¿Necesita la actitud filosófica un educador? Si seguimos pensando con Nietzsche, veamos a grandes rasgos qué nos decía el pensador alemán sobre la figura del educador. En tiempos de la tercera intempestiva, Nietzsche veía en Schopenhauer el modelo, el arquetipo, la guía para la vida y, además, el modo para acceder a la cultura. El educador era algo así como el instrumento necesario para llegar a comprenderse mejor a uno mismo. Frente al educador, Nietzsche contraponía la figura del eurudito –v.g. los filósofos funcionarios pagados por el Estado–, la cual quedaba a años luz de la sabiduría de aquél. El erudito está lejos de la figura del educador, llevando este último, necesariamente, una vida solitaria, independiente, consagrada al pensamiento, como Heráclito en el mundo de los presocráticos. ¿Qué sería un erudito? Heráclito ya nos habló del erudito utilizando la palabra Πολυμαθίη (pluriscencia o múltiples conocimientos). Vayamos a Éfeso para escuchar al solitario pensador griego:
La plurisciencia [Πολυμαθίη] no enseña a tener entendimiento; pues hubiera instruido a Hesíodo y a Pitágoras, así como a Jenófanes y a Hecateo.
Πολυμαθίη νόον ἔχειν οὐ διδάσκει· Ἡσίοδον γὰρ ἂν ἐδίδαξε καὶ Πυθαγόθην, αὖτίς τε Σενοφάνεά τε καὶ Ἑκαταῖον.
Así, pues, desde la perspectiva de Heráclito el saber erudito no enseña a tener entendimiento. Y algo parecido nos está diciendo Nietzsche con la tercera intempestiva, subrayando, además, que la educación no consiste en entrenar a los jóvenes para que se integren en el sistema, sino en desarrollar lo que tengan de potencial y mejor, o sea, volviendo de alguna forma a Píndaro, para que cada uno de esos jóvenes llegue a ser lo que es.
Teniendo lo anterior presente, ¿qué podemos decir de la actitud filosófica en relación al educador? Que la actitud filosófica precisa, de algún modo, la figura de un educador que no enseña muchas cosas, sino que abre una ventana de posibilidades propias para quien recibe sus enseñanzas y, también, su ejemplo. Ahora bien, y diciéndolo medio en broma, este educador tendrá que abandonar de vez en cuando su soledad para poder así educar.
Mas, ¿el educador será, pues, un sabio? ¿Como aquella sabia Diotima que fue educadora de un joven Sócrates? ¿Puede una sabia educadora conducir a su alumno por la senda de una actitud filosófica que le haga sentir que las cosas no son como se había figurado? ¿Hasta dónde llegan las palabras de un sabio educador? ¡Hondas palabras serán las de éste, sin duda! ¿Y qué enseñarán tales palabras?
Las más hondas palabras
del sabio nos enseñan,
lo que el silbar del viento cuando sopla,
o el sonar de las aguas cuando ruedan.
DK 22 B40. «Heráclito se burla de un saber que se queda en la superficie de las cosas. La plurisciencia («saber múltiple», «conocimiento de muchas cosas», etcétera) no enseña a pensar por cuenta propia, sólo acumula datos procedentes de este o aquél individuo y los despliega por aquí y por allí, haciendo creer que lo desplegado surge de un pensamiento propio que sabe el porqué de cada cosa según su naturaleza. Es esta plurisciencia, en realidad, una actividad del hombre ignorante que no escucha el λόγος.» (Moa, 2020, p. 35).
Según cuenta Platón en su Banquete, cuando Diotima ejercía de maestra de Sócrates, éste era un joven que simplificaba en exceso las cosas. En aquellos tiempos el joven pensador estaba convencido de que Eros era un gran dios absolutamente bello. Además consideraba que las cosas o eran blancas o negras, pero no había para él, por decirlo de alguna forma, escala de grises. Pero aun siendo joven, reconocía su ignorancia, por eso se dirigió a la filósofa, quien le abrió los ojos –o la mente– para que pudiera ver con claridad que Eros, siendo amor de algo, tenía que estar falto precisamente de ese algo.
Antonio Machado. Versos del poema Renacimiento.