Adios a la guardería

Adios a la guardería

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Es todo de locos. Mi hija empezará a ir a la escuela el mes que viene… ¿cómo han pasado estos años tan rápido?, como ya dije alguna vez, ver a tus hijos cada día es la prueba más fehaciente del paso del tiempo.

Tu no cambias apenas y ellos son totalmente distintos.

Mañana tenemos la «ceremonia de graduación» de la guardería. Es tradición que los padres vayamos elegantes con traje y corbata y los profesores van llamando a los niños uno por uno para entregarles un diploma. Para los críos es todo como muy formal aunque en realidad no lo sea tanto y es una gozada ver los ensayos de mi hija en casa sobre cómo debía coger el papel, los saludos y todo eso.

Y a la vez que pasa todo esto, mi hijo pasa de primaria a secundaria. Empezará a ir ya de uniforme y le tocará elegir a qué actividades se apuntará después de las clases y todo eso.

Y yo sigo igual. Bueno igual no, que me van a operar de la cadera, jajaja, más quisiera que seguir igual. Pero me miro en el espejo y me veo pichípichá, más o menos como siempre. Pero a mi hijo le tengo que afeitar el bigote de vez en cuando porque le sale antes que a sus amigos y le da verguenza (¡esos genes bilbaínos ahí!). Y mi hija va al baño sola y está aprendiendo a andar en bici cuando hace dos días que se puso de pies por primera vez.

Si me preguntas a mi el kanji del año 2026 en casa Tosca, este va a ser el de 変, cambio. Porque, hostia, vaya vértigo.

Hoy estoy como si me hubieran dado una paliza, no sé si por la alergia o gripe o todo junto, pero vaya caraja llevo. Había quedado con Klanderplanet para una entrevista para su canal y lo hemos tenido que cancelar, y mira que tenía ganas. Yo solo espero poder recuperarme bien para poder ir mañana por la mañana a la graduación de mi hija, que aunque no sea más que una especie de paripé, para ella es lo más importante que le ha pasado desde que tiene consciencia. Y, por ende, lo más importante para mi, claro. Mañana iré aunque sea a rastras y lloraré lo que me toque, como está mandado.

Vosotros pasad buen fin de semana, hacedme ese favor.

Adios a la guardería

Primeras reseñas de la reedición del libro

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Ya empiezan a llegar… de verdad que no sabéis la ilusión que me hacen…

Reseñas reedición ikulibro

Al final que se vendan más o menos libros no deja de ser un número, pero esto es más, cómo decirlo… algo más real después de tantos meses escribiendo, revisando y volviendo a revisar. He recibido también distintos comentarios sobre correcciones de formato, de textos o de diseño y son bienvenidos todos y cada uno de ellos, por favor, no dudéis en enviarme todo lo que se os ocurra.

Sois unos soles, coño.

:gustico: :ikugracias: :gustico:

 

 

 

Mis planes

Mis planes

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Siempre he tenido algún plan en el horizonte, normalmente tenían que ver con hacer deporte: el tercer dan de karate, correr tal o cual maratón, la Spartan Race… pero claro, todos esos planes se han venido abajo con lo de la cadera. No quiero victimizarme, ojo, sino tratar de expresar un poco la movida, el sentimiento este de estar un poco perdido por no tener ya tan claras estas metas.

Que sí, que claro que hay otras. Hombre, las de mi familia las primeras, como han estado siempre, también está lo de publicar el libro de los influencers, tratar de darle más caña al gimnasio y bajar esa grasa corporal… dentro de mis posibilidades, que son muchísimas, sigo poniendo mis huevacos en las cestas, pero digamos que esas cestas están marcadas y probablemente no son las que habría elegido si pudiese con total libertad. Y por culpa de este sentimiento, las que se me sobrevienen son un poco a desgana también, por que no decirlo. Hago esto no solo porque no puedo hacer eso otro, pero también.

Un poco algo parecido me pasó cuando me vine a Japón. En Bilbao trataba de recopilar material sobre el país, me hacía con libros, películas, compraba camisetas… todo eso perdió el sentido al venir a vivir aquí… hago o dejo de hacer cosas que igual no haría si la situación fuese distinta, no porque en realidad quisiera hacerlas.

Buah, no me entiendo ni yo.

Es un poco como lo de seguir trabajando de informático, que no es que me disguste, pero no me queda otra. Algo así.

Ayer nevó en Tokio y hoy hace un sol del copón. La alergia me está matando.

Aquí seguimos. Gracias por leer.

Mis planes

Mi rutina

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Hace ya más de un año que empecé en la empresa en la que estoy ahora. Nos dedicamos a dar servicio a inmobiliarias… vamos, que no vendemos ni compramos casas nosotros, pero tenemos un sistema para hacer la cosa más fácil tanto a los que quieren comprar como vender sus pisos. Yo, que me gaijineo encima como el que más, resulta que ya he comprado y vendido un piso aquí y también una casa de dos pisos, que es donde vivo ahora.

La movida es que hay mucho papeleo y mucha historia de los años de la enka para estos trámites. Hasta hace no mucho, esto funcionaba a base de panfletos que te iban mandando por correo convencional con la distribución de las casas y tal, o en el mejor de los casos un PDF que te mandaban por email. Y no veas el cristo para quedar para enseñar la casa, si la vas a vender, o ir a ver tú una… Pues básicamente lo que hacemos nosotros es informatizar todo ese jaleo para que el comprador acceda a su página y vea ahí todo lo que el de la inmobiliaria ha preparado para él: los pisos que le pueden gustar, precios, comparativas y tal.

Explico todo esto para que veáis que en principio suena más aburrido que la hostia, sobre todo si además es en japonés. Pues el caso es que esta es la mejor empresa en la que he estado nunca por muchos motivos. Para empezar es full remoto, como ya he contado más veces. No hay reunión por las mañanas a una hora concreta donde te tienes que inventar lo que vas a hacer y lo que no, que es quizás de las mayores farsas que se hacen en las empresas de informática. Cualquier jefe medio normal sabe qué tareas hay que hacer y qué está haciendo cada persona, no hace falta andar con estas chorradas.

En fin, que una vez sabido todo esto, paso a contar cómo es mi rutina ahora que prácticamente no puedo salir a dar paseos ni hacer mucha cosa.

Suelo despertarme pronto, raro será que sobre las seis de la mañana no esté ya en pie. Procuro no tomar café porque me da ardores, así que me hago mi cancarro de té verde y me dedico a ver las noticias. Antes las leía por Twitter, pero como es un cienagal inmundo, ahora solo entro para bichear a un par de paisanos que viven por aquí y que me proporcionan ese gustico que da la ascopena de ver las mierdas que ponen. Poco más o menos que son los dueños de Tokio, vaya dos fantasmas, no hay por donde cogerlos, pero qué gustico me da leerles, no puedo dejar de hacerlo.

Después paso al Meneame, donde no leo de las noticias más que los titulares y los comentarios destacados, ahí me lo paso guay también, vaya algarabas tú. Y últimamente me paso por Reddit también, donde suelo ver qué se cuece en grupos relacionados con Japón y juegos retro y tal, que cuando tengo un ratejo suelo darle al Kung-Fu Master o al Rygar y todos esos de mi infancia.

También miro si hay algún pedido nuevo del libro o alguna reseña y suelo repasar todos los comentarios del blog y en las redes  y así. Es curioso que últimamente en TikTok, por alguna razón, me llegan muchos más que en otros sitios. Youtube suele pasar mucho de mi ojete y donde se mueve la mandanga es en Instagram ahora. No gano un duro, pero me lo paso guay, que es de lo que se trata al final, supongo.

Mi hijo mayor suele estar ya en pie sobre las siete, pero tampoco hay que preocuparse mucho: se prepara su desayuno y tal… poca falta le hacemos ya, aunque siempre salgo a despedirle aprovechando que vivimos en casa propia, como he dicho por ahí. Salgo en pijama a decirle adiós hasta que dobla la esquina.

A mi hija hay que hacerle todo prácticamente y raro será que no prepare alguna, pero bueno, está en la edad. También es verdad que nos reímos mucho con ella que es más payasa que yo, lo que ya es decir.

Sobre las ocho y media la llevamos a la guardería. Si llueve, voy yo con el coche y si no, la lleva su madre en la bici de batería esa que tiene asiento para los críos detrás. Eso es un invento de la hostia, os lo digo ya, cómo tira en las cuestas, tú. También es verdad que son carísimas y ya vamos por la segunda, que la otra se descuajaringó entera. Esta la usamos todos los días, aunque a partir de abril, que mi hija empieza la escuela e irá andando, dejaremos de usarla tanto, supongo.

Total, que sobre las nueve me suelo quedar solo en casa. La mayoría de las veces cojo la bici y voy al gimnasio. Es curioso porque en bici podría tirarme horas y horas y no me duele nada la cadera y, como no puedo parar quieto, no es raro que esté por ahí dando vueltas. Después del gimnasio voy al supermercado, donde compro siempre lo mismo: ensalada, pescado, tofu y natto. Luego siempre cae algo más, claro, pero esencialmente esa es la movida. Pago en la caja esa que te haces tú todo, más que nada porque es más rápido, y para casa que me vuelvo.

Como he dicho, no hay una reunión matutina que preparar ni nada parecido, así que decido yo cuándo empiezo a currar, siempre sabiendo que tendré que seguir ahí hasta nueve horas después (8 + la de comer). Si ese día estoy animado, hago un vídeo para Instagram de estos de los influmierders o leo un cacho del libro o escribo un poco más del nuevo libro. Si no, enchufo el Fortnite y me tiro mi buena hora ahí perdiendo el tiempo.

Ya sobre las once suelo estar currando. Ahora se hace todo con IA, o bueno, nosotros lo hacemos así. Yo no me fiaba un pelo, pero he de reconocer que cada vez funciona mejor, ya prácticamente no programo nada “a pelo”, me dedico a pedirle movidas. Normalmente llevo dos o tres tareas a la vez y las suelo sacar rápido, más que nada porque escribo rápido. Es curioso que mucha gente de mi empresa ya ni escribe: tienen otra IA de estas de hablarle al ordenador que te reconoce la voz y ya ni teclean ni nada. Está cambiando la movida mucho. Yo lo de hablar ahí solo me parece ridiculísimo de momento, pero vete tú a saber. Lo que está claro es que IA para todo: para programar, otra IA para revisar lo que ha programado la primera, otra IA para que pruebe todo…

A mediodía antes me daba un paseo hasta el konbini a ver qué había o simplemente por andar si hace buen tiempo. Ahora me dedico a preparar la habitación de mi hija donde curraré a partir de mayo después de la operación. De momento tengo mesa, silla, internet en la planta baja también… no sé si necesitaré aire acondicionado. También estoy pensando en comprarme una nevera pequeña para mis ensaladas y mis yogures y tal, y probablemente una tetera de estas eléctricas para hacerme mis tés y mis mates.

Estoy acojonado, ya lo dije ayer, pero es cierto. Probablemente salga todo bien, pero hay noches que casi no duermo.

Bueno, sobre las tres y pico viene mi hijo de la escuela, que suele parar poco en casa porque se pira siempre a jugar a casa de algún amigo o a algún parque. Después viene mi hija de la guardería y me prepara copos de avena. Esto es gracioso porque me vio una vez echar en un cuenco proteína en polvo, semillas de chía, cúrcuma… vamos, todas las mierdas estas que dicen que son buenas, y le pareció divertido andar ahí mezclando historias y ahora me lo prepara ella y así echamos ese rato juntos.

Kota suele tener alguna actividad por la tarde: las clases de español online con la mejor profesora del mundo, anda que no ha espabilado ahí, también va a tenis y a clases de gimnasia. Si es fuera y como es de noche a mí me da cosa que vaya y vuelva solo, así que le acompaño siempre y me quedo a ver la clase. Lo de gimnasia mola mucho: hacen el pino, dan volteretas… Kota es de los más avanzados de la clase. Siempre tengo ese sentimiento de orgullo pero también de envidia y nostalgia infinita. Yo siempre he sido de los más ágiles de todos mis amigos. ¿Volverá a ser la historia parecida con la prótesis? Igual mejor ir olvidándose.

Y a la noche cenamos todos juntos viendo la tele. Si me preguntas a mí, la tele japonesa es absurda completamente, pero de vez en cuando dan algo curioso. Me suelen gustar mucho los programas estos que enseñan pueblos por ahí perdidos de Japón y también sigo ahora bastante las noticias para ver qué se le ocurre a la Takaichi para putearnos más o que vuelvan a salir gaijines disfrazados de moñecos en karts por Shibuya dando toda la grima mientras entrevistan a japoneses quejándose de esa mierda.

Por la noche en invierno nos solemos bañar, que aquí es fácil preparar la movida: le das a un botón y fuera, es todo automático. Y después a dormir, que yo para las nueve y media o así tengo ya un sueño de la hostia, así de mayor estoy. Mi hijo duerme en su habitación, claro, ya va a su bola completamente, pero es muy buen chaval, aunque todos los días me pida que le compre un iPhone y yo me niegue y la tengamos liada. Mi hija duerme con nosotros y sus buenas risas nos echamos en ese rato donde nos cuenta algún chisme de la guardería, como lo de que Yuka-chan ha liado alguna otra vez… menudos circos monta esa niña, tú: cuando no está llorando, está pegándole a alguien.

Y en lo que amasamos un par de legañas, pues vuelta a empezar.

Lo de la cadera

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Pues efectivamente, me van a operar y me van a poner una prótesis de cadera.

Joder, cómo suena eso.

Pero bueno, no queda otra. Bueno, sí que quedaría otra, que es resignarme a no poder dar paseos de más de diez minutos porque me duele muchísimo y casi no puedo estar ni de pie ya. Llevo así unos cuantos meses ya.

Empezó, como ya he contado más veces, doliéndome un poco al acabar de correr. Pero era un dolor en la ingle, nada de huesos ni nada; vamos, no parecía que fuese más allá del típico dolor que a veces me daba cuando estiraba de más en karate, por ejemplo. Lo que ya no era tan normal es que iba a más. Incluso dejé de correr, pero si me daba paseos un poco largos, échale una hora o por ahí, pues ya era otra cosa. Y lo peor siempre venía al día siguiente, que al levantarme de la cama no podía casi ni apoyar la pierna.

Estuve yendo a un hospital que abrieron cerca de casa y me dijeron que tenía principio de artrosis, lo de que se te desgasta el cartílago y acaba rozando el fémur con el hueso de la cadera, y eso es lo que hace que duela. La palabra «artrosis» a mí me pegaba con gente mayor. Ahora que voy a hacer 50 años en seis meses, así que habrá que empezar ya a incluirse uno en esa categoría… y más después de la operación, claro.

Total, me dieron unas corrientes, masajes, me hacían hacer gimnasia para fortalecer músculos del culete y alrededores, me daban un tratamiento de calor, que es donde conocí a Matilda… hasta que finalmente me dijeron que ya no entraba más por el seguro el tratamiento este y que, si no mejoraba, igual había que hablar de operar.

Cuando aquello me dolía, pero tampoco demasiado. Mientras no me diese paseos muy largos, podía hacer vida «normal», así que lo dejé pasar. Incluso me volví a España de vacaciones y, aunque había días peores, estuve bastante bien.

Pero a la vuelta, no sé si las horas de avión tuvieron que ver… hostia, cómo empeoró la movida. De no poder ni levantarme del sofá. Si subo la rodilla más de 90 grados, de esto que te la acercas al pecho, ¿no sabes?, pues ahí veo las estrellas. O si voy andando y de repente giro a un lado, me pega un latigazo de flipar.

Así que empecé a ir a otro hospital, uno más famoso donde te operan allí mismo si hace falta, que hay un cirujano famoso en Tokio que tenemos la suerte de que esté más o menos cerca de casa. Allí me hicieron radiografías y tal, y efectivamente, habemus artrosis. Allí casi no se veía hueco entre hueso y hueso ya. Y me han estado medicando durante un par de meses a ver si la cosa mejora, porque hay gente a la que esa medicina le viene bien y le baja la inflamación.

Pero no ha habido manera. Una vez que hemos visto que no queda otra que prótesis de cadera, me hicieron más pruebas y resulta que el hueso está desgastándose por dentro, que solo va a ir a peor.

Y ya tenemos fecha y todo. En mayo, justo después de la Golden Week, me ingresan una semana para serrarme un cacho de hueso, clavarme ahí un palo con una bola, cual remolque de coche, y ala, a funcionar.

Estoy acojonadísimo. Yo me he roto un par de huesos, pero nunca me han operado de nada.

De momento seguimos con el plan, claro. Tengo consulta este mes donde se va a ver mi forma física para planear la rehabilitación de después de la operación. Ya sabéis, si estás hecho una mierda o si tienes algo de músculo con el que poder hacer algo ya. Yo espero que sea lo último, que aunque con dolor he seguido yendo al gimnasio. Y un mes antes de la operación me van a sacar, atención aquí, 400 ml de sangre… la historia es que nada mejor que tu propia sangre para hacerte una transfusión si es necesario durante la operación. Como no me han operado nunca, no sé si será lo normal, pero hostia, casi medio litro de sangre…

Y bueno, pues eso. En teoría, a la semana estoy en casa. Al principio no podré subir escaleras, por eso me estoy montando el despacho en una habitación de la planta baja de casa, la que iba a ser para June, que tendrá que esperar unos meses más. Y si todo va bien, se supone que en un mes estoy ya por ahí dando vueltas con las muletas.

Así que, mira, ahora sí que tengo excusa para no quedar con nadie. Esta es de las buenas, no como siempre que me escaqueo.

Deseadme suerte, que estoy acojonado.

Que te siga Txeroki

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Ayer pasó algo a lo que no dejo de darle vueltas. Al principio me hizo mucha gracia, porque yo, aparte de vivir la kale borroka en los noventa, que vaya borracheras, también tuve un blog de cierto éxito en los dos mil y sé lo que significa esto. Vamos, que con el número de visitas, es inevitable que se te acople también más gente que viene directamente a joder, que te deja comentarios de puro odio.

Yo al principio, iluso de mí, trataba de entender por qué me decían las cosas que me decían, les daba cancha, intentaba dialogar con ellos. Pero enseguida me di cuenta de que da igual lo que tú les digas, porque a ellos ya se les has metido en el entrecejo y no hay nada que hacer con esos verracos malparios.

Tengo a más gente bloqueada que Paquirrín, te lo digo ya. Hágale pues.

Pero ayer fue algo distinto, no sé, me he planteado ciertas cosas.

Todo empezó porque la reedición ampliada en Kindle del libro estaba en la sexta posición de best sellers en la categoría de Diarios y cartas en Amazon. Yo no contaba ni con salir en ningún ranking de estos, pero vi el enlace y entré a ver, y me hizo mucha gracia ver que encima de mi libro estaba el de Arturo Pérez-Reverte, un escritor de «los de verdad», ¿qué coño hace mi nombre ahí al lado?.

Este señor está en todas las salsas, pero últimamente más con el jaleo que se montó con lo de David Uclés y el evento este en el que iban a hablar de la Guerra Civil. Que si no sabéis qué pasó, os lo resumo yo: Reverte organizó un evento para hablar de la Guerra Civil española e invitó a mucha gente. David Uclés, al ver el cartel del evento, decidió cancelar su asistencia y lo publicó en redes, y este hecho desencadenó múltiples cancelaciones de otros asistentes a su vez. Resulta que allí también iban a hablar Aznar y Espinosa de los Monteros y eso no se avisó desde el principio. Que vaya dos miuras fue a invitar, también te digo; no sé quién será peor persona, eso sí que lo digo directamente, entre esas dos medioalmas no sacas ni una décima de humanidad.

Bueno, total, que a mí se me ocurrió publicar una historia en Instagram donde decía a la gente, más en broma que otra cosa, que ya tenían una excusa para comprar el libro y era trolearle a Reverte la posición. Y también puse abajo, en una esquina: «Mejor un libro de un viejo gaijin que le grita al Fuji que no de un viejo fachascas».

Pues ahí me llegó un mensaje de un chaval que me decía algo así como: «Otro con lo de llamarle facha a Arturo, tú sabrás mucho de Japón, o eso dices, pero de España no tienes ni puta idea, payaso. Ahí te quedas, que te siga Txeroki».

Al principio me hizo gracia, hice una captura del mensaje y la publiqué también con su nombre de usuario y tal. Le insulté yo de vuelta, por supuesto, y le bloqueé directamente. Esto lo hago mucho, lo de insultar patrás además con cualquier cosa sin sentido, a lo mejor le pongo «cállate calvo cabrón» y block, y el tío tiene melenaca, ¿no sabes?, me imagino que no se lo esperan o algo y me descojono.

Después me arrepentí y borré la captura de Instagram también. El insulto verraco se lo comió, ese no lo borré aunque no sé si bloqueas a alguien si puede seguir viendo tus mensajes o qué.

Bah me es igual.

Pero lo que me hizo pensar no es que esta persona absurda me dijese lo de Txeroki, que hace falta ser tontísimo para venirme a mí con mierdas de estas siendo mis padres extremeños.

Lo que me tiene dándole vueltas a la cabeza es la facilidad con la que yo le llamé «facha» a Reverte.

Quiero decir que yo le he leído toda la vida, me he comprado y devorado la gran mayoría de sus libros y también la columna que publicaba en El Correo, donde me gustaban mucho las cosas que contaba y cómo las contaba, con ese estilo tan directo. Los libros también me encantaban, por supuesto. Que yo aparezca ahí en un mismo ranking que él es tan absurdo que por eso hice la broma que hice, a ver cuándo me voy a ver yo en una parecida. Sus libros me han acompañado durante mis años de instituto, de universidad, en mis viajes… no puedo tener más que respeto por él como escritor.

Tampoco creo que sea un facha, como lo soltamos ahora tan alegremente, yo el primero como ha quedado claro. Y por eso me disculpo aquí. No ante el gilipollas de Instagram y lo de Txeroki, porque hace falta ser gilipollas, que no sé si lo he dejado claro. Pero sí que creo que no deberíamos «insultarnos» tan alegremente, que hoy en día todo el mundo es rojo o es facha y no hay más que añadir, y la verdad es que así no vamos a ningún lado.

A mí desde hace unos años no me gusta nada de lo que sale Reverte a decir por la tele, me parece un señor mayor que ejerce de cabreado sabelotodo, que está siempre con el skin de decir cosas como «en España somos muy hijos de puta pero nobles» y chorradas del estilo de otras épocas que nada tienen que ver con los tiempos que corren. O eso creo yo al menos desde la distancia, que lo que me llega de este hombre son sus declaraciones y sus discursitos en El Hormiguero, que vaya tela. Con lo de Uclés también se ha enrocado ahí en el personaje; en vez de admitir la jugada, ha ido directamente contra el autor, apuntalando todavía más esa condescendencia que se le desborda por la barba.

Así yo creo que no se puede ir por la vida, pero esto es mi opinión.

Total, que es un escritor como la copa de un pino y sus ideas políticas deberían ser suyas y de nadie más. Ahora, que si decide compartirlas y siempre van en una misma dirección en los mismos escenarios, es fácil que caigamos en la trampa de la etiqueta y el sanbenito, pero no debería haberlo hecho, no debería haber alimentado la mierda esta de enfrentarnos entre nosotros a la mínima. Don Arturo, probablemente, cuando cierra sesión en el Fornite y se quita el skin, sea una persona majísima con la que se podrá hablar de todo y te podrá contar cosas que ni te imaginas, con lo que ha vivido ese hombre.

O no, yo qué sé, esa es la cuestión, que no le conozco pero ya le puse la cruz y se llevó la hostia sin pedirla.

«Mejor señor mayor que le grita al Fuji que señor mayor que le grita a la sierra de Madrid» habría quedado mejor, sin lo de «fachascas» por el medio y la chorrada se habría entendido igual.

Pido perdón.

Por cierto, le voy ganando.

Pido perdón también.

La línea recta

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El otro día, hablando con un amigo que también vive aquí en Japón, salió el tema este de la línea recta. No es la primera vez que lo hablo con alguien que está de acuerdo, voy a ver si soy capaz de explicarlo con el mismo ejemplo que les puse: un señor, con los huevos ya más cerca de la articulación de la rodilla que de la de la cadera, decide que tiene que coger un pimiento que hay ahí al fondo del pasillo. En su cabeza tiene un objetivo, ese pimiento va a ser suyo nos pongamos el resto como nos pongamos. Y calcula, como el meme aquel, la ruta más óptima para cumplir con su misión. El señor va a ir putorecto a por ese vegetal, y a toda puta máquina además.

Pero, oh, resulta que ese pasillo intersecta con otros pasillos, porque un supermercado no es como el Ikea donde hay una sola ruta a seguir entre lámparas ôjetier y sofás sobâquinchus. Y, claro, hay más gente. Gente que sigue su camino, pensado o no, para hacerse con las viandas del día.

El caso es que estos tres entes que forman el señor y sus dos pedazo de cojonazos ya habían decidido por dónde iban a ir y el entorno le da exactamente igual; él es el protagonista, el que eliges en el Fortnite, y el resto son NPCs. Y si se da la situación de que otra persona se cruce en su camino, que lo raro es que no pase, lo normal, lo que haríamos tú y yo y cualquier ser humano normal sería hacer el ademán de cederle el paso al otro y, al menos, pararse.

Pues no, no señor, este viejo cabrón está hecho de otra pasta. Ese señor, que para tres hanamis que le quedan se caga en la esterilla, decide seguir para adelante y arrollarte.

Como me pasó a mí el otro día, que casi me tira al suelo. Como me pasa infinitas veces en esta ciudad de putos locos que es Tokio, que cogen una linde y ya puede estar ahí en medio una vaca india acostada que, como si fuese Emilio Aragón, ellos van a llegar al final de la línea blanca, no vaya a ser que se queden sin pimientos.

Al del otro día yo no le vi venir, que el empujón me lo llevé de verdad que sin darme cuenta. Pero últimamente he empezado yo a hacer lo mismo, si veo que un miura de estos me viene de frente, porque se les ve, no me aparto lo más mínimo, y si ya veo que el choque es inevitable, meto hombro a todo lo que da para que la hostia se la lleve él. Y se quedan descolocados, claro, porque están acostumbrados a que te apartes. Pues ya valdría y agradecido encima, porque ahora no puedo meter cadera también porque la tengo jodida, que si no le cambio de barrio.

Si venís a Tokio, seguro que sabéis de qué tipo de gente hablo.

No sé si pasa en otras partes del país, pero también tengo mi teoría. Yo creo que en Tokio es tanta la locura de la gente que hay, es tan disparate el ratio de orejas por metro cuadrado, que si todo el mundo le cediese el paso al resto del mundo, de la estación de Shinjuku no saldría ni Blas en menos de tres horas. Así que esta gente ha digievolucionado en Roombas que fijan su camino y pa’lante y que se mueran los feos, que yo a ese arroz le echo pimiento como que el emperador es hijo de los dioses.

El caso es que yo estoy a dos tsuyus de convertirme en ese señor, que mis excelsos y remachados huevos van disminuyendo su coordenada vertical a pasos agigantados ya y me temo que esto es irreversible a no ser que venga Thanos y marque el ritmo de una rumba con los dedos.

Apartaos, hostias, ¡que voy loco, loco voy!

Reedición ya disponible

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Finalmente, después de varias revisiones y de mucha espera, Amazon ya ha publicado la reedición del libro en todas sus tiendas. Ya se puede pedir en papel y para Kindle; todos los enlaces están recopilados en:

ikulibro.ikublog.com

Si lo leéis, por favor no dudéis en contarme qué os ha parecido. Me encantará leer vuestras reseñas tanto en Amazon como aquí. Y si venís a Tokio con el libro y nos cuadra a todos, quedamos para una firmita y poder agradecéroslo en persona.

Un abrazo y, de nuevo, gracias a todos.

:gustico:

Reedición de Afinando un sueño

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Los más veteranos del ikublog os acordaréis de aquello, porque la verdad es que fue algo muy emocionante. Me propuse sacar el libro y, ante la negativa de las editoriales, decidí financiarlo por crowdfunding y gracias a todos los que estuvísteis allí, el libro salió adelante en una edición… perfecta, si me preguntáis a mí. Un diseño exquisito a cargo del gran Fran Valenciano, con muchas fotos, con recortes de mi día a día en Japón, con toda mi vida allí metida en más de doscientas páginas.

Fue emocionante, de verdad que lo fue, todavía hoy, releyendo los agradecimientos del final, me vienen mil recuerdos a la mente de aquellos días: el inicio de la campaña, refrescar la página en Verkami y ver cómo se iban consiguiendo todos los objetivos prácticamente en minutos… hasta triplicar lo planificado, ni más ni menos.

Gracias, gracias, gracias, gracias, no puedo más que sentirme agradecido por tanto apoyo.

:ikugracias: :gustico: :ikugracias:

Después me enviasteis reseñas y comentarios, otra capa más de barniz que le disteis a mi hinchado ego de entonces. Las recopilé y las publiqué en una web que he vuelto a recuperar para esta nueva edición que os vengo a anunciar:

Ikulibro 2.0

Las volví a leer ayer y no pocas lágrimas han caído. Sois los mejores, ha sido una idea genial recuperarlas y ponerlas ahí para que no se pierdan nunca.

Aprovechando las vacaciones de Navidad, empecé a extraer todos los textos del libro original con la idea de sacar una versión para libros electrónicos. Simplemente coger lo que ya estaba escrito, revisarlo, añadir o quitar alguna cosa y pasárselo tal cual a Amazon.

Pero en el proceso me di cuenta de que había muchas historias que no estaban metidas, así que me enfrasqué en releer este blog desde el principio. La mayoría de las fotos de los posts han desaparecido, esto es culpa mía porque cancelé el hosting de Google con la idea de cerrar el blog, aunque luego me arrepentí, como ya podéis ver. Las fotos originales las sigo teniendo, pero no creo que me ponga a subirlas y actualizar los posts, pero por lo menos sí que voy a intentar escribir nuevas entradas de vez en cuando.

Total, que me di cuenta de que había muchas historias que no estaban en el libro y que deberían estar. Así que las fui cogiendo y metiendo en la versión del Kindle. Había algunas más emocionantes, muchas de humor… y, mira tú que sin fotos ni ilustraciones, resulta que el nuevo libro tiene la friolera de 200 páginas más…

Y esto vengo a anunciar hoy aquí: que no es solo una versión para libros electrónicos del ikulibro, sino una versión revisada y ampliada que se puede pedir también en formato de papel y que impreso queda muy repintón. Que si el libro anterior acaba con el nacimiento de Kota, mi primer hijo, este acaba en enero de 2026, casi 13 años después, incluyendo a June, mi segunda hija, y diferentes cosas que pasaron entre medias.

Si habéis seguido el blog, incluyendo los últimos meses, ya las habéis leído todas. No compréis el nuevo libro si ya tenéis el anterior y queréis leer contenido inédito porque apenas lo hay, diríamos que es el libro anterior revisado + historias anteriores descartadas del ikublog + nuevas historias escritas también en el ikublog.

Lo curioso, que puede que os pase a vosotros también, es que muchas historias que leí al repasar el blog desde el principio se me habían olvidado, y eso que era yo el protagonista y el que las escribió. Puede que os sorprendan a vosotros también.

Para los que no conozcáis este blog, ni el primer libro, os diré que no es una guía de viajes, ni es una guía sobre Japón ni nada parecido. En este libro yo cuento cómo fue mi vida desde que llegué aquí hace 19 años, más solo que la una y más tristón que la hostia. Y ahí podréis ver mis días malos y alguno todavía peor, pero también podréis saber de mis amoríos y desengaños, de cómo conseguí encarrilar la ruina de vida que llevaba hasta que me casé con la chica más maja del mundo, que me ha dado dos hijos maravillosos, aunque la pequeña lo que mas sabe decir en español son tacos. Esto no es un libro sobre Japón, pero Japón es el escenario y, por tanto, está siempre presente. No sé, yo creo que os sorprenderá leerlo, no es como os esperáis, eso seguro.

En fin, que hoy ya me he decidido a anunciar oficialmente que el libro saldrá a la venta en breve:

Esta semana o la que viene saldrá a la venta si no hay ningún problema por parte de Amazon, que se supone que lo están revisando. Una semana más tarde saldrá la versión para el Kindle, en cuanto quite el índice y apañe algunos saltos de página que en formato electrónico quedan rarunos.

Si os hacéis con él, no dudéis en dejarme una reseña en la web, que me encantará leerlas. Pondré ahí los enlaces para pedirlo también, en cuanto me lleguen a mi.

Y eso, que ya, que espero que os guste.

Aunque sea de solo texto :D

Ikanaide…

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Los que tengáis hijos, probablemente, también lucharéis contra la rutina. O no, no sé, vosotros sabréis, yo desdeluego si. Quiero decir que es fácil que los martes sean igual que los lunes y cuando uno se quiere dar cuenta, ha llegado ya el domingo y vuelta a empezar.

Y ya casi estamos en el 2026 y la colcha sin planchar.

A eso voy.

Digo los que tengáis hijos, porque ellos te apuntalan mucho más las horas; a la guardería hay que ir a las 8:30, la escuela empieza a las 8:45, hay que estar en casa a las 14:00 que es cuando uno vuelve y a las 16:00 hay que salir a buscar a la otra. Si por lo que sea no hubiese que trabajar, que hay que, poca libertad queda entre medias para hacer nada.

Así que cuando a uno de los dos adultos que viven en esta casa le sale un plan, el otro le apoya sin dudar porque se sabe que el asunto es vicevérsico.

Ayer mi mujer fue a un concierto de los SEVENTEEN estos. Es un grupo de K-Pop de estos que salen al escenario cuarenta tíos con pelos cardados haciendo coreografías de no parar quieto ni un segundo, que si pones el mute en la tele, parece que estén convulsionando y te dan ganas de darles el tiro de gracia para que dejen de sufrir. No me preguntéis mucho más porque yo estoy mayor para estas historias, pero me alegraré siempre muchísimo de que ella vaya. Porque por cada concierto de ella, he corrido yo maratones o he tenido competiciones de karate, o clases de cocina o mil y un planes a los que me apuntaba antes de que la cadera me empezase a fallar cual pincho USB del Temu.

Enfrento esto de los planes de uno porque significa que el otro «hace el favor» de quedarse con los críos, y lo pongo entre comillas porque, coño, como si los hijos no fuesen de los dos. Pero si que es verdad que ese día el uno no está y, por tanto, el otro tiene que estar más.

Con lo que ayer lo anuncié tal cual en el hilo de #kintai del slack del trabajo: «hoy curro solo por la mañana porque mi mujer se va al concierto de SEVENTEEN en el Tokio Dome y me quedo yo con los críos». En japonés, se entiende. Podría haberme pedido la tarde libre simplemente sin dar explicaciones, pero no sé que tiene esta empresa que estos «chismes» hacen gracia y yo siempre digo la verdad ya sin tatemaes ni chorradas de esas que os inventáis en occidente. Como la vez aquella que dije que estaba hasta los cojones de trabajar ese día y que lo dejaba porque si no, iba a tirar el ordenador con la puta IA por la ventana. Y se rieron. O al menos pusieron iconicos de esos de reirse, que ahí igual si que tatemaearon un poco porque al gaijin barbicas se le fue un poco la pinza.

Total, que mi hijo mayor llegó de la escuela, yo cerré el ordenador, bajé de la buhardilla, plegué las escaleras y tiré para la guardería en coche. Por cierto, la de mierda que tiene el coche, macho, lo lavas y al día siguiente parece que has vuelto de Dakar otra vez. Putas obras de al lado, joder, me tienen loco: tiembla la casa a cada meneo de la excavadora, con lo que parece todo el rato que se viene un terremoto, montan escandalera del copón y encima todo lleno de tierra todo el rato. Como me hinchen mucho las pelotas les monto una kale borroka que van a flipar con la Basque bunka.

Al llegar a la guardería me di cuenta de que mi hija estaba ya saludándome desde el parque junto con otra amiga. Estaba pendiente y expectante, por la cosa de la novedad de que fuese yo en vez de su madre el que iba a por ella y se lo contó a sus amigas y allí estaban esperándome las dos. «Konnichiguuuarr» me saludó su amiga, exagerando el acento extranjero, como si estuviese hablando japonés un americano y June le dió un codazo. Siempre tiene esa broma de hablarme en japonés a lo gaijin y se descojona cuando yo le contesto igual. A mi hija, por lo que sea, no le hace demasiada gracia pero a mi me parece muy gracioso. «Sayounaura» le digo siempre y se descojona.

Por aquello de seguir haciéndole el día distinto, en vez de irnos directamente a casa nos pasamos por el supermercado con el coche. Hicimos una compra grande, ella llevaba el carro y yo iba metiendo cosas, menos en el pasillo de golosinas donde se intercambiaron los roles y fui yo el que conduje ese carro a toda hostia a pesar de lo que no pude evitar que entrasen más mierdas que de costumbre. Flipo con los senbeis de wasabi, por cierto, mandanga de la buena, os lo digo.

También nos pasamos por el todo a cien, cómo no, y cayeron unas cuantas más para el bloc de pegatinas donde las colecciona, también pillamos un par de platos con forma de perro y de gato y alguna que otra decoración navideña, de Santa-san, por supuesto, que aquí en Japón gana Papá Noel porque los Reyes Magos no se presentan al partido.

Llegamos a casa con toda la compra y mi hijo, que ya había ganado no se cuantas veces al Blitz del Fortnite prácticamente jugando con la zurda, a lo Iñigo Montoya, nos ayudó a recoger todo. En esas que descubrió el jamón serrano y los dos fuets y ya no calló hasta que se lo cenó. El fuet, que en otro tiempo era fácil de conseguir por aquí, es prácticamente extraperlo a precio de oro, pero qué coño, que me han subido el sueldo. Y es Navidad, cagondios, vamos con todo.

En lo que estábamos cenando, de repente, se empezó a mover todo. Lo que más asusta en esta casa cuando viene un terremoto es el ruido que hacen las ventanas y ayer sonaron mucho. Enseguida les dije que se levantasen de la mesa y nos pusimos los tres al lado de la puerta. Uno se acostumbra a esta mierda, pero es verdad que hacía mucho que no venía uno del estilo y mi mayor miedo siempre es que se caiga la lámpara del techo con alguien debajo, así que siempre nos vamos a la sombra de las esquinas.

Es mentira, no te acostumbras, simplemente lo toleras y si hay niños delante, te convences más de que no va a pasar otra vez la que se lió en el 2011 con Fukushima y su puta madre, y mantienes más el tipo.

Pero ayer los críos se asustaron bastante y nada de lo que les decía parecía tranquilizarles hasta que me acordé que les gusta, o les gustaba el año pasado al menos, lo de meterse al ofuro, a la bañera juntos. Lo propuse y cambió el aire de repente.

Y dicho y hecho: pusimos los tres pares de nalgas a remojo, concretamente a 42 grados. Al mayor ya le da vergüenza y se va tapando la genitalia, a mi la vergüenza ya se me ha dado la vuelta como un calcetín y saco el hueval a pasear aunque en esa bañera esté el mismísmo Papa de Roma. Bueno, ese igual no, que de los putos curas no me fío.

No sé que tiene el ofuro que los críos lo disfrutan mucho más que los mayores, al menos que yo, que siempre estoy deseando salir de esa sopa Knorr mientras que a ellos prácticamente les tienes que sacar de las orejas aunque las tengan ya como los huevos de Belcebú.

Ya en pijama, volvimos al salón donde ellos se entretuvieron con la tele mientras yo recogía y fregaba los platos. Bueno, fregaba, les daba un agua y al lavavajillas como cayesen. Después saqué el paquete de pipas que compré en el Gyomu y me puse a ver Stranger Things otra vez hasta que se acabó, el paquete, no la serie, pero ya si eso otro día seguiría con el monstruo ese que su boca es un ojete con dientes porque mi hija tenía pintas de quedarse dormida y no se había lavado, precisamente, los dientes.

Preparé cepillos, tres, y nos pusimos a ello. A la que tiene menos de 10 años le dimos un cepillado extra porque el suyo siempre suele ser de medio mentira y cuando fui a enjuagar su cepillo, mi hija me cogió del brazo y me dijo «ikanaide»… «no te vayas».

Creo que nunca nadie me había cogido del brazo y, mirándome a los ojos, me había dicho «行かないで». En japonés seguro que no, pero tampoco recuerdo que pasase en castellano, no creo que nadie me dijese algo parecido a «no te vayas, quédate conmigo», aunque solo me fuese a la cocina a meter un cepillo de dientes en un vaso.

Un rato después, mi hijo se llevó el iPad a su habitación.

En la nuestra dormimos abrazados mi hija, Pai-chan, su peluche de tortuga, y yo.

Su madre llegó horas más tarde y nos dio una decena de besos a repartir entre los dos, yo estaba medio dormido pero creo que me tocaron un par al menos.

Y el Apple Watch está de testigo de que me volví a dormir del todo y hoy he sido el último en levantarme, tanto que he fundido el Sleep Score ese que a poco más sale que estoy en coma.

He subido las escaleras y al abrir la puerta del salón he dado los buenos días en los dos idiomas que más uso desde que vivo aquí.

«Buenos días! Ohayooo»

Y me he olvidado adrede de decirles un «no os vayais nunca vosotros de mi lado porque me muero», por no asustarles.

 

 

 

No hay Japón para tanto influmierder

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Este es el título del libro que he empezado a escribir. Y esta es la introducción:

El otro día cumplí 49 palos, macho.

En 12 meses pasaré a la versión 5.0 de mi vida y si algo trae esto de cumplir años, aparte de dolores en sitios y pelos en lugares, es que se te acorta muchísimo la mecha. Si a eso le sumamos que llevo casi 2 décadas viviendo en Tokio y el auge de influencers de Instagram que vienen a Japón a crear contenido absurdo, pues qué queréis que os diga, si me callo más, se me revira la úlcera y reviento entero.

Y es que uno está volviendo a casa después de que le toque el turno de padres del colegio de vigilar a los críos en la calle y coges el teléfono y sale en un reel una chica diciendo que los niños japoneses de 6 años van solos por la calle y que se les enseña a ser independientes y que se suben solos a los trenes y no sé qué chorradas más. Y tu, que le has tenido que echar la bronca a siete críos porque estaban jugando en la orilla del río a punto de caerse en vez de seguir su camino a la escuela, pues te tienes que reír.

Y luego me paso por un Family Mart a sacar dinero del cajero y me cruzo con dos trabajadores, uno zampándose un onigiri y el otro un trozo de pollo rebozado, mientras van camino de la obra y a nadie le importa, pero resulta que en Instagram te dicen que está totalmente prohibido y muy mal visto comer por la calle.

Y así con todo… Influencers, o mejor les llamaremos ya influmierders, que vienen dos días a Japón de viaje con el único objetivo de grabar contenido que subir a las redes y perpetuar la cancamusa entre sus seguidores. Contenido que se copian y se imitan entre ellos, diluyéndose, en el mejor de los casos, el poco atisbo de verdad que pudiese haber en sus percepciones. Porque, no lo olvidemos, son personas que no saben japonés, que miran los kanjis que les rodean como Rajoy al logopeda, que no se enteran de la misa a la media la mitad de las veces de lo que está pasando a su alrededor, que visitan los cuatro sitios turísticos de rigor y se comen un cuenco de ramen y en sus egocéntricas mentes eso ya les convierte en expertos que se permiten dar lecciones magistrales sobre qué se puede hacer y qué no se puede hacer en este país.

Seguro que ya sabéis de qué tipo de vídeos os hablo. Esos que empiezan con frases grandilocuentes en plan «7 cosas que jamás deberías hacer en Japón», «Japón vive en el 2050», «Te enseño el mejor ramen de Japón» o «Los japoneses son…». Como si supiesen de qué carajo están hablando.

Bueno, pues ya estaría.

Quiero decir que yo ya estaría, que hasta aquí, porque ellos van a seguir tirando de ChatGPT para hacer sus mierdas, van a seguir copiando la tontería viral del momento, van a seguir viniendo aquí exclusivamente a sacar sus vídeos en este parque de atracciones para turistas en que se ha convertido Japón, por mucho que nos pese a los locales que tenemos que sufrir tanta vergüenza ajena.

Porque digo yo que media vida aquí ya me hace un local, por lo menos llevo más impuestos pagados que en Euskadi, que hostia, por lo que me quitan, la mitad de las farolas de mi barrio son mías.

En fin, que si te interesa lo más mínimo Japón, quizás te pueda resultar interesante saber lo que piensa un señor gruñón, al que no se le quita el acento vasco ni pa Dios, sobre lo que cuentan estos influmierders y flatulencers.

Lo que veo desde mi ventana de Tokio

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A principios de verano, en la sección de Todo por la Radio del programa de La Ventana de la SER, pedían que oyentes que les escuchasen por ahí por el mundo les mandasen un mensaje. Me hizo bastante gracia y les mandé un audio en plan chorra contándoles que les escucho desde Tokio y tal.

No hubo respuesta, pero justo la semana pasada me dijeron que querían que entrase en antena porque en el primer programa de la nueva temporada querían hablar con alguien que les escuchase por ahí. Me llamaron un par de veces el mismo viernes preguntándome cómo vine aquí, cuantos años tenía, lo que hacía… y me dijeron, entre otras cosas, que Francino solía pedir que les describiesen qué se veía desde nuestras ventanas.

La verdad es que me hizo muchísima ilusión hablar con ellos, tantos y tantos paseos escuchándoles… yo salgo a partir del minuto 41:28:

 

 

El caso es que, entre otras muchas cosas, me preparé algo que creo que quedó bonito y como al final no me lo pidieron, aquí lo dejo por si alguien quiere leerlo:

Qué veo desde mi ventana de Tokio

Ahora mismo está Godzilla enfadado que oye ruido y no le dejamos dormir.

Jaja, no. Bueno, es cierto que es de noche por la diferencia horaria y no se ve nada más que la luna, que no es poco, tampoco. Pero si esperase a la mañana, vería el patio del colegio de mi hijo, porque mi casa está en lo alto de una pequeña loma que se asoma a la escuela allá abajo. Detrás del inmenso patio donde a veces localizo a mi hijo Kota  entre tanto niño corriendo sin ningún sentido en el recreo, veo una pared de árboles. Un pequeño gran bosque que te canta con voces de mil cigarras el calor que vas a pasar ese día aunque si tienes suerte y ves bailar sus hojas, eso significará que hará viento que quizás, y solo quizás, venga del norte y puedas pasar más de cinco minutos en la calle sin evaporarte por la piel. El tejado de una casa tradicional japonesa, de las que cada vez se ven menos, asoma en medio de troncos de bambú que compiten en altura  con la antena que sobresale de su tejado. A la derecha, en otra loma que le gana a la mía por tres cuestas, sobresale el edificio de oficinas de la NTT, el único del barrio con alguna luz siempre encendida. Y raro será no ver, a cualquier hora del día, aviones ya descendiendo al aeropuerto de Haneda, el más cercano de Tokio, porque cambiaron la ruta aérea en el 2020 y nos avisaron, al comprar la casa, que quedamos debajo y los íbamos a ver. Y tanto que los vemos.

Compramos la casa, precisamente, por estas preciosas vistas desde las inmensas ventanas del salón. 

Luego están pues el cielo, las nubes… qué decirte, pues que son como eran en Bilbao, en mi Zalla natal. Pero esta luna, ay la luna, esa si me preguntas, te diré que aún siendo la misma, yo parece que la siento menos mía cuando la miro desde aquí.

¿Te acuerdas?

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Éramos los más salados de la escuela. La mejor clase que hubo jamás en Mimetiz, sin discusión. Caminábamos con la certeza altiva de quien cree que lo ha visto todo —aunque lo más lejos que fuimos fuese a Lloret de Mar de viaje de fin de curso. Mirábamos al resto por encima del hombro, lo que no era mucho decir en personitas que apenas rebasaban el metro, pero teníamos una baza imposible de igualar: nuestra profesora, Asun, era la maestra más grande de toda la provincia.

O eso nos parecía a nosotros.

Los recreos eran territorio sagrado. El patio, nuestro reino. Y en su centro, como un altar oculto, el agujero en el suelo junto a las escaleras que algún bedel sabio —o despistado— tuvo el acierto de no reparar jamás. Allí bajábamos armados con canicas como si fueran gemas preciosas. Txelis se traía rodamientos de acero de la fábrica de su padre y siempre acababa machacando las nuestras de cristal. Las pocas que conseguía salvar las llevaba siempre, más orgulloso que nadie, dentro de la bolsa de ganchillo que me hacía y rehacía mi madre a base de parches. Tanto era así que al final de cada curso no quedaba nada del hilo original pero los remaches aguantaban, y las canicas tintineaban, pero no se escurrían dentro de la maleta.

Algunos, diría que la mayoría, jugaban a fútbol aunque a mi siempre se me dio fatal. Tampoco tuve a nadie que me enseñase. Ahora, de mucho, pero mucho más mayor, tengo la sensación de que se me hubiese dado bien si me lo hubiese tomado en serio, pero claro, a esa edad uno necesita que alguien le tome en serio y apriete un poco las tuercas que bailan.

Descubrí demasiado tarde que se me daban bien muchos deportes. Si volviese a ser niño habría muchas cosas que haría de forma diferente como tomarme algunas mucho más a pecho y desde luego la mayoría muchísimo menos.

Pero aún así guardo un recuerdo inmenso de mi escuela y de mis compañeros de clase. Allí empezabas con una letra, la A en nuestro caso, y seguías con los mismos compañeros hasta que ya te ibas al instituto del pueblo de al lado. Más de media docena de años juntos, viviéndonos los cambios de voz, la pelusilla de debajo de la nariz, los granos de la frente. Y de mientras Begoña, la mejor profesora que he tenido yo jamás, nos enseñaba matemáticas y Don Primitivo se sacaba mocos detrás de un periódico mientras fingíamos que no le veíamos en las clases de manualidades entre rascar espejos y cortar ocumen.

Me hubiera gustado que me enseñaran cosas diferentes que todavía hoy no comprendo del todo. Que me dijesen cómo se vuelve a armar un corazón desbaratado. Que me contasen que los que me rodeaban en ese momento no iban a estar allí para siempre. Que me hubiesen hecho aprender que llorar no es rendirse, que a veces uno necesita regar el alma a base de lágrimas para poder seguir creciendo. Que entre los deberes, cada tarde, hubiera que escribirle un «te quiero» a mis padres, subrayar en fosforito los abrazos a los abuelos y jugar con Javi como si el tiempo fuese, como en realidad es, prestado.

Que en el examen de fin de curso se preguntase siempre si quise ese año más y mejor a los míos, si lo demostré más que el curso anterior. Y si no daba la nota, que no me dejasen hacerme mayor. Que me hicieran repetir de niño hasta aprenderme esa lección.

Hasta demostrarla con hechos. Hasta tatuármela en los días.

Hace no mucho supe que ya no estamos todos, que uno de los nuestros —compañero de pupitre, de tizas y borradores, de patio, de balonazos y escondites… de mi infancia entera— ya se fue para no volver.

Al ver su foto me quedé seco, fue algo tan inesperado, tan imposible que me ha costado semanas reaccionar.

El tiempo, que no parecía pasar tan rápido, de repente hizo acto de presencia dando un puñetazo en la mesa. Y después de la pena, de las lágrimas, a más de 15.000 kilómetros y tres décadas de distancia, volví de repente a las chocolatadas de después de Santa Águeda, a los disfraces de carnavales, al mercadillo de los miércoles, a los partidos en la plaza con porterías hechas con chaquetas y reglas que cambiaban cada dos goles.

Y no puedo más que sentirme profundamente afortunado de haber formado parte de aquella clase de los que fuimos a nacer en Zalla en 1976, cuando el mundo cabía en una bolsa de canicas de lo inmensamente pequeño que era.

Donde yo fui feliz la mayor parte del tiempo.

Ojalá nos volvamos a ver algún día.

 

 

Nunca lo imaginé

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Yo siempre he sabido que quería ser padre, de alguna manera entendí pronto que es de las pocas cosas que puedes hacer en esta vida que sea relevante. La escala es diferente, no hay nada que se le pueda ni acercar a tener un hijo. Al menos llevo convencido de ello desde hace mucho tiempo y cada vez me afirmo más.

Hace ni sé cuánto ya que estoy en Tokio, llevo casi media vida aquí, tengo un buen trabajo, casa, coche, una mujer maravillosa, una salud, digamos que de hierro con algo de óxido y muchas, muchas ganas de no parar nunca. Tengo la energía de siempre, me levanto y me como el trozo de la ciudad que me rodea. Otra cosa será que esa energía se la lleven mis dos hijos por el camino. Pero eso… eso no me importa, prefiero compartir mis latidos con ellos que delante de un ordenador rascando teclas.

Mi hija duerme con nosotros y ese rato antes, ya en la cama, se ha convertido en uno de los mejores momentos del día. Jugamos, nos pegamos, hablamos, nos reímos y a veces nos peleamos. Siempre se abraza a uno de los dos para dormir, cuando elige a su madre yo suelo quedarme un rato mirándolas a las dos hasta que se duermen, muchas veces la adulta antes que la pequeña. Y rabio un poco por no ser el destino de ese abrazo esa noche, pero sueño que nunca crece, que siempre tendrá seis años y seguirá siendo la niña más guapa del mundo. La que solo habla español cuando algo se cae al suelo y se asusta, o cuando se enfada conmigo. La que nunca se acaba la cena en menos de dos horas, y eso cuando se la acaba. La que llora y me pega cuando no me acuerdo de que no le gusta que asuste a su madre y me escondo detrás de una puerta, porque soy un payaso de casi 49 años que no puede evitar ser el más tonto de la casa si con eso consigo que sus días sean un poco más alegres.

Ojalá me recuerden siempre así, como el gilipollas que les hacía reír a la que se terciaba.

Mi hijo a veces también duerme con nosotros. Es mucho menos mayor de lo que él cree, pero la verdad es que si cojo un boli y rebobino la cinta, resulta que casi hace ya 12 años que me hizo llorar la primera vez que le vi. Recuerdo que después de que le aseasen un poco, le cogí en brazos y me miró, sin verme porque los bebés son ciegos al nacer, y estornudó y no pude parar de soltar lágrimas hasta tres horas más tarde.

Me ha hecho llorar muchas más veces, la gran mayoría de felicidad. Alguna hubo de rabia, pero ya se me han olvidado y también hemos llorado juntos de emoción porque, a parte de ser yo muy tonto, me gusta mucho hablar con él en una mezcla entre japonés y español y decirle mucho lo muy orgulloso que estoy de él. Y a veces consigo que se emocione un poco con mis cosas de viejo cincuentón sensiblero.

Y les digo mucho, en español, que les quiero.

Que les quiero sin límites, sin pensar. Les quiero sin yo quererlo siquiera. Es algo primario, inevitable, como respirar y latir.

Su existencia ha pasado a ser la razón de la mía y ni siquiera me han pedido permiso.

Siempre quise tener hijos, de alguna manera sabía que iba a ser cansado, muy sacrificado y duro, que mi vida iba a quedar anulada en pos de la de ellos, que nunca nada volvería a ser igual, que se acabaron muchas cosas. Lo que nunca me imaginé es que se me iba a ensanchar, tanto, el corazón. Y que aunque muchas partes de mí quedaron atrás, las que todavía quedan han aprendido a latir más hondo.

June, Kota: os quiero. Os quiero muchísimo.

El chaval que siempre grita

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Visto lo visto, que tengo dos hijos, un trabajo y mucha, pero que mucha tontería, lo raro es que no esté yo siempre en modo ansia viva intentando hacer todo lo que me dejen con el poco tiempo que se me concede.

Quiero decir que siempre quiero hacer cosas. Que aunque todos los días tenga que atender mis obligaciones como padre primero y rascatecleador oficial de mi empresa después, siempre le busco la cuarta pata al gato, esa que si no la enganchas al vuelo, ya se te ha pasado el día y no has hecho nada.

Nada que no te obliguen a hacer. Porque parar, no paro. No sé si se me entiende. Que no me he sentado en todo el día, que diría una madre.

¡Que quiero hacer muchas cosas pero no me dejan entre unos y otros, coño!.

Que si no tuviese hijos probablemente hubiese escrito ya trece libros, sería youtuber (y me haríais más caso y me invitarían a los eventos a los que no me invitan en Tokio porque no tengo likes) y aparte de ponerme mucho más cachas, tendría ya el sexto dan de Karate y hasta haría los panes de masa madre de tres en tres.

Y unas fotos que flipas. Te lo digo ya

Pero tampoco sería tan feliz como soy ahora cuando les veo.

Esto es así.

La escala es totalmente diferente. Los que tengáis hijos me entenderéis. Los criptobros de los lambos no tenéis pero ni reputísima idea de lo que es la felicidad.

Total, que cuando puedo, me doy un paseo largo por las mañanas y siempre suele ser el mismo recorrido. Es como la vuelta a Ibarra que hacía en mi Zalla natal, que vas por una carretera y vuelves por otra, pero por Tokio y sin comer pipas. Y en ese paseo matutino, más quisiera yo que fuese diario, me suelo encontrar con las mismas personas que también han sabido quitarle un gajo a la mandarina de las horas para engullírselo ellos solos.

Algunos son conocidos, como el padre de los gemelos compañeros de clase de Kota. Gemelos que son ya más altos que yo los cabrones y a cuyo progenitor le apodamos en casa «el de la resaca» porque el pobre un día vino a ver un partido de fútbol de los críos y no podía con su alma por culpa de un nomikai de su empresa. No me puede caer mejor este hombre, por cierto, destila buenapersonez desde que lo ves asomar por la esquina del Famima. Nos descojonamos cada vez que nos vemos, a modo de saludo.

Bueno, pues también me suelo cruzar con un chico que me recuerda mucho al chico del chándal azul. Tiene los mismos, no sé cómo llamarlos, ¿tics? ¿maneras?… su cuerpo va a su aire aquí y allá. Que a lo mejor él va andando y tiene claro hacia donde, pero su cuerpo recurrentemente se trastabilla consigo mismo y da una especie de salto de repente o sus brazos se levantan, por lo que sea, y a la vez pega un grito o sonríe estruéndosamente, pero siguiendo siempre su camino como si nada.

Quizás porque para él es así, que no ha pasado nada. Igual es que ni es consciente.

No sé si habéis compartido habitación y dormido con vuestra pareja o algún hermano o con hijos y os ha pasado que os movéis, o hacéis algún ruido y de repente esa persona que está profundamente dormida reacciona al segundo y pega un grito o se pone a hablar como verbalizando lo que está soñando en ese momento. Esto me pasaba mucho con mi hermano, sobretodo cuando tenía exámenes que estaba como regullío todo el rato, y me pasa ahora también de vez en cuando con mi hijo. Que te das la vuelta en la cama y te sale por bulerías.

Menudos sustos me daba yo con mi hermano, por cierto, la vírgen qué sinvivir era aquello. Rezando estaba porque se pasasen los exámenes.

Bueno, pues yo tengo la teoría de que a este chico le pasa esto mismo, que de repente ve algo que le chirría lo que es su realidad y su cuerpo reacciona a su manera. El otro día, sin ir más lejos, pasó una moto muy ruidosa a su lado y él imitó el ruido de la moto a gritos. Fue algo totalmente instintivo, un acto reflejo; le salió tan rápido que no tuvo tiempo de pensarlo. Es como si sus tímpanos se sobrecargasen con el estímulo y ese excedente en los nervios se desaguó por la garganta a todo lo que da.

Y a funcionar. El que quiera mirar que mire, que ya queda menos para llegar a la estación.

No tiene nada que ver, pero tengo que decirlo también: es muy guapo el cabrón; alto, delgado, con pelazo, con buenas hechuras. Encima es que va vestido muy bien siempre, llamaría la atención por su presencia si no la llamase por lo que la llama.

Por cierto que nunca he visto que nadie le mirase raro más allá de la reacción lógica de escuchar un grito de repente: miras, entiendes al instante lo que ocurre y sigues con lo tuyo para no incomodar a la persona, aunque si te fijas, me da a mi que tres cojones le importa a él, y bien que hace.

Bueno, pues ya me he cruzado unas cuantas veces con él. Y no puede ser, macho… no se acostumbra a mi de ninguna de las maneras. Todas y cada unas de las veces que me ve, pega un grito que me deja temblando. Si además pasa que está mirando a otro lado y se da cuenta que soy yo cuando estoy casi casi a su vera, levanta los dos brazos y da un salto hacia atrás como si hubiese visto al mismísimo Jack Torrance afilando el hacha.

Mi cara de gaijin le buggea el Matrix y no acaba de parchear esa movida, no se acostumbra y ya va bien, que nos cruzamos casi siempre.

Joder, y yo tampoco me hago a esto, coño, que a veces tampoco lo he visto yo y ya van un par de ocasiones que he gritado yo también del susto.

El otro día nevó un poquejo en Tokio. Fue más aguanieve que otra cosa; los coches aparcados amanecieron blancos pero no cuajó aunque había muchos charcos y estaba un poco liada la cosa.

Cuando estaba ya casi llegando a la mitad del paseo, cerca de la estación Kokuryo, le vi aparecer doblando la esquina del Seven Eleven. Pensé en cambiarme de acera para ahorrarnos los sustos, pero había muchos coches

bueno, como llevo el paraguas igual no me vé —pensé yo….

Y efectivamente, no me vio, pero justo cuando me crucé con él, hizo una finta de las suyas y pisó raro el borde de la acera cayéndose al suelo de culo.

El paraguas salió volando y fue a aterrizar cerca de mi que lo recogí enseguida como enseguida fui a ayudarle a levantarse y preguntarle si estaba bien en mi perfecto japonés con acento de Bilbao.

Él ya estaba de pies. Concretamente de pies mirándome con una cara de mala hostia de las certificadas: no se fiaba un pelo de que ese paraguas se le iba a devolver. No me quitaba el ojo de encima.

Pero el caso es que no gritaba.

Yo, por supuesto, le devolví el paraguas preguntándole si estaba bien una vez más.

Y ya superado el bloqueo que le impuso la situación, ya con el paraguas en su mano, supe que sí, que estaba todo en su sitio al dedicarme, a mi y a media prefectura, algo entre un aullido y un gruñido que se escuchó hasta en el Parco de Chofu. Ríete tú de los irrintzis.

Yo, que ya me lo veía venir, ni me inmuté. Casi hasta me alegré, te lo digo también.

Él cogió el paraguas, casi me lo quitó de una hostia, lo sacudió un par de veces riéndose en alto sin parar y se fue sin ni siquiera un amago de reverencia. Allí no había pasado nada y mucho menos con ningún gaijin.

Y el caso es que esta mañana me lo he vuelto a cruzar.

Y no ha dicho ni MÚ.

La nueva empresa

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Como venía contando el martes, apenas llevo semana y media en la nueva empresa, aunque es verdad que llevo teniendo contacto con ellos desde octubre del año pasado que fue cuando más o menos empecé las entrevistas. Quiero decir que llevo muy poco tiempo y quizás, muy probablemente, sea demasiado pronto para juzgar pero me están gustando muchas cosas que me estoy encontrando y se me ha ocurrido ponerlas aquí para ver qué os parecen.

Full remote

Esta es la razón principal por la que me interesé por ellos: se trabaja desde casa siempre, sin excepciones. De hecho no hay sitio físico en la oficina si de repente a todos se nos ocurre ir: no cabemos. Es por esto que tenemos que avisar si queremos ir y hay una persona que controla los sitios y te avisa que mejor te quedes en casa si no entramos todos.

Al principio pensé que sería solo sobre el papel, que probablemente habría que ir muchas veces, o que empezaría la cosa así y luego ya irían metiendo poco a poco lo de ir a la oficina algunos días fijos a la semana. Pero no, no parece ser así y no parece que vaya a cambiar.

Además tienen acuerdos con un par de estas de oficinas compartidas, una especie de WeWork, que no sé si será solo en Japón. Vamos, que si te apetece salir de casa, te pillas el portátil, generas un código QR con la app de la empresa y con eso entras en un sitio de estos que hay no solo por todo Tokio, si no por todo el país. Si estuviese solterete y fuese la cosa de otra manera, sin hijos ni horarios fijos de escuelas y guarderías, es probable que estuviese en invierno trabajando desde Okinawa na más que por evitarme este puto frío que hace.

:ojetepalinvierno:

Equipo de trabajo

No es que en otras empresas tuviese un mal ordenador, ni mucho menos, pero me sorprendió muchísimo que a falta de tres meses para entrar a trabajar en Febrero me llegó a casa un MacBook M4 Pro recien enviado desde Apple; nuevo, a estrenar. Vamos que lo abrí yo. También me han dado las tarjetas de visita, que no sé yo si usaré nunca, camisetas, sudaderas y todo tipo de material de oficina que agradezco porque todavía escribo muchas cosas a mano.

Flexibilidad

Esto es lo que no me esperaba de ninguna de las maneras. Vengo de un mundo donde había reuniones diarias por la mañana a una hora fija donde tenías que decir qué habías hecho y qué vas a hacer ese día. Si te ausentas de tu puesto de trabajo por más de un cuarto de hora, tienes que avisar y se te presupone que tienes que contestar enseguida si alguien te menciona en el chat de la empresa.

Aquí nada de nada. No sé si esto es bueno o es malo, todavía estoy acostumbrándome, pero aquí tu empiezas a currar cuando te sale del nardo y no hace falta que des ni los buenos días. Lo mismo cuando paras para comer o cuando te piras, simplemente hay un sistema de horas que es el que se usa para la nómina y, palabras del de recursos humanos «como si lo rellenas todo el último día».

Flipante.

También hay reuniones, especialmente un día a la semana es prácticamente todo el día de reuniones con el resto de ingenieros, con el resto de tu equipo (yo soy frontend ahora, no te lo pierdas) y finalmente con toda la empresa. Pero es un día a la semana donde se comparte todo y ya, tampoco se te pide que hables o que cuentes nada si no quieres. Por ejemplo si has sacado algo a producción que mola, pues lo cuentas para que todo el mundo lo vea o explicas, pero nada de decir todos los días lo que estás justo haciendo.

Y si una reunión es de 17:00 a 18:00 pero se acaba de contar lo que había que contar a las 17:15, se acaba al de un cuarto de hora. Nada de estirar el chicle. Esto me lo venían diciendo desde las entrevistas de trabajo: reuniones cuanto menos mejor y cuando las haya, se va al grano, que el tiempo es oro.

Tengo que decir que esta flexibilidad, que yo entiendo como un sinónimo de confianza, hace que curres mucho más a gusto y mucho mejor.

Una tarea cada vez

Otra cosa que me tiene loco: existe la norma de que no se empieza otra tarea hasta que la anterior se haya acabado. Esto significa que si tu haces algo, no puedes ponerte a otra tarea hasta que pase una de estas dos: que se apruebe y vaya a producción o que se descarte por lo que sea y se cancele la tarea.

No hay pull requests eternos que nunca ven la luz del sol y del que luego se acuerda alguien al de medio año y hay que resolver cien mil millones de conflictos.

Mi jefe dice que es para evitar el cambio de contexto. Si tu estás haciendo algo y de repente te llega otra cosa, tienes que parar lo que estás haciendo cuando llegues a un buen punto, subir ese código, cambiar a la otra rama, acordarte de donde cojones estabas y rezar porque no haya conflictos y luego volver a la movida de antes. Es una perdida de tiempo acojonante y sobretodo una gran fuente de estrés.

Esto no lo he visto yo nunca en la vida. Es más, siempre tengo unas cuantas tareas a la vez porque siempre me toca esperar a que alguien las pruebe o alguien revise el código. Aquí se prioriza y se respeta el trabajo de los demás y si te llega algo que probar o que revisar, lo haces al momento, es el único «cambio de contexto» que se admite y es por el bien común.

A tope con la IA

Y mira que esto lo veía yo con mucha desgana, ¿eh?. Y lo sigo viendo, las cosas como son, no me fío un pelo. Pero bueno, resulta que todos los ingenieros tenemos una cuenta pro de ChatGPT, estamos hablando de 30.000 yenes al mes que paga la empresa por persona. Y la manera de programar es pidiéndole cosas a la IA. El trabajo ha cambiado de programar tu solo, a enseñarle código a la IA y decirle qué es lo que quieres cambiar o añadir ahí.

No sé si será por la cuenta pro de ChatGPT (usamos modelo 4o y otro recién salido que es o3-mini-high), pero me está sorprendiendo muchísimo que hay mucho código que te devuelve que puedes usarlo tal cual. Siempre lo probamos, claro, pero en el poco tiempo que llevo con esto, diría que el 80% del código que te da es totalmente válido.

También resulta que si tienes cuenta pro, puedes subir capturas de pantalla sin límites, o fotos y esto me está ayudando muchísimo a la hora de saber qué me toca hacer en las tareas. Directamente subo una captura de la descripción en japonés de la tarea y una captura de las pantallas afectadas y me dice, muy fidedignamente, qué hacer y donde.

Es cierto que a veces da respuestas erróneas, sobretodo si estás usando alguna librería porque hay muchas versiones y se suele quedar en algunas más antiguas donde la solución que te da ya no aplica. Pero, de verdad, que me está sorprendiendo mucho.

Es otra manera de trabajar. No sé si será el futuro, pero tiene pintas.

También tenemos un sistema integrado que cuando subes un pull request te genera una descripción bastante buena de qué se ha cambiado en el código, te señala errores y te sugiere cosas a mejorar. Ves, de un instante, si te has dejado algún log o código de prueba y aunque muchas veces sugiere mierdas que no tienen sentido, suele acertar mucho.

Las personas lo primero

Esto también me lo vinieron diciendo desde las entrevistas de trabajo y luego me han contado más estos días. El bienestar de las personas prima sobre todo lo demás, incluso el trabajo. Nos dan vacaciones pagadas si estamos enfermos nosotros o nuestros hijos, esto es rarísimo en Japón, nos dan también días para «eventos familiares» como graduación de los críos o días de estos que te dejan visitar a la guardería… no hay que justificar nada, simplemente rellenas en la app «evento familiar» y fuera. En teoría estos días son ilimitados, supongo que, de nuevo, confían en la buena fé de las personas.

También hay una movida llamada «Después de las 5», que consiste en que si reunes a tres o más compañeros, que no tienen por qué ser de tu mismo equipo, la empresa te paga la cena. Lo hacen para fomentar el compañerismo y me sorprende lo muchísimo que se usa, hay prácticamente un nomikai cada día. No hay límite de personas, aunque creo que si que lo hay de presupuesto por persona, pero es bastante generoso, diría que 5000 yenes, aunque no me acuerdo bien. El único requisito es mandar después una foto al chat de la empresa.

Pues todos los días, casi casi, tenemos foto de gente medio borracha con una sonrisa de oreja a oreja sponsored by the boss.

Jodé, me pilla esto en mis tiempos solteretes y madre mía…

Pregunta 100 veces y se te contestará 101 con una sonrisa

Esto también es una norma de la empresa y enlaza con lo anterior. No hay pregunta estúpida, no hay nadie pesado, no puede ni debe haber malas caras. Todos se ayudan entre si, como es normal por otra parte, pero en este sitio me he dado cuenta que de verdad todo el mundo trata de ser amable con el prójimo. No es solo en reuniones o cuando tienes alguna tarea en común con alguien y te toca preguntar, es todo el rato. A mi me sigue sorprendiendo, los días que he ido a la oficina, que gente que no conozco viene a presentarse y a hablarme como si fuésemos colegas de siempre.

También, y esto me lo dijeron en recursos humanos al principio, se potencia la interacción en el chat de la empresa. Al estar currando en remoto, se da importancia a las reacciones, a las respuestas, a la forma de expresarse. Por ejemplo si subes algo que has hecho y lo cuentas, al momento tienes cuarenta emojis de corazones ahí puestos. O si alguien dice que está enfermo y que descansa, todo el mundo le manda ánimos. O si alguien pone que se va de vacaciones, tienen un emoji que pone «go go» y que usamos los demás para animarle a que se lo pase bien y se olvide.

En otras empresas decías que te ibas de vacaciones en el chat de la empresa y faltaba que te escupiesen. Que es cierto que igual en realidad le daba igual a todo el mundo, pero al estar en tu casa solo delante de un ordenador, estas cosas se magnifican y te tocan los cojones si te ignoran.

Conclusión

Hay más cosas de las que todavía no me he coscado bien. Ya os digo que no llevo ni dos semanas. Pero una cosa me queda clara: así da gusto trabajar. Lejos de aprovecharse de la situación, le entran a uno más ganas de hacer las cosas.

Hoy, sin ir más lejos, he ido al gimnasio como siempre después de que Kota y June se fuesen a la escuela y guardería. He hecho mis movidas y he vuelto a casa tranquilamente. En otro tiempo estaría ya medio nervioso preparando qué voy a decir en la reunión de la mañana, que encima es en japonés, claro, y me tocaría prepararlo con un poco de tiempo y muchas veces parece que lo que cuentas que has hecho nunca es suficiente, como teniendo que justificarte todo el rato.

Hoy no, he vuelto a casa, he comido algo y me he puesto a la tarea hasta la hora de comer. Sin interrupciones, a mi ritmo, a mi puta bola, a veces viendo La Revuelta, a veces parando si tocaba concentrarse un poco. Para después de comer lo tenía hecho y encima al avisar me han dicho que hago las cosas muy rápido.

Así si, coño. Sabes lo que tienes que hacer y lo haces. Lo demás sobra.

Conversación de nomikai

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Aunque solo llevo una semana y un día en la nueva empresa, ya he pasado por dos nomikais. Para el que no lo sepa, nomikai son cenas de empresa, que se reserva un restaurante y ahí se pasan dos o tres horas entre tragos, charlas y bocados, por este orden de intensidad.

Seguro que sabrás la historia esa que dice que en Japón son obligatorios, que poco más te vienen a decir que si te invitan, tienes que ir y tienes que beber y ponerte, mínimo, como un Gremlin en la ducha. Pues bien, siento romperte el juguete. Como la inmensa mayoría de mierdas que se cuentan sobre este país, es mentira. O por lo menos en mi caso nunca ha sido así, si dices que no vas, no pasa absolutamente nada ni hay ningún reproche de ningún tipo. Es más, por regla general, a nadie le importa un carajo lo que tu hagas o dejes de hacer mientras saques el curro adelante, claro.

Por cierto, ya que está de moda gracias a xataka, también decir que si, que hay algún tarado que aflora de vez en cuando y se dedica a chocarse con la gente, sobretodo en estaciones muy transitadas como Shinjuku. Pero que no es lo normal y que también, y esto lo he visto yo, hay quien les planta cara y les retiene hasta que llega la policía.

Sigue siendo, de todas formas, bastante significativo que este tipo de noticias, de excepciones, sean las que os llegan a vosotros sobre este país. Eso es que no estamos tan mal. Por poner un ejemplo contrario, sería como si aquí sacasen, como algo representativo de España, que en cualquier ciudad hay carteristas que te roban nada más que llegas a la Gran Vía. ¿Que hay?, claro que si, ¿que todos los españoles son carteristas y da hasta miedo salir de casa?, pues claro que no.

Bueno, en fin, que me lío. Lo que yo venía a contar es un par de conversaciones “tipo” que he tenido ya unas cuantas veces con distintas personas de mi nueva empresa en los dos nomikais a los que he asistido.

— “Oskar”, pero ¿cómo se escribe? ¿Osukaru? ¿Osuka-? オスカル? オスカー.

— Pues yo lo escribo enfatizando la R del final, así que sería “Osukaru”, pero la verdad es que me da bastante igual, llámame como quieras

— Es que aquí en Japón tu nombre lo solemos escribir con la a larga al final Osukaa, es raro con la ru. Osukalu

— Ya me he dado cuenta, ya, me lo dicen mucho. Es R, no L, la RR como fuerte

— DDRRRDD

— Si algo así, jaja, pero insisto: llámame como quieras (pero llámame, que dirían los de veintiuno)

Otra que se repite mucho es la de:

— ¿Pero tu por qué te viniste a Japón siendo España mucho mejor?

— Hombre, mejor. Yo me vine aquí al principio por una beca que me dieron que estuve seis meses y me supo a poco y encontré la manera de volver

— Pero en España hace calor, ¿no?, y la gente es muy amable y la comida es muy buena: paella, ajillo, vino.

— Bueno calor, el calor de Tokio es mucho peor. Y ahora en invierno hace el mismo frío o peor. Lo de la gente amable, pues bueno, hay de todo, aquí también hay de todo. Y la comida la verdad es que me da bastante igual…

— Pues tienes pintas de que sabes cocinar.

— Un poco si cocino, si, pero vamos, que no muero por comerme una paella ni nada por el estilo, en Japón se come muy bien también.

— ¿Qué es lo que más te gusta?

— Pues últimamente como mucho Soba, voy probando distintos tipos, pero me gusta mucho, bastante más que el ramen, por ejemplo, o que sushi.

— ¿Y natto? ¿Comes natto?

Ya iba tardando en salir la movida. A la mayoría de los extranjeros parece que les repugna el natto. Hombre, hay que acostumbrarse, pero está bueno.

— Si como si. Como de todo menos tomate crudo.

— ¿Eres español y no comes tomate?!?!?

— Pues ya ves…

Empezar de nuevo, otra vez

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Allí me encontraba yo, fíjate tu: en aquel medio bar medio restaurante español de uno de los rascacielos más emblemáticos del horizonte de Roppongi, «skyline» que diría algún influencer cancamusino, con un par de japoneses y dos cazuelas de «ajillo». Porque ajillo, aquí, no significa que uses un par de ajos picados con guindilla como técnica culinaria que aplicar a un ingrediente principal a elegir, aquí ajillo siempre son gambas al ajillo. «No matter what», que diría el de los reels de antes. Si me apuras, a veces, le echan hasta champiñones.

Total que me estaban ofreciendo trabajo. Un ex compañero con el que coincidí en una empresa anterior me estaba reclutando. Yo fui a aquella quedada esperando rememorar viejas historias de medio amorios de oficina y lo que me encontré fue que me estaban sobornando, a puro ajillo y cervezas Mahou, con el fin de que siguiese rascando teclas, sí, pero a poder ser las de la empresa de su amigo, el otro japonés que tenía enfrente.

Hostia qué guapo era aquel otro tipo. Mi amigo era de mi misma estatura, con gafas, con pelazo a lo japonés, claro, porque aquí no trabajan amplia gama de pantones naturales en el pelo precisamente, que son todos morenos, pero tienen un pelazo que flipas la mayoría.

Qué envidia, coño.

Bueno, pues el que estaba con mi amigo era el jefe de la empresa que me estaban engolosinando, un chaval muy alto y muy guapo. Guapo de verdad, como si fuese modelo o actor, no me pegaba nada que me estuvese contando mierdas de Amazon Web Services y Google y aplicaciones y no sé qué.

Dedícate a poner morritos y hacer vídeos, tu que puedes, pensaba yo.

En nada me decidí, las cosas como son. Enseguida les dije que me iba con ellos, porque aunque hace años que ponerme a teclear por obligación me sigue pareciendo una reputísima mierda, también es cierto que me gano la vida con ello y se me da bien y ya que hay que ganarse los onigiris, pues hacerlo donde mejor le traten a uno.

Me hicieron una entrevista con una tercera persona, un trámite si me preguntas, aunque lo disfrazaron de cierta formalidad con hasta pruebas de programación en una pizarra y todo. Otra farsa más que superé, muchos años lleva ya colando esta mierda, pensaba yo, el día que descubran que me da todo entre igual y un carajo, me quitan el título de Deusto.

Y empecé a trabajar en aquel mismo rascacielos del horizonte de Roppongi («un skyscrapper del skyline que te sorprenderá»), uno que si te fijas es todo de cristales verdes y que tiene como una raja en diagonal por la mitad que sobresale. Seguro que si lo ves, sabes cuál es y más o menos donde queda ese triángulo del medio, ahí es donde se me podía encontrar entre semana de 9 a 18.

Poco tardé en cambiar dejarme llevar por lo que me decían por moldear mi rutina dentro de los márgenes que las obligaciones me imponían. Me resistía a ir en tren todas las mañanas así que empecé a ir en bici algunos días, otros me bajaba muchas estaciones antes e iba corriendo y me daba una ducha rápida en el gimnasio de al lado de la oficina antes de entrar, o iba al mismo gimnasio a mediodía esquivando comidas con los compañeros de empresa… siempre es lo mismo, siempre acabo priorizando lo mío porque al final es lo que me quedo conmigo.

Me gané, siempre pasa al principio, fama de aprender rápido y de sacar tickets y tareas a toda velocidad. En las reuniones semanales siempre suele haber más pasos a producción míos que de otros programadores. Esto siempre me ha hecho mucha gracia, porque no es porque sea más listo ni trabaje mejor, simplemente es que tecleo muy rápido y se me da bien buscar por internet. No es más que eso, que de tantos años, ya me sé los trucos y me sigue divirtiendo ver que nadie se da cuenta.

Lo de teclear rápido me viene de largo y de esto sí que puedo presumir. Con catorce años me ofrecieron trabajo pasando textos escritos en hojas a mano al ordenador, de mecanógrafo, vaya. Me pagaban por líneas, se pactaba el tipo de letra, el espaciado y la justificación de los párrafos para que no hiciese trampas, y si el documento final tenía 120 líneas, pues se me pagaba, qué se yo, 500 pesetas, no me acuerdo pero no estaba mal. Era un periódico local que empezaba y nadie tenía ordenadores en sus casas, yo tampoco pero había un centro cerca al que se podía ir y allí me saqué yo mis buenos cuartos. Y de tanto teclear, tengo el culo pelado y ya me sale solo.

Y esto, que yo pensaba que simplemente me valía para financiarme paquetes de fritos barbacoa y la Micromanía, resulta que me ha hecho destacar tanto escribiendo en este blog, donde prácticamente aparece en tiempo real lo que se me pasa por la cabeza, como programando porque me da tiempo a probar muchísimas cosas en la mitad de tiempo que algunos compañeros que teclean «normal». En lo que alguien piensa una solución y la prueba, yo ya llevo tres descartadas.

Insisto: demasiados años lleva colando. Cualquier día me pillan y me deportan, a lo Trump.

También se forja uno una imagen, una reputación, si me apuras. Los que te ven todos los días, los que tratan contigo saben tus porcentajes, saben cuántas veces, de todas, has sido amable cuando te han venido con alguna historia. Intuyen, aunque no lleven la cuenta, que si tu vas a llevar tal o cual desarrollo es probable que vaya bien o que vas a meter más o menos la pata… en definitiva, se hacen, como tu te haces también de ellos, una imagen en su cabeza de qué se puede esperar de cada una de las cartas de la baraja de esta partida de póker diaria y, muchas veces inconscientemente, actuas en consecuencia. Si yo sé que el de las gafas de pantalón vaquero y chaqueta de traje me va a contestar siempre con un 後で (luego te lo miro), pues probablemente acabará siendo el último al que le pida algo la siguiente vez.

Por eso siempre doy las gracias, por eso siempre guardo las formas, por eso siempre cultivo mi avatar; mi skin de compañero de trabajo va impoluto, con todos los extras, se sabe todos los trucos, tiene todos los emotes del Fortnite bien prestos en la recámara para ser exhibidos cuando toque.

No se me olvida desde el viernes que cuando escribí el mensaje de despedida en el chat de la que es ya mi anterior empresa, una compañera me contestó: «siempre me dabas las gracias cuando acababa los tests de tus desarrollos y me alegrabas el día», y después una carita de esas medio de sonrisa medio llorando.

Como la mía de ahora, más o menos con el mismo pelo y todo.

Porque todo el resto puede ser la inmensa farsa que yo creo que es, pero el trato con y entre las personas que te rodean macera el poso que quedará al final cuando ya no estés con ellos.

Porque siempre pasa, aunque no te lo parezca ahora: dejarás de ver a esa gente un día y entonces no te acordarás de errores de typescript ni plazos de entrega ni dockers ni hostias, tu corazón se ha quedado con cómo te caía y cómo te trataba… con cómo te hacía sentir, de si te alegrabas de verle entrar por la puerta por las mañanas o esa alegría era, sin embargo, cuando mandaba el email de que ese día no iba a trabajar porque estaba enfermo.

El viernes, después de 6 años y 3 meses, me despedí de mi ex compañero de trabajo, ya por partida doble; diré ya que mi ex jefe por simplificar. Y me hicieron una despedida en un restaurante español, tal y como empezó esta aventura: pidiendo «ajillo» al camarero sin tener que especificar qué está al ajillo porque se sobreentiende que son una mezcla de gambas y champiñones sin criterio alguno. Y cuando me tocó decir unas palabras, me emocioné muchísimo porque tengo mucho que agradecer, porque me lo he pasado muy bien esta media docena de años, porque me llevo un muy buen sabor de boca y, algo que no me había pasado nunca: cierto grado de arrepentimiento por la decisión tomada.

Porque mi ex compañero, que ahora es mi ex jefe, es y creo que será siempre mi amigo porque nunca, y mira que han pasado cosas, nunca ha tenido una mala palabra ni un mal gesto conmigo y son ya muchos años. Y aunque las circunstancias no han cuadrado, por él podría haber seguido ignorándolas.

Pero ahora toca empezar de nuevo. Mañana mismo, en otra empresa, con gente que no conozco de nada haciendo no sé muy bien qué.

Toca elegir y configurar el skin de nuevo. He decidido que voy a ser muy elegante, que aunque el trabajo es «full remoto», habrá veces, sobre todo la semana que viene, que me tocará ir a la oficina y me van a ver como un pincel, no habrá calcetines que zapato marrón no cubra. Y le he subido a tope al muñeco la barrita de socializar, esa que siempre estaba en negativo. He decidido que voy a ir a todos los eventos que haya, sean comidas de compañeros, despedidas, quedadas… siempre que mis dos hijos y la persona más guapa del mundo que es mi mujer me lo permitan, claro, que el avatar de fathermarido estaba antes y en este he invertido más años.

También he decidido que voy a ser muy correcto siempre, incluso cuando haya situaciones desagradables, tirando de ironía en el peor de los casos, pero nunca reaccionando negativamente ni por chats, ni por emails ni mucho menos en persona. Y que voy a implicarme mucho más en lo que me toque hacer, como hacía cuando trabajaba en Bilbao, que siempre buscaba formas distintas de hacer lo mismo e incluso proponía, rapidez de teclado mediante, dos o tres soluciones alternativas a lo que se me pedía. Me he dejado llevar demasiado últimamente.

Mañana toca madrugar. Toca planchar la camisa blanca que me compré para la boda del Chiqui, toca sacarle brillo a los zapatos y hacer florituras imposibles con la gomina para que las salas de conciertos de mi frente sean solo entradas. Y sonreír desde que salga por la puerta hasta que vuelva a entrar, aunque no me acuerde del nombre de ninguna de las personas a las que voy a ver la coronilla a pura reverencia mañana.

Toca empezar de nuevo y, aunque con nervios, tengo todo preparado.

Deseadme suerte, por si acaso.

Los días rasgados

26

Despierto… no, me despiertan, de repente además.

June, mi hija de seis años que todavía duerme con nosotros, se ha girado y su mano derecha ha tenido a bien aterrizar en mi cara. Menudo susto me ha dado, joder, a mi si que me pueden decir eso de que me han roto los sueños. De una hostia padre, además.

Sin embargo, la hostiante, la más guapa de todas que también hay que decirlo, ha seguido durmiendo como si nada; como si no le acabase de calentar la cara de buena mañana a su señor padre. Así que ya, total, he decidido levantarme y empezar a invertir en las horas para que el día me salga rentable.

Caliento el agua para el té mientras me espabilo y voy ya enumerando las metas que me he propuesto cumplir cada día. Ni el trabajo ni mis dos hijos juegan a favor de este empeño mío por conseguirlo, pero por lo menos me lo propongo siempre; trato de tener mañana una docena de agujetas más que hoy, o poder leer algún kanji más de esa revista que trajo Kota de la escuela o que lo que cene esa noche sea hecho por mí y no comprado y recalentado.

Intento, en definitiva, hacer por que mañana sea mejor de lo que soy hoy. Y así, a lo que me de cuenta, quizás yo sea mejor de aquí a unos años.

Justo justo consigo acabar el último ejercicio de la tanda de kanjis que tocaba para ese día, cuando June y Kota aparecen por la puerta. Se acaban de levantar, están tan muertos de sueño que apenas abren los ojos y así, de repente, ya hay muchas cosas que hacer: comprobar el pañal de la niña, los desayunos, la ropa, las tareas…

Yo, por lo pronto, ya he sacado una de las mías, me anoto ese tanto.

  • Estudiar lección del libro de kanjis
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Bajo a despedir a Kota a la escuela y, de paso, saco la basura que toca, que hoy es orgánica y botellas de vidrio. No es tan difícil como lo pintan esto de las basuras en Tokio, simplemente tienes un calendario y sacas la que toca ese día. Y ya. Explícales esta mierda a los de ¨Españoles por el mundo¨ que siempre tratan de sacar las mismas chorradas. Otro día hablamos de esto, si queréis.

Y, bueno, mientras June y mi mujer se acaban de preparar, yo paso por la ducha y me visto con ropa de deporte, porque en cuanto salgan ellas dos para la guardería, yo iré directo al gimnasio a pata, y así mato dos pájaros de un tiro:

  • Workout gimnasio
  • Pasos diarios

Ah, y como he conseguido preparar los desayunos para los demás, pero me he aguantado el mío, me anoto el tanto también. Este me ha costado bastante hoy, que había donuts del MisDo.

  • Ayuno intermitente

Normalmente a esta hora estoy prácticamente solo en el gimnasio… no solemos llegar a la media docena los madrugadores que, por cierto, nos vamos ya conociendo todos. Está el exagerado cachas cuarentón que trata las máquinas a hostia pura y suelta las pesas a medio metro del suelo montando la escandalera padre, está la señora mayor que no toca nada que tenga peso pero hace sus estiramientos en la zona de colchonetas, el chaval de la visera que, sigiloso, siempre con sudadera de manga larga y la cabeza tapada, nos da mil vueltas a los demás y nunca sabes cuando llega ni cuando se ha ido… compañeros de rutina mancuernera… ¿qué escribirán ellos de mi? ¿el gaijin tarado de las camisetitas?

Cuando me apunté al gimnasio me ofrecieron la posibilidad de rellenar la botella de agua las veces que quisiera en el dispensador de bebida que tienen y acepté porque no me pareció caro y sabía que lo iba a usar mucho aunque también es cierto que tocan por lo menos dos o tres paseos al baño en lo que acabo la rutina de pesas y máquinas. Pero, mira tu, otro objetivo más que se cumple sin pensarlo demasiado:

  • Beber 3L de agua

Hoy he acabado a duras penas.

A la segunda tanda en la máquina de hombro me ha dado un tirón raro en el cuello y he tenido que parar y ya he arrastrado la movida hasta el final. Cuando he salido del gimnasio, no sé si tendrá relación, pero me ha empezado a doler también la cabeza como hacía bastante que no pasaba. Una de esas en las que te molesta la luz intensa y pareciera que alguien te estuviese estrujando la calavera, como para exprimirte las ideas a pura presión en las sienes.

El reloj me dice que todavía tenía tiempo para llegar a la reunión de las mañanas del trabajo, pero cuando llegué a casa ya estaba totalmente derrotado por la jaqueca y he decidido cogerme el día libre.

Ahí fue cuando el tejido del día se empezó a rasgar: con la primera decisión de mierda.

Mis planes eran sacar todo el trabajo que pudiese hasta el descanso del mediodía que emplearía, gracias al ayuno, en la segunda lección de japonés y además avanzar en el libro «Todo Muere» de Juan Gómez-Jurado, que me tiene loco, andando en la cinta de correr que tengo en casa. Después retomaría el trabajo hasta más o menos las 4 y media de la tarde, que es cuando vuelve mi hija de la guardería y aprovecharía para romper el ayuno intermitente con algo sano como un tazón de ochaduke con arroz integral y pechugas de pollo hechas en la air fryer. Y al acabar de trabajar, jugaría con mi hija y seguramente trataría de sacarle alguna conversación a mi hijo en castellano, para cumplir su cupo diario también y que no se le olvide.

Pero se desmoronó el castillo de naipes en ese momento. El día se empezó a deshilachar y ya no hay costura que valga.

Así es la cosa: a veces pasa que se reviran las isobaras y a uno lo dejan también del revés.

Y en vez de todas esas conquistas a la rutina, de tantas buenas cosas que iban a hacer que mañana estuviese orgulloso de hoy, decidí pedirme un menú del Burguer King porque tomarme la medicina de la jaqueca en ayunas no era bueno y algo tenía que comer. Y porque estaba jodido y cuando uno está jodido, baja las defensas, ensancha tragaderas y tira por el camino del medio. Y al acabar de comer esa mierda, que devoré sin conocimiento, me eché a dormir la siesta y aunque desperté bastante aliviado del dolor, decidí echarme un café, a pesar de que hacía ya dos semanas que no tomaba y ya seguí con el día libre malgastando las siguientes horas jugando al Fortnite y dormitando en el sofá en vez de todo lo que tenía pensado.

Y no dibujé, ni grabé el informativo, ni avancé con el japonés, ni cardio, ni comer sano, ni macros, ni estiramientos ni hostias y apenas jugué con June porque no me encontraba bien del estómago por culpa del maldito Burguer King, el café y la medicina, y encima tampoco cené en condiciones echando a perder el entrenamiento del gimnasio de la mañana y la magnífica cena que cocinó mi mujer.

¿Y sabéis qué? que es una mierda, una mierda muy grande.

Pero, coño, que está bien. Que no pasa nada tampoco.

Que da igual y me parece que es incluso sano que se te joda un día, te de todo igual y arramples con los cimientos dinamitando el edificio porque no hay por qué tachar todo de la lista siempre y cuando lo tengas presente y sepas que hacer venir al chaval del delivery todos los días con mierda en bolsa o dejar pasar tu vida delante de Netflix no es lo normal aunque acabe pasando a veces.

Que tampoco hay por qué hacer siempre lo correcto porque entonces seríamos robots. Que quedé primero tres veces en el Fornite, aún con ardores en el estómago de una hamburguesa asquerosísima que me supo a gloria bendita y en el trabajo tampoco pasó gran cosa porque yo no estuviese.

Que a veces hay que echar el freno de mano y mandar todo a tomar por culo para que el coche arranque a la primera al día siguiente.

Y que no hace falta darle ni una vuelta más de las necesarias.

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