
Inspirada en sucesos reales acaecidos en la Francia de finales del siglo XIX, esta obra de Bertrand Tavernier analiza desde una perspectiva compleja y de lo más perturbadora el problema de la instrumentalización política de la violencia social. Bajo la carcasa del drama criminal, y superando la mera reconstrucción de época acogida al cine de género, Tavernier (coautor del guion junto a Jean Aurenche y Pierre Bost) bucea en el pasado (las tensiones sociales y políticas de Tercera República francesa, la desconfianza general en sus instituciones, las transformaciones económicas, el crecimiento del movimiento obrero, el auge del positivismo) para establecer puentes con el presente (depresión económica derivada de la crisis energética, culminación de los procesos de descolonización, proliferación del terrorismo político) y hacer de la memoria histórica materia de reflexión acerca de la situación contemporánea, en particular dirigiendo una mirada profunda y crítica a las zonas grises del poder y del aparato judicial, y también hacia la manipulación de la conciencia colectiva. El caso de Joseph Bouvier (magnífica interpretación de Michel Galabru), antiguo sargento del ejército reconvertido en campesino errante que, tras el fallido asesinato de su novia, el subsiguiente intento de suicidio igualmente fracasado y su internamiento en un centro psiquiátrico, cometió una docena de violaciones y asesinatos a lo largo de todo el país, siempre en la persona de adolescentes, chicos y chicas, empleados en granjas y explotaciones rurales, sirve al cineasta francés para explorar la figura del marginado absoluto y de las condiciones de pobreza e ignorancia y de exclusión social y económica que inclinan a ciertos individuos a la práctica de la violencia más brutal e indiscriminada. Lejos de retratarlo como un monstruo («anarquista de Dios», se define él mismo), el ambiguo enfoque entre responsabilidad individual y determinismo social conecta con los debates de finales de siglo en torno a la criminología, la psiquiatría y la degeneración, muy presentes en los ámbitos científico y jurídico del momento.
Ese marco teórico es el escenario en el que se legitiman perniciosas prácticas de poder. Al juez Rousseau (Philippe Noiret), hombre afable, austero, culto, racional, pragmático, adalid defensor de la superioridad moral de la ley, encarna ese espíritu renovador de la República, pero también sus contradicciones e hipocresías. No solo porque, aun siendo miembro de la más respetable clase burguesa, tiene como amante a Rose (Isabelle Huppert), otra mujer marginal, de extracción humilde, que sobrevive junto a su familia y sus hijos pequeños gracias a la fortuna de Rousseau, sino también por su intención de instrumentalizar el asunto Bouvier para prosperar en la carrera judicial y dejar de ser por fin un oscuro y anónimo magistrado de provincias. El uso político del caso al calor de la popularidad del célebre proceso a Alfred Dreyfus y de la radicalización progresiva de la opinión pública, en especial la conservadora (prácticamente protofascista), sostenida en la exaltación del nacionalismo, del ejército, del imperialismo y de la condena y persecución de quienes encabezan la facción opuesta (Zola es alusión recurrente en la película, y hasta se organizan quemas colectivas de sus libros, auspiciadas y propiciadas por los militares), alimenta la ambición de Rousseau y su transformación de la investigación en un espectáculo público, con la complicidad de la prensa, que funciona como reafirmación de la autoridad del Estado en un clima de agitación social, al tiempo que la explota como medio para lograr sus fines personales. La película plantea así una línea de pensamiento adicional alrededor del concepto de neutralidad exigible a la justicia, una crítica incisiva al derecho en tanto que, más allá de lo puramente técnico, se ve influenciado por presiones e intereses de parte, individuales, ideológicos y de clase. La película ofrece un retrato minucioso del funcionamiento de esa justicia sesgada, de los procedimientos burocráticos y forenses, de la relación entre magistrados, médicos y fuerzas del orden, una dimensión técnica que subraya la idea de que la verdad judicial es una construcción narrativa, la interpretación «lógica» de unos hechos que pueda conformar un relato oficial incuestionable. En tal caso, ya se trate de Bouvier o de Dreyfus, el juicio se reduce a mera puesta en escena, un ritual destinado no tanto a esclarecer la culpabilidad del acusado ya establecida y decidida como a operar como herramienta de cohesión social e ilusión de seguridad colectiva.
Esta vertiente más política del argumento contrasta la violencia individual y prácticamente aleatoria del asesino Bouvier con la violencia institucional sistemática en sus distintas manifestaciones: la represión organizada de los movimientos obreros y anarquistas; la opresión a que las autoridades y las tropas someten a los ciudadanos nativos de las colonias; las estructuras socioeconómicas que cronifican las pésimas condiciones laborales en las que se desarrollan los trabajos más precarios e insalubres o que perpetúan aberraciones como el trabajo infantil. Bouvier es, además de un psicópata que comete truculentos asesinatos para calmar sus propios demonios interiores (y que de inmediato busca indulgencia y perdón postrándose ante Cristo crucificado), síntoma y expresión del clima de fractura social de su tiempo, mientras que el Estado, los jueces, la policía, responden tanto a Bouvier como a quienes se rebelan contra esa injusticia general, nada menos que en nombre de la razón y el progreso, con mecanismos de exclusión (internamientos psiquiátricos) y castigo (la tortura a los detenidos, la pena de muerte) incompatibles con los supuestos valores superiores republicanos. En este punto, el campo, el bosque, las aldeas, las granjas y alquerías son observados con una atención casi documental (puesta en escena sobria, iluminación naturalista, fotografía en tonos neutros y apagados) que destaca su aislamiento, su marginalidad estructural, mientras que los puntos de vista de Rousseau son contestados por las opiniones, más humanitarias y democráticas, de su amigo el procurador De Villedieu (Jean-Claude Brialy), hombre de mundo, retornado de Indochina, buen conocedor de las prácticas francesas en su colonia y gran observador de la naturaleza humana, cuyo pesimismo desemboca en un final trágico que lo emparenta con el propio Bouvier, ambos víctimas de un orden socioeconómico injusto y ajeno a toda idea de esperanza.
Escéptica ante el concepto de civilización, la película revela toda la barbarie de un discurso oficial que presenta a la República como garante de principios y valores de orden y progreso que apenas ocultan una violencia estructural, heredada y prolongada, imposible de erradicar, que, al no conseguir eliminar los impulsos destructivos de sus integrantes los canaliza hacia ámbitos socialmente aceptables (la supresión física de los elementos díscolos, las guerras coloniales o, en breve, a escala mundial). Tavernier, a la vez empático y analítico, evita caer en maniqueísmos fáciles o en panfletos ideológicos (exceptuando, quizá, la conclusión, ese epílogo en la fábrica, éxtasis de conciencia obrera), y ofrece argumentos para que el espectador intente comprender a unos personajes a menudo situados en posiciones antagónicas, tanto en las secuencias de mayor intimidad psicológica como en las que muestran los comportamientos gregarios de la colectividad. La película evoca así un episodio del pasado para conformar una meditación actual sobre la justicia, la responsabilidad común y la fragilidad del orden social, cuestionando y reconociendo la complejidad de los procesos que configuran las sociedades. La virtud de su planteamiento reside en parte en ese convencimiento de que la historia no es una construcción narrativa cerrada y lógica al modo de la ficción, sino un campo de fuerzas en permanente interpretación y transformación, y por ello, de absoluta vigencia.