No
puedo volver a subir. El doctor Almán dice que no debo repetir la
misma acción más de tres veces. Y sería la cuarta. Desde que tomo
las pastillas pequeñas y azules que me recomendó estoy más
calmado. Aunque no recuerdo haberla tomado esta mañana. Si duermo
mal por la noche, el día siguiente es extraño. Pero no, no puedo
volver a subir y comprobar si he cerrado la puerta de casa con dos
vueltas de llave. Ya lo he hecho tres veces. Tres es el número,
Ismael, me dice siempre el doctor Almán. Si tus rituales se repiten
más de tres veces, tienes que venir a verme. Tres veces he abatido
la ventana de la habitación, tres veces he cerrado la manija del
gas, tres veces he abierto el grifo de la ducha, creo, no, estoy
seguro, tres veces he apagado la televisión. Y tres veces, estando
ya en la calle, he subido a comprobar si había cerrado la puerta de
casa. No habrá una cuarta, Ismael, recuérdalo. Camina.
Desde
esta cristal puedo ver como la ciudad se ha curvado. Las líneas
paralelas y perpendiculares han desaparecido y todo parece temblar y
estar a punto de desmoronarse. Lo mismo sucede con los colores. Han
mudado los neutros. Este paisaje urbano del Vedado es una mezcla
policroma, como paleta de pintor. Los jacarandaes, que florecieron
el mes pasado, ahora tienen el mismo color que el del caribe que
baila con el muro de los Desamparados, al final de las calles. Las
ventanas, con las jambas curvadas y ondulantes, parecen aguardar,
como lo hicieron hace años los francotiradores, que la danza de
colores de la tarde, rojos, pardos y anaranjados, apacigüe este
calor y el tiempo se detenga en el estuco desconchado de las
mansiones sin derecho a permuta, en el pecho desnudo de las
cariátides que sostienen noviembre y las bóvedas agrietadas de los
palacios comunales.
Qué
dulce despertar he tenido. Por fin he dejado atrás las noches
insomnes. Quizás pueda desprenderme al fin de esta tristeza, ahora
que las cenizas de mi hijo vuelan en el viento y estarán siempre
conmigo. Me siento más tranquila. Anoche, antes de dormir, me
pregunté si las cenizas de un niño de nueve años serían más
livianas que de las de un hombre de setenta. No tiene importancia, ya
lo sé, lo único cierto es que el viento las mantendrá suspendidas
en el aire para que formen parte de La Habana y de mí. Quizá este
sea uno de esos pensamientos que el doctor Almán dice que debo
intentar aflorar, afrontar... no conozco más palabras que empiecen
por a y por efe. Tal vez la medicación está comenzando a funcionar.
Voy a bajar a la calle, por primera vez desde que Raúl murió.
Quiero temblar con la ciudad. Quiero que el guardián del fuego sepa
que las cenizas de mi hijo forman parte de La Habana. Para que cada
noche le cuide y le libere al amanecer.
Todo
va bien. El seis aún no ha pasado. Si soy más rápido que él, si
soy capaz de llegar a la 23 con la L antes de que el autobús lo
haga, será un buen día. Es la señal. Pero hace demasiado calor.
Ayer en la asociación, aquel tipo que ganó la partida en seis
movimientos dijo que hoy bajarían las temperaturas; pero no ha sido
así. Tal vez no tengan nada que ver el ajedrez y la meteorología. Y
ahora estoy pasando calor con esta chaqueta. No puedo quitármela. No
puedo llevarla sobre los hombros ni, mucho menos, atadas las mangas a
la cintura. No, definitivamente no puedo. ¿Dónde he metido la
cartilla de abastecimiento?
Lo
que observaba desde la ventana era cierto. Las líneas de la ciudad
se han desdibujado. Y algunas personas siguen siendo tan pequeñas
como vistas desde el segundo piso. Puedo atraparlas en el espacio
entre el índice y el pulgar. Sin embargo otras no, otras son grandes
como lo soy yo, tal vez seres humanos de una raza distinta. Así
habrá de ser el guardián del fuego. Debo encontrarlo.
Qué
lindo está el día. El sol aún no calienta demasiado, pero su luz
es maravillosa. Tal vez pueda ver las cenizas de Raúl en los
remolinos que las corrientes de aire forman al entrechocar en las
esquinas, donde los rayos oblicuos iluminan las líneas curvas y
cambiantes que han transformado los perfiles de las calles. Tal
parecen hilos de cobre incandescentes tras el fuego de estos días.
Caminaré por la L, hasta el Yara, el mismo trayecto que hacíamos
cada mañana. Yo le acompañaba hasta la esquina y le veía cruzar la
23. Cuando alcanzaba la otra vereda se daba media vuelta y,
levantando la mano derecha, se despedía de mí antes de desaparecer
entre la gente que a esas horas caminaba por la avenida, a los pies
del hotel. Yo daba media vuelta y regresaba a casa. Raúl caminaba
hasta Universidad. Cerca de allí estaba su escuela.
Tomates.
Manzanas. Cebollas. Queso. Bien. La lista está bien escrita. Todas
las palabras empiezan por mayúscula. Un kilogramo de las dos
primeras, medio de cebollas y un cuarto de queso. Sólo espero que el
ángulo sea recto. Si vuelve a cortarlo como el mes pasado, tan
torcido, no lo quiero. Bien. Ya estoy llegando a la esquina. Sin
rastro del seis. Llegaré antes que él y será un buen día.
Encenderé un cigarrillo. Tengo ganas de fumar. ¿Por qué ese
hombre, sentado en el portal, me está mirando? ¿Tengo alguna mancha
en el pantalón? No ¿Olvidé peinarme? ¿Olvidé peinarme?
Raúl
se reía como yo y tenía los ojos de mi padre. Si en su cara o en su
cuerpo o en su infantil forma de ser había algo de su padre, yo no
supe descifrarlo, no supe reconocerlo. De todos modos, fue muy poco
el tiempo que Javier y yo estuvimos juntos, un par de meses quizás,
o menos. Desapareció como ahora lo hace su hijo. Yo estaba sentada
en la cocina y lo vi salir con la maleta. No recuerdo si me dijo
adiós, pero sí estoy segura de que dijo que no volvería. Tenía
una familia en otra parte, cerca de Santa Clara, al parecer. Otra
casa, otra mujer, otros hijos. Aquí dejó uno; pero no dejó nada.
Ni en mí ni en Raúl. Y Raúl ahora ya no está. Un día comenzó a
adelgazar y a ponerse pálido, mucho antes de que me diera cuenta de
que esas dos cosas estaban sucediendo. Después yo me quedaba a su
lado todas la noches porque a veces despertaba llorando. Entonces yo
le abrazaba hasta que se calmaba y, es curioso, a la vez eso me
tranquilizaba a mí. Los dos dejábamos de temblar al mismo tiempo.
Después se fue, sin más. Aquel médico en el hospital dijo que todo
estaba muy avanzado. Y se fue. Yo no pregunté nada. Sus cenizas
forman ahora parte de la ciudad porque yo las coloqué en el alféizar
y, durante días, el viento se las fue llevando poco a poco. Y ahora
que vuelvo a tener fuerzas, salgo a buscar al guardián del fuego,
para darle a conocer el nombre de mi hijo. Cuando lo haga, podré
vivir con esta tristeza. No hasta entonces. El doctor Almán dijo que
las pastillas podrían ayudarme.
El
doctor Almán dice que aún es pronto para intentar dejar de fumar,
que podría hacer que empeorara. Debo estar más estable y calmado,
reducir al mínimo los rituales y, entonces sí, desengancharme. Un
momento, esas dos chicas, las que están sentadas en el banco, me
miran, murmuran, se ríen. ¿Por qué lo hacen? Yo estoy bien. Un,
dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho nueve y diez. Todos los
dedos de la mano. Estoy bien. Genial. He llegado a la esquina. En un
par de minutos estaré en el colmado. Ni rastro del seis. Hoy he
ganado. Tranquilo, Ismael, tranquilo. Aspira profundo. Siente el
sabor amargo del tabaco en el paladar. Traspasa el humo. No te
detengas. Estás haciéndolo muy bien.
Si
extiendo las manos y las observo detenidamente aún tiemblan. A pesar
de la medicación. Pero me siento mejor, más tranquila. Sólo debo
caminar hasta encontrar al guardián del fuego. ¿Sabrá ya que las
cenizas de Raúl forman parte de la ciudad? Debo informarle, de todos
modos, para que pueda custodiarlas, igual que tantas otras. El
guardián del fuego recorre las calles desde el amanecer hasta el
ocaso. Después regresa a su morada y hace recuento. Le encontraré y
entonces podré dormir tranquila, dejar esta tristeza, olvidar aquel
día y el de después, cuando todas las madres y todos los padres y
todos los que estaban me miraban con pena, pero también, lo sé, con
alegría porque sus hijos y sus hijas estaban a salvo, sólo Raúl se
había ido. Debo calmarme. Si no lo hago, mis manos comenzarán a
temblar y no podré dominarlas. Debo calmarme y seguir caminando,
encontrar al guardián del fuego y explicarle, en un idioma que
comprenda, que las cenizas de Raúl vuelan en el aire de La Habana
porque durante días el viento se las fue llevando del alféizar.
Escribiré el nombre de mi hijo en la palma de su mano.
Trescientos
metros. Desde la esquina trescientos metros hasta llegar al colmado.
Ni rastro del seis. Espero que no se haya averiado. En ese caso, no
valdría. Todo va bien, Ismael, ahora sólo encuentra tu línea, la
línea recta por la que has de caminar hasta el colmado. Y que sea
tuya, por la que sólo tú camines. Los demás pueden atravesarla;
pero no caminar por ella. No puedes compartirla. Si alguien lo hace,
debes apartarte y buscar una nueva. Una calada. Una calada profunda.
Vas bien, Ismael, vas bien. Eso es, ya la tienes. Continúa por ella,
como un equilibrista a ras del suelo. Ese hombre ha dicho algo sobre
ti. No lo escuches, da lo mismo. Tararea, llora si quieres, ve más
deprisa o más despacio, pero no lo escuches. Continúa. Un kilo de
tomates, uno de cebollas, un cuarto de queso cortado en un ángulo
recto perfecto, noventa grados, líneas perpendiculares como las que
buscaba el Babirusa en El Camino de los Ingleses. Pero no te pares,
Ismael, por lo que más quieras. No te pares.
Puedo
verle. Es él, estoy segura. Sostiene el fuego entre las manos y las
volutas de humo gris rodean su rostro, como un aura etéreo y
cambiante. Le he encontrado. Antes de lo que yo esperaba. Tal vez él
también me estaba buscando. Tal vez ya sepa que Raúl vuela en el
aire de la ciudad. Ya sólo debo acercarme, ir a su encuentro y
revelarle el nombre de mi hijo. Así podré regresar a casa, ya más
tranquila, con el tiempo detenido o a una velocidad adecuada y, desde
el alféizar de la ventana contemplar la ciudad que mengua cuando las
sombras que ya no son negras crecen y sentir que formo parte de La
Habana porque mi hijo, que murió porque estaba todo muy avanzado, me
dijeron y yo no pregunté nada, formará parte de La Habana para
siempre.
Mierda.
Peligro. Esa mujer camina por mi línea. ¿Qué hago? No se detiene,
no cambia de dirección, continúa por ella y me mira. Debo ser
rápido, buscar otra línea y seguir avanzando. Estoy muy cerca del
colmado, apenas unos pasos. Detente, Ismael, piensa un segundo, da
una calada, respira hondo. Se acerca. ¿Qué hago?
Es
él, estoy segura. Y se ha detenido. Aguarda. Tal vez me haya
reconocido, sepa quien soy, sepa cual es mi misión. Estoy frente a
él.
¿Qué
dice? ¿El guardián del fuego? Oh, Dios, me coge del brazo. ¿Qué
es eso? Un bolígrafo. No puedo moverme. Estoy perdido. ¿Qué hace? Me estoy mareando.
Ya
está. He cumplido mi misión. Regreso a casa.
Da
media vuelta y se aleja por la línea que era mía. ¿Qué pone aquí?
No entiendo nada. ¿Quién es Raúl? Mierda,
joder, ostias, si no subí una cuarta vez a comprobar la cerradura,
si llegué a la esquina antes que el seis, si caminé por mi línea,
sin compartirla con nadie. ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué todo ha
salido mal? El
seis estaba averiado, seguro. De no ser así, hubiera alcanzado la
esquina antes que yo y entonces yo hubiera dado media vuelta, hubiera
vuelto a casa y nada de esto habría sucedido. Nada. Y, ahora, ¿qué
hago?
gijón.unlunesdeverano.olahabanaendíasdeinvierno.