EL DRAGÓN NEGACIONISTA
EL DRAGÓN NEGACIONISTA
Anduvo entre las personas regalando salivazos infectos, como un dragón de Komodo de babas ponzoñosas; ignorado, indefinido, casi sin nombre, sin identidad. Tosco funámbulo en el mar de las ventajas, Roger Garaudy, de camaleónico ideario, petimetre de carnés variados, ha tenido un largo recorrido vital, una longeva miseria intelectual. Ha muerto y no es noticia, no ha sido noticia, ni siquiera entre sus otrora seguidores islamistas o sencillamente antijudíos.
Mucho antes de la publicación de su panfleto “Los mitos fundacionales del Estado de Israel”, henchido de citas de autores nazis, con los que mantenía una común e infundada postura de negación de la Shoá, tildando de mascarada occidental el Proceso de Nuremberg, ya había abandonado por imprecisos sus vínculos con la Acción Católica francesa y con el Protestantismo, afiliándose al PCF de Maurice Thorez. De la mano de este y gracias a su descarada habilidad para desenvolverse, siempre con ventaja, entre las más heterogéneas tendencias y opiniones políticas y filosóficas, llega a ocupar un puesto en el Comité Central del PCF, hasta que en 1970 es expulsado del Partido entre muestras de desprecio. En medio de tan convulsas y variadas actitudes iconoclastas (siempre se consideró un utópico), su admiración por Stalin le hace afirmar “Nunca la Filosofía, en su más noble sentido, ha tenido tanta importancia como en el mandato de Stalin”. Desde aquellos altos púlpitos y fresca sinvergonzonería llegaron a mí algunos de sus exabruptos más volanderos acompañando a escritos que, si bien al principio y por la inocencia de mi primera juventud recalaban en mi mesa debidamente aromatizados, más tarde y con la cabeza medianamente bien amueblada, eran digeridos como si de un verdadero tratamiento de sauna interior se tratase, como una especie de suicidio intelectual.
Se tenía por utópico, ya digo; no obstante siempre persiguió pesadillas huérfanas de generosidad, misericordia, bondad, sensibilidad, amor; de altruismo. Su constante deriva le hace rememorar, ya en 1968, su reconversión al Cristianismo en una de sus más tristes obras, “Cómo ser comunista hoy”, afirmando “La felicidad comienza con la desposesión de sí mismo y con la comunión con el todo”, al tiempo que rechaza en lo general todos los valores judeocristianos de los que se nutre Occidente .
Aún no se ha entregado a los dogmas islámicos cuando sin el menor rubor y desolado su bagaje argumental, llega a proponer (“Dios ha muerto”) una especie de humanismo marxista en un extraño entente con el Cristianismo, sobre el cual, quizás influido por lejanas recomendaciones papales, retomará pasajes de su “La Iglesia, el Comunismo y los cristianos” y se extenderá largo y tendido en diferentes panfletos. Pero es a partir de su asunción de los principios islámicos cuando su talante anti-judío se muestra de forma más beligerante, llegando a cotas que ni en sus etapas de mayor seguidismo pro-soviético siquiera rozó. Había recorrido un largo camino, a veces de ida y vuelta, en estrambóticas y principales etapas: cristianismo, nazismo, comunismo e islamismo. Y es llegada a esta última cuando su tropezona prosa rezuma más odio a lo judío, en razón inversa a las exaltaciones, loas, laudatorios y alabanzas al credo musulmán. “El Islam es la más ecuménica de las religiones”, parece que dijo, sin que se sepa cómo definía Garaudy el ecumenismo.
Contemporáneo de Sartre, Leví Straus, Foucault, Althuser, ¡qué lejos le quedaban aquellos debates sobre marxismo, ética, política, humanismo, filosofía,...! Sus cortocircuitos cerebrales sólo le llevaron hasta los brazos de Gadafi, que le concedió el premio por los derechos humanos 2002 instituido por su régimen. Ha muerto Roger Garaudy. Cero absoluto.
Haim.
Anduvo entre las personas regalando salivazos infectos, como un dragón de Komodo de babas ponzoñosas; ignorado, indefinido, casi sin nombre, sin identidad. Tosco funámbulo en el mar de las ventajas, Roger Garaudy, de camaleónico ideario, petimetre de carnés variados, ha tenido un largo recorrido vital, una longeva miseria intelectual. Ha muerto y no es noticia, no ha sido noticia, ni siquiera entre sus otrora seguidores islamistas o sencillamente antijudíos.
Mucho antes de la publicación de su panfleto “Los mitos fundacionales del Estado de Israel”, henchido de citas de autores nazis, con los que mantenía una común e infundada postura de negación de la Shoá, tildando de mascarada occidental el Proceso de Nuremberg, ya había abandonado por imprecisos sus vínculos con la Acción Católica francesa y con el Protestantismo, afiliándose al PCF de Maurice Thorez. De la mano de este y gracias a su descarada habilidad para desenvolverse, siempre con ventaja, entre las más heterogéneas tendencias y opiniones políticas y filosóficas, llega a ocupar un puesto en el Comité Central del PCF, hasta que en 1970 es expulsado del Partido entre muestras de desprecio. En medio de tan convulsas y variadas actitudes iconoclastas (siempre se consideró un utópico), su admiración por Stalin le hace afirmar “Nunca la Filosofía, en su más noble sentido, ha tenido tanta importancia como en el mandato de Stalin”. Desde aquellos altos púlpitos y fresca sinvergonzonería llegaron a mí algunos de sus exabruptos más volanderos acompañando a escritos que, si bien al principio y por la inocencia de mi primera juventud recalaban en mi mesa debidamente aromatizados, más tarde y con la cabeza medianamente bien amueblada, eran digeridos como si de un verdadero tratamiento de sauna interior se tratase, como una especie de suicidio intelectual.
Se tenía por utópico, ya digo; no obstante siempre persiguió pesadillas huérfanas de generosidad, misericordia, bondad, sensibilidad, amor; de altruismo. Su constante deriva le hace rememorar, ya en 1968, su reconversión al Cristianismo en una de sus más tristes obras, “Cómo ser comunista hoy”, afirmando “La felicidad comienza con la desposesión de sí mismo y con la comunión con el todo”, al tiempo que rechaza en lo general todos los valores judeocristianos de los que se nutre Occidente .
Aún no se ha entregado a los dogmas islámicos cuando sin el menor rubor y desolado su bagaje argumental, llega a proponer (“Dios ha muerto”) una especie de humanismo marxista en un extraño entente con el Cristianismo, sobre el cual, quizás influido por lejanas recomendaciones papales, retomará pasajes de su “La Iglesia, el Comunismo y los cristianos” y se extenderá largo y tendido en diferentes panfletos. Pero es a partir de su asunción de los principios islámicos cuando su talante anti-judío se muestra de forma más beligerante, llegando a cotas que ni en sus etapas de mayor seguidismo pro-soviético siquiera rozó. Había recorrido un largo camino, a veces de ida y vuelta, en estrambóticas y principales etapas: cristianismo, nazismo, comunismo e islamismo. Y es llegada a esta última cuando su tropezona prosa rezuma más odio a lo judío, en razón inversa a las exaltaciones, loas, laudatorios y alabanzas al credo musulmán. “El Islam es la más ecuménica de las religiones”, parece que dijo, sin que se sepa cómo definía Garaudy el ecumenismo.
Contemporáneo de Sartre, Leví Straus, Foucault, Althuser, ¡qué lejos le quedaban aquellos debates sobre marxismo, ética, política, humanismo, filosofía,...! Sus cortocircuitos cerebrales sólo le llevaron hasta los brazos de Gadafi, que le concedió el premio por los derechos humanos 2002 instituido por su régimen. Ha muerto Roger Garaudy. Cero absoluto.
Haim.
