John Barnes es quizás el autor de ciencia ficción estadounidense más relevante que aún permanece completamente inédito en español. En su haber se cuentan más de treinta novelas, publicadas a lo largo de casi otros tantos años (de 1986 a 2012), incluyendo no solo la finalista de Hugo, Nebula y Locus «Mother of storms«, que ya reseñé aquí en Rescepto, sino otros títulos significativos, especialmente dentro de sus series The Century Next Door (cuatro novelas) y Thousand Cultures (otras cuatro novelas).
Respecto a la primera, se trata de un escenario de historia futura relativamente cercana (como su mismo nombre indica, pues comenzó a escribirse en la década de los noventa, a lo largo del siglo XXI), en la que los libros comparten ambientación pero cuentan con su propia trama y personajes independientes. El título original fue «Orbital resonance» (1991), y fue finalista de los premios Nebula y James Tiptree Jr.
La historia la narra una joven de trece años, Melpomene (el nombre de la musa griega tradicionalmente adscrita a la tragedia) Murray, que está escribiendo un libro sobre los acontecimientos de un año antes (2025) a bordo de la Flying Dutchman, una estación orbital pionera, lanzada al espacio en una órbita excéntrica que transcurre entre el cinturón de asteroides y la Tierra para proporcionar recursos industriales a un mundo al borde del colapso por la conjunción de una guerra devastadora, seguida de una epidemia de VIH mutante y rematada por una supertormenta generada por el cambio climático (tema que Barnes retomaría y ampliaría en «Mother of storms», 1994).
A bordo de la estación hay una clara diferencia entre la generación pionera (generalmente parejas cuidadosamente escogidas de entre los supervivientes a esa sucesión de desastres), y los ya nacidos en el espacio y, aunque al principio todo parece bastante normal (la novela describe la vida típica de una adolescente y sus vivencias educativas y sociales), pronto empiezan a percibirse incongruencias, pues los «niños» a bordo de la Flying Dutchman son mucho más maduros (su objetivo es alcanzar el estatus FA, o Full Adulthood, a los catorce años), inteligentes (o, más bien, aplicados hasta extremos casi patológicos) y sociables (inclinados hacia el diálogo y con poca conciencia de la privacidad) de lo normal.
En ocasiones, se describe por esto la novela como juvenil, pues superficialmente es una típica historia de rito de paso con protagonista adolescente, pero no todas las novelas protagonizadas por jóvenes (o incluso niños) tienen por necesidad que estar dirigidas a ellos. Sí, «Orbital resonance» aborda el típico escenario del choque generacional, pero con la diferencia de que aquí está más que justificado e incluso diseñado, pues lo que se está buscando es crear una cultura nueva, con nuevos valores y procedimientos, que reemplace el fracasado hiperindividualismo que tan cerca de la destrucción absoluta ha llevado a la humanidad. El problema reside en la titánica tarea de intentar criar toda una generación en una cultura que a sus progenitores les es ajena, lo que magnifica los problemas de comunicación, la incomprensión mutua y, en definitiva, los errores.
En el caso de Melpomene, esta incompatibilidad se manifiesta sobre todo con su madre, que para más inri se ha convertido en un miembro improductivo de la estación, algo casi obsceno para los jóvenes. Se pasa el día en casa, sin hacer más que leer viejas novelas (incluyendo «El guardián entre el centeno», un libro de culto sobre el tránsito hacia la adultez para la generación boomer). El detonante del conflicto es la llegada de un nuevo niño procedente de la Tierra a la estación que, al integrarse en la clase de Melpomene, de inmediato comienza a alterar las redes sociales establecidas, introduciendo en el frágil equilibrio un elemento desestabilizador que, se nos avisa desde el principio, acabará desembocando en una crisis que la juvenil sociedad incipiente deberá solventar por sus propios medios.
Como se comprenderá, este enfoque intergeneracional erige también muros de incomprensión entre el lector y los «niños» de la estación orbital, y transmitir la idea requiere de un cuidadoso equilibrio para no resultar ni demasiado sutil, ni paródicamente exagerado. John Barnes logra transitar por esa cuerda floja con maestría, construyendo además una voz narrativa, la de Melpomene, fresca y empática, que alterna además en su narración principal reflexiones sobre el propio proceso de escritura e inserciones de fragmentos a posteriori, contemporáneos con ese proceso de escritura y hace uso de una jerga propia (como la que acaban desarrollando todos los jóvenes).
Este escenario, le sirve a Barnes para criticar despiadadamente la ultraindividualidad de nuestra sociedad (y, en especial, la sociedad estadounidense de los noventa), proponiendo una solución tan radical como la de un reinicio duro. Esto implica no solo la creación artificial de una moral nueva, con las dificultades inherentes a llevar una teoría no comprobada a la práctica, sino también la necesidad, en algún momento, de dejar de supervisar el «experimento» y pasar el testigo, el eterno dilema de cualquier padre para con sus hijos… solo que magnificado.
«Orbital resonance» es un caso extraño de utopía distópica (o quizás distopía utópica). No se contenta con mostrar las consecuencias terribles de un determinado comportamiento o constructo socio-cultural, sino que se atreve a proponer una alternativa bastante extrema. De igual modo, no se recrea en los hipotéticos beneficios de esta transformación. Lo que hace es situarse en el punto de inflexión entre un pasado fracasado y un futuro incierto, exigiendo a sus personajes adultos (y a los lectores) un salto de fe y mostrándonos, a través de las palabras de Melpomene, que sus personajes jóvenes se han ganado sobradamente su (nuestra) confianza.
La serie The Century Next Door se completó con «Kaleidoscope century» (1995), Candle (2000) y «The sky so big and black» (2002). El Nebula de 1992 lo acabó ganando «Las estaciones de la marea» (Michael Swanwick), participando en una polémica contemporánea entre cyberpunk y ciencia ficción literaria, completándose el sexteto de finalistas con «Barrayar» (Lois McMaster Bujold, ganadora del Hugo), «Danza de huesos» (Emma Bull), «Synners» (Pat Cadigan) y «La máquina diferencial» (Bruce Sterling y William Gibson), un conjunto de novelas bastante espectacular.
El James Tiptree Jr. fue compartido por Gwyneth Jones con «White queen» y Eleanor Arnason con «Una mujer del pueblo de hierro».
Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:














































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