Mi Cumbres borrascosas

Todo lo que termina en el papel (en la pantalla) tiene una razón, en el sentido de profecía inversa que toca determinadas teclas de la memoria, de la sensibilidad. Al enfilar las últimas páginas de Tengo miedo, torero (2001) sentipensé que jamás iba a estar tan cerca de lo que siente una mujer heterosexual normalizada al leer Cumbres borrascosas (1847) como entre las líneas de Pedro Lemebel. Y como nada es casualidad en la escritura, en la página 185 el chileno menciona Cumbres borrascosas.

Hacía mucho tiempo, quizá desde Middlesex (2002), que no sentía la conmoción de la identificación en una lectura. De hecho, la experiencia de lectura a la que estoy habituada es la de la observadora, siempre a cierta distancia a veces crítica, a veces participante. Ni siquiera tras la explosión contemporánea de narradoras he llegado transponerme en alguno de sus personajes femeninos. Existe el disfrute formal, intelectual, político, pero no la conexión emocional que preludia el placer estético. ¿Qué consecuencias puede tener esta pobreza en la identificación?

Lo más obvio del caso: la repetición en la identificación ha de producir refuerzo de identidad. Y, efectivamente, identidad fuerte no tengo, sino desarraigo interior. La certeza del desarraigo como experiencia interna es también reciente: la racionalicé al recibir un ejemplar del fanzine FF100 que edita Antorcha Ediciones, un catálogo de bestias más o menos peludas, a veces acompañadas por un niño o una mujer que, de paso, aprenden que deben maternar incluso al más incivilizado de los hombres. La representación es capaz de fijar la mezcla de fascinación más o menos erótica y conmiseración que suscita la bestia, habitualmente domada a fuerza de ternura. No es tan frecuente que se narre el zarpazo inevitable de lo irracional: por eso las bestias decentes merodean solas y no van a la peluquería.

Qué le ocurre a la bestia que no encuentra un lugar de identificación, es la pregunta. La psicología asegura que el concepto de identidad trata de fijar un proceso de construcción que se nutre de la memoria autobiográfica, la experiencia emocional y la coherencia narrativa. Dicho proceso no es unidireccional: la memoria no trabaja como una grabación que activa la mente. De hecho se reconstruye a sí misma cada vez que accedemos a ella, reensamblando fragmentos procedentes de distintos sistemas neurales: los recuerdos constriñen las posibilidades de ser, pero el concepto de una misma también le da forma a lo que recuerdas. 

La memoria sufre un proceso de edición constante para que se alinee con la autoimagen que prevalece en cada momento y, de esta forma, se convierte en un dispositivo predictivo: usa quién fuiste para proyectar quién quieres ser. Evidentemente, la psicología invierte todo tipo esfuerzos empíricos para determinar la mecánica de un proceso que continúa siendo misterioso o, al menos, imposiblemente complejo. Lo que sí sabemos es que la identidad no es una estación de llegada sino un proceso en el que interviene de manera importante el repertorio de oportunidades que percibimos factible y, además, qué tipo de emoción se adhiere a los recuerdos que barajamos, también de dichas percepciones. La emoción es la gasolina que propulsa la psique.

Si es cierto que la memoria, en el trabajo constante de producir identidad, le da una importancia superior a los recuerdos que se producen entre los 10 y los 30 años, puede que la vivencia de una identidad desencajada, desarraigada o sencillamente borrosa tenga también que ver con la imposibilidad de tejerse con unos mimbres que no pueden alcanzar coherencia narrativa con un ‘core’ que quiere autotransformarse, pero no encuentra los materiales para hacerlo. Ahí encuentro la razón del gozo interior que supone leer Tengo miedo, torero: suministra materiales preciosos para la autotransformación. Y de una manera bellísima.

Cuando Lemebel escribe, las bestias gozamos. 

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"Y allí soltaron la risa, y ahí rieron a más no poder, como si sus corazones salpicaran juntos el arrebato pendejo de un errante frenesí. Qué le importaba a ella lo que pasara, que le importaría llorar el después, si en ese momento podría morir de solo mirarlo, de solo sentir su mano amarrándole los hombros con el cariño cotorro de su abrazo. El mañana quedaba atrás en el soplido del vehículo en marcha. El mañana lo soñaban ellos, viajando unidos en los ecos de esas risas, en la reiteración fílmica de la ciudad que estenografiaba pardusca el tránsito sin futuro de ese destino. El auto-cupido, cruzando las calles, era una flecha vegetal en el verde pestañeo de los semáforos, el auto-nido volaba culebreando obstáculos en el alquitrán transpirado del asfalto, el auto-pájaro, galopando aéreo, temblaba agitado en las manos nudosas, varoniles, de Carlos al volante".

Todo es cita

Fue una conferencia memorable de Enrique Vila-Matas en el Musac de León de la que solo recuerdo esta insistencia: «Todo es cita». Más allá de lo literario, hasta la rutinaria existencia supone la emergencia de una serie de patrones, compensaciones e inconsciencias de las que venimos, a las que vamos. En una un seminario para muy yonquis, Germán Cano habla de buscar «la chispa de libertad que uno pueda procurarse» y cita a Sartre: «Somos lo que hacemos con lo que han hecho con nosotros». Pero cómo buscar esa chispa o pequeño margen sin reconocer antes que no somos ni libres ni autónomos, sino que tejemos y destejemos según lo aprendido un ovillo heredado. Ya sabemos que no solo heredamos los genes, sino las habilidades socioemocionales, sobre todo de nuestras madres. La conciencia de estar caminando por lo pisado se acrecienta con la edad. Somos habladas. Todo es cita. Hay que reírse. «Ningún andamiaje conceptual cae tan estrepitosamente como cuando una risa espontánea le desgarra las juntas con su alegre resonancia», escribe Adriana Cavarero.

«Tales, mientras escudriñaba las estrellas y miraba hacia arriba, se cayó en un pozo. Entonces una sirvienta tracia, agraciada y afable, se echó a reír y le dijo que mucho se afanaba por conocer las cosas del cielo, pero que las que tenía cerca, delante de sus pies, le quedaban ocultas» (Platon, Teeteto, 174a)

«Desconozco si era sirvienta o si provenía de Tracia, pero el caso es que hubo una mujer que se rio de los filósofos, y en esa risa ligera, que tan a menudo asoma en los rostros de muchas mujeres frente al intelectualismo autista de los sabihondos, los filósofos vieron una ignorancia prejuiciosa, no la expresión de un desapego que hundía en otra parte las raíces del sentido de la existencia femenina» (Adriana Cavarero, A pesar de Platón, 1990)

«Las mujeres se complacen en subrayar este rasgo (la aspiración) deformando ciertas palabras (kititu dicho por ellas se convierte en kendintsa), articulando justo en los labios y simulando una especie de balbuceo que evoca la pronunciación infantil. Su discurso tiene así un aspecto manierista y un preciosismo del que son totalmente conscientes: cuando no las entiendo y les pido que lo repitan, exageran maliciosamente el estilo que les es propio. Derrotado decido renunciar; empiezan a reír y la broma termina; han ganado» (Lévi-Strauss, Tristes tópicos, 1955)

«Por otra parte, entre ellas las mujeres empiezan riendo. Escapar de la inversión lisa y llana de la posición masculina es, en todo caso, no olvidarse de reír. No olvidar que la dimensión del deseo, del placer, es intraducible, irrepresentable, ilocalizable, en la seriedad —la adecuación, la univocidad, la verdad…— de un discurso que pretende decir su sentido». (Irigaray, Ese sexo que no es uno, 2009). 

Duelo, impotencia, teoría

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Self portrait in mirror, The Lodge, Belmont, MA, 1988–1988, de Nan Goldin.

“Me espanta absolutamente el carácter discontinuo del duelo”, escribió Roland Barthes en su Diario de Duelo, el 26 de noviembre. Un mes después del fallecimiento de su madre. Puede ser una de las páginas más recurrentes, acaso por referirse a un momento del duelo en el que el cuerpo se niega a mantener la intensidad de la pérdida. Al final del diario, como un año después, anota: “Presencia total. Absoluta. Peso nulo. La densidad, no el peso”. Subrayemos no ya la permanencia del duelo, sino su constante avanzar en la sensibilidad conforme pasan los años. El sentimiento no caduca: se vuelve una liviana niebla mental que lo envuelve todo.

A la verdad, sin embargo, le pasa lo contrario: se vuelve impotente. Escribe Amador Fernández Savater: “La palabra crítica pretende informar, concienciar, revelar, pero no toca los cuerpos. Deja las cosas tal y como estaban. Denuncia, señala, cancela, pero permanece presa de lo criticado, sin señalar vías de salida, otros caminos posibles, nuevos puntos de partida. Resulta previsible: convence a los ya convencidos, seduce a los ya seducidos, se cuece en su propia salsa. Es una lucidez impotente”.

Aquí la paradoja: ahora que los estados emocionales parecen fortificarse, la objetividad se escurre entre líneas sin afectarnos. La impermanencia de lo emocional, razón para la desautorización de las mujeres, se torna hoy falsa. El resentimiento, como el duelo, no cesa: se multiplica. La objetividad inamovible de la verdad positiva desvela sus pies de barro: no cunde. Claro que muchas ya advirtieron hace tiempo sobre esta dualidad tramposa, pero sobre la que tanto se ha construido. «I have the impression that thinking is a form of feeling and feeling is a form of thinking», dijo Susan Sontag, en la famosa entrevista publicada en Rolling Stone en 1979.

Esta frustración con una herramienta que no hace lo que promete (lo que pides, lo que te llega), que da vueltas y más vueltas, ya estaba en la mira de E.P. Thompson en los años 80. “Tengo que decir honestamente, sin ningún sentido de crítica concreta o de afirmación teórica general, que cada vez estoy menos interesado en el marxismo como un sistema teórico”, escribió en Agenda para una historia radical (Crítica, 2000). “No soy pro, ni anti; sobre todo estoy aburrido de parte de la discusión que hay. Considero que parte de la discusión es una distracción de los problemas históricos, un impedimento para completar mi trabajo”.

En La montaña mágica, el iluso humanista Settembrini se decía malicioso por aficionado a la crítica: “Lo que lamento es estar condenado a malgastar mi maldad en cosas tan miserables. Espero que no tenga nada en contra de la maldad, mi querido ingeniero. A mi parecer, es el arma más brillante de la razón contra las fuerzas de las tinieblas y la fealdad. La maldad, señor, es el espíritu de la crítica y la crítica es el origen del progreso y de la ilustración”. Nótese lo ridículo de esta defensa de la crítica y el progreso en los albores de la Primera Guerra Mundial.

Más leña contra la teoría, esta vez de Terry Eagleton. En una entrevista publicada en Theory Now en 2022, Ángel Otero Blanco pregunta: «La relación entre objetividad y subjetividad exige una transformación radical. La teoría puede ayudar a convertir la subjetividad pasiva en agencia subjetiva, es decir, a resistir las fuerzas externas que predeterminan y manipulan nuestros deseos individuales y nuestras aspiraciones personales. Una teoría, sin embargo, ¿no tiene siempre efectos ideologizantes?» Esta fue su respuesta:

«¿Debería la teoría posibilitar que la gente resistiese las fuerzas externas que la manipulan? Bueno, sí, si la teoría es parte de la autocomprensión; y yo pienso que la mejor manera de ver la teoría es como una suerte de autorreflexión sistemática. La teoría tiene lugar cuando necesitamos con urgencia reflexionar sistemáticamente sobre nuestra situación. Sin embargo, eso no siempre es así. A veces no necesitamos hacer eso. A veces necesitamos tirar para adelante, ya sabes, razonablemente bien, con espontaneidad. Pero llegan momentos en que una disciplina intelectual de pronto tiene que empezar a pensarse a sí misma, tiene que volverse hacia sí misma, por así decirlo, y pensar sobre sus propias condiciones de posibilidad, y cómo podría ser el transformarse a sí misma. Y hemos estado viviendo uno de esos momentos en un ámbito particular, el ámbito de los estudios culturales o políticos. Aunque habiendo dicho que la teoría, comprendida como autorreflexión, autorreflexión crítica, tiene un papel que desempeñar para que resistamos las fuerzas que nos determinan, no pienso que eso sea solo cosa de la teoría, o principalmente de la teoría. De hecho, la gente tiene que resistir esas fuerzas de maneras mucho más prácticas. Y la teoría espera a que intentemos encontrar esas maneras».

Mientras tiramos como podemos, cabe cuestionar de dónde viene tanto confiar en la teoría, en la ideología, en la revolución. Es algo que también se pregunta Silvia L. Gil, a propósito de las últimas intervenciones de Franco (Bifo) Berardi, de tono ciertamente apocalíptico. En conversación con Jorge Alemán, el filósofo italiano sostuvo que la civilización está llegando a su fin y que los años venideros serán invivibles. Gil, desde México, ya observa desde hace tiempo esas condiciones de vida invivibles que ahora se vislumbran en Europa. «Tanto falo por todas partes», se queja amargamente la filósofa. «El pensamiento del falo totalizante no permite ver que la vida florece: que su reproducción tiene lugar incluso en los escenarios más hostiles. Y que la verdadera disputa hoy es entre las fuerzas que defienden la vida de los pueblos —esto es, su dignidad, el cuidado de los territorios y la defensa de la vida común con sus múltiples y complejas experiencias— y las fuerzas que tratan de apropiársela, homogeneizarla, explotarla, en su aspecto físico y psíquico». 

Cómo salir de ese empantanamiento que preocupa a quienes pretenden operar en el medio social con palabras. Qué difícil. Se admira a los salvajes. Hasta aquellos llamados a ser devorados celebran la brutalización. Silvia L. Gil, radicada en un territorio donde la violencia ha alcanzado cotas de brutalidad insoportables, señala la producción de una mutación del sujeto al que se le arranca la sensibilidad para hacerle trabajar en la erradicación de toda diferencia. Un individuo que ha olvidado quién es, «obligado a eliminar su inscripción en el mundo por medio de cada práctica de crueldad». Y añade: «Es fundamental pensar cómo esta lógica, esta mutación del sujeto, está uniéndose a los procesos planetarios de acumulación de capital, intensificándolos. No es sólo acumular riqueza en un sentido económico, expandir mercados sin freno, sino también mantener la autoridad de un poder que, para dominar todo aquello que tiene ante sí, necesita romper con los lazos que lo vinculan al mundo en el que habita».

En este estado de cosas, la pregunta ya no es quizá lo que puede o ya no puede la teoría, y desesperanzarse por no encontrar quién sintonice con ella, sino cómo restaurar la sensibilidad, propia y ajena. Giorgio Agamben propone la inoperancia como antídoto contra la entronización de la potencia y sus eficacias. Hay otra potencia en el no hacer que conduce a una inconclusión, a una incompletitud o incluso a ninguna parte. Para nuestra desgraciada existencia en la máquina, no siempre podemos abstenernos absolutamente, pero sí podemos crear interrupciones, interferencias, ocasiones para un contacto suficientemente duradero con lo inesperado, lo desconocido, lo inconcluyente, lo que nunca termina de llegar ni de irse del todo. En todo caso, la cuestión de la duración resulta clave, dice un poema clarividente de Inge Christensen en Eso (Sexto Piso, 2015).

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