jueves, febrero 16

Octavo principio. Principio de energía y trabajo.


Cuando Cecilia murió, Cosme comprendió que era el último de una estirpe. Que nadie en el mundo le esperaba, le pensaba, le tendría en cuenta, le invitaría a cenar en navidad o le visitaría en el hospital cuando cayera enfermo. Y eso significaba que podía hacer, desde ese momento, lo que le viniera en gana. Cumplía ese día setenta y tres años.
Tardó ocho semanas en vender la casa donde Cecilia y él vivieron los últimos veintitrés años y trece el renault laguna de cambio automático y motor diesel que ella condujo durante los últimos doce. Cosme nunca fue capaz de aprobar el examen práctico del carné de conducir. En verdad, Cosme nunca fue capaz de hacer nada si alguien, que no fuera Cecilia, le estaba mirando.
Soy preso de un implacable miedo escénico, decía siempre.
Siete semanas más tarde pudo retirar del banco en metálico el dinero del fondo de pensiones. Pidió que le entregaran todos sus ahorros en billetes de veinte y de cincuenta y los introdujo en una bolsa de deporte de la marca puma que permaneció, arrugada y polvorienta desde que abandonara las clases de natación, en lo más alto de la más alta de las estanterías que, como adolescentes de metro ochenta castigados contra la pared, ocupaban las paredes del trastero de su ya antigua casa, a la espera de volver a ser útil. Tras pedir los billetes, introducirlos en la bolsa, cerrar con dificultad la cremallera herrumbrosa y caminar hacia la salida, se sintió un atracador. Imaginó que de la bolsa sacaba una pistola y apuntaba a la cabeza del director o del guardia de seguridad y gritaba
esto es un atraco, las manos en alto, no se muevan, denme lo que les pido y nadie resultará herido.
Sonrió en silencio, a sabiendas de que, si Cecilia estuviera a su lado, se lo contaría divertido y ella le diría, anda, calla, ya estás tú con tus historias y con tu fantasía. Si en tu vida has sido capaz de matar una mosca.
Tobías abrió la puerta del banco y, con una ademán hosco, le invitó a salir. Cosme, al pasar, dijo
gracias.
Tobías asintió y agachó la cabeza.
Ya en la calle, Cosme levantó la mano para parar un taxi, se montó en el asiento de atrás y pidió al conductor que le llevara al aeropuerto.
Buenos días, señorita, quiero un asiento al lado de la ventana en el próximo avión que vuele a Nueva Orleans. Entregó el pasaporte y pagó en metálico.
¿Cuántas maletas facturará?
Ninguna. Sólo llevo esta bolsa de mano.
Muy bien, como usted diga, le contestó extrañada la azafata. Terminal uno, puerta ge, vuelo equis cero cuarenta y cinco, asiento veintitrés a. La hora prevista de embarque son las diecinueve y cuarenta minutos. Con escalas en Madrid y Atlanta.
Muchas gracias.
Faltaban cinco horas para viajar. Cosme eligió un lugar frente a los cristales desde el que poder ver el aterrizaje y el despegue de los aviones, colocó la bolsa sobre sus rodillas y se sentó a esperar. Pensó entonces en Cecilia y en lo orgullosa que se sentiría de él, si pudiera verle en este momento.
Sintió ganas de orinar. Se levantó y buscó un baño.

viernes, febrero 3

El sonido de un acordeón

Cuando ya no quede de esta ciudad más que el viento que recorre sus calles desiertas durante la madrugada, en algún otro lugar, a cientos de días de lo que ahora somos, quedarán nuestras manos, las cuatro, y el sonido de un acordeón y un par de cervezas. 

No lo creo, contestó ella. No quedará nada.

gijón.enero2010.

días

cuadernos