I
—you can see Jorge Cluny’s house.
Pillo la al vuelo la sorprendente sugerencia mientras paso junto a una pareja de turistas a la que intenta camelar uno de los muchos espontáneos que ofrecen periplos privados por el lago. Y sigo adelante, preguntándome cómo hemos podido alcanzar cotas de imbecilidad tan sublimes como para que alguien pueda considerar ventajoso desprenderse de una parte de sus ahorros sólo para contemplar la mansión de lujo de un gringo podrido de dinero que por lo demás no tiene ningún mérito.
A nosotros también nos han ofrecido paseito privado. Al acercarnos a la masa humana que se agolpa frente a las taquillas, una señora o señorita sudamericana nos comunica en español que los billetes se han agotado, pero que ella dispone de embarcación con la que darnos una vueltecita más corta por 100€/persona. Tan pronto como lo escucho, me doy la vuelta y me desentiendo de la conversación porque ya nos timaron en Venecia tiempo atrás en un contexto parecido.
Cristina y su madre, siempre positivas, siempre pacientes y siempre voluntariosas, deciden hacer uso de la santísima paciencia y tras hacer la cola, consiguen billetes para esa misma vueltecita corta al precio de 8€/persona. Bastante impresionante y espectacularmente acertado, diría yo. No sé si su aspecto de actrices de cine viajando de incógnito fue decisiva, pero quizá sí porque las dos llaman la atención por su atractivo y elegancia.

El lago de Como es una atracción turística muy popular al pie de los Alpes. Y me parece que fue por aquí cerca donde Mussolini y su chica fueron ahorcados y pasaron a mejor vida, dicho sea de paso.
Durante la travesía se nos muestra, majestuosa, la cordillera nevada mientras la golondrina, armando con su motor más escándalo que el Korosko en la novela de Conan Doyle, nos va acercando uno tras otro a los villorrios de la orilla. El único que se queda fuera es Bellagio, la joya de la corona y ese pueblo tan mono que todos quieren ver.

Estamos en Italia y la pasta se percibe en el ambiente, pero en este caso no se trata de pizza ni de lasaña, sino de dinero. Se intuye en esas mansiones lujosas y vetustas que se asoman a la orilla, y no es difícil imaginar los Ferrari y los Lamborghini circulando por esas calles.
No hemos podido ver la casa de Don Jorge, y particularmente se me da un ardite. Vayan con Dios el madurito guapete, sus dólares a manta y su castillo prodigioso.
II
Hemos llegado a Como desde la estación de ferrocarril de Milán en un día soleado en el que casualmente la ansiada primavera por fin consiguió abrirse paso y rescatarnos de los gélidos huracanes de este invierno que quedó ya cerrado y archivado hasta nueva orden. Estábamos en Florencia cuando murió Juan Pablo II y casualmente estamos también en Italia cuando Simoneta Vespuci volvió a mostrar su sonrisa seductora.

Dicen que esta zona del norte de Italia está tomada por una energía densa y oscura, pero no sé por qué. Todo lo que hemos encontrado han sido personas decentes, educadas, cordiales y bien vestidas como ya no es posible encontrar en esa tierra llamada España, antes punta de lanza de la cristiandad y hoy doblegada por aquél al que para no nombrarlo llaman el príncipe de este mundo. Se ven, confundidos con los aborígenes, multitud de pakistaníes, algunos negros y unos pocos chinos. La normalidad de las personas por la calle y en el transporte público es como un reconfortante viaje al pasado, cuando la gente en España era normal, vestía con normalidad y se portaba con normalidad. En la España sometida no puedes dar un paso sin cruzarte una y otra vez con personas que exhiben gustosos sus tatuajes, se han teñido el pelo de verde o azul y llevan aros metálicos en el tabique nasal como vacas estabuladas. En esta ciudad las personas no se disfrazan de payasos como en España. No salen a la calle en pijama como he visto hacer en España y no visten atuendos con enormes motivos florales que te hacen confundirlos con cortinas que se mueven solas, como he visto en España. En esta ciudad no hay o no he visto obesidad mórbida, ni muchachas haciendo ostentosa exhibición de sus panzas grasientas. Todos parecen delgados. En el tren de cercanías y en el metro, los pasajeros, cuidando de no molestar al prójimo, no osan mantener ruidosas conversaciones telefónicas con el altavoz conectado y por tanto nos evitan soportar las conversaciones privadas de ida y vuelta, como sucede en España. Tampoco rompen los nervios del vecino poniendo a todo volumen basura digital de tiktok, como es habitual en España. Permanecen en silencio o leen libros. Ni siquiera he visto, como sucede aquí, el dudoso espectáculo de todos y vea uno de los viajeros del vagón como petrificados mirando la pantalla de su teléfono móvil.
Hemos hecho esos viajes con total confianza de que el tren no iba a descarrilar y gozando de salidas y llegadas puntuales, lo que ya no es posible en España.
III
Sales del metro y lo primero que ves es el incomprensible y espectacular milagro de la catedral. El horror vacui de la fachada sugiere desde luego inspiración barroca, pero parece ser que todo comenzó con la modesta basílica de San Ambrosio, en el siglo V, a la que se superpusieron adiciones, mejoras y ampliaciones.
La cola para acceder al interior no tiene fin (principio, debería decir), y preferimos prescindir de ello lo mismo que habíamos hecho en nuestro intento de visitar el museo de los Uffici en Florencia, y por idéntica razón.

No es fácil explicar con palabras la grandeza de lo que tenemos delante, como no lo es imaginar el esfuerzo sobrehumano, el conocimiento riguroso y la constancia de hierro que aquellos hombres entregaron a la gran obra de Dios.
Y allí están. Allí están, con la boca abierta, los visitantes y turistas de esta generación woke incapaz de concebir el esfuerzo. Visitantes y turistas que se mueven como lo que Ortega tanto tiempo atrás llamó el hombre masa, aquél que sólo sabe reclamar derechos.
Miro a esos turistas enfocando a la fachada las cámaras de sus teléfonos móviles y recuerdo la escena que había presenciado años atrás, cuando docenas de turistas iguales estaban fotografiando en el Louvre a la victoria de Samotracia con el mismo entusiasmo desbordante y la misma entrega incondicional que habrían dedicado a Taylor Swift.
Me parece que si a uno de esos turistas impresionados ante la construcción le pidieran solamente recoger unos ladrillos del suelo, sufrirían una hernia y habría que trasladarlos al hospital más cercano. Y me parece como si la grandeza de quienes pusieron su fe, su fuerza y sus conocimientos para la gran obra aplastara a la insignificancia y la trivialidad de los turistas. Como si los ojos de todas esas figuras severas maravillosamente dispersas en la fachada, fueran los ojos de los constructores contemplando con ironía a la multitud de enanos.
IV
La biblioteca ambrosiana es sobre todo un museo recóndito que oculta en un ambiente agradablemente penumbroso algunas joyas del Renacimiento. Entre ellas se cuenta un ejemplar de la Adoración de los magos, de Tiziano, y digo un ejemplar porque esta obra, extrañamente, puede verse también en el Prado.
Hace poco había leído que el marido de María no era un viudo en la edad madura, sino un viejo reviejo a quien por alguna razón incomprensible le floreció la vara en presencia de los sacerdotes, y fue por eso el elegido. Y allí está, en el extremo de la izquierda, como un Matusalén reseco y medio momificado que podría ser no el padre, sino el tatarabuelo de la Virgen.

Y no olvidemos al perrito orinando indecorosamente en un poste de madera mientras uno de los magos besa con reverencia un pie del niño.

Pero a mí lo que más me ha llamado la atención, me ha cautivado, digamos, es el pequeño pero resplandeciente retrato de Bernardino Luini, Cristo bendicente. Lo que vemos es un joven de belleza ligeramente femenina y tan pelirrojo como podría serlo cualquier italiano de la época. Desde luego nada parecido a un judío de pura raza como Jesús, pero esto no es novedad. Ya sucedía con los maestros flamencos. En todo caso, el retrato tiene alma, o a mí me lo parece.
V
¿Conocéis el restaurante Sophia Loren? Allí es allí donde tuvimos la buena suerte de comer. Buena suerte en varios sentidos. Ninguna novedad respecto a la comida: Pizza y pasta, pasta y pizza como siempre. En cambio, dos cosas merecen ser destacadas. En primer lugar, la música de ambiente. En España resulta casi imposible entrar en un local público, ya sea restaurante, cafetería o tienda de ropa, sin que nuestro sistema auditivo y nuestro cerebro sean agredidos por esa basura para tarados llamada regetón. “Me llamo Jairo y nací en El Cairo”, dice una de las inspiradas letras de estos artistas cuya música sugiere no sólo que se han puesto a tocar nada más levantarse de la cama, sino que no se han duchado y si acaso que van llenos de liendres.

En el restaurante Sophia Loren sonaban clásicos italianos de toda la vida y algo de Dean Martin, y nos sentimos agradablemente anclados a una época pasada, más humana y mejor de este mundo.
En segundo lugar, la simpatía espontánea y desbordante de los camareros era no sólo muy italiana, sino también muy cálida. Cayeron rendidos a los pies de Sofía (sí, como el nombre del restaurante), nuestra pequeña joya dorada de casi tres años, esa niña de una belleza tan distinguida que desborda lo meramente físico, como sucede a Julia, su afortunada aunque atareada madre. Esta niña es (por fortuna) idéntica a ella cuando tenía su misma edad.
Si los camareros empezaron dándole achuchones y proclamando que era la chica más bella de Italia, a la despedida la definición se había quedado pequeña y era ya la más bella de Europa.
VI
Estos días intensos y agotadores fueron también muy instructivos, pero no por los monumentos y la pintura, o no sólo. Nos permitieron un atisbo del pasado.pero nuestro viaje atrás en el tiempo no indica que los amables italianos estén más atrasados que nosotros, sino que no están tan pervertidos ni son tan decadentes como nosotros.
Nada más llegar a Valencia dos chicas lesbianas morreándose en el metro (desde luego en ejercicio de sus derechos constitucionales. Yo no lo discuto, sólo lo constato). Un individuo pelirrojo con un pantalón de chándal y sólo una pernera subida hasta la rodilla. En lo más alto de su cabeza rapada de veía una mata de gruesas rastas recogida en moño y se rascaba continuamente, lo que sugería abundancia de piojos a bordo.
Es como si hubiéramos reencontrado el paraíso perdido. Pero el paraíso no era el Edén bíblico ni se le parecía, sino el de un pasado mejor, cuando los hombres eran hombres y las mujeres eran mujeres. Cuando se daba a la belleza su valor y en los altavoces no sonaba pura basura. Cuando las personas no salían a la calle disfrazadas de payasos, tatuados hasta no dejar libre un centímetro de piel, con el pelo verde ni con el cuerpo atravesado por hierros y aros para vacas.
Lo iniciamos como un simple viaje turístico, pero lo que encontramos fue mucho más.
Debo dar las gracias a Julia por haber concebido, impulsado y organizado éste viaje atrás en el tiempo, y a Julia y Cristina por habernos guiado por los incomprensibles túneles y cavernas del metro, no sé si a la manera en que Virgilio condujo a Dante por el infierno, pero creo que si hubiera dependido de mí podríamos haber terminado en Jerez de la Frontera.
Metáforas aparte, el infierno ahora es España. Y entre todos tenemos que salvarla.

















