Hoy escribí algo

Nadie en su sano juicio debería permanecer aquí mucho tiempo. La lectura de estos textos está estrictamente prohibida a menores de 18 años, y poco me parece. Los que se ofenden fácilmente ya se están largando.

CatBallou

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  • por CatBallou

    ACTO I: El español — o el idioma que me salió sin pedirlo

    El español no lo aprendí. Me invadió.

    Se me metió en la boca antes de tener criterio. Como el azúcar, como las normas, como ciertas formas de culpa que luego ya no hay quien se quite.

    Es el idioma de las meriendas y de los reproches disfrazados de cuidado. De los gritos desde la cocina. Del ponte un jersey, del a las diez en casa, del estudias o papas moscas.

    El idioma en el que aprendí que “luego” no significa después, sino nunca, pero con suavidad.

    Con el español aprendí lo más importante: que puedo hablar muchísimo sin decir nada, y decir algo importante como si no fuera importante, para no molestar.

    También aprendí que el drama no se evita, como mucho se administra.

    Y que cualquier conversación puede acabar en una discusión sobre si has comido suficiente, has dormido suficiente o eres suficiente. El español es mi idioma base. Mi sistema operativo emocional. La lengua en la que sé insultar con precisión y decir “estoy bien” queriendo decir “no estoy bien pero no tengo energía para explicarlo y además me da un poco de vergüenza que se note”.

    No tiene mérito. Vino instalado de fábrica. Y sin opción de desinstalar.

    ACTO II: El gallego — o cómo la tele me hizo bilingüe

    El gallego fue un idioma colateral.

    Mis padres no lo hablaban, pero sí mi bisabuela, en una versión que sonaba a bosque, a piedra húmeda y a cosas que claramente existían antes que yo.

    Luego estaban los amigos progres de mis padres, que hablaban gallego como quien sostiene una pancarta invisible todo el rato.

    Y después el colegio: profesoras entusiastas. Vocación. Amor por la lengua, aunque yo no entendía por qué tenía que aprender nombres de árboles si luego no sabía ni reconocerlos. Ameneiro. Bidueiro. Señora, yo solo distingo “árbol” y “otro árbol”.

    El entusiasmo me llegaba difuso. Hasta que apareció la televisión. La TVG. La tele-gaita me lo dejó clarísimo:

    JR hablaba gallego, y decía “Sue Ellen estás bébeda”.

    Magnum hablaba gallego.

    Buck Rogers hablaba gallego.

    Y cuando llegó Xabarín Club, ya no hubo vuelta atrás:

    Songoku hablaba gallego.

    Shin-Chan hablaba gallego (y decía cuíño cuíño).

    Doraemon hablaba gallego.

    ¿Quién era yo para llevarle la contraria a un gato cósmico?

    Y de pronto Aerolíneas Federales, Siniestro Total y Def Con Dos también cantaban en gallego.

    Galicia caníbal.

    Y además, una serie inglesa llamada The Young Ones (Os novos) que me enseñó a decir “vai rañala” y prácticamente todo lo necesario para la vida.

    Ahí ya estaba comprendiendo que el gallego no era una asignatura; era el idioma en el que los dibujos molaban más y las películas mejoraban mágicamente.

    Stand By Me (la peli de Rob Reiner) en gallego es superior a cualquier versión conocida por la humanidad.

    From Dusk Till Dawn gana un 200% de carisma si los vampiros hablan como si fueran de Lugo y Tarantino de Betanzos.

    Es el único idioma por el que me he peleado, me he quitado un guante imaginario y he retado a duelo dialéctico. Como si un idioma necesitara que lo defendieran a espada. Igual sí. Cousas veredes.

    ACTO III: El inglés — o cómo el pop me colonizó felizmente

    El inglés no fue herencia; fue obsesión.

    Dylan.

    Lennon & McCartney.

    Madonna.

    Yo rebobinando cintas de casete hasta que la cinta sonaba como si estuviera sufriendo. Escuchando lo mismo cien veces hasta la náusea, convencida de que si entendía esa frase entendería el mundo. Aprendí inglés como se aprende a besar: haciéndolo mal, repitiendo, y sin pedir permiso. Vinieron los libros de gramática, los Shakespeare, las Jane Austen, las cumbres borrascosas, los Joyce, los gran Gatsbys, los Emmersons… el inglés del canon, del aprende a sufrir disfrutándolo.

    Trabajé de camarera en un hotel de Essex. Aprendí inglés etílico. Cockney borroso. “A pint of lager” fue mi máster universitario.

    Luego me embarqué en la British Invasion de los 90 y me hice miembro espiritual de Elastica. Ellas no lo sabían, pero era mutuo.

    Llegué a follar en inglés, o sea, un C2 emocional. No hay prueba de fuego mayor que mantener dignidad lingüística en horizontal.

    Ahora enseño inglés. Y mi misión pedagógica es clara: evitar todos los errores de mis viejos profes. Jamás le diré a nadie que “en inglés también hay subjuntivo”. Bastante hemos sufrido.

    ACTO IV: El francés — o el idioma que suena a que me están ligando

    Y luego está el francés.

    Mi nivel oficial es B2, pero mi nivel real es teatro con acento.

    Yo hablo francés sin vergüenza; lo que no sé, me lo invento. Si una palabra no existe, la fabrico con convicción. Y si alguien duda, sonrío con superioridad cultural y digo:

    —C’est du patois moderne. Ça va de soi.

    El problema no es hablar. El problema es cuando me contestan. Porque el francés hablado no es un idioma: es una sucesión de movimientos labiales contorsionistas que podrían ser una declaración de amor o la lista de la compra.

    Y mientras intento decidir si me están seduciendo o preguntando dónde está el museo, pierdo el hilo. Sonrío. Asiento. Digo “oui, oui” con una intensidad que no se corresponde con nada. He aceptado cafés que no entendí. Horarios que no comprendí. Probablemente también alguna opinión política.

    Con el inglés sobreviví.

    Con el gallego me reconocí.

    Con el francés… no sé si huir o dejarme seducir.

    Y como no lo tengo claro, me quedo sonriendo en un punto intermedio que desde fuera parece misterio, pero por dentro es pánico gramatical. Pero por las noches, en la soledad de mi lecho cierro los ojos e imagino que tomo la mano de Françoise Hardy et nous promenons dans la rue deux par deux.

    Mi francés es como una cita a ciegas: yo hablo muchísimo, invento cosas, gesticulo, sonrío… y cuando la otra persona responde, entro en modo supervivencia. Asiento. Repito la última palabra que he entendido. Digo bien sûr con fe religiosa. Y salgo de allí sin saber si he mantenido una conversación, he aceptado una invitación o he firmado un contrato de alquiler. Pero eso sí: con muchísimo encanto. Ça va de soi.

    Coda final

    No hablo cuatro idiomas; tengo cuatro versiones de mí misma con diccionarios distintos:

    La que nació hablando.

    La que se hizo viendo dibujos doblados.

    La que se obsesionó con canciones hasta colonizarse sola.

    Y la que coquetea por error porque no entiende nada.

    Comunicar es un milagro estadístico.

    Y yo, por pura insistencia, a veces lo consigo.

  • por CatBallou

    Mon amour pour toi est simple.

    Il est si simple que personne ne le comprend.

    Il fleurit du fond de partout,

    Et me couvre de nuances de joie et de tristesse.

    .

    Mon amour pour toi est compliqué.

    Il est si compliqué que tout le monde le comprend.

    Il est né de nulle part,

    Et m’inonde dans un labyrinthe de larmes.

    .

    Je me perds dans tes petitons1 bavards,

    ils disent des choses que tu laisses sous silence.

    .

    .

    .

    .

    1 La palabra “petiton“ no aparece recogida en el diccionario Larousse ni es reconocida por ninguna autoridad lingüística respetable. Cuando fui al diccionario a buscar la palabra “pezón” y me encontré con que se decía “téton”, pensé que la palabra “petiton” encajaba mucho mejor con lo que quería expresar, exista o no. “Téton” implica una ambición que no siempre se corresponde con la realidad. “Petiton”, en cambio, se ajusta mejor a mis expectativas y a las de la física.

  • por CatBallou

    Quiero hablarte. Pero esta vez, aunque sea cara a cara, dejemos nuestros rostros al margen. No quiero expresión, no quiero la subjetividad de una lágrima. Que el brillo de una sonrisa no lo estropee todo. Si eres diamante, si eres actriz, o eres azafata, lo sabré de todos modos.

    Deja tu rostro en el vestíbulo y háblame, con todo tu cuerpo. Que tus piernas me digan, con todo su sabor, de qué huyen y hacia donde regresan cuando nadie mira. Que tus rodillas confiesen las veces que se doblaron por cansancio o por deseo. Que sean tus brazos los que expongan sus miedos sobre los míos, sin traducción ni metáfora.

    Que el dulzor de tus pechos mansos se anticipe a las preguntas saladas de mis manos. Que tu espalda diga lo que callaste durante años, lo que cargaste sin decirlo, lo que dejaste caer en silencio.

    Y yo, de par en par, como una pista de aterrizaje, seré limpia en mis atenciones. Por una vez, seré antes yo que quien esperas. No fingiré otro idioma ni otro ritmo. Mi sabor será mi sabor, por una vez, sin correcciones ni disculpas.

    Digámonos la verdad ahora. Recoge tu rostro y tus bragas al salir.

  • por CatBallou

    Me dice my shrink que, como soy virgo, me gusta tener las cosas en orden y que no puedo soportar que sea otra persona la que lleve el control de la situación si no coincide con mis propios esquemas preestablecidos.

    Yo le respondo que, ya que he venido, no me ofenda hablándome de horóscopo ni mierda semejante. Que si quería estrellas me habría ido al planetario, no a este despacho con olor a tisana cara y derrota blanda.

    Mi verdadero problema es el vello púbico.

    No el mío. El de los demás.

    Lo primero que hago al conocer a una persona es imaginar su bush. Es automático. No puedo evitarlo. Da igual que sea una panadera, una catedrática o una señora que me pide la hora. Yo sonrío educadamente mientras, en paralelo, mi cerebro despliega un catálogo imaginario de trims.

    • Yellow Brick Road
    • Let it go
    • Triángulo de las Bermudas
    • Comment te dire adieu
    • Minimalismo escandinavo
    • Selva amazónica con especies protegidas

    Hay gente que imagina desnudos integrales. Yo no. Yo soy selectiva. Me quedo ahí. En el perímetro. En el borde del misterio. Me interesa menos el cuerpo que la política capilar. Porque ahí se ve todo: la relación con el control, con el abandono, con el tiempo libre. Dime cómo llevas el pubis y te diré si devuelves los tuppers.

    El suyo, sin ir más lejos —el de mi terapeuta— lo imagino disciplinado pero resentido. Ordenado por fuera, pero con una rebelión latente. Como esos bonsáis que un día deciden morir por pura dignidad vegetal. Mientras me habla de límites y transferencia, yo asiento y pienso: ahí hay tijera frecuente, pero con culpa.

    —¿Y qué sientes cuando imaginas eso? —me pregunta, anotando algo.

    —Alivio —le digo—. Porque mientras pienso en otro coño, no pienso en el mío.

    No escribe nada. Me mira. Yo continúo, ya lanzada:

    —Además, es un sistema. Me ayuda a clasificar a la gente. No por atractiva, sino por peligrosa. El problema no es el sexo. El problema es la sorpresa. Yo necesito saber a qué atenerme.

    Se queda callada. Demasiado.

    —¿Y qué pasaría si no pudieras imaginarlo? —dice al fin.

    Me encojo de hombros.

    —No lo sé —respondo—. Supongo que por eso estoy aquí.

    Silencio clínico. De esos que cuestan dinero.

    Salgo de la consulta sintiéndome incomprendida, pero ordenada. En la calle, una mujer me sonríe. Yo le devuelvo la sonrisa. Y, cómo no, pienso:

    • Miriam Hopkins Razor Blade

    Soy virgo, sí.

    Pero no por las estrellas.

  • por CatBallou

    Me acerqué muy despacio, por detrás, sin hacer ruido, y suavemente, sin asustarla, separé su pelo y acerqué la boca a su oreja.

    —¿Qué haces? —preguntó, entre divertida y sorprendida.

    —Nada —susurré, con los labios casi rozando—. Solo quería comprobar… que tienes orejas. Nunca te las había visto, siempre escondidas detrás del pelo.

    —Pues ya ves que sí, qué cosas tienes —dijo riendo, mientras se apartaba el cabello para mostrar que en efecto tiene dos orejas: redondas, simétricas, diminutas, blancas, esponjosas.

    Me pregunto qué más esconde con tanto empeño. ¿Acaso pezones ocultos, disciplinados, esperando su turno? ¿Qué más?

    Tras el éxito de la exploración de hoy, considero inaugurada una línea de investigación. Estoy lista para ampliar el estudio, dispuesta a la siguiente incursión.

  • por CatBallou

    Y entonces la miré, y tuve la sensación de que durante el viaje de mis ojos hacia los suyos de pronto había cumplido cien años, y me sentí tan cansada, tan vieja, tan triste, que solo se me ocurrió una sonrisa hipócrita, pero ni siquiera fue hacia fuera, sino tan hacia el fondo, tan oscura y padentro, que me arañó con su colmillo oxidado.

    También ella se había vuelto vieja. Qué hacemos aquí, se preguntaba. Por qué no quiero tocarte. Por qué me siento obligada a una conversación. Por qué estoy tan agotada. Pero sobre todo, por qué tengo tanto miedo. A irme. A que te vayas. A no hablar o a que no hables.

    Entonces sonó la radio, y la música nos devolvió a nuestra edad. Incluso a un momento anterior. Por fin los dientes reflejaron inocentes la luz de nuestros ojos, hasta algún pie parecía levantarse e insinuar un baile.

    Algún día moriremos de nosotras mismas. Será con la radio encendida.

  • por CatBallou

    El año pasado decidí querer un gato. Misery likes company y todo eso. Además tienen poderes mágicos, por lo que me podría venir bien.

    Así que llamé a la protectora y me habló una mujer con voz profesional. Profesional del teléfono. De esas que parecen recalcar con cada palabra: así se habla por teléfono. Yo, tratando de cumplir con el roleplay, puse voz de niña pequeña.

    Pedí un gato triste y azul. Ella prometió enviarme un cuestionario.

    Empecé a cubrir el cuestionario en el bus, a toda prisa, porque la vida real no espera. Me lo tomé como un formalismo y solo esperaba terminar antes de que el bus llegase a mi parada, con una extraña ilusión de encontrarme ya con un gato en casa a mi regreso. Pero las preguntas se volvían cada vez más complejas y tuve que detenerme cuando llegué a esta:

    —Ponga por orden de importancia los miembros de la unidad familiar (incluido el gato).

    He de admitir que tuve ciertas dudas de si ponerme a mí misma de primera o al gato que aún no conocía. Durante unos segundos pensé en lo práctico: si el gato resultaba ser dominante o vengativo, quizá sería prudente colocarlo arriba del todo desde el principio. Luego pensé que tal vez el cuestionario tenía respuestas correctas e incorrectas, como esos test psicológicos en los que una mentira pequeña te condena para siempre.

    Al final escribí:

    El gato.

    Yo.

    Me pareció una apuesta razonable.

    Dos días después recibí un email. Un email que nunca olvidaré. El email de la vergüenza. Me declaraban no apta. No apta para tener un gato. Y además me echaban una pequeña bronca. En el tono del mensaje identifiqué enseguida a la misma señora profesional del teléfono. Resultó ser también profesional del correo electrónico.

    Al parecer la había cagado bastante en varias respuestas, pero sobre todo me reprochaba dos.

    Primera.

    A la pregunta:

    —¿Se enfadaría usted si el gato tira la urna con las cenizas de su abuela y estas se esparcen por el suelo?

    Yo había respondido:

    “Sí, un poco, jajaja”.

    La respuesta correcta, al parecer, era: No. Nunca.

    Los gatos hacen eso continuamente. Es prácticamente para lo que sirven.

    Segunda.

    A la pregunta de cuánto dinero estaría dispuesta a pagar si mi gato necesitara una operación urgente, hice un cálculo rápido pero muy honesto, valorando ingresos y gastos mensuales. No voy a decir la cifra que puse porque quizá reciba comentarios negativos. Pero para mí era una cifra justa. Pues no.

    La respuesta correcta era: infinito. Quién iba a pensarlo.

    Mi primera reacción fue de indignación absoluta y comencé a escribir una respuesta diciendo temetaselgatoporelculozorra y “continuamente” lleva tilde en la í, jajaja. Pero no lo envié, creo. Joder, ni una puta falta de ortografía que reprocharle y cobrarme una mínima satisfacción.

    Cuando aplaqué mi ira y mi sed de venganza ya estuve preparada para aceptar que no soy apta para un montón de cosas en esta vida. Tener un gato es una de ellas.

    No valgo.

    En un giro inesperado de los acontecimientos, he comprado dos gallinas.

    Me planté en la tienda dispuesta a todo, con mil respuestas en la cabeza, otras mil en la lengua y unas cuantas escritas en la palma de la mano. Y sobre todo con una firme e inquebrantable voluntad de mentir.

    No hubo ni una pregunta.

    El señor de la tienda me dio las dos gallinas. Yo le di el dinero. Compré un saco de pienso y un gallinero portátil, con ruedas. Y nada más. Le di las gracias con un hilillo de voz, al borde del llanto. Y añadí:

    —Las protegeré con mi vida.

    Y sonó a cierto.

    Obviamente dos gallinas no son un gato. No es que hagan mucha compañía, pero tampoco les voy a exigir cosas que alguna ex novia tampoco cumplía.

    Pero son educadas y acuden cuando las llamo. Además ponen un huevo diario, que al precio que se han puesto me ahorro un dinerillo que casi daría para una operación de gato.

    Les he puesto nombre.

    Una se llama Should I stay?

    Y la otra Should I go?

    Sé que a mucha gente le choca que el nombre de alguien pueda ser una pregunta, aunque sea una gallina, pero yo lo creo de lo más apropiado. Hay tantas cosas en esta vida que cuestionarse, tanto que aprender, tanto que preguntar. Si tuviera una hija sé que todo el mundo la llamaría Estrella, pero su nombre auténtico sería: ¿Por qué a mí se me ha caído una estrella en el jardín?

    Pero bueno. No apta para tener gatos… cómo voy a tener una hija.

    La vecina me mira con dulzura, pero sé que también con algo de preocupación, porque me conoce. Y me dice:

    —Jarda ben as jaliñas non chas vaia esjana-lo jolpe.

    —Por mi honor —respondo yo con la mano en el corazón.

    Voy por mi jardín cantando Should I Stay or Should I Go, para llamar a mis gallinitas y en plan homenaje al punk británico, que bien se lo merece.

    Y las gallinas acuden a comer su pienso. También comen hierba, pan y miñocas.

    Se portan bien conmigo.

    Porque me lo merezco.

    Valgo.

  • por CatBallou

    Ha tenido que ser alguien que ha hecho un truco, porque si no qué otra explicación puedo darle al hecho de que ahora el tiempo lo mida en paredes. Producto del aburrimiento, tal vez, de mi cerebro congestionado. Y de esto hace ya unas tres paredes y medio ladrillo. El tiempo y el espacio se han vuelto tan indescifrables, tan semejantes que apenas puedo distinguirlos, que cuando me caigo siento que envejezco, y cuando duermo creo que viajo.

    Sé que este año (¿o debería decir en esta habitación?), entre la gente que me quiere, se ha corrido el rumor de que sé leer, así que me han llenado los días de libros, de esos llenos de letras que forman palabras y frases y que solo buscan humillarme, que me sienta culpable. Ah, la culpa. Como aquel día que se murió Elliott Smith, ¿recuerdas?, y yo no había hecho nada, nada más que sentirme culpable y masturbarme con Miss Misery. La culpa.

    Todos esos libros no serán más que relojes insistentes, desencadenantes de ingeniosos epitafios sobre mi presunto cabezal lapidario.

    Qué coño sé, si creo que cometo errores gramaticales cuando cuento hasta tres.

  • por CatBallou

    Y entonces hablé alto y claro:

    —Esta corona es muy pequeña para mí. Si quieren nombrarme reina de los pingüinos tendrán que hacerme una corona más grande.

    Mis palabras causaron estupor. La confusión se apoderó de todos, nadie sabía qué decir, se miraban los unos a los otros como buscando una solución, una explicación a lo que allí estaba ocurriendo. Finalmente, alguien dio a entender que se estudiaría la situación, y todos se retiraron.

    Aquella corona era pequeña, sí. Estaba hecha de una compleja y extraña aleación de diferentes metales únicos y escasos. Estaba forjada con una dedicación y un detalle inusitados. Desde luego, no había tiempo, ni posibilidad de hacer otra. Algunos sugirieron fabricar otra corona más grande, esta vez de hielo, pero esta propuesta fue rechazada en seguida. Otros barajaron la posibilidad de tener una reina sin corona, pero ellos mismos retiraron la proposición, por ridícula. Entonces surgieron las primeras voces de protesta. En primer lugar, era indignante que pudiese rechazar aquella magnífica corona hecha con tanto trabajo y sacrificio, por muy reina que fuera. En segundo lugar, ¿cómo podía la reina de los pingüinos tener una cabeza tan grande? Ante tantas voces críticas, se convocó un gabinete de emergencia para debatir la situación y adoptar una solución de urgencia.

    Decidí salir huyendo cuando se instauró la república popular pingüinera y me pareció discernir una guillotina entre los icebergs.

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