sábado, diciembre 15

El libro de los principios. Una novela urgente.

Yo sé que mis amigos, los que más saben de libros, no me van a perdonar en la vida o, al menos, no hasta la cerveza siguiente, este ejercicio de vanidad y de urgencia. Ellos no entienden que no es por pecado ni por prisa, sino, más bien, para evitarle a esta historia la deshonra del olvido, el polvo y la humedad rampante que reina en las estanterías de bibliotecas de provincias o en la trastienda de librerías de viejo donde, abandonada a su suerte, moribunda y sin fuerzas, soportaría el paso de los años sostenida en vilo, con las puntas de los pies rozando apenas el suelo y los brazos apoyados en el cuello de dos obras maestras, pongamos, por aquello del orden alfabético, los Doce Cuentos Peregrinos, de García Márquez y Las Personas del Verbo, de Gil de Biedma; que, otra cosa no, pero los libros siempre han sido muy solidarios, muy de ayudarse los unos a los otros sin importarles la calidad literaria de sus páginas. Porque, cuando todo esto acabe y triunfe en el mundo la estulticia humana y el futuro sea un desierto inhabitado en el que se habrán destruido todos los soportes y plataformas digitales, sólo quedarán en pie, héroes capaces de permanecer inmutables y traspasar el tiempo como frontera, las historias impresas en papel. Y, para leerlos, bastará con tener buena vista y conocer el lenguaje en el que fueron escritos. Al resto, entre los que estará éste, les quedará la nada, ni tan siquiera el olvido, y así yo, cobarde escritorzuelo con ansias, o los que hereden esta tierra que hoy piso no tendremos que rendir cuentas ante nada ni ante nadie. No formaremos parte de la historia. Habremos sido tan solo un instante.

Gijón, diciembre de 2012



(Pinchar en la portada para iniciar la lectura del libro)

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viernes, diciembre 7

En el callejón de las fieras

Si dejo de mirarte
mientras te desnudas,
ellos habrán vencido,
se cargarán de razón.
Habrá unos ojos
que no tendrán palabras,
el último héroe
acribillado a balazos
en el callejón de las fieras.
La tristeza alcanzará la ciudad
a medianoche,
las manos serán
como peces boca arriba,
hastiados de invierno.

En sueños digo cosas
que, despierto,
sólo pensaría.

cimadevilla, cerca del callejón de las fieras.noviembre2012.

sábado, noviembre 24

Pronto


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Primero fue la detonación y después fue el silencio.
Arcadio acercó lentamente la boca del cañón a la piel de la frente, hasta sentir el frío ya conocido del acero. Colocó el pulgar derecho en el gatillo, aguardó a que finalizara la canción que había elegido como epitafio, el mediotiempo machacón que es Things Have Changed, de Bob Dylan, y, un segundo después, una mano de sangre, pintada en la pared a su espalda, albergaba en la palma el proyectil deformado. Una bandada de palomas emprendió el vuelo sobre los tejados, abandonando libres las antenas a merced del nordeste. Los brazos inertes de Arcadio permanecieron en una posición de súplica hasta la llegada de la rigidez.

sábado, noviembre 10

Cuando llueve tanto

Cuando llueve tanto es que alguien se va a ir para siempre”
El invierno en Lisboa, Antonio Muñoz Molina


Romeo y Julieta se odian del modo en que sólo pueden hacerlo quienes se han querido. Con un odio sordo, consciente y aplacado. Labor de zapa. Pero con un odio revestido de la pátina del cariño y de la rutina. Uno puede aprender a odiarse y ocultarlo para seguir queriéndose una mentira. Creyéndose. Queriéndose. Hay gente capaz de vivir después de aprender a odiar si consigue encontrar otros asideros en los que mantenerse y dejar que el tiempo pase. Si las dos personas que llegan a odiarse son así, no habrá problema. Resistirán juntos, y con una sonrisa, el asedio del tiempo, cada vez más tranquilos, acostumbrados, sostenidos en asideros a cada paso más lejanos, pero a cada paso odiándose con menor intensidad. Si las dos personas no son capaces de aprender a odiarse, no habrá problema. Aguantarán juntos el tiempo que tarden en ajarse los asideros. Se separarán después de un par de voces o un par de besos o un polvo de despedida, triste, desprovisto de la culpa, pero cierto. Cuando uno es de los primeros y el otro de los segundos, habrá un problema. Y así son ellos.

Son las seis de la mañana. Por las venecianas de la cocina se filtra una luz tenue de farolas que precede al alba. Romeo está sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la nevera. Julieta, de pie, le da la espalda y ceba la cafetera. Comienza a llover.

¿Y si de esta no salimos? Es que no vamos a salir, joder, Romeo. ¿No te das cuenta? Llevamos discutiendo toda la noche y no llegamos a ningún lado. Bueno, entonces te equivocas. Si no hemos llegado a ningún sitio, al menos quiere decir que hemos salido de algún otro. Lo que tú quieras, Romeo. Lo que tú quieras. Pero ya son las seis de la mañana... Como si son las seis de la tarde, ostias. Habrá que seguir hablando hasta que demos con la solución. Estoy cansada... Yo también estoy cansado, ¿qué te crees? Dentro de una hora tengo que ponerme el traje y la corbata y salir a trabajar. Pero, me importa un carajo ir sin dormir. Es más, si decidimos largarnos a otro lado, voy y presento la dimisión, me despido. Que le den por culo a todos y que le den por culo a esta ciudad. Hacemos las maletas y empezamos de cero en otro lado. ¿Lo ves? Ese es el problema. Da igual el tiempo que discutamos o las cosas de las que hablemos. Yo te digo que estoy cansada y tú me hablas de empezar de cero en otro lado. No lo entiendo. Joder, Romeo, es que tú nunca entiendes nada. Explícamelo. Romeo se pone en pie. Julieta suspira y deja el mechero en la encimera. Posa la cafetera sobre el fuego que acaba de encender. Se da media vuelta y mira fijamente a los ojos negros de Romeo. Estoy cansada, Romeo, estoy cansada de esta vida, de nuestra vida. Estoy cansada de los sábados en el bar con tus amigos, de los domingos en el cine, del polvo de los martes por la noche, después del gimnasio, porque no puedes dormir, de los quince días de vacaciones en octubre con tu primo en Palma y de los diez en Navidad con mi familia en el pueblo, cansada de seguir pensando si tener un hijo, diez años después. ¿Y? A la mierda todo, joder, Julieta. Es lo que intento decirte. A la mierda todo y nos vamos lejos. Pero Romeo. ¿No te das cuenta de que eso no serviría para nada? ¿Que nuestra vida la hacemos los dos y seguiremos siendo los dos en cualquier lugar del mundo? Y, además, ¿a dónde cojones vamos a ir, si tú trabajas vendiendo seguros y yo reponiendo latas de espárragos, ostias? Ya, entiéndelo de una vez, que de aquí no salimos juntos, que esto se acaba, que estoy hasta las narices de mi vida contigo, que ya no te quiero, maldita sea, me obligaste a decirlo y no hacía falta y no quería, que me masturbo todos los días porque hace meses que no consigo correrme contigo, que estoy seca, triste, hastiada, dormida. Que quiero salir corriendo de aquí y no parar hasta que todo lo que conozco haya desaparecido. 

Julieta llora. Se escucha el frenazo de un coche en la calle, la alarma para ciegos de un semáforo en verde, el grito de una gaviota en vuelo, el agua que comienza a hervir dentro de la cafetera.  

Yo también quiero salir corriendo hasta que todo lo que conozco haya desaparecido. Excepto tú. Julieta asiente. ¿Lo ves? De esta no salimos. Romeo agacha la cabeza y, con las manos en los bolsillos, se dirige a la ventana donde las gotas de lluvia estallan al golpearse contra el cristal, tan violentamente como las palabras de Julieta acaban de golpear su cabeza. Cuando llueve tanto es que alguien se va a ir para siempre, dice.

gijón.mayo2012

domingo, octubre 28

Todo lo que soñamos cristaliza



A veces lo olvido.
A veces el mar y
un par de cervezas
en la cuesta.

La ciudad sometida.
La tarde que es nuestra.

Todo lo que soñamos
cristaliza.
Todo lo que tememos
se diluye, se vuelve
insignificante y
mutable y
leve.

cimadevilla.gijón.quizásagosto2012

sábado, octubre 13

El guardián del fuego


No puedo volver a subir. El doctor Almán dice que no debo repetir la misma acción más de tres veces. Y sería la cuarta. Desde que tomo las pastillas pequeñas y azules que me recomendó estoy más calmado. Aunque no recuerdo haberla tomado esta mañana. Si duermo mal por la noche, el día siguiente es extraño. Pero no, no puedo volver a subir y comprobar si he cerrado la puerta de casa con dos vueltas de llave. Ya lo he hecho tres veces. Tres es el número, Ismael, me dice siempre el doctor Almán. Si tus rituales se repiten más de tres veces, tienes que venir a verme. Tres veces he abatido la ventana de la habitación, tres veces he cerrado la manija del gas, tres veces he abierto el grifo de la ducha, creo, no, estoy seguro, tres veces he apagado la televisión. Y tres veces, estando ya en la calle, he subido a comprobar si había cerrado la puerta de casa. No habrá una cuarta, Ismael, recuérdalo. Camina.


Desde esta cristal puedo ver como la ciudad se ha curvado. Las líneas paralelas y perpendiculares han desaparecido y todo parece temblar y estar a punto de desmoronarse. Lo mismo sucede con los colores. Han mudado los neutros. Este paisaje urbano del Vedado es una mezcla policroma, como paleta de pintor. Los jacarandaes, que florecieron el mes pasado, ahora tienen el mismo color que el del caribe que baila con el muro de los Desamparados, al final de las calles. Las ventanas, con las jambas curvadas y ondulantes, parecen aguardar, como lo hicieron hace años los francotiradores, que la danza de colores de la tarde, rojos, pardos y anaranjados, apacigüe este calor y el tiempo se detenga en el estuco desconchado de las mansiones sin derecho a permuta, en el pecho desnudo de las cariátides que sostienen noviembre y las bóvedas agrietadas de los palacios comunales.
Qué dulce despertar he tenido. Por fin he dejado atrás las noches insomnes. Quizás pueda desprenderme al fin de esta tristeza, ahora que las cenizas de mi hijo vuelan en el viento y estarán siempre conmigo. Me siento más tranquila. Anoche, antes de dormir, me pregunté si las cenizas de un niño de nueve años serían más livianas que de las de un hombre de setenta. No tiene importancia, ya lo sé, lo único cierto es que el viento las mantendrá suspendidas en el aire para que formen parte de La Habana y de mí. Quizá este sea uno de esos pensamientos que el doctor Almán dice que debo intentar aflorar, afrontar... no conozco más palabras que empiecen por a y por efe. Tal vez la medicación está comenzando a funcionar. Voy a bajar a la calle, por primera vez desde que Raúl murió. Quiero temblar con la ciudad. Quiero que el guardián del fuego sepa que las cenizas de mi hijo forman parte de La Habana. Para que cada noche le cuide y le libere al amanecer.


Todo va bien. El seis aún no ha pasado. Si soy más rápido que él, si soy capaz de llegar a la 23 con la L antes de que el autobús lo haga, será un buen día. Es la señal. Pero hace demasiado calor. Ayer en la asociación, aquel tipo que ganó la partida en seis movimientos dijo que hoy bajarían las temperaturas; pero no ha sido así. Tal vez no tengan nada que ver el ajedrez y la meteorología. Y ahora estoy pasando calor con esta chaqueta. No puedo quitármela. No puedo llevarla sobre los hombros ni, mucho menos, atadas las mangas a la cintura. No, definitivamente no puedo. ¿Dónde he metido la cartilla de abastecimiento?


Lo que observaba desde la ventana era cierto. Las líneas de la ciudad se han desdibujado. Y algunas personas siguen siendo tan pequeñas como vistas desde el segundo piso. Puedo atraparlas en el espacio entre el índice y el pulgar. Sin embargo otras no, otras son grandes como lo soy yo, tal vez seres humanos de una raza distinta. Así habrá de ser el guardián del fuego. Debo encontrarlo.
Qué lindo está el día. El sol aún no calienta demasiado, pero su luz es maravillosa. Tal vez pueda ver las cenizas de Raúl en los remolinos que las corrientes de aire forman al entrechocar en las esquinas, donde los rayos oblicuos iluminan las líneas curvas y cambiantes que han transformado los perfiles de las calles. Tal parecen hilos de cobre incandescentes tras el fuego de estos días. Caminaré por la L, hasta el Yara, el mismo trayecto que hacíamos cada mañana. Yo le acompañaba hasta la esquina y le veía cruzar la 23. Cuando alcanzaba la otra vereda se daba media vuelta y, levantando la mano derecha, se despedía de mí antes de desaparecer entre la gente que a esas horas caminaba por la avenida, a los pies del hotel. Yo daba media vuelta y regresaba a casa. Raúl caminaba hasta Universidad. Cerca de allí estaba su escuela.


Tomates. Manzanas. Cebollas. Queso. Bien. La lista está bien escrita. Todas las palabras empiezan por mayúscula. Un kilogramo de las dos primeras, medio de cebollas y un cuarto de queso. Sólo espero que el ángulo sea recto. Si vuelve a cortarlo como el mes pasado, tan torcido, no lo quiero. Bien. Ya estoy llegando a la esquina. Sin rastro del seis. Llegaré antes que él y será un buen día. Encenderé un cigarrillo. Tengo ganas de fumar. ¿Por qué ese hombre, sentado en el portal, me está mirando? ¿Tengo alguna mancha en el pantalón? No ¿Olvidé peinarme? ¿Olvidé peinarme?


Raúl se reía como yo y tenía los ojos de mi padre. Si en su cara o en su cuerpo o en su infantil forma de ser había algo de su padre, yo no supe descifrarlo, no supe reconocerlo. De todos modos, fue muy poco el tiempo que Javier y yo estuvimos juntos, un par de meses quizás, o menos. Desapareció como ahora lo hace su hijo. Yo estaba sentada en la cocina y lo vi salir con la maleta. No recuerdo si me dijo adiós, pero sí estoy segura de que dijo que no volvería. Tenía una familia en otra parte, cerca de Santa Clara, al parecer. Otra casa, otra mujer, otros hijos. Aquí dejó uno; pero no dejó nada. Ni en mí ni en Raúl. Y Raúl ahora ya no está. Un día comenzó a adelgazar y a ponerse pálido, mucho antes de que me diera cuenta de que esas dos cosas estaban sucediendo. Después yo me quedaba a su lado todas la noches porque a veces despertaba llorando. Entonces yo le abrazaba hasta que se calmaba y, es curioso, a la vez eso me tranquilizaba a mí. Los dos dejábamos de temblar al mismo tiempo. Después se fue, sin más. Aquel médico en el hospital dijo que todo estaba muy avanzado. Y se fue. Yo no pregunté nada. Sus cenizas forman ahora parte de la ciudad porque yo las coloqué en el alféizar y, durante días, el viento se las fue llevando poco a poco. Y ahora que vuelvo a tener fuerzas, salgo a buscar al guardián del fuego, para darle a conocer el nombre de mi hijo. Cuando lo haga, podré vivir con esta tristeza. No hasta entonces. El doctor Almán dijo que las pastillas podrían ayudarme.


El doctor Almán dice que aún es pronto para intentar dejar de fumar, que podría hacer que empeorara. Debo estar más estable y calmado, reducir al mínimo los rituales y, entonces sí, desengancharme. Un momento, esas dos chicas, las que están sentadas en el banco, me miran, murmuran, se ríen. ¿Por qué lo hacen? Yo estoy bien. Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho nueve y diez. Todos los dedos de la mano. Estoy bien. Genial. He llegado a la esquina. En un par de minutos estaré en el colmado. Ni rastro del seis. Hoy he ganado. Tranquilo, Ismael, tranquilo. Aspira profundo. Siente el sabor amargo del tabaco en el paladar. Traspasa el humo. No te detengas. Estás haciéndolo muy bien.


Si extiendo las manos y las observo detenidamente aún tiemblan. A pesar de la medicación. Pero me siento mejor, más tranquila. Sólo debo caminar hasta encontrar al guardián del fuego. ¿Sabrá ya que las cenizas de Raúl forman parte de la ciudad? Debo informarle, de todos modos, para que pueda custodiarlas, igual que tantas otras. El guardián del fuego recorre las calles desde el amanecer hasta el ocaso. Después regresa a su morada y hace recuento. Le encontraré y entonces podré dormir tranquila, dejar esta tristeza, olvidar aquel día y el de después, cuando todas las madres y todos los padres y todos los que estaban me miraban con pena, pero también, lo sé, con alegría porque sus hijos y sus hijas estaban a salvo, sólo Raúl se había ido. Debo calmarme. Si no lo hago, mis manos comenzarán a temblar y no podré dominarlas. Debo calmarme y seguir caminando, encontrar al guardián del fuego y explicarle, en un idioma que comprenda, que las cenizas de Raúl vuelan en el aire de La Habana porque durante días el viento se las fue llevando del alféizar. Escribiré el nombre de mi hijo en la palma de su mano.


Trescientos metros. Desde la esquina trescientos metros hasta llegar al colmado. Ni rastro del seis. Espero que no se haya averiado. En ese caso, no valdría. Todo va bien, Ismael, ahora sólo encuentra tu línea, la línea recta por la que has de caminar hasta el colmado. Y que sea tuya, por la que sólo tú camines. Los demás pueden atravesarla; pero no caminar por ella. No puedes compartirla. Si alguien lo hace, debes apartarte y buscar una nueva. Una calada. Una calada profunda. Vas bien, Ismael, vas bien. Eso es, ya la tienes. Continúa por ella, como un equilibrista a ras del suelo. Ese hombre ha dicho algo sobre ti. No lo escuches, da lo mismo. Tararea, llora si quieres, ve más deprisa o más despacio, pero no lo escuches. Continúa. Un kilo de tomates, uno de cebollas, un cuarto de queso cortado en un ángulo recto perfecto, noventa grados, líneas perpendiculares como las que buscaba el Babirusa en El Camino de los Ingleses. Pero no te pares, Ismael, por lo que más quieras. No te pares.


Puedo verle. Es él, estoy segura. Sostiene el fuego entre las manos y las volutas de humo gris rodean su rostro, como un aura etéreo y cambiante. Le he encontrado. Antes de lo que yo esperaba. Tal vez él también me estaba buscando. Tal vez ya sepa que Raúl vuela en el aire de la ciudad. Ya sólo debo acercarme, ir a su encuentro y revelarle el nombre de mi hijo. Así podré regresar a casa, ya más tranquila, con el tiempo detenido o a una velocidad adecuada y, desde el alféizar de la ventana contemplar la ciudad que mengua cuando las sombras que ya no son negras crecen y sentir que formo parte de La Habana porque mi hijo, que murió porque estaba todo muy avanzado, me dijeron y yo no pregunté nada, formará parte de La Habana para siempre.


Mierda. Peligro. Esa mujer camina por mi línea. ¿Qué hago? No se detiene, no cambia de dirección, continúa por ella y me mira. Debo ser rápido, buscar otra línea y seguir avanzando. Estoy muy cerca del colmado, apenas unos pasos. Detente, Ismael, piensa un segundo, da una calada, respira hondo. Se acerca. ¿Qué hago?

Es él, estoy segura. Y se ha detenido. Aguarda. Tal vez me haya reconocido, sepa quien soy, sepa cual es mi misión. Estoy frente a él.

¿Qué dice? ¿El guardián del fuego? Oh, Dios, me coge del brazo. ¿Qué es eso? Un bolígrafo. No puedo moverme. Estoy perdido. ¿Qué hace? Me estoy mareando.

Ya está. He cumplido mi misión. Regreso a casa.

Da media vuelta y se aleja por la línea que era mía. ¿Qué pone aquí? No entiendo nada. ¿Quién es Raúl? Mierda, joder, ostias, si no subí una cuarta vez a comprobar la cerradura, si llegué a la esquina antes que el seis, si caminé por mi línea, sin compartirla con nadie. ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué todo ha salido mal? El seis estaba averiado, seguro. De no ser así, hubiera alcanzado la esquina antes que yo y entonces yo hubiera dado media vuelta, hubiera vuelto a casa y nada de esto habría sucedido. Nada. Y, ahora, ¿qué hago?

gijón.unlunesdeverano.olahabanaendíasdeinvierno.

sábado, septiembre 29

Usarte

Reducir la distancia entre los sueños y la realidad.
Dormir diez horas seguidas.
Pintar de blanco las paredes del baño.
Viajar a África.
O a Córdoba en una furgoneta.
Regalar la ropa, incluso la que me pongo.
Caminar descalzo.
Leer sin intentar entender qué sucede,
quién lo provoca.
Usarte como coartada.
Usarte.

cimadevilla.ahora.

sábado, septiembre 15

Estate quietecito, Jacinto

He dejado de acostarme con putas y de leer libros de Vila Matas. Me ducho todas las noches y me afeito cada mañana, excepto los domingos. He conseguido un trabajo como repartidor de golosinas y, cada día, mañana y tarde recorro la ciudad de punta a punta, al menos tres o cuatro veces. Me gusta el trabajo porque estoy solo. A las seis llego al almacén y el jefe, un tipo que siempre finge estar de buen humor, me entrega el recorrido del día y las llaves de la furgoneta. Y me pongo en camino. A ratos escucho la radio y, a ratos, la ciudad. Odio a los tipos de las tiendas que quieren darme conversación. Prefiero dejar la mercancía encima del mostrador, cobrar, recoger el albarán firmado y desaparecer. Tengo derecho a una parada de treinta minutos a las doce, para tomar el café, pero nunca lo hago. A las tres tengo una hora para comer. Aparco en cualquier parte, me ventilo en dos minutos el bocadillo que hice en casa por la mañana después de desayunar, reclino el asiento y duermo hasta las cuatro. Nunca sueño. Las tardes son más tranquilas si no llueve. Cuando lo hace, el tráfico es caótico en la ciudad. A las ocho regreso al almacén. A esas horas, el jefe ya no está, que para eso es el jefe. Dejo las llaves y la carpeta con los albaranes firmados en la consigna que tiene mi nombre. 
 
Salgo del trabajo y regreso caminando a casa. Ya no me quedo en los bares bebiendo cerveza hasta la madrugada. Algunas noches veo la televisión. Otras hago pesas en el salón mientras escucho uno de los dos vinilos que tengo, el de Tom Waits o el de Tom Jones. Después, apago las luces para que el recibo a fin de mes no me destroce el presupuesto y enciendo un par de velas. Leo un libro, que nunca es de Vila Matas como ya te he contado, o escribo en cualquier papel, que después engullo, algún poema pensando en ti o en cualquier otra. Cuando empiezo a bostezar, y no tardo demasiado, dejo lo que estoy haciendo, apago de un soplo las llamas diminutas y me meto en la cama. Casi todas las noches sueño que me quedo dormido y olvido apagar las velas y, en mitad de la noche, la casa primero y después mi cuerpo arden. Despierto y no siento miedo. No me parece tan mala idea.

Esta mañana, el encargado de una tienda salió a buscar el deneí al coche. El cajón de la caja registradora estaba abierto y pude contar dos billetes de cien, seis de cincuenta, cinco de veinte y doce de diez. Sentí tan fuertes las ganas de meter el dinero en los bolsillos, esperar a que el encargado regresara, partirle el cuello y salir de la tienda como si nada, que me temblaron durante unos segundos las piernas y las palmas de las manos se llenaron de agua. Pero me acordé de ti y de los libros de Vila Matas y decidí alejarme unos pasos del mostrador, sonreír al encargado que regresaba, como si nada, y estarme quietecito. Estate quietecito, Jacinto, cuántas veces me decías. 

gijón.mayo2012

jueves, agosto 30

Ser a ciegas lo que quieran nuestras manos

Encontrarnos,
después de tantos lunes,
vencidos y a oscuras
como dos viajeros de regreso a casa
en una estación de metro vacía
y de pronto sin luces.

Ser a ciegas lo que quieran nuestras manos.

Dormir al fin un sueño de suicidas
con la alegría que, en ocasiones,
ocupa en el pecho el hueco
que deja el miedo.

gijón.julio2012

sábado, agosto 18

La estación de los amores

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En el verano de mil novecientos ochenta y seis mis padres cumplían once años de casados, llevaban diez en el pueblo y yo tenía nueve. Vivíamos los tres en el cuarto piso de un edificio de ladrillos rojos construido a finales de la década de los setenta junto a la carretera por la que el mundo llegaba y la mayoría de las veces terminaba por marcharse. Mis padres se decidieron a comprar porque el piso estaba orientado al sur, en él cabían todos los muebles del ajuar y, por un gran ventanal en el salón, se accedía a una terraza de cinco metros cuadrados desde la que mi padre siempre dijo que se podía ver el mar; aunque fuera un mar de terrenos baldíos regados torpemente por las escasas aguas de los ríos Adaja y Arevalillo, bosques de coníferas que resistían inmutables el asedio de las estaciones y hectáreas infinitas de matorral y monte bajo que mayo y octubre cambiaban de color a su antojo. Lo que mis padres no supieron entonces, porque era diciembre cuando llegamos, es que cada julio por esa terraza entraba en el pueblo un verano que olía a resina y a pino, a tomillo, a humus en descomposición de tamujas, a ritmo fluvial lentificado, la tierra cuarteada de los meandros, lenguas de agua en el cauce seco como islas invertidas cada tarde más estrechas, donde tencas y calendinos se disputaban de un modo feroz el oxígeno que menguaba y barrancos agostados con las raíces de los arbustos expuestas y escuálidas quemándose al aire del mediodía. Y el verano olía también a alegría, porque los sentimientos huelen como huele el miedo o la indiferencia, la tristeza o la determinación. Y a tiempo detenido en los relojes, a despertador mudo, a destierro de palabras como madrugar, deberes, trabajos. Y mi padre olía a trigo. Y mi madre olía a nivea.

Los días transcurrían lentos y libres, como la miel que abandona el bote de cristal para extenderse sobre la rebanada de pan blanco. Por la mañana, mi madre cocinaba gazpacho y pisto antes de llevarme a la piscina. Al volver preparábamos batidos de cacao con hielo que yo bebía al día siguiente. A esa hora en los trigales, combada la mies a punto de madurar, las avutardas detenían su caminar elegante para ahuecar las plumas y permitir que el aire abrasador del día se enfriara bajo sus alas. La siesta era el refugio de los adultos y la coartada que yo poseía para continuar los juegos dentro de casa, los coches, las chapas, los libros blancos y, al fin, el sueño leve sobre el suelo fresco de madera pulida y el sudor en la nuca al despertar, a la hora exacta del coche fantástico. En las choperas, los milanos negros planeaban en círculos hasta detenerse en una corriente de aire para aguardar pacientes el error de la presa. Cuando el canto de los grillos se escuchaba en la tarde era el tiempo del paseo, los juegos al aire libre, la bicicleta, el balón, el cansancio desconocido, las fotografías dentro de una polaroid, la música en sordina de las fiestas del pueblo, el crotorar de cigüeñas encendidas en los campanarios a la hora de la cena, marcada por el color naranja del sol diluido en un cielo azul intenso o pálido, según la mezcolanza gaseosa de nubes.

Al anochecer, mi padre salía a la terraza y, sentado en una silla de playa, a salvo del calor asfixiante del día, la luna prendida sobre los tejados, encendía un ducados que fumaba lentamente con deleite, casi dejándolo consumir. Y pensaba, quizás, cómo sería el color del cielo en Chernóbil o qué habría sido de los siete del Challenger. Yo salía muchas noches con él, después de recoger los platos de la cena, y me quedaba de pie a su lado, apoyando los brazos en la barandilla a la que el año anterior no llegaba, intentando mirar donde él miraba y ver lo que él veía; aunque eso, ahora lo sé, era imposible. Una inspiración prolongada y audible preludiaba el final. Mi padre apagaba el cigarrillo en la tierra de los tiestos, despeinaba mi pelo con una caricia leve y decía qué pena ¿eh?, desde aquí se podía ver el mar. Porque para entonces, la fábrica de muebles había modificado la vista y en lugar del mar lo que veíamos era el cartel de neón de Muebles Gasch. Decía es hora de que los cárabos despierten, Santiago, que era la frase que mi padre, a modo de contraseña, usaba para mandarme a la cama. Y me acompañaba a la habitación y apagaba la luz después de besarme en la frente. Regresaba entonces al salón, colocaba en el plato un vinilo de Franco Battiato y aguardaba a que mi madre, limpiándose las manos con un trapo, volviera de la cocina para salir a su encuentro. La abrazaba dulcemente por el talle y, en la noche ya madura que ocupaba todos los rincones de la casa, bailaban con los ojos cerrados "La estación de los amores". Y como los deseos no envejecen, esa noche o cualquier otra de aquel verano, mi madre se quedó de nuevo embarazada. Y tal vez esa noche o cualquier otra, después ya de madrugada, mi padre entró en la habitación para decirme al oído Santiago, hijo, levántate. Tienes que ver esto. El Buitre acaba de meterle el cuarto a los daneses.

Ahora tengo la edad que en mil novecientos ochenta y seis tenía mi padre. Y algunas noches, si Rebeca fuma un ducados, huelo a verano y huelo a alegría, a tiempo detenido, a los goles de Butragueño, a gazpacho y a piscina. Y me quedo un rato en silencio, mirando la calle, los coches que pasan, la noche que vence y, a veces, sólo a veces, soy capaz de ver lo que en el verano de mil novecientos ochenta y seis no veía. Entonces dejo lo que esté haciendo, coloco el disco de Battiato en el plato, apago las luces del salón y aguardo a que Rebeca regrese de la cocina o a que termine el cigarrillo para abrazarla dulcemente por el talle al tiempo que se escuchan los primeros acordes de "La estación de los amores", rayada en la segunda estrofa después de tanto uso. Battiato tartamudea y Rebeca sonríe mientras bailamos abrazados en silencio, cada vez más cerca y más despacio, dichosos de haber encontrado otros horizontes porque los perdidos no regresan jamás. Y como los deseos no envejecen, es cierto, aunque no sea julio, no haga calor, el cielo no tenga el color del uranio y en él permanezcan ingrávidos quién sabe cuántos astronautas, no juegue España contra los daneses en Querétaro, ni yo despierte a Jero, que sólo tiene un año, para contarle que ganamos, su madre y yo, felices por un rato, nos iremos a la cama y, quién sabe, quizás una noche de estas, cualquiera, Rebeca vuelva a quedarse embarazada. 

gijon.verano2012 

viernes, agosto 3

Siempre me hiciste sentir un tipo importante


La idea es no permitirse el olvido.

Contener la magia en el hueco
que forman las manos al juntarlas
y de cada ocasión
en que estuvimos juntos
conservar un recuerdo.

Creer, a riesgo de engañarme,
que existe el futuro
más allá de los sueños de madrugada
entre el lunes y el martes cuando

corrías detrás de mí
gritando mi nombre
pidiendo que te esperara.

Siempre me hiciste sentir
un tipo importante.

gijón.julio2012.

viernes, julio 20

El postmodernismo o en silencio sentado en la barra mientras la luna mengua


Hasta llegar a esta habitación de hotel con vistas al parque del Retiro y que la organización de la Feria del Libro se encargó de pagar, el recuento: setenta y cuatro años, tres divorcios, cinco hijos, más de cien ciudades, una buena novela escrita a los cuarenta, otras dos decentes que, dijeron, completaban una trilogía y después mierda. Mierda que, firmada por mí, Román Rancel, dijeron máximo exponente de la vanguardia postmoderna en castellano, huele mejor.

Y ahora, antes de dormir, pensaba tal vez en marcar el número de la recepción y pedir, mediante contraseñas del tipo necesito una almohada o sería posible que el servicio de habitaciones me subiera el postre, el teléfono de una de esas putitas de trescientos la mamada que, después a cuatro patas, si los restos de la viagra mecidos en el fondo de las venas por el bombeo de la sangre cumplen su función, me llamará papi por no llamarme abuelo o vejestorio o, peor, momia. Mujeres de pechos demasiado turgentes como para ejercer su oficio en los asientos de atrás de los coches, pero de piernas demasiado cortas como para acompañarte, depositarias de envidas y maldiciones, colgadas del brazo en las fiestas trimestrales del Círculo de Bellas Artes. 
 
O quizás conseguir de algún modo, y conozco muchos, los dos gramos de cocaína que me mantendrán despierto durante toda la noche para poder escribir las memeces que el año que viene los dos o tres críticos que la editorial mantiene en nómina convertirán en la novela del año, en lo mejor que he escrito hasta la fecha, en el culmen literario del mejor escritor español de la segunda mitad de siglo, la obra donde autores jóvenes, a los que probablemente sus putitas también llaman papi, se inspirarán para escribir las gilipolleces pretenciosas que escriben, seguros todos, como yo lo estuve, de perdurar, de alcanzar la inmortalidad sin que ésta les pida nada a cambio, convencidos de ser los mejores de una generación de imbéciles de campeonato. 
 
O, mejor, llamar a Mónica, la única de los cinco que aún contesta a mis llamadas, sospecho más por tocarle los cojones a su madre que por hablar conmigo, y preguntarle qué tal todo y qué tal todos, aunque todos, excepto ella, me importen un carajo, ahora ya sí, ahora que ya comprendí que no van a perdonarme uno solo de los errores que, al parecer, he cometido en estos años y que aguardan con paciencia y fingido desinterés el día de mi muerte, mamarrachos mis cuatro hijos y su estirpe, para empezar a cobrar los derechos de autor con los que creen van a poder vivir una vida mejor de la que viven, vida podrida de seres grises que se conforman con quemar los domingos con sus mujeres gordas y con sus hijos gritones subiendo y bajando las escaleras mecánicas de los centros comerciales.

O, por qué no, tomar un vaso de agua en el que previamente habré sumergido seis orfidales y aguantar la duermevela oscura en que se convierten las noches gobernadas por una dosis excesiva de benzodiacepinas y despertar aturdido, mediado ya el día, por los golpes insistentes que el puño de mi agente literario estampará en la puerta de la habitación para no llegar tarde a la entrevista, a la firma de ejemplares, a la mesa redonda donde sentiré la boca seca, como toda repleta de arena, la cabeza doliente, transida de nubes y de sueños que seré incapaz de recordar, escenas inasibles que duran apenas un par de segundos para después desvanecerse como tinta en agua y sentirme entonces torpe y viejo, ser gris acabado, incapaz ya de desprenderme, a pesar de los afeites, de las lociones para después del afeitado, del desodorante de piedra de alumbre o de la colonia francesa, de este intenso olor a viejo, de este pito flojo que las putas ya no sienten o de las arrugas que arroyan mis mejillas, de los hongos que, atrincherados en los espacios interdigitales de los pies, alancean constantes las horas con un picor inconsolable, de las hemorroides sangrantes, del par de dientes flojos, funámbulos a punto de desprenderse de las encías, de la piel de papel de fumar de la tripa, de las rodillas deformes y temblonas, de las manos consteladas de manchas parduzcas que, como una plaga divina o como un ejército imparable, avanzan hasta las tierras de mi pecho donde un vello blanco, ralo y, estoy seguro, ya muerto, me aguarda, o de los ojos brillantes, de mirada bovina por culpa de una miopía de décadas, lacustres, desprovistos ya de alegría, pero también de tristeza, ojos patéticos, desencantados, cuya imagen está presente en mi cabeza todos los días para someterme. 
 
Lo mejor será bajar al bar y, en silencio sentado en la barra mientras la luna mengua, macerarme en güisqui libado a sorbos de vasos de culo ancho, sin agua ni hielo, o ingerido de un trago hasta sentir en el gollete el calor metálico del veneno y después la náusea, cuando ya estaré borracho y alguien se acercará al reconocer mi cara e intentará saludarme y dirá que ha leído mis libros, algunos o, quién sabe, quizás todos, y que le gustan y entonces yo, sin mirarle siquiera a los ojos, le gritaré que me deje en paz y que se vaya, por ejemplo, a follar a su madre y golpearé airado la barra con las manos y, al intentar ponerme en pie, perderé el equilibrio y tras tropezar con la pata del taburete o con el aire, tal vez caiga al suelo y allí, tendido y entre risas, aguardaré que dos trabajadores serviciales del hotel me recojan para acompañarme en un abrazo de tres hasta esta habitación de hotel con vistas al parque del Buen Retiro donde, después de quitarme la ropa, tumbarán mi cuerpo que tiembla. Y entonces yo, al fin dormido, sin putas, sin hijos, sin pastillas ni cocaína y, sobre todo, sin haber escrito desde hace años una sola palabra, lastrado por una fama de pequeñas dimensiones que me otorgó una novela escrita con rabia cuando era joven y, a ratos, feliz y tenía una mujer que me amaba, embarazada de nuestro segundo hijo, y un trabajo de corrector decente y, por ello, aburrido y una casa alquilada cerca del centro y un coche azul de segunda mano, los domingos descalzos en el parque, una vez al mes una pizza en un restaurante de las afueras en una capital de provincias, las vacaciones de verano con mis padres, el sexo esporádico sin dinero, ni a cuatro patas ni viagra ni papi, aguardaré la mañana de Madrid en la que, de nuevo, habré de despertarme solo. 

madrid.alanochecer. 




viernes, julio 6

Décimo principio. Principio de fuerzas.

A Martín le sentaron en una silla de ruedas tres días después de cumplir los
dieciocho años. Una maleta mal colocada en el asiento trasero del coche le
partió el espinazo tras el frenazo previo a la colisión contra el árbol que Lucía
no pudo esquivar. Ella murió en el acto. Atravesó el cristal del parabrisas y el
asfalto detuvo su vuelo.

En el lavabo de discapacitados de la terminal uno del aeropuerto de Ranón,
Cosme, que entraba a orinar, encontró el cadáver de Martín, sentado en la silla
de ruedas donde lo posaron hace cinco años.

Rosaura condujo hasta el aeropuerto, sin poder olvidar, un instante siquiera, los
senos de Amparo, exangües, pálidos, manchados de tierra y de sangre. A la
espera del informe definitivo del forense, había aceptado encargarse del
asesinato de un parapléjico en los lavabos del aeropuerto, con la frágil
esperanza de encontrar alguna relación entre ambos crímenes. Pensar que lo
hacía para intentar borrar de su mente el cuerpo semidesnudo, asolado y sucio
de Amparo era absurdo. No podía.

Una herida lineal que recorre todo el contorno anterior y lateral de su
cuello revela que, con toda probabilidad, ha sido estrangulado, bien por un
cordel, bien por un cable que no hemos encontrado en el escenario del crimen,
relató Rosaura sin atreverse a mirar a los ojos de la madre de Martín.
Iba a coger un avión a Casablanca, con escala en Madrid, respondió
ella. Y, antes de que me lo pregunte, no, no tenía enemigos. Un hombre que
vive sentado en una silla de ruedas tiene que procurar no tener enemigos,
sobre todo si éstos pueden caminar.

Casablanca, remarcó Rosaura, como si pensara.

En Casablanca se celebraban los campeonatos mundiales de esgrima.
Él quería viajar unos días antes para entrenar. Se sentía bajo de forma y
aspiraba a conseguir la medalla de bronce, como ya hiciera en los
campeonatos anteriores, o la de plata con un poco de suerte. Decía que ganar
el oro, en su estado, era absurdo. Un tipo en silla de ruedas con una medalla
de oro colgada al cuello. Absurdo. Menudo triunfo.

viernes, junio 22

La decisión correcta o, tal vez, a modo de autorretrato


A veces tomaba la decisión de parar, pero eran las menos. La mayoría continuaba bebiendo hasta que era incapaz de mantener el equilibrio o el camarero le decía la anterior fue la última o la luz fría del amanecer dominaba las sombras del bar. Presumía de las mujeres con las que se había acostado, un número cambiante que nunca alcanzaba la decena y que no parecía excesivamente alto si tenemos en cuanto los años que ya no cumpliría, y enumeraba los amigos que tenía repartidos por el mundo, aunque siempre tuve la impresión de que, durante los años en que la vida nos juntó, yo fui lo más parecido a un amigo que supo tener.

Era alto, como sólo pueden serlo los hombres que no alcanzan el metro setenta, con la espalda vencida por el tiempo y la cifosis y el fuelle de los bronquios a menudo gobernado por la disnea. Delgado, sin llegar a hacer uso del último agujero del cinturón. Barbado, como los cubanos que en los cincuenta conquistaron primero una ciudad y después un país bajando por sorpresa desde los montes. Tenía los ojos azules de color violeta, son iguales que los de Liz Taylor le diría una noche un tipo cualquiera y él, aturdido por la comparación, como si en vez de un símil le hubieran dado un puñetazo en la nariz, quedó callado y pensativo. Porque si alguna vez quiso ser alguien, fue Paul Newman en El largo y cálido verano o, tal vez, Robert Redford en Los tres días del Cóndor. Pero jamás imaginó ser Elizabeth. Recuerdo aquella tarde en San Telmo, cuando un artesano de un puesto de bisutería le dijo che, pibe, prestame uno de tus ojos y te haré un bello collar para que se lo regales a quien tú quieras. La mirada estrábica, a pesar de las dos operaciones quirúrgicas que un oftalmólogo calvo y patológicamente tímido le realizó cuando era aún niño y que depositaron en su vientre un miedo cerval al que intentó vencer, y no pudo, estudiando medicina durante más de diez años. Las manos nervudas de pianista, que escribió Casariego, cuando desaparecen los pianos. Y, entonces, bajo, flaco, barbudo, la espalda combada, el pecho escaso de aire, el vientre aterrado, los ojos violetas y estrábicos y las manos fuertes, decía que caminaba cuando en realidad la mayor parte del tiempo estaba parado. Olía a tierra.

En verano calzaba sandalias de piel y vestía camiseta de algodón y pantalones vaqueros que en invierno cambiaba por pantalones de pana, zapatos de cordones, camisa de cuadros y americana oscura que compraba en tiendas de ropa de segunda mano.

Era de café solo en el desayuno, cortado después de comer y una manzana en la cena. Nunca escribía en servilletas de papel, ni leía los periódicos desde la contraportada, ni tendía la ropa en las azoteas, ni hacía el amor de noche en la playa. Decía que eran actos manidos de tan literarios, o literarios de tan manidos, no recuerdo bien. Y una cosa es la vida y otra muy distinta los libros, concluía. Soñaba, y estoy seguro de que aún hoy lo hace cada noche, con ser el siete en el pasillo del ocho y dar el pase certero de gol para no tener que celebrarlo como propio, porque no hubiera sabido como.

Cuentan que marchó de aquí cuando se bebió todo el dinero que había heredado de sus padres y que vive en pueblos de nombres como La Ría, Banciella o Güemes, topónimos desconocidos porque sólo en lo desconocido reside lo posible. Le imagino sentado a la mesa de alguna cocina, escribiendo en las hojas blancas de un cuaderno historias tristes en las que siempre aparece la palabra noviembre o la palabra acerbo y una mujer menuda de pelo corto y moreno se enamora de uno de los personajes y alguien, a veces el protagonista, se suicida. Entonces llega el alba y, con él, el café solo, la fruta del tiempo, un paseo en bicicleta hasta el trabajo los días en que algún enfermo le necesita, la rutina como una conquista de la vida, la lluvia, el cortado, la siesta, los abrazos, un hijo, una mujer que son cientos, manzanas.

Y cuentan también que, últimamente, casi todas las noches, la decisión que toma es la correcta. 

cimadevilla.mayo2012 

viernes, junio 8

Como marzo con los nogales


No olvidaré
el tacto frío de las vidrieras
ni el sonido de los trenes,
las colas para entrar en los museos
o lo que octubre estaba haciendo
con los sauces de la avenida.

No olvidaré la ceniza
que el humo de los tubos de escape
depositaba en las fachadas,
ni la pendiente suave de la calle
hasta alcanzar la plaza
donde sucedió
aquel encuentro inesperado.

Así el tiempo ha hecho
siempre con nosotros.

Como marzo con los nogales.

gijón.ocualquierotraciudad.

domingo, mayo 27

Todo


Rebeca entra en la cocina y dice que Jero, al fin, se ha dormido. Se acerca y me da un beso descuidado en los labios, como esas cosas que la rutina ha convertido en inconscientes. Despeinado. El beso. Invisibles.

Apuro el café de la taza, una taza verde y pequeña que trajo Rebeca cuando se vino a vivir conmigo, y la coloco con cuidado en el fregadero, junto al resto de cacharros sucios. A veces me gustaría ser un cacharro, sucio o limpio, eso da igual. Abro el grifo del agua fría, cojo el estropajo húmedo y comienzo a fregar los platos de la cena. Observo las copas de vino como imagen de la noche anterior tumbados en el sofá y la golondrina que, una tarde de Ibiza Rebeca se hizo tatuar en la nuca, se detiene bajo la yema de mis dedos, curiosos e incrédulos aún, como si en cada ocasión que la busco, de las cien veces repetidas, descubriera algo nuevo en el dibujo, un retazo de color, el tacto abultado de cicatriz, las plumas.

Antes de que se haga mayor, deberíamos viajar por el mundo, dice mientras sirve café en una taza roja y pequeña. Seis meses. Un año, tal vez. Nueve. Números. Nubes. Pienso entonces en la bola del mundo de plástico que tenemos en el escritorio. No recuerdo quién me la regaló hace ya más de veinte años, cuando era un crío. Silenciosamente me ha acompañado durante todos estos años, un mundo ya. También de plástico. Cierro el grifo, me seco las manos, beso consciente los labios de Rebeca, tibios por el café, y salgo de la cocina en dirección al escritorio. Enciendo el mundo, que también es lámpara. Incendio el mundo y con la fuerza de mis dedos lo hago rodar. Viajar por el mundo antes de que cumpla dos años. Todo. 

gijón.detarde. 

jueves, mayo 10

Nocturno de furia


Como hay tipos que parecen necesitar siempre un corte de pelo, Madero parecía necesitar siempre un abrazo de consuelo, una palmada muelle en la espalda o un gesto mudo de aprobación en la mirada. De no ser así, corría el riesgo de desarmarse a cada paso, que daba siempre como si fuera el último de su vida. Cuando sucedieron los hechos que se relatan a continuación, José Luis Madero Cortés, policía de profesión, aficionado a la marquetería y viudo desde hacía seis años, tenía sesenta y cuatro. Hoy hubiera cumplido sesenta y cinco. Pero murió hace dos días, acribillado a tiros por un compañero con demasiada adrenalina disuelta en la sangre y demasiadas respuestas sin haber tan siquiera preguntado. En el juicio alegará, como atenuante, que Madero estaba armado.

La noche arrastraba a duras penas el calor sofocante de julio y la ciudad se resistía a oscurecer anudando en las antenas y en los álabes los últimos hilos naranjas de luz que pertenecían al sol. El horizonte, recortado por la silueta angulosa y errática de los edificios, comenzaba a desvanecerse en grises y en negros.

Madero dejó atrás la comisaría y atravesando Vía Augusta, se dirigió por la calle de Gracia hacia su piso en Bailén. En la acera, el olor dulzón de las cafeterías se mezclaba con el salobre que el mistral transportaba desde el mar. A lo lejos se escuchaban los motores de los vehículos que circulaban por la Diagonal.

Dentro de tres días, a estas horas, ya estaré jubilado, pensó Madero. Y ese pensamiento no le llevó a ninguna parte. Después de trabajar durante más de treinta años en la comisaría del Eixample, no estaba seguro de querer dejar de hacerlo, porque temía, por desconocidos, los días que vendrían después. Desde la muerte de Mara, el trabajo aplacaba un dolor que, de otro modo, hubiera sido insoportable. Sin la rutina como salvavidas, Madero sabía que el dolor florecería intacto, tal y como lo sintió durante las primeras semanas. Un vacío opresivo y cruel que sólo la repetición gris de los días mantenía a raya.

Mara, susurró.

Metió la mano derecha en el bolsillo de la camisa y extrajo de él un paquete de tabaco que estaba vacío. Maldijo en silencio mientras lo hacía desaparecer en el puño y lo lanzaba a una alcantarilla. Torció a la derecha en Francisco Giner. En la gasolinera de la calle Mallorca podría comprar tabaco. Poco tiempo después, con la vida ya entrecortada, pensó que esa decisión fue la que le llevó a la muerte. Diez minutos tardó en encontrarla.

En la playa de la gasolinera, el conductor de un renault Megane verde botella observaba las cifras en el surtidor. Madero saludó con un leve movimiento de cabeza y entró en la cantina. Al fondo, la dependienta colocaba las revistas en una de las estanterías.

En las gasolineras se echa gasolina. En los estancos se vende tabaco. No sé por qué carajo tengo que venir a una gasolinera a comprar tabaco si jamás fui a un estanco a echar gasolina. Este país se va a la mierda, pensó Madero, siempre nervioso cuando sentía que los cambios del mundo lo arrollaban.

Buenas noches, dijo la dependienta mientras regresaba al mostrador.

Buenas, contestó Madero. Un paquete de Coronas, por favor.

La mujer inició el gesto de inclinarse hacia la torre de cajetillas de tabaco que estaban colocadas a su izquierda pero, a mitad de camino, se detuvo y, lentamente, recuperó la posición de la que partía. Apoyó las palmas de ambas manos en el mostrador, abrió los ojos al mismo ritmo que se dilataban sus pupilas y, durante un par de segundos, miró fijamente a Madero, que no entendía qué pasaba. Como la noche se había instalado en la ciudad, así el rostro de la dependienta palideció.

¿Se encuentra usted bien, señorita?

Las palomas, que dormían con un ojo abierto en el tejado de la gasolinera, despertaron asustadas por el grito y emprendieron súbitamente el vuelo. La dependienta salió del mostrador y, tras derribar un estante de bolsas de patatas fritas, abandonó la cantina.

Un policía en día libre observó la escena desde la acera de enfrente y, mirando a ambos lados para comprobar que no venía ningún coche, echó a correr, cruzó la calle y se dirigió al encuentro de la mujer.

Soy policía, señorita ¿qué ocurre?

La mujer, sin detenerse, continuó su carrera hacia ninguna parte. 

Madero, de pie frente a nadie, no sabía aún qué había sucedido ni qué debía hacer. De pronto, tras el mostrador, escuchó un crujido apenas audible. Apoyó las manos para asomarse y descubrió en el suelo una enorme rata, cubierta de pelo negro y graso, que le miró con unos ojos pequeños y vivos. Aferraba con las patas delanteras, lampiñas al igual que las traseras, la cola, las orejas y el hocico, un mendrugo de pan sucio que roía con avidez. Madero, entonces, cansado de no estar ya en casa, cansado del calor agobiante del verano en Barcelona que la noche no vencía, cansado de treinta y nueve años de servicio, cansado de un mundo tan rápido y, sobre todo, cansado de que la ausencia de Mara doliera tanto cada día, sacó de la funda del costado la Beretta nueve milímetros, retiró el seguro y apuntó a la cabeza del roedor.

Dese la vuelta despacito y ponga las manos donde yo pueda verlas, abuelo.

Madero, sorprendido por la orden que acababa de escuchar, levantó la cabeza, se irguió y, girando sobre sus pasos para explicar a quien fuera lo que estaba sucediendo, recibió un disparo en la oreja izquierda, uno en el hombro derecho, dos en la parte central del pecho, otro más en el vientre y el último, que le derribó, en la rodilla izquierda.

La ciudad se detuvo apenas un instante mientras Madero, tendido en el suelo, se moría.

La rata se acercó al olor de la sangre.

Hija de la gran puta, masculló el policía.

Y la última bala del cargador partió en dos el cuerpo del animal. 

cimavilla.abril2012

viernes, abril 27

Días de invierno en Berlín


Una vez estuve alojado en un hotel sin estrellas en Berlín, cerca de Alexanderplatz, justo enfrente de las ruinas. Era diciembre y hacía mucho frío. Hace años de aquello y yo estaba más gordo de lo que lo estoy ahora, bastante más, aunque procuraba no comer demasiado y salía a correr casi todas las mañanas con un amigo que, una noche durante una cena, años después, quiso decirnos que era gay y nosotros le miramos un par de segundos de silencio y retomamos las conversaciones donde las habíamos dejado. Llegábamos hasta Bebelplatz y dábamos media vuelta. Allí los nazis quemaron libros.

A veces eso no es posible, lo de comer poco y correr, digo, y me dejaba vencer, como ahora, por la pereza y por la gula.

Por aquella época yo salía con una chica a la que le gustaba chupármela mientras yo hablaba por teléfono. A mí, a veces, no me apetecía. Pero era difícil resistirse porque, cuando me daba cuenta, la persona al otro lado del hilo telefónico ya había contestado y Delia, que así se llamaba, estaba arrodillada frente a mí, bajándome la bragueta y buscando bajo mis calzoncillos un miembro, la mayoría de las veces, dispuesto para la erección. Dejamos de vernos al volver de ese viaje. Y, es curioso, no me dolió romper con ella pero, a menudo, la echo de menos y echo de menos aquella ciudad que no será nunca la misma, porque no habrá otro diciembre de mil novecientos noventa y siete y echo de menos aquellos días. Delia me abandonó después de decir que no le gustaba el modo en que estaba parado en la vida. Repito muchas veces en silencio esas palabras cuando recuerdo el momento en que las dijo, sentados en una cafetería de la calle Delicias, con dos gin-tonic entre medias. Será porque nunca he llegado a comprenderlas bien del todo.

Recuerdo también que una noche de las que pasamos en Berlín salimos a tomar cervezas y, a las tantas de la madrugada, en el servicio de uno de los pocos bares que quedaban abiertos, una chica más alta que yo y con el pelo cortado al dos me ofreció una de las tres rayas de cocaína que estaba preparando sobre la tapa del váter. Yo decliné la invitación porque estaba ya demasiado borracho. Pero no pude reprimir las ganas de avalanzarme sobre ella y besarle la boca. No era guapa, pero tenía unos labios gruesos y sonrosados que me atrajeron al instante. Ella me recibió como si estuviera esperándome desde hacía años y nos besamos durante un buen rato, hasta que la empujé dentro de uno de los cubículos y, bajándonos con ansiedad los pantalones, yo los míos y ella los suyos, y después las bragas y los calzoncillos, yo las suyas y ella los míos, comenzamos a follar, echando a perder con nuestros movimientos torpes y bruscos las rayas de cocaína que ella con tanto esmero había estado preparando. Después nos vestimos en silencio y no recuerdo habernos despedido. Tampoco recuerdo cuál fue mi respuesta cuando Delia me preguntó por qué había tardado tanto. Pero sí recuerdo que, abrazados para no caernos, rescatamos a Roberto, el amigo gay con quien corría por Unter den Linden casi todas las mañanas, que dormitaba en un sucio sillón de pana negra, y subimos las escaleras del bar a la misma velocidad que el sol. Los cuatro alcanzamos a la vez la calle. El frío era intenso. 

Caminamos por Oranienburger hasta llegar al hotel. Cuando entramos en la habitación decidí darme una ducha y lo hice con el agua muy caliente. El espejo se empañó de vapor al instante y, desde entonces, soy incapaz de mirarme en los espejos. Me da miedo. Mucho. Delia se tiró encima de la cama y, vestida, se quedó dormida. Al día siguiente, último de los que pasamos en Berlín, desayunamos en silencio en el restaurante vacío del hotel, junto a Roberto que, de aquella, ya era gay, aunque nosotros no lo supiéramos y yo, ni tan siquiera, lo sospechara. Después recogimos la habitación y nos duchamos juntos, con el agua templada y sin sexo. Devolvimos la llave de la habitación en la recepción y pagamos lo que debíamos. El mozo del hotel miró a Delia de arriba a abajo. Ella fingió no darse cuenta y yo miré fijamente a los ojos del tipo hasta que no pudo aguantar la mirada. No soy celoso, ni mucho menos, simplemente me divertía tener las riendas de la situación. Roberto se echó a reír de un modo exageradamente amanerado. Yo le miré y me eché a reír también. No entiendo cómo no sospeché entonces que era gay.

Salimos del hotel, cruzamos Alexanderplatz en diagonal y entramos en el vestíbulo de la estación. Compramos tres billetes para el tren que nos llevaría a casa. Salía cinco horas más tarde. Alegres por disfrutar de más tiempo libre en la ciudad, dejamos las mochilas en la consigna y decidimos pasear sin rumbo, en busca de algo que no sabíamos lo que era y que no encontramos.

berlín.marzo2012

sábado, abril 14

Noveno principio. Principio de densidad.


Era noche aún cerrada y la marea baja estrechaba el cauce en la desembocadura del río Piles en el pedregal de la playa de San Lorenzo. El légamo de las riberas emergía y abandonaba a su suerte a los moluscos que dormitaban su último sueño en la arena húmeda. Las gaviotas aprovechaban entonces el regalo de la gravedad que la luna ejerce sobre las aguas para darse un festín. Algunas emprendieron el vuelo al paso del trío. Otras miraron indiferentes a los tres humanos y continuaron la pesca.

Roque dijo
a mí no me parece bien lo que estamos haciendo.
Claro, ahora, contestó Maro. Antes, bien que te divertías. No parecía que tuvieras ganas de estar en otra parte cuando te pusiste encima de ella y culeabas, cada vez más rápido, con los pantalones por los tobillos y los calzoncillos en las rodillas.
Ya lo sé, contestaba Roque al borde del llanto. Pero no pensaba que ibas a golpearla.
No me jodas, Roque. ¿No ves cómo estoy sangrando? ¿No ves que me ha arrancado media oreja, gilipollas?
Es culpa tuya. Siempre te empeñas en besarlas.
Calla la boca y no la dejes caer, no vaya a tener que pegarte una ostia en la cabeza a ti también.
¿Está muerta?
Y yo qué sé, Roque. No soy médico, joder.

domingo, abril 1

Impedir que el aire circule entre los cuerpos


Impedir que el aire circule entre los cuerpos. Venerar la luz de la tarde de invierno que entra por la ventana. Dibujar cicatrices con la yema de los dedos, para después borrarlas con los labios. Con la lengua. Besarse por dentro. Celebrar en un mismo día el cumpleaños de todos los enemigos. Caminar mientras se hace de noche por un alambre tendido entre las azoteas de los dos edificios más altos de Tokio. Caer en el último metro. Y salvarse. O desde el más alto de los dos hasta una playa. Descender lentamente hasta alcanzar la arena. Creerse mar. Sentirlo. Refugiarse en la sombra curva y fugaz que origina un cuerpo desnudo. En la que se modifica con cada movimiento. Aunque imperceptible. Mancillar los límites. Asaltar fronteras. Otorgarle al tiempo categoría de espacio. Gritar hasta que despierten de su siesta de años los leones. Correr entonces. Rebeca dijo quiero decirte algo y no sé lo que es. Yo dije tuve ganas de llorar, como los perros. Qué palabras terribles brotan a veces en ese estado.

gijón.febrero2012.

domingo, marzo 18

Helicópteros


Si busco convertir
tu cuerpo en palabras
encuentro decenas.

Busco entonces algo,
no sé bien de qué se trata,
en el aire que te rodea.

Pongamos el perímetro
a diez centímetros de la piel,
como se rastrea en la costa
el cadáver de un ahogado.
(Dos palabras, quizás,
difíciles de encajar
cuando se supone que es este
un poema de amor).

Busco, en resumen,
palabras ahogadas
a menos de diez centímetros
de un cuerpo
que es el tuyo.

Para definirte
geográficamente.

Perfil de cuerpo.

Perfil de costa.

En lugar de helicópteros
cuento con dos manos
y pienso,
mientras te sobrevuelo,
costa maldita,
qué cantidad de palabras.

berlín.marzo2011

jueves, marzo 1

Me hacía arder


Dejar la luz prendida,
tal vez todas las bombillas de la casa,
mientras los taxistas en la calle
aguardan en silencio
y la tarde se muere en grises.

Verte desaparecer de pronto,
como un fogonazo,
fundido en negro
y tu risa que se aleja
por acción del efecto doppler.

Sentir en el pecho
el mismo dolor que Cubero
aquella tarde en la plaza de Colmenar.

Reconocer que nunca
tuve huevos para decirte

el modo en que mirabas a la cámara
en la fotografía en blanco y negro
que tenías en la estantería,
junto a tantos libros pendientes,
me hacía arder.

gijón.diciembre2011

jueves, febrero 16

Octavo principio. Principio de energía y trabajo.


Cuando Cecilia murió, Cosme comprendió que era el último de una estirpe. Que nadie en el mundo le esperaba, le pensaba, le tendría en cuenta, le invitaría a cenar en navidad o le visitaría en el hospital cuando cayera enfermo. Y eso significaba que podía hacer, desde ese momento, lo que le viniera en gana. Cumplía ese día setenta y tres años.
Tardó ocho semanas en vender la casa donde Cecilia y él vivieron los últimos veintitrés años y trece el renault laguna de cambio automático y motor diesel que ella condujo durante los últimos doce. Cosme nunca fue capaz de aprobar el examen práctico del carné de conducir. En verdad, Cosme nunca fue capaz de hacer nada si alguien, que no fuera Cecilia, le estaba mirando.
Soy preso de un implacable miedo escénico, decía siempre.
Siete semanas más tarde pudo retirar del banco en metálico el dinero del fondo de pensiones. Pidió que le entregaran todos sus ahorros en billetes de veinte y de cincuenta y los introdujo en una bolsa de deporte de la marca puma que permaneció, arrugada y polvorienta desde que abandonara las clases de natación, en lo más alto de la más alta de las estanterías que, como adolescentes de metro ochenta castigados contra la pared, ocupaban las paredes del trastero de su ya antigua casa, a la espera de volver a ser útil. Tras pedir los billetes, introducirlos en la bolsa, cerrar con dificultad la cremallera herrumbrosa y caminar hacia la salida, se sintió un atracador. Imaginó que de la bolsa sacaba una pistola y apuntaba a la cabeza del director o del guardia de seguridad y gritaba
esto es un atraco, las manos en alto, no se muevan, denme lo que les pido y nadie resultará herido.
Sonrió en silencio, a sabiendas de que, si Cecilia estuviera a su lado, se lo contaría divertido y ella le diría, anda, calla, ya estás tú con tus historias y con tu fantasía. Si en tu vida has sido capaz de matar una mosca.
Tobías abrió la puerta del banco y, con una ademán hosco, le invitó a salir. Cosme, al pasar, dijo
gracias.
Tobías asintió y agachó la cabeza.
Ya en la calle, Cosme levantó la mano para parar un taxi, se montó en el asiento de atrás y pidió al conductor que le llevara al aeropuerto.
Buenos días, señorita, quiero un asiento al lado de la ventana en el próximo avión que vuele a Nueva Orleans. Entregó el pasaporte y pagó en metálico.
¿Cuántas maletas facturará?
Ninguna. Sólo llevo esta bolsa de mano.
Muy bien, como usted diga, le contestó extrañada la azafata. Terminal uno, puerta ge, vuelo equis cero cuarenta y cinco, asiento veintitrés a. La hora prevista de embarque son las diecinueve y cuarenta minutos. Con escalas en Madrid y Atlanta.
Muchas gracias.
Faltaban cinco horas para viajar. Cosme eligió un lugar frente a los cristales desde el que poder ver el aterrizaje y el despegue de los aviones, colocó la bolsa sobre sus rodillas y se sentó a esperar. Pensó entonces en Cecilia y en lo orgullosa que se sentiría de él, si pudiera verle en este momento.
Sintió ganas de orinar. Se levantó y buscó un baño.

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