Sib

Mitomanies i egocentrismes

Miedos…

Escrito por: Mon en julio 5, 2012

Ni una emperatriz infantil, ni un caballero andante, ni una rana expectante, ni una malvada bruja del este. Ni siquiera una Dorita descalzada y humillada. Nadie sobrevive a la espesa niebla que borra las más indelebles esperanzas adolescentes y envejece a las jóvenes promesas.

El imperio se desvanece y ya se ven hordas de ilusiones arrastrando maletas por caminos de tierra. Nadie es indestructible. Sólo persiste un obstinado recuerdo que se niega a olvidarse de los tiempos sin miedo. Un recuerdo que sabe que ya no puede volver atrás, que es recuerdo de por vida, que sólo es memoria, sin futuro. Un recuerdo que duele, como todos los recuerdos felices, en la cama de quienes no siempre fueron esclavos.

Y, en silencio, no lo dicen pero todos lo saben: el miedo tiene los días contados. Pronto no quedaran fuerzas para temblar.

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Palomitas

Escrito por: Mon en junio 4, 2012

Después de mucho tiempo dedicada sólo al trabajo, he vuelto a leer y a ver películas. Tal vez la maternidad me está devolviendo todas las cosas que me hacen sonreir para poder enseñárselas…

Cuando duerme, leo El enredo de la bolsa o la vida. Y parece que sí, que «con la crisis hemos recuperado algo que no debimos olvidar, que este es un país pobre y cutre”.

Y a altas horas de la noche,…

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Desconciliada

Escrito por: Mon en mayo 17, 2012

Qué afortunada soy.

Con la que está cayendo, tengo la fortuna de trabajar en una ONG que no puede pagarme un gran sueldo pero que me premia con unas políticas de conciliación de la vida familiar y laboral que harían subir la tasa de natalidad hasta revertir para siempre el envejecimiento de nuestra invertida pirámide demográfica.

No puede pagarme un gran sueldo porque necesita todo el dinero fruto de mi trabajo y del de mis compañeros para gratificar con un salario digno de su rango a los directivos de la empresa que, de reunión en reunión, parece ser que acaban agotados.

Ahora que soy madre, he podido conocer también las bondades en lo relativo a la conciliación de la vida laboral y familiar de las biempensantes mentes que gobiernan mi empresa.

Dos días después de presumir ante una audiencia de unas 100 personas de sus generosas políticas de conciliación de vida laboral y familiar, se me comunica que no puedo reducirme la jornada en una octava parte de la misma sino que debo hacerlo en una cuarta parte.

Supongo que alegarán que el trabajador es quien decide el horario pero dentro de su horario ordinario acogiéndose a la reforma laboral:

3. El apartado 6 del artículo 37 del Texto Refundido de la Ley del Estatuto de los Trabajadores, aprobado por Real Decreto Legislativo 1/1995, de 24 de marzo, queda redactado del siguiente modo:

«6. La concreción horaria y la determinación del período de disfrute del permiso de lactancia y de la reducción de jornada, previstos en los apartados 4 y 5 de este artículo, corresponderá al trabajador, dentro de su jornada ordinaria. Los convenios colectivos podrán establecer, no obstante, criterios para la concreción horaria de la reducción de jornada, en atención a los derechos de conciliación de la vida personal, familiar y laboral del trabajador y las necesidades productivas y organizativas de las empresas.

Sin embargo, ellos mismos me proponen un horario alternativo que escapa a mi antiguo “horario ordinario” y, de hecho, el horario que propongo no es ni más ni menos que el mismo que han estado y están disfrutando muchas de mis compañeras madres y algunos padres.

Por otra parte, la empresa no puede acogerse a nuevos “criterios de para la concreción horaria” incluidos en el convenio colectivo porque dicho convenio no dice ni mú respecto a ningún criterio ni ninguna concreción.

Es, por tanto, un claro caso de ese mal español que difícilmente nos ayudará a salir de la crisis: se trata, una vez más, del conocido argumento de “Por mis cojones” que acaba con cualquier debate, mutila toda reflexión y aborta cualquier propuesta de mejora dando al traste con toda esperanza de aumentar la productividad en el seno de la empresa.

Nunca pensé que la conciliación consistía, en realidad, en conciliar mi vida familiar con su vida laboral.

Que afortunada soy de trabajar en el mundo de las ONG.

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Parece mentira…

Escrito por: Mon en mayo 10, 2012

Pero llevo casi un año sin pasar por aquí…

Seguramente no tenía palabras. Ni las tengo aún, lo indescriptible es así.

Hace un año me convertí para siempre en un personaje secundario de mi vida. Mi centro se ha desplazado, mi mirada, mis preocupaciones, mis alegrías. Todo es distinto.

Una aventura diaria. Una cotidiana perfección.  

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Un verano algo distinto

Escrito por: Mon en julio 29, 2011

Hoy empiezo vacaciones, por fin. Y cuando digo «por fin» no es una forma de hablar. Es un «por fin» de verdad, después de un mes de julio eterno que cierra un año laboralmente feo y gris, con su ERE encubierto, con sus jefes mediocres, con sus mentiras, con sus sueldazos, etc.

Y es que no es fácil haber estado contenta en tu puesto de trabajo y que, de la noche a la mañana, te toque trabajar en un nido de víboras.

Hoy mismo un jefecillo me ha mentido descaradamente en algo que ni siquiera tenía tanta importancia como para jugarse así la credibilidad. No quería reconocer que era una portera, simplemente; que sus aires de eterno aspirante a ejecutivo pijo no pueden ocultar su alma de cotilla de barrio.

Y he decidido hacerme la tonta, hacer como que me lo creía todo.

¿Por qué? Porque tengo algo infinitamente más importante de qué preocuparme: la última vez que lo vi, medía algo más de 3 centímetros y ya tenía forma de bebé, con sus manos y sus pies y todo!

Sí, estoy en estado. Parece mentira. Yo que siempre he pasado más miedo viendo la Supernanny que Al final de la escalera… pues sí. La misma que viste y calza está de 3 meses.

Aún no sé si es niño o niña ni si todo va bien por ahí dentro. Pero tampoco sé si seré yo del agrado de la criatura…

Lo que queda claro es que el centro de mi vida se ha desplazado 3 centímetros y pico por el momento y que, por más miedo que dé, sienta estupendamente bien.

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Miembras todas y todos!

Escrito por: Mon en mayo 25, 2011

A mí, hay cosas que se me escapan y que nunca llegaré a tragar.

Caso real: escribo un texto que me piden en el trabajo. Debe aprobar mi texto alguien que cobra 3 veces más que yo y de quien no se conocen virtudes destacables más allá de una formidable capacidad de disgustar por igual a todo el personal de base.

El dechado de ingenio y agudeza en cuestión queda horrorizado al descubrir que yo, mujer de la cabeza a los pies hasta que se demuestre lo contrario, ¡empleo un lenguaje sexista!! Por dios, he escrito «trabajadores» en lugar de “trabajadores/as” o “trabajadores y trabajadoras”.

Me disculpo por tamaña ofensa a mi género e intento explicarle que, como las formas dobles son un suplicio para el lector, si quiere, lo sustituyo por una fórmula neutra… Sin dejarme acabar la frase, me suelta: “Pues claro, eso deberías haber hecho. Lo cambias y le pones ‘asalariados’ en lugar de ‘trabajadores’”.

Asalariados en lugar de trabajadores. Menuda diferencia, ¡dónde va a parar!

Y se queda tan pancho.

Consciente de que cualquier observación que le contraríe me acerca un poco más a la casilla de salida, no he dicho ni mú. ¿Quieres asalariados porque como lleva muchas “a” te suena femenino? Pues ¡ahí va, campeón! ¡Como si quieres que ponga miembras!

Por la tarde, quedo con un compañero/a que trabaja en una gran empresa venida a menos y me muestra perplejo/a una circular que les han enviado sus también geniales y políticamente correctos jefes. Entre otras órdenes absurdas, les instan a constestar al teléfono diciendo: «bienvenido/a al servicio de mantenimiento de [nombre de la empresa], le atiende X».

Nada más llegar a casa, he sentido un impulso irrefrenable de quemar mis sujetadores. Claro que, con lo que cobro, más me vale conservarlos/as sanos/as y salvos/as.

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Para mañana quisiera…

Escrito por: Mon en mayo 2, 2011

…muchas cosas… muchísimas…

Pero estoy dispuesta a conformarme con un día tranquilo y amable.

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El sonido de los planetas

Escrito por: Mon en abril 29, 2011

Llegar a casa un viernes noche, preparar una cena de caprichos y vaciar una botella de cava entre dos mientras suena el mismo tema 15 veces seguidas y bailoteas por el pasillo, feliz de no ser demasiado vieja para perderte en tus recuerdos ni demasiado joven para carecer de ellos.

Encontrar, una vez más, la melodía que se convierte en tu canción de primavera; esa que te ayuda a salir de tu oficina cuando aún tecleas frenéticamente, sin saber si fuera llueve o hace sol. La que te aleja del mundo. La que te lleva a playas desiertas, a fiestas multitudinarias, a países lejanos y a aventuras delirantes, sin que nadie pueda notar nada excepto que tu mirada ya no pertenece al gris marengo de la silla de ningún despacho.

Saber que los días se alargan le pese a quien le pese, que las terrazas de los bares se llenan y que los escotes se pronuncian y que, mientras todo eso ocurre, una canción te recuerda a ti, y sólo a ti, que aún tienes muchos caminos por recorrer antes de poder escuchar, por fin, el sonido armonioso y silente de los planetas.

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Silencios

Escrito por: Mon en abril 22, 2011

Desde luego, no era el silencio lo que esperaba. Una muestra de complicidad hubiera estado bien; una confidencia, perfecto. También hubiera sido deseable un debate, un “no lo veo así”, incluso un “te equivocas”. Cualquier cosa, excepto el silencio paralizador, el punto final a cualquier intento de tirar del hilo de una conversación que nunca se decide a arrancar y, a la vez, el disparo de salida para una nueva e interminable secuencia de medias tintas y verdades apolilladas.

Esperaba cualquier cosa menos el silencio infinito que me devuelve, desconcertada, a la sala de espera de los abrazos que, al final, nunca se dan.

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Vaya usted a saber

Escrito por: Mon en abril 17, 2011

En los últimos meses, no he hecho más que trabajar. El próximo imbécil a quien oiga decir que el trabajo dignifica acabará el día saliendo en las noticias, sección sucesos.

Mi trabajo principal sigue siendo el mismo. He capeado el temporal y ahora que andamos todos con las orejas bien gachas, me mantengo a flote en parte gracias a las enormes tragaderas que he ido desarrollando. Es cuestión de hablarle con cariño a tu orgullo y recordarle que un puesto de trabajo no debe ser su único ni siquiera su principal alimento. Al final lo entiende. Si no fuera así, el otro día habría estallado cuando tres grandes jefes hicieron una sesudísima crítica sobre un proyecto mío sin haber leído una sola línea ni del proyecto ni de las bases que debían regularlo. Olé su cuajo. O el mío. La verdad es que no sé.

Luego, tengo el trabajo secundario, que no es que me lleve demasiado tiempo pero tampoco me deja ingresos destacables. Eso sí, de vez en cuando da alegrías. Como cuando alguien te da las gracias por hacer lo que haces.

Pero al final, cuando llego por fin a casa, tengo mi tercera ocupación. La que no da dinero y, sin embargo, la que más quiero. Una ilusión o una posibilidad real. Vaya usted a saber.

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Para Saima

Escrito por: Mon en febrero 15, 2011

Hay alguien atrapado en una batalla campal entre el reino de una malvada soberana y el heroico principado de un caballero que siempre mira hacia adelante.

Algunas escaramuzas han sido especialmente violentas aunque nadie pueda ver la sangre ni el dolor que queda después. Sólo alguien sabe que se libra una guerra silenciosa y cruel y que hasta el rincón más recóndito de su cerebro forma parte del campo de batalla. Gracias a la ayuda del valiente hombre invisible, logro zafarse de más de un envite y permaneció quieta, durante semanas, esperando que la malvada soberana sufriera por fin un revés definitivo. Nunca ocurrió, aunque alguien sigue esperando. Afortunadamente, alguien encontró un camino alternativo, una pasarela secreta más allá de ambos reinos, una salida estrecha y subterránea por la que va reptando cada día, sin pausa, con la esperanza de ver pronto la luz de su país.

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State of emergency

Escrito por: Mon en noviembre 15, 2010

En este tiempo de ausencia, no ha pasado nada especial.

He visto gente cercana asfixiada por el paro pero ¿qué tendrá eso de especial ahora mismo?  También he visto pasar a través de mí un ERE encubierto que me ha dejado intacta pero desolada,  con un departamento desmantelado y la amenaza de otro no-ERE en un futuro cercano.

Y debo estar agradecida porque a mí, aparentemente, todo me va bien. Hombre, si ya cobro 60 euros más al mes, por dios! Dónde va a parar, esto ha sido como pasar de la noche al día! Vamos, vamos, señor director general, si ya me queda nada para cobrar un cuarto de la mitad de lo que usted se gasta en un traje nuevo!!

También he visto algunas personas aprovechar la confusión para erigirse en salvadores de ese pequeño universo desprovisto de emperatrices imaginativas en el que me siento cada vez más atrapada… pero personas de esas que brillan sólo en la oscuridad siempre las ha habido, dicen. Así que tampoco debe de ser especial…

En síntesis, resulta que no me puedo quejar, que tengo que arrimar el hombro más que nunca, aprender a no quejarme, a no cuestionar nada, a no pensar. Y a sonreír mucho, vaya ser que alguien creyera que no estoy contenta y agradecida. Pero, una vez más, los disfraces han existido toda la vida. Tampoco tienen nada de especial.

Pero hay algo que es nuevo para mí en todo esto y es cuánto -cuantísimo- echo de menos a mis compañeros, aunque ni siquiera sepa cómo decírselo.

Será por eso por lo que, hoy, al llegar a casa y escuchar una canción que no oía desde hace al menos diez años,  me he dado cuenta de que los tiempos han cambiado. Esta vez de verdad: no es que me sienta atrapada, es que lo estoy. O lo estamos. Y no sabemos cómo librarnos porque ni siquiera sabemos ponerle cara al enemigo.

No se me ocurre otra cosa más que convencerme a mí misma de que yo puedo cambiar, para que el enemigo tampoco sepa reconocerme cuando se cruce en mi camino.

Y buscar, otra vez, un objetivo que valga la pena perseguir.

De momento, espero que este vuelva a ser mi refugio porque creo que necesito mucho volver a casa.

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Poliedros

Escrito por: Mon en septiembre 22, 2010

¿Por qué no estudié inglés como dios manda o más bien… por qué a nadie le sirve que hables francés?

¿Cómo es que en este momento de mi vida no se me ocurre mejor cosa que ponerme a estudiar ingeniería informática?

Creo que cualquier día, mis múltiples personalidades se armarán semejante lío que cruzaré trabajo, ocio, estudios, lenguas y acabaré escribiendo un proyecto con pseudocódigo en francés… y, ese día, probablemente, me seguirá sobrando mucho mes a final de sueldo…

Aunque, para ser justa, debo decir que sí, que mis propósitos veraniegos no iban mal encaminados porque -pásmense- he conseguido un aumento de sueldo. Mísero, de acuerdo. Pero aumento al fin y al cabo…

Espero un dulce otoño, y un invierno generoso…

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Revuelta

Escrito por: Mon en agosto 22, 2010

Quisiera poder decir que, en mi ausencia, he vivido aventuras dignas de ser inmortalizadas o que he resuelto mi futuro o que me ha tocado el premio extraordinario de la ONCE. Pero no.

No vuelvo con grandes gestas que narrar ni una buena razón para haber estado alejada de un sitio en el que me siento tan cómoda. Simplemente, he estado algo ausente de mí misma, cosa que me ha venido muy bien para dejar de tener dolores de cabeza pero que no puedo alargar mucho más porque, aunque esté feo decirlo, empezaba a echarme un poco de menos.

Tras mis pequeños disgustos preveraniegos y ante la aplastante certeza de que este año no hay viaje alguno –crise oblige-, simplemente he dejado pasar un día tras otro haciendo las cosas que normalmente hace la gente en verano: playa, lectura, juegos y poco más.

Todo ello obedecía a la pueril táctica de alejarme de mí para averiguar si esas preocupaciones que me tenían bloqueada hace cosa de un par de meses eran realmente tan importantes. Tal como sospechaba, no, no lo eran.

Así que, ante el inminente fin de mis vacaciones, afronto el nuevo curso como una nueva etapa en la que me propongo, simplemente, estar a gusto y dar a cada cosa y a cada persona la importancia que merece, ni más, ni menos. Ah, y lograr un aumento de respeto y sueldo o un nuevo trabajo, donde no deba suplicar ni una cosa ni la otra.

En breve les cuento resultados…

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Fingers crossed, again

Escrito por: Mon en junio 15, 2010

Finalmente, hoy será el día.

Deseo con todas mis fuerzas poder decir que el 15 de junio de 2010 fue el día en que, por fin, tomé las riendas de mi vida… y que todo salió a pedir de boca.

Cuánto miedo y cuánto vértigo…

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Cruzando los dedos

Escrito por: Mon en junio 14, 2010

Cada cierto tiempo, la casualidad quiere que sufra un pequeño caos personal en que vuelva a plantearme grandes preguntas a mí misma.

Hoy será un día decisivo, catártico. Si sale bien, habrá cambios importantes…

Si no… también debería haberlos.

Deseadme suerte: voy a necesitar toda la del mundo.

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Gracias, siempre

Escrito por: Mon en junio 12, 2010

Mareiad esperaba al teniente. Le esperaba incluso cuando le tenía delante o cuando se giraba bajo cualquier pretexto para cerciorarse de que ahí seguía. Mairead no tenía prisa; podía esperar, sabía esperar. Podría haber esperado toda su vida y haber muerto esperando. Y habría sido feliz así, contemplándole en su espera. Mientras esperaba, seguía con diligencia todas y cada una de sus indicaciones. Y más allá del rigor, emergía una Mairead valiente que daba de ella todo lo que había en su interior. Y lo que no estaba, lo creaba de nuevo sólo para verle avanzar: Mairead sólo esperaba oírle decir “gracias” y volverle a esperar.

A veces, cuando la guardia se prolongaba demasiado, Mairead analizaba su espera, y casi siempre la juzgaba insana pero, aún así, siempre supo que su destino era seguir esperando al teniente.

El teniente no quería irse. A veces, analizaba la espera de Mairead y se juzgaba egoísta por apreciar su silenciosa veneración pero, al final del camino, aún intentó alargar la espera y, al ver que ya no era capaz, se acercó un poco a ella para hacerle entender que él no era teniente de esperar.

Ahora, Mairead ve cómo se aleja el teniente y aún no acepta bien que ya no quede nada que esperar. Que no es ninguna Penélope, que no teje y desteje, y que el teniente ya no quiere que le espere más.

Pero su vida queda tan lejos, tan irreconocible y abandonada, que ya no puede volver atrás. Y, hacia delante, ni siquiera ve la espera del último “gracias” que aún desea escuchar.

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Un segundo

Escrito por: Mon en abril 22, 2010

Hoy tenía prisa por verte. Antes incluso de despertarme, estaba ya ansiosa por mirar, un momento, el mundo a través de tus ojos. Era una necesidad simple, primaria. Incuestionable, como el respirar.

En realidad, hoy me he levantado con urgencia de vivir y he elegido tus palabras como disparo de salida. No sabía cuáles decidirías pronunciar. De hecho, daba un poco igual porque, cuando las escuchara, sabría reconocer la señal cualquiera que fuera su embalaje.

Luego, como todos los acontecimientos largamente esperados, ha pasado en un solo segundo, uno de aquellos en los que caben todas las cosas de este mundo y, sin embargo, siguen siendo un humilde segundo. Ni siquiera recuerdo las palabras exactas, casi ni el sentido general de la frase. Pudo ser cualquier cosa mientras, durante un segundo, tu mano respondía a todas mis preguntas en mi espalda, con unos puntos suspensivos.

Las cosas que caben en un solo segundo no suelen proporcionar respuestas concisas ni señalan caminos bien alumbrados. Todo lo contrario: a menudo, entran en los interrogantes sólo para ensancharlos y que así, de una vez por todas, seas capaz de descubrirte ante su perfección.

Y, a pesar de que no ha ocurrido nada más que aquello que cabe en un solo segundo, he vuelto a casa sabiéndome desheredada pero esperando levantarme mañana sin ninguna lección aprendida y con la misma urgencia de vivir un solo segundo más.

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Mañana, veinte años después

Escrito por: Mon en abril 13, 2010

Hoy, al volver del trabajo, he pasado por la plaza dónde no nos conocimos. Como ya no hace tanto frío, he dado un paseo hasta el bar donde nunca nos hemos reído hasta el amanecer, y me he sentado al lado de la ventana a través de la que nunca me has saludado.

No estabas ahí, claro, igual que nunca antes estuviste.

Y aún así, me han venido a la cabeza infinidad de recuerdos de entonces, del día en que no nos conocimos, de cuando no quedábamos aquí con los amigos, después de las clases y soñábamos con las vacaciones de verano. Me he acordado de todas esas noches en que no discutimos en esta misma mesa sobre las guerras de nuestros libros de Historia, o sobre las próximas elecciones, o sobre el aspecto desgarbado del profesor de Literatura europea.

Durante un rato, mientras tomábamos esas copas que nunca hemos tomado, en mi memoria se ha ido construyendo tu pasado y nos hemos conocido de nuevo, sin sospechar que, en realidad, no nos íbamos a conocer hasta algún momento imprevisto de nuestro lejano futuro. Y sin saber que entonces, en el implacable presente, ya sería demasiado tarde para retomar el hilo de esa conversación que nunca tuvimos en este mismo bar, hasta el amanecer.

Tal vez por eso, estábamos tan obstinadamente ausentes del mundo en mis recuerdos, tan atónitos con nuestras palabras, tan apartados e insumisos ante la férrea linealidad del tiempo. Puede que también por eso, al escucharte, consigo a veces doblegarlo, robarle tu atención y eximirme, por un segundo, de su despiadada vanidad, para poder levantarme por la mañana exhausta, pero inexplicablemente convencida de que aún todo es posible…

Y, tras un triste y repentino fundido a negro, la inapelable realidad ha sacudido de mi mente todos esos delirios, borrando de mí aquel pasado en ciernes que la casualidad nunca dio a luz. Sola de nuevo, aún me ha parecido oír tu voz, lamentando la llegada de este reglado presente que nunca creímos real…

Pero, por más que esos recuerdos no fueran los míos ni los tuyos ni los de nadie, tus palabras aún parecían tener cuerpo. Algo incrédula, he levantado la mirada y ahí estabas, al otro lado de la ventana, saludándome con la mano, intocable y alegre, como si toda nuestra vida estuviera aún por estrenar.

Eras muy joven y te reías. Eras real e inconcebible. Entonces he visto mi reflejo en el cristal: yo también tenía aún veinte años y te acababa de conocer. Y sabía que entrarías, te sentarías aquí mismo y nos seguiríamos riendo juntos hasta que se volviera a hacer de día, veinte años después.

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Usable y accesible

Escrito por: Mon en febrero 27, 2010

Y después de currarnos una web verdaderamente accesible, va y suelta que si no le podemos poner una ventana flotante con un anuncio parpadeante que dure activa unos diez segundos…
¿En qué nos hemos equivocado?

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Transparente

Escrito por: Mon en febrero 16, 2010

A veces quiero ser transparente. Y, otras veces, simplemente lo soy. Y me falta consistencia para atraer una mirada y solidez para hablar con aplomo. Me falta paciencia para recordar tus palabras e imaginación para escucharte pronunciarlas. A veces, me faltan las fuerzas para seguir creyendo que aún queda mucho tiempo para cumplir mis deseos.

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Poderoso caballero es don Dinero

Escrito por: Mon en enero 14, 2010

Cuando alguien a quien conoces se queda sin trabajo, sirven de poco los razonamientos lógicos, los planes de viabilidad y la madre que los parió porque, al final, la regla es inflexible: unos calzan coches de 40.000 euros y otros engrosan las listas del paro. Y algunos, temerosos, agachan las orejas esperando a que amaine el temporal.

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Otra vez, en el mismo lugar.

Escrito por: Mon en diciembre 22, 2009

Siempre he tenido una tendencia incorregible a moverme a destiempo. No es que no sepa bailar, es que llevo otro ritmo. No es que no sepa lo que quiero, es que a veces me doy cuenta cuando ya lo he perdido. Pero lo que peor llevo de mi asincronía con el mundo es que las palabras se me aparezcan tarde, cuando ya no puedo pronunciarlas. Porque si llegaran a tiempo, si me proporcionaran el valor para vivir de otra manera, hoy te hubiera dicho que no, que te lo quedes todo, que yo no acepto propinas para calmar la conciencia de esa clase de emprendedores sociales que calzan coches de 40.000 euros. Que no. Que no me subas el sueldo, que da igual, que me busco la vida. Pero no me insultes con limosnas. Si no hay aumento, por dios, mantengamos al menos el decoro.

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Parece que fue ayer…

Escrito por: Mon en diciembre 18, 2009

pero no: llegó, un año más, indefectiblemente, la cena de navidad.

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Ídolos

Escrito por: Mon en diciembre 11, 2009

Los ídolos siempre acaban cayendo. Las admiraciones se convierten en interrogantes primero, en puntos suspensivos después y, finalmente, en la mayoría de ocasiones, tú misma acabas haciendo un punto y aparte que te abre los ojos y te proporciona la distancia propia de un juicio bien ponderado.

Los ídolos se caen. Aquellas personas a las que disfrazaste de infalibilidad también acaban revelando sus mezquindades, sus flaquezas y sus humanísimas miserias. Y, aunque no les culpas, porque ellos nunca te pidieron brillar ante tus ojos, te queda dentro un asombro y una tristeza ligera pero indeleble que te obligan a replantearte, una vez más, tu forma de mirar. Y, por fin, te repliegas en quien siempre rechazó tus disfraces e impuso su implacable naturalidad. Tu último ídolo, tu verdadera casa, tu futuro.

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Alicia, un viatge al país de les meravelles

Escrito por: Mon en noviembre 18, 2009

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Es de aquellas obras que fascina, pero que no te atreves a recomendar a nadie porque al salir ni siquiera sabes si te ha gustado o no… Mi acompañante salió entusiasmado, yo desconcertada.  

Alicia me daba miedo de pequeña y no sólo por la reina y su querencia a las decapitaciones. Era un miedo extraño, difuso, que recordé a la perfección al ver la obra el otro día.  Y es que según lo veo, además del trabajo de los actores y de una magnífica escenografía , lo mejor de la obra es que es  cruda, brutal casi, en absoluto edulcorada. Y eso era Alicia para mí, cuando era pequeña: un miedo que aún no sé definir, pero que venía muy de dentro, y que de mayor sólo se me ocurre describir como el miedo a perder todos mis referentes, a que todo deje de tener sentido, a dejar de ser yo. 

Alícia, un viatge al país de les meravelles. Sala Fabià Puigserver, del 12 al 29 de noviembre.

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A veces, pasa…

Escrito por: Mon en octubre 26, 2009

…a veces, estás en el lugar perfecto en el momento adecuado.

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Y luego se hace lunes y tú sólo piensas en cuándo podrás volver…

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Y tú, ¿a qué te dedicas exactamente?

Escrito por: Mon en octubre 13, 2009

Siendo estudiante de letras, ya sospechaba que mi futuro laboral se vería abocado a la categoría de “rotos y descosidos” pero llega un momento en que te echas a temblar cuando alguien, sin previo aviso, te pregunta: “Bueno, y tú ¿a qué te dedicas exactamente?”. Una se acostumbra a ser a ratos comercial, otros redactora, la que coge el teléfono, correctora, administrativa, helpdesk ocasional, diseñadora y profesora: lo que comúnmente entendemos por aprendiz de todo y maestro de nada. Incluso se acostumbra a ser jefe y empleada a la vez, sin tener nada de lo más gratificante de uno y otro estado. Una se acostumbra, de acuerdo… pero, por dios, que nadie me pregunte en una buena temporada a qué me dedico exactamente porque me puede costar doce sesiones de psiquiatra y no estamos para gastos.

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Nixon-Frost

Escrito por: Mon en octubre 12, 2009

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Al Teatre lliure, del 17 de setembre al 18 d’octubre.

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El final del verano…

Escrito por: Mon en agosto 23, 2009

Sí, ya sé que aún queda verano… pero mañana vuelvo a trabajar.

Qué rápido pasan tres semanas sin despertador, ni horarios, ni edificios puntiagudos, ni prisas, …

Como siempre, ella lo expresa mejor que yo.

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