El alto grado de especialización en el arte del espionaje al que el gobierno del país de Crevordia había llegado, hizo que un alto funcionario del entorno presidencial —uno de esos funcionarios siempre dispuestos a hacer ver que hasta duermen pensando en su trabajo— dijera: «¿Y quién espía al espía?» Así que de inmediato comenzaron a moverse los engranajes necesarios para hacer que aquellas personas que se dedicaban al espionaje fuesen considerados dignos de duda y, por ende, que fuese necesario vigilarlos a ellos también; «…después de todo, ésa es la base del sistema democrático» —fueron las palabras de otro funcionario de no menor rango que el primero—. Entonces se llegó al punto en el que A era espiado por B; B era espiado por C; C era espiado por D, etc. y todo parecía estar bien. Hasta que alguien hizo notar (alguien de rango menor, por lo visto, ya que su nombre no quedó en la historia oficial o ni siquiera en los registros burocráticos) que si se seguía la cadena hasta sus últimas consecuencias, aún restaba Z, quien no era controlado por nadie (para aquel entonces ya no se hablaba de espías; sino de controladores y controlados). Por fin, luego de mucho debatir opciones y soluciones varias, alguien (Alguien³) propuso, con impecable lógica y practicidad, contratar a A para que controlara a Z. Así se hizo y a partir de dicho momento el país de Crevordia vivió tranquilo y seguro sabiendo que todo estaba, al fin, bajo control.
