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Al-Kindi, Al-Farabi e Ibn Sena (Avicena) son los grandes representantes de la rama oriental de la filosofía musulmana. Para explicar cómo definen la filosofía estos pensadores tenemos que partir de lo siguiente…
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Esta revisión corrige la publicación que anteriormente realicé sobre la división de las ciencias de Ibn Jaldún, pues tal publicación dejó demasiados cabos y sueltos y, además, algún error, como por ejemplo el año en que murió el pensador musulmán.

Ibn Jaldún (1332-1406) fue un historiador, sociólogo y filósofo. Su familia, de origen yemení, se estableció en el Al-Ándalus. Con la caída de Sevilla1, la familia emigró a Túnez y allí nacería más tarde Jaldún.
En su obra “Introducción a la historia universal” (Muqaddimah), Jaldún describe el conocimiento teológico de las comunidades musulmanas que pretendía establecer un discurso racional y, además, expone las ciencias provenientes de la antigüedad así como la división y el objeto de conocimiento de cada saber. El kalam2, explica Jaldún, es aquella ciencia teológica que proporciona las pruebas de las creencias de la fe por medio de argumentos racionales3. Así, con tales pruebas, es posible refutar todos aquellos postulados que se apartan de la fe. Estas creencias de la fe que el kalam, por decir así, certifica con sus argumentos racionales, se fundamentan en la unicidad de Dios4. Esta ciencia teológica es central, siendo las demás complementarias de ésta.
Ibn Jaldún divide las ciencias en racionales y tradicionales. Las ciencias racionales son las ciencias filosóficas o, si se prefiere, la filosofía. Tales ciencias se apoyan en la certeza demostrativa. Las ciencias tradicionales, por su parte, se fundamentan en la “tradición”, por eso las llama también “ciencias transmitidas”. En estas últimas quedan enmarcadas las “ciencias prácticas” aristotélicas, o sea, todo aquello que hace referencia a la vida cotidiana y la moral.
Las ciencias tradicionales se desarrollan a partir de los datos aportados por la cultura de un pueblo. Es por esta razón que las ciencias tradicionales tienen una fuerte vinculación con lo social-histórico de una sociedad –la vida en común. En las ciencias tradicionales se encuentra todo aquello que es relativo a la religión. Por ejemplo, en el caso de la civilización islámica está el Kalam. En efecto, las ciencias religiosas están incluidas en las ciencias tradicionales, configurando tales ciencias, pues, la verdad y certeza sobre todo en el plano existencial. De este modo, si miramos al Islam, las ciencias tradicionales examinan el Corán y su mensaje profético, estando ahí, en el “Libro”, la fuente “concreta” de certeza inequívoca.
En cuanto a las ciencias racionales, Jaldún las considera especulativas, por lo que sus conocimientos son supuestos y abstractos y, en justa consecuencia, inseguros –tratan de sustentarse en una suerte de “pura” razón–. Por tal motivo, las ciencias racionales no pueden dar la certeza inequívoca que sí ofrecen las ciencias tradicionales. Estas ciencias racionales, o sea, filosóficas, las divide el pensador musulmán en:
Hay que advertir la perspectiva sociohistórica que tiene Ibn Jaldún respecto a las ciencias racionales (filosofía): son propias del hombre dotado de reflexión y están presentes en todas las sociedades civilizadas; el cénit de la filosofía tuvo lugar en el mundo grecorromano, esto es, antes de la llegada del Islam. También hay que señalar una diferencia entre las ciencias racionales y las ciencias tradicionales: las ciencias racionales pertenecen a la esencia del ser humano, en tanto que las tradicionales son el producto de un contexto histórico que es propio y singular de cada cultura.
A modo de conclusión, se puede decir que con esta perspectiva sociohistórica de las ciencias, Ibn Jaldún trata de reactualizar la tradición intelectual musulmana para que, por medio de un conocimiento “holístico” que incluye lo tradicional y lo racional, lo práctico y lo teórico, la comunidad de fieles sea capaz de despojarse de errores y, de tal modo, fortalecerse. A esto, también es preciso apuntar:
[…] Ibn Jaldún reafirma la preeminencia de las ciencias tradicionales, por encima de las racionales, en cuanto a su eficacia social, moral y religiosa.5
1«El reino de Fernando III es a Castilla-León lo que el de su primo Luis IX [San Luis] a la monarquía francesa: una auténtica “época dorada”. La unión definitiva de las dos Coronas desde 1230 duplicó su capacidad ofensiva que permitió, en una seria de afortunadas campañas, la reconquista de las plazas clave al sur de Despeñaperros: Córdoba (1336), Jaén (1246), Murcia (1243, aunque no de forma definitiva) y, sobre todo, Sevilla (1248), la capital del más brillante reino de taifas.» (Mitre, E., Introducción a la historia de la E.M. europea, Ediciones Istmo, 2019, p. 215).
2«El contacto con el cristianismo y después con la filosofía griega obligó a los musulmanes a una reflexión racional sobre numerosos problemas. De ahí surgió lo que se ha denominado la “teología escolástica musulmana”, comprendida genéricamente bajo el nombre de kalam, que significa: método de raciocinio o arte de discutir. El kalam se inició en Damasco y se desarrolló después en Bagdad y Basora, en el actual Irak, pasando posteriormente al Califato de Córdoba. Junto a los mutakallimíes o teólogos o cultores del kalam, se hallaban los falásifa o filósofos, que especulaban sobre el universo en general.» (Saranyana, J-I., Breve historia de la filosofía medieval, EUNSA, 2010, pp. 62-63).
3Ibn Jaldún, Muqaddimah, p. 1035 [traducciones del árabe elaboradas por el Prof. Rafael Ramón Guerrero].
4Jaldún nos explica que los teólogos se pusieron a escribir sobre la carencia en Dios de atributos humanos. Esto dio pie a la aparición de una nueva doctrina, la Muatazila, la que llevó la negación de tales atributos a un extremo que se apartaba de la verdadera fe. Fue la Muatazila una “innovación” que hizo mucho daño, añade Jaldún, y para evitar esta difusión dañina los sunníes echaron mano de la racionalidad: «Esto fue causa de que los sunníes se pusieran a demostrar racionalmente estas creencias, para evitar la difusión de esta innovación.» (Ibn Jaldún, op. cit.).
5Artículo: “Las ciencias racionales de Ibn Jaldún: su clasificación y su rol en el desarrollo histórico de las civilizaciones” (Vivanco, L., Universidad de Zulia, p. 1)

A lo largo del siglo XII el Imperio bizantino entra en decadencia: ha sido derrotado ante los turcos y las ciudades comerciales italianas así como los normandos en Sicilia “heredan” su poder económico y político. Por añadidura, recién entrado el siglo XIII, en el contexto de la Cuarta Cruzada, los “latinos” toman Constantinopla (1204), siendo coronado emperador Balduino –conde de Flandes.
Buena parte de Grecia fue repartida en una serie de principados feudales y factorías mercantiles.1
Este “reparto” de Grecia hizo que los emperadores “latinos” tuvieran su autoridad efectiva limitada a la capital. La reacción de los bizantinos vino de la mano de los niceanos en el año 1261: la última dinastía del Imperio bizantino, los Paleólogos –varios miembros de esta familia habían huído a Nicea cuando los “latinos” tomaron Constantinopla–, lograron derrotar a los occidentales.
La dinastía de los Paleólogos, apoyándose en la ayuda económica genovesa, se hizo con el poder.2
Sin embargo, el poder de los emperadores “nacionales” sufría las mismas limitaciones que el de los “latinos”. A todo esto, hay que señalar que el Imperio bizantino había perdido Asia Menor en tanto que las esperanzas de una reunificación de la Iglesia de Roma y Constantinopla quedaban definitivamente perdidas.
1Mitre, E., Introducción a la historia de la E.M. europea, Ediciones Istmo, 2019, p. 274.
2Ibíd..

A lo largo del siglo XIII se consolida el poder “universal” del pontificado a pesar de las resistencias de un Imperio cuya debilidad resulta patente cuando tras la “Gran Guerra de Occidente” se agudiza en Alemania el conflicto entre güelfos y gibelinos1.
En los primeros años del siglo XIII la Santa Sede alcanza el cénit de su poder gracias al papa Inocencio III. Con él, la Santa Sede se convierte en el mayor poder de Europa y tal cosa despertará a la larga los recelos entre los monarcas cristianos.
Federico II, emperador y rey de Sicilia, se convierte en el adversario de la teocracia pontificia. Su intención no es otra que conseguir un poder “absoluto”, lo que le lleva a una guerra total con el papado. Sin embargo, el emperador fracasa después de que su ejército sufra una gran derrota ante Parma en 1248.
El fracaso de Federico II provoca un distanciamiento entre Italia y Alemania –la debilidad de Alemania es notoria–. Este vacío de poder que deja el Imperio es aprovechado en un primer momento por los angevinos con la coronación de Carlos –conde de Anjou y Provenza– como monarca de Sicilia en 1266. Pero la presencia angevina en Sicilia provocará una rebelión contra la ocupación francesa que en un futuro muy pŕoximo estará apoyada por una fuerza en auge: la corona catalano-aragonesa2.
1Los güelfos son partidarios de los papas y están enfrentados a los gibelinos, defensores de los emperadores de Alemania.
2“Con la ayuda de Pedro III de Aragón, los sicilianos expulsaron a los angevinos de la isla de Sicilia, derrotando a la flota de Carlos en la bahía de Nápoles en junio de 1284. Carlos estaba preparando una contraofensiva cuando murió.” (Wikipedia)

Los Capetos dominan la mayor parte del territorio francés después de la “Gran Guerra de Occidente”1. Luis IX (San Luis), que desprende la imagen de un caballero al servicio de las causas justas, consolida el reino francés de los Capetos: frena los intentos de expansión de los angevinos, acuerda con Jaime I –monarca catalono-aragonés– los límites del reino en el Midi (1258) y fortalece la estructura administrativa que había impulsado Felipe Augusto. San Luis muere en el año 1270 delante de los muros de Túnez en el contexto de la Octava Cruzada defendiendo un ideal en el que ya pocos confían.
[…] Con todas sus limitaciones y contradicciones, el reinado de San Luis pasó a considerarse como la verdadera época de oro de la monarquía francesa […]2
Con la derrota de los angevinos frente a los Capetos, aquéllos pierden la mayor parte de sus dominios en territorio francés, lo que provoca una anglificación de la monarquía inglesa. A lo largo del siglo XIII se conquistan nuevas libertades en este reino, sobre todo gracias a la “Carta Magna” y, después, la “Revolución”.
“Carta Magna” (1215)
Juan sin Tierra ha llevado, por decir así, a los angevinos a la derrota de Bouvines. Se produce un descontento generalizado contra el rey, lo que le obliga, dicho en pocas palabras, a firmar la “Carta Magna”, un documento que dota de mayor libertad a la Iglesia, establece límites a los compromisos feudovasalláticos entre el rey y los barones, da más garantías al comercio y ofrece mayor seguridad jurídicas a las personas.
“Revolución” (1258)
El sucesor de Juan sin Tierra, Enrique III, lleva a cabo una política que incumple lo establecido en la “Carta Magna”. El mal estar que esto produce junto con la derrota de Saintes a manos de San Luis, las malas cosechas y unas exigencias económicas desorbitadas por parte del Pontificado da como resultado el estallido de la “Revolución”. Al frente la “Revolución” está Simón de Montfort y éste acaba venciendo al monarca. Monfort patrocina en el año 1265 un nuevo Parlamento formado por barones, caballeros y burgueses –lo que puede considerarse como un precedente de la Cámara de los Comunes–. Pero la “dictadura” de Montfort no es capaz de salvaguardar el orden, lo que desencadena el descontento de un sector de la sociedad que se postula a favor del príncipe heredero Eduardo. Montfort es vencido por Eduardo y éste, por tanto, mantiene la autoridad real, mas coexistiendo su poder monárquico con la “Carta Magna” y el Parlamento.
1Las relaciones entre los Plantagenet y los Capetos se transformará rápidamente en la “Gran Guerra de Occidente”. Los Plantagenet, con Juan Sin Tierra y con el apoyo, entre otros, del Emperador Otón IV, se enfrentan a los Capetos de Felipe Augusto. La batalla de Bouvines (1214) resulta decisiva, siendo el vencedor Felipe Augusto, con lo que los Capetos pasan ahora a dominar tres cuartas partes del territorio francés –los angevinos siguen controlando el ducado de Aquitania–, lo que supone, a fin de cuentas, un cambio radical de las fuerzas en Europa Occidental.
2Mitre, E., Introducción a la historia de la E.M. europea, Ediciones Istmo, 2019, p. 210.

En torno a los siglos XI y XII destacan las monarquías occidentales de Francia e Inglaterra. Estamos en una época en la que los monarcas representan la cúspide de una pirámide feudal mientras que el poder descansa en los compromisos de fidelidad de los súbditos. Francia e Inglaterra mantienen una relación fundamentada en los vínculos feudovasalláticos.
La nueva dinastía de los Capetos inicialmente no logra extender su autoridad mucho más allá de París, pero se reviste de cierto prestigio sustentado, entre otras cosas, en el incipiente sentimiento nacional surgido de los recientes conflictos habidos con Inglaterra y el Imperio alemán. Por otro lado, en la batalla de Hastings (1066), el duque de Normandía, Guillermo el Conquistador –conocido también como Guillermo el Bastardo–, vence al rey inglés Harold, lo que significará, al cabo, el establecimiento de la dinastía normanda en Inglaterra. Guillermo como nuevo rey de Inglaterra logra conjugar las costumbres feudales con las instituciones de las comunidades anglosajonas y crea, con ello, el Estado más moderno de la época. Los sucesores de Guillermo mantendrán una política similar a la del fundador de la dinastía.
Pero después el poder normando es relevado, por decir así, por los angevinos:
Con Godofredo Plantagenet había de convertirse [el poder angevino] en una de las fuerzas políticas más importantes del territorio francés.1
El hijo de Godofredo, Enrique Plantaget llega al trono inglés (1154), teniendo ahora bajo su influencia un territorio francés equivalente en extensión a la mitad del reino de los Capetos. Estos últimos, los Capetos, están poco dispuestos a permitir la expansión de la dinastía de los angevinos, lo que desencadenará un conflicto que alcanzará su apogeo a principios del siglo XIII.
Como reyes de Inglaterra, los Plantagenet son independientes, pero en territorio francés son vasallos del rey de Francia, esto es, de los Capetos. Las relaciones entre los Plantagenet y los Capetos se transformará rápidamente en “la Gran Guerra de Occidente”. Los Plantagenet, con Juan Sin Tierra y con el apoyo, entre otros, del Emperador Otón IV, se enfrentan a los Capetos de Felipe Augusto. La batalla de Bouvines (1214) resulta decisiva, siendo el vencedor Felipe Augusto, con lo que los Capetos pasan ahora a dominar tres cuartas partes del territorio francés –los angevinos siguen controlando el ducado de Aquitania–, lo que supone, a fin de cuentas, un cambio radical de las fuerzas en Europa Occidental.
1Mitre, E., Introducción a la historia de la E.M. europea, Ediciones Istmo, 2019, p. 196.

Ya habían quedado atrás los tiempos en que el Imperio de Carlomagno representaba la ortodoxia cristiana. La decadencia del mundo carolingio trajo más libertad al papado. Sin embargo, con los primeros emperadores del Sacro Imperio Romano de la casa de Franconia (ss. XI-XII), el cesaropapismo1 que estos practicaban impulsó, por decir así, la reforma gregoriana. Esta reforma pretendía, entre otras cosas, eliminar las injerencias de los poderes temporales en la vida eclesiástica. El papa Gregorio VII había lanzado en el año 1075 su “Dictatus Papae”, con el que exponía su afán de poder “universal” –si se prefiere, “absoluto”: sólo él merecía ser llamado “universal”; sólo él podía legislar la Iglesia; sólo él podía nombrar y deponer obispos; sólo él podía deponer al emperador; sólo él podía liberar a los súbditos del juramento de fidelidad a un soberano indigno.
Cuando Gregorio lanzó el referido “Dictatus Papae”, el emperador, Enrique IV, pidió que el pontífice abdicara. Pero el papa, lejos de abdicar, excomulgó al emperador. Así se inició un conflicto entre gregorianos y antigregorianos que iba a perdurar en el tiempo más allá de la vida de estos dos personajes. Los sucesores de Gregorio lograron fortalecer sus posiciones y Urbano II reforzó el prestigio del pontificado promoviendo la Primera Cruzada (1095). Después tuvo lugar el Concordato de Worms (1122), donde se trató de limar las diferencias entre el poder papal y el poder imperial, pero el conflicto siguió abierto y, de este modo, Alemania vio como los papistas encabezados por la familia Welfen (duques de Baviera) se enfrentaban a los imperialistas representados por la familia Weiblingen (duques de Suabia). Esta confrontación se trasladó a Italia (güelfos y gibelinos). En la segunda mitad del siglo XII, el emperador Federico I (Federico Barbarroja) se enfrentó militarmente y sin éxito al papa Alejandro II en territorio italiano.
Federico comprendió bien la dura lección. Se imponía la concordia con el pontífice […] y las ciudades italianas.2
1«El “cesaropapismo”, un término acuñado por la sociología política y de la religión de Max Weber en su obra Economía y sociedad, hace referencia a la subordinación de los eclesiásticos al poder secular, cuando el líder político ejerce también la autoridad
2E., Introducción a la historia de la E.M. europea, Ediciones Istmo, 2019, p. 188.

De las Cruzadas se han dado dos interpretaciones opuestas: una, que observa la expresión fanática de una sociedad; otra, que ve el intento de llevar a cabo un ideal cargado de “buenas intenciones”. La oposición de estas dos interpretaciones a dado pie a un apasionamiento, por decir así, histórico, o sea, a intensos debates sobre esta cuestión.
Las Cruzadas fue, dicho en pocas palabras, un movimiento que llevó a los occidentales a la Siria musulmana con el objetivo de rescatar los Santos Lugares. Se han estudiado las Cruzadas partiendo de tres puntos de vista: a) El transfondo material: se supone una reapertura económica en el Mediterráneo a los occidentales y un primer movimiento colonizador europeo; b) Las expediciones de socorro: se trataba de socorrer al Imperio Bizantino, viendo los papas una oportunidad de unir “espiritualmente” Roma y Constantinopla; c) La psicología colectiva: se examinan los aspectos psicológicos del colectivo cristiano occidental que se vio llamado a las Cruzadas.
En el Concilio de Clermont (1095) el papa Urbano II puso en marcha la Primera Cruzada. En ella se concitaban, entre otros ideales, la cuestión de la guerra justa contra los infieles y el deseo de alcanzar el Jerusalén celestial por la vía de la Jerusalén terrestre. Tanto las masas populares como los caballeros –buscaban fortuna algunos miembros de las grandes familias de la nobleza europea– se vieron impulsados a participar a la aventura de ultramar.
En 1099 el ejército cruzado mandado por Godofredo de Bouillón –duque de la Baja Lorena– tomó Jerusalén a los musulmanes. Fueron numerosas las victorias y las conquistas occidentales, lo que dio lugar a cuatro pequeños Estados: El reino de Jerusalén, el principado de Antioquía y los condados de Edesa y Trípoli. La defensa de estos territorios corrió a cargo de las Ordenes Militares1, las cuales tenían como fundamento constitutivo la ascesis eclesiástica y el ideal de caballero.
Al ser Edesa recuperada por los musulmanes en el 1144, hizo que San Bernardo predicara la Segunda Cruzada. Esta Cruzada estaba encabezada por el rey de Francia Luis VII y el emperador alemán Conrado III. El fracaso fue rotundo ante los muros de Damasco. A partir de este momento se debilitaron las posiciones latinas de ultramar, sobre todo porque Siria y Egipto se unificaron bajo la dirección del kurdo turquizado Saladino. La caballería franca fue aplastada en la batalla de Hattin y Saladino tomó la mayor parte de las fortalezas latinas, incluida Jerusalén.
Se proclamó la Tercera Cruzada, con la que se evitó el desplome definitivo de la Siria franca. Ricardo Corazón de León apuntaló posiciones en Tierra Santa, teniendo como centro político San Juan de Acre. Sin embargo, Jerusalén se dio definitivamente por perdida.
Después, en el sigo XIII, se iban a proclamar nuevas Cruzadas, pero éstas serían una expresión degenerada de las anteriores, acumulándose derrotas cristinas de toda índole. Digamos que en este siglo acababa “trágicamente” la aventura de ultramar2.
1Orden de San Juan, Caballeros del Temple, etcétera.
2Lo aquí expuesto lo puede encontrar el lector con más detalle en: Mitre, E., Introducción a la historia de la E.M. europea, Ediciones Istmo, 2019, pp. 175-182. También recomiendo las conferencias de Jaime Aznar realizadas en la asociación cultural “Raíces de Europa”. Para quien quiera profundizar en la batalla de Hattin está disponible la estupenda conferencia “Los Cuernos de Hattin” de Fernando Quesada realizada en la Fundación Juan March.

Hay que seguir avanzando. ¿Hacia dónde? No te bloquees, examina “tú” vida y “la” vida, pues una vida que incluye el “tú” y “la” sin examen, que diría cualquier remedo impertinente de Sócrates, no merece la pena ser experimentada por un “ser” humano. ¿Ser humano? Un experimento que avanza por un desierto que siempre crece.
El deseo tiende a fracasar, y hay tanto fracaso que se hace imprescindible la prudencia, pues ella, en efecto, evita, diríamos, alguna que otra derrota. Un buen consejo: sé prudente. Otro buen consejo: no te duermas en los laureles. Y otro más, que es gratis: sigue avanzando. ¡Ay, qué fácil es dar consejos, así, sin más! Se supone, sí, que un buen consejo encierra cierta sabiduría. Ya. Pues sinteticemos todos estos consejos con la locución “Festina lente” que bebía Augusto de la sabiduría griega (σπεῦδε βραδέως). Cuánta belleza hay en la contradicción, en la antítesis, en… lo simple. Tan simple que resulta increíble, más todavía, imposible. ¿Lo simple? No existe como tal, pues es sólo el resultado del límite de la propia sabiduría. La sabiduría, por si alguien se había olvidado, es un deseo que no deja de fracasar una y otra vez.
Hombre prudente, ¡qué virtuoso eres desde un punto de vista aristotélico! Tú, hombre prudente, que huyes de los dos extremos y te precipitas por el sumidero del término medio, ¿qué haces ahí ahogándote con tus propios excrementos racionales? Levanta la cabeza, busca dónde agarrarte y sigue avanzando, aun cuando ya nadie cree en ti. Sí, ya lo sé, no resulta fácil cuando los tiempos nos traen una IA con ínfulas de humanidad que se cuece en la red de redes. Pero sigue avanzando, pues si no, ¿cómo vas a recibir los honores de la apoteosis?

Constantino veía en el cristianismo la oportunidad de tener una base ideológica con la que cohesionar el Imperio. A parte de promover la tolerancia religiosa, este emperador realizó una aproximación personal a la doctrina cristiana: intervino en las disputas teológicas que amenazaban a la Iglesia y que, en justa consecuencia, afectaban negativamente a los intereses del Imperio. De estas disputas teológicas surgió el Concilio de Nicea (325), en el que participaron cerca de trescientos obispos. La doctrina del presbítero Arriano, que negaba la naturaleza divina de “Cristo” por haber sido éste “creado” por el Padre –“Cristo”, según la lógica de Arriano, no puede ser divino porque no es “eterno”, sino “creado”–, fue rechazada en tal Concilio, donde, además, se definió la fórmula ortodoxa: el Hijo es consustancial al Padre, pues ha sido engendrado –no creado–, y de la misma naturaleza divina.
La manzana de la discordia era la interpretación de la naturaleza de Cristo como hijo de Dios, cuestión muy debatida entre los cristianos de la época, porque podía llevar a la conclusión de que se trataba de un simple mortal.1
Constantino, por decir así, sancionó el Concilio de Nicea, pero luego su hijo Constantino II hizo todo lo contrario, a saber, favoreció el arrianismo en tanto dejaba que la doctrina católica fuese considerada herejía. Pero, al cabo, con Teodisio I se declararon herejes a los arrianos y quedó establecida la doctrina católica en el año 381.
El donatismo surgió en Cartago y se extendió por todo el norte de África. Era un movimiento formado por seguidores del presbítero Donato. Los donatistas se desviaban de la ortodoxia en dos principios: 1) consideraba que la Iglesia debía estar compuesta únicamente por fieles puros (‘katharoí’); 2) los sacramentos (v.g. el bautismo y la penitencia) sólo tenían validez si eran administrados por miembros puros de la Iglesia. Donato murió en el 335, pero el “cisma” continuó vigente hasta los primeros años del siglo V.
[…] un edicto del emperador Honorio (405) condenaba a los donatistas como herejes, dándose por hecho su vinculación con el movimiento ‘circuncelión’.2
1Melero, R. L., Breve historia del mundo antiguo, UNED, 2015, p. 447.
2Salinero, R. G., Manual de iniciación a la historia antigua, Editorial UNED, 2022, pp. 507-508. El movimiento ‘ciruncilión’ surgió en Numidia (Norte de África). Se trataba de un movimiento social que aglutinaba, entre otros, campesinos descontentos, plebe urbana, colonos, esclavos fugitivos, etcétera. Eran rebeldes que se apoyaban en la base ideológica donatista. San Agustín consideraba que los ‘circunceliones’ querían atentar contra los intereses de la Iglesia y de los grandes propietarios rurales.