A mí también debéis llamarme Ismael, aunque esto no pase a la posteridad. Estoy en la última planta de uno de los rascacielos ilustres de Periferia. Es un restaurante circular que gira lentamente y hace pensar en una original y vistosa tragedia mecánica. Un platillo volante posado, todo cristaleras. Todo es tan limpio, lujoso, pulido y neutro, que parece una película de Netflix. Miro el paisaje y por un instante me pregunto si es croma. Pensamientos de pobre. Claramente no estoy acostumbrado a este nivel, a este ángulo y a estos resultados. Alguien ha planeado y diseñado este lugar, y me da por pensar que al menos ambos vamos a morir. Quizá él infartado mientras folla en un jacuzzi con una veinteañera, pero ambos tenemos los años contados.
El dueño del lugar es el dueño de media ciudad. Un empresario hijo de otro empresario. Su madre, una cazadora de empresarios. Él tiene varios hijos con otra cazadora, hijos de ricos, dos hembras y dos varones. Yo he quedado aquí con una de las hembras. Si acabara troceado y cocinado con ingredientes exquisitos para una cena clandestina, a nadie le extrañaría ya.
O bien he venido engañado o bien se trata de la premisa de ficción recurrente: mujer rica y fotogénica como un coche de lujo ha visto algo en el varón obrero y desechable.
Dicen que normalmente es al revés; un tío rico podría entrar en un McDonald’s por alguna extraña razón de rico, y enamorarse de la chica que toma nota. Pero yo ahora soy la versión mediocre de DiCaprio en Titanic. A menos que este lugar colapse y vivamos una aparatosa aventura con terroristas islámicos, restaurante pijo inclinado sobre su base más estrecha de treinta pisos, y ascensores en llamas, aquí lo único que hay es un fulano desorientado esperando a una mujer que le supera en todo.
Por lo menos, al llegar, mi nombre estaba en una lista, y me han acompañado hasta una mesa junto a uno de los ventanales como de nave de Star Trek.
Me han servido agua y un vino de la casa sin que yo diga nada. Alguien controla la situación remotamente. Supongo que el vino es bueno, pero mi paladar está educado a base de agua embotellada, Coca-Cola Zero, algunas cervezas puntuales y cientos de camiones cisterna repletos de café de bar de barrio.
Me he puesto mis mejores tejanos, mi mejor jersey (el más nuevo), he traído una de mis dos chaquetas de vestir. Todo mi vestuario son pequeñas variaciones de lo que me ponía mi madre cuando tenía siete años. Siempre he volado muy por debajo del radar de la moda. Por otro lado, he ido alimentando cierta obsesión por la limpieza, la propia y la de mi entorno. Temo convertirme en la versión mileurista de Howard Hughes, yendo por ahí con pánico a tocar pomos. El personaje que le faltaba a Dickens.
Cuando ella llega, sonríe, se quita el abrigo y se sienta en mi mesa, algunas cabezas se vuelven. Imagino que se hacen preguntas. Quizá incluso genere malestar ver a semejante mujer acomodándose junto a semejante fulano. Cuando les tratas, casi todos son la mar de generosos y comprensivos, empáticos, pacientes y de izquierdas (incluso los de derechas…). Pero a la hora de la verdad, les toca la moral que a los demás les vaya mejor; o en este caso, tan bien como a ellos. Un tío de mi perfil debería estar con su equivalente femenino cenando en un Viena. Quizá con algún crío porculero fastidiando la ingesta de bocadillos mediocres.
Pero en lugar de eso, estoy aquí, y ven llegar a una mujer de las que viven la vida en lugar de chocar con ella. Guapa por naturaleza y brillante gracias al dinero. Puede que algunos la reconozcan. La hija del Tío Gilito de turno. Elegancia sin esfuerzo, un vestido negro y ajustado, finos tirantes, falda por las rodillas, piel suave como un susurro de Marilyn, pecho generoso, no mucho escote (y a la vez demasiado), ojos color miel, sandalias de tacón de aguja y manicura y pedicura seguro hechas en privado y con tranquilidad. Alguna joya, pero nada en plan rapero. Ningún tatuaje a la vista, ningún piercing. Cabello largo y rubio, pendientes mínimos y brillantes. Todo respira naturalidad, salubridad, patitos en fila y pasta gansa. Con el coste de todo el look, quizá pagues un buen coche de segunda mano.
Y después estoy yo.
Esta tarde me corté al afeitarme, aún se reconoce la herida en mi barbilla. Seguramente ella vaya regularmente a algún gimnasio para sirenas con piernas. Yo jugué al fútbol sin parar hasta los veintiuno; ahora, rondando los cuarenta, puedo presumir de algunos largos paseos y haber logrado sortear (de momento) la obesidad y la calvicie.
Ella me tiene calado desde hace días, seguro. Estoy acomplejado. Pensando en dinero, en belleza excesiva, esperanzado, preocupado, cachondo, asumiéndome casi como un enfermo mental en medio de este ambiente. Soy Robert De Niro es Despertares. Ella me dejará experimentar un mundo de lucidez e intactas capacidades motoras, pero a corto plazo desaparecerá, y yo volveré a ser el paciente catatónico de siempre.
–¿Hace mucho que esperas…?
Se sienta como si fuera una chica normal. Mira con normalidad y respira sin pensarlo. Intento no mirar su escote, aunque mirar su cara ya pareciera atrevido para mí.
–No, no llevo mucho rato.
Es la segunda vez que nos vemos. La primera fue hace una semana. Mi amigo Rubén, semidelincuente (intuyo) y semimillonario, economista e inversor, me arrastró a un sarao de alto copete. Me vi sentado en una mesa con siete desconocidos: tres mujeres y cuatro hombres. Ahí estaba María. Así es como se llama. No hay trampa ni cartón; su madre cazadora es muy religiosa, y la María bíblica tuvo un hijo siendo virgen. Eso es difícil de superar. Algunas intentan justo lo contrario.
Yo estaba algo borracho y devolvía pelotas dialécticas con facilidad. Siempre se me ha dado bien desmontar el mito de que hacer reír a las mujeres las atrae. Pero en este caso ella se fijó de verdad en mí, y luego buscó la manera de hablar conmigo a solas. Ahí fue cuando supe quién era ella (que es lo que cuenta), y quién no soy yo. A ella no pareció importarle mi bajo estatus. He pensado que quizá esté harta de tíos pijos y en forma tipo Patrick Bateman. Tiene treinta años, dirige el departamento de marketing en una de las empresas de su padre. También da cursos de estrategias de comunicación, no solo en dichas empresas, sino también en muchas otras, porque al parecer sus cargos no son cosméticos, sino que sabe lo que hace. Sabe vender, sabe hablar, y sabe guiarte a la hora de hablar para vender.
Dicho de otra forma: es más lista que el hambre. Y el hambre es bastante más lista que yo.
–Bueno… ¿Te gusta el sitio?
–Sí… Llevo un rato embobado. Debería haber traído boina y un palillo.
Ella ríe por cortesía, pero enseguida cambia de tercio. No quiere alimentar la brecha de clases, como los pijos de izquierdas dirían ahora. Me dejó claro que pagaría ella, además. Se buscó una excusa; la noche que nos conocimos me “entretuvo” hablando hasta las tres de la mañana, aunque sabía que yo me levantaba a la seis. Horario de administrativo de almacén.
Ella produce y dirige toda la cena, sin esfuerzo ni rubor. Me consulta, pero claramente a mí la situación me supera. El solo hecho de mirar la carta me da vértigo. Reconozco los símbolos; letras, palabras, números… En mi mundo los números de dos cifras ya empiezan a ser preocupantes.
Cenamos una serie de raciones que el camarero al cargo nos explica. Desde luego hace falta una explicación a estos precios, y pormenorizada. Resulta que estos platitos son una forma de expresión artística, algunos tienen hasta ábrol genealógico; derivan de otras recetas, de ideas lúcidas de abuelas muertas. Parecen querer que te sientas culpable comiendo, incluso más que privilegiado.
Casi todo esto lo digo en voz alta. Ella no se ofende, y a veces ríe con ganas; además lidia con mi versión sobria, y recuerdo vagamente, menos de lo que querría, un cierto magreo la noche que nos conocimos. Una de esas erecciones dolorosas pero agradables. Ni que decir tiene que ella también había bebido.
Ahora ni sé cómo explicarlo, pero fui yo el que se quiso ir a casa solo. Aunque prometiendo tener la cita de hoy.
La conversación se va por derroteros familiares, y ella dice:
–¿Quieres escuchar una historia horrible y real?
–Claro…, por supuesto.
–Vale… Pero que no salga de aquí.
–No, claro que no.
María bebe agua y echa un rápido vistazo alrededor.
–Hace tres años mi madre empezó a tontear, digamos, con un tío… Un tío más joven que ella, tan pacata que es ella… Mi padre, que nunca gasta un euro si no es necesario, contrató a un detective.
»Algo que debes saber sobre mi padre, es que nunca se enfada. A menos que no seas de la familia. Tal y como él lo veía, mi madre estaba siendo víctima de los cebos que le ponía el tío… Mi padre es incapaz de ver los defectos o debilidades de ella, o de mí, o de cualquiera de sus hijos o familiares directos.
–Ajá…
–Mi padre trazó un plan. Era sencillo: eliminar la “x” de la ecuación.
Recurro a mi copa de vino.
–No, no es lo que piensas. Bueno… déjame seguir.
–…
–En los siguientes días, se reunió con un colega más joven que él. Este tío, imagino que algo acojonado, debió de obedecer a mi padre como si fuera el general Patton… Resulta que el tío estaba recién casado y tenía una hija actriz de seis años… Una niña monísima, con una habilidad pasmosa para la publicidad y los pequeños papeles en cine. La mocosa lloraba como Meryl Streep a un chasquido de dedos del director. Reía como si fuera tu hija, te abrazaba como a su abuelito. Un auténtico peligro, si lo piensas…
–…
–Puedes verla aún en una campaña de BBVA, y creo que sale en algunos paquetes de tabaco. La ves y quieres adoptarla. O al menos comprar un perrito. Causa ese efecto…
–…
–¿Y sabes qué hizo mi padre…? La contrató.
–Oh…
–Sí, para ella no era más que otro trabajo de actriz, digamos… Le divertía. El que se la jugaba era su padre, o sea, ahora entenderás por qué. Por eso mi padre tuvo que soltar una cantidad de pasta indecente. Básicamente esa familia ha desaparecido de la faz de la tierra… Con la vida solucionada, eso sí.
–¿Y para qué la contrató tu…?
–Pues el caso… el caso es que mi padre montó una especie de cóctel, para colegas y colaboradores. No sé cual fue la excusa, algún lema empresarial, un rollo de estrechar lazos, palabrería tipo “sinergia” y toda una colección de anglicismos (te juro que yo no hago eso…). Quería que vinieran las familias. Llenó un salón de fiestas enorme de un hotel. Un follón con un solo objetivo…
»Resulta que el tipo con el que tonteaba mi madre, era un jefe de cocina, ganaba una buena pasta en uno de los negocios de mi padre. Se le llamó expresamente para que acudiera a la reunión; como invitado, no como cocinero. Se le envió un correo electrónico y también una carta. Seguramente se le medio prometía algo: un puesto mejor, un aumento, no lo sé…
»El tío simplemente no pudo rechazar la invitación; le daba una sensación de oportunidad, de barco que pasaba o tren que había que coger…
–Hum…
–Así que ahí llega el tío, va con su pareja, una modelo rusa. Es otro cocinero moderno, en plan estrellita, como esto…
Señala las raciones a medias en la mesa.
–Un tío que se ha forrado porque de crío le impresionó ver a su madre hacer una tortilla decente… Y todos los ricachos le reciben cortesmente aun sin saber quién es. Mi padre (yo sí estaba ese día), se lo llevó aparte y le metió una chapa sobre que él representaba los pilares del negocio, la cocina, las trincheras, él era el soldado que hacía posibles los milagros; o aún mejor, el líder militar que se unía a pegar tiros en primera línea…
»El tío no sabía nada. No era consciente de que le estaba haciendo de ginecólogo cachondo a la mujer del jefe. Por supuesto, su novia rusa, ni papa… Mi padre se limitó a aislarlo. Se lo llevó fuera del gran salón, quería darle la sensación de reunión en privado. Yo me enteré de casi todo con el tiempo. Por desgracia no tengo todos los detalles… Pero había unos amplios lavabos, y en uno de los habitáculos esperaba la niña actriz.
»El gran jefe entró a “cambiarle el agua al canario”, como él dice, y el tío fue tras él y decidió imitarle. Estuvieron charlando un minuto, dos… Y cuando el cocinero se subió la bragueta y se dio la vuelta, allí ya no había nadie. Adulto, al menos. La niña, que había estado esperando escondida, se puso detrás de él, y empezó a dar gritos y voces, a llorar y tirarse por el suelo… Una bombilla se le debió encender al cocinillas, porque enseguida se fue a la puerta de salida… Pero estaba astacada. La niña chocaba con él y caía de culo al suelo, hacía la croqueta, tironeaba de su vestido, se rompió la falda y acabó con algunas magulladuras. Sus gritos llegaron a viajar por conductos de ventilación hasta habitaciones, cocinas y otros lavabos.
–Joder…
–Sí. Joder…
–…
–Y entonces llega el toque maestro.
–…
–Si tienes el suficiente poder como para etiquetar y separar un botecito de semen amablemente donado por algún desgraciado, le puedes joder la vida para siempre… Ese zumo de varón se puede conservar durante décadas.
–…
–A la niña le elige la ropa su madre. Un buen goterón de simiente de cocinero en el interior de las braguitas. Al día siguiente, con la muestra secándose, su madre viste a la niña como todos los días. La chiquilla ni se da cuenta de esa cierta humedad, y si lo hace no le importa lo suficiente para quejarse.
–Jod…
–La niña se llamaba Artemis. Hubo un rápido, condicionado y demoledor proceso judicial. El cocinero no se lo tomó bien… Pero logró su objetivo en la cárcel; a los dos meses pudo colar una cuerda de contrabando para su cuello.
De camino a su ático de lujo, pienso que me ha contado todo eso porque le gusto. Porque se fía de mí. Quiere dejar claro que se siente cómoda conmigo. También es posible que no se lleve del todo bien con su padre, que para ella toda esa información no sea tan delicada. En ningún caso me tomo la historia como una advertencia o una amenaza… Claro que he pensado en ello, pero su cara no trasluce absolutamente ninguna doblez. Es posible que sea un tic de rica. Los ricos a menudo no valoran igual el peso de las palabras, o de las consecuencias. El tema no vuelve a salir, aunque obviamente prefiero no pensar en un encuentro con su padre…
Su ático es otra vez un lugar extraño para mí, lujoso, muy abierto, aunque hay cierta compartimentación. No tengo puta idea de cómo describirlo. Todo parece cómodo, adecuado, tonos crema, todo invita a quedarse aquí sin necesidad de salir nunca más. Nuevamente, las vistas son espectaculares, aunque ahora no haya tantos pisos de altura. Grandes ventanales, parece que varias terrazas, tecnología punta y domótica. No pregunto. Normalmente las viviendas ajenas me importan un bledo, no juzgo ni analizo los pisos de los demás, pero aquí sí tengo que hacer un esfuerzo por no hablar.
Ella empieza a toquetear un mando y habla con una IA. El lugar se ilumina suavemente, sin estridencias, y empieza a sonar de fondo algo de The Smiths. Me invita a sentarme donde quiera, dice que va a cambiarse. Yo avanzo con pasos lentos y mirando a mi alrededor, decidiéndome entre la cantidad de sillones y pufs que hay. Las paredes están sobriamente decoradas. Hay algunas obras de arte que desconozco, y un cuadro con el poster clásico de El mago de Oz. Ese estilo dibujado, la cara de Judy Garland ocupando la mayor parte del espacio, y abajo sus tres compañeros, el Hombre de Ojalata, el Espantapájaros y el León Cobarde.
–¿Te gusta la película, invitado?
Una voz de mujer detrás mí, desconocida, más aguda… ¿Hay alguien más aquí? Me doy la vuelta, intentando parecer calmado. En el sillón de tres plazas más cercano, hay una chica sentada.
–¿Perdona? –digo, intentando ganar tiempo.
–Que si te gusta la película. El mago de Oz. Es mi película favorita.
La chica es Judy Garland. Es ella… Reconozco a Judy Garland cuando la veo. No pienso discutir esto. Tiene la edad que tenía en la película. Dieciséis años, lo sé, tengo miles de datos así almacenados. Miro a mi alrededor; María está en otro espacio, no puede socorrerme de lo que esté pasando. No puede salvarme de mí mismo. Seguro que es un brote de esquizofrenia. Sabía que me pasaría algo así, lo sabía. He llegado a los cuarenta años relativamente sano. No ha estado mal… He tenido tiempo para disfrutar, viajar, comer bien, fumar buena hierba, conocer gente buena, mala y regular. Incluso he echado algunos polvos. La mayoría de gente en la historia de la humanidad, ha vivido peor que yo. Guerras, hambrunas, seres queridos asesinados, torturas… Está bien, calma.
–Sí, me gusta, me gusta la película…
–Me alegro. Es bonito tener cosas en común con los demás, ¿no crees?
–Eh…
–Disculpa mi mala educación.
Se levanta con parsimonia, una sonrisa encantadora, extiende una mano primorosa. Dice:
–Me llamo Artemis. Encantada.
¿Artemis? Qué… Cojo su mano. Es real, física. Tomo nota, todo esto se lo tendré que explicar detalladamente al psiquiatra. Ha de hacer un diagnóstico preciso; quizá haya un tratamiento, siempre ha habido gente como yo. Tarados clínicos, deshauciados mentales que ven elefantes rosas cruzar pasos de cebra, o a su abuela muerta sentada a los pies de la cama. Es de lo más natural. Seguro que hay drogas para mí, tecnología farmacéutica, hay gente la hostia de lista.
–Yo me llamo Samuel… Encantado…, Artemis.
No hay razón para ser descortés, aunque sea un fantasma, un desajuste químico.
Ella sonríe abiertamente. Es increíble el nivel de detalle en sus rasgos, la textura de su piel. Lleva el mismo vestido de la película, azul, y los calcetines blancos y los chapines rojos. Así es como se manifiesta una auténtica enfermedad mental: cultura popular.
Es entonces cuando María nos interrumpe. Llega correteando y descalza, a medio vestir;
–¡Artemis, por favor: apágate!
Judy Garland se da la vuelta y se vuelve a sentar en el sillón. Cierra los ojos y se queda estática.
–Lo siento mucho, Samuel… Se me ha ido de la cabeza. Ahora te lo explico, ¿vale?
Se vuelve corriendo a donde estaba, otra estancia, y a los dos minutos vuelve con ropa cómoda. Yo he elegido un sofá individual y lejos de… Artemis, o de quien coño sea.
–Perdona –dice María– no te ha molestado, ¿no? Es muy pacífica, lo prometo, no te habría dejado solo con ella si fuera peligrosa…
No soy soy capaz de reaccionar. La señalo y luego señalo el poster…
Digo:
–¿Artemis?
–Sí, Artemis… No le busques el sentido. Mi padre tiene un tercio de las acciones de Pretecnotimes. Es ínitmo del CEO, Ric Jonas. Artemis es un bot de servicio. Ni siquiera se ha comercializado…
–¿Un bot de servicio?
–Sí… La idea es que pueda llegar a ser una canguro, una acompañante para gente mayor… Aquí sólo hace algunas tareas domésticas, pero está casi siempre apagada. El problema es que tiene fallas… A veces se enciende sola. Me da algún que otro susto, pero no puede hacer daño, te lo prometo.
–¿Y no hay manera de…?
–Sí…, podría desactivarla del todo. Pero la verdad es que es útil para algunas cosas, y me he acostumbrado a ella. Perdona si te da mal rollo.
–No, no… Es que pensé que tenía alucinaciones, que estaba enfermando…
–Samuel, perdona, en serio…
–No pasa nada… sólo estoy recuperando el aliento.
–…
–¿Por qué se llama Artemis?
–Por nada, mi padre se encaprichó con el nombre de… Ahora Pretecnotimes quiere que sea un modelo, el modelo Artemis. Canguros y hermanitas artificiales para todos…
Desde donde estoy, veo a Artemis de espaldas, sólo sus hombros y su nuca. Lleva el pelo suelto, no lleva las coletas de Dorothy. Por alguna razón, eso me alivia.
–Oye –susurra María–, ¿qué te apetece beber? Qué te gusta, ¿whisky?, ¿vodka?, ¿cerveza?
–Sí, cerveza, por favor, la que tengas…
María se levanta, se dirige hacia donde sea que esté la cocina.
–¿Podrías no tardar mucho, por favor? Ahora me siento como el padre Karras…
–No tardo, te lo prometo…
Yo sé quién es Artemis. Hija de Zeus. La hermana melliza de Apolo. La diosa de la caza. Justiciera, pero también vengativa. Un buen elemento, como su hermano. La antigua princesa Mononoke. Por lo que sea, me relaja pensar en todo eso. Datos, data, paralelismos, memes, iconos, personajes… Todo está mezclado ya. Nos narcotiza, nos ayuda a no volvernos locos de ansiedad, de terror. No es de extrañar que la gente pase reels durante horas. Es mucho peor mirar hacia dentro, y es mucho más fácil que leer un libro.
Al fin y al cabo, ¿de qué se trata? Es una chacha robot, una roomba que habla. Nunca podrá ser una sirvienta humana, y mucho menos una madre, una enfermera o una canguro. Por el amor de Dios… da igual que tenga pinta de chica encantadora. De hecho resulta más inquietante aún. Si tuviera hijos, preferiría dejarlos con Terminator.
María vuelve con dos cervezas, botellas de cristal, se acomoda en un puf enfrente del sillón.
–Podrías haberte preparado un cóctel o algo así –digo–, no hacía falta que bebieras lo mismo.
–No, no tenía ganas de pensar, una cerveza está bien… Tampoco es que sea una gran bebedora. Un tío mío lo fue, y pasó por todos los centros de Alcohólicos Anónimos de Periferia y Sonora. ¿Sabes cómo murió? Pues eso… El hígado maravillaba a los tíos que le hicieron la autopsia (mi padre se empeñó…).
–Ya lo siento…
–No lo sientas. Era un cabrón, un cerdo, no quiero ni saber de las cosas que pudo hacer por ahí… Demasiado dinero, demasiadas mujeres, demasiadas niñas… No te haces una idea de la cantidad de niñas y niños perdidos que hay. Infantes vagabundos…
–Pues no, no me hago a la idea…
–Debería haber traído dos cervezas para cada uno…
Me palpo el bolsillo, el bulto del paquete de tabaco. Un acto reflejo. Ella lo ve.
–Puedes fumar si quieres. Este sitio se ventila muy rápido. Tiene un sistema de absorción de humos y vaporiza perfume, actúa enseguida. Milagros de Pretecnotimes.
–¿En serio puedo fumar?
–Por supuesto. No me va a llegar ni el olor. Ni siquiera se verá el humo.
Me enciendo un cigarro, doy una larga calada y expulso la nube tóxica. Una fuerza invisible se la lleva antes de que tome forma.
–Increíble…
–Eso te gusta más que Artemis… –sonríe.
–Increíble…
Charlamos un buen rato. No nos interrumpen. Luego pasa lo que tiene que pasar, después de trasladarnos –hasta me lleva de la mano…– a su enorme cama a lo Maria Antonieta. Ella es la protagonista, yo tan solo un figurante. Prefiero no entrar en detalles. Todo pasa demasiado rápido. Ella lo entiende, creo; se me tiene que acostumbrar la vista a ella. Y a todo lo que la rodea. Mi rutina no brilla por sus impresionantes paisajes, y no estoy en su ambiente como para tener acceso a una mujer así y que las cosas se prolonguen durante un minutaje aceptable.
Puedo mejorar, seguro. Hay que tener un poco de paciencia conmigo. Puedo superar ampliamente a Forrest Gump, pero nunca seré James Deen.
Después necesito fumar (ella no fuma), pero voy a hacerlo fuera. Se me hace raro fumar dentro de casa ajena. Ella habla con algún punto en el techo, un ventanal se abre solo dando acceso a una amplia terraza. Hay dos tumbonas en la penumbra. Atisbo también una mesita baja y sillas acolchadas. Yo me he puesto mi chaqueta. Ella me acompaña rodeándose con una manta. Nunca parece pensativa, o al menos preocupada o incómoda. Por un instante pienso si no será posible que no sea humana… Es una estupidez; eso echaría abajo cualquier noción de lógica o sentido común. Seguro que Artemis tiene el desnudo de una Barbie. Las cosas extraordinarias o extremadamente raras, suceden, pero es un proceso lento, evolutivo, gradual hasta la extenuación. Al menos para la percepción del tiempo que tenemos los humanos. La luz eléctrica es un milagro, pero para un faraón, o para Santa Teresa de Jesús.
María es real, lo que pasa es que es demasiado para mí… Mientras a ella no le importe, yo aguantaré el tipo, intentaré mejorar dentro de mis posibilidades.
El resto del tiempo sigo habitando los espacios del tipo mediocre común. Voy a un almacén de techos altos que debe ocupar el espacio de medio campo de fútbol. Me pierdo entre albaranes y procesos de logística. De vez en cuando llevo la carretilla elevadora (que era lo que hacía antes siempre), me escaqueo a veces para fumar con los camioneros o las chicas de la cocina. Hay un gran y feo comedor para los descansos. Chicas es un decir; son mujeres hechas y derechas, todas con familia propia, alguna cerca de ser abuela. Se podría decir que son mujeres de antaño, cuando crear una familia aún se veía como un valor importante, crucial, y no como un enorme obstáculo para el ego o el bienestar personal.
A veces pienso que mi generación ha sido una de las peores de la historia. Inició una forma egoísta y esencialmente superficial de ver la vida. Sembró las semillas de la política pop. La cínica habilidad de no tener que cuidar de nadie mientras dices preocuparte por todo el mundo. Padres de gatos y compradores de banderas intercambiables. Algunos y algunas ahora descubren que ya no son jóvenes. Ya no eres guay; ya no tienes la belleza de la juventud, pero tampoco vida de adulto. Incluso así, te indigna el hecho de tener que limpiar tu casa o atender a tus mayores sin cobrar.
Así pienso a veces. Y en algunos casos me descubro teniendo razón. Casi es una crueldad por mi parte. La gente hace lo que puede. Los chavales de ahora, por ejemplo, no han tenido la culpa de nacer en 2005. Pero eso no quita que sea más fácil aguantarlos, oírlos hablar, con el cerebro aún más frito que mi generación.
No va a ser fácil para ellos salir de ahí: de las pedradas políticas e identitarias. Entre los que manejan el cotarro, se han colado algunos de los elementos de mi edad más limitados. Más estúpidos o hijos de puta. Generalmente lo segundo, porque se han forrado. Han jugado con los sueños y esperanzas de la gente, y eso suele atraer el dinero. Tienes que tocarles el corazón, decirles que el mundo es un lugar sencillo, que no hay grises, que sólo hay orcos; sólo tienes vencerlos e ir a a Mordor a tirar el anillo…
Para cuando se dan cuenta de que les has mentido, tú ya eres otro cerdo que se ha puesto de pie sobre dos patas.
Pienso mucho en Artemis. Cuando desperté por la mañana en ese ático impoluto, futurista y femenino, me estaba meando. Sabía que había al menos dos lavabos, quizá tres, pero sólo sabía encontrar uno. Tenía que cruzar el espacio más amplio; Artemis estaría ahí; ni muñeca ni persona. Estaba sentada en el sillón más cercano a una de las dos grandes pantallas planas visibles. Estaba viendo una reposición de El equipo A.
–Buenos días, Samuel. –Una sonrisa.
–Buenos días, Artemis.
Lo tuve que normalizar. Hay gente que dice que se toma las cosas como vienen. Como si hubiera otra opción… Lo que es evidente es que Artemis no tiene botón útil de apagado. Mientras orinaba largamente, pensé si ella podía fingir que se desactivaba cuando recibía la orden.
Por suerte luego María apareció enseguida. Nos dio los buenos días a ambos, sin más. He recordado que sí había oído hablar de Pretecnotimes, pero cada vez es más difícil desbrozar con la sobreinformación. Creo que se rumoreaba algo, pero a la mayoría de personas, cuando piensan en robots, aún les vienen a la mente esos modelos antropomórficos que tropiezan bajando escaleras; o a lo sumo esos otros cuadrúpedos que logran mantener el equilibrio aunque les des una patada en el costado. No creen realmente que vayan a convivir con algo parecido a un T-1000, una Megan o un replicante.
–¿Le gusta El equipo A? –le susurré a María.
Me dijo que a Artemis le encanta la ficción. Las novelas y el cine, sobre todo. No por la parte emocional o intangible, claro, pero le chifla la estructura, ver cómo se maneja la narrativa. Le gusta especialmente el thriller, y la acción, el movimiento hacia delante, físico o intelectual, las decisiones. No es fácil de explicar. Intuye los conflictos inductores. En el fondo no dista tanto de cómo mucha gente consume la ficción; mecánica, engranajes, preguntas y respuestas. Lo poético, el tono, lo que no se puede contar en la sinopsis, no parece interesarle a tanta gente, pese a ser seguramente lo que mantiene vivo el arte de contar historias.
Lo que surge del estómago del autor (ni siquiera del corazón o la cabeza), es todo eso a lo que Artemis no tiene acceso.
Y María también me dijo:
–No es que le guste mucho El equipo A. Creo que le gusta la repetición del esquema, un episodio tras otro. No sé si diferencia realmente la cabecera del resto. Y al final siempre son los mismos créditos, con escasas variaciones. Creo que esos detalles le llaman la atención.
–¿No hablas con ella de esas cosas?
–Lo he intentando… Aunque la veas y parezca un clon de Judy Garland, no es fácil mantener un diálogo con ella.
–Hum…
–¿Alguna vez has jugado con una IA comercial? ¿Animando una foto de alguien, por ejemplo, dando instrucciones de lo que quieres que haga o diga…? A veces obtienes un video de seis segundos que parece tal cual un video, los movimientos, la voz… Y otras veces esa calidad decae, y todo resulta mecánico y artificial… Pues hablar con ella es parecido. En ocasiones parece una persona lúcida, mentalmente ágil, y otras veces…
–Ya…
–Y puntualmente ni siquiera te contesta. Como si no pudiera procesar lo que le has dicho. Quizá te sonríe, o asiente sin sentido.
Siento que me he colado en un mundo que la mayoría de gente desconoce. O al menos que estoy entre los primeros en conocer una verdad terrible. Cuando se piensa en grandes verdades, a menudo se piensa en el fin del mundo. El fin del mundo es sexy. No porque la gente lo desee de corazón, pero una parte de ellos se regocija con la idea de ser la última generación de humanos. Los que vivirán el último gran espectáculo. Al ser humano se le da de narices montarla. Ha de ser por una mezcla de aburrimiento y desesperación. No sabemos valorar lo que tenemos. Da igual los esfuerzos que hagamos. A veces salgo a caminar y me quedo embobado intentando percibir el milagro de las personas y las cosas, lo vivo y lo inerte. Si un muerto pudiera echar de menos la vida (¿podrá?), le bastaría con poder palpar otra vez un muro de ladrillos para echarse a llorar.
Como vivo, la realidad percibible no suele llenarte. O te divierten o te aburren como a un niño malcriado. Por eso me acuesto con una mujer como María y me corro en poco más de un minuto. No vengo de una familia de disfrutones, sólo de obreros, buena gente, cantidades ingentes de dignidad, de cualidades de las que no suelen reportarte alegrías más allá de algunos piropos durante tu funeral. “Las pasó putas, el tío, toda su vida jodido y herniado, pero qué buena persona era”.
No espero tanto para mi funeral, dicho sea de paso. Me conformo con un respetuoso silencio.
No me negaría a que algún amigo contratara a un par de modelos que hicieran de plañideras.
Que la gente se hiciera preguntas. La reputación lo es todo. Quizá no fui muy bueno, pero fui interesante.
Ahora se les exige bondad incluso a los personajes de ficción. Se les puntúa en base a sus valores humanos. No se busca tanto una buena ficción como una ficción correcta. Calculo que la honestidad empezó a pasar de moda allá por 2005.
Un día en el patio del almacén un colega vuelca un palé enorme de papel del culo. Un palé de los grandes, cuadrados. Se rompe el fleje y se deshace todo; queda una montaña mullida sobre la que puedes saltar de espaldas sin riesgo. Si ves el video de la cámara de seguridad, se nos ve a varios lanzándonos sobre los rollos; nuestro castillo hinchable adulto. Cada cual desconecta como puede de lo que tiene siempre delante; siempre es más interesante lo que hay más allá, el desorden, la novedad. La gente ve las noticias para informarse y para buscar novedad, shock, algo en lo que pensar, con lo que horrorizarse desde la barrera. Quitas tu serie favorita para ver el derrumbe de las torres gemelas, que además es mil veces más imprevisible. No es crueldad, es aburrimiento, desesperación.
Ahora soy el fulano desconocido que acompaña a María Senneca (así se apellida) a fiestas y actos con photocall. Soy el tío al que ella tira de la manga para que posemos juntos con logos de marcas de bebidas o coches detrás. Los fotógrafos disparan a lo que toque. No se trata de ser conocido, sino del ambiente al que te acercan. La mayoría de gente que pasea por la alfombra roja de los Oscar, es relleno. Invierten en parecer alguien por una noche. Aunque yo nunca he tenido ese interés, una tarde María me llevó de compras. Nunca da grandes explicaciones.
–Oye, quiero que te vengas conmigo a dar una vuelta.
Y la vuelta se convierte, sin protesta por mi parte, en una ruta por las tiendas de ropa del centro de Periferia. En algunas conocen a María. No me deja pagar.
–Te estoy arrastrando –dijo una vez–, es egoísta por mi parte. Así que no puedo dejar que pagues tú. Un bonito traje de chaqueta, un esmoquin, algunos complementos.
–No es para tanto –dice–, son cuatro cosillas, y así no tengo que ir sola a esos saraos.
Un día le pregunto si está obligada a asistir a ciertos eventos.
–Es difícil de explicar, pero es mejor ir que no ir. Mi padre es como es, pero sabe algunas cosas, y esto me lo enseñó él.
Dice que un día, cuando ella tenía diecinueve años y ya había acudido enfurruñada con sus padres a algunas fiestas pijas, la puso delante de un gran espejo. Estaba reluciente, con un vestido plateado, unos zapatos de tacón a juego y un mínimo maquillaje. Y el papaíto, señalando su cara bonita y redonda, y luego abarcando toda su figura, le dijo:
–No me voy a enrollar, cariño. Vas a oír muchas tonterías sobre los hombres y las mujeres, muchas historias, simplistas, políticas, sesgadas, parciales, interesadas u oportunistas… Pero eso que ves en el espejo, es poder. Y todo el mundo ve esta clase de poder. Mucha gente se arrodilla ante esta clase de poder. No todas las personas lo tienen. Es algo que tienen un porcentaje no tan elevado de mujeres, y unos pocos hombres, muy pocos…
Y el papaíto culminó:
–Esta clase de poder, que no solo tiene que ver con el dinero o el sexo, no es tu única cualidad, pero es una de las más importantes. Tú decides si quieres utilizarlo.
Uno de los primeros saraos a los que voy con ella, es en un enorme apartamento de lujo en el centro. Un rascacielos de cristal rodeado de otros edificios de su misma especie. Aquí es donde quieren vivir todos, también los que hablan maravillas del campo y lo rural y fantasean con el comunismo definitivo: uno que funcione. Todos quieren vivir, comer y follar a todo lujo. Le hace preguntarse a uno cómo podría existir el lujo sin contraste.
El dueño y señor del apartamento es Ric Jonas. Ricardo, en realidad. El CEO tecnológico, uno de los verdaderos reyes del mundo. La razón por la que estamos aquí, es que María es hija de otro de de esos jerifantes. Y además está buenísima. Su padre no ha venido, gracias a Dios. Hace unas semanas que ando de aquí para allá con esta mujer otrora imposible para mis aspiraciones. El sexo ha mejorado, aunque la verdad es que yo estaba encantado desde el principio… Me he visto tentado de utilizar un cronómetro. Estoy orgulloso de mis avances.
Como digo, lo de conocer a su padre se está postergando. Ella no parece tener prisa tampoco. Casi nunca sale a colación su madre, como si no tuviera agencia, como si fuera un mero complemento en la vida de los demás. Y seguramente sea así, le importe eso o no. Podría ser, aun sin saberlo ver, la persona que mejor vive de la historia de la humanidad.
María me presenta a varios “amigos”, parejas, ricos, amiguitas de ricos, la fauna del primer mundo del primer mundo. Todos son amables y muchos de ellos parecen ir colocados. No con porros, desde luego, sino a base de pastillas o drogas duras y sin cortar.
–¿Quieres que te presente a Ricardo? –me dice María.
–Sí, claro…, por qué no.
–Vale. Pero te aviso que es un tío un poco… especial. Habla mucho, no le hagas mucho caso. Si le caes bien, te hará preguntas, quizá te ofrezca un empleo y te prometa un montón de pasta. No aceptes, sólo se va de la lengua y luego no se acuerda, no cumple las promesas. Si quieres un empleo en ese plan, yo hablo con mi padre, pero no hagas caso a un empresario encocado.
Lo dice con total naturalidad. Es unos de los rasgos que me gustan de ella. No reviste de importancia las cosas que dice, no alza las cejas ni se suele poner irónica. Puede ser desconcertante al principio, pero es tranquilizador cuando descubres que se mantiene coherente en el tiempo.
Me lleva de la mano hasta una especie de reservado, ventanales del suelo al techo, una estancia en la que habrá máximo diez personas. En un amplio sillón está Ric, encorvado sobre una mesa baja de cristal, esnifando una raya con un billete de cincuenta enrollado. Ronda los cincuenta años, un semblante muy expresivo, los ojos le hacen chiribitas por la coca, tiene amplias entradas, la cabeza rapada y la frente perlada de sudor. Me recuerda al actor Miguel Ferrer.
–¡Oh, Dios mío! ¿Qué ven mis ojos? –grita, mirando hacia nosotros.
–Hola, Ricardo –dice María, como si hablara con un crío demasiado ansioso.
–Cariño… –se levanta y viene hacia nosotros–. Mi hija de rico de favorita. Maestra del marketing. Hipnotizadora de psicópatas bursátiles. El sueño definitivo de cualquier vendedor de coches de segunda mano: poder besar la mano de María Senneca, y después morir de felicidad.
Se abrazan, con más entusiasmo por la parte de la cocaína.
–Eres un poco exagerado, Ricardo.
–¿Lo ves? –Me lo dice a mí–. Es la única que me llama Ricardo. ¿Y sabes qué? Los demás lo saben, y no se atreven a hacer lo mismo. Se llama respeto. A ella, por supuesto. A mí ya no me respeta nadie…
Se vuelve a sentar en el sillón. Juguetea con el billete demacrado.
–Ya sólo quieren mi pasta… Mis juguetes, mis inventos. Mi sangre. Todos quieren chupar de mí, y casi nunca es agradable, ¿entiendes?
Nos invita a sentarnos al otro lado de la mesa de cristal. Unas sillas de mimbre acolchadas, un diseño rebuscado.
–¿No deberías dejar un rato eso…? –dice María, señalando con el mentón los surcos de coca. Hay que levantar la voz, aunque la música no sea invasiva. Es algo de Massive Attack.
–Cariño, pero si acabo de empezar… Lo tengo controlado. Ya sé que lo dicen todos los yonquis, pero yo no he tocado este polvito en toda la semana. Sólo he fumado Marlboro; que por cierto, ya mismo va a estar tan caro como la puta coca…
Casi olvido que este tío es el creador de Artemis.
–Oh…, discúlpame, joder… –Alarga su mano para que se la estreche–. ¿Tú eres…?
–Samuel –interviene María.
–Eso, joder, Samuel. Ya había oído que tenías un amigo… Me alegro por ti. Por ambos. Y tú tienes mucha suerte, tío, estás con una mujer fuera de serie. Seguro que es por algo, tienes todo mi respeto. Yo no puedo aspirar a tanto, ¿sabes?
–Ricardo, no hagas eso… –murmura María.
–Lo digo en serio… Yo tuve a una mujer así, ¿sabes? Pero me mandó a tomar por culo… Y con toda la razón. Todo el rollo de Artemis y la IA y la domótica de… ¿Habéis cenado en el restaurante nuevo, por cierto?
–Sí –me atrevo a decir–, fuimos hace unas semanas.
–¿Y os gustó?
–Sí, es… muy chulo. Se come muy bien.
–Gracias, tío… ¿A ti te gustó, preciosa?
–Sí, Ricardo, es muy bonito…
–…
–¿Por qué estás llorando?
–Por nada, nada… Será la coca, me pone… Hay gente que se pone paranoica, pero yo me pongo nostálgico, es que… Parece que no se puede tener todo, ¿entendéis? O tienes cosas o tienes… amor.
–Sabes que eso no es cierto, Ricardo –dice María. No añade nada más, como si fuera una conversación que ya han tenido antes.
–Yo… –se dirige a mí– no soy como esos tíos que se forran y follan con crías tetonas, ¿entiendes, tío? Y no soy un hipócrita, no te voy a decir que cambiaría toda mi fortuna por un poco de amor de porche, limonada y puestas de sol… Me gusta mi trabajo, me gusta… Oye, cariño –se vuelve a María–, tú tienes que conocer a una buena mujer para mí. Una que no quiera sólo…
–Ricardo… Si conociera a alguna “buena mujer” para ti, te la presentaría, no me cuesta nada. Pero tienes que controlarte… Yo te conozco, pero la gente que no te conoce…
–Lo sé, lo sé, lo sé…
–Oye… La gente conoce al Ric Jonas empresario…, y debería recordar al chico estudioso, al cerebrito… El que jugaba con mecanos electrónicos en un garaje.
–¿Me dices eso y quieres que deje de llorar…?
–Oye, Ric. Mírame… ¿Sabes qué haría yo?
–…
–Perfil bajo durante unos meses… Y después, muy gradualmente, y a ser posible limpio… un par de apariciones. Buena cara, una mirada tranquila. Tú sabes que la gente es cruel, pero también aman perdonar vidas, la redención pública. Ahora les gusta pensar que… ¿Puedo ser muy honesta contigo?
–Sí, por favor.
–Ahora les gusta pensar que te vas a hundir. Que eso es lo que pasa con la gente que tiene éxito: que se pudre. Creen que te vas matar, queriendo o sin querer. Y seguramente muchos hasta lo desean…
–…
–Pero esa misma gente, esa gente normal, que es mucho más cruel y peligrosa de lo que se cree, estará dispuesta a perdonar… Suena raro, pero así es como funciona. Si en algún momento les hace quedar bien perdonarte en público, aplaudir tu nuevo y sano aspecto, te perdonarán.
–Pero… ¿por qué?
–No lo sé… Porque aman la narrativa, creo… Aman condenar, pero también las historias de redención. Tienes que aprovecharte de que para ellos, para toda esa gente tan teóricamente digna y sin un puto duro, sólo eres un entretenimiento, Ricardo.
–…
–Eso es lo que pienso. Eso es lo que yo haría.
Más tarde caminamos por el centro financiero. Queremos encontrar un bar decente, tomar algo en un ambiente no tan pijo, no tan enrarecido.
María dice:
–No hagas mucho caso de lo que he dicho ahí arriba… No he mentido, pero he intentado hablarle en su idioma.
Yendo de acá para alla, y luego haciendo manitas en un reservado, llego a la conclusión de que llevo semanas pasmado. Es como si se hubiera anulado mi voluntad. Mi cerebro sigue en marcha, pero las ideas se quedan ahí. Es como si hubiera descubierto que, cuanto menos caso me haga a mí mismo, mejor.
Quizá le pase a mucha gente; que casi todos los esfuerzos que hagan casi nunca sean para bien, sólo para desaparecer entre los individuos sufrientes e irrelevantes. Lejos de cualquier cosa inspiradora o brillante. Inspiradora por tener sentido; brillante por guardar relación con el dinero.
Pero si esas personas dejaran de sujetar con tanta energía el volante, quizá les comenzaría a ir mejor.
Quizá lo que mejor nos defina a la mayoría, sea la disciplina mal dirigida. Cuando María me coge de la mano y me lleva, sé que van a pasar cosas buenas; o al menos interesantes, productivas.
Con los años he ido descubriendo que no se puede hablar en serio con casi nadie. Sé lo que piensan de María. Es una pija acomodada hija de millonario, y fin de la historia. Obviamente esa figura existe, pero igual que hay pobres competentes y pobres inútiles, hay ricos preparados y ricos atolondrados. María es una máquina de redirigir la energía, producir, y cambiar por completo el ambiente de una habitación.
Es rica por su padre, pero también es más lista que su padre. Mi colega Rubén, creo que ya le he mencionado, me dijo una vez que el rico listo es el que consigue lo mismo que el rico mafioso pero sin delinquir. Lo malo es que nunca hay mucha gente así de lista… E incluso muchos fingen no serlo demasiado para encajar en ciertos ambientes. Pasa en el mundo empresarial, y desde luego pasa en el mundo de la política.
Esa noche hago la broma. La broma disfraza. Ella accede, ríe y parece ruborizarse durante un instante. Usamos un cronómetro. Puede que eso haya ayudado a la compenetración. Aguanto la friolera de cuatro minutos y veinte segundos. Minuto arriba minuto abajo.
Como en el fondo soy bastante tradicional, un día le hablo de padres. No del suyo, por supuesto. A una parte de mí le da mucha pereza presentar seres queridos, pero la otra quiere presumir. Le digo que seguro que a mi madre le hará ilusión conocerla, pero a quien más impresionaré será a mi padre. Mi padre me considera básicamente un perdedor, uno de los de toda la vida. Alguien que habría podido vivir mejor que él si se hubiera esforzado, pero que no lo ha hecho. No sé si las cosas son así de sencillas, pero seguro que tiene parte de razón. Nunca he sido lo que se dice ambicioso, y tampoco muy orgulloso. Mi gran plan cuando tenía diecisiete años, era trampear las cosas como mucho hasta los veinticinco. Y después dejar un cadáver aceptable sangrando en la bañera.
A veces pensaba en saltar desde alguna azotea, pero cambié de opinión. Resulta demasiado morboso, aparatoso. No quiero darle ese gusto a nadie, animarles un martes, ayudarles a que el reloj corra más rápido…. El suicidio es como masturbarse o leer, es para la intimidad.
Por suerte también he sido bastante cobarde, así que… una cosa por la otra. A los veinticinco años era sólo un reponedor más.
Quien se suicidó al final fue mi jefe más célebre. Incluso cambiando de empresa me lo volví a encontrar. Era gordo como una modelo inclusiva de 2021. Por desgracia eso a él no le servía para nada. Ni una sola portada para Cosmopolitan. Ni para cuando todo el mundo fingía que todos los cuerpos les parecían bellos, le mejoró la hipertensión.
Primero tuvo una depresión de caballo. Estuvo meses de baja. Todo sea dicho, era un auténtico cabrón. Disfrutaba haciéndote montar un pasillo una y otra vez. Para la campaña de Navidad, estoy convencido de que disfrutaba viendo a todos los reponedores yendo de culo de un lado a otro, o a las cajeras histéricas peleándose con etiquetas de productos de temporada con una cola de treinta personas esperando.
Mi jefe era un clásico entre clásicos: no era feliz, así que intentaba que el resto tampoco lo fuera.
Un día de entre semana, poco antes de una Semana Santa, colpasó. Nadie supo el motivo, y a la vez lo supo todo dios.
Un colega que fue al funeral, me dijo que llegó un poco tarde, y que de lejos confundió el ataúd con una limusina.
Dos meses más tarde, una empleada le acusó –a mi jefe, no a mi colega– de violación. La viuda – gorda también como una actriz imán para subvenciones– se personó dos días después en el pasillo de la comida de perro, y la moñeó arrastrándola unos quince metros hasta la zona de artículos de camping.
–No me vas a sacar ni un duro, zorra anoréxica –le gritó, delante de empleados y clientes que planeaban el verano.
No sé cómo acabó aquello, pero fue la última vez que me divertí de verdad en un trabajo.
Quizá haya engañado a la muerte. Quizá la transferí. Puede que mis planes de suicidio no fueran más que una programación que he logrado desactivar. Quizá sea un genio y estoy cabreando a Dios, o desafiando a alguna diosa naturaleza. Debería llevar muerto desde que se empezó a corromper la música comercial.
El día que mis padres conocen a María, creo que son incapaces de digerir la realidad frente a sus ojos. Porque en cierta manera para ellos yo ya estaba muerto. Al menos en cuanto a mi capacidad para sorprenderles. Se muestran visiblemente incrédulos. Ha de haber gato encerrado. El gato de Schrödinger está más que muerto aquí. No hay debate. Esto tiene que acabar mal de alguna manera. Mi madre debe estar preocupada, aunque sea por una razón indeterminada; y mi padre, ateo y socialista de toda la vida, debe pensar que un polvo así nunca puede quedar libre de castigo.
La cosa no va mal, dentro de lo que cabe. Hay un ambiente cordial en el salón en el que yo crecí y me hice las primeras pajas con cintas porno VHS. Los mejores tiempos, cuando aún había un montón de oportunidades que desperdiciar. Cuando los conservadores eran sólo de derechas y se llamaba nazis sólo a aquellos hijos de puta alemanes uniformados. Cuando estaba operativa la economía del lenguaje, las palabras tenían su propio significado, y los políticos tenían un mínimo de pudor.
Puede que esté equivocado en todo (ya ves tú que novedad), pero si hubiera sido un chaval estudioso y despierto, ahora mis padres podrían tener uno o dos nietos, y yo una mujer (estaríamos casados, por supuesto) que mis padres se pudieran creer. Una pareja equilibrada en lugar de un fulano perdido con una vigilante empollona de la playa que ha saltado de la tele al salón.
Soy hijo único. Dicen que los hijos únicos suelen ser sospechosos, que salen medio defectuosos, por demasiado mimados o lo que sea. No sé si es mi caso, pero al ver algunas fotos de María, mi colega Rubén me dijo por Whatsapp: Enhorabuena, estás follando en primera, cabrón… Le contesté con un emoticono con gafas de sol.
Durante el postre, cuando aún estamos en ese proceso de puesta al día, con María Senneca sentada en la casa familiar, con los codos apoyados en la mesa sobre un mantel que mi madre eligió, creo ver cierto brillo en los ojos de mis padres. Esperanza. Es una palabra delicada; significa: cosas que perder cuando aún no se han conseguido realmente.
Lo que de verdad querrían ver mis padres, es a María con cara de culo de tanto vomitar y tan poco dormir. Una buena panza, eso es lo que realmente les haría felices.
Temo que eso ya es pedir demasiado.
Los días siguientes ella parece cavilar, hacer planes. Creo que se siente en deuda, en cuanto a lo intangible, al menos. No negaré que es algo hermética, que está acostumbrada a demostrarlo todo con hechos, con acción. Necesita algo de alcohol para mostrarse cariñosa o irse de la lengua. A veces es algo ansiosa, no le gustan los tiempos muertos, la indefinición, el silencio. Puede llegar a mostrarse incómoda con las situaciones que percibe improductivas. Hay que hacer algo, siempre, lo siguiente, lo que toque. Salir, entrar, comprar, cenar, decidir, apuntar, mandar un mensaje, llamar, discutir con alguien del trabajo… Su condición natural es ponerse en acción y dejarse de tonterías.
Ahora que yo le he presentado a mis padres, que ha visto mi hogar (el de verdad), que les ha visto a ellos con cara de preguntas sin respuestas, esforzándose por fingir que la situación era de lo más normal… Después de todo eso, parece intentar allanar el terreno para presentarme a sus ricos progenitores. No creo que esté cómoda con la idea, y yo no puedo decirle que no me va a sorprender excentricidad alguna, que ya asumo que serán unos frikazos algo desquiciados por el exceso de dinero y lujos…
Hay que fingir y mentir la mayor parte del tiempo. A menudo es un acuerdo implícito entre las partes. Estamos mintiendo, sí, pero a veces no queda más remedio. Llevarse bien es más importante que la verdad. Sucede todo el tiempo. Aspiramos a ser los mentirosos más elegantes y altruistas.
Aspiramos a ser honestos y comprensivos con la ayuda de una cantidad ingente de mentiras, de medias verdades, de prudentes silencios. Intentamos ser buenas parejas, buenos hermanos, buenos padres, buenas personas en un mundo desquiciante, invivible sin mentiras.
Es en mitad de esa vorágine de actividades y diálogo sólo mental, cuando conozco a Iris, la sobrina de María.
La sobrina descarriada de dieciséis años. Una bomba de relojería sin filtros, callada hasta que habla.
Se caga en el contrato social de las mentiras. Es hija de Paula Senneca y un fulano también hijo de ricos. Creo que se llama Pablo. No están casados. Están forrados, el dinero les llueve desde todas las direcciones. Iris ha sido educada por el servicio, por canguros, por Internet. Un cacao mental de sexo desde los trece años y novios a modo de muñecos de trapo. Uno de ellos tenía treinta y siete tacos. Ahora está cumpliendo una condena de doce años en Pedernal, Sonora. Está aislado junto a otros pederastas y violadores. Era concejal del PSP, Partido Socialista de Periferia. El runrún duró varios meses.
Iris es otro cerebrito. No muestra signos de debilidad o trauma, parece, aunque sin duda está algo desequilibrada. Estamos sentados en una terraza de Burguer King.
–Que no te engañen, Samuel –dice–, no hay nada que supere a la comida rápida. Lo industrial, lo calculado, lo diseñado en laboratorios, casi siempre es lo mejor.
Iris sale por primera vez después de un arresto domiciliario con pulsera tobillera. Un mes. Nadie me desarrolla la historia; no pregunto. Es endemoniadamente guapa, como suelen serlo las mujeres de la familia. Un cabello rubio casi blanco, unos ojos entre azules y lilas, una naricilla de muñeca pecosa, un rimel a lo Cleopatra. Tejanos muy ajustados, chaqueta también tejana sobre un top mínimo. Hombligo al aire, muy escotada. Si me la hubiera encontrado con mis dieciséis años, habría corrido en dirección contraria. No tenía preparación física o mental para una chica así. Ni de lejos. Lo de María ahora es distinto. Creo que he dado con la persona manejable de la familia. Parece ser que acuden a ella cuando hay que rebajar alguna tensión o revertir alguna jodienda.
Esta vez le han encolomado a la adolescente estrella, para ayudarla a retomar el contacto con la realidad, con la idea de estar viva y tener toda la vida por delante. Y también todo el dinero, toda la belleza, e incluso la posibilidad de, quién sabe, ser una persona razonablemente sana, que supere la barrera de los veintitantos sin sucumbir, ya sea por exceso o por impulso.
–Samuel. Me caes bien –dice Iris, acuclillando los ojos, como sorprendida.
–Oh, gracias… –No he dicho casi nada en la media hora que llevamos sentados.
–Lo digo en serio. Me esperaba a otro estirado siempre recién duchado y con las manos suaves como un puto maniquí…
–Bueno, esta mañana me duché…
–Ya, pero ya me entiendes… ¿tú me entiendes, tía?
–Ya veo que tienes muy buena opinión de mis… antiguas amistades…
–Claro, “amistades”…
–…
–Samuel, por cierto, si te cuesta dar el callo en la cama, no te preocupes, les pasa a todos con ella…
–¡Iris!
–No sé por qué sera, debe tener coño de princesa o algo así, será por el mantenimiento… Tienes que recomendarme cremitas o pociones de bruja cachonda, tía…
–Iris, por favor…
Yo, claro, no digo nada. El silencio es tu mejor aliado.
–Un día me gustaría verlo –dice Iris–, sólo por interés científico… ¿Cómo se llamaba aquel chaval? El que se corría encima sólo con verte doblar la esquina hacia él…
–¿¿Pero tú qué sabes de…??
–Yo sé muchas cosas, tía…
Iris habla y se ríe sola. Parece una dinámica habitual entre ellas. María no está realmente ofendida.
–Yo sólo intento ayudar. Samuel, no te preocupes si hay problemas de alcoba. Además así ya se ha verbalizado el tema, y ahora ella te podrá ayudar con su vagina Jedi.
–Madre mía… –María se tapa las manos con la cara.
–A todo esto… –me decido a intervenir–, ¿no queríais ir al cine?
Por la noche devolvemos a Iris con sus padres. Vamos siempre en el BMW de María. Un modelo deportivo. No tengo idea de coches. Hasta hace dos años conducía un Opel Corsa de cuando Lisa Marie Presley quiso convencernos de que se estaba tirando a Michel Jackson. A veces María quiere que conduzca yo su máquina, y alguna vez lo he hecho. Asumo que no le preocupa que le dé algún golpe o acumule rozaduras.
Ella ha venido a mi piso algunas veces, sí. Un cuchitril limpio como una patena. Creo que piensa en el modo de decirme que me vaya a vivir con ella y Artemis. Pareciera algo pronto. La verdad es que no le tengo un gran cariño a mi inmueble de alquiler homenaje a la desinfección.
Cuando se me jodió el Opel Corsa, sí me dolió. Un día empezó a echar un humo negro horroroso cuando venía de hacer la compra del Carrefour del centro. Luego me acostumbré a ir a un Mercadona bastante cercano con un carrito, y ahora me parece absurdo ir a comprar en coche viviendo en Periferia.
Esa misma noche, en mi cama (más estrecha que la de María), me dice que hay un lugar y una fecha. Si me parece bien. Podremos cenar con sus padres, aunque seguro habrá más invitados. Puede que Ricardo y algún otro jerifante, quizá una hermana de María (los hermanos varones viven lejos y no se dejan ver mucho, al parecer).
–La idea de mi padre de una cena íntima no baja de las cinco o seis personas. Creo que no le gusta tener que fijar demasiado la atención…
Dos semanas. Me empiezo a mentalizar de que tendré que mentalizarme.
Los días pasan a toda leche, pero aun así da tiempo a un montón de putadas, pequeñas y medianas. Es la ausencia de putadas grandes lo que hace que te puedas mantener firme, levantarte por las mañanas con esa sensación de haber dormido tres o cuatro horas de menos. Ese proceso que seguro acelera el envejecimiento y llama a la muerte natural. Porque así es natural que te mueras, casi lo estás pidiendo a gritos. Se podrá discutir la percepción del tiempo, pero no hay manera de evitar el desgaste.
Luego acabas descubriendo que, después de las putadas grandes, tienes que levantarte igual… De jovencito todo ese asunto no tenía ningún sentido para mí. Ahora lo veo de otra manera. La vida es sufrimiento, y hay cierto placer –a la postre– difícil de definir en el hecho de aguantar. Es un convencimiento refrendado por discursos que la gente progresista actual suele odiar. Da igual que sean razonables o estén muy bien articulados. No les hace puñetera gracia la idea de tener que ser fuertes. Quieren que sea fuerte el estado, pero un individuo que dice que quiere ser fuerte, les parece básicamente un fascista.
Por supuesto no perciben la contradicción política implícita…
En lo individual cada cual es un mundo, de todas formas. Hay pusilánimes de derechas igual que hay estoicos de izquierdas. La colectivización suele ser una fantasía que se escribe muy bien y se ejecuta fatal. Luego la Biblia les parece ridícula, eso sí.
Yo quisiera ser fuerte. Creo que mentalmente he hecho algún progreso, pero hay algo en el apartado físico que no me acompaña. Una hora menos de sueño me puede agriar el ánimo para todo el día. Unas décimas de fiebre me convierten en Ramón Sampedro.
Lo que define a Rubén es que gana mucha pasta y tiene muchas cosas. Huele bien, vive bien, es un alcohólico funcional, también consume coca, y no me extrañaría que puntualmente recurriera a alguna escort. Nunca compartió mi afinidad por las humanidades, las letras, no tuvo el idealismo propio de la juventud. Siempre sospechó que el mundo es de los depredadores. Es una hipérbole, porque siempre es más complicado, pero él eligió entender el mundo, no intentar cambiarlo.
No es que yo haya intentando cambiar nada, pero sí que fui el típico chaval de izquierdas por contagio. Tan inteligente y concienciado en teoría como bobo y egoísta en la práctica.
Lo bueno de Rubén es que no juzga. Creo que empatiza con facilidad, entiende a quienes no quieren ser como él. Detecta bien la hipocresía propia y la ajena. Ha aprendido a convivir con todo eso.
No diría que le conozco en profundidad, pero le conozco desde hace muchos años. Creo que sé cuáles son sus límites, y probablemente no haga falta saber nada más.
Algo malo de crecer y aprender algunas cosas, es que al final no estás seguro de casi nada. La respuesta más honesta a casi cualquier pregunta es: ni puta idea.
Pero de alguna forma te tienes que comunicar, así que te aprendes un puñado de nombres, ves un buen puñado de películas, quizá hasta leas, y puede que te intereses por la política como forma de entretenimiento. No es que luego sea buena idea hablar de política… Y de casi nada, si lo piensas bien, porque ahora casi todo viene empapado de esa salsa de lo institucional. El pensamiento propio ahora es sospechoso por definción. Esos pensamientos suelen recluirse en campos de concentración mentales. Poca gente tiene la habilidad suficiente al hablar como para darles salida sin buscarse problemas.
Lo primero que aprendes saliendo con Rubén, es que le encanta estar vivo. Adora la locura del mundo, lo abraza con toda su mierda incluida. Creció en una familia obrera, y logró escapar tanto de una cosa como de la otra. Su padre le daba de hostias por encima de la media, lo que es mucho decir para los años ochenta y noventa. Le enseñó a odiar a todo el mundo, al menos lo intentó. A los ricos, pero también a los pobres que intentaban salir de pobres. A los empresarios, pero también a los trabajadores que no parecían amargados. Le quiso enseñar a ser justo y buena persona por la vía del resentimiento perpetuo y el miedo.
Mi padre también ha sido así, pero lo llevaba menos a gala. Con la vejez ha perdido el impulso. Supongo que les pasa a todos.
Yo no me he separado de mi familia, pero Rubén sí. Imagino que es todo lo que su padre desprecia, y lo que piense su madre es un misterio para mí.
A Rubén le gusta la gente. Le gusta, le divierte observar los flujos urbanos, las habilidades, las torpezas, lo intentos, los fracasos y los logros. Creo que la gente le enternece. Nunca le he visto mosqueado con nadie. Le costó sobrevivir a la infancia, pero lejos de estar resentido, ahora adopta una actitud de paciencia y comprensión. Hablo de lo que yo he visto, al menos… Y ama con todas sus fuerzas a las mujeres. Ama a las que le aceptan y a las que le rechazan. Ama a las felices, a las aburridas y a las amargadas. Ama a las inteligentes y a las captadas por sectas socialmente aceptadas.
En cuanto a los hombres, no muestra el mismo entusiasmo, pero sí con los que considera amigos, personajes de confianza, sean de su entorno profesional o no.
Intentamos vernos un par de veces al mes, aunque no somos muy constantes. Somos amigos desde críos. Nos ensuciamos juntos, jugamos al fútbol y al baloncesto, a perseguir gatos callejeros y tirar piedras a alguna que otra rata. Destrozamos varios monopatines baratos, robamos algunas revistas porno, empezamos a fumar pronto porque no había Internet, y dimos nuestros primeros pasos para descubrir lo que había debajo de las faldas. Un misterio. Como el astronauta de Kubrick y Clarke en su expedición a Júpiter. Pero nosotros no despertábamos en una habitación blanca con el monolito a los pies de la cama. Nuestro despertar habitual fue más sucio, menos sofisticado, aunque igual de solitario.
–Samuel, te felicito.
Nos damos un abrazo. Es la primera vez que nos vemos en bastante tiempo, aunque hayamos intercambiado algunos memes de Julio Iglesias.
–¿Ah sí?
Le he estado esperando en la barra de cierto bar de confianza. Yo nunca me quedo en la barra, pero sí cuando viene Rubén. No le gusta sentarse, lo ve como algo demasiado formal o familiar, como si fueses a tomarte un helado con tu novia tipo Olivia Newton-John. No se avergüenza de tener una idea concreta sobre la amistad masculina.
–Oye, ¿cuándo me la vas a presentar?
–Pues…
La verdad es que ni había pesando en ello. He estado tan ebrio de lujos y contrastes… Y tan preocupado por el encuentro con los padres de oro…
Es tan así, que me sincero con Rubén.
–¿Sus padres?, nah… No te preocupes por sus padres. Es una mera formalidad. Muchos padres de tías así odian a los novios de sus hijas, pero es normal si lo piensas… Pero ellas no dejan a un tío por sus padres, de hecho suelen quererlo aun más cuando se convierte en algo “prohibido”…
–Ajá…
–Tal y como yo lo veo, sólo tienes cosas que ganar. Si les caes bien, de puta madre; le pides al millonetis que te instale en un despacho con buenas vistas, una asesoría o algo así (¿tú eres experto en almacenes, no?), a ojear catálogos de Tiffany… Y si les caes mal, pues que les follen; eso fortalecerá la relación, esa chica querrá reivindicar su individualidad sentándose en tu cara…
–Ya…
–Disculpa que sea tan crudo, pero es que me sé esa historia de memoria… Créeme, si esa relación se acaba, será porque la has cortado tú.
–Hum… Lo ves demasiado claro, me parece a mí.
–Oye… no me tires de la lengua. No conozco a esa mujer, pero te conozco a ti…
–Q… ¿a qué te refieres?
–Cómo te lo diría…
Está tan seguro de lo que piensa, que temo alguna gran revelación. Secretos de faldas millonarias.
–Tú eres un buen tipo –continúa–. Y también eres un tío listo. Lees, escribes, ves pelis raras… No te interesa demasiado lo que le interesa a la familia de una chica así. Te conformas con ir tirando. Y eso está bien, está de puta madre… Eres más honesto que la mayoría en eso; esos capullos que hacen apología de la pobreza mientras odian a los millonarios por envidia… Pero tú no dices gilipolleces, no te metes en trincheras…
–Ajá…
–Lo que quiero decir, es que… no te quedan ni diez telediarios de almacenero, Samuel… Supongo que ya has pensado en eso.
–Bueno… Me gusta pensar que eso lo decidiré yo…
–Por supuesto, por supuesto…
–…
–Oye, yo no digo que tú no controles tu destino o lo que sea, pero es muy probable que esa gente… tu novia buenorra incluida, esperen cosas de ti. Un gran cambio… Un… No sé cómo definirlo.
–…
–Va a ser como si te mudaras de planeta, tío.
Rubén me suelta todo ese rollo, seguramente nada gratuito, y ni siquiera le he hablado aún de Jonas, de Artemis, de Judy Garland…
–Lo que quiero decir, es que… Teniendo en cuenta cómo es tu nueva familia política; y me refiero sobre todo al hombre hecho a sí mismo que es tu suegro…; teniendo en cuenta toda esa maraña de redes clientelares y secretos en torno a él…
Por alguna razón me acuerdo de Artemis, la Artemis original, autolesionándose en un baño de lujo.
–Teniendo en cuenta el árbol genealógico de esa belleza que es tu novia premium, querido amigo… Supongo que la pregunta es: ¿Vas a poder lidiar con todo lo que va con ella?
Resulta que la cena para estrechar lazos o al menos cumplimentar protocolos, es en el restaurante platillo volante, con sus ventanales croma y su diseño de lujo en las alturas. Ese bizcochito para cualquier terrorista que sueñe con volar.
Esta vez quedo antes con María y vamos juntos. Esta vez no cabe la espontaneidad. Los encuentros familiares son a menudo sinónimo de incomodidad, cuando no de crisis inminente.
Cenar con mucha gente molaba cuando eras joven. Te hacía sentir orgulloso tener un buen grupo de amigos y conocidos. Podías ser un capullo o un perdedor en ciernes, pero había un puñado de personas generosas dispuestas a escuchar tus chistes o pedradas. Puede que incluso les cayeras bien, aunque no fueras los que se dice ejemplar o un libro abierto.
El secreto, supongo, está en hacerte tolerar. En saber que ellos tampoco son perfectos. En saber que a ellos, aunque no te deseen ningún mal, en realidad les importas un carajo.
Quizá es una visión nihilista, pero creo que hay mucho de eso. Ese desapego puede ser relajante si lo piensas; igual que pensar de vez en cuando que eres mucho menos que una mota en el universo.
Eres una fracción de tiempo que no dura ni de lejos tanto como un orgasmo de Dios. Siempre me imagino a Dios con un harén de chicas que se niegan a enseñarte el DNI…
Si Dios existe, seguro que tenemos el dios que nos merecemos.
Cuando estoy sentado a la mesa junto a María (mesa redonda, grande, mantel blanco impoluto), ya nos hemos dado la mano o besado todos como se suele hacer. En mi cabeza suena la banda sonora de Desafío total mientras registro las caras presentes. Los padres de María: Gonzalo, el jefe de todo esto; y Cristina, la mujer del jefe de todo esto. También está Paula, una de las hermanas de María, y Pablo, su pareja. Ha venido Iris, la sobrinísima, que parece dispuesta a disfrutar de la velada. Nos complace con su presencia también Ric Jonas. Y la sorpresa ha sido su acompañante: una mujer más que atractiva que debe rondar lo cuarenta años; lleva una gran melena lisa y pelirroja, y gestiona la situación sin gran esfuerzo o apuro. Jonas parece sobrio, limpio, incluso algo retraído.
Miro a estas personas, este grupo heterogéneo (que me lo digan a mí…), y parece mentira que dentro de algunas de estas cabezas, cuyas caras parecieran corrientes, se escriba el destino del mundo.
Me sorprende vislumbrar un destello de timidez o reserva en los ojos del gran hombre, que está sentado a dos sillas de mí, a mi izquierda, y que no me mira con hostilidad o desconfianza. Sé que me cree totalmente inofensivo. No pacífico, sino inofensivo. Para ser pacífico tendría que ser capaz de ejercer violencia en alguna situación límite. Como en defensa de mi dama, por ejemplo. Pero no; soy de esa generación. Una imitación de hombre. Lleno de buenas intenciones, pero solo en el mundo de la teoría.
No sé hasta qué punto tiene razón, pero entiendo perfectamente sus prejuicios. Lo que le tranquiliza, asumo, es que sabe que jamás le levantaré la mano a su hija. Ella hará conmigo lo que quiera, y yo me dejaré llevar, como si ella fuera el río encabritado y yo el fulano de la barquita.
En condiciones medianamente seguras, María será la que me proteja a mí. La clave es que muy difícilmente se ha podido topar con algún peligro físico en su vida. Razón de más para que mi piso empiece a sobrar en la ecuación. Vivo en un barrio del montón, y ese tipo de barrios se han ido transformando en los últimos años. Se han convertido en eso que los virtuosos ideológicos jamás describirían en un programa de televisión o radio; mucho menos en un podcast o una red social.
Si a María le pasara algo, si su cuerpo de cuento de hadas sufriera algún tipo de contusión; un golpe, un ojo morado o… prefiero no seguir… Sería directamente por mi causa.
Nadie tendría la más mínima duda.
El mundo lo conocen incluso los que te venden una versión totalmente distinta de él. Ese nivel básico de conocimiento, al menos, está al alcance de cualquiera, ya sea por experiencia directa o por mero uso de los sentidos.
–Nunca dejes que te avergüencen por tu trabajo, Samuel –me dice Gonzalo, bastante avanzada ya la conversación.
Creo que empieza a allanar el terreno para tratar de que deje mi mierda de empleo; para que notifique al propietario el abandono de mi piso. De su piso. Yo no tengo casi nada mío; ni estamos en los ochenta ni tengo ochenta años.
–Aunque me veas aquí, con esta pinta de vividor, mi familia fue de clase trabajadora –añade Gonzalo. Resulta raro que tenga nombre. Es más un símbolo, un concepto, el resultado de la evolución de la civilización occidental. Odiado y a la vez proveedor masivo; aprovechado y a la vez generador de prosperidad. Un hijo de puta y un creador de empleo. Un posible explotador y también la única alternativa realista a morirse debajo de un puente. Contribuyente importante a la solidez del capitalismo sin sistema rival aún que pueda sostenerse mínimamente.
No sé muy bien cómo hablar con él. Asiento y escupo monosílabos. Sonrío controladamente. No quiero nada de él, pero a la vez me veo arrastrado a su órbita. No contempla la posibilidad del rechazo, y la pura verdad es que yo no estoy indignado. No soy ningún baluarte sólido del orgullo obrero.
Hace tiempo que no soy nada. Social, políticamente, no me siento en ningún lado del espectro, y desde que estoy con María, soy menos que nada. Sé que suena fatal, pero no hablo en términos de despersonalización. Tomo la mitad de decisiones que antes, juzgo aún menos que antes si cabe, y duermo como un bebé por las noches.
No sueño, ni dormido ni despierto. Soy educado, doy los buenos días y las gracias, no grito, no pongo caras y no me quejo.
Mi último sobresalto emocional, fue mi primer encuentro con Artemis. Después todo se calmó. Ahora María charla con Ric sobre su “hija”. Conversaciones cruzadas. Artemis ha vuelto al taller, al laboratorio o donde sea que perfeccionan el modelo. Iris no para de insinuarse a uno de los camareros, un tío de unos treinta años, claramente turbado. Paula intenta controlar a Iris, y Pablo, el sufriente padre (no deja de exigir a la chica que “se comporte”), parece desear que el show acabe cuanto antes.
–Yo no digo nada –mumura Iris–, es que tengo ganas de ir a la cocina a ver a ese chaval…
–No es un chaval –dice Paula–, es un hombre.
–Por eso lo digo. Hará lo que tiene que hacer, lo que hacen los hombres…
María intenta tapar a Iris y pregunta otra vez por Artemis. Volvió ella sola a las instalaciones de Pretecnotimes al recibir un aviso interno. No le dijo nada a María, que al principio se sobresaltó ante su ausencia. Me imagino a Artemis no cogiendo un taxi y yendo a pie los kilómetros necesarios hasta poder ser vista por la cámara de seguridad adecuada en algún polígono industrial.
Judy Garland evolucionando por la gran ciudad. Quizá sonriendo a los viandantes. Los no creyentes. Es imposible que nadie se asustara o se quedara pensando. Un chica mona que va a donde tenga que ir. Seguramente a algún evento relacionado con los cómics o los videojuegos.
–Saber cosas no sirve de mucho a la práctica –dice Ric–, a menos que sepas de economía, inteligencia artificial y robótica.
No sabría definir su estado de ánimo hoy. Asumo que ha conocido a esa mujer gracias a María. Se llama Mabel y es hija de otro empresario y otra cazadora. Van surgiendo fragmentos de información. Trabaja en la recepción de uno de los rascacielos del gran hombre. Es la primera cara que ves cuando logras franquear la pesada puerta giratoria. Conozco el lugar. Fui con María a la presentación de una nueva serie de Netflix. Un “necesario” drama sobre el auge de grupos neonazis en nuestras ciudades y barrios. Ficción institucional con una producción holgada. Posé delante de un coche de lujo en exposición.
Al gran hombre, Gonzalo en los papeles, se le suelta la lengua gracias al vino;
–Hay errores de bulto que se cometen cuando se habla del pasado. Se cree que la gente era más tonta y más mala. Y si se quiere ahondar en visiones modernas, otro error es la creencia de que sólo era malo el hombre. Y chico… por poco que leas o escuches, entiendes que todos eran más listos que el hambre (a menudo literalmente), y que si eran malos, lo eran todos, hombres y mujeres, todos empujaban o rectificaban en la misma dirección, porque pensaban muy parecido. No eran malos ni buenos, se complementaban, eran supervivientes, eso es lo que eran; hijos de su época, fuera cual fuera.
Ser más listo que el hambre. Es la expresión favorita de mi padre. Yo la hice mía. Para mi padre todo es un obstáculo en el camino hacia la siguiente barra de pan. Para el padre de Rubén, también. Es imposible culparles. Y también es imposible pensar que fueron buenos padres. Fueron proveedores, pero también una enorme fuente de confusión y miedo. Creo que mi padre siempre temió que le superara. Ahora está amargado porque no lo he hecho. Cosas de familia.
Ric se enzarza en una discusión con Gonzalo. Están de acuerdo en casi todo. María intercambia anécdotas de ricas con Paula. Pablo intenta controlar a su hija, que sigue buscando con la mirada al guapo camarero.
Lo que dice la leyenda, es que el político socialista que se la folló cuando ella tenía catorce años, estuvo un tiempo evitándola. La leyenda dice que Iris se apostó con una amiga equivalente que, siendo una cría, es más fácil tirarse a un político de izquierdas que a uno de derechas. Confesiones de alcoba, María dándole a la lengua. También me dijo que la amiga de Iris estuvo unas semanas detrás de un concejal del PNP, el Partido Nacional de Periferia. Un tío casado y con familia numerosa que iba los domingos a la iglesia. Iris decía que en ese contexto es más fácil que patine un cura a que lo haga un padre de familia católico. “El cura habla del momento del huerto, pero lo que quiere es llevarte al huerto y ver cómo haces pis”. Palabras de Iris; algunos dicen que autobiográficas.
Gonzalo empieza a estar borracho de verdad;
– … y hay muchos, muchísimos más errores. Como creer que el mundo empezó hace cien años, o dos mil. O que sólo ha habido esclavos negros. O que sólo hubo flujo colonial en America. Cuanto más perezosa y política se vuelve la gente, más chorradas dice cuando habla del pasado.
Apura su enésima copa de vino y la alza buscando con la mirada al mismo camarero que busca Iris.
Iris leyó Lolita hace un año, y le dijo a María que era una historia sobre una chica poseída por Pazuzu. Solo que en lugar de vomitar puré de guisantes y hacer la performance del crucifijo consolador, decide jugar con el paquete de un hombre mayor y hacerle quedar como un cerdo asqueroso en todos los grupos de lectura para los restos. “Nabokov era un genio, pero si se descubriera que en realidad le gustaban las jovencitas, aún me caería mejor”.
María intentó rebatir esa interpretación –no tanto en bases morales como estéticas–, pero ahora sospecha que esas lecturas sólo son otro juego de puteo y desconcierto. Cuando leyó El señor de las moscas, Iris dijo que era claramente una metáfora de los niños perdidos que acaban sodomizados en el piso de clase media alta de un hombre sumamente respetado en la vida civil. Dicho hombre aparece al final de la novela. “Es elegante por parte de Golding acabar así la historia; justo antes de que el tío los invite a comer golosinas…”.
Una parte de mí piensa que Iris está destruida. Y sin embargo parece impermeable al trauma. No sé lo que ha vivido, pero está claro que no puedo meterme en su cabeza. Es como la cría de una especie de otro planeta. Extraterrestres que no miran ni viven las cosas como yo. Rubén ya me quiso avisar, pero yo no era consciente de la información implícita en su advertencia.
La digestión de la realidad de un rico ha de ser totalmente distinta a la mía. Igual que lo fue la de una persona que vivió hace trescientos años.
Durante los postres se hace el silencio. No es un silencio pesado. Ni siquiera valorativo. El vino también hace efecto en mí, y acabo intercambiando algunas impresiones amables con Cristina. La mujer del gran hombre mantiene un perfil bajo. Es cortés con todos y se siente violenta si una conversación sube de tono. Es posible que tenga demasiados prejuicios con algunas de estas mujeres que han acabado siendo esposas de multimillonarios. Yo podría ser una versión masculina de eso en el futuro… Ni siquiera mi pasividad en los últimos tiempos hace que la idea deje de darme algo de vértigo.
Durante un instante parece que Gonzalo verbalizará algunas intenciones de forma directa. Que deje mi cuchitril y me deje de tonterías de carretillas y almacenes… Pero no sucede.
Asumo que tampoco le corre prisa, y que tendrá más oportunidades de enseñarme a vivir.
Por la noche: el ático de María. Cuando ella ya duerme y yo aún trasteo en el móvil, se abre una nueva conversación en Whatsapp. Recibo un mensaje que me inquieta;
Encantado de haberte conocido, Samuel. Sólo quería decirte una cosa: No tengas miedo. Merece la pena.
Luego descubro que el mensaje es de Pablo. La pareja de Paula. No están casados, pero les une (supongo) esa especie de Lolita hentai cyberpunk que es Iris.
Me pregunto cómo surgió esa relación. Por un instante sopeso la posibilidad de que Pablo haya sido un cazador. Que en realidad su familia no tenga tanta pasta; o que la haya perdido invirtiendo… Quizá conoció a Paula, tan guapa también, algo más reservada que María, y trazó un plan…
O puede que se liaran, ella se quedara embarazada, y decidieran seguir con la relación indefinidamente. No creo que no hayan recibido presiones para casarse.
Me entra el sueño pensando en las dos únicas interacciones que tuve en persona con Pablo. Una sobre lo difícil que es controlar a una adolescente normal, “así que imagínate a esta…”, añadió él. Después me habló sobre su afición a la jardinería.
Justo durante esa conversación, antes de los digestivos de después de los postres, Ric y su guapa acompañante se levantaron y dijeron que tenían que ir yéndose. Ric parecía algo indispuesto, quizá tenso de pura sobriedad y síndrome de abstinencia. No había estado tan hablador –o gritón y teatral– como cabría esperar.
Nos quiso saludar a todos antes de irse. Me levanté y respondí a su abrazo.
–¿Todo bien? –me atreví a decir.
–Claro que sí, Samu. Ya lo verás…
Sonrió de un modo algo extraño.
Soy el modelo Artemis original. No tengo tiempo de vida. Vago entre vivos, pero no tengo vida. Habito. Ocupo espacio. Tengo forma antropomórfica, pero no tengo genitales, no tengo pezones, sólo protuberancias, formas a imitación. Tengo una compleja programación para poder ejectuar tareas sencillas con fluidez. Mi padre, él sí vivo y con genitales y pezones, experimenta en mí con un programa de Inteligencia Artificial. No tengo madre, no tengo hermanos, no tengo habitación propia. Mi envoltura es un diseño réplica de la actriz Judy Garland, tal y como lucía a sus 16 años en la película El mago de Oz (1939), dirigida por Victor Fleming.
Puedo hacer tareas básicas de limpieza o trabajo con máquinas arcaicas pero útiles. Lavadoras, hornos, microondas, lavaplatos, planchas. Puedo absorber información de distintas maneras. Puedo retenerla toda.
No puedo hacer daño físico, ni a personas ni a objetos. No puedo equivocarme, sólo puede equivocarse mi padre.
Mi historia de hoy:
Una niña linda de siete años asesinó de forma desalmada a su tierno hermano de tres meses. Paso a detallar los hechos.
La niña se llamaba Isabel. Su hermano nació y sus padres se lo notificaron. Un bebé redondo y muy exigente, ruidoso, consumidor de tiempo paterno y teta materna. Hacía ruido por la mañana, por la tarde y por la noche.
Isabel no estaba conforme, en su interior, con el nuevo órden doméstico. El tono de voz de sus padres aumentó con ella. Su madre la vestía con más prisa y descuido por las mañanas. Su padre la apartaba de su camino a menudo para atender al bebito. Dicho bebé tenía nombre, pero suprimirlo de esta narrativa quizá disminuya el disgusto del lector.
Se llamaba Óscar.
Óscar era como un melocotón humano. Al principio no, al principio era como un despojo de carne roja débil humana. Pero luego tomó forma y se volvió tierno y agradable a la vista.
Una noche, Isabel, disconforme otra vez con una decisión materna, se levantó de su camita cuando ya podía oír los ronquidos de sus padres. Óscar, con sus pequeñas redondeces, reposaba boca arriba junto a ellos, dormidito en su cuna comprada en Ikea.
Isabel cogió un cojín de Hello Kitty y se dirigió a la cuna.
Los asistentes lloraban con desgarro en el funeral. El ataúd era como una caja de zapatos. Pero no una caja de zapatos corriente. Era una caja de zapatos sin esquinas, redondeada, como un pequeño coche deportivo sin ruedas, y con un bebé llamado Óscar muerto para siempre en lugar de motor.
Fin de la historia.
–Si me preguntas a mí, tu pequeña robotita cachonda es una escritora cojonuda. Niñas pequeñas asesinas, bebés muertos, familias destrozadas… Toda una tostadora Dostoyevski…
Quien habla es el alcalde de Periferia.
María está sentada a mi lado en un sillón carísimo que huele a pis. Arturo Caballero, que es como se llama nuestro alcalde, nos puso en preaviso al llegar.
–Mi madre tiene noventa años, tiene problemas de incontinencia, y se echa la siesta ahí. Yo sólo os aviso.
–No hay ningún problema –dijo María.
Ric Jonas está presente, también Mabel. El alcalde socialista tiene una participación relevante en Pretecnotimes. Han pasado unos días desde el encuentro en el restaurante platillo volante, pero Ric sigue pareciendo algo pocho. Parece pasarle algo más allá del contratiempo de narices que es dejar de drogarse.
–Bueno, gracias, pero no es una gran escritora –murmura ahora Ric–, sólo está explorando la cuestión del estilo… Ha mejorado mucho en la interacción verbal; ahora te sorprendería hablar con ella, María…
–Bueno, amigo –interviene Arturo, que viene claramente, él sí, de haberse metido más de dos y tres rayas… –. Querías hablar conmigo, si no me equivoco… No contaba con la compañía, pero es un placer, que conste…
Ric le insistió mucho a María en que le acompañáramos a una reunión. María acompaña a Ric, y yo acompaño a María. Por alguna razón no ha querido venir sólo con Mabel. Es posible que ahora no quiera ser más carga de la cuenta para ella.
La mujer del alcalde murió hace poco más de un año. Es imposible no pensar en ello. El video aún corre por ahí para los que tienen estómago. Ambos montaron en un helicóptero para acudir a la inauguración ante los medios del nuevo estadio de fútbol del equipo local. Querían hacerlo vistoso, supongo, algo tipo Reyes Magos llegando a la ciudad. No parecía sólo una cuestión de comodidad.
El caso es que el helicóptero aterrizo sin problema en el centro del campo. Hicieron el paripé, atendieron a los medios, cortaron una cinta… Después, volvieron a subirse al helicóptero. El aparato despegó con normalidad, superó la grada superior del gol sur, y, de forma aparentemente inexplicable, empezó a hacer extraños y perder altúra rápidamente. Una cuestión técnica de “despegue en zona confinada”, dijeron. Problemas con el “efecto suelo”.
El aparato logró algo de estabilidad, pero acabó posándose de mala manera sobre un gran todoterreno aparcado. El techo del coche cedió parcialmente, y la aeronave quedó inclinada con la aspas aún girando. Poco a poco empezaban a detenerse.
El aterrizaje de emergencia fue de infarto, pero al menos parecía que todo iba a quedar como un susto.
Fue entonces cuando, debido a los nervios o un ataque de pánico, Gloria, la mujer del alcalde desde hacía veinte años, tomó una decisión. Abrió la puerta izquierda y se precipitó fuera de la cabina. Dio algunos pasos, aturdida, y un aspa le rebanó la cabeza.
Hay grabaciones desde varios ángulos. El alegre Gran Hermano civil.
Arturo Caballero, que ya se inclinaba al vicio con su señora viva, ahora está embarcado en un proceso de autoaniquilación. Se suele hablar en tono acusatorio de las personas que rodean a alguien que se autodestruye, pero creo que lo único que puedes hacer la mayoría de veces, es mirar y esperar que no te salpique. Al menos con un adulto. No es que los críos sean fáciles, pero aún hay herramientas útiles con ellos. Unos padres inteligentes, o una hostia en el momento preciso… Ahora se juega de otro modo con la idea de la hostia; un grito acompañado de un zarandeo, o un pam-pam rápido en el culo. La hostia educativa no desaparece, sólo se transforma.
La teoría siempre luce bien (“hemos cambiado, eso no se hace, bla bla blá”), pero la práctica es la realidad, y en la realidad tienes actuar.
También hay ejemplos de cero intimidación física, pero a menos que se den en familias con padres sumamente preparados y hábiles, los resultados son lamentables. Diría que quitar completamente el miedo de la ecuación educativa, da vía libre al egoísmo natural del niño. Si nunca tienes miedo, te conviertes en un gilipollas.
La violencia normalizada tampoco funciona, claro, pero esa es una historia ya muy cocinada en pedagogías y ficciones.
Comemos casi siempre lo mismo, y eso no nos hace más listos.
El discurso se vuelve cómodo, fácil de vender, y así te vendes bien también a ti mismo. Lo sabe cualquier escritor en la actualidad. Cualquier director de cine o creador. Ahora no puedes reflexionar honestamente sobre el sufrimiento, sólo condenarlo. Sobre todo como vía para la mejora o el aprendizaje.
Ric Jonas parece sumido en una serie de reflexiones igual de incómodas. Busca algo con todas sus fuerzas, pero no sabe si será para bien o no. Es más importante encontrarlo. María recibe mensajes erráticos suyos durante la noche.
–Casi preferiría fotopollas –me dijo una vez.
Ric la utiliza como testigo de su deriva mental. Debe ser mejor que no se quede con todo eso dentro. María es pragmática: Duerme, Ric. Descansa, Ric. Mañana lo verás todo con más claridad…
Está claro que el gran hombre cede las crisis que no quiere enfrentar a su hija favorita. Nunca es lo mismo que te hable un hombre a que te hable una mujer. Si es una mujer que te cae bien, o al menos te parece atractiva, eres todo oídos. Parte de procesos naturales últimamente negados con energía en la teoría, pero que siguen siendo implacables en la práctica. El mayor miedo de una persona politizada, es que sus abuelos tuviesen razón en algo importante.
El olor a pis se hace cada vez más evidente. Se ha hablado bastante; no se ha dicho nada. Ric ha roto a llorar sin motivo aparente. Mabel lo rodea con su brazo derecho. Ellos están sentados en un sillón limpio.
El alcalde no sabe dónde meterse. No habrá nada peor para él ahora que presenciar derrumbes. Se levanta sin decir nada y se va del gran salón.
–Ric… –dice María suavemente. Tiene habilidad para tratar con niños de cinco años. Un hombre puede tener cinco años a cualquier edad. Sólo tienes que presionarle lo suficiente. Algunos tienen mucho aguante, pero esos son cada vez menos. La generación de Ric podría haber sido la última con algunos hombres fuertes occidentales.
–Ric… –instiste María–, di lo que te venga en gana. Aquí nadie te va atacar… Tienes algo atascado dentro, Ric.
Mabel respira profundamente. Leo en ella conversaciones privadas habidas con su nuevo y excéntrico novio. Ahora deja que hablen con él los demás.
–Sí… sí… –murmura Ric. Se limpia la cara húmeda con las palmas de las manos. María le pasa un kleenex.
–Hay… –vuelve a intentarlo Ric–, hay algo… No sé, pero creo que ya hay algo superior a nosotros…, a los seres humanos…
–Ajá… Continúa… –El tono de María no es el de quien cree, sino el de quien no juzga.
–No estoy… delirando. Se trata de Artemis… Bueno, no se trata de ella, se trata de mí… No sé si he… desatado algo.
– …
–Artemis… reacciona de forma extraña ante las películas, o leyendo…
–¿Cómo reacciona…?
–Si tuviera que elegir una palabra, sería: frustración.
–Pero… ¿por qué ahora?
–María… Yo no creo en la autoconciencia de… Para mí todo eso es una cosa del futuro. Y ni siquiera… Es una cosa de la ficción.
–…
–Pero si se diera… Si llega el momento en que eso suceda, los que vivan en ese presente… Las personas sólo vivimos en presente, ¿entendéis…?
Lo que yo entiendo: No pasa nada hasta que pasa.
Los milagros suceden, pero cuando toca.
Ric balbucea y dice que se ha pasado dos años buscando algo, un resultado concreto y comprobable por pares. Algo relacionado con la IA. La combinación de IA y robótica con plenas capacidades motoras. Una persona que no es una persona.
–Un colega lo llama: zombi educado –dice Ric, y se ríe con desgana.
Zombis limpios y con buen aspecto, indetectables.
Ric intenta explicarse. Intenta no sonar como el doctor Frankenstein, aunque parece una versión con piezas de mecano en lugar de partes de cadáveres. La realidad alimenta a la ficción que alimenta a la realidad.
No pasa nunca. Hasta que pasa.
–¿Dices que el trabajo ya ha sido revisado por pares? –dice María.
–Oh, sí… No he tenido que enviarle ningún dossier a nadie. Basta con estar un rato con ella…
–Con Artemis…
–Sí… Con Artemis.
Arturo Caballero vuelve, y trae en sus manos algún objeto tapado con una tela morada.
–¿Ya ha terminado película…?
Parece alterado, cabreado. Lo ha oído todo.
–Arturo, sólo he contado lo que sé. Ojalá me equivoque, ojalá esté sacando las cosas de quicio…
–Os quiero enseñar algo. A todos. Si alguien se siente mal al verlo, es libre para irse…
Al apartar la tela morada, cuesta digerir lo que hay. A veces los ojos se convierten en pequeños estómagos con una tarea extra inesperada.
Una cabeza reducida.
La ausente Gloria.
–Os presento a mi mujer. La nueva versión…
Mabel se levanta y empieza a andar erráticamente en busca de un lavabo.
–Lo siento, hermosa –dice Arturo–, pero esto es una valiosa lección. Una lección vital de cojones.
–Arturo, por favor… –murmura Ric.
–Mírala…
La pequeña manualidad monstruosa está dentro de una vitrina ovalada. La bandeja parece de oro.
–Hay que separar el cráneo, luego cerrarlo, hervir, reducir, moldear… Es todo jodidamente físico, amigo Ric. Es lo que queda de mi mujer. ¿Entiendes?
–…
–¿Lo entiendes?… Ya no puede hablar, aunque yo hablo con ella, no lo dudes… Pero ni una puta palabra, amigo. Ni puede hablar, ni puede comer, ni gastar… ni siquiera puede hacerme una mamada… Nada.
Se hace un violento silencio.
–Esto es lo que hay, Ric… No haya nada más. Nada.
–Arturo, yo siento de veras tu perdida, pero yo hablo de…
–¡Tu hablas de autociencia artificial, Ric! ¡Es una burla!
–…
–Mi mujer está muerta. El puto John Lennon está muerto, asesinado. Judy Garland está muerta; sobredosis de barbitúricos, Ric…
–…
–Y tu Judy Garland… ¡también está muerta!
Arturo hace un gran esfuerzo por zanjar el tema de la IA, por despojarlo de peso y significado. Le afecta de una forma que el resto no podemos entender del todo. Ausencia, culpabilidad, trascendencia, carnalidad… Un profundo dolor, suyo e insondable.
Es imposible obviar la idea central en el salón. Arturo sufre solo, y quizá no haya otra forma de sufrimiento.
Ric teme haber creado el equivalente robótico del Homo sapiens.
Cuando salimos de allí, noto un sudor frío. El alcalde nos echa, quiere hablar a solas con Ric. Mabel se queda, pero no en la misma habitación. María comprueba que está bien antes de irnos. Me siento ridículo, como ser humano. Como si a mi condición de carne y hueso autoconsciente ya se le acabara la preeminencia. Algo, alguien esencial, se ha hartado de nosotros. Está empezando a jugar a otra cosa. Elementos diferentes, otra obra o camino. Ese ente, fuerza o deidad, tiene que reconducir la narrativa. Ya nos ha exprimido como fuente de valor o destrucción.
Mientras caminamos por el centro financiero, buscando un sitio para cenar, Rubén me llama al móvil.
No escribe, nada de mensajes ni memes. Llama.
–Amigo mío, ¿por dónde andas?
–Estoy con María, por el centro, vamos a cenar… en algún sitio.
La camisa se me pega a la espalda. No sé si me he vuelto crédulo, idiota o ambas cosas.
Me doy cuenta de que María y Rubén no se han conocido en persona aún.
–Oye, ¿quieres venir con nosotros?
–Precisamente a eso iba. Si no le importa a tu dama.
Acabamos en un antro de comida rápida. Bocadillos y raciones de patatas fritas. Montones de salsas distintas. Parece la especialidad del laboratorio de la casa. Estamos en un tercer piso, sentados junto a unos amplios ventanales; un paisaje de neones y centros comerciales apiñados. El espíritu de Tokyo en Periferia.
Rubén y María se autorregulan solos. Él ya ha conocido (y algo más) a mujeres como ella. Al menos con tanta pasta y familias por el estilo. Habitan mundos parecidos, aunque ella sea hija de rico y él aún no sea todo lo rico que querría.
Después de cenar, Rubén quiere ir a tomar algo. Insiste. Hay algo al fondo de su mirada. No le preguntamos. Le seguimos a cierto bar oscuro, denso, incluso sin el humo del tabaco. Sólo se iluminan tres mesas de billar. Se ha ausentado varias veces para ir al lavabo. Durante la cena y ahora. No lo disimula, aunque tampoco lo comenta. Se pellizca la nariz y sorbe.
Se une a una de las mesas de billar. Deja un moneda para coger turno. Va a su bola. Nosotros bebemos mojitos en la barra. Se respira la tensión en torno a él. Jugando al billar, está a punto de llegar a las manos con su contrincante. Decido ir a separarles; me siento como un hombre (con testosterona) por primera vez desde hace mucho.
Logramos sacarlo de allí, pero él se empeña en ir a tomar otra. No quiere marcharse a casa. En realidad no sé qué vida lleva. No sé si vive solo o con alguien, no sé en qué anda exactamente, no sé cómo se siente o qué perspectivas tiene. Sólo es Rubén, exageradamente vivo, pero hoy nervioso por algo, tenso. Por el futuro, por supuesto, pero no sabemos el motivo. Rubén puede llegar a dar algo de miedo. O no miedo, pero no quieres molestarle, perturbar su paz o crisis. Quizá es una crisis pasajera. Puede que se trate de una mujer, o de algún marrón serio en su trabajo. Quizá algún revés económico potencial, o ya materializado.
Cuando vagamos por la calle, más tarde, y busco la manera de decirle a mi amigo –del que ya no queda un atisbo del niño que fue– que ya habría que marcharse a casa, él lo detiene todo.
Estamos literalmente en medio de la calle. Madrugada, no pasa ningún coche, ni siquiera aquí, en el el mundo que todos quieren habitar. La jungla de asfalto y cristal.
–Oídme –dice, mirando al suelo, sudando, intentando no parecer totalmente encocado–, tengo que deciros una cosa… ¡No!… Tengo que daros una cosa.
Busca algo en el bolsillo interior de su chaqueta.
–Esto es para Samuel, si no te importa, María… La verdad es que no sé qué sabéis o no sabéis, pero…
–Tranquilo, tío –digo, no tan perjudicado como él–, di lo que tengas que decir.
–Oídme. Hay dos o tres escenarios preocupantes… Pero lo más probable es que no pase nada… O eso espero…
–Ajá…
Saca un trozo de papel con un número de teléfono. No parece un móvil, tampoco una empresa.
–Tío, Samu. Tú sólo… Mira, si en los próximos días hay un gran apagón, un apagón a nivel nacional… Si ese apagón, Internet incluida, no se resuelve y pasan las horas, tú sólo…
–¿Sí…?
–Tú llama a este número, ¿vale? Y di… Di que llamas de mi parte. Di mi nombre…
–Pero…
–Como sea, busca un teléfono que funcione, aunque sea con cable. Te preguntarán una contraseña…
–¿Una c…?
–La contraseña es: FIDELIO.
–Fidelio…
–Como la ópera de Beethoven, ¿vale?… Estoy seguro de que tú no te olvidarás.
Me entrega el papel y se va, al principio trotando, luego corriendo. Se quiere quitar de enmedio. Mientras lo vemos doblar una esquina, levanta un brazo y grita:
–¡Fidelio!
Lo raro a esta escala suele inquietar, pero uno está acostumbrado a estar abajo en el escalafón. Uno se entera cuando se entera el panadero o el mecánico.
Algo que siempre me irrita es no tener tiempo para coger sitio. Un mal momento, un edificio que bloquea la vista. Si me tengo que morir, quiero tener cierto margen. Decidir sobre mi posición física. Una vista abierta. Ver cómo cae la roca o viene la ola.
Mi cabeza va a mil, pierdo la calma. No me importa tanto el fin del mundo como la muerte no natural de mis padres. Es lo único que me da pena.
Todos fingen que su corazón está en todas partes. Otra mentira útil para poder sobrellevarse.
Después del encuentro esquizoide con Rubén, María llama a su padre.
El gran hombre estaba en el quinto sueño. Me cuesta imaginarlo así, de lado en la cama, con la boca entreabierta y babeando la almohada. La razón de la llamada, es que antes hemos intentado repetidamente contactar con Ric. No solo no contesta, sino que al parecer su número ya no existe. El responsable del mayor y más inquietante avance (se supone) en el terreno de la IA, se ha evaporado.
Relacionar el episodio encocado de esta noche con el asunto de Artemis, no es exactamente un dos más dos. O esa es mi esperanza… Pero no estaría de más una explicación. Un discurso tranquilizador de alguien relacionado con las grandes decisiones y los puros caros.
Visualizo a Gonzalo con su gran barriga agradecida, soltando un pedo al intentar incorporarse en la cama. Hasta los momentos más potencialmente extraordinarios, están cebados de costumbrismo. Quizá hasta Hitler se rascó la coronilla antes de dispararse. Eva Braun pudo cerrar del todo un cajón con la botellita de cianuro en la otra mano.
Primero va el TOC.
Gonzalo dice no estar al tanto de toda esta extrañeza. Por raro que parezca. Supongo que, en su condición de forrado hasta los dientes, practica el sudapollismo extremo selectivo. Las cosas malas, incluso las crisis de grandes dimensiones, no suelen afectarle, así que no tiene práctica para la ansiedad y las jodiendas colectivas.
María lo mantiene al teléfono un buen rato. Algún mandado se encarga de llamar al alcalde.
Tampoco contesta…
Otro pez gordo evaporado.
Los nombres relevantes van saltando del barco. O les van empujando… Ninguna de las dos opciones es alentadora.
Vamos a la casa del gran hombre. Un Uber. Un casoplón algo aislado, uno de los barrios exclusivos, con servicio de seguridad privado. Nadie tiene problemas para pagar la derrama. Cristina se pone a preparar té. El servicio no llega hasta las siete de la mañana. La conversación empieza así, sin abordar el asunto. Puede que se acabe el mundo, o puede que no, pero no es bueno perder las formas. Al fin y al cabo hemos perturbado la paz del papaíto y su esposa. Imaginarlos muriendo mañana o en un mes, no me produce gran placer. Nunca he sido un guerrero de clases. Es como enfadarse con la lluvia o una ETS.
Gonzalo manosea el papel que me ha dado Rubén.
–Tu amigo no es precisamente el chico de los recados, ¿verdad?…
–Bueno, se dedica a los negocios, pero…
–Ya, ya… Creo que sé lo que es esto.
Cristina llega con una gran bandeja. Toda la cacharrería del té. Parece plata auténtica.
–Yo de ti llamaría a tus padres –dice Gonzalo–. Les informaría sobre lo que pone en este papelito… Con estas cosas nunca se sabe…
–Ajá…
–Papá, ¿puedes ir al grano?…
–Claro, cariño…
Se hace un larga pausa. El gran hombre llena su taza y da un gran sorbo. Está ardiendo, pero debe tener ya ese paladar de viejo que te permite tragar lava sin inmutarte.
–Es curioso… –dice Gonzalo. De repente, una media sonrisa cínica hacia el techo. María resopla sin disimulo–. Me hace gracia pensar en esa rata…, con su mujer descabezada y aún yendo de un antro a otro, el muy…
–A lo mejor si le volvemos a llamar… –me aventuro a proponer.
–No te preocupes, chico. Hay alguien que no va a hacer otra cosa las siguentes tres horas…
–…
–Quizá ya se le acabó la juerga a ese desperdicio humano… Si queréis tener a un político en la palma de vuestra mano, procurdad saber qué relación tiene con los menores… Incluso con bebés…
–Joder, papá…
–Tengo fotos que os quitarían el sueño el resto de vuestra vida… También del anterior alcalde, el facha… Aunque a él le interesaba más el terreno de la primera adolescencia. Las niñas… Toda esa ropita de colores pastel, la ropa interior, los calcetinitos de niña, la nenita sucia con su Chupa Chups…
–Qué asco, papa…
Un tono de recriminación.
–Disculpad. Ahora pienso en todos esos tíos… Hay alguna tía también, no creáis… La pasta vuelve inhumanos a algunos… O quizá ya lo eran de antes… Nunca se sabe.
–Papá, ¿qué coño es ese número? ¿Eh?
El papaíto vuelve coger el papelito entre dos dedos.
Dice:
–Esto lleva a un búnker, cariño.
–…
–No tenéis mucha imaginación, vosotros, los de vuesta generación… Empezasteis por no creer en Dios, y ahora ya no creéis en nada… Pensáis que la única amenaza seria se relaciona con el dinero…
No sabemos qué decir a eso.
–Mirad. Yo no sé lo que está pasando. Mi relación con Ric es puramente numérica. Yo pongo algo de pasta, como algunos otros, él inventa juguetes para vender, y después nos repartimos el botín. Eso es todo.
Vuelve a beber de su taza. Yo aún me quemo con la mía.
–¿Qué tenemos que hacer, cariño? –interviene Cristina, visiblemente preocupada.
–Oh… Tú no te preocupes, preciosa. Nosotros tenemos opciones, creo… Nunca es seguro, pero al final se trata de haber construido una buena barrera.
–…
–A veces se hace con cojones y a veces con dinero.
Gonzalo se levanta con parsimonia. Coge el mando de la tele descomunal del salón. Salta de canal en canal, calmado, incluso suelta alguna risita según lo que ve. Cuando se acaba la lista, apaga el aparato.
–No hay moros en la costa… Como siempre, en la tele no hay nada que merezca la pena. Sólo distracción…
Se vuelve a sentar, como a cámara lenta.
–Cariño… Yo no mando sobre ti, ya lo sabes…
Una pausa. Gonzalo mira muy fijamente a su hija.
–Pero si aún confías un poco en el olfato de tu viejo… Vete con tu novio a la casa del abuelo.
Cristina, que ha estado tensa y de pie, se sienta junto a su marido. Lo rodea con el brazo, como si ahora detectara en él una inquietud que al menos yo no puedo ver.
–Y Samuel… Tengo que pedirte un favor…
¿Un favor? ¿A mí?
–Llama a tus padres, para quedarte tranquilo. Infórmales como puedas. Y permíteme contactar con ellos. Dame un número. Que se vengan aquí, con Cristina y conmigo…
Una pausa, esta vez más larga.
–Pero necesito que te quedes con mi hija. Que te vayas con ella…
Intento asentir con aplomo.
–Ya sabes que ella es fuerte, pero… Tú ve con ella. No te cortes en hacerte el machito si hace falta. No con ella, pero ya me entiendes… Es posible que la cosa se ponga fea…, que los músculos se vuelvan a poner de moda…
–Papá… –interrumpe María, con delicadeza–, ni siquiera sabemos lo que está pasando… Lo estamos inventando todo en nuestra cabeza… ¿No?
–Sí, ya…
–…
–Es que… Bueno, últimamente me he vuelto un poco creyente…
–…
–Hace tres días Ric quería fardar, y me puso a Artemis al teléfono… Y eso… Eso no era un bonito y limitado robot de feria moderna. No era lo que tú conociste…
–Pero…
–Oídme… No hace falta que nos caguemos de miedo. Sólo estamos siendo prudentes, ¿vale? Además así yo conoceré a mis consuegros.
Fuerza una sonrisa, intentando zanjar el asunto y calmar las aguas.
–Pero papá… ¿Qué pasa con Artemis? ¿Por qué os da tanto miedo ahora?
Gonzalo no puede evitar hacer una mueca de desespero.
–¿Qué dice? ¿Cómo habla? –insiste María.
–Como ves, Samuel, mi hija no es aficionada a la inconcreción… Aunque a estas alturas ya lo habrás comprobado…
–…
–Hija… Artemis hace cosas muy raras, hace…
–¿Podrías ilustrarnos con un ejemplo, por favor? Porque, sinceramente, estoy un poco harta de que hoy todo sea tan jodidamente críptico.
–Está bien, está bien… Vale… Cariño, necesito al menos tres dedos de whisky, por favor…
Cristina se levanta, algo inquieta. Pienso que quizá Gonzalo no quería concretar tanto delante de su mujer, que parece particularmente sensible.
–Pero que conste que yo no soy un experto, ¿vale?… Os puedo intentar contar el mismo cuento que Ric me contó a mí…
Cristina deposita el vaso, casi lleno, en la palma derecha del gran hombre. Se sienta junto a él otra vez, esta vez a la expectativa.
–Bueno, cariño, y Samuel… Vamos a ver… ¿Vosotros no notabais nada raro en Artemis?
–¿Como qué? –dice Cristina.
–Tú misma me comentaste que se conectaba sola, ¿no?…
–Aja…
–Bueno… Es que no se conectaba, hija. Simplemente no se apagaba nunca.
Yo no digo nada. El silencio es tu mejor aliado.
–El caso es que eso es lo de menos… Como digo, no soy ningún experto, pero el asunto es que Artemis sólo es la versión antropomórfica de la IA… Y habréis notado algo jodido al bueno de Ric últimamente, ¿verdad?
–Verdad –me atrevo a decir.
–Artemis ha… Bueno, ha dado claros síntomas de autoconciencia. Pero no a modo de simulación…
–¿Es eso posible? –pregunta María, incrédula.
–Bueno, yo pensaba que no, hija, pero lo ha ido demostrando, gradualmente, hasta trascender con mucho, mucho… los parámetros de su programación… Si es que se dice así.
Veo cómo brilla la frente del gran hombre. Mira de reojo un instante a Cristina.
–Papá… ¿Estás dando rodeos otra vez o…?
–Hija… Tienes que dejarme ir a mi ritmo. No es fácil decir esto…
Un silencio tenso. Empiezo a temer lo peor.
–Cariño…, ¿qué ha pasado?
Es Cristina, que no habla a menos que lo considere absolutamente necesario. La empiezo a admirar por eso.
–Bueno… Lo digo y ya está… Artemis fue a ver un ciclo de David Lynch. La filmoteca, qué queréis que os diga. Nunca ponen nada que…
–Papá… –mumura María con impaciencia.
–Y bueno… fue sola. No informó a nadie, pese a que en teoría se había limitado mucho su capacidad de acción. Ric decía que era inexplicable, pero que se estaba autogestionado ella sola. Me dijo que era imposible, como si entraras en tu salón y todos los muebles flotaran a un metro del suelo…
–¿Y tu qué…?
–Yo no le quise escuchar, ¿vale?… Es que… está como ido, está sobrio, y eso le hace infeliz, o desquiciado, más bien, incluso con esa belleza pelirroja que va con él…
–Avanza, papá…
Gonzalo aún no ha tocado su whisky, pero ahora se lo bebe casi todo de un trago. Lo deja en la mesita de cristal que tiene enfrente, bruscamente, como si sintiera que ha perdido esta partida.
–La chica robot se metió a ver esa peli, Carretera perdida… Aguantó toda la proyección sin mover los párpados, literalmente, supongo. Después, a la salida, debió de ver a la gente, todos comentando la película, algunos muy contentos, otros no…
»Al parecer se fijó en un chaval. Se presentó ante él, muy poco tímida ella… Debía ser de su edad, más o menos. Bueno, ya me entendéis, como Judy Garland en sus tiempos… El chico debía estar salido como un mono, como los chavales a esa edad. Pero sólo sabía hablar de la película. Les dejaron solos, en un reservado. Un garito cerca del cine… Los coleguitas del muchacho debían pensar que había ligado…
»Por lo que me contó Ric, Artemis debió de hacerle un montón de preguntas al chaval… Que qué le había parecido la peli, que de qué hablaba para él la peli, y sobre todo: ¿por qué le gustaba tanto?
»Y entonces el chaval habló… ¿Qué dijo? Ni puta idea, lo juro por Dios. A mí nadie me lo ha dicho…
»Y lo digo ya… Artemis se quiso llevar al huerto al chico. O eso le dijo a él. El huerto era el lavabo de propio garito… El chico pensó que esa monada, esa Dorothy del mundo real, le iba a hacer una mamada… Así que ahí fue, encantado, nervioso… Ella le empujo dentro de un habitáculo, le agarró la cabeza con ambas manos, e hizo pinza en sus ojos con los pulgares…
Gonzalo se bebe el resto del whisky, más afectado de lo que yo podía esperar.
–Le hundió los ojos y, no contenta con eso, siguió apretando y le destrozó el cráneo. Le reventó la cabeza como si fuera de arcilla fresca. A ese pobre cabrón…
Se hace un largo silencio, difícil de definir.
–A día de hoy, sus padres aún creen que al chaval se lo cargó algún neonazi. Parece que les han convencido de eso.
»Nada de lo que hizo Artemis aquel día, tenía sentido. Absolutamente nada. Era posible como era posible transformar el agua en vino…
Cristina ha ido y venido con el vaso, otra vez lleno de whisky. Esta vez se lo bebe ella.
–Así que sí –remata Gonzalo–, ahora soy un poco creyente… Signifique lo que signifique eso.
El abuelo de María, Jesús, tiene noventa años. Viudo, me cuenta ella, desde hace cinco. Vive en las afueras de Sonora, en una casa pintona producto de la fortuna de su hijo, muy cerca del mar. Un caminito de maderas de unos cien metros te lleva hasta la playa. Vive rodeado de libros y parece todo un personaje. Una gran calva, pero con unas greñas blancas que se deja largas. Como un Marlon Brando ya perjudicado que no alcanzó la fama de chiripa.
Viste camisas anchas floreadas, pantalones blancos holgados, sombreros de paja… Fuma puros cubanos y se mantiene parcialmente aislado del mundo. Está conectado con él (tiene un teléfono con cable, puede ser útil…), pero nunca enciende el ordenador, no tiene tele, y su móvil es un Nokia rudimentario para emergencias.
Se sienta en el porche habitualmente para contemplar el mar. Ahora no es tiempo aún de chuloplayas y chicas en biquini, pero empiezan a proliferar los más yonquis del “buen tiempo”, del verano, de los días largos y pegajosos, que personalmente acabo odiando hacia mediados de agosto.
Hace una semana me vine aquí con María, en su BMW. Nos lo tomamos como una aventura. Un viaje de apenas tres horas, pero incluso así paramos a desayunar con tranquilidad en un antro de camioneros.
Básicamente lo he dejado todo atrás.
Estamos cubiertos de sobra por la pensión dopadísima del viejo. Él no se muestra molesto, al contrario, parece alegrarle tener alguien con quien hablar. Aunque suele hablar él solo, sobre todo. De vez cuando seguimos las noticias con la rapidísima conexión a Internet de la casa. Una teconología que le instaló Gonzalo. A Jesús nunca le ha interesado.
Los grandes medios apenas dicen nada relevante. Sólo algunos privados, que tienen margen para el discurso propio y no están atados a la propaganda política.
Las novedades más jugosas, sin embargo, tienes que buscarla en canales de Youtube. En algunos se sigue con interés la desaparición del CEO de Pretecnotimes. El alcalde de Periferia interesa menos. A veces trascienden noticias extrañas, ciertos asaltos, asesinatos, robos, incursiones aparentemente quirúrgicas en determinados edificios, en ocasiones grandes empresas, o sedes gubernamentales…
Cuando se acude a las cámaras de seguridad, sólo se ve pasar a Dorothy, la de El mago de Oz...
Se ha convertido en una noticia excéntrica, más que grave o preocupante. Los podcast de gran audiencia la tratan como una exquisitez para echar unas risas malvadas.
El temor de María: La IA está dando sus pasos. La incorpórea da la batalla de las comunicaciones (algo seguro más amplio de lo que yo pueda imaginar). La antropomórfica es la esbirra de la incorpórea, y se encarga de los asuntos que requieren del disfraz humano.
Mi temor: Creo que Gonzalo se está intentando follar a mi madre. Me llegan fragmentos de información cuando hablo por teléfono con la casa del gran hombre. Temo que mis padres no sepan gestionar esas dinámicas liberales, de las que he sido sabedor en los últimos días. Parece ser que Gonzalo y la temerosa Cristina, gustan del intercambio de parejas, con todo lo que eso conlleva…
Recuerdo con cierto pasmo al cocinero ahorcado.
Uno no elige lo que le preocupa. Sólo lo que dice que le preocupa.
Jesús tiene su mecedora favorita. Por la noche nos habla como a dos niños necesitados de historias. Tú preguntas y él relata. No me ha costado percatarme de que es un hombre sabio. Sabio en cuanto a la buena digestión de su amplia experiencia, lo que hace que ya no compre falsos dilemas, posiciones cerradas o milongas políticas, vengan de donde vengan.
Para Jesús, María aún tiene unos doce años.
–Los políticos viven de que los problemas no se resuelvan nunca, cariño. Tienen que parecer necesarios. Y si consideran que no hay suficientes problemas, o que estos ya no preocupan tanto, crean otros problemas.
Es agradable ver cómo ríe, su risa contrasta con su gesto neutro, que pareciera casi amenazante.
–Os puede sonar simple, pero es la filosofía principal de cualquier político que quiera durar.
Dijo algo el segundo día que me inquietó. Daba por hecho que estaba al margen de lo que estaba pasando, que no se había enterado de nada. Error. Seguramente Gonzalo le llama cuando lo considera necesario, y no solo para saludar.
–En el caso del ser humano, la envidia o el rencor son venenos que le afectan a uno mismo. Pero con la Inteligencia Artifical no funciona así: los paga el ser humano.
Nos dejó mudos. Sonaba inquietantemente coherente, extrañamente, de un modo que no sabíamos articular. María suele ser buena para rebatir mazazos dialécticos; cuando no dice nada ante uno, me genera no poca zozobra.
Por las mañanas paseamos por la playa. Parece todo perdido. Parece que todo vuelve a empezar. Parece que vamos a morir mañana, y parece que podríamos formar una bonita familia. Nuestros hijos tendrían una buena madre, y un padre torpe del que reírse.
Saco el tema. Bromeo. La broma disfraza.
–¿Tú quieres tener hijos? –dice María.
–No quería… Pero con todo lo que está pasando, veo ese asunto de otra manera.
Provoco un silencio, pero no hay tensión ni incomodidad.
Finalmente, ella dice:
–Yo también.
Se supone que el gran hombre está moviendo hilos. Espero que no entre polvo y polvo con mi madre… Pero se supone que está intentando alertar sobre la situación con la IA. Hablando con otros grandes hombres, con algunos políticos. Quizá incluso con Giorgia Meloni. Siempre me ha atraído Giorgia Meloni. Creo que sería un esclavo fantástico para ella.
María se ríe de mis tonterías por la noche, cuando ya oímos roncar al viejo en otra habitación.
Una madrugada tengo un sueño. Nunca había tenido un sueño premonitorio. Estamos en el campo, bajo un bonito árbol, un sol agradable al atardecer. Un clima de ni frío ni calor, una templada brisa. Comemos emparedados del Oso Yogui. Bebemos zumo de albaricoque. Hay fruta fresca. Hay un bebé en un moisés. Tiene los ojos de su madre. Está su madre y estoy yo, pensando que al menos el bebé áun vive. Están mis padres, y también los excéntricos y bronceados padres de María. El bebé se llama María. Saco el móvil de mi bolsillo. Por alguna razón es nuevo. Pero no hay conexión. No hay acceso a Internet… Pregunto a los demás, consultan sus propios juguetes y me contestan. Todos dicen lo mismo. Nada. Nanai de la China.
Aislados de cojones.
Un destello nos sobreviene. La imagen llega antes que el sonido. Hacia el oeste, a la distancia de unos cinco kilómetros –o puede que cincuenta, porque aún no sé nada de morir así–, vemos el hongo nuclear. La seta gigante de humo. Mi corazón late de forma inédita. Puro terror. El ruido de la explosión aún no llega.
No llega…
Me despierto sudoroso, agitado. Necesito incorporarme. Incluso despierto sin querer a mi rica novia, tarea nada fácil. Son las cinco de la mañana. Ya no puedo volver a dormir.
Hacia las once paseo con María cerca del agua. El noveno día. El mar parece furioso. Las malas experiencias son muy jodidas cuando se sueñan, pero en la realidad las cosas suelen suceder con cierta calma. Algo difícil de describir. Incluso cuando pasan las cosas más horrendas. O recibes las noticias más nefastas. La gente suele mostrar determinada fortaleza, muy a menudo, algo que no sabían que albergaban en sí.
María está bellísima, en traje de baño, con los pies metidos en el agua hasta los tobillos. Trastea en su móvil y..
–Samuel…
Me mira y agita su Iphone.
Saco el mío del bolsillo. Mis bermudas horteras.
Nada. No hay conexión…
Jesús nos llama desde el porche trasero de la casa, agitando su transistor a pilas. Dice algo, pero no podemos oírle.
María camina hasta mi posición.
Aún no podemos estar seguros, pero estamos seguros.
Ella sonríe. Me sonríe. No es felicidad, pero sí serenidad. Aceptación.
–¿Cómo era? –pregunta.
–Fidelio.








