
¡Gracias por la excelente foto!
Marcos T. Cedeño. Fotógrafo Prof. del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) Tel:5533493839
De su libro de memorias: Confieso que he vivido. editorial Seix Barral, en 1974. 536 páginas.

ENEMIGOS LITERARIOS
«Supongo que los conflictos de mayor o menor cuantía entre los escritores han existido y seguirán existiendo en todas las regiones del mundo.
En la literatura del continente americano abundan los grandes suicidas. En Rusia revolucionaria, Maiakovski fue acorralado hasta el disparo por los envidiosos.
Los pequeños rencores se exacerban en América Latina. La envidia llega a veces a ser una profesión. Se dice que ese sentimiento lo heredamos de la raída España colonial. La verdad es que en Quevedo, en Lope y en Góngora encontramos con frecuencia las heridas que mutuamente se causaron. Pese a su fabuloso esplendor intelectual, el Siglo de Oro fue una época desdichada, con el hambre rondando alrededor de los palacios.
En los últimos años la novela tomó una nueva dimensión en nuestros países. Los nombres de García Márquez, Juan Rulfo, Vargas Llosa, Sábato, Cortázar, Carlos Fuentes, el chileno Donoso, se oyen y se leen en todas partes. A algunos de ellos los bautizaron con el nombre de boom. Es corriente también oír decir que ellos forman un grupo de autobombo.
Yo los he conocido a casi todos y los hallo notablemente sanos y generosos. Comprendo –cada día con mayor claridad-que algunos hayan tenido que emigrar de sus países en busca de un mayor sosiego para el trabajo, lejos de la inquina política y la pululante envidia. Las razones de sus exilios voluntarios son irrefutables: sus libros han sido más y más esenciales en la verdad y en el sueño de nuestras Américas.
Dudaba de hablar de mis experiencias personales en ese extremo de la envidia. No deseaba aparecer como egocéntrico, como excesivamente preocupado de mí mismo. Pero me han tocado en suerte tan persistentes y pintorescos envidiosos que vale la pena emprender el relato.
Es posible que alguna vez me irritaran esas sombras persecutorias. Sin embargo, la verdad es que cumplían involuntariamente un extraño deber propagandístico, tal como si formaran una empresa especializada en hacer sonar mi nombre.
La muerte trágica de uno de esos sombríos contrincantes ha dejado una especie de hueco en mi vida. Tantos años mantuvo su beligerancia hacia cuanto yo hacía que al no tenerla extraño su carencia.
Cuarenta años de persecución literaria es algo fenomenal. Con cierta fruición me pongo a resucitar esta solitaria batalla que fue la de un hombre contra su propia sombra, ya que yo nunca tomé parte en ella.
Veinticinco revistas fueron publicadas por un director invariable (que era él siempre), destinadas a destruirme literalmente, a atribuirme toda clase de crímenes, traiciones, agotamiento poético, vicios públicos y secretos, plagio, sensacionales aberraciones del sexo. También aparecían panfletos que eran distribuidos con asiduidad, y reportajes no desprovistos de humor, y finalmente un volumen entero titulado Neruda y yo, libro obeso, enrollado de insultos e imprecaciones.
Mi contrincante era un poeta chileno de más edad que yo, acérrimo y absolutista, más gesticulatorio que intrínseco. Esta clase de escritores dotados de ferocidad egocéntrica proliferan en las Américas; adoptan diversas formas de aspereza y de autosuficiencia, pero su ascendencia dannunziana es trágicamente verdadera.
En nuestras pobres latitudes, nosotros, poetas casi harapientos y hambrientos, merodeábamos en las madrugadas inmisericordes, entre el vómito de los borrachos. En esos ambientes miserables la literatura producía insólitamente figuras matoniles, espectros de la sobrevivencia picaresca. Un gran nihilismo, un falso cinismo nietzscheano, inclinaba a muchos de los nuestros a encubrírse con máscaras delincuenciales. No pocos torcieron por ese atajo su vida, hacia el delito o hacia la propia destrucción.
Mí legendario antagonista surgió de ese escenario. Primero trató de seducirme, de embarcarme en las reglas de su juego. Tal cosa era inadmisible para mi provincianismo pequeño-burgués. No me atrevía y no me gustaba vivir del expediente. Nuestro protagonista, en cambio, era un técnico en sacarle el jugo a las coyunturas. Vivía en un mundo de continua farsa, dentro del cual se estafaba a sí mismo inventándose una personalidad amenazante que le servía de profesión y de protección.
Ya es hora de que nombremos al personaje. Se llamaba Perico de Palothes. Era un hombre fuerte y peludo que trataba de impresionar tanto con su retórica como con su catadura. En cierta ocasión, cuando yo tenía sólo dieciocho o diecinueve años, me propuso que publicáramos una revista literaria. La revista constaría solamente de dos secciones: una en la que él, en diversos tonos, prosas y metros, afirmaría que yo era un poeta poderoso y genial; y otra en la que yo sostendría a todos los vientos que él era el poseedor de la inteligencia absoluta, del talento sin límites. Todo quedaba así arreglado.
Aunque yo era demasiado joven, aquel proyecto me pareció excesivo. No obstante, me costó disuadirlo. El era un portentoso publicador de revistas. Resultaba asombroso observar cómo arañaba fondos para mantener su perpetuidad panfletaria.
En las aisladas provincias invernales se trazaba un plan preciso de acción. Se había fabricado una larga lista de médicos, abogados, dentistas, agrónomos, profesores, ingenieros, jefes de servicios públicos, etcétera. Aureolado por el halo de sus voluminosas publicaciones, revistas, obras completas, panfletos épicos y líricos, nuestro personaje llegaba como mensajero de la cultura universal. Todo aquello se lo ofrecía severamente a los borrosos hombres a quienes visitaba, y luego se dignaba cobrarles algunos miserables escudos. Ante su verbo grandilocuente, la víctima se iba empequeñeciendo hasta el tamaño de una mosca. Por lo general De Palothes salía con los escudos en el bolsillo y dejaba la mosca entregada a la grandeza de la Cultura Universal.
Otras veces Perico de Palothes se presentaba como técnico de publicidad agrícola y proponía a los selváticos agricultores sureños realizar lujosas monografías de sus haciendas, con fotografías de los propietarios y de las vacas. Era un espectáculo verlo llegar con pantalones de montar y botas de bombero, envuelto en una magnífica hopalanda de procedencia exótica. Entre halagos y oblicuas amenazas de publicaciones contrarias, nuestro hombre salía de los fundos con algunos cheques. Los propietarios, tacaños pero realistas, le alargaban unos billetes para librarse de él.
La característica suprema de Perico de Palothes, filósofo metzscheano y grafómano irredimible, era su matonismo intelectual y físico. Ejerció de perdonavidas en la vida literaria de Chile. Tuvo durante muchos años una pequeña corte de pobres diablos que lo celebraban. Pero la vida suele desinflar en forma implacable a estos seres circunstanciales.
El trágico final de mi iracundo antagónico -se suicidó ya anciano-me hizo vacilar mucho antes de escribir estos recuerdos. Lo hago finalmente, obedeciendo a un imperativo de época y de localidad. Una gran cordillera de odio atraviesa los países de habla española; corroe las tareas del escritor con afanosa envidia. La única manera de terminar con tan destructiva ferocidad es exhibir públicamente sus accidentes.
Tan insana, e igualmente persistente, ha sido la folletinesca persecución literario-política desatada contra mi persona y mi obra por cierto ambiguo uruguayo de apellido gallego, algo así como Ribero. El tipo publica desde hace varios años, en español y en francés, panfletos en que me descuartiza. Lo sensacional es que sus proezas antinerúdicas no sólo desbordan el papel de imprenta que él mismo costea, sino que también se ha financiado costosos viajes encaminados a mí implacable destrucción.
Este curioso personaje emprendió camino hasta la sede universitaria de Oxford, cuando se anunció que allí se me otorgaría el título de doctor honoris causa. Hasta allá llegó el poetiso uruguayo con sus fantásticas incriminaciones, dispuesto a mi descuartizamiento literario. Los Dones me comentaron festivamente las acusaciones en mi contra, todavía vestido yo con la toga escarlata, después de haber recibido la honorífica distinción, mientras bebíamos el oporto ritual.
Más inconcebible y más aventurado aún fue el viaje a Estocolmo de este mismo uruguayo, en el año de 1963. Se rumoreaba que yo obtendría en aquella ocasión el Premio Nobel. Pues bien, el tipo visitó a los académicos, dio entrevistas de prensa, habló por radio para asegurar que yo era uno de los asesinos de Trotski.
Con esta maniobra pretendía inhabilitarme para recibir el Premio.
Al correr del tiempo se comprobó que el hombre anduvo siempre con mala suerte y que, tanto en Oxford como en Estocolmo, perdió tristemente su dinero y su forcejeo.
CRÍTICA Y AUTOCRÍTICA
No se puede negar que he tenido algunos buenos críticos. No me refiero a las adhesiones de banquetes literarios, ni hablo tampoco de los denuestos que involuntariamente suscité.
Me refiero a otras gentes. Entre los libros sobre mi poesía, fuera de los escritos por jóvenes fervorosos, debo nombrar en el mejor sitio el del soviético Lev Ospovat. Este joven llegó a dominar la lengua española y vio mi poesía con algo más que examen de sentido y sonido: le dio una perspectiva venidera aplicándole la luz boreal de su mundo.
Emir Rodríguez Monegal, crítico de primer orden, publicó un libro sobre mi obra poética y lo tituló El viajero inmóvil. Se observa a simple vista que no es tonto este doctor. Se dio cuenta en el acto de que me gusta viajar sin moverme de mi casa, sin salir de mi país, sin apartarme de mí mismo. (En un ejemplar que tengo de ese maravilloso libro de literatura policial titulado La piedra lunar, hay un grabado que me gusta mucho. Representa a un viejo caballero inglés, envuelto en su hopalanda o mac-farlán o levitón o lo que sea, sentado frente a la chimenea, con un libro en la mano, la pipa en la otra y dos perros soñolientos a sus pies. Así me gustaría quedarme siempre, frente al fuego, junto al mar, entre dos perros, leyendo los libros que harto trabajo me costó reunirlos, fumando mis pipas.) El libro de Amado Alonso -Poesía y estilo de Pablo Neruda-es válido para muchos. Interesa su apasionado hurgar en la sombra, buscando los niveles entre las palabras y la escurridiza realidad. Además, el estudio de Alonso revela la primera preocupación seria en nuestro idioma por la obra de un poeta contemporáneo. Y eso me honra más de la cuenta.
Para estudiar y expresar un análisis de mi poesía muchos críticos han recurrido a mí, entre ellos el mismo Amado Alonso, quien me acorralaba con sus preguntas, y me llevaba contra la pared de la claridad donde yo muchas veces no podía seguirlo por aquel entonces.
Algunos me creen un poeta surrealista, otros un realista y otros no me creen poeta. Todos ellos tienen un poco de razón y otro poco de sinrazón.
Residencia en la tierra está escrita, o por lo menos comenzada, antes del apogeo surrealista, como también Tentativa del hombre infinito, pero en esto de las fechas no hay que confiar. El aire del mundo transporta las moléculas de la poesía, ligera como el polen o dura como el plomo, y esas semillas caen en los surcos o sobre las cabezas, le dan a las cosas aire de primavera o de batalla, producen por igual flores y proyectiles.
En cuanto al realismo debo decir, porque no me conviene hacerlo, que detesto el realismo cuando se trata de la poesía. Es más, la poesía no tiene por qué ser sobrerrealista o subrealista, pero puede ser antirrealista. Esto último con toda la razón, con toda la sinrazón, es decir, con toda la poesía.
Me place el libro, la densa materia del trabajo poético, el bosque de la literatura, me place todo, hasta los lomos de los libros, pero no las etiquetas de las escuelas. Quiero libros sin escuelas y sin clasificar, como la vida.
El «héroe positivo» me gusta en Walt Whitman y en Maiakovski, es decir, en quienes lo encontraron sin receta y lo incorporaron, no sin sufrimiento, a la intimidad de nuestra vida corporal, haciéndole compartir el pan y el sueño con nosotros.
La sociedad socialista tiene que terminar con la mitología de una época apresurada, en la cual valían más los letreros que las mercancías, en la cual las esencias fueron dejadas de lado. Pero la necesidad más imperiosa para los escritores es escribir buenos libros. Del mismo modo que me gusta el «héroe positivo» encontrado en las turbulentas trincheras de las guerras civiles por el norteamericano Whitman o por el soviético Maiakovski, cabe también en mi corazón el héroe enlutado de Lautréamont, el caballero suspirante de Laforgue, el soldado negativo de Charles Baudelaire. Cuidado con separar estas mitades de la manzana de la creación, porque tal vez nos cortaríamos el corazón y dejaríamos de ser. Cuidado! Al poeta debemos exigirle sitio en la calle y en el combate, así como en la luz y en la sombra.
Tal vez los deberes del poeta fueron siempre los mismos en la historia. El honor de la poesía fue salir a la calle, fue tomar parte en este y en el otro combate. No se asustó el poeta cuando le dijeron insurgente. La poesía es una insurrección. No se ofendió el poeta porque lo llamaron subversivo. La vida sobrepasa las estructuras y hay nuevos códigos para el alma. De todas partes salta la semilla; todas las ideas son exóticas; esperamos cada día cambios inmensos; vivimos con entusiasmo la mutación del orden humano: la primavera es insurreccional.
Yo he dado cuanto tenía. He lanzado mi poesía a la arena, y a menudo me he desangrado con ella, sufriendo las agonías y exaltando las glorias que me ha tocado presenciar y vivir. Por una cosa o por otra fui incomprendido, y esto no está mal del todo.
Un crítico ecuatoriano ha dicho que en mi libro Las uvas y el viento no hay más que seis páginas de verdadera poesía. Resulta que el ecuatoriano leyó sin amor mi libro por ser éste un libro político, así como otros críticos superpolíticos detestaron Residencia en la tierra por considerarla interna y tenebrosa. El propio Juan Marinello, tan eminente, la condenó en otro tiempo en nombre de los principios. Opino que ambos cometen un error, oriundo de las mismas fuentes.
Yo también he hablado alguna vez en contra de Residencia en la tierra. Pero lo he hecho pensando, no en la poesía, sino en el clima duramente pesimista que ese libro mío respira. No puedo olvidar que hace pocos años un muchacho de Santiago se suicidó al pie de un árbol, y dejó abierto mi libro en aquel poema titulado «Significa sombras».
Creo que tanto Residencia en la tierra, libro sombrío y esencial dentro de mi obra, como Las uvas y el viento, libro de grandes espacios y mucha luz, tienen derecho a existir en alguna parte. Y no me contradigo al decir esto.
La verdad es que tengo cierta predilección por Las uvas y el viento, tal vez por ser mi libro más incomprendido; o porque a través de sus páginas yo me eché a andar por el mundo. Tiene polvo de caminos y agua de ríos; tiene seres, continuidades y ultramar de otros sitios que yo no conocía y que me fueron revelados de tanto andar. Es uno de los libros que más quiero, repito.
De todos mis libros, Estravagario no es el que canta más, sino el que salta mejor. Sus versos saltarines pasan por alto la distinción, el respeto, la protección mutua, los establecimientos y las obligaciones, para auspiciar el reverente desacato. Por su irreverencia es mi libro más íntimo. Por su alcance logra trascendencia dentro de mi poesía. A mi modo de gustar, es un libro morrocotudo, con ese sabor de sal que tiene la verdad.
En las Odas elementales me propuse un basamento originario, nacedor. Quise redescribir muchas cosas ya cantadas, dichas y redichas. Mi punto de partida deliberado debía ser el del niño que emprende, chupándose el lápiz, una composición obligatoria sobre el sol, el pizarrón, el reloj o la familia humana. Ningún tema podía quedar fuera de mi órbita; todo debía tocarlo yo andando o volando, sometiendo mi expresión a la máxima transparencia y virginidad.
Porque comparé unas piedras con unos patitos, un crítico uruguayo se escandalizó. El había decretado que los patitos no son material poético, como tampoco otros pequeños animales. A esta falta de seriedad ha llegado el verbococo literario. Quieren obligar a los creadores a no tratar sino temas sublimes. Pero se equivocan. Haremos poesía hasta con las cosas más despreciadas por los maestros del buen gusto.
La burguesía exige una poesía más y más aislada de la realidad. El poeta que sabe llamar al pan pan y al vino vino es peligroso para el agonizante capitalismo. Más conveniente es que el poeta se crea, como lo dijera Vicente Huidobro, «un pequeño dios». Esta creencia o actitud no molesta a las clases dominantes. El poeta permanece así conmovido por su aislamiento divino, y no se necesita sobornarlo o aplastarlo. El mismo se ha sobornado al condenarse al cielo. Mientras tanto, la tierra tiembla en su camino, en su fulgor.
Nuestros pueblos americanos tienen millones de analfabetos; la incultura es preservada como circunstancia hereditaria y privilegio del feudalismo. Podríamos decir, frente a la rémora de nuestros setenta millones de analfabetos, que nuestros lectores no han nacido aún. Debemos apresurar ese parto para que nos lean a nosotros y a todos los poetas. Hay que abrirle la matriz a América, para sacar de ella la gloriosa luz.
Con frecuencia los críticos de libros se prestan a complacer las ideas de los empresarios feudales. En el año de 1961, por ejemplo, aparecieron tres libros míos: Canción de gesta, Las piedras de Chile y Cantos ceremoniales. Ni siquiera sus títulos fueron mencionados por los críticos de mi país en el curso de todo el año.
Cuando se publicó por primera vez mi poema «Alturas de Macchu Picchu», tampoco se atrevió nadie a mencionarlo en Chile. A las oficinas del periódico chileno más voluminoso, El Mercurio, un diario que se publica hace casi siglo y medio, llegó el editor del poema. Llevaba un aviso pagado que anunciaba la aparición del libro. Se lo aceptaron bajo la condición de que suprimiera mi nombre.
-Pero si Neruda es el autor -protestaba Neira.
-No importa -le respondieron.
«Alturas de Macchu Picchu» tuvo que aparecer como de autor anónimo en el anuncio. ¿De qué le servían ciento cincuenta años de vida a ese periódico? En tanto tiempo no aprendió a respetar la verdad, ni los hechos, ni la poesía.
A veces las pasiones negativas contra mí no obedecen simplemente a un enconado reflejo de la lucha de clases, sino a otras causas. Con más de cuarenta años de trabajo, honrado con varios premios literarios, editados mis libros en los idiomas más sorprendentes, no pasa un día sin que reciba algún golpecito o golpeteo de la envidia circundante. Tal es el caso de mi casa. Compré hace varios años esta casa en Isla Negra, en un sitio desierto, cuando aquí no había agua potable ni electricidad. A golpes de libros la mejoré y la elevé. Traje amadas estatuas de madera, mascarones de viejos barcos que en mi hogar encontraron asilo y descanso después de largos viajes.
Pero muchos no pueden tolerar que un poeta haya alcanzado, como fruto de su obra publicada en todas partes, el decoro material que merecen todos los escritores, todos los músicos, todos los pintores. Los anacrónicos escribientes reaccionarios, que piden a cada instante honores para Goethe, le niegan a los poetas de hoy el derecho a la vida. El hecho de que yo tenga un automóvil los saca particularmente de quicio. Según ellos, el automóvil debe ser exclusividad de los comerciantes, de los especuladores, de los gerentes de prostíbulos, de los usureros y de los tramposos.
Para ponerlos más coléricos regalaré mi casa de Isla Negra al pueblo, y allí se celebrarán alguna vez reuniones sindicales y jornadas de descanso para mineros y campesinos. Mi poesía estará vengada.» Pablo Neruda