Este es nuestro último adiós. Odio sentir que este amor se muere
Cuéntanoslo otra vez. Desde el principio. Ya sé que estás cansado; pero empieza de nuevo. Lo que sucede es que ustedes no me creen. Y yo les estoy diciendo la verdad. Sí te creemos. Sí te creemos, pero algo se nos está escapando. O algo se te ha olvidado. Venga, yo te prometo que es la última vez. Después te dejamos tranquilo. Sé que lo estás pasando mal; pero ya hace tres días que desapareció y, qué quieres que te diga, no entiendo nada. Y no lo encontramos por ninguna parte. Y yo qué sé. Yo qué sé. Tal vez cruzó el río, alcanzó la otra orilla, se montó en el primer bus que viajara al oeste y nos está esperando en casa, bebiendo cerveza al sol y componiendo canciones. Podría ser, por qué no. Pero, mientras tanto, tú y yo sabemos que tenemos que seguir buscándolo. Ayer por la noche llegó su madre a la ciudad y está muy asustada. Hazlo por ella, aunque sea. Está bien, está bien… Serían las cuatro o las cinco, no sé bien, habíamos comido en la terraza de un pequeño restaurante de Beale St. Cuando nos levantamos dijo que le apetecía dormir un rato en la sombra de un árbol alto, cerca del río. Y después ensayar algunas canciones. Los chicos de la banda dijeron que se unirían más tarde. Iban a acercarse al hotel, a hacer unas llamadas, creo. Él y yo cogimos las guitarras y el radiocasete y nos pusimos en camino.
Escuchábamos una canción de Led Zeppelin y, de pronto, se puso en pie y, caminando lentamente, en silencio se metió en el río. A cada paso que daba, el agua ascendía alrededor de su cuerpo. Cuando rozó la superficie con las manos, su imagen de espaldas, la luz amarilla del sol pintada en la superficie del agua, la voz de Robert Plant, el viento enredado en las copas de los árboles, los edificios altos de Memphis observándonos aburridos con las ventanas abiertas, el puente de hierro como el esqueleto moribundo de un monstruo prehistórico y cansado de vivir… me pareció un momento mágico. Subí el volumen del radiocasete y seguí tumbado. Me sentía bien. No sé cuánto tiempo pasó, un par de minutos, tal vez. Se apagó la canción y, al volver la vista al río, él no estaba. Me reí y pensé que todavía hacía frío para pasarse la tarde con la ropa mojada. De pronto sentí miedo porque pasaban los segundos y no pasaba nada. Lo llamé, lo llamé, les juro que lo llamé. Grité su nombre hasta el dolor. Y nada. Seguí sus pasos, me metí en el río, lo busqué en el aire, en el agua, en el fondo de peces ciegos, en los juncales despeinados de las orillas. Pero nada. Nada. Nada. Los chicos dicen que el muy cabrón está en Los Ángeles. Riéndose de todos nosotros. No sé… Ojalá, pero esto no tiene buena pinta. Ustedes no saben cómo es. Ustedes no lo saben.
Y, dios, no consigo sacarme esa canción de la cabeza, ni la visión de los perfiles de su cuerpo sumergiéndose en las aguas grises del río, ni mis carcajadas. Durante unos segundos, despreocupado, aguardé a que su cabeza rompiera la lámina del agua en cualquier momento, en cualquier lugar. Después se aceleró mi corazón y empecé a gritar su nombre, primero en silencio, después desesperado, balbuceante. Primero seguro de que iba a aparecer. Seguro de que todo era una broma, una de las suyas, como tantas veces antes. Después qué miedo, qué miedo. Nunca antes en mi vida lo había sentido.
Tranquilo. Es suficiente.
A veces decía desapareceré, como Elvis, fingiré estar muerto y disfrutaré del anonimato, decía, como cuando estuvimos de gira por Alemania. Aquellos días nadie le reconocía por la calle, nadie le paraba a cada paso para hacerse fotografías con él, ni le pedía un autógrafo en la palma de la mano o en la camiseta, ni todas las chicas de la primera fila querían acostarse con él después del concierto. Ahora recuerdo que, de camino al río, desde el interior de un coche aparcado en la acera, una pareja le reconoció y gritó su nombre para decirle que su voz era la más bonita que habían escuchado jamás y que, a menudo, ponían sus canciones y se hacían el amor. Él, entonces, agachó la cabeza, aceleró sus pasos, llegó a tropezar, se quedó sombrío y dejó de hablar. Como Elvis, como Elvis, como Elvis.
Jeff Buckley tenía treinta años cuando murió. En algún momento entre los días veinticuatro y veintinueve de mayo de mil novecientos noventa y siete, en algún lugar del cauce del Wolf River, a su paso por Memphis, el légamo lo devolvió a las orillas. Hasta su muerte había grabado diez canciones propias y una versión.
formentera.abril2009