Tajada

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Vaya tajada pillé en la boda de mi sobrina. No suelo beber mucho, pero de eso que empiezas y te vas sintiendo mejor, en fin, que os voy a contar. Azu mi pareja, se fue antes al hotel, estaba cansadísima del viaje, de la boda, del banquete, de todo.

A eso de las cuatro de la mañana, tomé un Uber para ir al hotel. Pero en algún sitio perdí la tarjeta de la habitación y tuve que pedir un duplicado en la recepción. Intenté hacerlo de la manera más digna posible.

Por suerte el recepcionista de noche era un tío amable y enrollado, de esos que no hace demasiadas preguntas y como él estaba aburrido y yo estaba locuaz, me propuso ir al bar del hotel, aunque estuviera cerrado, a tomar unos chupitos de Jameson, que por supuesto acepté.

Después me dio la tarjeta bajo mi promesa de ponerle una excelente reseña al día siguiente.

Y entré en la habitación 308 sin hacer ruido.

Fui al baño a lavarme un poco, y luego me acosté, pero no encontraba mi pijama y como no quise encender la luz para despertar a Azu, me tumbé solo con los gayumbos.

Caí rendido, pero no recordaba que Azu roncara tanto. Pese a ello, estaba tan hecho polvo que me quede cuajado de inmediato.

De repente sonó mi móvil. Vi que eran las ocho de la mañana y que la llamada era de Azu. Contesté medio adormilado.

-Qué paaasaaa Azu, que estoy hecho polvo, es pronto y quiero dormir más.

-Pero ¿Dónde estás? -pregunto Azu preocupada-

Y contesté convencido,

-Pues en la cama durmiendo contigo, pesada

Y fue entonces cuando sentí como un chasquido en la cabeza y razoné que, si Azu me llamaba, la mujer que tenía a mi lado no era Azu. Como ya clareaba el día, la miré sin encender la luz y no solo no era Azu, sino que era un tipo con bigote que dormía como un bendito.

Salí como pude de la habitación, sin apenas vestirme y le pregunté a Azu que dónde estaba y por qué había un tío en nuestra habitación.

Resultó que nuestra habitación era la 318 y no la 308 donde entré tras equivocarme en la recepción de madrugada, con la inestimable ayuda del recepcionista.

Me costó convencer a mi pareja de que mi historia era verídica. De hecho, tengo la impresión de que aún no me cree.

Eso sí, puse una buena reseña del hotel.


Imagen de David Kagerer en Pixabay

Cien euros

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Al caer la tarde, los niños jugaban al escondite y el abuelo Gustavo había previsto un premio de cien euros para el vencedor, todo un capital para sus nietos.

Julián el nieto mayor ideó un escondite perfecto. Consistía en hacer un buen foso en la arena de la playa, donde se metería y pediría a Jorge, su hermano pequeño que lo rellenara con arena, dejando fuera solo la cabeza. Y ésta la taparía suavemente con una camiseta, de manera que no se viera nada.

Terminado el juego, el hermano mostraría el espectacular escondite de Julián, que ganaría los cien euros, de los que le daría veinte al pequeño.

Cuando el abuelo comenzó a buscar a los nietos, fue encontrando a todos, excepto a Jorge y a Julián.

Finalmente se rindió y Jorge salió de su escondite dentro de un matorral que le arañó los brazos, dispuesto a decirle a su abuelo donde estaba Julián, pero el abuelo, sacó con rapidez de su bolsillo cien euros y se los dio al pequeño como ganador, más otros veinte de propina, mientras decía que Julián seguramente se habría ido con esa novieta que se había echado los días de verano.

-Si es que está en la edad del pavo – señaló el abuelo.

-Y ahora, vamos a cenar que ya comienza a oscurecer -añadió-

Jorge pensó rápidamente que ciento veinte euros era una pasta y aunque Julián se enfadaría mucho con él, se le pasaría pronto, o a lo sumo, le daría una buena colleja, así que no dijo nada de su hermano y se quedó el dinero.

Además, razonó Jorge, Julián era fuerte y seguro que podría salir del foso, él solo.

Pero Julián, alarmado porque estaba anocheciendo y con calambres en brazos y piernas por el frío y la humedad, no pudo salir.

Esa madrugada a las 00:28 hubo pleamar.


Foto Sabius

Des-Concejalía

Jesús y Domingo miraban ensimismados la penosa entrada a la Concejalía de Juventud y Deportes de su pueblo, cuya foto ilustra este post. (He tachado deliberadamente el nombre del pueblo en la placa, para evitar que nadie se de por aludido)

-Fue bonito mientras duró -dijo Jesús- que pena que el señor alcalde no cumpliera sus promesas.

-No exageres, -contesta Domingo- a fin de cuentas, esto lo hizo el partido y se cubrió de gloria, porque manda huevos crear una Concejalía de Juventud, en nuestro pueblo, si somos cuatro gatos y el vecino más joven es Ernesto y ya se calza sus setenta y cuatro años.

Y siguieron conversando,

-Ya pero no me negarás que nos hizo tilín eso de Juventud y Deportes, porque deportes si hacemos ¿o acaso el julepe, el dominó, o el tute, no son deportes?

-Se supone que metieron pasta en el edificio, pusieron el cartelito de marras, cerraron y ahí te pudras.

-No te olvides que pusieron una alarma de esas que anuncian en la tele, que casi me da un parrás de la risa, pero si dentro no metieron ni una maldita silla, y todo gracias al concejal ese, que iba a revivir el pueblo. Un concejal que vive a cien kilómetros de aquí, si es que es pa darle de hostias.

-Me supongo que fue una promesa electoral y ni siquiera se dieron cuenta de que en este pueblo no hay jóvenes, vamos que si contamos a Encarna y a Cipriano, la media de edad se nos dispara a los ochenta y pocos años.

-Pues ya la puedes recalcular Jesusito, que el bueno de Cipriano palmó el martes.

-No me jodas, por eso no lo veía yo por el bar con su quitapenas en la mano. Bueno, eso baja la media de edad, porque tenía cerca de los noventa y cinco.

Jesús sacó su libretita y su lápiz y tras chupar la mina, se puso a calcular la nueva media:

-A ver empezamos por las viudas y viudos, Mari 77, Josefa 80 por lo menos, Paquita 78 (me da que algún año se quita), Charo 84, Encarna 94 (al pobre Cipriano lo tacho ya), Mariano 80, Pepón 81, Rufino 77, Ernesto 74, y luego están los Losada 76 y 77, los Zamora a unos 82 cada uno, los Robledo 85 y 90, los Sotillos 78 y 81, los Agapitos 79 los dos, el Molinero y señora a razón de 84 cada uno, tú 79 y yo 79 también,

– 80,69 años de media -soltó Domingo de golpe- que lo he hecho con la calculadora del móvil

-Te vas a atocinar Domingo, yo prefiero hacer la operación y así mantengo la mente funcionando.

-Oye hablando de atocinarse, ¿hacen unos torreznos? Que me ha dicho Pepón que iba a prepararlos.

Y ambos vecinos, se fueron al bar a saborear el arte culinario de Pepón, que a sus 81 años, mantenía la gestión del único bar del pueblo, junto a Mari la viuda, que por cierto, dicen ciertas lenguas que entre ellos hay… tomate.


Foto Sabius

La irremediable batalla

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Dos veces al año, por San Pedro y por San Miguel, el señor de Manrique y el señor de Villarrubia batallaban con sus huestes, en tierras anexas a sus castillos y posesiones. Eran combates de prestigio y no especialmente bárbaros ya que las bajas eran por fortuna pocas, aunque las secuelas de las batallas eran palpables en forma de amputaciones y heridos.

Era una costumbre casi ancestral desde hacía no menos de cien años, incluso tenía unas reglas no habladas, como no guerrear en el día del Señor, o en momentos de extremas inclemencias, respetar la vida de los heridos y si por desgracia hubiera fallecidos, entregarlos al bando contrario para su sepultura.

En una ocasión, Iñigo de Manrique preguntó a su padre por el motivo de tamaña rivalidad. Pero su padre no supo darle una respuesta concreta.

-Bueno, es como una costumbre, una necesidad, una lealtad a nuestro blasón, para aliviar la afrenta de la que fuimos objeto hace mucho tiempo, cuando el abuelo de mi bisabuelo fue ofendido por el entonces señor de Villarrubia, un malnacido, como todos sus descendientes

Pero Iñigo no se quedó convencido,

-¿Y cuál fue esa afrenta, padre?

-Qué más da -respondió Manrique- lo importante es borrar del mapa a los Villarrubia, sucios bastardos.

-Padre, ¿me estás diciendo que no sabemos por qué combatimos? -preguntó el joven Iñigo-

Las palabras del hijo no cayeron en saco roto y su padre reunió al consejo de Nobles para preguntarles por el verdadero motivo de las peleas. Y sucedió que nadie recordaba a ciencia cierta la causa. Unos hablaron del asesinato de un antepasado Manrique, otros de una cuestión de lindes, incluso de la violación de una doncella de la familia, pero no se pusieron de acuerdo, por lo que el Señor de Manrique decidió liderar una embajada al Castillo de Villarrubia para aclarar la contienda.

El Señor de Villarrubia recibió a la comitiva, sin agasajos de ningún tipo, en medio de una tensión palpable.

Ambas delegaciones parlamentaron durante horas mientras daban cuenta de la mejor cosecha del año. Y así, entre copa y copa, ninguno fue capaz de razonar sobre el origen de la contienda, transmitida de padres a hijos durante generaciones.

Por ello, tras dos días de reuniones y ante la ausencia de razones de peso, ambos Señores decidieron poner fin a las luchas con un documento rubricado que aclaraba cualquier posible disputa sobre lindes y territorios, además de sentar las bases para el inicio de una etapa de intercambios comerciales entre ambos territorios.

Es más, en un ambiente de armonía decidieron casamentar a Iñigo hijo del Señor de Manrique con Matilde hija del Señor de Villarrubia.

Pero a la hora de decidir en qué castillo se celebraría la ceremonia, saltaron de nuevo las diferencias, y como no podía ser de otra forma, ambos Señores junto con sus Nobles, decidieron que la mejor manera de dirimirlo sería con una nueva batalla en campo abierto.

El vencedor podría celebrar la boda en su castillo.


Foto Sabius

Testamento

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Poco antes de que los domingos fueran amargos, los tres hermanos disfrutaban de las comidas familiares reunidos en torno al padre. La madre había fallecido seis años antes y comer con el padre en domingo, se había convertido en un cariñoso ritual.

Las reuniones eran apacibles y tranquilas. Hasta que llegó el triste día del fallecimiento del progenitor.

El padre, curtido trabajador desde los dieciocho años, había formado un buen patrimonio, que los hijos intuían que recibirían a partes iguales, ya que en alguna conversación ocasional, el padre siempre previsor, había comentado que no haría distinciones entre los hijos, en el testamento.

En la primera comida sin él, los hijos hicieron una estimación previa de los bienes de su padre: el piso de Zaragoza, el apartamento de Jávea, varias plazas de garaje e inversiones en Fondos, si bien estas últimas estaban pendientes de cuantificar.

Unos días antes de la lectura del testamento en la notaría, el abogado del padre, pidió reunirse previamente con ellos, en su despacho.

Tras escuchar al abogado, se hizo el más absoluto silencio. Se podían oír las respiraciones agitadas de los hijos.

Entre caras de pavor y muecas de sorpresa, solo Diego, el mayor de los hermanos atinó a preguntar, después de soltar varios improperios y alguna blasfemia,

-¿Alguien sabía que papá tenía cuatro hijos más?


Imagen de naor eliyahu en Pixabay

Chispas asiáticas

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No sé si fue el brillo de sus ojos o el ardor de nuestros besos o los movimientos rítmicos o nuestros jadeos entrecortados o incluso una reacción química de los fluidos.

Pero no fue nada de eso.

En realidad, se nos estaban quemando las croquetas que habíamos olvidado sobre el fuego, así que lo apagamos como pudimos entre el olor humeante a aceite quemado y a croqueta casi calcinada y decidimos buscar el teléfono del restaurante chino, para salir del paso y pedir algunos platos.

Como la casa olía a fritanga, salimos a la terraza y reanudamos nuestra ardiente pasión amorosa.

En ello estábamos cuando sonó el telefonillo del portal y en ese preciso instante, lamentablemente perdimos el equilibrio, cayendo al vacío desde la barandilla del segundo piso.

Y mientras sufríamos en la acera tras semejante contratiempo amoroso, sentimos un intenso olor a rollito de primavera, ternera con curry y pato a la pekinesa, que al menos compensó levemente nuestros dolores y lesiones, ante la mirada incrédula del repartidor del restaurante chino.


Imagen de Tim Nguyen en Pixabay

Mía y yo

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Me llamo Lucas y no me comía una rosca, hasta que conocí a Mía. Al principio me costó seducirla. Ella era traviesa y eso me encantaba, aunque tenía bastante genio. Poco a poco comenzamos a tontear, aunque desde una prudente distancia. Pero el tema no funcionaba, así que opté por pasar página, era un amor imposible.

Una tarde de otoño Anita mi dueña, me puso una especie de ridículo pijama que resultó ser un disfraz de gato. Era Halloween y los humanos hacen muchas tonterías en esas fechas. Total, que me dejó varios días con ese absurdo disfraz. Como soy un perrito dócil, acepté la situación.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando Mía se me acercó de manera seductora a olerme. Ufff me puse a mil, me encantaba esa mirada y ese olor gatuno. Así que escondí mis ladridos y comencé a maullar, aunque reconozco que lo hacia regular. Pero a Mía le gustaba mi tono ronco y cazallero. Esa fue la primera noche que pasamos juntos.

A la mañana siguiente, Mía y yo sugerimos la posibilidad de escapar y correr una aventura juntos. Ella como gata lista, sabía algunos trucos para salir de la casa que yo no hubiera imaginado jamás.

Así que a mediodía salimos a vivir nuestra historia de amor. No sabía cuánto podría durar, tal vez hasta que Mía descubriera mi disfraz, pero me daba igual. Me sentía feliz con ella.

Apenas dos días después, encontramos un grupo de gatos que comenzaron a meterse con nosotros y a acosarnos. Yo no quería descubrirme, pero llegado un momento, no pude más y comencé a ladrar y a perseguir a los molestos gatos, ante la mirada atónita de Mía. Todos huyeron.

-¿Eres un perro? -preguntó mía- ¿Eres Lucas?

Yo avergonzado asentí

-Sí soy yo

Y acto seguido, le expliqué el amor que sentía hacia ella, aún comprendiendo sus recelos porque se supone que una gata y un perro no tienen futuro juntos y le pedí perdón por el engaño.

Esperaba su rechazo, incluso algún arañazo, pero eso no sucedió. Al contrario, Mía me dio un lametón y yo la correspondí.

Entonces, decidimos regresar a casa juntos y comenzar una doble vida que solo ella y yo conoceríamos, ante la sorpresa de Anita y su familia que estaban asombrados de lo bien que nos llevábamos Mía y yo.


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Recuerdos nevados

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La nieve me recuerda a mi infancia en un hermoso pueblo serrano, cuando íbamos al cole embutidos en ropa de abrigo, para soportar no solo el frío, sino también los bolazos que se producían a la entrada, en batallas donde prevalecía la falta de puntería, excepto -curiosamente- al cuerpo de algún profesor. Estábamos deseando que nevara más y más, para poder hacer muñecos de nieve y divertirnos jugando antes de hacer los deberes.

Esta mañana hemos amanecido bajo el manto blanco y me he calzado mis botas para dar un paseo, no para liarme a bolazos, que uno no tiene edad, recordando aquellos lejanos años, de una infancia que reconozco feliz.

Por la tarde, con el calorcito del hogar, he buscado (y rebuscado), algunas fotos de aquellos años escolares y he encontrado premio con un álbum de hace un montón de años, donde se nos ve a mi y a los demás niños y niñas, con cara de angelitos, en alguna foto de esas de inicio de curso. También he encontrado fotos de cumpleaños, alrededor de una tarta de las que hacía mi abuela y otras de la pandilla que teníamos, en esos maravillosos y eternos veranos infantiles.

Apenas mantengo alguna relación con compañeros de andanzas escolares. Han pasado muchos años, pero identifico sin problema a mis compis en las fotos y recuerdo juegos y anécdotas con ellos. Me consta que hay alguno que ya no está, otros se fueron (nos fuimos) a otras ciudades, y otros se mantienen por la zona. Es la vida.

Pero quizás lo más sorprendente es que he podido recitar uno por uno, la lista de la clase por los apellidos, que era como nos llamaban en el colegio. Y al hacerlo, les he puesto cara una vez más. Hay cosas que no se olvidan, ya que en clase pasaban lista en voz alta a diario y ese grupo de chavales, estuvimos juntos varios cursos.

Fuera ha dejado de nevar, pero la noche será fría y la nieve se mantendrá unos días.

Los recuerdos, sin embargo, nos acompañarán siempre.


Foto Sabius

Muñeco

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Cuando era pequeño, encontré un muñeco de trapo en el altillo de la casa de mis abuelos en el pueblo. Era un muñeco antiguo, bastante sobado que tenía un alfiler clavado, lo que me llamó la atención. Junto a él había una foto muy antigua, en blanco y negro de una familia, quizás mis bisabuelos y junto a ellos, una niña que tenía el muñeco en su mano.

Me lo guardé y con él, regresé a casa. Esa noche me quedé ensimismado con el muñeco y al día siguiente lo llevé al cole.

Fue en el recreo del cole, cuando comencé a darme cuenta del poder que tenía. Estaban sorteando los equipos de fútbol, cuando Andrés el grandullón, me dio un empujón y me apartó, con un despreciable “quita enano”. Me dio rabia y cogí el muñeco y le clavé el alfiler en una pierna. Al instante Andrés gritó y se tiró al suelo, en señal de dolor. Todos fueron a atenderle, entonces saqué la aguja y el chico comenzó a sentirse mejor e incluso pudo jugar el partido.

-Debe ser una casualidad -me pregunté a mí mismo, completamente sorprendido-

Entonces vi a Mercedes, la chica que me gustaba pero que me había rechazado y le clavé levemente el alfiler en el brazo del muñeco. La pobre comenzó a llorar llevándose la mano al brazo herido. Por supuesto saqué de inmediato la aguja y Mercedes se recuperó.

Comencé a comprender el poder del muñeco y del alfiler.

De vuelta a casa en al autobús, un chico barbudo se negó a ceder el asiento a una anciana, y probé de nuevo a pinchar el muñeco en el culo. El chico, dio un brinco llevándose las manos a sus posaderas.

Han pasado muchos años, desde esta historia que os he contado y desde entonces no volví a usar el muñeco que dejé dentro de una caja de cartón en mi última mudanza.

Ahora soy un adulto responsable. Una mañana a las diez en punto, entré en la tienda de electrodomésticos donde llevaba trabajando unos cinco años. Era un trabajo sencillo y como tengo dotes de comercial, me iba bien. Cobraba un sueldo razonable y una pequeña comisión por cada venta que hacía.

Por la tarde a eso de las cinco, una pareja entró preguntando por una lavadora que teníamos en oferta esa semana. Me encontraba en medio de las explicaciones técnicas del aparato, cuando de repente, mi compañero Meléndez entró en escena para corregirme y ponerme en evidencia delante de los clientes sobre no sé qué promoción que acababa de inventarse. No era la primera vez que hacía eso.

Cuando los clientes se marcharon, discutí con fuerza con mi compañero porque se iba a apuntar una venta que me correspondía a mí e intervino nuestro jefe que, como es habitual, tomó partido por Meléndez y de hecho me llamó la atención diciéndome,

-Luis, no sé qué le sucede, pero tiene usted una cara de pasmao que no es la mejor presentación ante los clientes. Póngase las pilas por favor -añadió enérgicamente-

-Por supuesto, no se preocupe -respondí de inmediato-

Al regresar a casa, fui al trastero a comprobar si el muñeco estaba donde lo dejé hace años, y así fue.

Meléndez lleva varias semanas de baja debido a unos repentinos pinchazos en piernas y glúteos. Nada grave, aunque eso, solo lo sé yo. Mi jefe (bueno, exjefe) fue trasladado de tienda por un problema de nervios, al parecer se subía por las paredes por unos extraños pinchazos en las orejas. Una vez trasladado, no volvió a sufrir esos incómodos pinchazos.

Me nombraron supervisor en su sustitución. Las ventas han aumentado y el ambiente de trabajo con los tres nuevos comerciales es muy agradable. No obstante, en el segundo cajón de la mesa de mi despacho, guardo el muñeco de trapo y unos alfileres, “porsiaca”.


Imagen de Brett Hondow en Pixabay

Emilio Noel

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Me llamo Emilio y estaba disfrazado de Papá Noel, esperando que el centro comercial abriera sus puertas en el stand que habían preparado por Navidad para que los niños hicieran cola para hablar conmigo. Me hacía ilusión colaborar desinteresadamente si con ello hacía felices a los pequeños. En realidad, me vestía de Papá Noel hasta el veinticinco de diciembre y luego me vestiría de Rey Mago hasta el cinco de enero. Creo que este año me toca hacer de Gaspar.

Pero lo más especial, es que en unos minutos van a venir mi hija Isabel y su pandilla, para mostrarme sus deseos para esta Navidad. Tienen alrededor de ocho años y a esa edad, aún son felices con la ilusión que puedo darles disfrazado.

Las puertas se abrieron y los niños hicieron cola ordenadamente. Y los fui atendiendo con cariño y paciencia. Se acercaba el grupito de mi hija y sus amiguitas y amiguitos, a los que conocía del colegio o del parque.

Y llegó el momento soñado por mí. Mi hija Isabel, a la que llamamos Isa, se sentó en mis rodillas. Imposté un poco más si cabe mi voz y le hice las preguntas preliminares: cómo te llamas, cuantos años tienes, si has sido buena, etcétera. Ella me miraba asombrada.

Pero las cosas no salieron como yo pensaba.

-¿Eres papá? Me dijo de sopetón.

Yo por supuesto lo negué, pero Isa insistió y si alguien conoce lo terca que es mi hija, ese soy yo.

-No te preocupes papá, que te guardo el secreto, no se lo he dicho a nadie y prometo no hacerlo, pero es que mamá me lo dijo hace unos días.

-¿Qué mamá te lo dijo? -pregunté extrañado, pero ¿por qué te lo ha dicho? ¿se lo has preguntado tú?

-No -contestó Isa- la verdad es que no me lo dijo a mí, sino al señor que viene a casa por las tardes.

Me quedé patidifuso y pregunté,

-¿Qué señor? ¿De qué me hablas?

Entonces Isa me contó la historia,

-Pues resulta que mamá estaba hablando con alguien por teléfono y le dijo que podía venir a casa por las tardes, porque tu estabas disfrazado de Papá Noel, en el centro comercial de cuatro a ocho de la tarde toda la semana. Y que podía estar tranquilo, porque a mi me llevaría antes a casa de Miguelito o de Almudena para jugar. Y luego se despidió de él, llamándole Roberto. Y llevo toda esta semana en casa de mis amigos. Por eso me enteré de que tú no eres Papá Noel, que estás disfrazado y que eres Emilio mi papá. Espero que no te moleste que te lo haya dicho. A mi me sigue haciendo ilusión venir aquí.

En ese momento, dejé cariñosamente a Isa en el suelo, salté de mi falso trono y salí corriendo ante el estupor del resto de los niños, familiares y la gente que allí se encontraba. Me fui a toda velocidad a casa, no podía creer que Elena mi mujer me estuviera engañando y fue entonces cuando…

…Y fue entonces cuando me desperté. Sudoroso y jadeante, mientras Elena me decía,

-Tranquilo Emilio, cálmate, has debido tener una pesadilla, respira despacio, así, muy bien…

Sus abrazos me permitieron relajarme. Todo había sido una pesadilla horrible, estabamos en nuestro dormitorio, aún era de noche, pero no pudimos conciliar el sueño de nuevo, así que fuimos a la cocina a desayunar, aunque fuera muy pronto.

Elena preparó unas tostadas, mientras yo hacía café.

Le conté con detalle la pesadilla que acababa de tener y que recordaba perfectamente. Elena se mostró sorprendida y comprensiva con la historia.

-Madre mía -exclamó- no me extraña que estuvieras tan acelerado, pero ya pasó todo.

Y me besó suavemente.

Esa tarde me fui puntualmente al centro comercial. Mientras me vestía de Papá Noel, sonreí al pensar en lo absurdos que pueden ser los sueños.

Hasta aquí la historia de Emilio, pero… antes, a media mañana, Elena salió apresuradamente al parque para hacer una importante llamada por teléfono,

-Hola Roberto, no sabes la noche que he tenido con Emilio. Oye, escucha con atención. No vengas a casa esta tarde. No me preguntes cómo es posible, pero creo que Emilio sabe lo nuestro. Tengo ganas de verte, pero ni se te ocurra venir a casa. ¿Vale? Ya hablaremos.


Amigas y Amigos, os deseo…

FELIZ NAVIDAD Y UN FANTÁSTICO AÑO NUEVO 🎅🎄🥂

un abrazo, Carlos «Sabius»


Imagen de PublicDomainPictures en Pixabay

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