Paraiesis. Pintura traída del pasado. Por Juan Cú

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«Paraiesis», otro neologismo necesario, creado por Juan Cú, su significado consiste en presentar una semejanza material en forma aleatoria en el tiempo  y desconocida por los autores en la figuración pictórica que une el pasado y el presente de la creación de una obra en general  por ejemplo la coincidencia en la elaboración de una pintura rupestre (antigua) sobre una pared de piedra y en la elaboración, también, sobre una tela pintada al óleo moderna.
[Las principales raíces griegas para el verbo «creación» son poiesis (acción de crear o hacer), genesis (origen o nacimiento) y ktisis (formación o fundación de algo). Se refieren tanto a la producción artística/intelectual como al surgimiento físico o divino.
Principales términos y raíces:
Poiesis (ποίησις): Derivado de poieō (hacer/crear), significa creación, producción o el proceso creativo en general.]

«Pareidolia: Fenómeno donde la mente percibe una forma reconocible en un objeto inanimado, como ver caras en las nubes.»

Curiosa coincidencia figurativa en el tiempo, ( quizá proveniente de nuestra memoria representativa inducida: al fauno, que es inventado en ficción colaborativa y las pinturas rupestres no lo habíamos visto nunca, hasta ahora) con la pintura en frescos de las cavernas de Tassili al sur de Argelia en África de hace 20 000 años con respecto al » Fauno para Dalí » pintado por Maria Antonieta Ponzanelli Furlong en el año 2017. Doy Fé. Investigación Juan Cú

🌍 «Sifar es llamada la Ciudad Misterio o la Ciudad Perdida, y es la octava maravilla del mundo. Es una ciudad de piedra cuya superficie equivale al tamaño del país de Jordania. Está catalogado como el museo al aire libre más grande del mundo.
Sevar se encuentra en Tassili Najjar en Illizi, al sur de Argelia. Contiene más de 15.000 frescos e inscripciones que datan de hace 20.000 años. Es más antigua que las pirámides de Egipto en cuanto a tiempo, lo que significa que es la civilización más antigua del mundo que existió incluso antes de la existencia del hombre.
Se dice que Sivar es la ciudad habitada de los genios y nadie la ha visitado, y todos los dibujos, fotografías y estudios que ves son sólo una parte de ella en su introducción…
Lo interesante de Sivar son las pinturas murales que tienen dibujos de criaturas que se parecen a extraterrestres, algunas de las cuales son imágenes de un humano con un traje espacial, otras con un traje de buceo, y también dibujos de naves espaciales y otras mujeres con ropa y peinados muy modernos. y muchas otras cosas que se consideran un misterio que no tiene significado. Explicación
Caminar por Sévar sólo se puede hacer al principio con un guía turístico del desierto argelino, porque es un laberinto de piedra equivalente a la superficie de un país entero.
El mayor mago y hechicero del mundo, el británico Alex Clawley, intentó entrar con un grupo de magos, pero al cabo de un tiempo se volvió loco y todos los magos que había dentro murieron. Se dijo que seguía repitiendo la palabra “Es el trono de Satanás” y dejó un manuscrito al respecto que no ha sido explicado hasta el día de hoy, pero existe. En el Museo Británico algunos dicen que es el Triángulo de las Bermudas ubicado en tierra, mientras que otros dicen que es la ciudad perdida de la Atlántida debido a sus dibujos.»
Nota: Estos dibujos están solo en la parte frontal del cigarro y nadie conoce el resto de los dibujos del interior.
Fauno para Dalí ( en España. Óleo 80X70 Cms.) de Maria Antonieta Ponzanelli Furlong . Asesoría J. Cú
El Secreto de la Pintura: El Fauno para Dalí.

El Fauno para Dalí — óleo sobre tela 80X60 cms.— de María Antonieta Ponzanelli Furlong (asesorada por Juan Cú) ha sido pintado con en la búsqueda de un equilibrio entre la forma — los medios con los que se pinta— y el fondo o expresión en la superficie en que se ha pintado—.

Se buscó primeramente que el dibujo de El Fauno para Dalí, encontrara su interpretación conveniente en la sección áurea — divina proporción, región de oro, etc. — de la superficie rectangular que sirvió de base y encontrando poco a poco los puntos (Phí) coincidentes en las regiones importantes del dibujo del Fauno.
Es de hacer notar que los puntos Phí, no son puntos de reunión en la certeza para crear la obra de arte puro, por decirlo de alguna forma, sino un punto de quiebre o punto para visualizar por dónde encontrar las posibilidaddes subjetivas del arte, o guía para encontrar las regiones más expresivas del arte interpretado por cada artista en su concepción propia del arte, es decir, los famosos puntos Phí en la sección dorada encontrados geométricamente no son los puntos extraordinarios que llevarán al pintor a crear una obra de arte en sí, sino solamente, y ésto es importante, los puntos phí serán el camino más certero del arte. El análisis gráfico está más abajo. J. Cú

NOTAS:
El Fauno para Dalí fue escogido de:

« la propuesta a un grupo de 1.200 artistas, de los cuales se seleccionaron estos cuarenta y un trabajos..» Paul Achar. Presidente de la Sociedad Mexicana de Autores de las Artes Plásticas, respondiendo a la entrevista en Huelva España. 12 de agosto, 2017

El Fauno para Dalí fue mencionado por la crítica y las autoridades de la Universidad de Huelva ( Rectorado de la U.H.U. ) y sus medios informativos en los siguientes términos:

«Entre las pinturas, cuya temática tiene como eje la vinculación de México con España, hay homenajes a Don Quijote de la Mancha, en el año que se celebra el cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, así como a la figura de Salvador Dalí, con obras como Temores del Quijote, de Juan Aníbal Barrón, y El Fauno para Dalí, de María Antonieta Ponzanelli.»Sábado, 12 de agosto, 2017. Artistas mexicanos muestran en el OCIb , obras inspiradas en España

Con Eduardo Uhthoff , José Luis Megchun , Raúl Olguín , Salvador Díaz Infante Carbajal , María Teresa Trejo , Maria Antonieta Ponzanelli Furlong , Ernesto Camacho , Ernesto Guzmán , Graciela Salas Vega , Carmen De Aguinaga , Cristy Rosas Vazquez , Cecilia Tormo Vignataro, Gerardo Brauer , Juan Cú Cantante Cnei , Juan Cú Presiden Cnei Juan Cú Presiden Cnei Giulia Polonsky Gabriella Novelli

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María Antonieta Ponzanelli Furlong

Sor Juana  y sus retratos actuales. Por Juan Cú

No es sor Juana, es Tina Romero, actriz de cine y telenovelas , siglo XX (1980); ni tampoco es una pintura del siglo XVII, ni XVIII, es de los años 70 del siglo XX; si sor Juana no hubiera entrado al claustro,  su futuro sería la de muchas mujeres en el proceso de vivir en casa de sus padres y la biblioteca familiar, la del abuelo. El poder  de la biblioteca cristiana, y el poder de los virreyes y esposas de éstos la encumbraron internacionalmente; demás  que sor Juana apostó políticamente por el Ovispo de Puebla, posible pariente de sor Juana, y perdió en las elecciones ante el ovispo de la ciudad de Mexico y sus cambios a la estructura ortodoxa de los templos y conventos; y que la normalidad de los claustros en México  y España son la de cuidar enfermos ( las propias monjas cuidaban de sus monjas ancianas hasta su muerte, sor Juana, contadora del claustro, manejaba 20 000 pesos oro, una doble habitación con dos ayudantas afro, y con el permiso de recibir visitas   en un claustro vedado al mundo). A las monjas de San Jerónimo les quitaron sus joyas y pertenencias  de alto valor para financiar a los pobres, luego de un año las monjas pelearon por sus pertenencias y se las devolvieron, , a sor juana es posible que le devolvieran sus pertenencias pero para mantener una biografía negra contra los opresores de la época, no han salido aún las pruebas particulares y detalladas, ellas deben encontrarse entre los papeles de la biblioteca  Palafoxina en Puebla,  pero sí están  los certificados de devolución de pertenencias .La mató una pandemia, localizada y particular que entró en el recinto religioso, o sea, una enferma.
Investigación J. Cú

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Prólogo de J.L. Borges a Julio Cortazar. Por Juan Cú

 

Juan Cú en El Palacio de las Bellas Artes1

¡Gracias por la excelente foto!
Marcos T. Cedeño. Fotógrafo Prof. del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) Tel:5533493839

 

El prólogo de Jorge Luis Borges al primer cuento de Julio Cortazar es muy generoso, tanto que es necesario escribirlo para tratar de explicar el argumento. (Cosa ésta de escribir prólogos a los libros, mal vista desde finales del siglo XIX, según nos cuenta Rubén Darío que se negaba escribirlos a sus contemporáneos.- Sería demasiado, imagino, para el temperamental Rubén Darío, dedicarlo a un escrito «aína»(1) muy corto -Juan Cu)
Nota(1): (aína. Del lat. vulg. agīna, der. de agĕre ‘hacer’).1. adv. c. por poco.2. adv. t. ant. pronto.3. adv. m. ant. fácilmente.
Real Academia Española)

Jorge Luis Borges: Prólogo a Cuentos de Julio Cortázar

Hacia mil novecientos cuarenta y tantos, yo era secretario de redacción de una revista literaria, más o menos secreta. Una tarde, una tarde como las otras, un muchacho muy alto, cuyos rasgos no puedo recobrar, me trajo un cuento manuscrito. Le dije que volviera a los diez días y que le daría mi parecer. Volvió a la semana. Le dije que su cuento me gustaba y que ya había sido entregado a la imprenta. Poco después, Julio Cortázar leyó en letras de molde Casa Tomada con dos ilustraciones a lápiz de Norah Borges. Pasaron los años y me confió una noche, en París, que ésa había sido su primera publicación. Me honra haber sido su instrumento…
El tema de aquel cuento es la ocupación gradual de una casa por una invisible presencia. En ulteriores piezas Julio Cortázar lo retomaría de un modo más indirecto y por ende más eficaz…
Cuando Dante Gabriel Rossetti leyó la novela Cumbres Borrascosas le escribió a un amigo: «La acción transcurre en el infierno, pero los lugares, no sé por qué, tienen nombres ingleses»; Algo análogo pasa con la obra de Cortázar. Los personajes de la fábula son deliberadamente triviales. Los rige una rutina de casuales amores y de casuales discordias. Se mueven entre cosas triviales: marcas de cigarrillo, vidrieras, mostradores, whisky, farmacias, aeropuertos y andenes. Se resignan a los periódicos y a la radio. La topografía corresponde a Buenos Aires o a París y podemos creer al principio que se trata de meras crónicas. Poco a poco sentimos que no es así. Muy sutilmente el narrador nos ha atraído a su terrible mundo, en que la dicha es imposible. Es un mundo poroso, en el que se entretejen los seres; la conciencia de un hombre puede entrar en la de un animal o la de un animal en un hombre. También se juega con la materia de la que estamos hechos, el tiempo. En algunos relatos fluyen y se confunden dos series temporales…
El estilo no parece cuidado, pero cada palabra ha sido elegida. Nadie puede contar el argumento de un texto de Cortázar; cada texto consta de determinadas palabras en un determinado orden. Si tratamos de resumirlo verificamos que algo precioso se ha perdido……….

Prólogo, por Jorge Luis Borges
Julio Cortázar, Cuentos, Hispamérica Ediciones, Buenos Aires, 1985
Biblioteca personal de J.L.Borges

Apéndice.

CASA TOMADA
JULIO CORTÁZAR
Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales), guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura, pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos.
Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa.
Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas
siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente
si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pulóver está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con
gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina,
nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán,
abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles.
Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de
macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire,
un momento después se deposita de nuevo en los muebles y en los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate.
Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
—¿Estás seguro? Asentí.
—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
—No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina para ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resulta molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el
dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
—Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadrito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por
medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso, todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiado ruido de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en voz alta, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo, casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte, pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
—¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.
—No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y
se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

 

John Burns cita a Juan Cú en «Contemporary Hispanic Poets.» Ed. Cambria. New York

Juan Cú en El Palacio de las Bellas Artes1

¡Gracias por la excelente foto!
Marcos T. Cedeño. Fotógrafo Prof. del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) Tel:5533493839

 

 

Juan Cú Presiden CNEI citado en este libro muy recomendable. Gracias.
«Contemporary Hispanic Poets: Cultural Production in the Global, Digital Age». de John Burns

jCambria, Juan Cú en Barcelona

Dar click aquí para ver la vista previa del Libro del Sr. John Burns

Del Profesor John Burns,  “Contemporary Hispanic Poets: Cultural Production in the Global”, Digital Age. Escrito por John Burns.

Copyright 2015. Cambria Press. University corporate Centre, 100 Corporate Parkway, Suite 128 Amherst, New York 14226 U.S.A.
Introducción
Reimaginar el Poeta en el mercado global
«A finales del siglo XX, el acto de escribir poesía y, por extensión, el papel del poeta en la sociedad había sido recontextualizado por grandes cambios en el paisaje cultural. Al igual que muchos otros agentes tradicionales de producción cultural moderna, poetas tuvieron que adaptarse a un nuevo conjunto de canales de distribución, consumo, e incluso la producción. En el contexto neoliberal, los canales por los cuales el poeta entró en la economía cultural creciendo con ella cada vez más privatizada.

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John Burns

 

La privatización continúa siendo una realidad que se avecina en América Latina y España no sólo en términos de medios de televisión y prensa, sino en términos de las bellas artes. Aparte de los intereses corporativos de los medios de comunicación de televisión o de impresión, se puede pensar en el patrocinio empresarial en el mundo del arte o de las aglomeraciones masivas de numerosas prensas de literatura bajo la égida de las grandes multinacionales. En pocas palabras, entonces y ahora, el poeta debe navegar un nuevo mercado. No hay escasez de intentos de historizar y aprehender a este extraño nuevo momento. Manuel Castells ha dicho: famoso es el hoy que la humanidad está viviendo en la era de la información, y esta información fluye en muchas nuevas maneras. La Televisión, de ninguna manera es un nuevo medio, se ha convertido en un fenómeno de veinticuatro horas. El teléfono móvil se ha convertido en textual. El Internet encarna la ansiedad posmoderna de Jean-François Lyotard sobre el conocimiento de cómo fijar lo inestable. En el contexto cultural, numerosos economistas políticos han especulado sobre la naturaleza de estos nuevos flujos de información, específicamente, si se refuerzan las relaciones neocoloniales o crear nuevos espacios de autonomía cultural. ¿El poeta abraza estos nuevos flujos de información? ¿ El poeta los realiza como si no existieran? ¿O es que el poeta echó una mirada resistente en su existencia? Poetas en esta situación se ven obligados a ello, se podría argumentar que siempre han sido así e reimaginar su función y propósito, sus tácticas, y la estética. Este libro es un intento de situar algunas de esas imaginaciones en la economía de la cultura globalizada de finales del siglo XX. En concreto, considero las obras de poetas de México, de la comunidad mexicano-americana en los Estados Unidos, y de Chile, así como de España, y mi objetivo es articular algunos de los métodos divergentes de los poetas contemporáneos de estas naciones y cómo las comunidades lo han empleado con el fin de hacer que la imaginación sea posible.» Introducción de John Burns a «Contemporary Hispanic Poets: Cultural Production in the Global, Digital Age».Trad. Juan Cú

«Congratulations to Professor John Burns on the outstanding review by the journal, A contra corriente, of his book «Contemporary Hispanic Poets: Cultural Production in the Global, Digital Age»! The book is praised because «it is innovative in its transatlantic scope, and is a valuable contribution.» Read more at http://ow.ly/shim3006VC7 and see this book at the #LASA2016 book exhibit! This book is in the Cambria Studies in Latin American Literatures and Cultures book series, headed by Professor Roman de la Campa (University of Pennsylvania).»

 

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Congratulations to Professor John Burns on yet another outstanding review of his book «Contemporary Hispanic Poets»! The Rocky Mountain Review commends the book, stating that «»Far from an innocent cultural trifle, poetry contributes to the fundamental cultural debates of our time. With this volume, Burns likewise contributes to the fundamental cultural debate of our time,…» Read more and browse the book online at http://ow.ly/U6Nr307l7aY
See this book at the Cambria Press booth (509) at the #MLA17 convention! http://ow.ly/nTHP307l7Dr
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Reviews

«Far from an innocent cultural trifle, poetry contributes to the fundamental cultural debates of our time. With this volume, Burns likewise contributes to the fundamental cultural debate of our time, situating and imagining the poet at the center of the debate, rather than at the periphery. Foremost in these debates is the impact of five 5 “-scapes,” identified by Burns, from which our generation cannot escape: ethnoscapes, mediascapes, technoscapes, financescapes, and ideoscapes. … By carefully evaluating each poet’s cultural place and applying his special talent for accurate translation of Spanish texts, John Burns presents a clear and detailed picture of the most influential contemporary Hispanic poets of the current global and digital age.» —Rocky Mountain Review

«John Burns’ study of Hispanic poetry from Chile, Mexico, and Spain employs a cultural studies approach in its analysis of recent poetic production in Spanish. It is innovative in its transatlantic scope, and is a valuable contribution to attempts to reconsider the role and status of the poet in globalized-— and especially neoliberal-—socioeconomic context … And while the poets studied in this book demonstrate varied lived and literary responses to globalization, the Internet, and other technological innovations, the contribution of this book lies precisely in the fine readings of each Latin American or Spanish artist’s individual, nuanced responses to these larger socio-economic realities.» —A contra corriente

 

 

«Good books on Hispanic poetry, transatlantic in content, and with a superb combination of textual analysis and theoretical reflection are even rarer, and this one belongs to the latter category. This book will have a significant impact in several fields of study, from, or course, Hispanism, to Global, Transatlantic and Literary Studies in general.» – Juan Egea, Professor of Spanish, University of Wisconsin-Madison. Learn more about CONTEMPORARY HISPANIC POETS: CULTURAL PRODUCTION IN THE GLOBAL, DIGITAL AGE by John Burns

 

About John Burns

John Burns is Associate Professor of Spanish and Chair of the Department of Languages, Literatures, and Cultures at Rockford University. He holds a PhD from University of Wisconsin-Madison. Recent publications include a collaboration with Rubén Medina on Una tribu de salvajes improvisando a las puertas del infierno: antología Beat, an extensive anthology of Beat poetry they compiled, translated into Spanish and annotated, published by Aldus/UANL in 2012. Dr. Burns has published in several journals such as 1616: Anuario de Literatura Comparada and International Film.

 

Josep Lleixà entrevista a Juan Cú desde Barcelona con Luz María López poeta

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Josep Lleixà Fernández: Querido Maestro, Juan Cú Presiden Cnei, hoy a partir de las 20 horas de España, ofreceremos tu programa (REPETICIÓN). Has de tener en cuenta la diferencia de HORARIO. ABRAZOS.
horas Bressol Lletraferits Estiu
26 de septiembre de 2019

Enllaç al Programa Bressol de Lletraferits on podreu accedir als nostres programes, en aquest cas els dedicats a la Poeta cubana Nancy Morejón i al poeta Mexicà Juan Cú Presiden Cnei.
He de demanar disculpes perquè he perdut l’ordre cronològic dels últims programes, els anirem penjant.
Bressol de lletraferits continua amb l’emissió dels seus programes en directe que va començar el dia 8 de Novembre de 2016. Un temps que hem gaudit de poesia i amistat.
Tenim els àudios de tots el programes d’amigues i amics poetes de diferents estils i nacionalitats, que fan de Bressol un referent per escoltar bona i variada poesia. Si teniu interès per algún anterior , el podem fer arribar
Els que podeu escoltar , baixar actualment entrant al link, son els emesos en l’any 2018 i el present. 24=09-19 Juan Cú

 

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Videos desde Barcelona, España.

 

 

Monica Sicias y Jose LLeixa Fernández

Antología Poetas Allende los Mares

 

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Antología Allende los Mares. Compilación y traducción Josep Lleixà.

 

Joep Leixá y Luz María López

Luz María López y Josep Lleixà desde barcelona España.

 

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Los trabajos del corrector. Por Juan Cú

Juan Cú en El Palacio de las Bellas Artes1

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Marcos T. Cedeño. Fotógrafo Prof. del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) Tel:5533493839

 

 

SOBRE CÓMO REMENDAR ERRORES EN LAS OBRAS LITERARIAS DEL PASADO

REVISIÓN DE ERRORES DE COPIADO EN OBRAS ANTIGUAS DESDE  LAS EDITORIALES MODERNAS. EJEMPLO:

QUIEN TE DICE QUE AUSENCIA CAUSA OLVIDO…
Francisco de Medrano (Sevilla 1570-1607)

Quien te dice que ausencia causa olvido
mal supo amar, porque si amar supiera,
¿qué es la ausencia? La muerte nunca hubiera ( Posible error)
las mientes de su amor adormecido.

¿Podrá olvidar su llaga un corzo herido

del acertado hierro, cuando quiera
huir medroso, con veloz carrera,
las manos que la flecha han despedido?

Herida es el amor tan penetrante

que llega al alma, y tuya fué la flecha
de quien la mía dichosa fué herida.

No temas, pues, en verme así distante,

que la herida, Amarili, una vez hecha,
siempre, siempre, y doquiera será herida.

— Francisco de Medrano —

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 Antología Los Mejores Sonetos de la Lengua Española AU: Selección de Rodrigo Castiella TM: 1 CL: Biblioteca Zig-Zag serie Celeste ED: Empresa Editora ZIG-ZAG S. A. NE: 1a PG: 158 FF: 14 x 22,4 DE: Presentación Gráfica de Mauricio Amster CI: Santiago PA: Chile DT: 1944

Dígame en ¿dónde copió este soneto, y de cuál fuente fidedigna lo transcribió? De no ser así, me parece que hay un error suyo en:

 («¿qué es la ausencia? La muerte nunca hubiera.«..el verso correcto es:  

3 «¿Qué la ausencia? La muerte nunca hubiera…» que es como está escrito en el original.

al corregir el tercer verso y creer que hay un error ahí en el poema de FRANCISCO DE MEDRANO, (Sevilla 1570-1607) en el tercer verso de la primera cuarteta. La mayoría de las diversas antologías españolas se escribió originalmente así:

  «¿Qué la ausencia? La muerte nunca hubiera…»

Sepa usted interpretar el sentido, la cadencia, el ritmo, la sintaxis del autor original, en este caso además el modo del siglo XVI (El siglo de oro, donde el idioma español llego a una altitud de su verbigracia que no se ha repetido en siglos posteriores, sino con muy pocos y dignos casos de
 ¿por qué? lo hizo así el autor y no como usted hubiese querido que sea el verso.

Los críticos recopiladores que han modificado la obra de autores antiguos para representarlos –modernos en el lenguaje (actualizándolos)– proponiendo desde su punto de vista a sus contemporáneos.
Entre ellos por ejemplo: el erudito Don Alfonso Méndez Plancarte con la obra de Sor Juana (véase Obras completas de sor Juana Inés de la Cruz F.C.E. tomos 1 y 2), y el filólogo Don Antonio Alatorre, modernizaron el lenguaje antiguo, de la obra de Sor Juana. (Véase sus diversos ensayos a Sor Juana de Don Antonio) 

La obra de los autores antiguos se debe constatar en las primeras ediciones donde se publicó originalmente, y si no se puede, nos queda revisar a los que hicieron profunda investigación de las obras originales, y si no se puede, dejarlo como lo encontró usted publicado en la editorial y escribirle a manera de citas a pié de página los posibles errores de edición que pudo haber tenido el texto, con las posibles enmiendas: describiendo la mecánica y método con que usted ejemplifica las enmiendas, en este caso de los sonetos. Se recomienda saber cómo se escriben los sonetos, al menos para distinguir ciertos errores en un original. 
Recuerde el poema de 

FRANCISCO DE QUEVEDO, (1580-1645)

«Amor constante más allá de la muerte»


1.-Cerrar podrá mis ojos la postrera

2.-Sombra que me llevare el blanco día,
3.-Y podrá desatar esta alma mía
4.-Hora a su afán ansioso lisonjera;

5.-Mas no, de esotra parte, en la ribera,

6.-Dejará la memoria, en donde ardía:
7.-Nadar sabe mi llama el agua fría,
8.-Y perder el respeto a ley severa.

9.-Alma a quien todo un dios prisión ha sido,

10.-Venas que humor a tanto fuego han dado,
11.-«Medulas que han gloriosamente ardido:»

12.-Su cuerpo dejará no su cuidado;

13.-Serán ceniza, mas tendrá sentido;
14.-Polvo serán, mas polvo enamorado.

A este le han querído enmendar los críticos desde hace 400 años el verso número 11, que dice así: Medulas que han gloriosamente ardido:…de que si lleva o no acénto gramático en la (e) de Medulas, que en mi particular punto de vista sí lo lleva, aunque se publique sin el tilde- cuestión de ritmo-, pero se tendría que demostrar.

  (Como se demostró a finales del siglo pasado en un taller de poesía en el sur de la ciudad de México, ante algunos inquisidores que opinaban lo contrario, es decir, afirmaban que no  lleva el tilde y que por tanto cambiaba el acento rítmico del endecasílabo. Supongo no escuchaban el ritmo del poema de Francisco de Quevedo. En cuanto al uso del tilde gramatical (acénto) de la palabra Medulas en el Siglo XVI, ver Juan Corominas. Diccionario Crítico Etimológico de la Lengua Castellana)

Concluyendo no se debe dar públicamente «remiendos» literarios sin un ¿por qué? lo hemos escrito así, y si vale la pena la investigación debido a que por lo general los errores de grandes autores en sus textos son por culpa de los impresores y editores que meten la mano en la obra, ( al propio Alfonso Reyes describía la gran cantidad de Fe de erratas o errores en la impresión de sus libros por parte de los impresores como un fenómeno curioso y constante que todavía está por  estudiarse) sino fuera de este modo los impresores y editores, los que están detrás de las máquinas serían tan famosos en la historia de la literatura como sus corregidos, autores de las obras ( las curiosidades bibliográficas antiguas y modernas tienen agradables ejemplos en la historia de la literatura) Ejemplo:

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FOTO: Marlon L. Fick: Ali Chumacero reading Poema de raiz amorosa in our Apartment, Mexico City, 2000 (Laura beside him)

 Por mucho tiempo, el escritor Alí Chumacero fue tipógrafo desde su inicio en la editorial: Fondo de Cultura Económica fue corrector también, entre muchas otras, de la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo: 

«…Juan Rulfo era un gran escritor. Mucho se dijo que yo había intervenido en el éxito de su novela Pedro Páramo, la verdad es que no es cierto. La novela estaba estupendamente escrita, tan es así que sólo le hice la corrección a dos palabras, de las cuales Rulfo sólo me aceptó una. Lo que sí le quité fueron las comas, que Rulfo ponía como si le estuviera echando maíz a las gallinas, además de algunos guiones de diálogos que no estaban en su lugar.» Alí Chumacero

…………………………………………………………..

NOTA BIOGRÁFICA DE

DON FRANCISCO DE MEDRANO.

«Apenas hay noticias de este ingenioso poeta. De nuestros críticos solo Nicolás Antonio y Velazquez hablan de sus escritos. Florecía en el siglo xvi, tuvo por patria á Sevilla, visitába a Italia, y Roma fué la ciudad adonde lo llevaron pretensiones que, según denotan algunos de sus versos, no alcanzaron el dichoso fin á que aspiraban. 
Regresó á su patria, sin que se sepa el año ni el lugar de su muerte. En 1617 vieron la luz pública sus obras en Palermo al fin de los libros De los remedios de amor, imitación de Ovidio hecha por el sevillano Pedro Venégas de Saavedra. 
Don Francisco de Medrano fué el mejor de los imitadores de Horacio. Sin duda compite igualmente con fray Luis de León en seguir las huellas del famoso lí­rico venusino; poeta filosófico, dotado de excelente gusto literario, conocedor de la lengua castellana, y siguiendo los excelentes modelos de Horacio y otros ingenios latinos, sus odas y sus sonetos merecen el aprecio de los que amen las glorias literarias de la nación española. 
Para mí­ la verdadera poesí­a es la filosófica, porque se encamina al noble fin de enseñar y de engrandecer al hombre. Por eso tengo en tan alta eslima las obras de Medrano. Muchas de sus odas son imitaciones de Horacio, pero dirigidas á algunos de sus amigos. Así en la pluma de Medrano se convierte Licinio Murena en don Antonio Rosel, Cayo Crispo Salustio, nieto del historiador del mismo nombre, que no me atrevo á pronunciar sin respeto, en el licenciado Francisco Flores; Mecenas en Juan Antonio del Alcázar, Postumo en Fernando de Soria, Pompeyo Grosfo en el cardenal arzobispo de Sevilla, Niño de Guevara.
 Entre las odas de Medrano hay una, que se intitula La profecí­a del Tajo, muy semejante á la que fray Luis de León compuso con igual epí­grafe. Uno y otro ingenio tomaron de la oda que Horacio escribia á Marco Antonio proponiéndole el ejemplo de Páris para separarlo de Cleopatra y de la guerra civil, el pensamiento de amenazar á Rodrigo con las huestes de la media luna, á fin de desviarlo de los amorosos lazos de Florinda. Hay, sin embargo, una gran diferencia. 
La  oda de fray Luis de León se aparta bastante de la de Horacio ; la de Medrano es una imitación de esta, tal y tan grande, que á veces mas se asemeja á traducción. Una y otra, sin embargo, merecen estudiarse como joyas literarias de España.»
En poetas líricos de los siglos XVI y XVII Bibliotea de autores españoles. Madrid 1854. Rivadeneyra editor.


SONETO XLI. 

Francisco de Medrano

Quien te dice que ausencia causa olvido
Mal supo amar, porque si amar supiera, 

¿Qué la ausencia? La muerte nunca hubiera
Las mientes de su amor adormecido.

¿Podrá olvidar su llaga un corzo herido
Del acertado hierro, cuando quiera
Huir medroso con veloz carrera
Las manos que la flecha han despedido?

Herida es el amor tan penetrante,
Que llega al alma , y tuya fué la flecha
De quien la mia dichosa fué herida.

No temas pues en verme así­ distante;
Que la herida, Amarili, una vez hecha,
Siempre, siempre y do quiera será herida.

En poetas líricos de los siglos XVI y XVII Biblioteca de autores españoles. Madrid 1854. Rivadeneyra editor.

NOTA:  El escritor Victor Lovera S, nos entregó vía su prestigiosa  revista electrónica — La letra o–, un descubrimiento literario de cómo los seleccionadores de poemas de la poesía universal, en este caso Rodrigo Castiella en su Los Mejores Sonetos de la Lengua Española AU: Selección de Rodrigo Castiella TM: 1 CL: Biblioteca Zig-Zag serie Celeste ED: Empresa Editora ZIG-ZAG S. A. NE: 1a PG: 158 FF: 14 x 22,4 DE: Presentación Gráfica de Mauricio Amster CI: Santiago PA: Chile DT: 1944 http://www.flickr.com/photos/itiri/7156985139/ Esta selección que incluye el  famoso poema QUIEN TE DICE QUE AUSENCIA CAUSA OLVIDO... 

Octavio Paz sobre Jorge Luis Borges. Juan Cú. Crítica y literatura

Juan Cú en El Palacio de las Bellas Artes1

¡Gracias por la excelente foto!
Marcos T. Cedeño. Fotógrafo Prof. del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) Tel:5533493839

 

Este texto fue publicado en la revista The New Republic el 3 de noviembre de 1986; su vigencia es incuestionable. (Traducción al español de Héctor Tajonar. Aunque probablemente exista un texto original en español, la versión que encontramos estaba traducida al inglés)

Octavio Paz dice:

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Comencé a leer a Borges en mi juventud, cuando él todavía no era un autor reconocido internacionalmente. En esos años su nombre era una especie de contraseña entre un círculo de iniciados y la lectura de sus obras un culto secreto de algunos adeptos.

En México, alrededor de 1940, los adeptos conformamos un grupo de jóvenes, junto con un partisano ocasional menos entusiasta: José Luis Martínez, Alí Chumacero, Xavier Villaurrutia y algunos más.

Borges era un escritor para escritores; solíamos seguirlo a través de las revistas de aquella época. En algunos números sucesivos de Sur, leí una serie magnífica de historias que, en 1941, se convertirían en su primera colección de ficciones: El jardín de los senderos que se bifurcan. Todavía conservo la edición antigua, con su pasta de cuero azul rígida y texturizada, sus letras blancas y, en una tinta más oscura, la flecha apuntando hacia el sur, de manera más metafísica que geográfica. No he dejado de leerla y de conversar en silencio con su autor.

El hombre desapareció junto con su trabajo (eso sucedió antes de que la publicidad lo convirtiera en uno de sus dioses-víctimas). En ocasiones incluso llegué a pensar que el mismo Borges era un personaje ficticio. La primera persona que me habló del hombre real, con admiración y afecto, fue Alfonso Reyes. Él sentía una gran estimación por Borges, pero ¿lo admiraba? Sus gustos eran muy distintos. Se sentían unidos por una de esas anti-coincidencias alegres que acercan a personas que ejercen una misma profesión: para Borges, el escritor mexicano era el maestro de la prosa; para Reyes, el argentino era un espíritu curioso, una acertada excentricidad.

Posteriormente, en París en 1947, mis primeras amistades argentinas – José Bianco, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares – resultaron ser grandes amigos de Borges. Me platicaron tanto sobre él que incluso sin haberlo conocido personalmente lo sentí como un amigo cercano. Muchos años después lo conocí finalmente en persona. Fue en Austin, en 1971. El encuentro fue respetuoso y reservado. Él no sabía qué pensar de mí y yo no lo había perdonado por aquel poema en el que – como Whitman aunque de manera menos justificada – exaltó a los defensores del Álamo. Mi pasión patriótica no me permitió percibir el heroísmo de esos hombres. Él, por su parte, no percibió que el asedio del Álamo había sido un episodio de una guerra injusta.

Borges no siempre fue capaz de diferenciar entre el verdadero heroísmo y la valentía. Ser uno de los rufianes de Balvanera no era lo mismo que ser Aquiles: ambos son figuras legendarias, pero el primero es producto de la circunstancia, mientras que el segundo es un ejemplo. Nuestros encuentros sucesivos, en México y en Buenos Aires, fueron más alegres. Varias veces pudimos platicar de forma ligera, y Borges descubrió que algunos de sus poemas favoritos también eran mis predilectos. Celebró esas coincidencias recitando algunos pasajes de ese o aquel poeta, haciendo que la conversación se transformara por un instante en una especie de comunión.

Una noche, en México, mi esposa y yo lo ayudamos a escapar de algunos admiradores inoportunos. Después, en una esquina, entre el ruido y las risas de la fiesta, le recitó a Marie José unos versos de Toulet: Toute allégresse a son défaut Et si brise elle-même. Si vous voulez que je vous aime, Ne riez pas trop haut. C´est a voix basse qu´on enchante Sous la cendre d´hiver Ce Coeur, pareil au feu couvert, Qui se consume et chante. Toda alegría tiene su defecto y rompe su propia armonía. Si quieres que te ame, no rías con semejante algarabía. Es en voz baja que uno encanta, bajo la ceniza de invierno, a este corazón que, como fuego consumido, arde y canta.

En Buenos Aires podíamos hablar y caminar disfrutando del clima. Él y María Kodama nos llevaron al viejo Parque Lezama; quería enseñarnos, no sé porqué, la Iglesia Ortodoxa, pero estaba cerrada. Nos conformamos con caminar entre pequeños senderos húmedos, bajos los árboles de troncos caídos y follaje musical. Finalmente nos detuvimos frente al monumento a la loba romana y las manos de Borges recorrieron con emoción la cabeza de Remo. Terminamos en el Café Tortoni, famoso por sus espejos y sus molduras doradas, sus generosas tasas de chocolate caliente y sus fantasmas literarios. Borges habló del Buenos Aires de su juventud, aquella ciudad de los “patios huecos como tazones” que aparecen en sus primeros poemas – una ciudad inventada y, sin embargo, acompañante de una realidad más trascendente que la realidad de las piedras: aquélla de la palabra. Esa noche me sorprendió su desencanto hacia la situación de su país. Aunque celebraba el regreso de Argentina a la democracia, se sentía cada vez más alejado de lo que ahí sucedía.

Es más difícil ser escritor en nuestros agrios países (tal vez así sea en todos lados), sobre todo cuando uno se ha convertido en una celebridad y es acosado por esos gemelos enemigos de la envidia traicionera y la admiración devota, ambos igualmente miopes. Asimismo, para ese momento Borges ya no reconocía el tiempo que lo rodeaba. Él estaba en otro tiempo. Yo entendía su descontrol, pues al caminar por las calles de la ciudad de México también me frotaba los ojos con admiración: ¿es esto en lo que hemos convertido a nuestra ciudad? Borges nos confió su decisión de “ir a morir a algún otro lugar, probablemente Japón.” Él no era budista, pero la idea de la nada, como aparece en la literatura de esa religión, le atraía. Digo idea porque la nada no puede ser más que una sensación o una idea. Si es una sensación, carece de un poder restaurador y tranquilizante; sin embargo, la idea de la nada nos tranquiliza y al mismo tiempo nos da fuerza y serenidad.

Lo vi de nuevo el año pasado, en Nueva York. Estuvimos durante algunos días en el mismo hotel con él y María Kodama. Cenamos juntos. Eliot Weinberger se nos unió de manera inesperada y la plática giró en torno a la poesía china. Al final de la noche, Borges recordó a Reyes y a López Velarde y, como siempre, recitó algunas líneas de éste último; aquéllas que comienzan: Suave patria, vendedora de chia…interrumpió repentinamente y me preguntó: “?Qué significa chia?” Confundido, le respondí que no podía explicarlo excepto como una metáfora. “Es un sabor terroso.” Asintió. Era demasiado y era muy poco. Me consolé con la idea de que expresar lo perentorio no es menos difícil que describir lo eterno. Él lo sabía.

Es complicado resignarse a aceptar la muerte de un hombre querido y admirado. Desde el momento en que nacemos esperamos morir, pero la muerte nos sorprende. En este caso lo esperado es siempre lo inesperado, siempre lo inmerecido. No importa que Borges haya muerto a los 86; no estaba listo para morir. Nadie lo está, a ninguna edad. Uno puede invertir la frase filosófica y decir que todos nosotros – viejos y niños, adolescentes y adultos – somos frutos recogidos antes de su tiempo. Borges sobrevivió a Cortázar y a Bianco, dos queridos escritores argentinos; pero el breve tiempo que los sobrevivió no me consuela por su ausencia. Hoy en día Borges se ha convertido en lo que yo era a los 20: algunos libros, una obra.

Borges cultivó tres géneros literarios: el ensayo, el poema, y el cuento corto. La división es arbitraria. Sus ensayos son cuentos; sus cuentos son poemas; y sus poemas nos hacen reflexionar, como si fueran ensayos. El puente que los une es el pensamiento. Por lo tanto es útil empezar con el Borges ensayista. Él tenía un temperamento metafísico, de ahí su fascinación por los sistemas idealistas y su lúcida arquitectura: Berkeley, Leibniz, Spinoza, Bradley, los múltiples budismos. Su mente era también excepcionalmente clara y estaba unida a la fantasía del poeta atraído por el “otro lado” de la realidad; no podía evitar reírse de las construcciones quiméricas de la razón. De ahí su homenaje a Hume y a Schopenhauer, a Chuang–Tzu y al Sexto Imperio. A pesar de que en su juventud las extravagancias verbales y los laberintos sintácticos de Quevedo y Browne le atrajeron, él no era como ellos. Él más bien recuerda a Montaigne – por su escepticismo y su curiosidad universal, no por su estilo.

También hay similitudes con un contemporáneo que hoy está un poco olvidado: George Santayana. A diferencia de Montaigne, los enigmas morales y psicológicos no interesaban demasiado a Borges; como tampoco la diversidad de costumbres, hábitos o creencias del animal humano. La Historia y el estudio de sociedades humanas complejas no le apasionaban. Sus ideas políticas eran juicios morales, incluso estéticos. A pesar de expresarlas con valentía y honestidad, lo hacía sin comprender verdaderamente lo que sucedía a su alrededor. En algunos momentos afirmó, por ejemplo, su oposición al régimen de Perón y su rechazo al socialismo totalitario; en otros resbaló, como en su visita a Chile bajo la dictadura militar o en sus epigramas simplificadores en contra de la democracia, lo cual causaba preocupación entre sus amistades. Más tarde se arrepintió.

Debo agregar que, tanto en sus certezas como en sus errores, siempre fue honesto y congruente consigo mismo. Nunca mintió ni justificó intencionalmente al mal, como muchos de sus enemigos y detractores han hecho. Nada era más ajeno a Borges que la casuística ideológica de nuestros contemporáneos. Todas esas cuestiones no eran lo fundamental. Él se acercó a otros temas: el tiempo y la eternidad, la identidad y la pluralidad, el ser y el otro; estaba enamorado de las ideas. Era un amor contradictorio, corroído por la multiplicidad; detrás de las ideas no encontraba la Idea (llamado Dios, la Nada, o el Primer Principio), sino una nueva y más profunda pluralidad, la de sí mismo.

En su búsqueda de la Idea encontró la realidad de un Borges con diversas manifestaciones. Borges era siempre el otro Borges desenvolviéndose en otro Borges, hasta el infinito. El metafísico y el escéptico luchaban dentro de él y, aunque parece que el escéptico ganó la batalla, el escepticismo no le dio paz, sino que multiplicó sus fantasmas metafísicos. El espejo era su emblema, un emblema abominable: el espejo es la refutación de los metafísico y la condena de lo escéptico.

Sus ensayos son memorables, principalmente por su originalidad, su diversidad y su estilo. Humor, sobriedad, agudeza y, repentinamente, un giro inesperado. Nadie había escrito de esa manera en español. Alfonso Reyes, su modelo, era más correcto y fluido, menos preciso y también menos sorprendente. Reyes decía menos cosas con más palabras. El gran logro de Borges fue decir mucho con poco; sin embargo no exageraba. No se ataba al enunciado, como Gracián, con la aguja del genio y tampoco convertía el párrafo en un jardín simétrico. Borges servía a dos deidades opuestas: la simplicidad y la extrañeza. Frecuentemente las fusionaba y el resultado era inolvidable: lo natural de lo poco común, la extrañeza de lo familiar. Esta habilidad, probablemente imposible de imitar, le da un lugar único en la literatura del siglo XX.

Aún siendo muy joven, en un poema dedicado al Buenos Aires cambiante de sus pesadillas, Borges definió su estilo: “mis versos son sobre la interrogación y la prueba, en obediencia a aquello que está escondido.” Esta definición abarca también a su prosa. Su trabajo es un sistema de versos entrelazados y sus ensayos son riachuelos navegables que desembocan de manera natural en sus poemas y en sus historias. Confieso mi preferencia por éstos últimos.

Sus ensayos no me ayudan a entender ni el universo ni a mí mismo; más bien me permiten entender mejor las sorprendentes invenciones de Borges. A pesar de que los temas de sus poemas e historias son muy variados, él tiene un tema único. Pero antes de tocar este punto, me gustaría aclarar una confusión. Muchos niegan que Borges haya sido realmente un escritor latinoamericano. Lo mismo se afirmaba en contra de Darío; sin embargo es un insulto no menos perverso por el hecho de repetirse. El escritor pertenece a una tierra y a una sangre, pero su trabajo no puede ser reducido a una nación, a una raza o a una clase.

De hecho, uno puede revertir la acusación y decir que el trabajo de Borges, por su perfección transparente y su arquitectura límpida, es un reproche en vida a la dispersión, la violencia y el desorden del continente latinoamericano. La universalidad de Borges asombraba a los europeos, pero ninguno de ellos observaba que su visión cosmopolita no era, y no podía haber sido, más que el punto de vista de un latinoamericano. La excentricidad de América Latina consiste en ser una excentricidad europea: es una forma distinta de ser occidental, una forma no-europea.

Al mismo tiempo dentro y fuera de la tradición europea, el latinoamericano puede percibir a Occidente como una totalidad, sin caer en la visión fatalmente provinciana de un francés, un alemán, un inglés o un italiano. Nadie observó esto con más claridad que un mexicano, Jorge Cuesta; y un argentino, Jorge Luis Borges, lo reflejó en sus obras mejor que ningún otro.

El verdadero tema de esta reflexión no debe ser la falta de americanidad de Borges sino la aceptación de su trabajo como una expresión de universalidad implícita en América Latina desde su nacimiento. Borges no era un nacionalista. No obstante, ¿quién si no un argentino hubiera podido escribir muchos de sus poemas e historias? También sufrió de una atracción hacia la oscuridad y la violencia en América. Lo sintió en su más baja y menos heroica manifestación – el pleito callejero, y el hostigamiento a navajazos del resentido malevo. Una dualidad extraña: Berkeley y Juan Iberra, Jacinto Chiclano y Duns Scotus.

La ley de la gravedad espiritual gobierna la obra de Borges: el macho latino enfrenta al poeta metafísico. La contradicción que subyace a sus especulaciones intelectuales y a sus ficciones – la lucha entre lo metafísico y lo escéptico – reaparece violentamente en el terreno de los sentimientos. Su admiración por el cuchillo y la espada, por el guerrero y el rufián era probablemente una inclinación innata. En cualquier caso, aparece una y otra vez en sus escritos. Es posible que haya sido un instinto vital, en respuesta a su escepticismo y a su tolerancia civilizada. En su vida literaria esta tendencia encontró su expresión en el amor al debate y a la autoafirmación.

En sus años de juventud, como prácticamente todos los escritores de su generación, formaba parte de una vanguardia literaria y de su irreverencia. Más tarde cambió sus gustos y sus ideas, pero no sus actitudes. Dejó de ser un extremista aunque continuó cultivando su tono ocurrente, su impertinencia, su brillante insolencia. En su mocedad, el blanco había sido el espíritu tradicional y los lugares comunes de las academias y de los conservadores. En su madurez, la respetabilidad lo transformó: volvió a ser joven, ideológico y revolucionario. Se burló del nuevo conformismo de los iconoclastas con el mismo humor cruel con el cual había molestado a los viejos tradicionalistas.

No le dio la espalda a su tiempo, y fue valiente al enfrentarse a las circunstancias de su país y del mundo. Pero ante todo fue un escritor y la tradición literaria no estaba para él menos viva y presente que los eventos cotidianos. Su curiosidad abarcaba en tiempo desde lo antiguo hasta lo contemporáneo, y en espacio desde lo más cercano hasta lo más lejano. Desde la poesía gaucha hasta las sagas escandinavas. Estudió y rápidamente dominó otros clasicismos que la modernidad había descubierto, como también aquéllos del lejano oriente y la India, de los árabes y los persas. Pero esa diversidad de lecturas y pluralidad de influencias no lo convirtieron en una torre de Babel.

Él no era confuso y prolijo, sino claro y conciso. La imaginación es la capacidad para asociar, para construir puentes entre un objetos; es el arte de las correspondencias. Borges tenía esta habilidad en el sentido más alto, unido con algo no menos preciado: la inteligencia para apegarse a lo esencial y despojarse de lo parasitario. La suya no era la pluma del historiador, ni del filólogo, ni del crítico, era la del escritor capaz de retener lo útil y desechar el resto. Sus pasiones y sus odios literarios eran profundos y razonados, como los de un teólogo, y violentos, como los de un amante.

No era imparcial ni justo. No podía serlo: su capacidad crítica era su otra mano, la otra ala de su fantasía creativa. ¿Era un buen juez de sí mismo? Lo dudo. Sus gustos no siempre coincidían con sus genialidad, ni sus preferencias con su verdadera naturaleza. Borges no se parecía a Dante, Whitman o Verlaine, sino a Gracián, Coleridge, Valéry, Chesterton. No, me equivoco: Borges era similar, ante todo, a Borges. Trabajaba en formas tradicionales, excepto en su juventud. Los cambios y las innovaciones violentas de nuestro tiempo no lo tentaron. Sus ensayos eran verdaderos ensayos; nunca confundió ese género, como ahora es costumbre, con el tratado, la disertación, o la tesis. En sus poemas, el verso libre predominó en un principio; más tarde fueron las formas canónicas y métricas.

Para un poeta extremista era bastante tímido, en especial si comparamos los poemas un tanto lineales de sus primeros libros con las odas y las construcciones complejas de Huidobro y otros poetas europeos de ese periodo. No cambió la música del verso en español ni reestucturó su sintaxis; no era ni Góngora ni Darío. Tampoco descubrió las alturas ni las profundidades poéticas, como algunos de sus contemporáneos. Aún así, sus versos son únicos, intachables; sólo él hubiera podido escribirlos. Sus mejores versos no son palabras esculpidas; son luces y sombras instantáneas, regalos de poderes desconocidos, verdaderas iluminaciones. Sus historias son extraordinarias por el júbilo de su fantasía, no por su forma. Al escribir a partir de la imaginación, no se sentía atraído por las aventuras y vértigos verbales de Joyce, Céline o Faulkner.

Siempre lúcido, no se dejó llevar por el viento apasionado de Lawrence, que algunas veces levanta nubes de polvo y otras limpia el cielo de nubes. Fue igualmente distante de los enunciados serpentinos de Proust o de la escritura telegráfica de Hemingway; su prosa sorprendía por su equilibrio – ni lacónica ni prolija, ni lánguida ni cortada. Eso es una virtud y una limitación. Con semejante prosa uno puede escribir un cuento, no una novela. Uno puede trazar una situación, lanzar un epigrama, capturar la sombra de un momento; no puede contar la batalla, recrear una pasión o penetrar un alma. Su originalidad, tanto en prosa como en verso, no está en sus ideas y formas sino en su estilo, una alianza seductora entre lo más simple y lo más complejo, en sus magníficas invenciones y en su visión. Es una visión única no tanto por lo que ve sino por el lugar desde donde ve al mundo y a sí mismo. Un punto de vista, más que una visión. Su amor por las ideas era extremo.

Los absolutos lo fascinaban, aunque siempre terminaba por no creer en ellos. Como escritor, por otra parte, siempre desconfió de los extremos. El sentido de la mesura casi nunca lo abandonó. Lo desconcertaban los excesos y las enormidades, las mitologías y cosmologías de la India y de los pueblos nórdicos, pero su idea de la perfección literaria tenía una forma clara y delimitada, con un principio y un final. Pensó que las eternidades y los infinitos podían caber en una página. Con frecuencia habló de Virgilio, pero nunca de Horacio. La verdad es que se parecía no al primero sino al segundo. Nunca escribió, ni intentó escribir, un poema largo, y siempre se mantuvo dentro del decoro horaciano. No quiero decir que Borges se ajustó a las poéticas de Horacio, sino que sus gustos lo condujeron a preferir las formas mesuradas.

En su poesía y en su prosa no hay indicios de un cíclope. Fiel a dicha estética, invariablemente siguió el consejo de Poe: un poeta moderno no debería escribir más de 50 líneas. Pero es curiosa la modernidad: prácticamente todos los grandes poemas modernos son poemas largos. Los trabajos característicos del siglo XX – pienso, por ejemplo, en Eliot y en Pound – son movidos por una ambición: ser las divinas comedias y los paraísos perdidos de nuestro tiempo. La creencia que da sustento a todos estos poemas es la siguiente: la poesía es una visión total del mundo, o del drama del hombre en el tiempo. Es historia y es religión. Dije antes que la originalidad de Borges radicó en haber descubierto un punto de vista. Por esta razón algunos de sus mejores poemas toman la forma de un comentario sobre los clásicos – Homero, Dante, Cervantes.

El punto de vista de Borges es su infalible arma: tomar todos los punto de vista tradicionales por la cabeza para obligarnos a percibir lo que vemos y leemos de manera distinta. Algunas de sus obras de ficción se leen como Las mil y una noches escritas por un lector de Kipling o Chuang – Tzu; algunos de sus poemas nos recuerdan a un poeta de la Antología Palatina que pudo haber sido amigo de Schopenhauer y Lugones. Practicó los llamados géneros menores – cuentos, poemas cortos, sonetos – y es maravilloso que haya alcanzado con ellos lo que otros han intentado con poemas largos y novelas.

La perfección no tiene medida. Con frecuencia lo logró insertando lo inusual en lo ordinario, creando una alianza entre la forma interrogativa con una perspectiva que al minar algunas apariencias descubría otras. En sus cuentos y en sus poemas Borges interrogaba al mundo, pero su duda era creativa y trajo consigo la aparición de otros mundos, otras realidades. Sus cuentos y sus poemas son las invenciones de un poeta y de un metafísico. Por lo tanto satisfacen dos de las capacidades centrales del ser humano: la razón y la fantasía. Es cierto que Borges no provoca la complicidad de nuestros sentimientos o de nuestras pasiones, luminosas u oscuras: piedad, sensualidad, enojo, compasión. También es cierto que su obra nos dice poco o nada acerca de los misterios de la raza, el sexo, y el apetito por el poder.

Probablemente la literatura tenga sólo dos temas. Uno el hombre entre hombres, sus amigos y sus adversarios; el otro, el hombre solo en contra del universo y de sí mismo. El primero es el tema del poeta épico, el dramaturgo, el novelista; el segundo es el tema del poeta lírico o metafísico. En el trabajo de Borges, la sociedad humana y sus muchas y complejas manifestaciones, que van desde el amor entre dos personas hasta los grandes logros colectivos, no aparecen. Sus trabajos pertenecen a la otra mitad de la literatura y tienen un tema único: el tiempo y nuestros repetidos y fútiles intentos por abolirlo.

Las eternidades son paraísos que se convierten en sentencias, quimeras más reales que la realidad misma, o más bien, quimeras que no son menos reales que la realidad. Por medio de variaciones prodigiosas y repeticiones obsesivas, Borges incesantemente exploró un solo tema: el hombre perdido en el laberinto de un tiempo hecho de cambios que son repeticiones, el hombre actuando frente al espejo de la eternidad inflexible, el hombre que ha encontrado la inmortalidad y ha conquistado la muerte, pero no el tiempo ni la edad adulta.

En sus ensayos este tema se transforma en paradojas y antinomias; en los poemas y las historias en construcciones verbales que tienen la elegancia de los teoremas matemáticos y la inteligencia de los seres vivos. El desacuerdo entre el metafísico y el escéptico es indisoluble, pero el poeta hace de él un edificio translúcido de palabras entretejidas; el tiempo y sus reflejos bailan sobre el espejo de nuestra conciencia inmediata. Estas son obras de una rara perfección, objetos creados de acuerdo a una geometría al mismo tiempo rigurosa y fantástica, racional y caprichosa, sólida y cristalina. Todas estas variaciones sobre un mismo tema nos dicen una cosa: las obras del hombre, y el hombre mismo, no son nada sino configuraciones de un tiempo que se desvanece. Él lo dijo con una lucidez impresionante: “El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. Es un río que me transporta, pero yo soy ese río; es un fuego que me consume, pero yo soy ese fuego.” La misión de la poesía es alumbrar aquello escondido entre los pliegues del tiempo. Fue necesaria la existencia de un gran poeta para recordarnos que somos, al mismo tiempo, el arquero, la flecha y el blanco.»Octavio Paz

Este texto fue publicado en la revista The New Republic el 3 de noviembre de 1986; su vigencia es incuestionable. (Traducción al español de Héctor Tajonar. Aunque probablemente exista un texto original en español, la versión que encontramos estaba traducida al inglés)

 

Pablo Neruda, critica y autocrítica. Juan Cú

Juan Cú en El Palacio de las Bellas Artes1

¡Gracias por la excelente foto!
Marcos T. Cedeño. Fotógrafo Prof. del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) Tel:5533493839

De su libro de memorias: Confieso que he vivido. editorial Seix Barral, en 1974. 536 páginas.

 

 

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ENEMIGOS LITERARIOS

«Supongo que los conflictos de mayor o menor cuantía entre los escritores han existido y seguirán existiendo en todas las regiones del mundo.

En la literatura del continente americano abundan los grandes suicidas. En Rusia revolucionaria, Maiakovski fue acorralado hasta el disparo por los envidiosos.

Los pequeños rencores se exacerban en América Latina. La envidia llega a veces a ser una profesión. Se dice que ese sentimiento lo heredamos de la raída España colonial. La verdad es que en Quevedo, en Lope y en Góngora encontramos con frecuencia las heridas que mutuamente se causaron. Pese a su fabuloso esplendor intelectual, el Siglo de Oro fue una época desdichada, con el hambre rondando alrededor de los palacios.

En los últimos años la novela tomó una nueva dimensión en nuestros países. Los nombres de García Márquez, Juan Rulfo, Vargas Llosa, Sábato, Cortázar, Carlos Fuentes, el chileno Donoso, se oyen y se leen en todas partes. A algunos de ellos los bautizaron con el nombre de boom. Es corriente también oír decir que ellos forman un grupo de autobombo.

Yo los he conocido a casi todos y los hallo notablemente sanos y generosos. Comprendo –cada día con mayor claridad-que algunos hayan tenido que emigrar de sus países en busca de un mayor sosiego para el trabajo, lejos de la inquina política y la pululante envidia. Las razones de sus exilios voluntarios son irrefutables: sus libros han sido más y más esenciales en la verdad y en el sueño de nuestras Américas.

Dudaba de hablar de mis experiencias personales en ese extremo de la envidia. No deseaba aparecer como egocéntrico, como excesivamente preocupado de mí mismo. Pero me han tocado en suerte tan persistentes y pintorescos envidiosos que vale la pena emprender el relato.

Es posible que alguna vez me irritaran esas sombras persecutorias. Sin embargo, la verdad es que cumplían involuntariamente un extraño deber propagandístico, tal como si formaran una empresa especializada en hacer sonar mi nombre.

La muerte trágica de uno de esos sombríos contrincantes ha dejado una especie de hueco en mi vida. Tantos años mantuvo su beligerancia hacia cuanto yo hacía que al no tenerla extraño su carencia.

Cuarenta años de persecución literaria es algo fenomenal. Con cierta fruición me pongo a resucitar esta solitaria batalla que fue la de un hombre contra su propia sombra, ya que yo nunca tomé parte en ella.

Veinticinco revistas fueron publicadas por un director invariable (que era él siempre), destinadas a destruirme literalmente, a atribuirme toda clase de crímenes, traiciones, agotamiento poético, vicios públicos y secretos, plagio, sensacionales aberraciones del sexo. También aparecían panfletos que eran distribuidos con asiduidad, y reportajes no desprovistos de humor, y finalmente un volumen entero titulado Neruda y yo, libro obeso, enrollado de insultos e imprecaciones.

Mi contrincante era un poeta chileno de más edad que yo, acérrimo y absolutista, más gesticulatorio que intrínseco. Esta clase de escritores dotados de ferocidad egocéntrica proliferan en las Américas; adoptan diversas formas de aspereza y de autosuficiencia, pero su ascendencia dannunziana es trágicamente verdadera.

En nuestras pobres latitudes, nosotros, poetas casi harapientos y hambrientos, merodeábamos en las madrugadas inmisericordes, entre el vómito de los borrachos. En esos ambientes miserables la literatura producía insólitamente figuras matoniles, espectros de la sobrevivencia picaresca. Un gran nihilismo, un falso cinismo nietzscheano, inclinaba a muchos de los nuestros a encubrírse con máscaras delincuenciales. No pocos torcieron por ese atajo su vida, hacia el delito o hacia la propia destrucción.

Mí legendario antagonista surgió de ese escenario. Primero trató de seducirme, de embarcarme en las reglas de su juego. Tal cosa era inadmisible para mi provincianismo pequeño-burgués. No me atrevía y no me gustaba vivir del expediente. Nuestro protagonista, en cambio, era un técnico en sacarle el jugo a las coyunturas. Vivía en un mundo de continua farsa, dentro del cual se estafaba a sí mismo inventándose una personalidad amenazante que le servía de profesión y de protección.

Ya es hora de que nombremos al personaje. Se llamaba Perico de Palothes. Era un hombre fuerte y peludo que trataba de impresionar tanto con su retórica como con su catadura. En cierta ocasión, cuando yo tenía sólo dieciocho o diecinueve años, me propuso que publicáramos una revista literaria. La revista constaría solamente de dos secciones: una en la que él, en diversos tonos, prosas y metros, afirmaría que yo era un poeta poderoso y genial; y otra en la que yo sostendría a todos los vientos que él era el poseedor de la inteligencia absoluta, del talento sin límites. Todo quedaba así arreglado.

Aunque yo era demasiado joven, aquel proyecto me pareció excesivo. No obstante, me costó disuadirlo. El era un portentoso publicador de revistas. Resultaba asombroso observar cómo arañaba fondos para mantener su perpetuidad panfletaria.

En las aisladas provincias invernales se trazaba un plan preciso de acción. Se había fabricado una larga lista de médicos, abogados, dentistas, agrónomos, profesores, ingenieros, jefes de servicios públicos, etcétera. Aureolado por el halo de sus voluminosas publicaciones, revistas, obras completas, panfletos épicos y líricos, nuestro personaje llegaba como mensajero de la cultura universal. Todo aquello se lo ofrecía severamente a los borrosos hombres a quienes visitaba, y luego se dignaba cobrarles algunos miserables escudos. Ante su verbo grandilocuente, la víctima se iba empequeñeciendo hasta el tamaño de una mosca. Por lo general De Palothes salía con los escudos en el bolsillo y dejaba la mosca entregada a la grandeza de la Cultura Universal.

Otras veces Perico de Palothes se presentaba como técnico de publicidad agrícola y proponía a los selváticos agricultores sureños realizar lujosas monografías de sus haciendas, con fotografías de los propietarios y de las vacas. Era un espectáculo verlo llegar con pantalones de montar y botas de bombero, envuelto en una magnífica hopalanda de procedencia exótica. Entre halagos y oblicuas amenazas de publicaciones contrarias, nuestro hombre salía de los fundos con algunos cheques. Los propietarios, tacaños pero realistas, le alargaban unos billetes para librarse de él.

La característica suprema de Perico de Palothes, filósofo metzscheano y grafómano irredimible, era su matonismo intelectual y físico. Ejerció de perdonavidas en la vida literaria de Chile. Tuvo durante muchos años una pequeña corte de pobres diablos que lo celebraban. Pero la vida suele desinflar en forma implacable a estos seres circunstanciales.

El trágico final de mi iracundo antagónico -se suicidó ya anciano-me hizo vacilar mucho antes de escribir estos recuerdos. Lo hago finalmente, obedeciendo a un imperativo de época y de localidad. Una gran cordillera de odio atraviesa los países de habla española; corroe las tareas del escritor con afanosa envidia. La única manera de terminar con tan destructiva ferocidad es exhibir públicamente sus accidentes.

Tan insana, e igualmente persistente, ha sido la folletinesca persecución literario-política desatada contra mi persona y mi obra por cierto ambiguo uruguayo de apellido gallego, algo así como Ribero. El tipo publica desde hace varios años, en español y en francés, panfletos en que me descuartiza. Lo sensacional es que sus proezas antinerúdicas no sólo desbordan el papel de imprenta que él mismo costea, sino que también se ha financiado costosos viajes encaminados a mí implacable destrucción.

Este curioso personaje emprendió camino hasta la sede universitaria de Oxford, cuando se anunció que allí se me otorgaría el título de doctor honoris causa. Hasta allá llegó el poetiso uruguayo con sus fantásticas incriminaciones, dispuesto a mi descuartizamiento literario. Los Dones me comentaron festivamente las acusaciones en mi contra, todavía vestido yo con la toga escarlata, después de haber recibido la honorífica distinción, mientras bebíamos el oporto ritual.

Más inconcebible y más aventurado aún fue el viaje a Estocolmo de este mismo uruguayo, en el año de 1963. Se rumoreaba que yo obtendría en aquella ocasión el Premio Nobel. Pues bien, el tipo visitó a los académicos, dio entrevistas de prensa, habló por radio para asegurar que yo era uno de los asesinos de Trotski.

Con esta maniobra pretendía inhabilitarme para recibir el Premio.

Al correr del tiempo se comprobó que el hombre anduvo siempre con mala suerte y que, tanto en Oxford como en Estocolmo, perdió tristemente su dinero y su forcejeo.

CRÍTICA Y AUTOCRÍTICA

No se puede negar que he tenido algunos buenos críticos. No me refiero a las adhesiones de banquetes literarios, ni hablo tampoco de los denuestos que involuntariamente suscité.

Me refiero a otras gentes. Entre los libros sobre mi poesía, fuera de los escritos por jóvenes fervorosos, debo nombrar en el mejor sitio el del soviético Lev Ospovat. Este joven llegó a dominar la lengua española y vio mi poesía con algo más que examen de sentido y sonido: le dio una perspectiva venidera aplicándole la luz boreal de su mundo.

Emir Rodríguez Monegal, crítico de primer orden, publicó un libro sobre mi obra poética y lo tituló El viajero inmóvil. Se observa a simple vista que no es tonto este doctor. Se dio cuenta en el acto de que me gusta viajar sin moverme de mi casa, sin salir de mi país, sin apartarme de mí mismo. (En un ejemplar que tengo de ese maravilloso libro de literatura policial titulado La piedra lunar, hay un grabado que me gusta mucho. Representa a un viejo caballero inglés, envuelto en su hopalanda o mac-farlán o levitón o lo que sea, sentado frente a la chimenea, con un libro en la mano, la pipa en la otra y dos perros soñolientos a sus pies. Así me gustaría quedarme siempre, frente al fuego, junto al mar, entre dos perros, leyendo los libros que harto trabajo me costó reunirlos, fumando mis pipas.) El libro de Amado Alonso -Poesía y estilo de Pablo Neruda-es válido para muchos. Interesa su apasionado hurgar en la sombra, buscando los niveles entre las palabras y la escurridiza realidad. Además, el estudio de Alonso revela la primera preocupación seria en nuestro idioma por la obra de un poeta contemporáneo. Y eso me honra más de la cuenta.

Para estudiar y expresar un análisis de mi poesía muchos críticos han recurrido a mí, entre ellos el mismo Amado Alonso, quien me acorralaba con sus preguntas, y me llevaba contra la pared de la claridad donde yo muchas veces no podía seguirlo por aquel entonces.

Algunos me creen un poeta surrealista, otros un realista y otros no me creen poeta. Todos ellos tienen un poco de razón y otro poco de sinrazón.

Residencia en la tierra está escrita, o por lo menos comenzada, antes del apogeo surrealista, como también Tentativa del hombre infinito, pero en esto de las fechas no hay que confiar. El aire del mundo transporta las moléculas de la poesía, ligera como el polen o dura como el plomo, y esas semillas caen en los surcos o sobre las cabezas, le dan a las cosas aire de primavera o de batalla, producen por igual flores y proyectiles.

En cuanto al realismo debo decir, porque no me conviene hacerlo, que detesto el realismo cuando se trata de la poesía. Es más, la poesía no tiene por qué ser sobrerrealista o subrealista, pero puede ser antirrealista. Esto último con toda la razón, con toda la sinrazón, es decir, con toda la poesía.

Me place el libro, la densa materia del trabajo poético, el bosque de la literatura, me place todo, hasta los lomos de los libros, pero no las etiquetas de las escuelas. Quiero libros sin escuelas y sin clasificar, como la vida.

El «héroe positivo» me gusta en Walt Whitman y en Maiakovski, es decir, en quienes lo encontraron sin receta y lo incorporaron, no sin sufrimiento, a la intimidad de nuestra vida corporal, haciéndole compartir el pan y el sueño con nosotros.

La sociedad socialista tiene que terminar con la mitología de una época apresurada, en la cual valían más los letreros que las mercancías, en la cual las esencias fueron dejadas de lado. Pero la necesidad más imperiosa para los escritores es escribir buenos libros. Del mismo modo que me gusta el «héroe positivo» encontrado en las turbulentas trincheras de las guerras civiles por el norteamericano Whitman o por el soviético Maiakovski, cabe también en mi corazón el héroe enlutado de Lautréamont, el caballero suspirante de Laforgue, el soldado negativo de Charles Baudelaire. Cuidado con separar estas mitades de la manzana de la creación, porque tal vez nos cortaríamos el corazón y dejaríamos de ser. Cuidado! Al poeta debemos exigirle sitio en la calle y en el combate, así como en la luz y en la sombra.

Tal vez los deberes del poeta fueron siempre los mismos en la historia. El honor de la poesía fue salir a la calle, fue tomar parte en este y en el otro combate. No se asustó el poeta cuando le dijeron insurgente. La poesía es una insurrección. No se ofendió el poeta porque lo llamaron subversivo. La vida sobrepasa las estructuras y hay nuevos códigos para el alma. De todas partes salta la semilla; todas las ideas son exóticas; esperamos cada día cambios inmensos; vivimos con entusiasmo la mutación del orden humano: la primavera es insurreccional.

Yo he dado cuanto tenía. He lanzado mi poesía a la arena, y a menudo me he desangrado con ella, sufriendo las agonías y exaltando las glorias que me ha tocado presenciar y vivir. Por una cosa o por otra fui incomprendido, y esto no está mal del todo.

Un crítico ecuatoriano ha dicho que en mi libro Las uvas y el viento no hay más que seis páginas de verdadera poesía. Resulta que el ecuatoriano leyó sin amor mi libro por ser éste un libro político, así como otros críticos superpolíticos detestaron Residencia en la tierra por considerarla interna y tenebrosa. El propio Juan Marinello, tan eminente, la condenó en otro tiempo en nombre de los principios. Opino que ambos cometen un error, oriundo de las mismas fuentes.

Yo también he hablado alguna vez en contra de Residencia en la tierra. Pero lo he hecho pensando, no en la poesía, sino en el clima duramente pesimista que ese libro mío respira. No puedo olvidar que hace pocos años un muchacho de Santiago se suicidó al pie de un árbol, y dejó abierto mi libro en aquel poema titulado «Significa sombras».

Creo que tanto Residencia en la tierra, libro sombrío y esencial dentro de mi obra, como Las uvas y el viento, libro de grandes espacios y mucha luz, tienen derecho a existir en alguna parte. Y no me contradigo al decir esto.

La verdad es que tengo cierta predilección por Las uvas y el viento, tal vez por ser mi libro más incomprendido; o porque a través de sus páginas yo me eché a andar por el mundo. Tiene polvo de caminos y agua de ríos; tiene seres, continuidades y ultramar de otros sitios que yo no conocía y que me fueron revelados de tanto andar. Es uno de los libros que más quiero, repito.

De todos mis libros, Estravagario no es el que canta más, sino el que salta mejor. Sus versos saltarines pasan por alto la distinción, el respeto, la protección mutua, los establecimientos y las obligaciones, para auspiciar el reverente desacato. Por su irreverencia es mi libro más íntimo. Por su alcance logra trascendencia dentro de mi poesía. A mi modo de gustar, es un libro morrocotudo, con ese sabor de sal que tiene la verdad.

En las Odas elementales me propuse un basamento originario, nacedor. Quise redescribir muchas cosas ya cantadas, dichas y redichas. Mi punto de partida deliberado debía ser el del niño que emprende, chupándose el lápiz, una composición obligatoria sobre el sol, el pizarrón, el reloj o la familia humana. Ningún tema podía quedar fuera de mi órbita; todo debía tocarlo yo andando o volando, sometiendo mi expresión a la máxima transparencia y virginidad.

Porque comparé unas piedras con unos patitos, un crítico uruguayo se escandalizó. El había decretado que los patitos no son material poético, como tampoco otros pequeños animales. A esta falta de seriedad ha llegado el verbococo literario. Quieren obligar a los creadores a no tratar sino temas sublimes. Pero se equivocan. Haremos poesía hasta con las cosas más despreciadas por los maestros del buen gusto.

La burguesía exige una poesía más y más aislada de la realidad. El poeta que sabe llamar al pan pan y al vino vino es peligroso para el agonizante capitalismo. Más conveniente es que el poeta se crea, como lo dijera Vicente Huidobro, «un pequeño dios». Esta creencia o actitud no molesta a las clases dominantes. El poeta permanece así conmovido por su aislamiento divino, y no se necesita sobornarlo o aplastarlo. El mismo se ha sobornado al condenarse al cielo. Mientras tanto, la tierra tiembla en su camino, en su fulgor.

Nuestros pueblos americanos tienen millones de analfabetos; la incultura es preservada como circunstancia hereditaria y privilegio del feudalismo. Podríamos decir, frente a la rémora de nuestros setenta millones de analfabetos, que nuestros lectores no han nacido aún. Debemos apresurar ese parto para que nos lean a nosotros y a todos los poetas. Hay que abrirle la matriz a América, para sacar de ella la gloriosa luz.

Con frecuencia los críticos de libros se prestan a complacer las ideas de los empresarios feudales. En el año de 1961, por ejemplo, aparecieron tres libros míos: Canción de gesta, Las piedras de Chile y Cantos ceremoniales. Ni siquiera sus títulos fueron mencionados por los críticos de mi país en el curso de todo el año.

Cuando se publicó por primera vez mi poema «Alturas de Macchu Picchu», tampoco se atrevió nadie a mencionarlo en Chile. A las oficinas del periódico chileno más voluminoso, El Mercurio, un diario que se publica hace casi siglo y medio, llegó el editor del poema. Llevaba un aviso pagado que anunciaba la aparición del libro. Se lo aceptaron bajo la condición de que suprimiera mi nombre.

-Pero si Neruda es el autor -protestaba Neira.

-No importa -le respondieron.

«Alturas de Macchu Picchu» tuvo que aparecer como de autor anónimo en el anuncio. ¿De qué le servían ciento cincuenta años de vida a ese periódico? En tanto tiempo no aprendió a respetar la verdad, ni los hechos, ni la poesía.

A veces las pasiones negativas contra mí no obedecen simplemente a un enconado reflejo de la lucha de clases, sino a otras causas. Con más de cuarenta años de trabajo, honrado con varios premios literarios, editados mis libros en los idiomas más sorprendentes, no pasa un día sin que reciba algún golpecito o golpeteo de la envidia circundante. Tal es el caso de mi casa. Compré hace varios años esta casa en Isla Negra, en un sitio desierto, cuando aquí no había agua potable ni electricidad. A golpes de libros la mejoré y la elevé. Traje amadas estatuas de madera, mascarones de viejos barcos que en mi hogar encontraron asilo y descanso después de largos viajes.

Pero muchos no pueden tolerar que un poeta haya alcanzado, como fruto de su obra publicada en todas partes, el decoro material que merecen todos los escritores, todos los músicos, todos los pintores. Los anacrónicos escribientes reaccionarios, que piden a cada instante honores para Goethe, le niegan a los poetas de hoy el derecho a la vida. El hecho de que yo tenga un automóvil los saca particularmente de quicio. Según ellos, el automóvil debe ser exclusividad de los comerciantes, de los especuladores, de los gerentes de prostíbulos, de los usureros y de los tramposos.

Para ponerlos más coléricos regalaré mi casa de Isla Negra al pueblo, y allí se celebrarán alguna vez reuniones sindicales y jornadas de descanso para mineros y campesinos. Mi poesía estará vengada.» Pablo Neruda

Las Cabezas Olmecas.Misterio resuelto.Por Juan Cú en la Isla de Soyaltepec. México

Juan Cú en El Palacio de las Bellas Artes1

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Marcos T. Cedeño. Fotógrafo Prof. del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) Tel:5533493839

 

Misterio resuelto: Las cabezas Olmecas. La isla de Soyaltepec, Límites de Veracruz y Oaxaca, y de Huautla, cercana a la Presa Miguel Alemán.

El cerro, curiosamente, es un conglomerado de piedras gigantes, suaves y listas para esculpirse como el mármol, yo mismo las tallé bajo el fuerte Sol y son magníficas. Método de transporte: las piedras enormes en el cerro son fácilmente desprendibles; allí mismo se les podría dar un acabado esférico y las arrojarían las antiguas civilizaciones prehispánicas al pie del la montaña, desde allí, con palos largos de madera a modo de palanca las transportarían por tierra hasta la corriente de un río y desde allí a cualquier lugar que se necesite, donde finalmente se quedaría la roca.

Por último, se tallaba la cabeza desde la forma esférica hasta verse como un rostro. Los rostros de piedra Olmeca son indudablemente de origen africano, la hipótesis es ésta: serían marineros provenientes de la región occidental de África que navegaron sobre el océano Índico hacia ruta de las islas Filipinas y de allí a las islas del Hawai hasta acercarse al continente americano ( la ruta sobre el océano Atlántico es arriesgada y muy peligrosa, traicionera se interpreta en los escritos (diarios de abordo) de los antiguos navegantes).

Los bloques de piedra con rostros africanos serían ofrendas del país anfitrión en honor a los visitantes lejanos que se pasearían a lo largo del México de aquel entonces, como se estila ahora el recibir con cierta ostentación a los diplomáticos extranjeros en nuestros actuales países.
El cerro tiene su cima plana y es de casi 200 metros de alto, estoy seguro, se extrajeron las grandes piedras para tallar las enormes cabezas Olmecas de la zona. Los cascos de las cabezas Olmecas es un gorro de cuero con incrustaciones de piedras preciosas, un sombrero defensivo de la cabeza contra la espada de obsidiana que se usaba en aquella época.  J. Cú

Aquí lo que se dice hasta ahora de las cabezas olmecas

Apéndice.

«Las colosales cabezas olmecas fueron esculpidas de grandes piedras de basalto extraídas de la Sierra de los Tuxtlas de Veracruz. Estas fueron transportadas a grandes distancias, aunque el método utilizado para el transporte no es claro. Los monumentos terminados representaban realísticamente los retratos de los diferentes gobernantes olmecas, como por ejemplo el primer gobernante de la cultura, cada uno con un tocado distintivo, y las cabezas se organizaron de diversas formas en línea o grupos en los principales centros olmecas. Asimismo, todas las cabezas colosales muestran a hombres maduros con mejillas carnosas, narices chatas, parte traseras planas y ojos que tienden a ser ligeramente entrecerrados. Las características físicas generales de las cabezas son de una raza o población que sigue siendo común en los estados de Tabasco y Veracruz en la actualidad.También se cree que son guerreros, y no dioses, por los cascos que llevan».     

                             wiki

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https://es.wikipedia.org/wiki/Cabeza_colosal

 

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juan cu isla verde

juan Cú en la Isla de Soyaltepec, México.

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Marcos Fonz in Memoriam. Por Juan Cú

Juan Cú en El Palacio de las Bellas Artes1

 

                                    “Lamemos profundas entrañas, 

                                                buscando ese extraño sabor del espíritu”                                    

                                              De las Adiciones al libro de las putas.  

                                                    

         Marcos Fonz ( México 1965- 2014)

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”Simplemente nos cansamos de ser los otros, los demás, los de allá, los esos…los que jamás verán conocer. Yo no creo en los muertos, ni en los muertos que no saben para qué mueren. El uno no mata “así mismo”, la negación no existe en el poeta, la contradicción es realidad de los comunes.– y le repetía al Fonz– uno no mata a-sí mismo. Lo que pasa es que el otro mata aquél. Lo que sucede es que sobrevive el incorrecto… ¡el espíritu, pues! ”  Juan Cú.

 

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