ACTO I: El español — o el idioma que me salió sin pedirlo
El español no lo aprendí. Me invadió.
Se me metió en la boca antes de tener criterio. Como el azúcar, como las normas, como ciertas formas de culpa que luego ya no hay quien se quite.
Es el idioma de las meriendas y de los reproches disfrazados de cuidado. De los gritos desde la cocina. Del ponte un jersey, del a las diez en casa, del estudias o papas moscas.
El idioma en el que aprendí que “luego” no significa después, sino nunca, pero con suavidad.
Con el español aprendí lo más importante: que puedo hablar muchísimo sin decir nada, y decir algo importante como si no fuera importante, para no molestar.
También aprendí que el drama no se evita, como mucho se administra.
Y que cualquier conversación puede acabar en una discusión sobre si has comido suficiente, has dormido suficiente o eres suficiente. El español es mi idioma base. Mi sistema operativo emocional. La lengua en la que sé insultar con precisión y decir “estoy bien” queriendo decir “no estoy bien pero no tengo energía para explicarlo y además me da un poco de vergüenza que se note”.
No tiene mérito. Vino instalado de fábrica. Y sin opción de desinstalar.
ACTO II: El gallego — o cómo la tele me hizo bilingüe
El gallego fue un idioma colateral.
Mis padres no lo hablaban, pero sí mi bisabuela, en una versión que sonaba a bosque, a piedra húmeda y a cosas que claramente existían antes que yo.
Luego estaban los amigos progres de mis padres, que hablaban gallego como quien sostiene una pancarta invisible todo el rato.
Y después el colegio: profesoras entusiastas. Vocación. Amor por la lengua, aunque yo no entendía por qué tenía que aprender nombres de árboles si luego no sabía ni reconocerlos. Ameneiro. Bidueiro. Señora, yo solo distingo “árbol” y “otro árbol”.
El entusiasmo me llegaba difuso. Hasta que apareció la televisión. La TVG. La tele-gaita me lo dejó clarísimo:
JR hablaba gallego, y decía “Sue Ellen estás bébeda”.
Magnum hablaba gallego.
Buck Rogers hablaba gallego.
Y cuando llegó Xabarín Club, ya no hubo vuelta atrás:
Songoku hablaba gallego.
Shin-Chan hablaba gallego (y decía cuíño cuíño).
Doraemon hablaba gallego.
¿Quién era yo para llevarle la contraria a un gato cósmico?
Y de pronto Aerolíneas Federales, Siniestro Total y Def Con Dos también cantaban en gallego.
Galicia caníbal.
Y además, una serie inglesa llamada The Young Ones (Os novos) que me enseñó a decir “vai rañala” y prácticamente todo lo necesario para la vida.
Ahí ya estaba comprendiendo que el gallego no era una asignatura; era el idioma en el que los dibujos molaban más y las películas mejoraban mágicamente.
Stand By Me (la peli de Rob Reiner) en gallego es superior a cualquier versión conocida por la humanidad.
From Dusk Till Dawn gana un 200% de carisma si los vampiros hablan como si fueran de Lugo y Tarantino de Betanzos.
Es el único idioma por el que me he peleado, me he quitado un guante imaginario y he retado a duelo dialéctico. Como si un idioma necesitara que lo defendieran a espada. Igual sí. Cousas veredes.
ACTO III: El inglés — o cómo el pop me colonizó felizmente
El inglés no fue herencia; fue obsesión.
Dylan.
Lennon & McCartney.
Madonna.
Yo rebobinando cintas de casete hasta que la cinta sonaba como si estuviera sufriendo. Escuchando lo mismo cien veces hasta la náusea, convencida de que si entendía esa frase entendería el mundo. Aprendí inglés como se aprende a besar: haciéndolo mal, repitiendo, y sin pedir permiso. Vinieron los libros de gramática, los Shakespeare, las Jane Austen, las cumbres borrascosas, los Joyce, los gran Gatsbys, los Emmersons… el inglés del canon, del aprende a sufrir disfrutándolo.
Trabajé de camarera en un hotel de Essex. Aprendí inglés etílico. Cockney borroso. “A pint of lager” fue mi máster universitario.
Luego me embarqué en la British Invasion de los 90 y me hice miembro espiritual de Elastica. Ellas no lo sabían, pero era mutuo.
Llegué a follar en inglés, o sea, un C2 emocional. No hay prueba de fuego mayor que mantener dignidad lingüística en horizontal.
Ahora enseño inglés. Y mi misión pedagógica es clara: evitar todos los errores de mis viejos profes. Jamás le diré a nadie que “en inglés también hay subjuntivo”. Bastante hemos sufrido.
ACTO IV: El francés — o el idioma que suena a que me están ligando
Y luego está el francés.
Mi nivel oficial es B2, pero mi nivel real es teatro con acento.
Yo hablo francés sin vergüenza; lo que no sé, me lo invento. Si una palabra no existe, la fabrico con convicción. Y si alguien duda, sonrío con superioridad cultural y digo:
—C’est du patois moderne. Ça va de soi.
El problema no es hablar. El problema es cuando me contestan. Porque el francés hablado no es un idioma: es una sucesión de movimientos labiales contorsionistas que podrían ser una declaración de amor o la lista de la compra.
Y mientras intento decidir si me están seduciendo o preguntando dónde está el museo, pierdo el hilo. Sonrío. Asiento. Digo “oui, oui” con una intensidad que no se corresponde con nada. He aceptado cafés que no entendí. Horarios que no comprendí. Probablemente también alguna opinión política.
Con el inglés sobreviví.
Con el gallego me reconocí.
Con el francés… no sé si huir o dejarme seducir.
Y como no lo tengo claro, me quedo sonriendo en un punto intermedio que desde fuera parece misterio, pero por dentro es pánico gramatical. Pero por las noches, en la soledad de mi lecho cierro los ojos e imagino que tomo la mano de Françoise Hardy et nous promenons dans la rue deux par deux.
Mi francés es como una cita a ciegas: yo hablo muchísimo, invento cosas, gesticulo, sonrío… y cuando la otra persona responde, entro en modo supervivencia. Asiento. Repito la última palabra que he entendido. Digo bien sûr con fe religiosa. Y salgo de allí sin saber si he mantenido una conversación, he aceptado una invitación o he firmado un contrato de alquiler. Pero eso sí: con muchísimo encanto. Ça va de soi.
Coda final
No hablo cuatro idiomas; tengo cuatro versiones de mí misma con diccionarios distintos:
La que nació hablando.
La que se hizo viendo dibujos doblados.
La que se obsesionó con canciones hasta colonizarse sola.
Y la que coquetea por error porque no entiende nada.
Comunicar es un milagro estadístico.
Y yo, por pura insistencia, a veces lo consigo.

