Cuando
Cecilia murió, Cosme comprendió que era el último de una estirpe.
Que nadie en el mundo le esperaba, le pensaba, le tendría en cuenta,
le invitaría a cenar en navidad o le visitaría en el hospital
cuando cayera enfermo. Y eso significaba que podía hacer, desde ese
momento, lo que le viniera en gana. Cumplía ese día setenta y tres
años.
Tardó
ocho semanas en vender la casa donde Cecilia y él vivieron los
últimos veintitrés años y trece el renault laguna de cambio
automático y motor diesel que ella condujo durante los últimos
doce. Cosme nunca fue capaz de aprobar el examen práctico del carné
de conducir. En verdad, Cosme nunca fue capaz de hacer nada si
alguien, que no fuera Cecilia, le estaba mirando.
Soy preso de un
implacable miedo escénico, decía siempre.
Siete semanas
más tarde pudo retirar del banco en metálico el dinero del fondo de
pensiones. Pidió que le entregaran todos sus ahorros en billetes de
veinte y de cincuenta y los introdujo en una bolsa de deporte de la
marca puma que permaneció, arrugada y polvorienta desde que
abandonara las clases de natación, en lo más alto de la más alta
de las estanterías que, como adolescentes de metro ochenta
castigados contra la pared, ocupaban las paredes del trastero de su
ya antigua casa, a la espera de volver a ser útil. Tras pedir los
billetes, introducirlos en la bolsa, cerrar con dificultad la
cremallera herrumbrosa y caminar hacia la salida, se sintió un
atracador. Imaginó que de la bolsa sacaba una pistola y apuntaba a
la cabeza del director o del guardia de seguridad y gritaba
esto
es un atraco, las manos en alto, no se muevan, denme lo que les pido
y nadie resultará herido.
Sonrió
en silencio, a sabiendas de que, si Cecilia estuviera a su lado, se
lo contaría divertido y ella le diría, anda, calla, ya estás tú
con tus historias y con tu fantasía. Si en tu vida has sido capaz de
matar una mosca.
Tobías abrió
la puerta del banco y, con una ademán hosco, le invitó a salir.
Cosme, al pasar, dijo
gracias.
Tobías asintió
y agachó la cabeza.
Ya en la calle,
Cosme levantó la mano para parar un taxi, se montó en el asiento de
atrás y pidió al conductor que le llevara al aeropuerto.
Buenos
días, señorita, quiero un asiento al lado de la ventana en el
próximo avión que vuele a Nueva Orleans. Entregó el pasaporte y
pagó en metálico.
¿Cuántas
maletas facturará?
Ninguna.
Sólo llevo esta bolsa de mano.
Muy
bien, como usted diga, le contestó extrañada la azafata. Terminal
uno, puerta ge, vuelo equis cero cuarenta y cinco, asiento veintitrés
a. La hora prevista de embarque son las diecinueve y cuarenta
minutos. Con escalas en Madrid y Atlanta.
Muchas
gracias.
Faltaban
cinco horas para viajar. Cosme eligió un lugar frente a los
cristales desde el que poder ver el aterrizaje y el despegue de los
aviones, colocó la bolsa sobre sus rodillas y se sentó a esperar.
Pensó entonces en Cecilia y en lo orgullosa que se sentiría de él,
si pudiera verle en este momento.
Sintió ganas de
orinar. Se levantó y buscó un baño.