron que tendrás que esperar. La protagonista del libro, tumbada en la cama y desnudo su cuerpo bajo las sábanas y abril, se deja besar.

Leo revistas de viajes y bebo café. Has vuelto a la cama después de desayunar, te has desnudado al borde, como una equilibrista, y me has despertado en puntos suspensivos. ¿Qué harás cuando llegue mayo? Volver a la cama quitarme la ropa buscarte bajo las mantas sacudirnos el frío. Eran las doce del mediodía y follamos cinco canciones del Street Legal. Supongo que hay que estar un poco loco para creer que los andamiajes y los cimientos de esta vida van a mantenerse erguidos y que las rosas en la jardinera de la entrada van a florecer sin detenerse, pensó en voz alta y acarició la piel oscura de su vientre. Al atardecer ibiza es el horizonte que el sol muestra la isla de las tórtolas turcas el motor de la furgoneta suena de un modo extraño llueve el silencio de la casa es el viento en las aristas.

domingo, mayo 11

Podría decirte que el alcohol


ya vencida la noche
no consigue hacerme recordar tus manos
que paseé ciudades más bellas
que tu cuerpo a horcajadas
sobre mi vientre desnudo
el perfil de tus caderas
abrazadas entre las sábanas sucias
el barrio alto lisboeta

si hubo tiempos mejores
se me han olvidado
perdidos los calendarios
en todos los bolsillos
de pantalones viejos
que dejo tirados
al borde de la cama
en cuyos barrotes
te tengo amarrada

amarrada y ciega

vencida

la madrugada llora lágrimas de cocodrilo.gijón.diciembre2004

martes, mayo 6

Historias de la guerra #4


Llamaron para decir que la abuela se muere. Silenciosamente. Me pregunto si la gente se muere como vive. Pienso en todos estos años e intento encontrar en las esquinas de la memoria alguna ocasión en que María hubiera perdido la calma. Y no la encuentro. No la encuentro porque no ocurrió nunca.
En su silencio aprendí mucho más que en mil palabras dichas por otra gente. En esta época que me ha tocado vivir, en la que lo importante es hacer ruido, fue un privilegio aprender de ella y tenerla al lado.
Me quedo con sus sabios silencios, sus ojos vivaces, su sonrisa maestra, su bondad, su pausa, su alegría, su valentía, su debilidad, su fuerza.
Hagamos que nuestra vida, como las cosas de verdadero valor, no luzca, pero pese, leí que escribió Séneca.

gijón.julio2006

miércoles, abril 30

Historias de la guerra #3


La abuela dice que hubo años en que pasaron hambre. De nada le sirvió ser hija del maestro y de poco que el abuelo hubiese estado, desde el principio del miedo, del lado de los que no perdieron. Vivir con más tranquilidad, si cabe. Y tranquilidad es una palabra tranquila, que encierra la sensación agradable de lo cotidiano, lo previsible, la cierta sucesión de acontecimientos esperables. Pero la tranquilidad, aún con todo eso, no se puede comer. Fíjate si llegamos a pasar hambre, decía María, que en más de una ocasión Marcial, el sustanciero, tuvo que pasar por casa. Marcial robó el hueso pelón de una pata de cerdo que fue jamón en el pasado, irreconocible ya en la gastada osamenta, de la trasera de una carnicería en la capital. Y con él al hombro regresó al pueblo. Por dos reales te lo prestaba cinco minutos, para que lo metieras en el agua hirviendo de la cazuela y el milagro del aroma y del fogón diese sabor a la cocción y trocase el agua en sopa, la tristeza en esperanza, el dolor del vacío en el estómago en alegría efímera, unida al pensamiento dichoso de que desde entonces este país, esta tierra, estos hombres irían a mejor.

domingo, abril 27

Historias de la guerra #2

2.
La abuela me contaba historias de la guerra que le tocó vivir y que le forjó el carácter. Recuerdo cómo me impresionó la historia de Germán, el hijo del peluquero. Hombre ambicioso, Germán delató, a cambio de la alcaldía, a los partidarios de la república que vivían en el pueblo. Durante tres días y guiados por la lista que redactó el aprendiz de peluquero, los nacionales detuvieron a doce vecinos. Los subieron a la parte trasera de un camión y se los llevaron a la capital. De los doce, nunca más se supo.
A la mañana siguiente, cuando la madre de Germán subió a llamarlo para que se levantara, encontró la cama sin deshacer.
Germán apareció muerto en una cuneta de la carretera y quienes lo vieron contaron que tenía los dedos índice cortados. Y metidos en la boca.

martes, abril 22

Historias de la guerra

1.
La abuela me contaba historias de la guerra. De cuando ella era joven y la más guapa del pueblo. Sí, que no lo digo yo, ni es pasión de nieto. Que fue coronada dos años seguidos la reina de las fiestas en la reunión de primavera, después de la nieve. Y aún hoy, setenta y cinco años después, mira de reojo a los espejos, segura de saberse ganadora en la batalla con quien está al otro lado del cristal verdadero.
La abuela me contaba historias de la guerra cuando iba a visitarla, durante los pocos minutos que le concedía antes de continuar con las obligaciones impuestas por estos días veloces. Nos sentábamos en el salón y le decía, cuéntame de cuando la guerra, abuela. Ella sonreía y miraba a ninguna parte, como para concentrarse. Y empezaba a hablar.
De todas ellas, mi historia preferida era la del bombardeo, que relataba siempre con asombro y un poco de miedo, aunque no lo reconozca. En el verano del treinta y siete y guiados por una información falsa, los aviones del ejército republicano bombardearon Alba de Tormes, en busca del polvorín de la provincia. Nada consiguieron porque la reserva de municiones estaba escondida en un galpón a las afueras de peñaranda, a treinta kilómetros de donde las bombas caían. Ella estaba jugando con sus hermanas en el patio de casa cuando escuchó por primera vez en su vida el ruido violento de las hélices, más sordo y amenazador por segundos. Y recuerda, como si fuese hoy mismo, el pánico en la cara de su madre, que salió corriendo a buscarlas y les obligó a permanecer quietas, bajo el quicio de las puertas. Y el estruendo de las bombas que reventaron las paredes de la casa vecina y el fogonazo tras los cristales hechos añicos de la explosión que destrozó el patio. Los enormes ojos inertes de Claudio, sorprendido en el pajar mientras descansaba de la jornada en el campo y todavía con el yugo colgado en el cuello, le despiertan sobresaltada alguna noche.

jueves, abril 17

Que tus pies alcancen el agua

y las manos de espuma recojan tus huellas de la arena que se coman tus palabras lanzadas al viento las gaviotas que el color de tus ojos se confunda con el horizonte con la lluvia con el amanecer envuelto en grises nubes de otoño que se desprenden del suelo como las hojas rojas

que regrese tu cuerpo mojado a la habitación de la casa azul

que tu tiempo sea el mío que me bendigas

echo de menos aquello que me nombraba y te echo de menos

se me murió el verano entre las manos.gijón.septiembre2005

lunes, abril 14

San Francisco

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iglesia.sanfrancisco.abril2008

martes, abril 8

hoy cambio tus manos por esta tarde

Un avión despegaba en ezeiza y yo me perdía una vez más por las calles del barrio judío de girona. Descubrí rincones pintados en sombras, banderas inocentes y olores de verano en la tarde de mayo. Al costado de la catedral, un par de huevos con chorizo y dos cafés. Canciones. Un libro de palabras afiladas y certeras.
Detengo el tiempo sentado junto a un árbol del que, como tantas otras veces antes, desconozco el nombre. De sus brazos el viento desprende pequeñas flores marchitas que dormitan en los pliegues de mi camiseta. Colgados de la alambrada, tendiendo hacia sus senos blancos, en la mañana de lisboa, las latas oxidadas. Fin de capítulo.
Se fue. Creo que se fue. Sí. Se marcharon el dolor, las fuerzas y las ganas de echarte de menos.
Hoy cambio tus tetas por esta tarde. Y la marea de tu vientre por los tejados de la ciudad mecida en siesta.

el ruido que la puerta de un coche hace al abrirse.girona.mayo2006

jueves, abril 3

don´t let me down

qué sé yo de tu nombre

de tu triste mirada
cuando decides que es hora
es tiempo
de terminar el sueño
y empezar a escribir en folios gastados
copiando palabras de viejas canciones
no me dejes caer revolución ayer
que tantas veces silbamos
a la última luz del día
cuando todo destiñe negro
y nadie se acerca a preguntarnos
si necesitamos una mano
o su caricia

dime anda
qué sé yo de tu nombre

diario de irrealidades.salamanca.febrero2001

viernes, marzo 28

Revoluciones

confieso que en sueños violé
los caminos de tu cuerpo
en la habitación de un hotel
sin agua caliente ni desayuno
sin tú saberlo copié
el juego de llaves de las cancelas
en tus sueños inconfesables

en un parque perdido
en mitad de una ciudad
sin transporte público
vallas publicitarias
ni almanaques
enterré mis revoluciones

la madrugada llora lágrimas de cocodrilo.gijón.diciembre2004

martes, marzo 25

veintiocho

El viento se hace leyenda cuando el hombre lo nombra. Cierzo, nordeste, levante, tramontana. Abierta la caja de pandora, la tierra se somete al reinado del viento. La tramontana silba, bufa, chilla, grita, se ríe a carcajadas. La más perversa de sus condiciones es que aparece sin previo aviso: un cubo vacío abandonado en la playa que, de pronto, rueda unos pocos metros y se detiene, su aliento invisible al doblar una esquina, una ventana que se abre sin que nadie hubiese olvidado cerrarla. Entonces la tramontana regresa cien noches. Viento que asusta, aturde, araña, descentra, revuelve. Viento que esculpe de nuevo todos los perfiles que encuentra a su paso camino del mar, que remueve tristezas acomodadas, que abre heridas recién restañadas.

diario de puños y catedrales.roses.abril2006

lunes, marzo 17

Valencia

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pasa-tiempo.valencia.marzo2008

lunes, marzo 10

el imaginario de tu felicidad

Siento el vértigo de no tener escrita ni una sola palabra nueva y la lluvia que apareció por sorpresa en las esquinas y en la noche de diciembre, ciudad medio dormida, pensó mientras liaba el cigarrillo de la madrugada insomne y queda, y escupía en voz baja y por encima del hombro derecho la hebra de tabaco que siempre quedaba presa en algún hueco entre los dientes. Siento vértigo y no sé qué palabras usar para escribirlo. Algún reloj en alguna cabina de teléfono iluminada, enmohecida y abandonada marca las tres menos diez de la madrugada y no tengo sueño, no tengo hambre, no tengo miedo. Sonrió y pensó en su pelo rizado cuando dejaba que lo secara el aire, las estrías en la parte externa de sus pechos cuando los acariciaba con la yema de tres dedos, índice, corazón, anular, en silencio con la devoción de un creyente. Índice, corazón y anular hacían ruido. Voy a mirar más allá de tu ombligo, el vientre que es marea y luces del puerto. ¿Cuántas mesas del bar tienen escrito un nombre como el tuyo? Olvido el ruido, olvido su olor, a qué sabe el líquido transparente que se remansa en los pliegues de su sexo. Joder, la primera calada siempre duele. Acre el paladar. Un plato pierde el equilibrio en la pirámide torpe de los cacharros fregados en la cocina y amenaza el silencio. La noche se detiene un instante que merece, piensa, ser vivido. Si la tregua del sueño me lo permite, mañana temprano debería acercarme a la ciudad. Debería. Soy un coche aparcado que hace meses nadie conduce, cien libros cubiertos de polvo. Fernando escribió para ella, que forma parte del imaginario de tu felicidad. Yo recuerdo palabras e imagino estar en otros lugares que ya habité. Dime, ¿alguna vez lo hiciste con otro como lo haces conmigo? Yo fumo un cigarrillo para tener en la boca el sabor de tu boca. Hiedra los cuerpos en el sofá tumbados. Posas tu brazo en mi cadera y me clavas el codo sin dejar de leer almudena grandes. Protesto y sonríes. Te levantas y al rato regresas con un pedazo de queso entre los dientes. Cada palabra que escribo en este papel ya estuvo escrita antes en tu piel. Si son las diez de la noche enciendo la calefacción y te desnudo despacio bajo las mantas. Lo que recuerdo con mayor viveza del accidente es el olor de la gasolina. Después ellos se hicieron viejos y buscaron nuestros cuerpos al atardecer en el faro de barbaria.

pasa-tiempo.gijón.marzo2008

jueves, marzo 6

Marieta

Nadie vive enfrente desde hace años. La casa está vacía, los cuadros resisten colgados, las lámparas envejecen dormidas. Algunas noches sueño en idiomas que desconozco, apenas un par de palabras entiendo, si hablas despacio, Marieta, como hacías las tardes de verano. Las tardes de aquel verano. Algunas noches sueño que ocupo el hueco de mi cuerpo. Buceas. Apareces a mis espaldas, acechante, y me abrazas, Marieta, me abrazabas. Esta noche cenas con tus primos en casa de Rosa. No me preguntas. Sabes que no quiero ir.

pasa-tiempo.arévalo.marzo2008

sábado, marzo 1

cierra los ojos hasta que se haga de noche y yo me haya ido

cuando te conocí fumabas treinta cigarrillos negros cada día y hacías el amor igual que follabas y, a veces, llorabas y, otras tantas, reías a carcajadas como manzanas y me abrazabas por la espalda, susurrabas compra dos billetes a praga y llévame contigo, no respetes las señales de tráfico, abandóname desnuda a las puertas de la ciudad vencida, escríbeme una canción que sea tan buena como maligno, no me regales jamás un bote de colonia, dame de comer con tus manos, cierra los ojos hasta que se haga de noche y yo me haya ido.

el ruido que la puerta de un coche hace al abrirse.gijón.febrero2006

miércoles, febrero 27

Gijón

Image noquin noquin noquin.gijon.febrero2008


Aunque los contemplemos noche y día
escribir sobre tigres nunca es fácil.
Eugenio Montejo, Tigres

viernes, febrero 22

#1

Desheredados, los últimos reyes de la tierra con manchas de grasa en las solapas, el pelo sucio y alborotado y los ojos hinchados persiguen octubre en estaciones de tren, se acuestan con putas baratas aunque podrían hacerlo con las más caras y gastan balas de plata disparando al cielo de los vampiros en los pantanos. Comparten palabras en vena con los heroinómanos del bulevar y duermen los días tirados en los suelos limpios de los aeropuertos o en las camas de hoteles de cinco estrellas en los que les dejan entrar sólo porque caminan descalzos y donde las chicas de la limpieza les preguntan sorprendidas cómo fueron capaces de cruzar el río y encontrar la ciudad agazapada en la noche.

John Lennon nació en otoño y en el invierno de mil novecientos ochenta vivía con su mujer y su hijo en la planta dieciocho del edificio de apartamentos Dakota, en el margen oeste de Central Park, en Nueva York. La noche del ocho de diciembre, cansado volvía a casa después de grabar una canción en un estudio de Brooklyn. Se bajó de la limusina y cerró la puerta. Anduvo diez pasos y la misma mano que por la tarde estrechara, le pegó cinco tiros en la espalda.

Te escribo para decirte que estoy bien. Las luces del aeropuerto ya están encendidas. He entregado el pasaporte y los mapas, las monedas pequeñas y frías. Sigo sintiendo ese dolor en el pecho, más agudo hoy que está nublado. Ayer fue la primera vez en mi vida que perdí un avión y me sentí bien. La cama de la pensión estaba limpia y el salón lleno de perros. Madrid está viva y sucia pero el metro te acerca a cualquier parte. Te escribo porque hoy el día se me va a hacer muy largo y los aviones despegan como si nada, como si no fueran conscientes del trabajo que deben generar para mantenerse suspendidos en el aire y avanzar. Si despacio me besa, cierro los ojos y la cafetería y los escaparates de la avenida se desvanecen hasta que alguien a nuestro lado advierte aquí hace años ya que no se puede fumar, aquí todo es aire y billetes de cinco dólares, bocadillos de queso, hombres invisibles, ilusiones y suelos amarillos encerados y tan limpios que reflejan la suela de mis zapatillas viejas y la cicatriz triangular en mi barbilla. ¿Les dije ya que aquí hace años que no se puede fumar? Si quiere, la señorita puede venir conmigo y le diré donde. Te escribo para decirte que estoy bien y que cuando llegue a Manhattan tengo pensado hacer fotografías en Central Park y volverte a escribir. Y hacer fotografías. Despacio me besa otra vez en los labios y cierro los ojos.

Tú y yo tenemos los días...

lunes, febrero 18

yo #2

... labios y cierro los ojos.

Tú y yo tenemos los días contados. Veintiocho como un número y los leones que duermen a la sombra de los acantilados un sueño sin lágrimas. Busco algo que se esconde en el silencio de las palabras, en el tiempo de la aurora, en los coches aparcados en las cunetas a medianoche, en los coches que tienen las luces apagadas y vapor de agua en los cristales. Pronto se abrirá el día hoy que le gano cinco horas a la muerte. Busco una palabra para cada pieza del mundo.

Los helicópteros iluminan el cielo de Manhattan. Estuve tres horas detenido en la comisaría del aeropuerto. Maldecía mi suerte sin saber que en la puerta de salida me esperaban un café caliente y una acera fría, un par de manzanas, un cigarrillo y una ciudad con los dedos llenos de luces de neón, escaleras de incendio, ladrillos rojos, la calle veinte con Broadway, una ducha de agua caliente y ese olor conocido en su cuello tamizado por la lluvia en azoteas de edificios antiguos. Entonces la sombra de las torres de Manhattan se convirtió en mariposas negras. Tú y yo tenemos los días contados. Encaramado en la litera de un hotel en la calle diez escucho el quejido de la calle y hojas de otoño en árboles ardiendo. Los rascacielos bostezan hartos de sentirse observados. La banca gana, la noche que aún no llega, los días azules, las avenidas llenas de gotas que colman vasos.

Ella se desviste y cubre su cuerpo de manos. Respira en silencio y acude a la noche como quien camina sin mirar atrás. Las sirenas de la policía apuñalan las horas mordaces de la madrugada. Ella cubre su cuerpo de manos. Avanza intrépida, decidida, con el miedo como un punzón en los talones y los ojos sucios. Se desviste, se cubre, se adentra en algún lugar para mí desconocido, en la tierra fértil de un día nuevo, en esa sensación de tiempo que no es siempre el mismo, donde una verdad es más cierta porque es relativa.

Yo jamás te hubiera esperado en la entrada de los apartamentos Dakota.

Sentados en la terraza de un bar en Little Italy la tarde pinta sombras en tu rostro cansado, los ojos en ascuas que el alcohol ha incendiado, tu risa que rompe diques y se desborda. Un cigarrillo. Dos. Tres las horas invencibles que esconden ejércitos furiosos. Si tuviera tiempo, qué no te besaría esta noche. El alcohol prende, el alcohol incendia, el alcohol escuece, el alcohol sana. Tengo ganas de partirte en dos. Tengo ganas de encerrarme contigo en una habitación con ventanas a Elizabeth Street. Tengo ganas de comerte los ojos. Si tuviera tiempo, qué no te besaría.

Era frío de mil novecientos sesenta y cinco y Muhammad Alí perdía el conocimiento al golpearse la cabeza contra la lona a la que le había enviado el uppercut certero del puño de Joe Frazier. Era el Madison Square Garden que se quedó en silencio y otro soldado con el regusto ácido del napalm en la garganta. Era frío de los sesenta. Frío de Nueva York. Soy tan rápido que anoche apagué la luz de mi habitación y me metí en la cama antes de que la habitación estuviera a oscuras.

¿Qué queda detrás de las palabras? ¿A quién pertenece la ciudad cuando está dormida? ¿Y si la ciudad no durmiera y es que se va muriendo poco a poco? Un negro enorme, sonriente y educado alquila bicicletas en una esquina de Times Square. Nos espera un avión en el aeropuerto de las seis y media. Yo acabo de perder la paciencia en una habitación con moqueta roja y palabras y caricias de ojos cerrados en las esquinas. En un hotel de la calle veintitrés he perdido las manos.

Te escribo para decirte...

miércoles, febrero 13

yo jamás #3

... he perdido las manos.

Te escribo para decirte que estoy bien y está lloviendo. Ella ha salido descalza a fumar a la calle. Atrás dejamos túneles y fábricas, aviones que despegaban cada tarde sin ningún destino. Paseamos Nueva York, tal vez un poco desesperados, y encontramos tiendas de relojes de cuerda, árboles de plástico, disfraces de enfermera y café para llevar. En el espejo del Hudson la brisa del atlántico y un océano, las playas como cuerdas de acróbata desde la ventanilla del avión y las noticias en los periódicos que nos recuerdan cuando fuimos niebla y estuvimos locos. Si tuviera tiempo, qué no le besaría esta noche antes del sueño vencido, la sacudida de los músculos cansados, el sabor de su lengua. Todo el mes ahorrando para ir a verle, que incluso me lo quité de las cervezas con los amigos en la barra del bar, y aquella noche DiMaggio fue incapaz de hacer un solo jomron. Habitaremos otros días de octubre en los que no seremos sensatos, ni conscientes del tiempo que vivimos. El avión tiene las alas llenas de lluvia y aparece en los monitores que despegaremos con retraso. Cuando fuimos niebla y anduvimos como locos. Entonces hicimos el amor y puso la planta de sus pies en mi pecho.

En mil novecientos setenta y cuatro, el padre de Klaus compró un cartón de tabaco americano y un disco de Dolly Parton en el puerto de Hamburgo. El padre de Klaus murió un domingo de noviembre, el tercero que anochecía sin dejar de nevar. Después del entierro, Klaus regresó a casa, encendió la chimenea y preparó café. Comenzó a mirar fotografías con las esquinas dobladas por la humedad y el frío, a leer antiguas cartas, a llorar recuerdos pequeños. Detrás de una caja en el fondo del armario encontró el disco de vinilo. Klaus vive ahora en Nashville y regenta un albergue.

¿Qué te dijo Johnny Cash cuando le contaste que Elvis había muerto?

Desde la cama escucho los trenes que llegan a la estación y silban noviembre. Los vagabundos duermen en los bancos de las avenidas en el downtown desierto. Johnny Cash está en la ciudad pero Carl Perkins aún no ha llegado. En las cafeterías puedes tomar café recién hecho y un pedazo de tarta de manzana por dos dólares con cuarenta. Sales de la ducha aún con sueño y despacio me besas en los labios. Y Jimi Hendrix, ya ves, aunque sea zurdo, también ha venido, continúas. Me gusta observar el ritual con que te vistes. Johnny Cash está muerto, respondo. No, aún no. Pero dice que está tan cansado que ya no escribe canciones, sólo epitafios, que busca a Elvis por las esquinas como un boxeador noqueado y que no ha vuelto a pasear vestido de negro y triste por el distrito. Ha vendido las guitarras y el arpa y se ha despedido de los chicos de la banda. June era mis señales en el camino. Me alzaba cuando estaba hundido, me animaba cuando estaba débil y me amaba cuando estaba solo y me sentía desamparado. Es la mujer más grande que jamás he conocido.

El puente de la autopista cruza la avenida y la parte en dos. Cuando el avión aterrizó en los campos al lado del río tenía los depósitos vacíos y ya no había nada que hacer. Todos dijeron que era demasiado tarde. ¿Demasiado tarde para qué? It´s too late, my friend, nos vamos poniendo viejos. Un alemán llamado Klaus nos ofreció una taza de café y dos camas en una habitación con las paredes escritas. ¿Qué otra cosa podíamos hacer si todos dijeron que ya era demasiado tarde?

Los vaqueros limpian el polvo...

viernes, febrero 8

yo jamás te #4

... ya era demasiado tarde?

Los vaqueros limpian el polvo acumulado en las alas de sus sombreros. Los cantantes de honky tonk beben tequila en vasos pequeños que después lanzan contra los espejos y tienen los brazos tatuados, el pelo engominado, los ojos azules y audaces. Yo escucho canciones que me hacen recordarte. Las tardes en el piso alquilado en las afueras, encima del taller de coches que un día pintaron de verde, cuando mi padre escuchaba esos discos y pedía silencio. Los vaqueros limpian el barro de sus botas de piel porque las calles del distrito están sucias después de llover. Dos guitarras, un batería, un contrabajo y una rubia borracha que se arrima a cualquiera. Ya tiene cerveza suficiente. Ahora quiere, al menos, una hora de afecto.

No dijo nada. Me pidió que me fuera. Cuando abrí la puerta, se levantó y gritó frente a la ventana que era mentira. Que todo era una puta mentira.

Yo jamás te hubiera disparado por la espalda. Yo jamás te hubiera esperado en la entrada de los apartamentos Dakota. Jamás.

A las siete de la tarde del cuatro de abril de mil novecientos sesenta y ocho en Memphis algunos dicen que James Earl Ray llevaba tres horas sentado frente a la ventana, sin apenas variar la postura de su cuerpo. Estaba a punto ir a mear cuando la oportunidad le encontró apoyando las manos en el alféizar para levantarse. Se sentó de nuevo, despacio. Amartilló el Remington que le habían prestado. Y no la desaprovechó. Después se marchó en un Mustang blanco camino de Atlanta.

Ahora sé que tenemos que largarnos cuanto antes de aquí, llegar hasta el sur, beber cerveza, escuchar jazz. Tengo ganas de partirte. Los hoteles de Memphis tienen lluvia en las ventanas y patos que cruzan la entrada dos veces al día para ir a nadar a los pantanos. Tú sigues tumbada a mi lado en la cama mirando al techo. Tú sigues intacta y esta ciudad nos ha vencido. Alguien disparó dos veces en un barrio del sur y la policía lo está buscando. Vigilo mi espalda en las avenidas, en la calle que cruzó la bala que mató a Martin Luther King, en los oscuros garitos a donde en mil novecientos setenta y seis acudían los amigos de Elvis para conseguir anfetaminas. Guardaespaldas, sicarios, lameculos que siguen sentados en Thunderbirds aparcados en Presley Bulevar vigilando día y noche a las puertas de Graceland, ahora que Priscilla ya no les deja entrar. No es fácil vivir cada día con el fantasma de un Elvis al que nunca llegaron a conocer. Ahora sé que tenemos que largarnos cuanto antes. En mil ochocientos treinta y ocho el gobierno expulsó a los cheroquis hacia el oeste por el sendero de las lágrimas. Deja encendido el motor, robaré unas gafas de sol apuntando con el dedo a la dependienta y saldré corriendo. Con rabia doblaremos la esquina en Union Street y no volverán a saber nada de nosotros. Quítate la ropa. Aquella noche tu padre te pegó fuerte porque te habían visto bailando en los garitos de los negros. Sé que si me lo propusiera haría tratos con el diablo. Martin Luther King y Elvis están muertos. ¿Lo sabías? Les lloran en Harlem y en algún pueblo pequeño y polvoriento de Louisiana. Te escribo para decirte que hoy no estoy bien. Nos vamos, camino del sur, oliendo a polvo.

A las afueras de Memphis la lluvia no da tregua. Tus manos no dan tregua. Trescientas cincuenta millas antes de llegar a Nueva Orleáns cae la tarde. Los caimanes se adentran en las aguas grises del río Misisipí. Un barco de vapor surca el río. Del piso más alto lanzan al agua el cuerpo de otro tahúr vencido. Los caimanes olieron la sangre cuando escucharon los disparos.

El veintiocho de agosto de dos mil cinco en Nueva Orleáns, Tiffany caminaba en dirección al trabajo. Al doblar la esquina en Canal Street una ráfaga de viento tumbó un cubo de basura. Seis bolsas negras y restos de comida se esparcieron en la acera. Tiffany se detuvo, miró al cielo y sintió un dolor punzante en el estómago.

Ojalá te parecieras un poco a...

martes, febrero 5

yo jamás te hubiera #5

... un dolor punzante en el estómago.

Ojalá te parecieras un poco a Marlon Brando y yo, en lugar de en un coche alquilado, hubiera llegado a la ciudad en un tranvía.

¿Dónde estabas, amor, cuando empezó todo, cuando el viento batía las pérgolas y los quinqués colgados en los balcones del barrio francés hasta hacerlos saltar en añicos contra el techo?

Dejó escrito su epitafio en un billete de dólar que abandonó en la barra de aquel bar. Un collar negro de cuentas de vudú apareció la mañana siguiente colgado en el pomo de la puerta de su casa en el barrio de Marigny. La tormenta alcanzaba las playas y una orquesta tocaba en el altar de la catedral de Saint Louis. La tormenta se tornó en huracán. La orquesta estaba compuesta por veintidós músicos más el director. Todos tocaban instrumentos de viento.

Los músicos de jazz tienen algo de locos y algo de suicidas o de asesinos. Cuentan que muchos de ellos cargan algún muerto a sus espaldas, que muchos de ellos matan el dolor y los recuerdos tocando cada noche, sintiéndose libres, apretando el gatillo o agarrando con fuerza el talle de sus navajas.

Se marcharon de Nueva Orleáns tocando en los barcos que llevan al norte. Los burdeles donde empezaron fueron derruidos. El barrio rojo está cerrado. Olvidado. Esas calles ya no existen. No vuelvas a preguntar por ellas. Laissez les bons temps rouler. Deja que ellos abandonen la ciudad. Cierra la puerta con llave y quédate conmigo hasta que todo acabe. Cierra la puerta con llave y ven a acostarte conmigo. A veces hay canciones que se te quedan pegadas a la piel.

Podéis ahora maldecirme o ignorarme, reíros a mis espaldas, insultarme en los cafés, escribir infamias; pero pasarán las lunas y será mi música la que se escuche en los teatros y en las catedrales, en Vancouver y en Nueva Orleáns. Y no la vuestra.

¿Quién guarda las armas? ¿Quién tiene con los amigos cuentas pendientes? ¿Quién sabe dónde duerme el enemigo? ¿Quién escuchará el clangor que anuncie el fin de la batalla? ¿Cuántos versos hacen falta para desarmarte? ¿Cuántas personas hay en el mundo dispuestas a clavarme en el corazón una estaca?

El ruido del secador, los pies descalzos, las seis de la tarde, quiromantes, brujos y curanderos que sin preguntas te leen el pasado, el tacto áspero de las paredes mudas, las líneas de la mano, tus tetas desnudas. Hay canciones que se te quedan pegadas a la piel. Tú no tienes ni idea de cuánto duele esto. Jackson Square. La esquina de Bourbon con Saint Louis. Las noticias de los periódicos que nos recuerdan cuando fuimos niebla y estuvimos locos. ¿Cuántos versos hacen falta para desarmarte? Y anduvimos como locos.

En la ciudad que el huracán lanzó al aire y convirtió en mar los vagabundos pelean contra la noche dormidos en los bancos de la plaza de armas. En el patio interior del hotel tañen las campanas de la catedral. Son las seis de la tarde. La noche de los vampiros, el calor del golfo de México, las aguas grises del Misisipí, un vagabundo que, loco como lo estuvimos nosotros, llega a la noche en los soportales de Santa Ana y entona una canción con voz grave y se burla de los caminantes. Está escrito en los días: las tormentas más violentas siempre tienen nombre de mujer.

Una trompeta, un clarinete, dos guitarras...

viernes, febrero 1

Utah

Imageretrovisor.utah.noviembre2007

miércoles, enero 30

yo jamás te hubiera esperado #6

...siempre tienen nombre de mujer.

Una trompeta, un clarinete, dos guitarras, un contrabajo y una mujer menuda de voz grande que bebe café cuando no canta y lleva puestos leotardos negros arrugados encima de las rodillas. Un portal, una acera con grietas y restos de humedad, una funda de guitarra abierta, tapizada de terciopelo rojo y repleta de billetes de un dólar y monedas de cobre, seis epitafios, Decatour Street cerca del río, frío, tú y yo apoyados en la puerta de un coche, una pareja que baila swing y a ratitos se desmorona como terrones de arena, como castillos de niebla. A ratitos se desmorona y la trompeta enmudece. La mujer menuda que lleva puestos leotardos empieza de nuevo a cantar. El público sonríe.

A veces las calles tiemblan y nos quedamos a oscuras. A veces andamos torpes y sin importarnos que pase el tiempo, que sople el viento, que el día camine a velocidad diferente. A veces hay canciones que te dejan heridas en la piel.

Tenemos un coche alquilado esperándonos en el aparcamiento del aeropuerto. Dos noches. Fuego y luces que van apagándose como se apaga la madrugada, dos días perdidos en Baton Rouge, tumbados en la cama, rendidos, velando armas antes de adentrarnos en el desierto. ¿Quién escuchará el clangor que anuncie el final de la batalla? La casa vuela por los aires. Un negro afroamericano ha sido detenido en las calles de Marigny acusado de haber robado un coche. Si me lo propusiera, lo sé, haría tratos con el diablo. Y no me quedaría sentado de brazos cruzados esperando un autobús que viaja al oeste dejando tras de sí polvo y lágrimas, mientras te fumas la ciudad y te muerdes los labios. Las velas en la plaza de armas ya no arden. I wait for you in Baton Rouge and I miss you down in New Orleans. La radio prendida en un idioma que desconozco. El ruido de la ducha que traduce tu cuerpo desnudo. El canto del cisne en un hotel de cinco estrellas. Con los ojos arrasados y tristes como perros entregamos las llaves, una canción de oasis, y pedimos un taxi.

¿Quién de todos nosotros será el primero en revelar el secreto?

Te escribo para decirte que el Misisipí no es tan ancho como lo imaginaba, que de los barcos cada noche lanzan al agua tahúres vencidos y apaleados, que los caimanes custodian su festín de huesos en los meandros y duermen al sol en las orillas hasta el atardecer, que huelen la sangre cuando escuchan los disparos.

A la una de la tarde en algún lugar perdido de Louisiana sopla el viento en los juncales y hay canciones de country y besos mejores que una habitación en un hotel de cinco estrellas. Yo he conducido despacio un Mustang blanco por las calles desiertas de Memphis a las tres de la tarde. Yo sólo quiero comerte los ojos. Hay canciones que se te quedan pegadas a la piel.

Las plataformas petrolíferas arden en llamas azules que se confunden con el cielo de la tarde y se hunden en un horizonte borroso y extraño tras explosiones de azogue. Helicópteros negros despegan de las refinerías en bandadas que hacen reír a los alcaravanes. Sentada en el capó del coche desafías a la playa y un cangrejo despistado te observa y lentamente hacia atrás va cubriéndose con el agua del mar. Se oyen sirenas, motores, gritos lejanos, helicópteros que regresan a tierra, tú sin bragas te secas el pelo frente al espejo, ríen de nuevo los alcaravanes, las garzas, postes de tendido eléctrico en fila señalan el camino a Texas, las casas en el aire, palafitos, nubes rojas, yo tengo puesta una camisa de fuerza, un sueño, Louisiana, los ojos grises muertos de los tejones en el arcén atropellados en el intento. Cierra la puerta con llave y ven a acostarte conmigo. Anunciados están los caminos para escapar de la tormenta.

Entre el sol y la cama de la noche...

domingo, enero 27

yo jamás te hubiera esperado en la entrada #7

... los caminos para escapar de la tormenta.

Entre el sol y la cama de la noche deshecha el perfil de tu cuerpo en el quicio de la puerta. En las manos traes dos cafés, dos huevos duros y tres manzanas. Las hojas de un sauce llorón atrapadas en el agua verde de la piscina en el patio interior del motel donde estamos escondidos. Acezas. Duerme, amor, que hoy llegaremos a las puertas de San Antonio. Conmover: mover fuertemente o con eficacia. El ruido del cigarrillo consumiéndose en la noche del desierto, el motor del coche caliente y desorientado, el juego de buscar adjetivos y unirlos a sus gestos. Desheredados, los últimos reyes de la tierra con manchas de mostaza dulce en los zapatos bailan una canción lenta al lado de un Ford enorme con las puertas abiertas.

Trece días. A los trece días de asedio sobrevivieron cientos de soldados y dos héroes. El tipo de la gasolinera me contó que en verdad los héroes no habían muerto defendiendo sus posiciones. Se disfrazaron de mujer y junto a ellas se escondieron en el sótano para librarse del fusilamiento. Pero fueron descubiertos, ajusticiados a la mañana siguiente y, de sus cuerpos al sol presa de los zopilotes, quedó una leyenda que se cuenta y se repite como cuentas de rosario.

Nunca te llevan el desayuno a la cama en los moteles de carretera. Aunque esté incluido en el precio y llegues antes que el amanecer a la cafetería, cuando la camarera despeinada y despistada está encendiendo la plancha, ordenando los tarros de azúcar, vertiendo el agua en la cafetera, arrascándose la nuca en un gesto automático de apoyo a toda esa rutina. Y da media vuelta entre asustada, liviana y disneica. Tiene la sonrisa escondida detrás de unos ojos tristes y restos de carmín en las comisuras. Deambula como alma en pena llena de miedo y sin descanso y te dice no, lo siento pero no puedes llevarte los cafés y las tostadas a la habitación. Y se queda mirándote en silencio, calibrando, pensando que, si se diese la oportunidad, tal vez, estaría dispuesta a acostarse contigo.

Paseamos calles vacías, carreteras cortadas que ya son leyenda, autopistas a punto de desaparecer bajo la tierra del desierto y que no llevan a ninguna parte. Te despiertas con la aurora y tomas café sentada frente a la ventana. Los camiones, gigantes amables, no dejaron de pasar en toda la noche. Ahora que el sol calienta, sentados en la calle bebemos café, hablamos de otras cosas. En el desierto echa siempre un vistazo en tus zapatos antes de calzarte. El hospital más cercano está a setenta millas y la sangre desde los pies hasta el corazón circula muy deprisa. Los coyotes abandonan la quebrada para continuar con sus andanzas. A esta hora ya debería haber llegado. Es tarde. A John Wayne han debido herirle los apaches en el desierto.

El coche tiene las llaves puestas y el asiento del copiloto echado hacia atrás. Por la carretera se acerca una patrulla de la policía mexicana. La línea imaginaria de la frontera nos parte en dos. Nos partimos. ¿Y si quedase el perfil de tus manos dibujado en la tapicería del techo?

Ella duerme un sueño...

miércoles, enero 23

yo jamás te hubiera esperado en la entrada de los apartamentos #8

... de tus manos dibujado en la tapicería del techo?

Ella duerme un sueño o una pesadilla. En la habitación de al lado, un tipo con gorra, bigote despeinado, camisa de cuadros verdes y vaqueros negros ajustados lleva ya más de diez cervezas y grita algo que no entiendo mientras ve jugar a los Mavericks en la televisión por cable. El desayuno se sirve a partir de las seis me dice la recepcionista, sorprendida aún del lugar de donde vengo. En una gasolinera a veinte millas de aquí nos dijeron que tuviéramos cuidado con los ciervos que cruzan de noche la carretera.

Hay heridas que te dejan canciones en la piel. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que volvamos a ser niebla?

Si hubiera tenido agallas para robar aquel coche a estas alturas estaríamos tan lejos, seríamos ya hijos de otro mar, de otro viento, de otra noche con estrellas de luz eléctrica, cervezas, tequila y limón, rubias baratas, guapos con el pelo grasiento y cómplices de todo ello ya no harían falta más tratos. Estaríamos siempre juntos. Si hubiera tenido agallas o hubiera sabido cómo hacerlo.

Una harmónica suena en la sombra cuando cruzamos a toda velocidad el cauce seco de un río. La radio da vueltas al dial pero no encuentra ninguna emisora. Estamos en las montañas ganadas arteras a los indios. Es tarde. A esta hora ya debería haber llegado. Han debido herir a Clint Eastwood los navajos en las montañas. Entró en el bar un camionero asustado. Acababa de atropellar un ciervo.

¿Qué diría ahora tu padre si viera bajo los neones del bulevar tu cuerpo desnudo en las fotografías que anuncian el comienzo de la temporada de espectáculos en el Bellagio?

Me jugué el último dólar que me quedaba, el que llevaba escrito tu epitafio, en una máquina tragaperras del primer casino al que me dejaron entrar en Las Vegas. Y lo perdí. Ella dijo tengo miedo de que esta ciudad sea mentira mientras me miraba y buscaba con las manos dentro de mi cuerpo.

Yo jamás te hubiera pegado cinco tiros. Yo jamás hubiera hecho de un libro mi declaración.

¿Puedes conseguirme un poco de gasolina?, preguntó pensativo mientras engullía con hambre de tres días una hamburguesa. Terminó. Saciado se limpió los labios con la servilleta. La estrujó en su mano izquierda y, al tiempo que lanzaba la bola de papel al plato vacío, encaró la mirada de su mánager quien, frente a él, conservaba aún una mueca de sorpresa en el rostro. Voy a quemarla. Aquella noche del pacífico en Monterey, después de un concierto mediocre, Jimi Hendrix prendió fuego a su guitarra.

El sol de California se cuela por la mirilla de la puerta. Ella se levanta temprano como cada mañana, sale a la calle y, sentada en la escalera, se desayuna dos naranjas y un cigarrillo. A su alrededor comienza a dar vueltas la mañana. Ella regresa con el sabor de la fruta en los labios. Y volvemos a ser torpes.

Busco una palabra para cada pieza...

domingo, enero 20

yo jamás te hubiera esperado en la entrada de los apartamentos dakota #9

... Y volvemos a ser torpes.

Busco una palabra para cada pieza del mundo y tengo ganas de dejar atrás estas paredes manchadas de humedad, la persiana desencajada, las latas vacías de cerveza, los ceniceros llenos de piedras. Tengo ganas de dejar atrás las bisagras que chillan, la moqueta azul desflecada, los milagros, los polvos mágicos, el sonido de un saxofón que llega al patio interior desde la esquina de la calle, las palomas que tiritan, a veces de miedo, a veces de frío, y mueren hambrientas y enloquecidas en los callejones. Tengo ganas de dejar atrás tantas palabras. Y salir a pasear contigo.

Yo jamás te hubiera esperado en la entrada de los apartamentos Dakota. Yo jamás hubiera encendido velas en Central Park para recordarte. Ahora todos quieren saber donde está la pistola con una bala de plata en el tambor. Me miran en silencio. Serios y diminutos se creen muy listos. Dicen que asustado salí corriendo y la tiré al Hudson. Pero no es verdad. Yo estaba allí leyendo cuando todos, serios y diminutos también, llegaron y dijeron que estabas muerto.

Algunas noches llegaba cansado a casa después de estar el día entero pintando la ciudad. Tú me esperabas en el salón viendo películas que hicieron en Hollywood en los años cincuenta. Llevabas puesto un sombrero. Y nada más.

¿Qué dirá ahora tu padre cuando tenga que reconocer en la mesa fría el cuerpo roto de su hija tendido sin nota de despedida a los pies de la ciudad?

Nos perseguía el invierno, noviembre cuando el otoño apareció acribillado a tiros en el portal de la mañana. Silbaba el domingo un viento culpable la noche en que se escucharon los disparos, el légamo abisal donde dormían las pistolas, las lágrimas imposibles en un tiempo imparable. Todas las monedas que encontraste. Todas las suertes que tuvimos.

Y gastarían las horas en hoteles baratos de días nublados en relojes que, tarde o temprano, serían devorados por el mar. Y gastarían las horas con sombreros que duermen encima de televisiones encendidas, espejos mal colgados, llamadas de teléfono que nadie contesta, el periódico de ayer, el ruido de la aspiradora golpeando contra las paredes, los seis mil doscientos pasos que hay de aquí al mar, las tiendas de licores y tabaco que abren de madrugada para atender a los desesperados, los suicidas que se agigantan en el último instante y se atreven a saltar. Quiero seguir sorprendiéndome cuando llego por la noche a las ciudades de tu cuerpo.

Desheredados. Los últimos reyes de la tierra. Avanzan. Decididos.

nuevayorksanfrancisco.octubrenoviembre2007

viernes, enero 18

Ibiza

Image frío.calamolí.enero2008

días

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