constancia

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A veces vuelvo a pensar en ti. No de forma obsesiva ni constante; simplemente apareces en la misma categoría donde guardo las cosas que me importaron de verdad. Y cuando lo hago, deseo que tu vida esté marchando bien, tan bien como pueda serlo para ti.

Con el tiempo entendí que hubo muchas situaciones que pude manejar mejor. Antes habría reaccionado de formas que hoy me parecen torpes o desbordadas. Contener un torbellino emocional no es fácil, pero cuando logras domarlo sientes una claridad que antes parecía imposible, como si fueras una versión más afinada de ti mismo.

Estoy orgulloso de la persona en la que me estoy convirtiendo.
Y también del caos que fui, porque sin él no habría llegado hasta aquí.

desahogo catártico

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Si la historia está hecha de memorias que luchan por no ser olvidadas, puedo asegurar que haces parte de la mía, porque aunque nuestros caminos se hayan bifurcado de manera deliberada, deliberadamente aún no te he dejado de pensar.

Más de un año hemos sembrado hasta este momento, pero el afecto y los buenos deseos siguen intactos. Aún sigo regando esa plantita de lo que un día fuimos; no morirá mientras la siga cuidando.

Si miro por el retrovisor aún puedo vernos equivocándonos en el camino, y mientras miro hacia adelante me pregunto cuántas equivocaciones nos faltan. La sensación de si fue lo correcto o no aún persiste, sobre todo cuando me haces más falta, porque sí, hay días donde sólo quisiera ir corriendo a refugiarme en esos mismos brazos que me sostuvieron un cuatro de febrero.

Dicen que el tiempo todo lo cura, pero creo que no es una cura en sí misma; no fuiste ni eres una enfermedad o algo semejante. De hecho, fuiste la cura para cosas que ni imaginaste, ni imaginé y sigo descifrando, pero aún me dueles: ese dolor que sientes cuando sientes el vacío de alguien que te falta.

Llegar a la conclusión de que tenemos que vivir con esos vacíos suena coherente en la finitud de todos nosotros, de todos los importantes y de todos los que amamos. Si el tiempo no todo lo cura, el tiempo todo lo arrebata; de lo contrario no correríamos contra el tiempo de nuestra existencia para elucubrar nuestra versión de la felicidad.

Vivir es también el esfuerzo de existir extrañando a los que no están, y de alcanzar algunas metas en nombre y honra de ellos. Pero también debe ser el esfuerzo por no desprenderse de todas aquellas personas que nos han construido.

Sé que fui punzante y doloroso cuando decidí tomar otro rumbo, y hoy soy consciente de que no estuvo bien. Pero, por indebido que haya sido, no mereces que te cause un nuevo malestar por buscar mi propio perdón pidiéndote una disculpa que ya no necesitas porque es tardía. Conociéndote, ya cerraste ese cajón y estás mejor sin la disculpa que con ella en este momento de la vida.

Aún te amo, y te amo mucho. Sigo atesorando, cultivando y deseando las cosas más maravillosas que puedo querer que le pasen a alguien, en especial a ti. Pero esto es lo que tenemos, y aunque aún te amo inmensamente, creo que la apoteosis de este amor es esta: porque lo único que deseo es que todo lo bueno te suceda, y espero que esto sea así, sin esperar que de alguna manera yo vaya a ser testigo de ello o me vaya a ver beneficiado de alguna manera.

Porque esta historia no es la historia que me habría gustado que hubiésemos escrito.

Ya no es lo mismo, tampoco el mismo.

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De las angustias de la vida, del tormento silencioso, de las ideas descontroladas, de las hipótesis simuladas, de la necesidad de minimizar los daños colaterales, de la ponderación de valores y de las decisiones forzadas.

Me esfuerzo en expulsar estas cosas, en plasmarlas en palabras para moldearlas de tal forma que pueda encontrar una manera sensata de llevarlas, de lidiar con ellas y sus consecuencias, de aplicar lo aprendido en el pasado y replicarlo en lo sucesivo.

No es la primera vez que algo así me sucede, no es la primera vez que lo sospecho. No obstante, es la primera vez que tengo evidencia y certeza, y con ellas surge una mezcla entre ira y decepción. ¿A dónde va uno cuando descubre algo que lo afecta de manera tan personal? Y tan abyecta.

¿Cómo confrontar la situación si sé que será un gran embrollo familiar? Es precisamente lo que quiero evitar. No deseo ver a mi padre y a mi madre de nuevo envueltos en lágrimas. Tampoco quiero estar ahí, confrontando las cosas solo por el orgullo de tener la razón y demostrar que procuro actuar de manera ética y con buenos principios y valores. Al fin y al cabo, no tengo que demostrarle a nadie los criterios de mi actuar, y ellos tampoco podrán juzgar justamente al otro; para ellos, evidentemente, será más doloroso.

Tampoco quiero hacerme el invidente ante la situación, fingir que no pasa nada y seguir alimentando estos sentimientos negativos que ya afloraron dentro de mí. Necesito cortar de raíz este problema. No se trata solo de confrontarlo, sino de hacerle saber a esa persona lo mucho que sé de toda la situación. Necesito que entienda que estoy cansado de ser subestimado, que si no digo nada es por mi escala de valores y principios, no porque no sepa cómo devolver el daño en iguales proporciones. Aunque eso suene egocéntrico o narcisista, es en realidad un llamado contundente a la moderación de sus excesos, que ya han empezado a invadir lo que es mío.

¿Cómo saber si lo que debo hacer es confrontar o simplemente huir, como si fuera yo el responsable o el culpable? ¿Hasta qué punto, por omisión, nos responsabilizamos de las actuaciones de otros? Confrontar significa exponerse a un dolor inmediato, pero potencialmente liberador: descargar esta nocividad. Huir puede parecer más seguro, pero deja abiertas las dudas y las heridas. Aunque, quizá, al confrontar pueda ser retado; y espero entonces tener suficientes verdades de mi lado.

Medito todo esto en las noches. A veces no pienso, simplemente lo reprocho a lo incomprensible, me cuestiono si acaso se trata de un asunto de merecimiento. Otras veces simplemente lloro, porque me duele. No de un modo físico, sino de una manera que no sé expresar, aunque sí comprender. El interrogante existencial radica en la imposibilidad de comprender si es un asunto de destino, castigo o una simple consecuencia de lo humano.

No sé en dónde buscar las respuestas cuando no las encuentro dentro de mí, cuando quien me ayudaba a hallarlas ya no está aquí.

De todas estas preguntas solo me ha quedado una certeza: no pienso permanecer mucho tiempo en esta situación. Bien o mal, tomaré una decisión y asumiré sus consecuencias, pues hay líneas morales y principios de conducta que no pienso ceder ni tolerar, incluso si provienen de alguien bajo mi mismo techo y que come en mi misma mesa.

Supongo que no toda decisión responde a la certeza; algunas nacen de la imperiosa necesidad de terminar algo. Y ahora que escribo estas palabras comprendo que algo semejante ya lo decidí con alguien mucho más importante que la persona con quien me confronto ahora. Así que sí. Quizá deba ser así, porque sé que soy nuevamente capaz de sostener este tipo de decisiones, aunque duelan. Porque la primera aún me punza las fibras del alma, y aun así aquí sigo: dándole la cara a la vida, poniéndole el pecho a la brisa y sosteniendo lo decidido.

Colombia: Entre la Fe, la Polarización y la Rebelión de las Ideas

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Vivimos en un país que se declara laico, pero en el que muchos se refugian tras la máscara de la fe para disimular la corrupción moral que los consume; un país tan polarizado que la objetividad no existe y se mimetiza con la conveniencia, el fanatismo o el interés personal. Esta frase resume, en pocas palabras, la encrucijada en la que se encuentra Colombia: atrapada entre una moral manipulada, una narrativa política maniquea y un pasado violento que aún no hemos logrado entender, ni mucho menos superar.

La historia reciente de Colombia ha estado marcada por el conflicto armado, y con él, por la presencia de múltiples guerrillas que han tenido motivaciones, métodos y trayectorias muy distintas. Sin embargo, el relato dominante —en gran parte impulsado por sectores de derecha— ha sido simplificar y reducir toda insurgencia a crimen, terrorismo o narcotráfico, sin matices ni contexto. Esta mirada superficial ha alimentado la estigmatización, ha cerrado espacios de reconciliación y ha obstaculizado la implementación real de la paz.

Precisamente toda la premisa parte del error intencional de ocultar que no todas las guerrillas en Colombia han sido iguales. Mientras algunas se transformaron en aparatos de guerra sostenidos por economías ilegales, otras surgieron con un carácter profundamente ideológico, simbólico e incluso cultural.

El M-19, por ejemplo, fue una guerrilla urbana con una visión política centrada en la democratización del país. A pesar de que cometió actos armados —como la toma de la Embajada Dominicana o el asalto al Palacio de Justicia—, su intención nunca fue la conquista territorial o la imposición por la fuerza, como ocurrió con las FARC o el ELN. El M-19 se caracterizó por usar la acción simbólica como herramienta política: la toma de la espada de Bolívar no fue un acto de violencia, sino una declaración ideológica. Posteriormente, sus líderes negociaron la paz, abandonaron las armas y se integraron a la vida política nacional.

Del M-19 surgieron figuras claves en la política contemporánea, como Antonio Navarro Wolff o el actual presidente Gustavo Petro, quienes transitaron del combate ideológico al debate democrático. Su evolución desmiente la idea de que todo “guerrillero” es un criminal irredimible. Al contrario, demuestra que muchos insurgentes fueron ciudadanos que, en contextos de injusticia y represión, eligieron una vía radical para exigir reformas profundas.

Por otro lado, las FARC, aunque nacieron también con motivaciones políticas —reivindicaciones agrarias, lucha contra la desigualdad y el abandono estatal en las zonas rurales—, con el paso del tiempo se convirtieron en un actor militar de control territorial. Su involucramiento con el narcotráfico, el secuestro sistemático y otras prácticas violentas los alejaron de cualquier legitimidad ideológica. La lucha se degradó y se convirtió, en muchos casos, en una economía de guerra. Lo mismo ocurrió con el ELN, aún activo, y con bandas posfarc como el Clan del Golfo, que son simplemente mafias con lenguaje político.

El Acuerdo de Paz firmado en 2016 entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC fue un momento histórico. No solo por haber terminado formalmente el conflicto armado más largo del hemisferio occidental, sino por el enfoque amplio del acuerdo: justicia transicional, desarrollo rural, participación política, sustitución de cultivos ilícitos, reparación a las víctimas y garantías de no repetición.

Sin embargo, su implementación ha sido caótica, incompleta y, en muchos aspectos, traicionada. Gran parte de la tradicional clase política colombiana —liderada recientemente por el uribismo— se dedicó sistemáticamente a boicotear el acuerdo: desfinanciaron programas claves, sabotearon institucionalmente la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), incumplieron la protección a excombatientes y manipularon el discurso para asociar la paz con impunidad.

El referendo de 2016, ganado por el “No” con base en mentiras estratégicas —como el supuesto «castrochavismo» o la idea de que los guerrilleros recibirían grandes sueldos—, reveló no solo la fragilidad del país ante la desinformación, sino el miedo profundo de una élite a perder control sobre una narrativa que los favorecía. Para esa élite, el perdón y la verdad son peligrosos porque amenazan con develar sus propias culpas.

En este contexto, el término “guerrillero” se ha transformado en un insulto, en una etiqueta para anular al otro. Hoy en Colombia, a cualquier voz crítica del establecimiento, a cualquier defensor de derechos humanos o militante social, se le tilda de guerrillero. Es una forma de deshumanizar al oponente político y justificar la violencia contra él.

Esta generalización es no solo injusta, sino peligrosa. Borra las diferencias entre quienes empuñaron armas por convicción política y quienes lo hicieron por dinero o poder; entre quienes cometieron crímenes de lesa humanidad y quienes intentaron transformar el país por vías alternativas. También oculta el hecho de que muchos de estos jóvenes armados no eran monstruos, sino campesinos sin opciones, reclutados a la fuerza o impulsados por la desesperanza.

Además, esta narrativa encubre otras violencias: la del paramilitarismo, que cometió masacres con la complicidad del Estado; la del narcotráfico, que corrompió todas las instituciones; y la de las fuerzas armadas, responsables de crímenes tan atroces como los “falsos positivos”.

En un país sin matices es evidente que existe una democracia en riesgo.

La Colombia actual es una nación sin matices. La tradicional e histórica casta política ha monopolizado la moral, la religión y el discurso patriótico. Ha instalado la idea de que solo hay dos bandos: los buenos que defienden el orden, y los malos que son todos guerrilleros disfrazados. En ese juego de espejos, la fe se vuelve una excusa, la justicia una herramienta política y la verdad un relato al servicio del poder.

Pero Colombia también es resiliente. Ha producido movimientos ciudadanos, expresiones culturales y procesos de resistencia que buscan abrir un nuevo camino. El Paro Nacional de 2021 lo demostró: jóvenes, estudiantes, indígenas, trabajadores y madres comunitarias salieron a las calles no para defender a una guerrilla, sino para exigir dignidad, futuro y una paz real.

El reto está en recuperar la capacidad de escuchar, de analizar sin dogmas, de entender que el conflicto colombiano no se resuelve con balas ni con eslóganes vacíos. Se resuelve con verdad, educación, reparación y justicia. Se resuelve desarmando no solo a los grupos ilegales, sino también los discursos de odio y los privilegios enquistados en el poder.

Colombia no necesita más guerras ni más mártires. Necesita memoria. Necesita mirar con honestidad su pasado, reconocer las diferencias entre actores armados, aceptar responsabilidades y comprometerse con la construcción colectiva del país. Necesita dejar de disfrazar la corrupción con discursos religiosos y dejar de usar el miedo como herramienta de control social.

No se trata de romantizar la insurgencia ni de justificar la violencia. Se trata de comprender, con rigor y sin prejuicios, por qué surgieron las luchas armadas, cómo se degradaron y por qué aún hoy persisten los conflictos. Solo así podremos romper el ciclo.

Porque al final, como escribió Eduardo Galeano, “la historia está hecha de memorias que luchan por no ser olvidadas”. Y en Colombia, todavía hay muchas verdades esperando ser contadas.

respuestas

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Cuán cómodo resulta permanecer estático ante las vicisitudes ajenas, tanto así como beneficiarse de los esfuerzos ajenos, como quien se beneficia de los frutos de la planta que no sembró, regó ni abonó.

No es fácil el esfuerzo, ni el mérito y mucho menos procurar ser buena persona, menos aún en el utilitarismo y volatilidad modernos; encomendarse a Dios o culpar a Dios.

Cuán difícil es ver las grandilocuencias divinas en la nubosidad de la vida, no existen lentes divinos porque no se trata de la vista normal, se requiere ir un poco más hacía adentro para entender lo que está afuera de nosotros, rodeándonos.

Vivimos en una multiplicidad de respuestas a súplicas escuchadas fraguadas en los limites de las objetivas posibilidades, llamándoles milagros, viviendo milagros ignotos a nuestras percepciones y realidades.

Milagros que redundan en nuestro bien aún cuando se sientan adversos.

Subvervivo

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En la imprevisibilidad de lo cotidiano vive zambulléndose nuestra presencia, que indistinto de sí fugaz o prolongada sigue titilando como luciérnaga en la profunda noche.

No saber si temprano o tarde es la regla transversal de los días, de las noches.

Dejamos al destino las consecuencias de nuestros actos u omisiones, como quien pretende aliviar la consciencia o adjudicar una culpa, todo detrás del umbral del aparente desconocimiento.

catyin

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La vida actúa de maneras muy extrañas y confusas la mayor parte del tiempo, pero parece ser que siempre guarda una justificación a todo, muchas veces lo comprendemos mucho después de los acontecimientos, pero sin lugar a duda, tarde o temprano comprendemos las cosas.

Una parte importante y esencial de la vida considero que es la de aprender a decir adiós, pero también lo es, la de aprender a vivir sin ese adiós, atormentarse buscando explicaciones a las cosas resulta ser, en muchas oportunidades como un vicio, entender que hay personas que se desvanecen de repente, que no dan explicaciones, puede traer implícito algo que la vida quiere que aprendamos, la esencialidad parece existir sólo cuando se trata de nosotros mismos.

Vamos sumando luchas, duelos, dolores, gozos y alegrías, las vamos apilando como si de ladrillo a una pared se tratara, nosotros escogemos que tan fuerte y que tan alto queremos llegar, nosotros escogemos a quien acompañar y de quien nos dejamos acompañar, nosotros somos el cumulo de todos los que nos han acompañado, de todos los que han estado, y también de todos los que ya no están.

Hoy estoy no para todos pero si para muchos, como le dije a alguien maravilloso recientemente, no pretendo enseñar nada, yo sólo vengo a ofrecer mi corazón.

tenue

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La inseguridad siempre habitará en las decisiones porque en sus terrenos está lo incierto y el azar, está también la voluntad y decisiones de los otros, quienes de manera impajaritable están inmersos en estas resultas.

Sin embargo, hay certezas en otras áreas, asuntos y cosas. Pues si bien no estoy seguro de si fue lo correcto, quiero ampararme en que fue lo necesario, y aunque quiera convencerme de que no le pienso, sólo yo sé cuánto le extraño.

En el mismo sentido sólo yo sé cuánto le amo, su importancia en mi vida y lo mucho que, sin estar, sigue estando latente. Hoy quisiera afirmarle que indistinto de muchas cosas yo no le guardo rencor ni rabia alguna, sería un sin sentido, una desproporción y una gran mentira decir que siento algo así.

Las personas podrán ausentarse, podrán irse, incluso podrán cambiar, pero en sus momentos, en sus versiones del espacio que vibramos cerca y al tiempo, fueron lo que eran, y eso fue, eso fuimos y eso seremos. Con diferencias, con cambios, con decisiones e indecisiones, aciertos y errores.

Aquí sigo guardando y teniéndole todo el amor que en muchas formas y tonos he profesado y confesado, aún con las cosas actuales, sigue estando ahí y sique estando aquí. Le sigo pensando y sigo pidiendo, ya no sólo por ella, sino también por él.

El amor también se encuentra en el silencio y en la distancia, en el respeto por las decisiones. Puedes amar extrañando.

Pero quisiera un abrazo de esos que se sentían íntimos, de esos que en medio de tristeza me dio antes que se fuera, porque esa fue la última vez que la sentí cerca.

Stamina

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Llevamos nuestras culpas al lugar donde duermen las tristezas, y llenamos nuestro pecho con excusas cada vez que alguien nos pregunta acerca de este daño tan profundo.

No hay un inequívoco lugar donde converjan en armonía tanta asimetría emocional, no existe un punto de inflexión más rotundo que el mismo dolor o decepción.

No hay palabra que persista, ni por escrito ni en su voz, pues lo que el viento no pudo, sus desaires las borró.

En definitiva, sólo quiero algún día una explicación, una excusa o disculpa, algo a lo que pueda apelar como cura a todo esto.

arbitrario

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Entre esta espera que me desespera, las lagrimas ya no encuentran su cause, y aunque es todo un fuerte invierno, aquí todo por dentro se seca; y aunque afuera no cesa la lluvia, por dentro me ahogan las dudas.

No hay tiempo para arrepentirse, menos cuando la decisión es abyecta, si los aviones partieran del cielo, yo volaría por la tierra, si hoy todo fuera al contrario, esta distancia nos tendría muy cerca.

Las respuestas buscarían preguntas y las letras quien las escribiera, las cosas querrían ser ideas, los cuadros pintarían personas; pero mi mano siempre buscaría la tuya.