Actualizarse (…y no morir de inanición)


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Aunque cualquier cosa puede ya encontrarse en el internete, Mujerárbol no deja de interesarse por las cualquiercosas de la Irlanda antigua.

Hoy me vino a la memoria la vieja costumbre del troscad, modernizado como «huelga de hambre», de las que, por cierto, la Irlanda de los años 70 guarda cierta memoria histórica bien real.

En la época medieval, esa «huelga» era otra cosa, y las dos partes implicadas tenían un peso distinto al que el hecho tiene en la actualidad: no se trataba de ciudadanos manifestándose contra un estamento político o un gobierno, sino de algo más viejo: un individuo contra otro de mayor rango social.

Se trataba de un mecanismo legal que obligaba al de rango superior a acceder a las peticiones de el de rango inferior, para lo cual éste ayunaba delante de su casa.

Parece ser que el asunto tenía ciertas reglas, como el que un juez o un experto legal pudiera mediar y sancionar si el asunto se ponía negro y también que estaba reglado el tiempo que se debía ayunar (desde la puesta de sol hasta el siguiente amanecer) cosa la cual limita bastante nuestra percepción del asunto, agrandada más por el impacto de la improvisada traducción («huelga de hambre») que por la tradición.

En sí, el recurso principal de la parte demandada era garantizar justicia al demandante mediante un «seguro» (rath), o bien entregando algún bien doméstico al ayunador (como garantía de dicha justicia). Pero si ésta minucia se eludía por parte del superior, o si éste no ayunaba en contraparte, la cosa podía ir a mayores. Normalmente, el caso caducaba automáticamente cuando el superior entregaba cualquier prenda o seguro al «huelguista». Pero si no lo hacía y no ayunaba también, debía pagar el doble de lo que se demandaba.

Por supuesto, si el demandante se llevaba algo de la propiedad del demandado, el caso caducaba y cambiaba, aunque según Fergus Kelly algunas fuentes indican un periodo de tres días para que se arreglase el asunto mediante prenda.

Como cosa curiosa, si el demandado tenía un «sustituto legal» (un tipo del que hablaremos en otro momento) el demandante podía llevarse alguna propiedad de éste sustituto y no del demandado original. Y si el demandado se oponía a satisfacer al demandante que llevaba a cabo un ayuno justificado, podía perder su estatus legal, desapareciendo su derecho a recibir compensación por ofensas posteriores que se cometieran contra él.

Y ya para rematar curiosidades, en caso de que el demandado fuese un clérigo ordenado o un superior monástico, ni siquiera podía asistir a Misa o recibir los Sacramentos si se ayunaba contra él, hasta que accediera a hacer justicia. Lo cual demuestra que el troscad alcanzaba el ámbito espiritual además del material.

«El país donde florece el limonero»


No suelo hablar de las cosas que leo, porque siempre consideré que era un vicio privado.

Ya es pena que algunos viesen (o vean) la lectura como un peligro o una amenaza a la salud…  Lo dice una monocular de nacimiento, que lee desde que aprendió a hacerlo, siempre bajo la «amenaza» de quedarse sin vista por ello. ¡Tonterías! sin vista me quedaré cuando Dios quiera. Sí, uso gafas, ¿quién no, a edad mayor de 50? Un desperdicio, siempre me sobra una lente. 

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Pues leo «El país donde florece el limonero. Una historia de Italia y sus cítricos» (Helena Atlee. Trad. María Belmonte)

No ha sido lo último que he leído; sino que lo leí hace ya hace…¿5 años? Sí, cuando la pandemia, momento estupendo para leer… y ahora, releer.

Hay que darle otra vuelta a algunas lecturas que nos gustan y nos emocionan, y a ésta en concreto porque es una absoluta delicia. Un traductor con cabeza hizo en su momento una excelente adaptación a las palabras (¡y las ideas!) originales, de manera que leerlo en español correcto y hasta muy bien adaptado, tiene el resultado de maravilla descriptiva, sin abusar de adjetivos, visual como uno de esos estupendos documentales que en su día realizaba la BBC y ahora rarísimamente se ven en TVE.

La autora, inglesa que se nota viajada, se complace en descubrirnos todo lo que gira en torno al limón en la campiña italiana: su cultivo, el origen e historia del mismo; la forma, los colores y los olores, las variedades del fruto con sus nombres, las regiones limoneras; los avatares históricos de tan preciado tesoro, los usos que se le dan… Porque el limón es un tesoro, y no ya porque pudo alcanzar precios exorbitantes en épocas más o menos lejanas, cuando no existían los aromas sintéticos, sino porque LO ES en sí. Como muchas frutas y todos los árboles del mundo.

Imagínense vds. una fruta, regalo de Dios «y del trabajo de los hombres»; vamos, una fruta como tiene que ser. Con variedad de formas y sistemas de cultivarlo y muchas más variedades de utilizarlo para una larga diversidad de usos. Su hermana, la mágica naranja, ha suscitado miles de poemas, canciones, pinturas… Pero el limón, con la cosa del agrio, parece como un hermano menor. Este libro demuestra que no es por falta de importancia o de interés.

¿Han manoseado vds. un limón? Untosidad, rugosidad y satén a la vez… Y su dureza, mayor que la de la mandarina o de la misma naranja, aunque eso depende de la variedad. ¡Y ese color! Y el olor al picotear la cáscara y/o abrirlo. Y el frescor del zumo en agua fría. Sí, esos de cáscara gorda, o la más fina, que se puede poner sobre un pescado fresco a la plancha, y… morir después. 

Según la autora, en Italia se cultiva(ba)n muchas variedades de limón y cada cual con su aroma particular, aparte de la forma externa: los hay pequeñitos, los hay exageradamente grandes, con tetilla o no, de un amarillo limón perfecto y de un anaranjado maravilloso; los que se pueden consumir verdes o los que solamente sirven si están maduros. Los hay con nombres derivados de la región donde cada cual era cultivado. Los hay enormes, los hay pequeños y redondeaditos como juguetes para bebés… 

La historia de cómo los musulmanes llevaron ese fruto desde Oriente y Norte de África hasta Italia, primero la insular y luego la continental. La locura de los hebreos de toda Europa (y luego, los de Oriente Miedo*) buscando ejemplares sin mácula para no recuerdo qué fiesta suya, que exigía una fruta impecable, sin picaduras ni manchas, porque es una ofrenda a D’s… ¿Es una fiesta que luego el limón se guardaba durante todo el año, o más, en una cajita, como un precioso tesoro? (Esto me suena de algún cuadro de Chagall que vi en Madrid hace también muchos años).

La grandeza del trabajo de generaciones de agricultores, cosechadores, vendedores; gente que utilizaba el zumo, o la pulpa, o una combinación de ambas para elaborar bebidas (limoncello, sí, pero el de verdad que no tiene nada que ver con lo que llamamos así por estas tierras), y perfumes, ungüentos, aceites… 

Los que inventaron la moda de la fruta falsa, unos modelos a tamaño real hechos con cera y pintados, para adornar mesas, reposteros y no sé qué detalles decorativos en la época Renacentista y del Rococó. Los que descubrieron las propiedades cicatrizantes del aceite de bergamota, que es una variedad de limón que se criaba exclusivamente en el territorio de Bérgamo. El fastuoso jugueteo de una batalla a limonazo limpio por las calles de una ciudad con todo lujo barroco-bizantino y la pringosa desesperación de los limpiadores públicos, que luego tienen que eliminar los restos de la batalla. 

Me encanta, no solamente la pulcritud documental con que está escrito el libro, sino el tremendo lujo de poder conocer la existencia e historia de una fruta ya no tan humilde, aunque ahora la consumimos estandarizada, domesticada, casi mecánica y… tan artificial como la Inteligencia esa que anda por ahí… 

La diferencia entre un limón limonero, ¡limón de la estampita! (copyright Tip&Coll) y uno de plástico. 

Acariciar un limón como si lo amáramos de verdad… Para los que sean más intelectuales que «fetichistas» de la fruta, les recomiendo ese libro. ¡Qué también da ganas de ir a Italia, cuidado! 

Mientras tanto, acaricie vd. un limón, como si fuera suyo. 

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(*) Oriente Miedo es un topónimo inventado

¡Qué complicado!


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Me he sorprendido mí misma pensando en la compañía de un gato. Sopesando pros y contras y hasta preguntándole al ChatGpt ese…

Es que echo de menos a mi querido Pangur, el gato de antes de la Pandemia. Pangur el Negro murió justo cuando empezaba la cosa… Me hizo muchas diabluras y mucha compañía, y eso que yo lo quería blanco y me lo regalaron negro. Neggggro… y punto malvadillo.

Al menos fueron 10 años de todo, todo: ansiedad, angustia y desesperación… sí, como un bolero. Pero él sabía cuando una estaba triste o hecha unos zorros. Recuerdo cuando murió mi padre y el se quedaba de almohada. Y hasta soportaba mis rabietas. Eso sí, la casa era más grande y podía tener un sitio exclusivo para su arenero, en la «terraza» ventilada, y ahora no hay terraza ni ventilación y las ventanas son altas y no tienen reja. Bueno, habría que pensarlo… Lo de la reja, si hubiera gato..

¡Qué complicado es vivir sin gato cuando se ha tenido uno! Dicho de otra manera, ¡qué difícil es hacerse mayor!

Diario de otoñio


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Hoy (era el 3 de Noviembre de 2025) caminé por terrenos que hace muchos años no pisaba, junto al rio, en los viejos bañaderos de la Pavera y El Cortao. Todo es distinto, y me recordaba a mí misma recorriéndolos en bici, como hacía en los 90. También me acuerdo de cuando alguien nos llevaba en coche, a bañarnos allí en los calores del verano… muchísimo antes.

La melancolía otoñal se arrejunta con la incapacidad de oír claramente en según que entornos… y con dificultades para recordar lo oído en casi todos los entornos. Con la tristeza del Día de Difuntos y con la certeza de que los días duran cada vez menos… como cada uno. 

Siempre fue el otoño mi estación favorita, pero es duro hacerse otoño. En fin, que ha sido un día melancólico, pero inefable. Tanto que apenas he hecho fotos; quizá la fealdad de gran parte de los cambios en el terreno no me ha invitado a ello. Y sin embargo, seguía siendo maravillosa la luz, la vegetación un poco descuidada, y el cielo tan limpio, en el que evolucionaban un par de laguneros. 

  La Pavera ya no tiene tanto esplendor, o será que nosotros ya estamos muy faltos de esplendor también
Llevaba de todos modos mucho tiempo sin dar un paseo de campo tan campestre, es la verdad. 
 Así que, ni tan mal.

Una pelota suelta


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Tengo la suerte de disfrutar de una ciudad… ya no sé ni como llamarla, pues cada vez es más nosequé y menos villa.
En ella todavía abunda lo verde. Olvidemos los numerosos árboles que cualquier día desaparecen para nosequé… Hay verde en forma de hierbas en los alcorques de los árboles más chuchurríos; al borde de las acequias de regadío (que pertenecen al Patrimonio), verde en los árboles grandes y pequeños; verde en sitios inesperados de las paredes, indicadores de degradaciones irreversibles… Sí, ha sido una primavera muy lluviosa.

Pero me parece que la gente que la habita aún sigue siendo de pueblo. Y ahora que hay inmigrantes que han venido de pueblos de verdad, más pueblo aún. Como yo fui niña en un barrio que tenía casas con escaleras de madera y patio con paredes de tapial, pues pueblo, nada de «ciudad». 
 
Jugábamos al guá o a tirarle a los gorriones con tirachinas. También a tirarnos entre nosotros, a mano, lo cual espantaba a las madres y tuvo más de una consecuencia que aún se palpa en los huesos de la frente. 
El caso es que esa época me dejó un reflejo que no puedo evitar: cuando una pelota sale fuera del juego de un puñado de chavales (ellos hacen maravillas con los pies, pero todos tenemos un error de vez en cuando) y rueda derechita hacia otra parte cercana a mis pies, yo salgo corriendo hacia la pelota y -cada vez con menos precisión y mas asfixia- la chuto enfilando hacia el grupo de jugadores y lejos del peligro de la calzada, (más peligro para los jugadores que para la pelota, obviamente).

No debería hacerlo, porque a la edad media que una ya tiene, puede acabar en fracaso no ya de puntería y risas, sino de tropezón y rodilla lesionada (o cosa peor). También procuro no hacerlo cuando los jugadores exceden los 16 años.
Pero me puede el recuerdo de las patadas a los pesados balones «de reglamento» que utilizaban
mis convecinos varones de los años 60 y 70, que terminaban destrozando las plantujas del parterre frente a la puerta de casa, o acababan en sitios peores…
No había hierba en la que jugar al balón, eso «se inventó» muchísimo más tarde.
¡Bah, los tejados no eran lo peor! Lo peor era la valla de la Valenciana, porque implicaba saltar al otro lado… La del portón de caballos de la Guardia Civil era… normal, hasta que salía un guardia a reñirnos. Los gamberros estábamos reñidos con lo verde. 
 
Sí, yo le pegaba balonazos a la pared de nuestra casa de vecindad, la de las escaleras de madera. Los balonazos estaban marcados con redondeles de suciedad en el blanco de la pintura de la pared. A veces, se percibían las piezas pentagonales que formaban la superficie del balón. Pura Arqueología de la infancia.
En la carretera no acababan nunca los balones, porque estaba bastante lejos de la potencia necesaria en la patada, aunque a veces alguno un poco más rudo la enviaba allá. No había problemas: apenas circulaban coches y otro iba a recogerla y a devolverla al «terreno de juego». 
Hoy, ese gesto sería un suicidio.
Así que me gusta ver a los chavales jugar al balón. Me encanta la intensidad que le ponen a sus regates; la alegría cuando superan al «guardameta», el jolgorio, la absoluta entrega al juego mientras… mientras pase lo que pase alrededor.
Es verdad que insistir a balonazos contra una pared monumental (como fue el último caso que observé) no es de muy buena educación, pero… mira, total, tampoco hay «guardias» que les adviertan de que eso es una burrada. En este caso, habrían de ser los mismos «seguratas» que impiden -cuadrados ellos, romboidales ellas- que entres a curiosear al edificio, que es público y tiene las puertas abiertas… En fin, cosas incomprensibles..
Así que ya paso muy mucho de educar a quienes deberían ser educados (me refiero a los «guardias»). Los niños ya tienen bastante con driblar como bailarines mágicos con el balón en la punta de las zapatillas. 
A veces me siento en un banco junto a un árbol y, haciendo como que leo un libro, los observo. 

No se equivoquen, no soy nada futbolera. Sé que deporte es otra cosa, que me importa un bledo… Lo de estos chavales es juego, esa actividad cuyo placer heredamos de generación en generación desde el cerebro presapiens hasta mis años y los de los chiquillos con acento suramericano o norteafricano que miro jugar. 
 Y ya puedo estar haciendo como que no me importa: si la pelota pasa suelta cerca de mis pies, o va a salirse a la calzada y pueda yo alcanzarla en dos brincos antes de que lo haga el perseguidor de «orsais», lo haré. es una cosa instintiva, entre alerta ante el peligro y vicio malsano.

¡Bienaventurados los niños que juegan al balón!  Creo que esta Bienaventuranza se le olvido a Alguien.