
Una ola
Llevé mis pasos a la orilla del mar,
allí donde la arena toca el agua.
Mansa, una ola, como curioso retoño,
arrastró su espuma hasta tocar mi piel.
Luego se alejó,
para después regresar,
con su mansa transparencia,
a tocar la planta de mis pies.
Después escapó ligera,
de nuevo hacia el fondo del mar,
y regresó una y otra vez,
mimándome con su frío tacto.
Distraído alcé la vista,
al inmenso azul que con el azul se toca,
y escuché al asombro inquieto…
Porque el mar me adula
con su suaves sus murmullos.
¡Cómo grita al romper contra las rocas!
¡Cómo juega con las gaviotas!
¡Cómo asusta su fría mirada!
¡Cómo vuelven los recuerdos entre olor a salitre!
¡Cómo quiebra su desdén!
¡Cómo brilla,
cómo brilla en la noche el oscuro y revuelto cristal!
Entre tanto, la mansa ola ya cubría mis pies.
Tan graciosa la veía
que quise acariciarla;
mas ella huyó.
La seguí con mi mano extendida.
La ola retrocedía,
retrocedía,
retrocedía como nunca antes lo había hecho;
yo la seguía,
la seguía,
la seguía con inocente juego.
La seguí en su repliegue
por donde las conchas huían de mis pasos,
por donde los peces dejaron sus sombras;
entonces levantó, furiosa, su cresta de espuma
por encima de mis hombros
hasta hacerme caer.
Me revolvió con su húmedo baño,
deseando llevarme consigo
hasta las entrañas del frío cristal.
©F. Urien
