
LA RELATIVIDAD DEL TIEMPO
Durante los días festivos en que celebrábamos el salto que hemos dado del año 2000 al 2001; del siglo XX al XXI, y del segundo al tercer milenio, hemos ofrecido a nuestros lectores una considerable variedad de calendarios y almanaques.
Para ir completando este catálogo en la medida de nuestras posibilidades, iremos ofreciendo a lo largo de este mes la explicación más clara y detallada posible de los elementos que definen y diferencian cada calendario.
La visión de todos en conjunto y su comparación, nos permitirá ver con total claridad que la medida del tiempo sólo llegó a ser una cosa obvia, a partir de la consolidación cada vez más firme del calendario. Antes de la reforma juliana del calendario romano, era imposible que los romanos sintiesen la medición del tiempo como algo seguro, objetivo y estable; puesto que el calendario sufría anualmente variaciones que dependían del capricho de los sacerdotes, generando desplazamientos tan notorios del calendario religioso-civil respecto del tiempo astronómico, que las fiestas de marcado sentido agrícola (por ejemplo las relacionadas con la siega, con la vendimia, con la siembra, con la germinación…) acababan cayendo muy lejos de aquello que se celebraba, y las estaciones quedaban desplazadas de forma patente.

La contemplación simultánea de distintos calendarios nos permite ver de un golpe de vista, que la fijación de eras (estamos en el dosmilésimo primer año de la era cristiana, en su vigésimoprimer siglo y en su tercer milenio) es algo que depende de la voluntad de los pueblos que adoptan cada uno de los calendarios.
Hay que observar que si bien sólo el siglo y el milenio se escriben en forma ordinal (los números romanos tienen valor ordinal), sin embargo sólo los milenios son escritos y nombrados como ordinales; mientras que los siglos se escriben en forma ordinal, pero se nombran con el número cardinal; y los años se escriben y se nombran como cardinales, aunque en rigor también son ordinales, puesto que con ellos se lleva la cuenta del año en que estamos desde el acontecimiento con el que inauguramos la era: en nuestro caso, el Nacimiento de Jesucristo (aunque empezó siendo su encarnación, y por eso se celebraba en marzo el inicio del año).
Hay que observar de paso, pues no somos conscientes de ello, que la simple adopción de un calendario constituye de por sí una profesión de fe colectiva: el calendario occidental es una declaración explícita de nuestra adscripción a la civilización cristiana (no se trata tan sólo de una cultura, sino de una marcada y extensísima línea cultural, es decir de una civilización). Por eso la revolución francesa, empeñada en cambiar de civilización, llegó a remover hasta los mismos cimientos del cristianismo: instituyó su propio calendario.
Calendario Revolucionario o Republicano Francés
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Nombre
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Significado
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Desde el…
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Hasta el… |
| Vendimiario |
(de la vendimia) |
22 de septiembre |
21 de octubre |
| Brumario |
(de las brumas) |
22 de octubre |
20 de noviembre |
| Frimario |
( de las escarchas) |
21 de noviembre |
20 de diciembre |
| Nivoso |
(de las nieves) |
21 de diciembre |
19 de enero |
| Pluvioso |
(de las lluvias) |
20 de enero |
18 de febrero |
| Ventoso |
(de los vientos) |
19 de febrero |
20 de marzo |
| Germinal |
(de las semillas) |
21 de marzo |
19 de abril |
| Floreal |
(de las flores) |
20 de abril |
19 de mayo |
| Pradial |
(de los prados) |
20 de mayo |
18 de junio |
| Mesidor |
( de la recolección) |
19 de junio |
18 de julio |
| Termidor |
(del calor) |
19 de julio |
17 de agosto |
| Fructidor |
(de los frutos) |
18 de agosto |
16 de septiembre |
Este calendario fue aprobado por la Convención Francesa el 5 de octubre de 1793.
Cada mes tenía 30 días. A los 5 sobrantes se los denominaban «epagómenos» según unos
o «sansculótidos» según otros y se dedicaban a fiestas. |
EL CALENDARIO, PROFESIÓN DE FE
No erraríamos en exceso si afirmásemos que si las distintas culturas tienen calendarios distintos no es tanto porque tengan una visión distinta de la astronomía, o porque sus cálculos matemáticos sean sustancialmente distintos. No está ahí, sino en la religión, la clave de la diferencia de unos calendarios con otros. Incluso es razonable pensar que las opciones astronómicas y contables están supeditadas a razones totalmente ajenas a la correcta construcción del calendario.
Para no salirnos de nuestra cultura, tenemos justo el mes de febrero, que es más cojo de la cuenta (con 28 días los años normales, y 29 los bisiestos), porque el emperador Augusto, en cuyo honor se dio el nombre de Agosto al octavo mes del año, no quiso ser menos que Julio César, en cuyo honor se llamó Julio al séptimo mes del año, y mandó que se hiciese agosto de 31 días, igual que julio. ¿Que con eso se rompía el diseño inicial de la alternancia entre meses de 30 días y meses de 31?
Bien poco les importaba eso; como poco les importó que el noveno mes se llame séptimo (septiembre); el décimo se llame octavo (octubre); el undécimo se llame noveno (noviembre); y el duodécimo se llame décimo (diciembre), cuando les hubiese bastado colocar los meses y los nombres de julio y agosto al final del año, para que se hubiese mantenido la coherencia entre el nombre y el orden de los meses que llevan incorporado el respectivo ordinal en su nombre. Pero si la consagración de esos dos meses a los grandes emperadores era un acto de culto, no iban a elegir dos meses cualesquiera, sino precisamente los que estacionalmente caen en la época más propicia para fiestas y festejos. Tanto es así que en esos dos meses se da la mayor concentración de fiestas mayores y vacaciones.
Razones religiosas fueron también las que determinaron la intercalación en nuestro calendario, de carácter solar, de la fiesta de Pascua en régimen de calendario lunar. Es evidentemente un parche que atenta contra el espíritu regulador del tiempo que inspira todo calendario. Con la movilidad de la Pascua, quedan bailando también cada año los Carnavales, la Semana Santa, la Segunda Pascua y las pequeñas vacaciones ligadas a estas fechas. Y eso es así porque en cualquier calendario, y por supuesto también en el nuestro, las razones religiosas son mucho más poderosas que cualquier consideración civil.

Es que, a poco que nos fijemos, caeremos en la cuenta de que nos regimos por un calendario religioso; más aún, eclesiástico. Empezando por los domingos (que son la razón de ser de toda la semana) y continuando por todas las demás fiestas. Todas las señales que hay a lo largo del recorrido de los días, todos los mojones que nos marcan el camino, son religiosos. Porque al final, lo más importante de un calendario, aquello que lo justifica, son las calendas, es decir las lecciones de vida que contiene: un calendario es siempre una incitación a vivir de determinada manera. Vivir en un calendario no es únicamente vivir en una determinada cultura, sino también en su religión. T
an acostumbrados estamos al agua en que nadamos, y al calendario por el que nos regimos, que ni siquiera percibimos su carácter eminentemente religioso. Uno de otra cultura es lo primero que ve en un calendario. Por eso todos los calendarios salen de los templos y llevan a los templos. Esto que se muestra como una obviedad a poco que se analice cualquier calendario, es preciso explicitarlo en épocas agnósticas.
Afortunadamente ha remitido el anticlericalismo iconoclasta que arremetía contra todo lo que recordase la religión, y hoy se están restaurando muchas celebraciones de nuestro calendario con el mismo interés y rigor con que se restauran construcciones antiguas, que tienen valor por sí mismas con independencia de quién y con qué fines los instauró. No es ese el caso de la Revolución Francesa, que en plena guerra contra el sistema estamental y contra sus cimientos ideológicos, se propuso arrasar con todo, empezando por las cabezas, que segaba a guillotina. Y queriendo arrancar el árbol hasta sus mismas raíces, no podía dejar intacto el calendario, porque lo percibió como un gran depósito de doctrinas e inductor de conductas contrarias a la Revolución.
EL ALMANAQUE ofrece hoy el Calendario Republicano, que han echado en falta y nos han pedido algunos de nuestros lectores.
Si con la Revolución Francesa se pretendía entrar en una nueva era, había que cambiar de calendario. Los padres de la Revolución tenían conciencia de que estaban poniendo el mundo patas arriba, y que el cambio que traían era desde las mismas raíces. Además de las instituciones políticas tenían que cambiar los esquemas mentales en que se movía la humanidad.
Y tenían claro que si no modificaban el calendario, nunca llegarían a ese cambio profundo; porque los días de la semana recordaban a los grandes dioses por los que había pasado la cultura occidental, y con la Revolución no podía haber más diosa que la Razón. A ella le dedicaron la catedral de Notre Dame, porque a partir de entonces tenía que ser la Razón nuestra única diosa y Señora. Había que borrar todo rastro de romanismo, porque en él estaba la raíz de la esclavitud. Y había que descolocar el calendario de tal manera, que la traducción al reaccionario calendario gregoriano que regía en toda Europa, fuese un verdadero galimatías, para cuya resolución se precisaban unas complicadísimas tablas. Había que alejarse del pasado todo lo posible.
La profundidad de la reforma del calendario da la medida de cuán profunda se pretendía la Revolución; pero su fracaso nos da también la medida de lo mal que habían medido la realidad cultural con la que se enfrentaban. El Calendario Republicano duró apenas 12 años: desde octubre de 1793 hasta septiembre de 1805. Pero no todo él, porque resulta que los franceses no se avenían a vivir cada mes en tres décadas en lugar de las cuatro semanas (¡encima perdían cada mes un día de descanso!), y antes de la institución del imperio, habían vuelto ya a la semana tradicional. Subsistieron, claro está, durante la vigencia del nuevo calendario, los calendarios subversivos, con los que la gente se entendía mucho mejor. Y fue en la semana, la más persistente agrupación de días de todos los calendarios de la historia, donde sufrió su primera derrota el calendario de la ilustradísima República.
Puestos a cambiar, lo cambiaron todo,empezando por los meses, pero con una incoherencia: empeñados como estaban en asentar el sistema decimal en el mismo calendario, pusieron en práctica este principio en las semanas, convirtiéndolas en décadas, y en los días, haciéndolos de 10 horas, que se dividían en cien minutos (propiamente centésimas), y éstos en 100 segundos. Pero por lo visto les pareció excesivo ir a los diez meses, cosa que hubiesen podido hacer perfectamente, puesto que instituyeron los días epagómenos o complementarios al final del año: 5 los años normales, y 6 los bisiestos. Esto lo hicieron copiando otros calendarios, claro está, por mantener todos los meses de 30 días. Y copiando la idea griega de las Olimpíadas (eran de hecho una unidad de tiempo que celebraban con especial solemnidad) crearon las Francíadas, formadas por el ciclo de tres años de 365 días más uno de 366. El año empezaba a las 12 de la noche del día en que se producía el equinoccio de otoño, con lo que se volvió a los calendarios de Oriente Medio y el antiguo romano, en que eran los sacerdotes quienes fijaban las variables del calendario según su entender o según sus intereses; en este caso eran los astrónomos quienes debían fijar el principio del año y la sucesión de los años bisiestos.

No se devanaron excesivamente los sesos para crear los nombres de los meses y de los días de la semana. Al poco tiempo de instituido el nuevo calendario, se aceptó la autoridad del poeta Fabre d’Eglantine para darles un toque literario a los nombres de los meses, que acabaron siendo: 1, Vendemiaire (el mes de la vendimia; recordemos que empiezan el año en nuestro septiembre); 2, Brumaire (el mes de las brumas); 3, Frimaire (el de la escarcha); 4. Nivose (el de la nieve); 5, Pluviose (lluvioso); 6, Ventose (ventoso); 7, Germinal ( = ); 8, Floreal ( = ); 9 Prairial (el de las praderas); 10 Messidor (el de las mieses); 11, Thermidor (el del calor); 12, Fructidor (el de los frutos). Los días de la semana eran: Primidi, duodi, tridi, quartidi, quintidi, sextidi, septidi, octidi, nonidi y decadi.
La contemplación, pues, de distintos calendarios vigentes, y de la evolución de nuestro propio calendario, nos lleva a la constatación de que la medición del tiempo es algo objetivamente muy difícil, que le ha exigido a la humanidad un ingente esfuerzo de inteligencia y de coordinación.
Y es que a poco que analicemos, en seguida caemos en la cuenta de lo difícil que es armonizar las cinco unidades básicas de medida de todo calendario: el día, la semana, el mes, la estación y el año, porque cada unidad depende de un fenómeno astronómico distinto: el día depende de la rotación de la Tierra; el mes (que en origen significa lunación) y su subdivisión en cuatro semanas, depende de las fases de la luna; las estaciones se establecieron para denominar dos, tres, y finalmente cuatro grandes variaciones climáticas (para que tuvieran un referente astronómico, se fijaron por constelaciones); y finalmente el año, que depende de la traslación de la Tierra alrededor del Sol, siendo el trazado de cada una de las órbitas lo que da la medida del año.
El problema se plantea cuando nos empeñamos en compatibilizar al Sol, a la Luna y a la Tierra. Y no hay manera de hacer coincidir las tres medidas: en el año no caben ni un número exacto de días, ni un número exacto de meses lunares. Y si observamos por fin que todo calendario además de marcar el tiempo, señala los ritos, celebraciones y conmemoraciones de los elementos de la cultura en cuestión, categorizados según su importancia, tendremos una visión razonable del valor de cada almanaque o calendario.
