Existe en el mundo una sed tremenda por llevar una vida más satisfactoria. Veo gente «exitosa» que no necesariamente es feliz o que no se siente satisfecha con la vida que lleva. Quien tiene un buen coche, quiere otro más lujoso; quien va de vacaciones a Cancún, quiere ir a Grecia; quien tiene un yate en Grecia quisiera poder escalar el Everest o ir de vacaciones a Marte… Y así, la lista es interminable. Incluso los más ricos y famosos a veces desean hacer hazañas y dejar sus nombres inscritos en el libro de los héroes inmortales de la humanidad, pero ni con todo su dinero pueden acceder a eso. ¿Esto quiere decir que existe un vacío permanente en todos nosotros que nunca podrá ser satisfecho?

La satisfacción con nuestra propia vida no viene de tener más, sino de agradecer lo que se tiene, aceptarlo sin juzgar y seguir acercándonos a nuestros deseos más profundos sin apego a ningún resultado. Para esto es clave conocernos internamente y saber qué es lo realmente importante para nosotros. Una vez que sabemos lo que queremos, el problema suele venir cuando nos encadenamos a los resultados que deseamos obtener: sin flexibilidad, sin sabiduría y con cierta obsesión. Olvidamos que la felicidad es el camino, no la meta.

Y tú ¿sabes qué hay en el fondo de tus deseos? ¿Qué es lo realmente importante para ti? ¿Vives apegado a tus deseos o eres libre interiormente?

¿Tu vida tiene un propósito? ¿Cuál es? En su libro «El arte de cultivar una vida con sentido», Emily Esfahani Smith plantea que tener un propósito es esencial para llevar una vida más satisfactoria. El propósito es esa brújula que orienta nuestro actuar diario y le da sentido. De acuerdo con el psicólogo de la Universidad de Stanford, William Damon, un propósito tiene dos componentes esenciales: a) Funge como «meta estable y de largo alcance»; y b) «conlleva una implicación con el mundo».

El primer componente se refiere a algo que siempre estamos intentando alcanzar. No es una meta de corto plazo, sino un horizonte de búsqueda que nos muestra hacia adónde necesitamos caminar. Probablemente nunca lo alcancemos, eso no es lo importante, sin embargo servirá como faro para nuestro viaje (esa es su función). A diferencia de una meta u objetivo común, como podrían ser el quitar comida chatarra de tu dieta o hacer ejercicio diariamente, un propósito le apunta a algo más grande; ¿qué buscas al final de tu vida?

Por otro lado, el segundo componente exige que nuestro propósito se implique o vincule con algo o alguien fuera de uno mismo. Salir del ego; mirar a lo que me rodea; hacer algo que impacte favorablemente a los demás o a mi entorno en general. A muchas personas les gustaría mejorar el medio ambiente o extender la paz mundial y otras noblezas del tipo. Sin embargo, aquí no solo se trata de asuntos grandilocuentes, también puede tratarse de, por ejemplo, ser un buen padre, madre, tío o tía para nuestros hijos; un buen maestro para nuestros alumnos; un buen vecino para la comunidad, etcétera. ¿Qué o quién es el objeto de tu propósito?

Responder a estas preguntas por escrito después de detenernos y hacer una reflexión nos puede ayudar a encontrar nuestro propósito de vida, el cual será único e irrepetible, porque, recordemos, cada uno de nosotros es único e irrepetible. El propósito puede ir cambiando con los años, no tiene que ser algo escrito en piedra. Lo que importa para llevar una vida satisfactoria es tener un propósito, aunque este cambie conforme nosotros cambiamos. Es mucho menos relevante lograr el propósito que tenerlo claro. ¿Cuál es el tuyo?

No se puede vivir poéticamente todo el rato. La vida es una lucha entre prosa y poesía. La prosa son las cosas aburridas, las que tienes que aguantar. La poesía es ese estado de encantamiento, de comunión, de disfrute, el que te da el amor por otro, la amistad colectiva, una obra de arte… Cada uno de nosotros debe intentar cultivar la parte poética de la vida porque eso es vivir. Lo otro es solo supervivencia.

Edgar Morin

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