miércoles, diciembre 30

Esta ciudad no respira

Esta ciudad no respira, joder, no respira y hace tiempo que te lo vengo diciendo y tú ahí, como si nada. Te desayunas el café y las tostadas, un vaso de zumo de tomate mientras lees el periódico, te levantas, escucho el ruido que los tacones hacen sobre el parqué camino del baño, el agua liberada de la cisterna y cuando regresas la frente me besas y te marchas a trabajar como si nada, como si no hubiera hablado o, peor, como si no me hubieras escuchado, o como si fingieras haberlo hecho antes del ya cínico y desafiante con que has respondido por encima de las hojas del periódico.

Esta ciudad no respira desde hace demasiados años, las calles son venas grises, los edificios monumentos a un presente sin futuro, un cielo plúmbeo de cartón piedra en lugar de protegernos nos amenaza y, tarde o temprano, ocurrirá lo que tiene que ocurrir, todo reventado, todo por los aires, todo a tomar por el puto culo.

Ya.
formentera.noviembre2009

martes, diciembre 22

Praga

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praga.septiembre2009

domingo, diciembre 13

Pájaros

La ambulancia llegó seis minutos después de que Mireia saltara. A veces decía no lo soporto más. No soporto despertarme cada mañana, levantarme de la cama y posar las plantas de los pies sobre los azulejos fríos de la madrugada. Erguirme con la fuerza de los brazos y de las rodillas. Y no ser capaz de volar. Abría las ventanas de casa y desayunaba medio desnuda en la cocina. A esas horas yo llegaba de la fábrica y colgaba el abrigo mojado por la lluvia en el perchero y las botas sucias de barro dentro del armario. Desnudos mis pies, igual que los suyos, entraba en la cocina guiado por el olor del café y le besaba la golondrina que volaba en su nuca. Los dos últimos meses había perdido esa costumbre. La olvidé, igual que tantas otras, en algún lugar que merece el olvido. Como si la rutina las hubiese ahogado bajo el barniz del tedio. Como si fuéramos estatuas tristes sobre pedestales demasiado altos para saltar. Como si la vida que construíamos se hubiera vuelto en contra nuestra y nos hubiera vencido.

Encontré un trabajo en turno de noche, seis por semana y dos mil euros al mes. Marchaba a la diez de casa y, al llegar a la calle, casi todas las noches llovía. Mireia se quedaba en el salón leyendo libros antiguos, viendo películas de miedo en la pantalla del ordenador, escuchando música hasta bien entrada la madrugada. En las últimas semanas, recuerdo, dormía inquieta tres o cuatro horas. Se levantaba despeinada y preparaba café antes de que yo regresara.

Abrí la puerta de casa, me quité el abrigo y las botas. Todas las ventanas estaban abiertas. Entré en la cocina con los ojos cerrados para sentir el cansancio en la espalda y el olor del café recién hecho. Cuando los abrí, la golondrina no estaba.

Mireia se hizo tatuar una golondrina en la nuca. Para el día que me anime a volar, decía.

Paseábamos el invierno por las ciudades a veces horas sin hablarnos, concentrados en el espectáculo del frío y de los escaparates. Esquivábamos los coches que ardían y las olas del mar que alcanzaban las calles nos empapaban de pies a cabeza. Mireia se reía a carcajadas en las esquinas y perdía la prudencia en los pasos de peatones. La golondrina, policroma e inmóvil en su nuca, aguardaba paciente su momento. Regresábamos después a casa, junto a la noche y, tumbados en la cama, el uno al otro nos descalzábamos, entrábamos en la ducha y Mireia decía, inténtalo anda, bórrala con la esponja. Yo frotaba incansable, primero lentamente, después con furia hasta que su piel enrojecía. Pero la golondrina no volaba, permanecía estática, indeleble, única. Entonces Mireia se daba la vuelta y me abrazaba, hacíamos el amor y dejábamos que llegara el frío y nos encontrara tiritando por algo que ya no era el miedo a un futuro indomeñable, a no tener armas con las que defendernos de nosotros mismos.

Fue apenas un zarpazo que no alcanza su objetivo, una lluvia de misiles sobre una isla del Caribe después de la caída del telón de acero. Las calles del barrio se retorcían y sacudidas por el estruendo enmudecieron. Las gaviotas, con las rémiges despeinadas por el viento, se acobardaron posadas en las antenas mientras las palomas, hinchadas de frío, custodiaban los álabes. Las hojas de las puertas se batieron contra el viento hasta que los cristales cedieron. Sólo los perros podían escuchar la sirena de los coches de policía que se acercaban por la avenida.
cimadevilla.diciembre2009

sábado, noviembre 28

Los mejores poemas del mundo

Los seis poemas de Gorrete son los mejores que yo he leído en toda mi vida. Y hubo un tiempo pasado en el que hubiera sido capaz de matar a quien dijese lo contrario. Lo digo en serio. Los escribió durante seis años, los últimos de su vida. Un poema cada trescientos sesenta y cinco días. Nunca antes había escrito una sola palabra. Trabajó durante cincuenta años como soldador en los astilleros y en los ratos libres jugaba a las cartas en el bistró La Manduca. Cuentan que nunca salió de la ciudad. Su segunda mujer murió hace quince años. La primera dicen que lo abandonó porque el tamaño de su pene era demasiado grande. Cuentan, murió, dicen.

El día que se sentó a escribir por primera vez cumplía ochenta y un años. Mi padre decía que era la edad correcta para empezar a escribir poesía. Todo lo escrito antes no tiene sentido, hondura ni fundamento, concluía. Mi padre era un lector empedernido, lo que acredita su comentario, y, al igual que yo, también pensaba que los seis poemas de Gorrete eran los mejores que había leído en toda su vida. Pero jamás hubiese matado a quien sostuviese lo contrario. Mi padre era, en el fondo, un cobarde detrás de un montón de libros.

Desde la ventana de mi habitación yo veía a Gorrete sentado cada mañana frente al papel blanco. Gorrete y yo éramos vecinos de patio interior. En esos días, yo no sabía qué era lo que hacía. Caí en la cuenta cuando, una vez muerto, fue publicada su pequeña obra literaria. Pequeña en número pero inmensa en arte, como apostillaba mi padre, a la menor ocasión.

Al igual que nosotros, Gorrete no tenía calefacción en casa. Cada mañana se vestía con una chaqueta gruesa de lana color gris, unos pantalones de pana negra y un gorro de paño encasquetado hasta las cejas. En esta jodida ciudad siempre hace frío. Cuando yo me levantaba, él ya estaba sentado. Cuando regresaba de la facultad de empresariales, a media tarde, allí continuaba. En todo aquel tiempo nos cruzaríamos un par de veces en las aceras. Los portales de nuestros edificios desembocaban en calles paralelas. Es curioso que todos estos recuerdos florecieran en mi mente después de su muerte y de la publicación de su obra. De no haber sido así, jamás hubiera vuelto a acordarme del vecino de la ventana de enfrente. Porque del Gorrete soldador, o del Gorrete despechado por culpa de un pene grande en exceso, o del Gorrete casado en segundas nupcias no tengo memoria. Y, según rezaba en la contraportada del libro, toda su vida habitó la misma casa, enfrente de la mía.

No sé por qué he vuelto a pensar en Gorrete y en sus seis poemas. Supongo que algo tendrá que ver el hecho de haber enterrado a mi padre esta tarde. Tenía ochenta años y aguardaba con impaciencia la llegada de su cumpleaños, ya próximo, porque quería empezar a escribir poesía. Qué pena. El mundo pierde hoy al mejor poeta de todos los tiempos, he dicho en el entierro. Todos miraron con cara de no entender nada.
formentera.octubre2009

viernes, noviembre 13

Seisseiscinconuevetrescerosietedosuno

La última vez que los contó tenía diez mil doscientos cincuenta y tres. Fue, si la memoria no le miente, hace dos inviernos. Tardó tres días y medio, durante los que durmió no más de cinco horas. Cuando terminó, se sintió agotado y satisfecho.

Hace meses, de madrugada en un bar del centro, un tipo, tan borracho como él, le contó que conocía a alguien que tenía, seguro, más de diez mil. Más de diez mil quinientos, quizás. No le creyó. Y la marea de la resaca arrastró el dato de su mente. Pero ahora ese anuncio en el periódico le ha puesto nervioso. Coleccionista privado. De segunda mano. En buen estado y a buen precio. La mayoría norteamericanos. De siete, diez y doce pulgadas. ¿Quién era? ¿Por qué los vendía? ¿Cuántos años había tardado en reunir esa cifra?

Dejó la hoja del periódico encima de la mesa del salón. Quería comprobar lo que el tiempo era capaz de hacer con ella. Si una semana después continuaba allí, se decidiría a llamar. ¿Y si lo tuviera, después de tantos años buscándolo?

Los siete días pasaron como un desfile del invierno, la hoja de periódico continuaba en el mismo lugar donde la dejara y el tiempo nada había hecho con ella. Doblar las esquinas húmedas, tal vez, arrugar los bordes. Por alguna extraña razón, a la que no llamaba miedo, no se atrevía a marcar el número de teléfono, a escuchar los monótonos tonos previos al sonido de una voz.

No puede dormir. Se levanta, memoriza el número de teléfono para poder olvidarlo después y diestro encima de la mesa construye un avión de papel con el anuncio en el ala izquierda. Lo observa entre sus dedos un instante antes de lanzarlo al aire a través de la ventana. Allá va. Sigue con la mirada el torpe vuelo del ingenio y puede ver, con las luces de la ciudad al fondo, como las gotas de lluvia bombardean las alas del avión y lo derriban.
formentera.octubre2009

jueves, octubre 29

En el palacio de invierno de los zares de Rusia

En el palacio de invierno de los zares de Rusia, Nadia limpiaba el polvo de los salones tres días por semana, de una a cuatro de la tarde. Después recorría la perspectiva Nevski hasta llegar a su casa. En invierno caminaba deprisa, sorteando las sombras de los cadáveres que cincuenta años atrás se cobró el asedio de los nazis. En verano, si tenía dinero, compraba flores, claveles blancos, y una botella de vodka. Lanzaba las flores al río y brindaba por el calor del sol con los borrachos y por las aguas frías del Neva con los policías que dirigían el tráfico en los cruces. A veces, se quedaba dormida de pie. Si despertaba, medio azumbrada observaba a las parejas hacerse un amor apresurado bajo los ojos de los puentes. Nadia tenía veinticuatro años y no conocía más ciudades que San Petersburgo ni más estaciones que el invierno a pesar del verano.

Sin dejar de mirar atrás en todo el camino para comprobar que nadie les seguía, llegaron a casa y escondieron el lienzo en el interior de un sofá. Brindaron con vodka por el éxito del robo y se despidieron. Alexei y Mitia se marcharon por separado, el primero cinco minutos antes que el segundo. Después Nadia se sentó en la cama, escuchó el paso de las horas a pesar del ruido del tráfico y, lentamente, con la ropa puesta, dejándose caer hacia atrás sobre el colchón vestido con sábanas blancas, se quedó dormida. Le despertó un ruido como de madera rota. En la puerta de su habitación, aparecieron dos policías. Uno de ellos le apuntaba a la cabeza con una pistola. El otro agarraba por detrás el cuello de Alexei. Sangraba por la nariz y tenía los ojos vencidos de lágrimas.

Los globos hinchados con el helio de los sueños están amarrados con nudos torpes a los asideros de la memoria. Cuando despertamos, se aflojan con extrema facilidad y desparecen para siempre en el cielo del olvido.

Alexei, ayudado por Nadia y Mitia, descolgó el cuadro de la pared y lo observó en sus manos durante diez segundos. Mitia puso su mano derecha en el hombro izquierdo de Alexei para apremiarle, vamos, Alexei, necesitamos el dinero, no la cárcel. Con habilidad y un pequeño buril, Alexei desenmarcó la tela. Una vez libre, la enrolló con cuidado y Nadia la introdujo en el hueco del palo de aluminio de la fregona.

El cuadro la observaba y no al revés. Nadia lo sentía, como una presencia, en cada uno de los rincones del museo, en cada una de las esquinas que Nadia se encargaba de mantener libres de polvo y de tiempo acumulados. De humedad en los largos meses oscuros del invierno. Bajo la luz rayada por la sombra de los barrotes en la última de las noches blancas, Nadia recuerda el primer día de trabajo en el palacio de invierno de los zares de Rusia y las sensaciones que la visión del cuadro hizo aflorar bajo su piel. Tardó meses en darse cuenta que, de todos los cuadros colgados en el museo, era el único que no compartía la pared con ningún otro. Nadia no sabía nada de pintura pero Mitia le había dicho que unos tipos holandeses estaban dispuestos a pagar mucho dinero por él. Suficiente para que Alexei y ella pudieran regresar al pueblo, comprar unas cuantas hectáreas de tierra y construir una granja en la que vivir. Nadia observaba de nuevo el lienzo, apoyado el peso de su cuerpo con dos manos en el palo de aluminio de la fregona. Sonrió. Cada vez que lo miro me entran unas ganas enormes de bailar.

No queda otra
Que aprender y olvidar
Acelerar el tiempo de la cicatrización
Estar preparado para cuando
Vuelva el invierno
Tener las armas limpias
Y las piernas fuertes
Dimitri dijo que además
Él podría encargarse
De que los tres tuvieran
Siempre alimentos
Adargas
Esperanza
Agallas para empezar de nuevo
Nadia lloraba
Lloraba sin fuerzas
Deseando que todo
Todo
Todo fuera una mentira

formentera.septiembre2009

lunes, octubre 12

De esta no sales

¿Cuántas personas en esta ciudad duermen ahora despreocupados sin saber que morirán mañana?

Rodolfo estaba de pie frente a la ventana y observaba las azoteas sucias y las luces de los pocos coches que, veloces, circulaban por las avenidas desiertas en las últimas horas de la madrugada. ¿Cuántas?, volvió a preguntarse.

Anoche, sin necesidad de ir más lejos, yo no lo sabía. Y Laura, la noche anterior, tampoco lo sabía. Al menos negó con la cabeza cuando se lo pregunté. Dime una cosa, niña, ¿sabías anoche que hoy ibas a morir?

Me quedan unos cuantos recuerdos desdibujados, de perfiles imprecisos. No creo que sea culpa lo que siento, lo que anda arañándome las entrañas; pero sí, tal vez, pesar porque las cosas podían haber sucedido de un modo distinto. Si cierro los ojos, observo los cabellos rubios de Laura, oscurecidos por el sudor y pegados en la frente enrojecida, el dolor que sus uñas provocaron en mis antebrazos al clavarse en la piel, la fuerza de sus músculos que lentamente fue desvaneciéndose, el ruido del hioides al quebrarse y el olor que la muerte depositó en su pecho.

Confesé que lo había hecho y ellos no preguntaron los motivos. El soplapollas del abogado, mirándome a los ojos, dijo: si el cuerpo no aparece, tres años menos de cárcel. Y qué cojones me importa. La tiré al mar desde el acantilado. No va a ser fácil que aparezca, de todos modos.

Confesé esta mañana. Y ahora yo también estoy muerto.

Cuando la furgoneta se detuvo, uno de los policías, el más joven, me dijo tápate la cabeza con la cazadora, vamos a salir y hay un montón de gente ahí fuera. No lo hice. Se abrió la puerta trasera y simplemente fijé la vista en mis zapatos. Pensé que eso sería suficiente.

Os prometo que no escuché nada. Ni el disparo. Estaba tendido en el suelo, boca arriba, y de pronto sentí en el estómago un dolor nuevo, un dolor que nunca en la vida había sentido. Tenía la camisa llena de sangre caliente. Uno de los policías, el más viejo, se arrodilló y me dijo, al oído, ha sido el padre de Laura. De esta no sales.

cimadevilla.octubre2009

miércoles, septiembre 30

pERSEVERANTE o EL FIN

Nicolás se pone en pie y recuerda algunos días del pasado. Lleva puesta una bufanda verde alrededor del cuello. Es del mismo color que mi coche, decía a veces María. Es difícil renunciar a vivir estos días, dice Nicolás mientras sube la cremallera del viejo abrigo gris. Tal vez debería haber sido más perseverante. Rastrear el aire con el mismo afán con que rastreo palabras. Si alguna vez contáis mi historia, contad que caminé entre gigantes.



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FIN


umdpp.formentera.todaslasmañanas

domingo, septiembre 27

eNMARAÑADO

Tendrás que encontrar los espacios libres. Correr sólo hasta donde sea necesario. Desaparecer y aparecer en el instante preciso. No dar un metro de más ni sesenta centímetros de menos. Preciso y flexible habrás de ser. Desenredar lo enmarañado. Buscar el sosiego, la velocidad y el control del tiempo.

umdpp.formentera.llueve

martes, septiembre 22

sECOS

Cuando llueve en Ciudad el tiempo se detiene y las calles se limpian. En los días de invierno nunca llueve en Ciudad. Por eso el nombre con que las tribus nómadas del norte bautizaron el lugar significa valle de diciembres secos. ¿Llueve? Pregunta María desnuda en la cama. Cómo va a llover, piensa Nicolás de pie desnudo frente a la ventana, si está tan cerca el invierno. ¿Está lloviendo, Nicolás? Repite María.

umdpp.formentera.aquellosdías

jueves, septiembre 17

pIEL

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sábado, septiembre 12

hERIDO

¿Cómo vamos a ofrecer algo que no estamos seguros que vaya a suceder? María es el nombre de todas las mujeres. En sus cigarrillos de tabaco negro se consume el tiempo que no va a volver. Tres días y tan sólo un segundo de calma, el olor de la tierra mojada, María que duerme al fin en mi cama, el miércoles por la noche. Comenzó frases de sueños perdidos. No he querido despertarla cuando me he levantado para ir al baño. Me duelen las piernas y, cada vez que la busco en sombras, encuentro un animal herido.

umdpp.formentera.hoy

miércoles, septiembre 9

bLANCO

Sé que va a llegar la noche y vas a regresar a casa. Cansada, con ojeras que ya tenías esta mañana al despertar, sin muchas ganas de hablar de otro tema que no sea el del trabajo. Y yo he pasado la tarde caminando por las afueras de Ciudad, cerca del río, atento a todo y sin pensar en nada. Quería comprarte flores pero no encontré doce que fueran del mismo color. Me propuse elegir un destino para viajar y pasear las aceras de otra ciudad durante un par de días; pero en la estación de tren las locomotoras ardían. Intenté robar un anillo de oro blanco para el dedo meñique de tu mano izquierda pero la oribe hizo saltar la alarma y tuve que salir corriendo después de darle un beso en la boca. He comprado pescado, patatas y dos latas de cerveza. Enciendo el horno, meto las cervezas en el congelador y empiezo a pelar las patatas ahora que ya sé que va a llegar la noche y tú vas a regresar a casa.

umdpp.formentera.hoy

viernes, septiembre 4

tREMENDA

Nicolás posa las manos en los pechos desnudos de María y hunde en el lienzo de su vientre el rostro pintado de acuarelas que se diluyen por los flancos de mujer en cascadas que alcanzan el mar de sábanas. Nicolás la nombra quietud, aurora, limo, causa, consecuencia. María se levanta y llega hasta la cocina. María come galletas untadas de mantequilla a cualquier hora del día o de la noche. María tiene en los ojos la tristeza de todos los amaneceres. Ojos de tremenda tristeza.

umdpp.formentera.hoy

domingo, agosto 30

áMBAR

María baja corriendo las escaleras porque llega tarde y tropieza. Se agarra a la barandilla para no caer y desde la oscuridad del portal alcanza la luz de la tarde en la calle. Encadenada a una farola, Larreina aguarda paciente. Larreina, todo junto. María pedalea con ánimo por la avenida y encuentra dos semáforos en verde, tres en rojo. Cuando la luz es ámbar, siempre frena. Se encienden las luces de los escaparates, abren algunas cafeterías, cierran las escuelas. Es la primera tarde del otoño, piensa María, mientras es adelantada por un camión de bomberos que circula a cuarenta kilómetros por hora. Anochece cada tarde tres minutos antes que el día anterior. Así hasta alcanzar la estación seca de diciembre.

umdpp.formentera.mañana

lunes, agosto 24

rOJO

María se despierta todas las noches después de soñar con un vestido rojo y con las manos de alguien a quien no conoce. Se tapa los pies fríos con las mantas y palpa con la yema de los dedos primero su ombligo y después las arrugas que las sábanas esculpen en las esquinas del colchón. Sueña con un barco que se mece al antojo de las mareas, fondeado en un mar de espejos, la tarde y todas las noches hasta que el invierno llegue a las estaciones de tren de Ciudad. Poor Otis dead and gone lift me here singing this song alone pretty little girl with the red dress on poor Otis dead and gone.

umdpp.formentera.hoy

martes, agosto 18

Ya te vengo teniendo ganas.

Pasan los días y renacen en mi vientre los sabores de tu cuerpo, la madrugada insomne de tu tacto. Bajar a media tarde a la calle que huele a lluvia y comprar en la tienda de la esquina pan caliente y queso, para tener algo que cenar después de hacer el amor con los ojos abiertos, la luz encendida, las ventanas al aire. Recostada en mi hombro recién duermes, como la hora de la siesta en un verano amarillo en el que fuimos ángeles. Luz, ascua, ardentía, reflejo de todos los ángulos de tu piel en el espejo del océano que es verde porque tú así lo miras, con los ojos del color del atardecer en azoteas. Mi patria, mi fin, mi bien.

lástima grande que no sea verdad tanta belleza.buenosaires.marzo2005

jueves, agosto 13

Como el asfalto recibe indiferente la lluvia

como la luz de las farolas se remansa en charcos sobre el légamo de las aceras como la sombra de los semáforos es de colores y el espacio entre los muros de los edificios está tejido con los hilos de miradas como los segundos pasean por el sonido de esta noche así yo voy a esperarte

de la ausencia y de ti.salamanca.noviembre2000

sábado, agosto 8

nARANJA

María, tengo ganas. Ahora que los barrios de Ciudad se detienen y caminan por las calles tipos con cuentas pendientes, tengo ganas de verte. Me siento atrapado en la materia viscosa de los días y no tengo más remedio, ni otra salida que ir a buscarte para, estando contigo, no estar solo, para posponer indefinidamente el momento de enfrentarme a la visión especular de mí, que va más allá de mi rostro o del reflejo en el lavabo de mis manos que accionan el grifo del agua, atrapan la pastilla de jabón como un pez recién sacado del agua, se secan la cara con la toalla naranja.

Soplo las velas y llega la noche. Tal vez duerma.

umdpp.formentera.mañana

domingo, agosto 2

hORIZONTAL

A media tarde caminamos por las calles del centro de Ciudad. Tomamos un café María, un té Nicolás, una cerveza yo. Hablamos del trabajo Nicolás y yo, del último disco de Conor Oberst, de si será capaz de hacer una canción mejor que Poison Oak los tres. María le cuenta a Nicolás que yo quiero que viajemos los dos juntos a Zanzíbar. Nicolás pregunta dónde está Zanzíbar, termina de un trago el té y pide una cerveza. ¿Queréis algo más? No, gracias, aún me queda cerveza. María niega horizontal con la cabeza. No, no me habéis entendido. ¿Queréis algo más, después de viajar a Zanzíbar? María y yo callamos. A Nicolás siempre le gusta jugar con las palabras. Por eso es tan bueno en su trabajo.

umdpp.formentera.talvez

martes, julio 28

flaco como nunca antes

Compré un libro de Bukoksky y un disco de Coldplay y fui a mear. Me miré en el espejo y vi un tipo flaco, como nunca antes lo había estado, de barba larga, piel morena y ojos azules.

Estoy flaco, como nunca antes lo había estado y fumo, como nunca antes lo había hecho. Sentado en la playa de La Concha, disfruto del último rayo que el sol abandona en la arena ocre antes de morir vencido por el monte Igeldo. Dos chavales juegan al fútbol, como hacíamos Jesu y yo cuando éramos críos y mi madre esperaba en casa con la cena preparada y preocupada porque la primavera me tenía toda la tarde en la calle. Siento el frío de la primera noche en el final de la espalda. Recojo mis cosas y guardo el paquete de tabaco en la mochila. Camino por el bulevar en busca de una cafetería. Y van siete. Después leeré un rato, tumbado en la cama de una habitación de veinte euros y toallas blancas.

Cuando la ciudad sea de la noche saldré a pasear de nuevo, la echaré de menos y llegará el sueño. Mañana conduciré contra el viento, con un kilo de manzanas en el asiento de al lado y las canciones de Quique González. Y ahora todo está bien. Incluso la tristeza.

acecha el invierno como una manada de leonas.sansebastián.abril2006

miércoles, julio 22

eLEGANTE

La puerta del frigorífico se ha llenado de palabras imantadas. Qué invierno elegante. Todas las mañanas tengo frío después de ducharme. Me visto en el salón para no despertarte y respirar. Toca un odio. Los gatos han dormido en las sillas blancas del porche. Se despiertan con el ruido de la cafetera y se estiran en el jardín del mismo modo en que tú lo haces sobre la cama cada noche. Eres peluda. No creas que no he pensado, seis veces por semana, no ir a trabajar y sentarme al lado de la cama a mirar como duermes. Suertemente puedo tiempo fuerte sonido mundo melón. Me pongo los guantes con los dedos cortados. Te robo a Larreina, todo junto. Me llevo al trabajo las palabras y el silencio.

umdpp.formentera.ayer

viernes, julio 17

Madrid

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madrid.marzo2009

miércoles, julio 15

Yo propongo

escribir por última vez todas las palabras que no amamos.

Y después olvidarlas.

los pies suicidas o el cielo está llenos de prodigios.formentera.mayo2009

sábado, julio 11

tÍMIDO

Tenía un libro de ese escritor que tanto te gusta y no fui capaz de ir más allá de la página quince. Lo quemé en la chimenea una noche en que el frío entraba de afuera por el tiro y mantenía tímido el calor del fuego. Ahora dices que no tengo los pies en el suelo y que no puedes cogerte unas vacaciones para volar a Zanzíbar. Devuelve los billetes. No marqué la pestaña del seguro de cancelación. Nicolás, tal vez, quiera conocer una isla del Índico donde la gente vive del cultivo de las nueces. ¿Es el nogal el árbol de las nueces? Es bonito. En Ciudad no hay. María. Qué. Yo no quiero ir con Nicolás a Zanzíbar. Quiero ir contigo a cualquier parte.

umdpp.formentera.hoy

martes, julio 7

Voy a establecer las normas


Que han de regir el paso de las estaciones
Las lunas menguantes
Las mareas y
La forma el modo en que
Debo acercarme a ti
A tu cuello desnudo
A tus brazos en calma

No habrá leyes no habrá
Principios ni presupuestos
Deberes derechos obligaciones
Nos acercaremos una vez hayan
Sido depuestas las armas
Y retiradas al fondo de los almacenes
Fríos los petos y las adargas
Cuando descanse la caballería
En los establos umbríos
Repletos de paja y
Mientras las nodrizas amamantan
A los hijos que no serán nuestros
Yo prometo abrazarte en silencio
Proteger tu sombra de las amenazas de la luz
Y alcanzar al tiempo porque
Siempre soñé encontrarte
Mas nunca pensé que lo haría

los pies suicidas o el cielo está lleno de prodigios.formentera.mayo2009

jueves, julio 2

dESORIENTADOS

Desorientados como girasoles en días nublados, Nicolás y María caminan sin descanso por las calles estrechas del barrio viejo de Ciudad, en busca de las Puertas del Adiós que conducen a los aeropuertos, aviones detenidos en la tierra y en el aire, un billete electrónico, salvoconducto para alcanzar países desconocidos, aires templados, calles aún por conquistar, tu cuerpo, María, tal vez lo único que aspiro a conquistar piensa Nicolás.

umdpp.formentera.ayer

lunes, junio 29

nERVIOSAS

Todos seremos pianistas si desaparecen los pianos dice Nicolás al tiempo que desanuda los cordones de sus zapatillas blancas. Pianistas, pienso en voz alta, sentado a su lado. ¿De quién es esa frase? No es una frase. Es un verso. ¿De quién es ese verso? Repito con paciencia. Las manos de Nicolás, nerviosas como falenas alrededor de un quinqué, delatan que no tiene un buen día. Es mío. Yo lo he encontrado. Le miro a los ojos y sonrío sin decir nada. Hoy estás imposible, Rojo. Ya lo sé, Chaval, ya lo sé. Vente conmigo esta tarde. ¿A dónde? A tirar piedras a las ventanas de los cuarteles.

umdpp.formentera.hoy

domingo, junio 21

sERENA

Anoche pusieron en la televisión un documental sobre fauna africana y en la pantalla tres hipopótamos caminaban por una playa de la costa de Gabón, situación extremadamente rara, decía el narrador con voz grave y serena, puesto que los hipopótamos habitan las aguas de los caudalosos ríos africanos; pero, se pueden contar con los dedos de sus pezuñas, las veces que se les ha visto nadar de espaldas en el mar. Tal vez, se trataba de tres hipopótamos despistados que alcanzaron la desembocadura del río Congo. ¿Tú sabes que el hipopótamo es el animal que más muertes humanas causa al año en África? Pregunta El Cojo, mientras deja en mis manos un plato de berenjenas asadas. No, ni idea, contesto; pero es difícil de creer después de verles caminar por la arena blanca, tan tranquilos, en dirección a las selvas del crepúsculo, contesto mientras cojo un yogur de fresa.

umdpp.formentera.hacedías

lunes, junio 15

Pequeños monstruos

Quietos, pequeños monstruos, no jodan. Dormiten ebrios en sus majadas bajo un cielo granate y finjan ser felices y disfrutar follando los unos con los otros sin remordimientos ni culpas livianas. Aten a su cintura las piezas de caza que hasta ahora se hayan cobrado y descansen tranquilos y confiados, beban vino en búcaros agrietados y descubran en el silencio de las tardes el placer de la lectura, disparen a las estrellas las balas trucadas en sus revólveres de plata de culatas de nácar, échense miel en las heridas, toquen melodías tristes con instrumentos de viento, rían a carcajadas mientras se palmean las espaldas sin importarles destrozar el sueño de sus semejantes, marchen a la guerra tras el tañido de las campanas y regresen después del invierno a sus hogares, uniformados, henchidos de gloria y vencidos, y violen a sus mujeres que, desnudas y dormidas, pequeños monstruos, ya no les aguardan.

formentera.mayo2009

lunes, junio 8

Yo nada sé del aguacero


Somnoliento como estoy bajo los escombros
En las trincheras del nortenieva

Medio borrachos por el alcohol
Destilado en alambiques domésticos
Tres francotiradores en la azotea
Del hotel San Diego miran aterrados
El temblor de sus manos

No conozco mejor lugar que la guerra
Muchacho
Para destruir a un hombrellueve

los pies suicidas o el cielo está lleno de prodigios.formentera.abril2009

jueves, junio 4

cERTEROS

María y Nicolás no tienen límites y son certeros. No tienen tampoco futuro y no piensan demasiado en ello. Una vez al mes caminan en silencio por Ciudad hasta llegar a las Puertas del Adiós y se abrazan en las sombras. Nicolás lanza pequeñas piedras de alumbre al horizonte y los cuervos, posados en las almenas donde algunas tardes nos sentamos a descansar, graznan amenazas. María siente en la piel de la espalda el dolor de cicatrices de tinta negra. Muchas noches sueña con el vestido rojo. Pero ya a nadie se lo cuenta. Nicolás la mira en silencio y piensa la mujer que me colma, la mujer que me llena por dentro hasta los pulpejos de los dedos.

umdpp.formentera.hoy

jueves, mayo 28

vACÍAS

En el silencio que deja tras de sí el viento, después de tres días soplando sin tregua, queda dolorida la piel de la ciudad, los muros con los carteles de anuncios hechos jirones, las esquinas enrojecidas e inflamadas, los ojos de los túneles llorosos y aturdidos. La piel herida de la ciudad resiste a duras penas en las luces de los semáforos, en los nombres de las calles, en las chispas irisadas que el calor del motor produce sobre el capó de los coches. María conduce medio dormida y mal desayunada el Ford Escort en dirección al centro. El último aliento de la noche en el viento fue el aire en las ruedas de Larreina, todo junto, que amanecieron vacías.

umdpp.formentera.hoy

jueves, mayo 21

Porque te busco y sé


que está más cerca
hoy mi rendición
luz es el contorno
perfecto de tu sombra
cuando te desnudas como caen
las hojas en otoño

porque te busco y sé
que tuyo es el remedio
contra la amenaza de los días
y tuya la belleza
diferente avión de papel
en mis manos luciérnagas

me gustan las mujeres de mirada triste.gijón.diciembre2003

domingo, mayo 17

vERDE

Nicolás cuenta uno dos tres cuatro hasta diez y empieza a hablar. Hoy se disfraza de astronauta y camina como si en Ciudad la ley de la gravedad no tuviera jurisprudencia. Quiere que yo le pida prestado a María el Ford Escort verde metalizado de mil novecientos noventa y uno para viajar a las Playas del Olvido. Tengo ganas de pasear y hacer fotografías desde los acantilados. Ya sabes que María no le deja el coche a nadie, respondo. Si tú se lo pides, te lo dejará. Y nos vamos el próximo fin de semana. Podemos dormir en la arena o llevar una tienda de campaña, escondernos en la bruma, gritar a las gaviotas o correr tras ellas mientras levantan el vuelo, encender a medianoche un fuego. La solución es decirle que se venga. Me dijo este fin de semana no puedo. Tengo que leer un libro. Uno que tenga las páginas llenas de polvo.
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miércoles, mayo 13

rEVUELTO

No tiene mucho sentido ponerle un nombre a las cosas, ¿no crees? Bueno, supongo que es una forma como otra cualquiera de convertir un objeto en el objeto, de determinar. Ya, te sigo. Por eso le pusiste un nombre a tu bicicleta: Larreina. Larreina, todo junto. Larreina todo junto, repito y asiento. A veces creo que todo junto son los apellidos porque esas dos palabras siempre siguen a Larreina. Ahora que lo pienso, todo junto ¿se escribe separado? ¿O todojunto? María me dirige unos ojos de fastidio y no se molesta en contestar. Se pone en pie, despeina mi pelo revuelto con un gesto de cariño y empieza a caminar. Yo no puedo evitar mirarle el culo. Se da la vuelta y dice este fin de semana no tengo nada que hacer. Leeré un libro que tenga las páginas llenas de polvo. Y se monta en la bicicleta y María y Larreina, todo junto, aprovechan la velocidad que les proporciona la calle cuesta abajo para desaparecer tras un chispazo. Un libro que tenga las páginas llenas de polvo le hará estornudar, pienso.
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jueves, mayo 7

La enfermera y el luchador mexicano y tres

Una anciana detrás de los geranios, apoyados los codos en el alféizar de la ventana, observaba la calle de jueves por la mañana. Patricio empujó la puerta de la carnicería, dijo un buenos días al que nadie contestó y cogió un pedazo de papel con el número veintitrés. El siguiente sería el diecinueve. Esperó paciente que llegara su turno mientras escuchaba en los auriculares lochloosa, de Mofro. La dependienta troceaba con habilidad una pechuga de pollo y Patricio se fijó en ella. Había visto esa cara antes en alguna parte. ¿Qué desea, señor?, le preguntó entonces la conocida desconocida. Un par de piezas de solomillo de ternera. Para tournedó, vaciló Patricio mientras se quitaba los cascos de las orejas. ¿Dónde? ¿En la calle, en Imelda, en el cine, en un parque, en algún bar, cualquier noche…? ¿Por qué? Absorto estaba en estos pensamientos, cuando descubrió que la muchacha, sonriente con el brazo izquierdo extendido y la bolsa de la carne en la mano, aguardaba que Patricio la recogiese. Eso es, ya está, es la chica rubia de ojos verdes, la de los tangas de chocolate. Patricio sonrió, satisfecha así su curiosidad. Ella respondió a su sonrisa con sorpresa, como si, al mismo tiempo, hubiera reconocido al chico de la tienda del sexo. De pronto, se abrió la puerta de la trastienda y tras ella apareció Mateo. Abrazó a la muchacha por la cintura y, tras darle un beso en la mejilla, reparó en la presencia de Patricio. Hombre, tú por aquí, ¿qué tal? Bien, bien, contestó Patricio, de nuevo sorprendido. Ya me iba. Adiós. Hasta luego. Patricio dio media vuelta y se disponía a salir de la tienda cuando Mateo gritó ¡nos vemos esta tarde! Patricio levantó la mano izquierda a modo de despedida. Sabía que Raquel, muda y abrazada a Mateo, le estaba mirando.
Patricio abrió la puerta con tres llaves, saludó en silencio a la enfermera y al mexicano, encendió las luces, levantó la pantalla y enchufó el ordenador. Apoyó las manos en la vitrina de cristal y, a través de él, observó la caja de seis condones con estrías y sabor a fresa y, a su lado, la caja de dos tangas comestibles con sabor a chocolate. Y se echó a reír.

formentera.marzo2009

sábado, mayo 2

La enfermera y el luchador mexicano dos

Patricio mide el tiempo en canciones. Sentado en el taburete alto detrás de la vitrina de cristal, bebe un café solo y lee un libro que dice ah, diablos, dijo el duque, me entran ganas de escaldar así a la bella Aline. Monseñor, le contestó humildemente ésta, yo no soy un cerdo. Durante la mañana de sábado, un hombre de unos cuarenta años de edad, entrecano, de manos pequeñas, vestido con una americana de pana oscura y un pantalón vaquero gastado cuyos bajos no alcanzaban unos mocasines negros impecables, estuvo en la tienda las seis primeras canciones del kamikazes enamorados, de Quique González. Leyó con atención la composición química de una crema de masaje, hojeó un par de revistas, tres carátulas de películas y un libro del Marqués de Sade, observó detenidamente un dildo ergonómico de color azul petróleo y, en el estribillo de palomas en la quinta, preguntó el precio del disfraz de enfermera y marchó de Imelda con las manos en los bolsillos del pantalón. Dos discos más tarde, uno de Diego Vasallo y otro de Los Ronaldos, se abrió la puerta de Imelda y entraron dos chicas jóvenes, de entre veinticinco y treinta años. Una era morena y bajita, a pesar de calzar unas botas de piel de tacón alto. Gastaron un par de canciones frente a los anaqueles donde descansaban los consoladores. Tenía los ojos negros, los labios finos y las tetas grandes bajo un jersey amarillo ajustado de cuello alto. Sonreían y, a ratos, se cogían del talle o se apoyaban una en el hombro de la otra. Tuvieron en las manos un sujetador de latex, un antifaz de terciopelo morado y un bote de espuma con aroma de fresa. Vestía vaqueros negros. Siete canciones después de entrar, se decidieron por un par de tangas comestibles con sabor a chocolate. Y un abrigo de pana que le llegaba hasta las rodillas. Pagaron y mientras Patricio aguardaba con el brazo izquierdo extendido y la vuelta en la mano, se besaron. La otra chica, rubia de ojos verdes, se dio cuenta de que Patricio las miraba y esperaba escayolado, le pidió perdón, recogió el dinero y la bolsa donde aguardaban los tangas y se marcharon de la tienda. Vestía una camiseta gris, una cazadora vaquera y una falda de algodón que le llegaba hasta los tobillos. Calzaba zapatillas de deporte. Al andar, movía tan despacio las caderas que parecía cojear. Patricio pensó que eso le gustaba. En los altavoces agonizaba yo detrás cuando desenchufó el ordenador, bajó la pantalla, apagó las luces y en silencio se despidió del mexicano y de la enfermera. Cerró la puerta con tres llaves.

formentera.marzo2009

domingo, abril 26

La enfermera y el luchador mexicano uno

¿Por qué una enfermera y un luchador mexicano se miran dentro de un escaparate?

La tienda tenía forma de cubo. En las estanterías de una de las paredes se mostraban los consoladores, altivos en fila como militares en día de desfile, las esposas de plástico y la lencería de colores. En otra de ellas, las cremas, los afeites, los lubricantes y los perfumes. En la tercera, y colocadas por orden alfabético, descansaban las revistas y las películas pornográficas. En mitad del espacio, una vitrina de cristal, de un metro de altura, guardaba en su interior los condones y, sobre ella, descansaba el ordenador portátil, que hacía las veces de caja registradora. A la izquierda, sentado en un taburete alto, Patricio leía un libro que decía vaya, dijo el duque, ¿no tocó nada, no manoseó nada de lo que tú sabes? No, monseñor. Yo os lo digo todo y no oculto ninguna circunstancia. En el escaparate, un maniquí vestido de luchador mexicano y una maniquí vestida de enfermera desafiaban al frío de marzo en la calle. Qué difícil es ponerle un nombre a un sex-shop que no te haga pensar al instante en un prostíbulo de carretera, había pensado Patricio seis meses antes. Imaginó entonces unos zapatos negros de charol con un tacón de siete centímetros. La tienda se llamaba Imelda.

Patricio escuchaba los últimos acordes de Kathleen, de Josh Ritter, cuando, como cada jueves al atardecer desde hacía quizá cuatro o cinco meses, se abrió la puerta de cristal de Imelda y apareció Mateo. Maldijo a la lluvia y al viento. Buenas tardes, bienvenido a Imelda, ¿puedo ayudarle en algo?, era el saludo que Patricio siempre dedicaba a los clientes que acudían a la tienda, curiosos, intrigados, fetichistas, pornógrafos, indignados, despistados y asiduos, los menos, como Mateo. Patricio, esta vez, levantó la vista del ordenador tras bajar la música de man burning y saludó a Mateo, lejos del protocolo: ¿cómo va? Regular, con este tiempo, contestó Mateo mientras se acercaba a la vitrina acristalada. ¿Lo de siempre? Mateo asintió con la cabeza. De fresa y con estrías, los favoritos de Raquel. A veces pienso si lo nuestro funcionaría igual sin ellos. Patricio sonrió, abrió la puerta corredera trasera de la vitrina y puso sobre ella la caja de seis preservativos. Mateo pagó con un billete de cincuenta euros y Patricio buscó la vuelta en los bolsillos traseros de su pantalón vaquero. ¿Tienes anillos de compromiso? ¿Cómo? Respondió Patricio con sorpresa. Mateo soltó una carcajada transparente. Es una broma. Pensaba que, cualquier día de estos, le pido que se case conmigo. La quiero. Hasta la semana que viene, entonces. Chau. Se cerró la puerta y regresó el silencio. A medias, right moves.

Los primeros días tras la apertura de Imelda, Patricio se había impuesto el ejercicio mental de no pensar en los clientes ni en sus compras una vez que abandonaran la tienda. Los presupuestos, de algún modo, siempre son falsos, pensaba. Pero con Mateo le era imposible: una caja de seis preservativos con estrías y sabor a fresa cada siete días. Mateo y Raquel. Patricio desenchufó el ordenador, bajó la pantalla, apagó las luces y en silencio se despidió del mexicano y de la enfermera. Cerró la puerta con tres llaves.

formentera.marzo2009

miércoles, abril 22

Cada noche ella se ponía


Una vieja camiseta rosa
Con un dibujo en negro
De Mafalda en el pecho
E intentaba besarme

Hoy la recordé
Como un ciclón
No paraba de beber
No dejaba de hablar
Y de mover las manos

Ha pasado tanto tiempo
Que podría no haber sucedido

A veces me echaba de casa
A veces se quitaba
La vieja camiseta rosa
Con un dibujo en negro
De Mafalda en el pecho
Y debajo no había nada

los pies suicidas o el cielo está lleno de prodigios.formentera.marzo2009

sábado, abril 18

La Habana

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uneac.vedado.diciembre2008

sábado, abril 11

Last goodbye

Este es nuestro último adiós. Odio sentir que este amor se muere

Cuéntanoslo otra vez. Desde el principio. Ya sé que estás cansado; pero empieza de nuevo. Lo que sucede es que ustedes no me creen. Y yo les estoy diciendo la verdad. Sí te creemos. Sí te creemos, pero algo se nos está escapando. O algo se te ha olvidado. Venga, yo te prometo que es la última vez. Después te dejamos tranquilo. Sé que lo estás pasando mal; pero ya hace tres días que desapareció y, qué quieres que te diga, no entiendo nada. Y no lo encontramos por ninguna parte. Y yo qué sé. Yo qué sé. Tal vez cruzó el río, alcanzó la otra orilla, se montó en el primer bus que viajara al oeste y nos está esperando en casa, bebiendo cerveza al sol y componiendo canciones. Podría ser, por qué no. Pero, mientras tanto, tú y yo sabemos que tenemos que seguir buscándolo. Ayer por la noche llegó su madre a la ciudad y está muy asustada. Hazlo por ella, aunque sea. Está bien, está bien… Serían las cuatro o las cinco, no sé bien, habíamos comido en la terraza de un pequeño restaurante de Beale St. Cuando nos levantamos dijo que le apetecía dormir un rato en la sombra de un árbol alto, cerca del río. Y después ensayar algunas canciones. Los chicos de la banda dijeron que se unirían más tarde. Iban a acercarse al hotel, a hacer unas llamadas, creo. Él y yo cogimos las guitarras y el radiocasete y nos pusimos en camino.

Escuchábamos una canción de Led Zeppelin y, de pronto, se puso en pie y, caminando lentamente, en silencio se metió en el río. A cada paso que daba, el agua ascendía alrededor de su cuerpo. Cuando rozó la superficie con las manos, su imagen de espaldas, la luz amarilla del sol pintada en la superficie del agua, la voz de Robert Plant, el viento enredado en las copas de los árboles, los edificios altos de Memphis observándonos aburridos con las ventanas abiertas, el puente de hierro como el esqueleto moribundo de un monstruo prehistórico y cansado de vivir… me pareció un momento mágico. Subí el volumen del radiocasete y seguí tumbado. Me sentía bien. No sé cuánto tiempo pasó, un par de minutos, tal vez. Se apagó la canción y, al volver la vista al río, él no estaba. Me reí y pensé que todavía hacía frío para pasarse la tarde con la ropa mojada. De pronto sentí miedo porque pasaban los segundos y no pasaba nada. Lo llamé, lo llamé, les juro que lo llamé. Grité su nombre hasta el dolor. Y nada. Seguí sus pasos, me metí en el río, lo busqué en el aire, en el agua, en el fondo de peces ciegos, en los juncales despeinados de las orillas. Pero nada. Nada. Nada. Los chicos dicen que el muy cabrón está en Los Ángeles. Riéndose de todos nosotros. No sé… Ojalá, pero esto no tiene buena pinta. Ustedes no saben cómo es. Ustedes no lo saben.

Y, dios, no consigo sacarme esa canción de la cabeza, ni la visión de los perfiles de su cuerpo sumergiéndose en las aguas grises del río, ni mis carcajadas. Durante unos segundos, despreocupado, aguardé a que su cabeza rompiera la lámina del agua en cualquier momento, en cualquier lugar. Después se aceleró mi corazón y empecé a gritar su nombre, primero en silencio, después desesperado, balbuceante. Primero seguro de que iba a aparecer. Seguro de que todo era una broma, una de las suyas, como tantas veces antes. Después qué miedo, qué miedo. Nunca antes en mi vida lo había sentido.

Tranquilo. Es suficiente.

A veces decía desapareceré, como Elvis, fingiré estar muerto y disfrutaré del anonimato, decía, como cuando estuvimos de gira por Alemania. Aquellos días nadie le reconocía por la calle, nadie le paraba a cada paso para hacerse fotografías con él, ni le pedía un autógrafo en la palma de la mano o en la camiseta, ni todas las chicas de la primera fila querían acostarse con él después del concierto. Ahora recuerdo que, de camino al río, desde el interior de un coche aparcado en la acera, una pareja le reconoció y gritó su nombre para decirle que su voz era la más bonita que habían escuchado jamás y que, a menudo, ponían sus canciones y se hacían el amor. Él, entonces, agachó la cabeza, aceleró sus pasos, llegó a tropezar, se quedó sombrío y dejó de hablar. Como Elvis, como Elvis, como Elvis.

Jeff Buckley tenía treinta años cuando murió. En algún momento entre los días veinticuatro y veintinueve de mayo de mil novecientos noventa y siete, en algún lugar del cauce del Wolf River, a su paso por Memphis, el légamo lo devolvió a las orillas. Hasta su muerte había grabado diez canciones propias y una versión.

formentera.abril2009


miércoles, abril 8

El callejón de Schmidt

"... un pedazo de pan y la visión en el horizonte del mar al llegar a lo alto de la colina, una prostituta cubana, cien por cuarenta y cinco, pan y pezones y una habitación con vistas al patio interior de la casa, la imagen de un hombre repetida hasta el hastío, quién es el último para la caja de divisas, sol de diciembre en una playa del sur y pan y pezones, el motor del coche hace un ruido extraño, tal vez se rompiera el tubo de escape tras el golpe en aquel socavón de la carretera a Mantua, yo les cuento todo esto porque estoy solo en el coche con ustedes. Si con nosotros viajara otro cubano yo no les contaría nada. Un único palo no hace el monte. Alcanzar de pronto la altura adecuada para ver el mar y las montañas, la torre amarilla del convento de San Francisco, la casa de la trova donde se escucha el son y un par de cervezas frías, salones umbríos de viejas mansiones reconvertidas en museos, arroz con frijoles negros, el sonido de su respiración que se alargaba en el instante en que se quedaba dormida. Y dijo el capitán con voz de trueno. El aleteo del viento en los árboles del patio interior anunciaba la hora de la siesta. Duerman tranquilos, mis niños, cuando despierten les prepararé un jugo de naranja. Fue en esta selva en la que en mil novecientos cincuenta y nueve desapareció la avioneta en la que volaba el hombre de luenga barba llamado Cienfuegos Camilo siempre guardando las espaldas de Fidel en las fotografías, con la mirada perdida, como en aquella en la que ambos estaban rodeados de palomas blancas. Cuba limita al oeste con el Estrecho de Yucatán. Cuando se vaya la luz mi negra nos vamos a desnudar... "

apuntes de un ajedrecista.lahabana.diciembre2008




sábado, abril 4

sEIS

A veces, como esta noche, me siento a escribir y me duelen las manos, pero los días no se detienen. Habrá de darme alcance el invierno y el alba. La palabra lágrima no es húmeda ni triste. La palabra carretera no lleva a ningún lugar. Los ojos de los maniquíes sirven para componer versos de canciones. Las seis lunas de Júpiter convertirían en días las noches de luna llena. Mi abuelo murió en mil novecientos setenta y tres y nació sin manos y sin miedo. Tenía los ojos azules, igual que yo; pero azul no es un color.

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lunes, marzo 30

Morales Manazas

Después de la quinta, Morales siempre decía que no había follado con muchas mujeres en su vida; pero sí con las mejores. Que el café nunca se calienta dos veces. Que Isiah Thomas es el único jugador profesional de baloncesto que será recordado dentro de cien años. Que los lunes y los viernes no son días para firmar un trato, ni para casarse la gente, ni para morirse los niños. Y que un miércoles de cada mes debería ser fiesta nacional. Que, desde el primer momento, él dijo que a Kennedy lo había matado la CIA. Y que eso es cierto. Que las flores de plástico son como las tetas de plástico, con las mismas virtudes y los mismos defectos. Y los anillos de compromiso, cadenas. Perpetuas. Llegado a este punto, se reía, apuraba la sexta hasta el fondo vacío de cristal del vaso y pedía la siguiente y perdía la cuenta y seguía. Que la rutina es, a veces, el cinturón que te permite no perder los pantalones. Que comer despacio es el último placer de los mortales. Que, cuando ella se sentaba a su lado en silencio, podía oler el aroma de las manzanas y creer en algo. Y que la última vez que la vio, había perdido las ganas. Y el olor de las manzanas, otra vez el olor de las manzanas que ya no podía sacarse de encima, sacudírselo, espantarlo a manotazos como la amenaza de las abejas en las tardes de verano, olvidarlo en el fondo del vaso atrapado por la espuma de cerveza, corrientes marinas que horadan los pies rocosos de los gigantes acantilados, o en la barra, en los ceniceros colmados, en las letrinas. Pedirle a Mauro la siguiente y reírse con ganas, las ganas, perdidas las ganas pensar en los cielos amarillos del sur y en su casa, la casa de seis puertas en la que habitó diez años, hace tantos años y las manzanas y las ganas y las manzanas, las manzanas, las manzanas… Morales lloraba, de rabia y de miedo, y apretaba los puños en el aire y escondía la cabeza entre los hombros y en la curva de su espalda se arremolinaban los cristales diminutos del tiempo antes de clavársele como alfileres en el recuerdo y Morales aullaba, se apretaba la cabeza entre las manos enormes, manazas, manzanas y sonreía. Sonreía ciego. Ciego.

Entonces Mauro se acercaba hasta el lugar que ocupaba Morales en la barra y, agarrándole las muñecas le separaba de la cabeza las manos crispadas y al oído le decía cuándo te vas a perdonar, Manazas, joder, cuándo.

formentera.marzo2009

martes, marzo 24

Anudada en las drogas más nocivas


Se mantuvo inmóvil durante meses
Cuando estaba lúcida escribía
Cartas sin fecha
Cuando no
Luchaba contras las gaviotas y la hiedra
Nadie hasta entonces
Y nadie después
Escribiría los versos
Que aquellos días ella escribiera
Decían que andaba perdida
Vagabunda en el metro
Mendiga entre cartones
En la plaza del parque

El final de esta historia habitaba
Cerca de la muerte
Pero no una muerte dramática
Trágica
Lóbrega
La muerte como uno de sus versos
Inacabado

los pies suicidas o el cielo está lleno de prodigios.formentera.febrero2009

viernes, marzo 20

cOMUNES

Las chimeneas de la fábrica de palabras modifican el horizonte de los arrabales de Ciudad como los dedos de una mano abierta al cielo. Tres de ellas rojas del color del ladrillo, las más altas. Las dos restantes, grises de cemento. La fábrica fue inaugurada hace diez años y es la de mayor producción de palabras en todo el país. Está dividida en cinco naves rectangulares de dos plantas de altura. En ellas, mediante un proceso fisicoquimicomágico, se materializan: palabras comunes, topónimos, palabras en desuso (todas aquellas palabras que han aparecido escritas menos de cinco veces en los últimos dieciocho meses), palabras malsonantes y neologismos. Yo trabajo en la nave de palabras comunes. Nicolás, desde hace tres meses y tras acceder por concurso interno a una plaza vacante, forma parte del equipo que rastrea alambres de tinta en busca de palabras en desuso: zigurat, vitriolo, temperancia, mandria, garlido, azumbre.

umdpp.formentera.hoy

sábado, marzo 14

carnicería y calvario

"... desnudos en la cama olvidaron que la mañana prendía las horas en las calles de Santiago mientras leían párrafos sueltos de un libro de Lezama Lima. El desayuno frente a las alturas de la ciudad cuando, sin medida del tiempo, al que consideraban un extraño, se dedicaban por entero el uno al otro antes de conquistar las empinadas cuestas y los oscuros callejones con que la ciudad cada martes de paseo les retaba. Capablanca luchaba en un entable difícil. Jugaba con trebejos negros y había perdido dos peones y un caballo, a pesar de haberse defendido como si arañara. Cualquiera en su lugar hubiera firmado tablas. A veces era divertido hacerlo con los calcetines puestos... "

apuntes de un ajedrecista.santiagodecuba.diciembre2008

martes, marzo 10

Tras el naufragio de tu maltratada memoria


sentí como cada una de las articulaciones
en mi antiguo cuerpo se hacía añicos y
los pedazos de luz
esquirlas diminutas y mortales
se acumulaban en las arterias de mi cerebro y
al instante
descubría un frío insoportable
que quemaba de tan doloroso y
que helaba de tan terrible

paseé la infancia creyendo que dirigía mis zapatos
por las líneas que marcabas pero qué va
que ya lo demostraste antes de mañana
y no dejaste mucho espacio para las dudas
globos aerostáticos que inflas con tu indiferencia

te empeñas en mirar detrás de mis ojos y
escribir en aviones de papel que no tengo idea
de cómo quererte que no sé tratarte como la mujer
que te crees que eres imbécil

pues quiero que sepas que hasta mañana
voy a seguir intentando merecer tu aprecio
pero igual el siglo que viene empiezan
a caérseme las manos y se desmigajan los sueños
y encuentro la fórmula que relacione
tu incomprensión más mis errores
elevada al cuadrado de tu mezquina paciencia
y te meto en un paquete a nueva zelanda

o mejor me envío yo
sin remite
para que en tu puta vida me encuentres

de la ausencia y de ti.salamanca.septiembre2000

jueves, marzo 5

cABIZBAJOS

El garito tenía las paredes decoradas con enormes carteles que anunciaban conciertos antiguos. En alguno de ellos recordé haber estado. Con un retraso de diez minutos (tal vez fueran seis) sobre la hora anunciada, entraron en el escenario, cabizbajos y decididos, Los últimos días de la pólvora. Uno tras la batería, uno en el bajo, otro con las manos sobre el órgano Hammond. Las baquetas del primero marcaron el compás y tras ellas los tres músicos iniciaron un blues instrumental. El rumor impaciente en las gargantas del público que abarrotaba la sala, tres días antes (tal vez fueran cuatro) se colgó en las taquillas el no hay entradas, aumentaba de volumen por momentos mientras que Los últimos días, cabizbajos y decididos, serios y divertidos, se empleaban a fondo. Doscientos segundos después (tal vez fueran cien) y por el costado izquierdo del escenario en negro apareció Lorena, tocada con un sombrero de fieltro gris oscuro de ala estrecha y abrazado por una cinta de raso color marfil y con las manos prestas en las seis cuerdas de su guitarra eléctrica. Aplausos y guapas al aire de humo gris y gotas de sudor. Reverencia de la dama a los presentes y saludo cómplice a sus tres compañeros antes de unirse, guitarra y voz, al tema inicial. Y a partir de ahí diez canciones y tres bises, una versión de una vieja balada de Randy Newman y otra de una ranchera de Mª Dolores Pradera. Un minuto (tal vez fueran dos) tardó Lorena en hacernos olvidar que es su voz la que nos seduce en la televisión para que compremos un coche y una lavadora. Cuando abandonaron el escenario, Ciudad enmudeció un instante (tal vez fuera uno, nunca he sido muy bueno midiendo el tiempo) necesario para paladear lo vivido. Insatisfechos y con ganas de más. Larga vida a la música. Larga vida al grupo.

Para Papel de Música, L. A. Duque en el concierto de presentación de Lorena y Los últimos días de la pólvora.

umdpp.formentera.hoy

domingo, marzo 1

oSCURO o el sombrero de frank sinatra

¿Cojo? ¿Qué? El sombrero que llevaba puesto anoche Lorena en el concierto… ¿era el sombrero? El Cojo, sentado a mi lado en el banco, asiente con una mueca de satisfacción. ¿De qué habláis? Pregunta Nicolás al tiempo que entra por la puerta del vestuario y se quita de las orejas los cascos de la cajamúsica. ¿Qué sombrero? El sombrero que llevaba puesto anoche Lorena en el concierto perteneció a Frank Sinatra, respondo. ¿Qué dices?, prosigue sorprendido Nicolás mirando a El Cojo. Sí, Rojo, ese sombrero era de Sinatra. ¿Y cómo acabó en la cabeza de Lorena? El Cojo sonríe y agacha la cabeza, piensa un instante y dice de acuerdo, te lo cuento, el chaval ya lo sabe porque se lo conté un día, no recuerdo cuándo; pero rapidito. Y después os largáis de aquí cagando melodías que hoy tengo mucho trabajo.

Una noche del invierno de mil novecientos setenta y nueve, Frank Sinatra celebró sus sesenta y cuatro años de vida y sus cuarenta años de música con una fiesta en el Caesar´s Palace de Las Vegas. Por aquella época, una de las limpiadoras del hotel se llamaba Flora Mendes. Flora estaba limpiando los restos de la fiesta a la mañana siguiente cuando, en el escenario y boca arriba, semicubierto por diminutos papeles de colores y con un sujetador negro de encaje en su interior, encontró un sombrero Stetson de fieltro gris oscuro de ala estrecha y abrazado en la copa por una cinta de raso color marfil. Flora lo recogió, lo limpió y, como nadie la había visto, decidió quedarse el sombrero de recuerdo. Quinientos días después de la fiesta, Flora Mendes regresó a Puerto Rico y, dos años más tarde, se convirtió en la quinta mujer de mi tío Rodolfo, el hermano pequeño de mi padre. En mil novecientos noventa mi padre viajó a San Juan para pasar unos días con ellos, conoció la procedencia del sombrero y decidió que tenía que ser suyo, costase lo que costase. Y el precio fue una colección de fotografías en blanco y negro que mi abuelo había hecho en Filipinas. Cuando murió mi padre, el sombrero de Frank Sinatra fue el único bien que heredé. Y colorín colorado… muchachos. Pero, Cojo, ese sombrero podía ser de cualquiera que hubiera estado en la fiesta. ¿Por qué de Sinatra? Pregunta Nicolás. Porque Sinatra fue el único de los asistentes que subió al escenario, concluye el Cojo. Las fotografías de los periódicos no mienten. Ese sombrero era de Sinatra.

Y el sujetador, Cojo, ¿de quién era? El Cojo me mira y vuelve a sonreír. Se encoge de hombros. Flora decía que eso era difícil saberlo. Pero ella, cinéfila empedernida, aseguraba que sólo Jayne Mansfield habría podido llevar una talla tan grande. Pero en mil novecientos setenta y nueve llevaba ya doce años muerta.

umdpp.formentera.hoy

martes, febrero 24

La vía blanca

"... en pequeñas reuniones en los palmerales, bueyes perdidos sin yugo contaban en voz baja sus secretos a las garzas. Ellas, a cambio, les limpiaban la gruesa piel de moscas. ¿Cómo puede medirse la fuerza de un ciclón capaz de arrancar árboles de raíz y abandonarlos tumbados en la tierra como cadáveres vencidos en la derrota menos honrosa, árboles caídos cansados de siglos?.. "

apuntes de un ajedrecista.trinidad.diciembre2008




jueves, febrero 19

vENCIDOS

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vencidos los gatos se dejan alimentar con los restos del pescado de la cena y desnudos tú y yo caminamos de la mano hacia la cama me apetece charlar dices y tal vez un masaje en los pies aunque estoy tan cansada que si me lo haces bien es posible que me quede dormida y sueñe contigo o con alguna canción del pasado hace días que tengo miedo de que no quisieras regresar por qué no lo sé supongo que estuve escuchando alguna de esas canciones calla no sirve de nada cerrar los ojos tan tarde ya en la madrugada creo que he bebido demasiado vino la cama ya no suena el viento se detiene en los cristales fronteras muros alambradas no recuerdo la última vez que encendí la televisión la última vez que me masturbé la última vez que pensé en todo ello en todo ahora ya no queda creo nada de aquellos tiempos o muy poco los hemos ido barriendo con paciencia de ratita presumida

umdpp.formentera.hoy

sábado, febrero 14

tRANQUILO

María escondida en los soportales del zoco fuma a medias un cigarrillo de tabaco negro seis días a la semana y no bebe alcohol. A Nicolás le echan de los bares en las avenidas cuando el dueño tras la barra bosteza reproches y miradas torcidas de callejuelas, huele a aceite refrito y en las manos le nacen callos como en las rocas de los acantilados percebes y aguarda jadeante por el tabaco y la ginebra barata el momento que la madrugada le brinde para sentirse importante. Bueno, amigo, es hora de que las buenas personas se vayan a dormir, dice mientras levanta ceniceros y limpia mesas. Nicolás, con los ojos apoyados en la ringlera de botellas que ocupa los anaqueles de la pared de enfrente, sonríe y dice venga, la última, amigo, una buena propina y déjeme tranquilo, joder, no ve usted que estoy borracho y esto duele.

umdpp.formentera.hoy

martes, febrero 10

La Habana

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lahabana.diciembre2008

jueves, febrero 5

barrio de miramar

"... quedan los mapas al descubierto en el mismo lugar donde la historia contara, cuando los jueves al atardecer el cielo se llenaba de nubes negras. Nunca llovía. Una casa de techos altos dominada por fantasmas que gobiernan las calles desde hace lustros se desmoronaba, a veces el cuchillo del hambre en el estómago, un perro de pelo blanco y hocico rosa, de dónde eres, a dónde vas, qué quieres, yo voy a tocarte una canción, yo voy a vencerte. Oye amigo, un viaje en carroza por la parte vieja de la ciudad, tres pesos, con aire acondisoplado y la princesa no paga. Después te comes el caballo. Admiraba las huellas que el tiempo depositaba en su cuerpo, sin tocarla. Ella se desnudó bañada por la luz de la ventana que mostraba la ciudad. Por veinte convertibles, amor, hacemos lo que tú quieras. Cuba limita al este con el Paso de los Vientos. Dejábamos atrás la ciudad bajo el diluvio dirección oeste. Llegaríamos a la playa de María la Gorda. Cafetales, guajiros y proclamas revolucionarias. Ding dong fuego en el ring, ding dong aprieta el Kid... "

apuntes de un ajedrecista.lahabana.diciembre2008

sábado, enero 31

aDORMILADO

María se despierta a las tres menos cuarto de la madrugada. Ha vuelto a soñar con el vestido rojo. Poor Otis dead and gone. Pronuncia en voz baja el nombre de Nicolás y le despierta. Me despierta. María no habla del sueño que acaba de tener. Empieza a contarnos la historia del libro que está leyendo y nada se escucha en la noche. Ni tan siquiera la lluvia. Nada aparte de la voz apenas audible de María que habla de una posada en la falda de una colina frente al mar. ¿Qué mar? Pregunta Nicolás, adormilado. El único mar que nos está permitido conocer, responde María interrumpiendo su relato. Yo tengo las manos bajo la cabeza y miro el techo sin verlo. No creo que pueda volver a dormir antes de que el alba nos empuje fuera de la cama para ir a la fábrica. Pienso que lo primero que debo hacer cuando llegue al trabajo es lo único que no me gusta hacer: rellenar los tanques de tinta. Ayer, al final del turno, estaban casi vacíos. Y la última vez lo hizo Nicolás. ¿Duermes? Pregunta María en mi oído. No, creo que me he desvelado. No has escuchado nada, ¿verdad? Naufragué en el único mar que nos está permitido conocer. Vaya, pues era una bonita historia. ¿Termina bien? No lo sé, aún no he terminado el libro. La próxima noche que durmamos juntos, te despierto y te la cuento de nuevo. Desde el principio. De acuerdo. Espero que para entonces ya conozcas el final. María me da un beso en la mejilla y se duerme y sueña con un vestido rojo y con las manos de alguien a quien no conoce. Pretty little girl with the red dress on poor Otis dead and gone.

umdpp.formentera.hoy

martes, enero 27

La Rampa

"... fundido en negro en el malecón y los pescadores reinaban en lo alto guiados sus pasos por los jirones que el calor de la mañana depositaba en las rocas grises. Un carguero de bandera ucraniana abandonaba lentamente la bahía escoltado por un barco guardacostas. Tras él se aparecían los muros de la prisión en cuyas ventanas bucaneros y contrarrevolucionarios miraban con codicia el mar y el horizonte urbano donde las luces de los coches alimentaban el escenario de la noche. El restallido de los látigos en el suelo levantaba nubes de vitriolo. Eligio Sardiñas, Kid Chocolate, ganó los cien combates en los que participó, ochenta y seis de ellos por noquaut. Conoció Nueva York y enfermó de sífilis. Aún así, siguió ganando. Hablaron durante horas de capitalismo y de socialismo sin tener muy claras las ideas se besaban. Caminaron entonces a la misma velocidad que el carguero y en sentido contrario hacia las calles de la ciudad vieja. Cuando se apague la luz mi negra... "

apuntes de un ajedrecista.lahabana.diciembre2008

jueves, enero 22

playa de María la Gorda

"... Frank Delgado y nos guardamos las viandas del desayuno para la cena, perdió Industriales contra Villa Clara, zumo de papaya, una entrada para la función de noche en el Teatro Milanés de Pinar del Río rota por la mitad, tres pesos en moneda nacional, aquí no puedes entrar en sandalias y camiseta. Una moneda del ochenta y seis, patria o muerte, cara o cruz, tres autoestopistas perdidos en alguna parte de la península del oeste, camino de la playa de María la Gorda, cuando lleguen al cruce pregunten por La Flaca si quieren dormir en una habitación limpia o cenar camarones, langosta, pollo, arroz, frijoles negros. María era de San Juan de los Cayos, en el caribe venezolano. Retenida como deuda de juego por piratas holandeses, chillona y malhumorada, gorda hasta la obesidad, creyente y analfabeta, colmó la paciencia de los bucaneros hasta abandonarla a su suerte en las playas a las que daría nombre. Qué contentos se pondrán esta tarde los tiburones y las tiñosas, pensaron los corsarios tras hacerla saltar por la borda. Pero María era decidida y tomó al revés su nombre de virgen. Sobrevivió para someter a los monstruos y con el dinero ganado compró una casa y una hectárea de tierra. Cada tarde se sentaba en la mecedora al sol de poniente en el porche y miraba con nostalgia el horizonte del caribe, en la dirección donde creía estaba su pueblo... "

apuntes de un ajedrecista.pinardelrío.diciembre2008

sábado, enero 17

Mi vida es la habitación


de una vieja pensión en el centro
una cama pequeña y quejosa
una silla una mesa un espejo
una fotografía de mis padres
el día de su boda con los bordes gastados
una ventana donde nace el día de otoño
que pinta de gris los muros
de un patio interior
de cuerdas tendidas
de ropa siempre húmeda y siempre blanca

mi vida es un café y una tostada
el periódico de antes de ayer
que alguien olvidó en la mesa
del rincón más apartado de esta cafetería
y un par o tres de cigarrillos
son los libros de kipling y una pluma
que sangra un mechero un reloj
de pulsera parado

una enfermedad coronaria
sin esperanza es mi vida
el dolor en el pecho
y la diminuta pastilla blanca
que bajo la lengua lo aplaca
es el paseo camino de la playa
cada tarde más corto

mi vida es quizá lo que escribo
lo que digo lo que pienso lo que vivo
el sonido del tráfico el silencio
de la gente que respira a mi lado
son los domingos baldíos el año pasado
la música acuática de haendel
los últimos días de marzo

me gustan las mujeres de mirada triste.gijón.diciembre2003

domingo, enero 11

aCEZANTES

Dejamos que llegara la noche y después follamos con los ojos cerrados para que fuera más fácil poder recordar todas las veces que lo habíamos hecho antes sin ser dos cuerpos ni tener conciencia de la boca o las manos, las piernas, bien juntos los vientres pegados y la búsqueda del dolor que reside en la superficie de la piel, en nada parecido a como follan en las películas pornográficas, tan lejos, tan separados, a cuatro patas ella, en hinojos él, equilibrios imposibles, pollas sin cuerpo, tetas fabricadas en cadena, dos, tres, seis seres distintos. Y dejamos que se posara sobre nosotros la noche y después follamos con los ojos abiertos, mirándonos fijamente para que fuera más fácil imaginar todas las veces que nos quedarían después de esa, cuando lo hacíamos como si fuera la última vez pero sonriendo porque ambos, pegados, mojados, doloridos, acezantes, sabíamos que no, que desde luego no iba a ser ésa la última vez.

umdpp.formentera.hoy

lunes, enero 5

calle desengaño

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"... por las tardes escribía historias que no eran ciertas. Pero no mentía. Mentir hubiera sido no haberlas imaginado... "

apuntes de un ajedrecista.lahabana.diciembre2008

días

cuadernos