Una cuestión sobre la eternidad

Medida, según medida… ¡Qué desmedido es el ser humano! ¡Demasiado! ¡Hybris! ¿Adónde va este desmesurado con sus pensamientos desbordados? Siempre hablando de un siempre, de una eternidad que nadie ha experimentado. Desde la vida se piensa lo eterno. ¿Alguien que piensa puede pensar seriamente en la eternidad? ¡Pero la falta de seriedad es imprescindible para vivir! No seamos dogmáticos de nuestras verdades, no amemos en exceso nuestras certezas, pues tanto exceso nos ciega en todos los sentidos. Dejemos que la eternidad hinche nuestros sueños, nuestros espíritus hechos con pedacitos materiales que danzan según las exigencias marcadas por el ritual de la desintegración.

¿Qué mundo se ve desde este bailar? ¿Será el mismo para todos? ¿Está acaso mi mundo cercado por mi roído lenguaje? Lenguaje, ¿si no eres compartido, acaso se te puede llamar lenguaje o ectoplasma? ¡Compartamos un mundo para vivir y soñar con la eternidad! Pero… pero es verdad que a menudo nos inclinamos por el no-entendimiento y, en definitiva, por el mundo-no-compartido. Pero aun así, también solemos optar por el entendimiento y el mundo-compartido. Tenemos, en efecto, tantas máscaras, tantas caras, tantas posibilidades… Somos seres-con-posibilidades nos diría algún triste existencialista de los locos años veinte dedicado a descuartizar la existencia para exhibirla pornográficamente ante los ojos de las mentes más retorcidas. Sí, seres-con-posibilidades que gustan de comprender de un modo u otro una eternidad que siempre se acomoda en un vivo y efímero espíritu vestido de luto.

Si yo fuese nietzscheano

Si yo fuese un hombre nietzscheano y adoptara una actitud consecuente con tal adscripción, afirmaría que no importa la verdad, sino aquello que beneficia la vida, mi vida. Entonces llevaría mi mano a la caja de las herramientas y tomaría una llave llamada Eterno retorno para poder dar realidad a mi actitud afirmativa de la vida. ¿Pero qué podría entrever en tal proceder? El signo de una consciente impotencia gnosoelógica. Y con tal impotencia, exclamaría: ¡Aquí no es posible ninguna verdad! ¿Pero es posible afirmar tal cosa desde un lugar tan oculto? ¡Qué importa la verdad con tal actitud!

Qué mala suerte no llegar a más. ¿Mala suerte? ¿Quién puede afirmar tal cosa sin saber dónde está el aquí y el allí? En el fondo, si me imagino que soy un nietzscheano, me veo como un creyente de mi dogma, un dogma que me construyo con tantas máscaras que ya no recuerdo sus caras. ¿Se me entiende? ¡Entender! ¡Qué ilusión! Exclamaba el poeta: «¡Oh dolor de la verdad! / ¡Oh dolor de la mentira!»1 Y yo exclamaría: ¡El dolor de la verdad y de la mentira es una ilusión! Después tomaría aire y diría en un susurro: lo que me duele es la nihilidad.

1F. G. Lorca, versos del poema Encrucijada.

Trágica impotencia

Naturaleza: la más ciega tragedia de todas. Choques, contraposiciones, fuerzas contrarias, superar resistencias, amos y esclavos… ¡Esta es una realidad sin sentido que nosotros, seres luchadores y siempre perdedores, pretendemos entender poniendo ahí un sentido fundamentado en razones diversas. Queremos dar razón de este sin sentido y, así, ponemos sentido que suena hueco cuando se le golpea con un martillo nietzsheano. En verdad estamos a merced de un trágico ser divino que sumergido en la eterna indiferencia escribe el guión de este trágico sinsentido.

Con muy poco se puede ser muy grande, como aquel efesio que, con unos pocos fragmentos, nos muestra una grandiosa y, al mismo tiempo, terrible sabiduría1. Escuchemos al oracular filósofo Heráclito:

Lo opuesto conviene y de lo diferente la armonía más hermosa. (Y todas las cosas tienen lugar según la discordia)

Τὸ ἀντίξουν συμφέρον καὶ ἐκ τῶν διαφερόντων καλλίστην ἁρμονίαν. (καὶ πάντα κατ’ ἔριν γίνεσθαι).2

Una realidad, pues, hecha de discordia y, en justa consecuencia, si vamos a lo humano, de guerra. A partir de esta discordia que yo llamo trágica desde mi posición minúscula y humana, veo a un admirador de Heráclito, a Nietzsche, postulando una hermosa armonía hecha también de contrarios, a saber, la oposición de lo apolíneo y lo dionisíaco para dar como resultado la expresión más elevada de arte: la tragedia griega. ¡Trágica realidad, trágica vida, trágico hombre! El pensador alemán veía en la tragedia griega el modo de soportar lo terrible de la existencia humana y, con ello, se podía decir a la vida. Este sí, era, pues, un sí a lo trágico, un sí fundamentado, si se puede decir así, en ciertos pensamientos centáuricos3.

La armonía más hermosa, el arte más elevado… ¿Esto es todo lo que nos puede ofrecer la realidad, la naturaleza, la vida, la existencia? No es de extrañar que a mediados del siglo XX pensadores como Horkheimer y Adorno quedaran estupefactos ante los trágicos acontecimientos mundiales y cayeran, de un modo u otro, en el pesimismo y en la dialéctica negativa. ¡Menudo panorama trágico! ¿Y a pesar de tanta tragedia, es todavía posible mantener una actitud afirmativa de la vida? Seamos un poco nietzsheanos ahora –pero recordando que sólo hubo un nietzscheano y que murió en el año 1900– y miremos a Europa. ¿Qué se ve? No entraré en detalles, me basta con decir: soldados cavando trincheras. Y ahora buscad, si queréis, vuestro arte sublime y transfigurad lo terrible de esta existencia. ¿Qué habrá en vuestro arte sublime si llegáis a él? Yo os lo diré a priori: trágica impotencia.

¿Cómo no ha de permitirse volver al enemigo mal por mal?4

1«[…] pues la cruda realidad consiste en un “devenir eterno y único, la indeterminabilidad de todo lo real, que constantemente actúa y deviene pero nunca ‘es’, como señala Heráclito, [y esto] es una idea terrible y sobrecogedora […]”» (Nietzsche, 2004 , Apud Moa, 2020, p. 179).

2DK 22 B8.

3En una carta escrita a Rohde, Nietzsche sugería, diciéndolo en pocas palabras, que su Nacimiento de la tragedia era algo así como un centauro compuesto de filosofía schopenhaueriana, arte wagneriano y filología.

4Esquilo, Las coéforas.

Actitud filosófica: Maestro ‘causa sui’

De ordinario se observa en cada filósofo un vínculo con uno o más maestros (=educadores). Pongamos un ejemplo: Husserl, uno de los maestros de Heidegger. El alumno, como suele ocurrir en estos casos, dijo en muchas cosas sí al maestro, pero al cabo acabó diciéndole no en muchas otras. Pero también podemos pensar en un filósofo que sea causa sui, o sea, que no haya tenido educadores. ¿Es esto posible? Nietzsche decía que el causa sui era algo así como la mejor contradicción excogitada hasta la fecha, y, además, la fuente de una pura libre voluntad. Y ya sabemos que para el viejo filólogo situado más allá del bien y del mal, lo puro no era sino una ilusión1. ¿Pero por qué saco a colación esta causa sui? Porque podemos pensar en aquel filósofo que es causa sui y, en justa consecuencia, un filósofo que se caracteriza por su libre voluntad y, también, por su carácter vanidoso que ha crecido a partir de una vacía ilusión. ¡Sacrilegio! ¡Estoy inclinándome por el lado prohibido de la historia de la filosofía occidental! He aquí mi pecado: el vanidoso Heráclito, un filósofo que no tuvo maestro. ¿Pero dónde está el corazón de este sacrilegio que acabo de cometer? En este fragmento:

Me investigué a mí mismo.

Ἐδιζησάμην ἐμεωυτόν.2

Permítaseme ahora transcribir algo que ya dije sobre este fragmento en otro lugar3:

Primero de todo, tengamos en cuenta lo que Heidegger señala, a saber, debe descartarse el “investigarme (buscarme) a mí mismo” como una búsqueda psicológica, o sea, no es una auto-observación psicológica, pues todo el aparato psicológico que envuelve al “sujeto” es cosa de la modernidad: «Este buscar está separado por un abismo de la investigación psicológica […] el pensar psicológico es extraño a Heráclito […]»4.

Teniendo presente lo anterior, escuchemos ahora a Diógenes Laercio: «Y ello es que fue desde la niñez caso asombroso, ya que, entre otras cosas, decía, siendo joven, que no sabía nada, llegado a madurez, en cambio, que tenía todas las cosas conocidas; y que no fue discípulo de nadie, sino que a sí mismo se había investigado y que había aprendido todas las cosas de sí mismo»5. En efecto, Heráclito no fue discípulo de nadie, esto es, no se dejó llevar por doctrinas o dogmas, sino que se puso él mismo como objeto de investigación, pues, de esta manera, al investigarse, investigaba todos los seres (Todo es uno, entonces uno es todo). Es decir, investigándose a sí mismo podía reconocer la ley general que atraviesa todos los seres: el λόγος. Descubrir el λόγος a través del “investigarme a mí mismo” es, en fin, un descubrir el mundo y, al mismo tiempo, descubrir qué lugar ocupa el hombre en él, pues el λόγος es uno6.

El efesio no fue alumno de nadie, por lo que, de algún modo, él fue un puro filósofo, esto es, causa sui y, por ello, una ilusión de fuego y vacío. Pero un momento… ahora que lo pienso mejor… mi sacrilegio acaso pueda ser reparado. Está claro que antes no sabía bien lo que decía, no cuidé mis palabras ni el valor que ellas llevan. La verdad es que en este fragmento, en esta ausencia del maestro o educador, florece uno de los maestros de los maestros, el más orgulloso maestro causa sui.

1Cf. aforismo 21 de Más allá del bien y del mal de Nietzsche.

2DK 22 B101.

3Moa, 2020, pp. 104-105.

4Heidegger, 2012 (I).

5Diógenes Laercio. Apud Calvo, 2017.

6Al encarar la interpretación de este fragmento uno siempre lleva la mirada a aquella máxima de reza “γνῶθι σεαυτόν” (Conócete a ti mismo). Tal máxima quiere decir: «Sólo el que aprende a conocerse sabrá lo que es bueno para él» (Victoria Camps en Gomez-Muguerza, 2007). Camps señala que la ética socrática deriva en gran medida de esta máxima y que Sócrates buscaba, por tanto, un bien particular que, a la vez, era un bien común: el bien en el alma, el cual resultaba común para todos los hombres. Digamos que Heráclito también buscaba algo común a todos los hombres (y a todas las cosas) cuando se investigaba a sí mismo, a saber, el λόγος. Entonces, podemos preguntarnos: ¿descubrir el λόγος, o mejor dicho, coincidir con él (ὁμολογεῖν), no supone un bien para quien lo descubre?

Teñido de pasión

Es como si esperara a que emergieras ex nihilo. ¡Qué patético! Mi cuerpo manda desde un lugar vacío, lo cual es, en esencia, un acto impropio. Desde esta carencia sólo me puedo permitir vivir a medias. ¿Pero por qué sacar mis secretos pensamientos a la plaza? Da igual, no debo preocuparme por airearlos, pues la plaza está vacía. Con todo, haré como si Cioran tuviera razón cuando dice:

El pensamiento es una mentira como el amor o la fe.

Pero, ¿puedo presumir de un pensamiento puro? ¡Qué absurdo creer en algo puro! ¿Acaso no se ve que mi pensamiento está teñido de pasión? Luego, ¿cómo voy a soportar esta carga de mentira y hedor? Me arrastraré por estos blanquecinos caminos de piedras y polvo si es preciso.

Actitud filosófica: Inmortal metafísica

¿Nuestra actitud filosófica debería estar limpia de metafísica por ser ésta una vacía invención? ¿Acaso la filosofía de hoy no acabó con ella hace tiempo? Me acuerdo de aquel círculo de amigos que como sacerdotes de la verdad compusieron una teoría verificacionista que la suponían libre de metafísica, esto es, de lo que Carnap llamó mera actitud emotiva. Mas esos sacerdotes neopositivistas nunca se despojaron del lado emotivo de sus vidas y, en justa consecuencia, la metafísica impregnó cada una de sus proposiciones.

¡Es imposible dejar atrás la metafísica porque nuestra actitud quiere explicar una realidad que siempre pende de un recóndito lugar metafísico! La filosofía, además, tiene muchas máscaras, pero detrás de cada una de ellas hay un intangible soplo metafísico que les da vida. Nietzsche anunció la muerte de Dios y, así, la muerte de una metafísica. Pero al igual que una moral puede dejar paso a otra, una metafísica puede ceder su lugar a otra. Sí, también muchas morales pueden coexistir, es cierto, y del mismo modo diferentes metafísicas pueden tejer los pensamientos más lúcidos y, desde luego, los más estúpidos.

¿Entonces qué hacemos con la metafísica si queremos adoptar una actitud filosófica? Inventarla, tragar con ella, hacerla nuestra de algún modo, Adaptarnos a ella. Pero, ¿quién manda aquí? ¡El soplo metafísico que infla las velas de una nave llamada filosofía! ¡Es la metafísica el alma de la filosofía! ¿Acaso no se ve que no se puede vivir filosóficamente sin este alma? La metafísica muta, desde luego, pero nunca muere en tanto la filosofía siga navegando por este mar cuyos límites desconocemos.

Del alma los límites no podrías descubrirlos, aun recorriendo todas las vías: tan profundo λόγος tiene.

Ψυχῆς πείρατα ἰὼν οὐκ ἂν ἐξεύροιο, πᾶσαν ἐπιπορευόμενος ὁδόν· οὕτω βαθὺν λόγον ἔχει.1

1DK 22 B45 (Heráclito). Moa, 2020, p. 92.

Nuestra falsedad

Pensar que lo común es una lógica que pone en acuerdo la realidad y el lenguaje es una hipótesis tan audaz como mística. Desde el lenguaje –un átomo de realidad– se pensó, hace tiempo, dar cuenta de un mundo. Pensar es tal vez, como nos decía Arendt, la sensación de estar vivo, pero también es la seguridad de errar. Es el ser humano el ser errado incapaz de parir un mundo verdadero. Nietzsche señalaba que el estoicismo había visto la naturaleza de un modo falso, y nosotros, por nuestra parte, podemos apostar que todavía no ha existido nunca un ser humano que haya visto la realidad de un modo verdadero.

Somos tan falsos… Somos tan falsos que instintivamente nos olvidamos de nuestra falsedad para poder vivir. ¿Pero qué será eso de vivir? Algo más trágico que una película de Kurosawa. Somos funcionarios de la falsedad en un tránsito entre dos vacíos atravesados por una nihilidad disimulada con miradas perdidas en el horizonte. El niño nace fatigado sin saberlo, pues lleva en sí una herencia llamada falsedad. ¡Oh, seres pensantes de este mundo, sabed que no habrán doncellas llevando libaciones al túmulo de nuestras falsedades!

Actitud filosófica: el solitario educador

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¿Necesita la actitud filosófica un educador? Si seguimos pensando con Nietzsche, veamos a grandes rasgos qué nos decía el pensador alemán sobre la figura del educador. En tiempos de la tercera intempestiva, Nietzsche veía en Schopenhauer el modelo, el arquetipo, la guía para la vida y, además, el modo para acceder a la cultura. El educador era algo así como el instrumento necesario para llegar a comprenderse mejor a uno mismo. Frente al educador, Nietzsche contraponía la figura del eurudito –v.g. los filósofos funcionarios pagados por el Estado–, la cual quedaba a años luz de la sabiduría de aquél. El erudito está lejos de la figura del educador, llevando este último, necesariamente, una vida solitaria, independiente, consagrada al pensamiento, como Heráclito en el mundo de los presocráticos. ¿Qué sería un erudito? Heráclito ya nos habló del erudito utilizando la palabra Πολυμαθίη (pluriscencia o múltiples conocimientos). Vayamos a Éfeso para escuchar al solitario pensador griego:

La plurisciencia [Πολυμαθίη] no enseña a tener entendimiento; pues hubiera instruido a Hesíodo y a Pitágoras, así como a Jenófanes y a Hecateo.

Πολυμαθίη νόον ἔχειν οὐ διδάσκει· Ἡσίοδον γὰρ ἂν ἐδίδαξε καὶ Πυθαγόθην, αὖτίς τε Σενοφάνεά τε καὶ Ἑκαταῖον.1

Así, pues, desde la perspectiva de Heráclito el saber erudito no enseña a tener entendimiento. Y algo parecido nos está diciendo Nietzsche con la tercera intempestiva, subrayando, además, que la educación no consiste en entrenar a los jóvenes para que se integren en el sistema, sino en desarrollar lo que tengan de potencial y mejor, o sea, volviendo de alguna forma a Píndaro, para que cada uno de esos jóvenes llegue a ser lo que es.

Teniendo lo anterior presente, ¿qué podemos decir de la actitud filosófica en relación al educador? Que la actitud filosófica precisa, de algún modo, la figura de un educador que no enseña muchas cosas, sino que abre una ventana de posibilidades propias para quien recibe sus enseñanzas y, también, su ejemplo. Ahora bien, y diciéndolo medio en broma, este educador tendrá que abandonar de vez en cuando su soledad para poder así educar.

1DK 22 B40. «Heráclito se burla de un saber que se queda en la superficie de las cosas. La plurisciencia («saber múltiple», «conocimiento de muchas cosas», etcétera) no enseña a pensar por cuenta propia, sólo acumula datos procedentes de este o aquél individuo y los despliega por aquí y por allí, haciendo creer que lo desplegado surge de un pensamiento propio que sabe el porqué de cada cosa según su naturaleza. Es esta plurisciencia, en realidad, una actividad del hombre ignorante que no escucha el λόγος.» (Moa, 2020, p. 35).

Actitud filosófica: Más allá del conocimiento

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¿Necesita la actitud filosófica un educador? Si seguimos pensando con Nietzsche, veamos a grandes rasgos qué nos decía el pensador alemán sobre la figura del educador. En tiempos de la tercera intempestiva, Nietzsche veía en Schopenhauer el modelo, el arquetipo, la guía para la vida y, además, el modo para acceder a la cultura. El educador era algo así como el instrumento necesario para llegar a comprenderse mejor a uno mismo. Frente al educador, Nietzsche contraponía la figura del eurudito –v.g. los filósofos funcionarios pagados por el Estado–, la cual quedaba a años luz de la sabiduría de aquél. El erudito está lejos de la figura del educador, llevando este último, necesariamente, una vida solitaria, independiente, consagrada al pensamiento, como Heráclito en el mundo de los presocráticos. ¿Qué sería un erudito? Heráclito ya nos habló del erudito utilizando la palabra Πολυμαθίη (pluriscencia o múltiples conocimientos). Vayamos a Éfeso para escuchar al solitario pensador griego:

La plurisciencia [Πολυμαθίη] no enseña a tener entendimiento; pues hubiera instruido a Hesíodo y a Pitágoras, así como a Jenófanes y a Hecateo.

Πολυμαθίη νόον ἔχειν οὐ διδάσκει· Ἡσίοδον γὰρ ἂν ἐδίδαξε καὶ Πυθαγόθην, αὖτίς τε Σενοφάνεά τε καὶ Ἑκαταῖον.1

Así, pues, desde la perspectiva de Heráclito el saber erudito no enseña a tener entendimiento. Y algo parecido nos está diciendo Nietzsche con la tercera intempestiva, subrayando, además, que la educación no consiste en entrenar a los jóvenes para que se integren en el sistema, sino en desarrollar lo que tengan de potencial y mejor, o sea, volviendo de alguna forma a Píndaro, para que cada uno de esos jóvenes llegue a ser lo que es.

Teniendo lo anterior presente, ¿qué podemos decir de la actitud filosófica en relación al educador? Que la actitud filosófica precisa, de algún modo, la figura de un educador que no enseña muchas cosas, sino que abre una ventana de posibilidades propias para quien recibe sus enseñanzas y, también, su ejemplo. Ahora bien, y diciéndolo medio en broma, este educador tendrá que abandonar de vez en cuando su soledad para poder así educar.

Mas, ¿el educador será, pues, un sabio? ¿Como aquella sabia Diotima que fue educadora de un joven Sócrates?2 ¿Puede una sabia educadora conducir a su alumno por la senda de una actitud filosófica que le haga sentir que las cosas no son como se había figurado? ¿Hasta dónde llegan las palabras de un sabio educador? ¡Hondas palabras serán las de éste, sin duda! ¿Y qué enseñarán tales palabras?

Las más hondas palabras

del sabio nos enseñan,

lo que el silbar del viento cuando sopla,

o el sonar de las aguas cuando ruedan.3

1DK 22 B40. «Heráclito se burla de un saber que se queda en la superficie de las cosas. La plurisciencia («saber múltiple», «conocimiento de muchas cosas», etcétera) no enseña a pensar por cuenta propia, sólo acumula datos procedentes de este o aquél individuo y los despliega por aquí y por allí, haciendo creer que lo desplegado surge de un pensamiento propio que sabe el porqué de cada cosa según su naturaleza. Es esta plurisciencia, en realidad, una actividad del hombre ignorante que no escucha el λόγος.» (Moa, 2020, p. 35).

2Según cuenta Platón en su Banquete, cuando Diotima ejercía de maestra de Sócrates, éste era un joven que simplificaba en exceso las cosas. En aquellos tiempos el joven pensador estaba convencido de que Eros era un gran dios absolutamente bello. Además consideraba que las cosas o eran blancas o negras, pero no había para él, por decirlo de alguna forma, escala de grises. Pero aun siendo joven, reconocía su ignorancia, por eso se dirigió a la filósofa, quien le abrió los ojos –o la mente– para que pudiera ver con claridad que Eros, siendo amor de algo, tenía que estar falto precisamente de ese algo.

3Antonio Machado. Versos del poema Renacimiento.

Trágica naturaleza

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¿Qué sentido tiene esta naturaleza creadora y destructora? Detrás, delante, encima, debajo y en cada instante se da una lucha que da y quita. Nietzsche nos hizo pensar en un uno primordial, un hipotético artista supremo que designa la naturaleza como fuerza creadora y destructora cuyo atributo esencial es el sufrimiento originario que expresa el carácter destructor y doloroso del tiempo. Trágica vida atravesada por este tiempo que siempre lleva en sí el sufrimiento originario con el que la naturaleza lo arrasa todo.

Cuando pienso en la naturaleza en el sentido trágico de aquellos griegos y en compañía del filólogo convertido tal vez sin desearlo en filósofo, no puedo por menos que salir al monte y gritar el nombre de Heráclito. Entre las montañas retumba el eco de mi llamada en tanto un rayo ilumina el cielo. Me estremezco y, entonces, leo en mis notas:

La naturaleza ama ocultarse.

Φύσις κρύπτεσθαι φιλεῖ.1

Quiero comprender, por tanto, debo interpretar, pero interpretar honestamente y mostrando, para mi pesar, aquello que justamente recomendaba no hacer el de Éfeso, a saber, la ignorancia2. Tomo el fragmento de Heráclito sin atender a ninguna verdad, sino a mi sentir, lo hago mío porque necesito transfigurarlo dentro de mí, y de este modo Φύσις κρύπτεσθαι φιλεῖ se convierte en mi sueño personal en algo radicalmente trágico, un sufrimiento originario donde todo lo que surge queda disuelto en la tierra, en el aire, en el agua, en un recuerdo… ¡Trágica experiencia! ¿Cómo justificar la vida cuando su naturaleza está tejida con el sufrimiento originario? Decir sí a la vida es también un sueño.

1DK 22 B123.

2«Ocultar la ignorancia es mejor que mostrarla.” (DK 22 B95).

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