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El encuentro de los jueves paralelos

No hay elección posible.

Estoy buscando piso (es una corta historia, mejor para otro momento). El tema es, estoy buscando piso de alquiler mientras disfruto plácidamente de una excedencia de varios meses en mi casa de propiedad. Las circunstancias vitales me llevan a buscar piso, en un momento en que los brócolis de la tercera remesa que abandoné en el huerto se han convertido en unos arbustos con unos ramilletes de crucíferas amarillas bellísimos y entre las fotínias se oyen cada mañana vacilantes los atropellos metálicos del canto de las currucas capirotadas. En el momento en que toca sustituir el invernante de la piscina por una limpieza de fondo y cloro de acción lenta con reductor de pH. La época en que vuelve a tocar pasar por la gasolinera a buscar mezcla de gasolina de octanaje 90 y aceite para motor de dos tiempos en proporción 50:1 para la desbrozadora. Los días en que por fin puedo aprovechar la terraza para sorber mi zumo de manzana contemplando los pinares que se mecen estoicos alrededor del helipuerto para emergencias del que dispone la urbanización.

Estoy buscando piso, y tal como está actualmente el sector… no puedo desaprovechar ninguna oportunidad que se presente. El tema es, hoy se han presentado dos. En el mismo pueblo, a apenas tres calles de distancia. Distintas inmobiliarias, distintos dueños, misma desidia. Uno situado en una finca de remodelación reciente en una discreta calle sin tránsito, el otro en una zona céntrica delante de un ambulatorio cuya plaza sirve de reunión para los adolescentes a la salida de un instituto cercano. Podrían intercambiarse las localizaciones y nadie se daría cuenta.

La primera visita la concierto con el piso de la calle discreta, aparcamiento y trastero incluidos en el precio. Pienso que es ideal para poder trasladar con comodidad los instrumentos de trabajo de mi coche a la vivienda al acabar la jornada laboral, actualmente los tengo en el garaje de mi casa, el que pensé en arreglar cuando entré y nunca llegué a tener el dinero para hacerlo. Ahora el dinero se irá en la parte proporcional de un aparcamiento con trastero en un piso de alquiler en una calle discreta, que bien podría estar en una zona céntrica con un ambulatorio delante, pero ése en cambio no incluye el aparcamiento en el precio y la puerta es demasiado baja para que pase mi furgoneta. No obstante la vivienda es más grande, con una habitación adicional, que podría servirme para hacer ejercicio ya que ahora utilizo parte del patio que se extiende de la casa a la sala de máquinas de la piscina y es mucho más discreto que el patio del piso de la calle discreta, que da a una zona comunitaria desde la que eres el objetivo a estrenar de la mirada de los vecinos de otros 3 bloques adicionales con 3 pisos de altura cada uno, la desventaja de estar situado en un bajo. Pero supongo que es peor ser el primer piso de un bloque céntrico cerca de un ambulatorio si además está situado sobre un bar, porque cuando en verano quieres aprovechar la terraza es cuando tienes más bullicio en el exterior y acabas pensando que es mejor quedarte dentro aunque te ases de calor, como me pasa ahora en la casa que no puedo abrir las puertas en verano porque se me escapa el gato y temo que si sale los felinos bengaleses del tamaño de jabalís que veo pasear por la urbanización lo devoren sin piedad, problema que supongo que sería menor en el patio de un piso discreto si antes hubiera dicho a la inmobiliaria que tenía mascota, cosa que evadí para no perder las opciones de poder ver hoy dos pisos, estuvieran donde estuvieran situados.

El agente inmobiliario me invita a acceder al vestíbulo principal con acceso a una cocina en la que todo el mundo pondría un lavavajillas pero yo pregunto si es el hueco de la lavadora porque con tanta mudanza nunca he tenido la ocasión de comprarme uno y en mi casa actual no cabía en la cocina, motivo por el que el plan inicial era prescindir de uno de los lavabos y ahí hacer un lavadero que suerte que el segundo piso que veo hoy tiene uno, y bien grande, para no tener ropa tendida por la casa que supongo que en el pueblo al que quiero mudarme no es un problema pero actualmente me paso ondeando calzoncillos por el salón 2 semanas a causa de la humedad, para acabar poniéndome jerséis con olor a cajón viejo, como creo que debe oler el armario del lavabo del piso discreto pero no soy lo bastante valiente como para agacharme a comprobarlo, ya que estoy intentando medir a simple vista si mi colección de juegos de mesa cabe en la habitación que será el estudio, cosa que no sería problema en el piso céntrico pero las vistas eso sí mucho peores porque las ventanas dan a un patio interior de vecinos fingiendo tener, en mitad de un pueblo, jardines imitando naturaleza como la que pienso abandonar cuando me vaya de esta casa.

Cada habitación que miro contiene una versión distorsionada de mis muebles, en los espejos de cada lavabo mi reflejo se adorna con la luz de una distinta latitud. El sonido de mis pisadas en parqué resuena con la solidez de un manto de hierba y al girar cada pomo pienso que detrás me veré a mí mismo preguntando cuántas fianzas se requieren y si los vecinos son tranquilos. Intento encajar mis conocimientos de feng shui en paredes que no dejan de moverse y cada vez que pruebo un grifo es para oír el triste maullido de mi gato pidiéndome que le deje comida suficiente para pasar el día. Cada visita de cada piso es el recordatorio de todas las oportunidades que dejo atrás y una invitación sin retorno a equivocarme.

Pero estoy buscando piso, claro, y tal como está el sector…


Miércoles de mascarada

Ser Tú nunca es la mejor opción.

Sandra y yo últimamente nos reunimos menos de lo que nos gustaría o quisiéramos. Pero lo que nos gusta y lo que queremos ha cambiado bastante desde que nos conocemos, así que a quién se culpa de eso. En cualquier caso, en la actualidad el diagrama de Venn de nuestros impulsos todavía nos une en una fina franja donde se mantiene la «escritura creativa», un nombre algo superlativo que uso para diferenciar lo que produzco en el teclado fuera de la categoría de mensajes a familiares una vez por semana. Y los miércoles, es nuestro día de ponerla en común.

Mi ideas y yo últimamente nos reunimos menos de lo que me gustaría o quisiera. Pero es cierto que lo que me gusta y lo que quiero están en cierto conflicto desde hace un tiempo, así que a quién se culpa de eso. En cualquier caso, en la actualidad lo que sucede es que mis reuniones con Sandra son casi en exclusiva una trepanación oral hacia sus entrañas creativas, una solitaria visita turística a su fábrica de submundos, el monólogo de presentación de sus crónicas ocultas. Una forma superlativa que uso para indicar que básicamente, habla ella.

Que si me pides mi opinión, y vas a leerla de todos modos, es la mejor opción. Yo he seguido escribiendo porque en algún momento la tecnología me lo hizo fácil, Sandra escribe como tú estás respirando en estos momentos. Sin pensarlo, sin buscarlo, de forma natural. Hay que gente que vive para escribir, otra escribe para vivir. Para Sandra escribir y vivir es lo mismo. Cuando nos sentamos en nuestros miércoles de escritura creativa, Sandra sólo vocaliza y las posibilidades de mundos encubiertos toman forma a su alrededor. El resto somos lectores impotentes, ensimismados bajo el manto de la maravilla. Ya sabes, superlativo.

«La clave al escribir es no descuidar el personaje más importante», me regala como consejo Sandra tras exudar sus ideas, elucubraciones, concepciones, divagaciones, reflexiones, convicciones, bosquejos, cavilaciones y maquinaciones. Y yo, que últimamente no consigo reunirme con mis ideas y que ya le he preguntado a mi madre qué tal su última visita al oftalmólogo, escucho. «Lo que hace la historia posible, el escritor. El escritor no puedes ser tú, tú no interesas a nadie. Tus ideas son corrientes, tu voz vulgar. Nadie a tu alrededor quiere escucharte a ti contar una historia, nadie va a ir detrás de ti buscando su siguiente obsesión. Cuándo se ha formado un corrillo a tu alrededor cuando explicabas algo, cuándo te han dejado acabar más de tres frases sin interrumpirte. Quién respeta con solemnidad tus silencios esperando una revelación. Ser Tú nunca funciona.»

«Para narrar debes primero construirte un personaje. Un personaje escritor, una máscara narrativa. Tus ideas sólo tienen el valor que les da la voz que las construye, crea primero esa voz. Piensa en cómo relataría el argumento alguien con prejuicios contra la gente tímida, alguien olvidadizo, alguien que no entiende conceptos de jardinería, alguien obsesionado con las canciones veraniegas. Busca entre las facetas que conviven en tu interior el disfraz idóneo y lúcelo de forma extravagante. No seas Tú, sé tu parte obsesionada con las palabras que empiezan por L, sé un experto en chistes de retrete, sé una persona amante de los submarinos.»

«No hablamos de meterte en la ficción», me aclara, «no son herramientas para diseñar un narrador equisciente condicionado o un tipo de narrador falible creado ad hoc«, me asalta con términos que desconozco, «se trata de diseñar un escritor adecuado para tu historia. De la misma forma que no te comunicas igual con tus compañeros de trabajo que con tus amigos de infancia o la cita que acabas de conocer. De la misma forma que ser Tú no funciona durante todo el tiempo, deja de serlo al escribir. Nadie es aficionado a leer sus propios libros, ¿verdad? Pues lee los de otra persona. Una creada por ti.»

Sus consejos suenan apaciblemente furiosos, tormenta contenida de susurros en el oído, y a mí me asalta una sola duda.
«¿Y cómo es posible reconocerte después? ¿Cómo puedes ser parte de algo que has creado para no ser tuyo?» Sonríe.

«¿Pero no combatimos ya eso en nuestra propia vida?».


La naturaleza de un martes

Entender el mundo es un talento.

Siempre que podemos, buscamos un momento en que poder visitar el bosque. Porque pasar un día en el bosque te arroja una verdad: sólo te pierdes si realmente seguías un camino en primer lugar. A su vez, te engatusa con una gran mentira: comprender lo que te rodea sólo requiere atención. Porque tienes muchas formas de examinar un bosque, por supuesto. Puedes dedicarte a clasificar las inflorescencias de las flores sobre los tallos y bautizarlas con latinejos, adivinando entre sus frutos algo comestible; puedes recorrer los surcos de viejas lluvias en piedra caliza para dejarte hipnotizar sobre balsas horadadas en el lecho de extintas conchas marinas; puedes soñar a imaginar cómo viven los residentes actuales de viejas haciendas de cultivos extensivos, pararte a escuchar los sueños ocultos que susurra el centeno; puedes utilizar el musgo para orientarte y jugar a perseguir vivaces salamandras en la umbría; puedes evocar la música de los primeros hombres soplando cañas huecas y haciendo crujir un lecho de hojas secas y podrías mojarte las manos en agua helada, bautizándote con el nombre que descansa en los poros de las piedras.

Y aún así, no lo entenderías.

No entenderías qué haces tú ahí. No entenderías para qué te necesitan los estambres, pozos de cal, egagrópilas y vetas de siderita. Por qué deberías importarle a efemerópteros, ericáceas, níscalos y ciprínidos. En qué afecta a cirrostratos, acuíferos, arados y constelaciones que acudas a buscar su compañía. Porque en el modelo que nos creamos del bosque, nunca recordamos incluirnos. Nos dejamos maravillar por un espectáculo del que nos creemos ajenos, por unos procesos que existen pese a nosotros. Porque en la idea que nos creamos del bosque, siempre falta la pieza más importante. El idealizador.

Todo el mundo puede disfrutar de la música, pero no es tan sencillo producirla. Hablar el lenguaje de las harmonías, reconocerte en los tonos, brillar con la textura de una contorneada melodía. Del mismo modo que puedes disfrutar de un bosque pero no entenderlo. No saber cuál de tus secretos se oculta en las madrigueras de los mustélidos, cuál de tus heridas cicatriza entre borbotones de resina, cuál de tus llantos se ha encerrado bajo los cotiledones de una piña.

Y al no entender el bosque, al no vernos en el mundo, nuestra mente se pierde en alucinaciones. Gastamos dinero en lo que quisimos comprar de críos, nos negamos a apagar relaciones que construyeron nuestros Yos pasados, viajamos a las coordenadas idealizadas de un anuncio televisivo, trabajamos en los oficios que nos permiten las mentiras ajenas. Nada de lo que deseamos tiene que ver con el presente. No hay nada en nuestra realidad que nos incluya como somos ahora.

Y sin embargo, siempre que se presenta la ocasión, buscamos el mejor momento en que poder, una vez más, visitar el bosque.


El lunes recurrente

Hierven las promesas de una nueva mañana.

Los sueños me sugieren, en su particular lenguaje narcótico, participar en una cata de realidades a las que sólo tienen acceso los remordimientos. Formando, con las esquirlas de decepciones ya olvidadas, un rompecabezas de futuros terroríficamente alcanzables. Un pacto que rechazo al despertar.

Como un juramento silencioso a los espíritus de ir en pijama, me comprometo a dilatar el tiempo para darme espacio, a que la primera pregunta del día sea «cómo estoy» y no «qué hora es». A que en mi día libre, la libertad, sea yo.

Imitando el recurso fácil de las novelas amateur, contemplo mi reflejo en el baño. El pelo olvidado de caricias, despeinado sin intención, ocultando unas canas avergonzadas. Aferrada a él, como atraída por una deprimente gravedad, la barba de un falso sabio. El maquillaje para fingir seriedad, un accesorio contra la apariencia de juventud, lo inverso de una peluca. Se remata por unos labios agrietados de callar la verdad. Una boca que relegó todas sus obligaciones a los dedos, que hace tiempo puso al corazón en espera. Y qué hay de esa nariz, salpicada por la acumulación aceitosa de sensaciones embriagadoras dejadas en reposo. El instrumento más preciso para evocar recuerdos, desafinado. Muro de contención de dos ojos recipientes de vacío, cielos almendrados en miniatura conteniendo estrellas moribundas. Y como un mapa topográfico translúcido conectándolo todo, las arrugas de expresiones incesantes, repetidas como reflejo. La frente que sigue sorprendiéndose, las cejas que siguen confundiéndose, unas mejillas sumisas y obedientes, dándole instrucciones confusas a unos párpados que evitan estar del todo despiertos.

Volver la vista a las manos es una declaración de intenciones, llamándome a crear con la voz de una obligación genética. En la mañana, donde nada es del todo físico aún, podemos describir el mundo como si la materia no nos perteneciera. Incluso nosotros mismos, siendo piel e historia, nos fundimos en trazos etéreos en una obra de arte que no termina de esbozarse con la definición adecuada. Donde el tono del cielo aún puede ser más claro, donde nuestra silueta puede erguirse con mayor confianza, donde en el paisaje todavía caben los lugares que no conocemos, donde un suelo yermo todavía puede contener un jardín. Una sopa de deseos de la que podemos llegar a sorber memorias.

Hasta que se enfríe.


Gobernantes en la sombra

Voces superpuestas.

Plantándote tembloroso en el borde de un escenario flotante, el graznido brillante de unos cuervos de cristal acaba de anunciar tu llegada; y tus palabras, sujetas como piedras incandescentes a tu garganta, carraspean con el eco sibilante del desierto, formando dunas sobre las letras de tu nombre. Nada más tuyo que los consejos que aceptaste de otros. Nada más propio que las veces que te equivocaste. Nada más auténtico que tu miedo escénico a la vida.

Cuando nuestros gritos penetran la corteza de un árbol de yeso y lo agrietan formando el rompecabezas de nuestras identidades compartidas, reconocemos en las gotas de savia los rostros de las personas que nos sostienen, los corazones responsables de la corriente serpenteante de nuestros murmullos nocturnos. Siempre tenemos público en nuestros discursos y en nuestra soledad somos legión, nada de lo que puedan narrar nuestros pasos se hace a espaldas de nuestro pasado. En un bosque de insinuaciones nos encaramamos a la promesa más alta, esperando atisbar desde la cima alguna verdad contenida a gran escala, tan sólo para descubrir que seguimos bajo tierra, adheridos a los discursos que dejamos a medias.

Conteniendo la respiración frente al abismo, se ensanchan los pulmones de tus maestros, que te sostuvieron de la mano hasta que el futuro se marchitó frente a la rutina. Conociendo a una persona nueva, los ojos que miran son los de tus ex-amantes, disfrazando los vestigios del riesgo bajo la propuesta de una emoción menguante. Explicándole cuentos al peligro, la voz que los narra es la de tu madre, poniéndole nombre a tus pesadillas para que dejen de ocultarse bajo las sábanas. Planeando la conquista de tus emociones, las neuronas que se fruncen son las de tus amistades, espejos veteados mostrando el destino de los viajes que nunca tomaste.

Y todo listo para que en el momento decisivo, cada sílaba que pronuncies sea la epopeya de los consejos que te dieron, los poemas que te inspiraron, las imágenes que te atraparon, los rincones que te aterraron. Todo el guion redactado para que en el último acto seas tú la obra, seas tú la persona que se vista con las joyas prestadas de la última emperatriz de la existencia, la representante de todas las estrellas que ya se apagaron tras de ti.

Tus palabras la luz que predica con la decisión de quienes han dejado de huir.


Compasión por el bufón

Apostando al número neurótico.

Llegas a una fiesta.

A tu alrededor, gente siendo gente. Barres la sala con la mirada, viendo quién habla con quién, quién bebe qué, qué se hace dónde. El polvo de nuestra programación conductual esparcido por una jaula olor pachulí decorada con vinilos de Paul Simon. Te ha llevado un conocido, conocida, conocide que escoge soltarte para intentar convencer a una estudiante de intercambio que la fidelidad no se tiene en cuenta a partir de las 7 horas de vuelo internacional. Con un vaso de tubo en la mano conteniendo una mezcla de alcoholes densa como el pegamento, se te presenta la decisión de empezar una conversación. Supongamos para este ejemplo ficticio que tienes la capacidad, que de tus poros de piel nocturna improvisada no se licua mediocridad mundana. Supongamos que la humanidad aún te crea la curiosidad necesaria para creer que puedes aprender algo de ella. Supongamos que eres yo.

Verás, no es que se me dé mal juzgar a la gente. Puedo llegar a esa fiesta y entrar en el Corrillo de Aduladores, sabría cómo fundirme perfectamente en vacuos continuará. Puedo acercarme al Coctelero Indeciso y proponerle una mezcla que no haya probado nunca, sugerirle a la Hermana Tierra un lugar con las vistas perfectas para su última publicación. Los Observadores Cínicos no serían problema, puedo colaborar en su caricaturesco guion con sátira afilada. Y cualquiera podría hacer reír a Ricitos de Mugre, no sé si eso cuenta para mi argumento.

La cuestión no es que se me dé mal juzgar a la gente, es priorizar. Sé que acercándome a Trabajo en Quebec tengo la noche ocupada sin gastar demasiada energía y que podría reclutar a Gafas de Repuesto para cualquier proyecto que tuviera en mente. Si me aburro, puedo orbitar alrededor de Ponme Otra y después buscar un rincón discreto para ponerme un poco existencial junto a Modista de Trapo. Y aún sabiendo todo esto, cuando todas mis opciones superpuestas colapsan en una realidad que cabría en un Fa sostenido, apuesto.

Apuesto a las personas que son baúles con candados de plastilina. Apuesto a las bombas de verborrea durmientes, a los diminutos castillos decorando peceras de prejuicios. Apuesto por las inhalaciones incómodas, por los besos en la mejilla de una abuela que no es la tuya. Apuesto por los látigos de cuero en la sección de chucherías, por jaurías de perros que se dedican a la política. Apuesto por mitologías creadas en garajes y restos de comida rápida flotando en estaciones espaciales. Apuesto por la banda sonora que reverbera frotando con un tenedor.

Apuesto por los bufones, las personas menos convenientes. Apuesto por un saludo que termina en huida, por un apretón de manos que requiere pagar un rescate. Apuesto por esa sonrisa que causa infección, por la timidez explosiva. Teniendo todo a mi favor, compro el billete más caro hacia limpiar un desagüe. Considerándome crítico, abro siempre el mapa en las coordenadas de la vergüenza ajena.

Llegas a una fiesta, naces en ella, y podrías pasar perfectamente la noche sin despertarte con resaca la mañana siguiente. Pero supongamos que eres yo.


Bien™

Respuesta patrocinada.

Y así mi día acaba en el sofá. Las horas siguen contando, por supuesto, y la Luna aún no se ha quedado sola en el cielo. Pero a efectos metabólicos, mi día acaba aquí. En el sofá. Aunque la caldera siga rota y el servicio de mantenimiento me dijera que el contrato de fidelidad premium completo no cubre los desperfectos por anomalías climáticas. Aunque la puerta de entrada siga desencajada desde el último día que pudo venir mi madre conduciendo hasta casa, la semana antes de que el ictus la dejara sin visión periférica. Por suerte mi hermano se ha quedado en el paro y puede cuidarla, hubiera sido complicado dejarla sola en casa con mi padre después del drenado por el reventón de pleura. Los niños los tengo bien cubiertos eso sí, hoy se han quedado con la hermana de mi mujer. Son tranquilos, no creo que le causen un segundo infarto a mi cuñado, no lo superaría esta vez. Además mi cuñada está al tanto de todas las alergias de los peques, con una sola parada respiratoria esta semana vamos servidos ya. Eso le dará tiempo a mi mujer a quedar con las compañeras del trabajo después de su cita del psiquiatra, no se ven desde la extirpación de mama de Verónica. Lo que me recuerda que tengo que pedir hora para mi analítica del hígado, por lo de las pastillas de metotrexato. Aprovecharé que bajo al pueblo para visitar a la inmobiliaria y pedirles que nos den una prórroga del alquiler hasta que encontremos otra cosa. Si mis suegros no hubieran perdido la casa en aquella estafa multipropiedad sería un buen sitio para criar a los canijos.

Vaya, parece que me ha llegado un mensaje del colega que me debe todavía los 30 pavos de su parte de la cena de exalumnos. Me pregunta qué tal me va.

Fácil.


Procesos innombrables

Termodinámica de la envidia.

Lo tienes todo bajo control. El entorno te es familiar. El momento es parte de tu rutina. Los personajes son tu elenco previsto. Los diálogos es lo más sencillo, son reciclados. Y aún siendo todo el recorte fotocopiado de un álbum polvoriento del estante superior de un armario al fondo de un altillo al que no entras, aún con esa postcognición mundana de eventos fútiles, algo estalla sin avisar.

Porque nada en la receta de un pastel te habla de su esponjosidad. Porque en ninguno de los esquemas de una guía de campo puedes oler el jazmín. Porque tu piel no va a erizarse por estar cerca del perfil de una aplicación de citas. Porque la verdadera vida no emerge de los manuales de instrucciones, por estudiados que te los tengas. Porque tú, siendo arcilla húmeda orbitando entre memorias, no siempre eliges las manos que te dan forma.

Puedes utilizar etiquetas más sencillas si te son cómodas. Tanto da, la verdadera vida no emerge de los diccionarios. Pero al final se trata de un proceso físico sencillo, los pasos bien definidos. La red de impulsos que forma tus deseos comunicándose con tus consciencias temporales a la velocidad de la nostalgia. Tus gestos y vocablos siendo el alimento cognisciente de terceras mentes en comunión. Creemos ser un sistema cerrado de vivencias, una centrifugadora de lo que queremosdeseamossabemosolvidamos hacer, como una coctelera que nunca sabe cuando verterse. Compartimos memorias como si nos pertenecieran, trasladamos conocimiento como si lo hubiéramos aprendido, damos consejos como si nuestra vida tuviera algún interés por sí misma. Ignorando que no somos más que las coordenadas incompletas de un sistema de experiencias abierto a la deriva.

Mantenemos envasada nuestra experiencia personal dentro de una membrana de fragilidad desatendida. Creyendo que por tener en las manos la fotografía de un acantilado nos puede despeinar su brisa. Y es al bajar las defensas y exponernos al mundo de otros cuando colapsan nuestros cimientos. Cuando unas palabras te esfuman la infancia, cuando un silencio te encierra el futuro bajo llave, cuando una silueta a destiempo provoca un alud que barre tus latidos. Impulsos del presente que convierten en sonámbulos a todos tus Yos pasados y futuros. Las decisiones y elecciones de otros, las metas ajenas donde nunca colaboraste, siendo cascada entrópica preparada para arrastrarte hasta un foso sin eco. Encadenado por las cualidades indescritas de vidas paralelas.

Puedes utlizar etiquetas más sencillas si te son cómodas, por supuesto. Pero tanto da, porque la verdadera vida no es tuya, se hace tuya por otros.


La grulla y la tortuga

Quedamos para cenar.

La vi al salir de la boca del metro cuando ella aún estaba a dos esquinas de distancia. Nos miramos a los ojos un par segundminutos eternos. Creo que me sonrió pero yo ya estaba fingiendo leer la carta de un bar cercano. Raciones nacionales a precios extranjeros. Ella no llegaba nunca. La foto de pantalla de mi teléfono no me permite memorizar la hora que es, ninguna de las tres veces que la miro. Hasta que colisionamos en un abrazo.

Qué tal a la vez y qué te apetece no se lo que tú quieras no demasiado sincronizado. Nos atropellamos en verborrea.

Ella llevaba un plumífero color maletín hasta las rodillas, pelo a juego. En las botas tenía restos de un barro verdoso de las lluvias recientes, ojos a juego. Yo llevaba la ropa que me puse el día anterior, el doble de desodorante. Repetí las bromas que les había hecho a mis compañeros de trabajo esa mañana. Ella me hizo las mismas preguntas que ya me había escrito por Whatsapp. Nuestra conversación era el hilo musical de la consulta de un dentista.

Acabamos eligiendo un sitio donde los asientos eran taburetes altos de taller mecánico. Las mesas, tablones descartados de aserradero. El concepto de terraza era sentarse en el alféizar del escaparate sobre un cojín sobredimensionado y cruzar las piernas para no entorpecer el paso de los peatones que iban a comprar vestidos de noche en las tiendas colindantes. Si vieras al camarero fuera del local pensarías que quiere cortarte el pelo. Único requisito para trabajar aquí: tatuajes y no repetir etnia.

Ella pidió salmón braseado en vinagreta de limón y hiervas provenzales con acompañamiento de fusilli de zanahoria en salsa pesto genovese. Yo una pizza que no estaba mal. Le dije que el último disco de Maria Rodés escapa del folk al que nos tenía habituados para introducir influencias de bossanova electrónica en sus temas más introspectivos. Ella me preguntó si eso se baila en Tiktok. Me contó que tras la firma de un inmueble proindiviso al 50% con su amiga de instituto descubrieron una condición resolutoria mal redactada en un contrato previo de arrendamiento que las obligaba a mantener residencia alternativa aún asumiendo las cargas hipotecarias y los procedimientos de subsanación notarial asociados. Yo le pregunté si hubo mucho tráfico para llegar.

Sin hambre para el postre ni confianza para unas copas, las anécdotas se convirtieron en minutos que se convirtieron en horas que se convirtieron en una propina del 10%. Empezamos el acto final de una despedida que se basa en malinterpretar a propósito todo lo que la otra persona ha estado diciendo durante la cena. Si ella se tropezó al salir del restaurante era claramente síntoma de los zapatos nuevos que se compró la semana pasada. Que yo no supiera ver que el semáforo seguía en rojo encajaba perfectamente en cómo ignoré la receta que me recomendó mi madre en Navidad. Nos atribuimos mutuamente una vida pasada de 4 horas de duración.

Caminábamos cada uno pensando que es el otro quien guiaba los pasos, hasta que nos dimos cuenta y reímos. Hicimos el amago de ir en direcciones contrarias pero nos chocamos y reímos. Todo el mundo cobraba perfecto sentido, porque ella reía y yo la miraba y reía así que reímos. Y ella tenía que irse porque le iban a cobrar una pasta de párking y eso no hace gracia, por lo que reímos. Y yo tenía que irme porque me iba a mojar con la lluvia y eso no hace gracia, así que no podíamos parar de reír. Manifesté la voluntad de detener aquél instante acercando a ella mi mano, buscando amarrar un antebrazo acolchado golpeado por una lluvia que no parecía que fuese a perdonarnos. Resbalé.

Y le toqué medio pecho.

Una lluvia materializaba reflejos grotescos bajo nuestros pies y yo le toqué medio pecho. El tiempo se espesó reteniendo a la humanidad dentro de una masa sin inercia, y yo le toqué medio pecho. Mi pecho expulsó a mi conciencia a través de las dimensiones ulteriores de la realidad, viajando por un cosmos superpuesto al mundo material, y yo le toqué medio pecho. En un clúster nebuloso por descubrir del brazo de Perseo una civilización de tipo II finalizaba la construcción de una esfera de Dyson alrededor de su estrella y yo le toqué medio pecho.

En su nombre no se repetía ninguna letra y yo, lo que hice, fue tocarle medio pecho.

Las fábulas desaparecían de los libros de historia mientras le tocaba medio pecho. Los sistemas económicos del siglo XX demostraban haber quedado obsoletos en el momento en que le tocaba medio pecho. Las religiones admitían haberse inventado a todos los profetas mientras yo, en aquél momento, le tocaba medio pecho. Las fuerzas atómicas menores flaqueaban, los electrones dejaban de vibrar, la gravedad se detenía para que el espacio-tiempo me permitiera tocarle medio pecho.

La noche perfecta viajaba en el tiempo para poder matar a su abuelo. Porque lo hice.

Tocarle.

Bastó medio.


Nightly feast

Hey little Sq’rly,
so dreadful and dry,
mind if you come
back home this black night?

With spine like cinder,
sharp claws and crisp skin,
your fur oozes itchy,
the prettiest there is.

Your shade, grace follows
raw spoils make your bed
frills fans of temptation
garnishing holes in your head.

My my, sweet lil’ Sq’rly,
don’t dare make me wait
‘cause the pale moon gets nervous,
and the last corpses decay.






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