De tanto en cuando aún me acuerdo de ti,
mi querida amiga ensoñadora.
Tantas veces me has acompañado
en esas noches silenciosas,
brumosas y tumultosas.
¿Qué dices? No te oigo…
Tus susurros ni casi los escucho.
Traéme de nuevo esos aromas de incienso,
aviéntame de volver a ser preso.
Recuérdame cuando tomé el trayecto,
y me saludaste pese a que era inconsciente…
Entonces, yo no sabía tu nombre;
me lo escribiste en un reflejo
portado por el viento.
Cuéntame otro largo cuento
del devenir del tiempo.
Recuérdame de nuevo,
qué fue de mi yo pasado
cuando me dedicaba a oir
tu melodioso canto.
Echo de menos tu sermón
y tus elocuentes brillos.
La parsimoniosa voz
de un ente anciano.
Siempre me trajiste silencio
y lo sigo percibiendo;
tus ecos mudos
retumban en mi cerebro.
Sonidos sordos de aliento
que me impulsan al movimiento.
Tú te mantienes firme
y yo contigo.
El imperturbable río de años
y una campana sin tañidos
me sigue sorprendiendo
que con tan poco
podamos seguir unidos.