Recomendaría leerse este post antes de iniciar la lectura del presente.
Lo que se expone en el anterior post a manera de ejemplo, es lo que llamamos en Ciencia Política “sufragio censitario”, el cual consta básicamente en que para ser miembro del cuerpo electoral (los que eligen a los representantes) de la comunidad política (es decir, si quieres elegir a alguien para que te represente), necesitas más requisitos que el mero ser miembro de la misma comunidad, requisitos que suelen exigirse acorde a parámetros de mayor aptitud o competencia.
La lógica del sufragio censitario es sencilla. Si tu eres propietario o demuestras la suficiente competencia para vivir en sociedad y para tomar decisiones, sería justo que se te reservara el poder público de la elección a tus representantes. Este sistema acompañó a las primeras democracias, y estuvo incluido en la Constitución Venezolana hasta 1947 cuando se impone (literalmente) el sistema del sufragio universal (es decir, tienes el derecho de votar en las elecciones solo por ser miembro de la comunidad política, es decir, si eres ciudadano).
Los requisitos en primera instancia tenían que ver con la posesión de propiedades (ergo, ser exitoso en tus negocios), tener alguna profesión (ergo, ser inteligente), saber leer y escribir (para entender de leyes y demás frutas), ser mayor de cierta edad (25 años) o ser casado (ergo, ser cabeza de familia). Obviamente que por herencia de las antiguas instituciones coloniales españolas, las mujeres no votaban. Cocina, Iglesia y Niños para ellas…
La extensión del sufragio universal vino con el desarrollo económico y con la influencia de grupos de presión (como las mujeres sufragantes). Ya al extenderse el uso de la propiedad privada y sus rentas (más posibilidades de cualquiera para tener un negocio), la prosperidad económica repartida en todo el sistema político, el alfabetismo siendo extendido en todas las naciones gracias a la extensión de la educación pública en el siglo XIX, ya esas categorías o requisitos cayeron en desuso.
En ese caso no vale la pena mantener unas condiciones para entrar, cuando ya todo el mundo puede hacerlo. En el caso de las mujeres, lo más probable es que se tratara de puro y simple machismo pseudocientífico que quedaba como rémora de épocas pasadas, justificando la inacción electoral de las mujeres por tener ellas condiciones más propias del hogar que para prestarle atención a la política (y asuntos de «hombres», en general).
Y aunque lo último fuera estrictamente verdad… El ser una Ama de Casa no imposibilita a priori el enterarse de asuntos políticos y el de formarse una opinión política, ni mucho menos impide el poder expresarla mediante el voto. Recuerden, no hay obligación alguna para que las descripciones deban pasar inmediatamente a ser prescripciones.
Con esto, puedo admitir una hipótesis en contrario. Ya que el sufragio universal no es un derecho humano absoluto (es un derecho político y es reglado por normas del país), ¿podría aceptarse que a menor nivel educativo general de la población, mayores niveles de pobreza y menor aptitud/actitud ciudadana para el ejercicio del voto, se restrinja el derecho del sufragio a quienes sean competentes para ello (un grado universitario, cierta renta)? Se los dejo para reflexionar.
Considerando todo esto, no me parece demasiado idónea la propuesta del sufragio censitario como medio para mejorar la calidad del sistema democrático. Solo hay que hacerse unas preguntas.
¿Quien determina la competencia de los sufragantes? Si es el Poder Público habría que cerciorarse que el mismo no termine discriminando a los electores por mariqueras, o por indicadores altamente convenientes a sus propósitos. «Los comunistas no pueden votar», «los negros no pueden votar». Y así. ¿Cuales serían las líneas rojas?, y ¿cuantas de ellas son justificadas por la necesidad y de que manera? Recuerden que también tendríamos que soportar grupos de presión que tratarían de arrimar la pelota a su campo. Insisto, ¿cuales serían los indicadores de la competencia de los sufragantes?, ¿como decidimos quien puede votar y quien no?
Y la más importante a estos efectos, ¿donde queda el principio de igualdad? La discriminación por motivos políticos es algo que rompe con el sentido republicano de igualdad ante la ley. Como miembros de la comunidad política, tenemos el derecho de participar en su conducción y fabricar su destino, por ello, la exclusión a priori de miembros de una comunidad política por X razón no-política, terminaría generando castas privilegiadas. La única manera de quitarle a alguien el derecho al sufragio en una República es por razones contempladas en la ley, mediante sentencia contradictoria y firme.
Ante el argumento de que si aceptamos el sufragio universal terminaremos con un tropel de idiotas que eligen a idiotas para gobernar, tenemos que ponderar que la democracia liberal no solo es el peor sistema que ha aparecido en la tierra (a excepción de todos los demás), sino que también es el sistema que le permite equivocarse a su pueblo si le viene en gana. Para empezar…
La solución a esto radica en incentivar el control político de los representados hacia sus representantes, cosa que es más probable en un entorno económicamente desarrollado done la gente no pase penurias, donde sea culturalmente fomentada la participación en instituciones intermedias (partidos, sindicatos, ONG’s) y donde todo el mundo tenga algo que perder.
A veces la democracia participativa o directa también puede funcionar para darle control a las comunidades en los ámbitos en donde sean más competentes, pero a grandes rasgos, el sistema de gobierno representativo funciona aceptablemente bien para administrar el poder a gran escala. Y para esto el sistema de sufragio universal ha funcionado bien en las democracias liberales (en donde, por definición, gobierna el pueblo; no la masa, la muchedumbre, la aristocracia o un solo hombre).
Somos electores políticos y tenemos el deber de ser inteligentes. La aristocracia política (las élites) no puede subsistir sin un pueblo detrás que la apoye. Ya que las decisiones del cuerpo electoral (es decir, del conjunto de electores) nos atañen a todos, votemos o no, tendríamos el deber moral y cívico de tener alguna idea de lo que dictan las autoridades del Poder Público, y de lo que los demás electores quieren que hagan. Y si queremos colaborar o ayudar en algo dentro de un sistema representativo, podemos propagar nuestra idea, colaborar en su forma, y votar para que la fuerza mayoritaria gobierne al país por lo que consideremos el bien para todos.
Sinceramente, yo apostaría (y no tendría ningún problema) por reformas institucionales que aumenten la calidad del voto antes que disminuirla. Pero estas reformas se tienen que hacer sin exclusión innecesaria (sí, soy de los que cree que los niños no deben votar) o perjudicial a todo el cuerpo social.
Otra cuestión (una hipótesis) para considerar es el como se pueden establecer analogías entre la política como actividad y el funcionamiento de los sistemas complejos, y su relación con la eficacia de la democracia representativa como forma de gobierno. Para ello, tendré la gentileza de citar esto casi en su totalidad:
«Un sistema complejo es un conjunto de muy numerosos componentes que interactúan entre sí. El clima de la tierra, por ejemplo, es un sistema complejo, como lo son el aparato circulatorio humano, la dinámica turbulenta de los fluidos, los mercados de valores, las sociedades en general y, naturalmente, el mismo universo entero.
Las Ciencias Sociales clásicas procuraban construir modelos lineales y simples en imitación de la Física Clásica; ahora disponen de las estructuras conceptuales provistas por la Ciencia de la Complejidad, que son mucho más poderosas para modelar entes complejos como las sociedades y su desenvolvimiento histórico. Si Carlos Marx hubiera tenido a la mano la Ciencia de la Complejidad, nunca hubiera desarrollado su “materialismo histórico”.
Uno de los rasgos definitorios de los sistemas complejos es la presencia, en el conjunto, de “propiedades emergentes” que no están presentes en los componentes individuales y por esto son impredecibles a partir de ellos.
En ilustración de Ilya Prigogine, Premio Nóbel de Química: si ante un ejército de hormigas que se desplaza por una pared, uno fija la atención en cualquier hormiga elegida al azar, podrá notar que la hormiga en cuestión despliega un comportamiento verdaderamente errático. El pequeño insecto se dirigirá hacia adelante, luego se detendrá, dará una vuelta, se comunicará con una vecina, tornará a darse vuelta, etcétera. Pero el conjunto de las hormigas tendrá una dirección claramente definida.
Para la economía clásica, la mano misteriosa del mercado estaba basada en la eficiencia del decisor individual. Se lo postulaba como miembro de la especie homo œconomicus, hombre económicamente racional. Los modelos del comportamiento microeconómico postulaban competencia perfecta e información transparente. El mercado era perfecto porque el átomo que lo componía, el decisor individual, era perfecto. La propiedad del conjunto estaba presente en el componente.
Hoy en día, no es necesario suponer esa racionalidad individual para postular la racionalidad del conjunto: el mercado es un mecanismo eficiente independientemente y por encima de la lógica de las decisiones individuales.
Es esta característica natural de los sistemas complejos el más sólido fundamento de la democracia y el mercado. A pesar de la imperfección política de los ciudadanos concretos, la democracia sabe encontrar el bien común mejor que otras formas de gobierno; a pesar de la imperfección económica de los consumidores, el mercado es preferible como distribuidor social».
El sistema electoral democrático basado en el sufragio tendría como propiedad emergente la elección del bien común para la comunidad política de forma más eficaz. Esta conclusión presupondría un electorado más o menos educado y, en mi opinión, exigiría la presencia de poderes públicos que garanticen la existencia de instituciones contramayoritarias, que eviten los abusos y excesos de un grupo político mayoritario fuera de control.
Concluyendo con una opinión más para reflexionar, considero además que el voto censitario en este caso sería una triquiñuela intelectual para terminar reconduciendo al cuerpo electoral hacia la elección de auto-proclamados salvadores de la patria, quienes ellos mismos determinarían su valía ante los demás. No se extrañen que estos mismos salvadores sean los que consientan esas mismas cosas… La discriminación no es amiga de la democracia ni de la libertad.

