Qué es Occidente

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Samuel P. Huntington enumeró una serie de aspectos que caracterizan a la civilización occidental: el legado clásico (Grecia, Roma y el cristianismo), la separación entre la autoridad espiritual y temporal, el imperio de la ley, el pluralismo social, los cuerpos representativos y el individualismo. Prácticamente todas estas características se encontraban ya en la injustamente denostada Edad Media. Por ejemplo, el pluralismo en forma de instituciones como monasterios, órdenes religiosas y cofradías, clases sociales como la aristocracia feudal y una burguesía minoritaria pero importante, así como protonaciones y hasta ciudades-estado con lenguas y leyes diferentes.

Lo mismo puede decirse de los cuerpos representativos, como eran las cortes estamentales que, en mayor o menor medida, limitaban los poderes de los monarcas. Solo el individualismo señala ya los tiempos renacentistas, con el desarrollo de la elección individual en todos los órdenes: el amoroso, el laboral, el artístico y el religioso. Este llegará a convertirse en el signo más distintivo de Occidente. Quizás su manifestación más impresionante es el florecimiento de figuras de científicos y artistas como ninguna otra cultura ha producido: en la ciencia, Newton, Darwin, Einstein. En la música, Bach, Mozart, Beethoven.

Aunque décadas de matraca relativista han hecho pensar a muchos (o fingir hipócritamente que piensan) que Beethoven no goza de mayor valor intrínseco que los cantos bosquimanos, o que la medicina oriental es una alternativa de igual validez, si no más, que la medicina occidental, lo cierto es que desde Los Ángeles a Tokio, las personas musicalmente cultivadas de todas las culturas acuden a salas de conciertos para escuchar a Mozart o a Mahler, al menos con mucha más frecuencia que cantos indígenas. Cuando un turco o un japonés enferman gravemente, la mayoría de las veces se ponen en manos de médicos educados en las disciplinas europeas y americanas, igual que lo haría un francés, un español o un estadounidense. Y cuando los chinos ponen un satélite en órbita, siguen basándose en la ecuaciones de Newton, no en el confucianismo ni el taoísmo.

Ahora bien, un error muy común es identificar exclusivamente Occidente con la modernidad, en sentido filosófico. A ello contribuye en parte el hecho cronológico de que las figuras de científicos y músicos mencionadas florecieran en los últimos tres o cuatro siglos. Probablemente, ni Newton ni Mozart nacieron en Europa por accidente. Sus descubrimientos y creaciones no serían concebibles sin el bagaje cultural y técnico de los siglos precedentes. Lo que realmente caracteriza el pensamiento moderno, en gran medida, es por el contrario el cuestionamiento de Occidente, un prurito autocrítico desmedido, que llega a ser autodestructivo, y del que el relativismo constituye una de sus manifestaciones más significativas.

Occidente es la única civilización que se autoinculpa a sí misma obsesivamente de ser colonialista, racista y machista, como si las demás culturas hubieran sido paraísos permanentes de paz, tolerancia, pluralidad e igualdad entre sexos. Este fenómeno de auténtico autoodio se ha exacerbado en las últimas tres décadas en lo que suele dominarse cultura woke, cultura de la cancelación o corrección política, hasta extremos que amenazan al propio concepto de individuo, subordinándolo a las identidades políticas de género y de raza. Un reciente libro lo enuncia sin medias tintas: “En los últimos años ha quedado claro que hay una guerra en marcha: una guerra contra Occidente. (…) Se trata de una guerra cultural y despiadada contra las raíces de la tradición occidental y contra todo lo bueno que esta ha dado de sí.” (Douglas Murray, La guerra contra Occidente, Península, 2022.)

Una reacción contra esto, paradójicamente mimética, y que procede del error mencionado, es la de quienes deplorando el progresismo woke, cargan contra Occidente en el sentido geopolítico del término, o al menos contra los EEUU, y miran hacia Rusia como una especie de reserva espiritual. Tales personas abominan de la alianza atlántica y se prestan a difundir todos los bulos e intoxicaciones elaborados por el Kremlin, según los cuales Ucrania no es más que un juguete de la OTAN, o sea de los Estados Unidos, que sirve para atacar a la Santa Rusia y someter a Europa a sus pérfidos designios capitalistas.

Rusia, pese a Tchaikosvski, Tolstoi y Dostoyevski, no es Occidente. Su literatura y su música se cuentan sin duda entre los mejores frutos de la cultura occidental, pero trasplantados fuera de su ámbito geográfico, como la patata y el tomate fueron trasplantados de América a Europa. El cristianismo ortodoxo fue siempre ajeno a la separación de Iglesia y Estado, permeando una cultura bizantina donde ni el imperio de la ley ni la limitación del poder político ni el individualismo han arraigado de un modo comparable a Occidente.

Huntington sostenía, con razón, que Ucrania se encontraba en medio de una línea de fractura entre las civilizaciones occidental y ortodoxa. Es posible que, de estar vivo, hubiera puesto reparos a que Europa y Estados Unidos apoyen militarmente a Kiev, porque pensaba que cada civilización posee un área de influencia que conviene respetar en aras de la paz. Pero dudo que hubiera comprado la burda propaganda de Putin, ni su último discurso apuntando con astuto oportunismo a las flaquezas de Occidente. Nada las resume mejor que esa maniática xenofilia consistente en celebrar y comprender todas las culturas excepto la occidental, la única que no tendría nada de lo que enorgullecerse, la única que tiene que ceder y dejar de lado sus intereses, permitiendo que Rusia tutele a Europa con sus ojivas nucleares y decida quién puede ser aliado de los Estados Unidos.

Como señaló el politólogo americano en El choque de civilizaciones: “Occidente fue Occidente mucho antes de ser moderno.” (Paidós, 1997) Y aún más fue Occidente antes de la cultura woke, que probablemente será derrotada por la realidad, como lo fue el marxismo, mucho antes de lo que imaginamos. Algunos aborrecen a Occidente como si Rusia fuera una sociedad modélica, juzgándolo exclusivamente por los delirios ideológicos de las tres últimas décadas. Y en cambio olvidan que también Rusia fue Rusia antes del comunismo, y que tras la caída del muro de Berlín sus ambiciones imperiales históricas no se esfumaron por ensalmo, no al menos para pensar ingenuamente que deberíamos haber disuelto la OTAN. Como mínimo, ucranianos, bálticos, polacos y escandinavos pueden estar contentos, y seguramente lo están, de que no se cometiera semejante error. Este hubiera sido incluso más grave que la entrega de Ucrania a Rusia de sus armas nucleares, bajo la promesa de que jamás sería atacada. Conviene recordarlo, a los que, como Putin, les gusta hablar tanto de supuestos compromisos incumplidos en perjuicio de Rusia.