Categoría: Medios
Quién le pone el cascabel al periodismo feminista
Los filósofos y las filósofas no podemos hacer gran cosa por cambiar el mundo, pero quizás sí podemos aportar algo de clarificación conceptual, que siempre tiene implicaciones políticas. Podemos poner así nuestra de-formación profesional al servicio de determinadas causas en orden a lograr la transformación social.
Celia Amorós
En la reunión de periodistas feministas, todas con trayectoria larga de profesión y activismo en cinco países a ambos lados del Atlántico, la pregunta queda en el aire: “¿Para qué queremos definir el periodismo feminista?”. La cuestión no puede ser más pertinente, pues obliga a retratarse: conceptualizar es politizar, como recuerda siempre Celia Amorós. Politizar en el contexto de una guerra contra las mujeres (síntoma del fracaso del estado diagnosticado por Rita Segato) se convierte en autodefensa. He ahí una buena razón. Surge en la discusión la cuestión del borrado de las mujeres que ciertas teóricas españolas difunden en Latinoamérica, sin entrar en su sesgo de clase o en el contexto de lucha por el poder que lo impulsa. Pienso en la desmesura de hablar de borrado allí donde las mujeres no se ocultan: se exterminan.
En vez de desalojar este miedo sin contemplaciones, cabe preguntarse si esta cuestión del borrado resulta útil a la hora de intervenir en el campo periodístico español y no allí donde la realidad lo desborda. Y hacerlo desde una cuestión práctica, concreta, más que desde presupuestos evanescentes como la supuesta cooptación queer de las políticas feministas y sus espacios de contrapoder. Propongo una: la clasificación de medios como ‘El Confidencial’, ‘El Independiente’ o ‘El Español’ bajo el epígrafe FEMINISMO, en el directorio de medios digitales Proyecto Oasis. El Project Oasis Media Directory registra de momento más de 3.000 nativos digitales en 68 países de Europa, Norteamérica y Latinoamérica. Se trata de un mapeo financiado por Google (a través de su Google News Initiative) que llevaron acabo una serie de organizaciones de reconocido prestigio en el ámbito del periodismo.
La sorprendente clasificación –repetimos: ‘El Confidencial’ bajo el epígrafe FEMINISMO–, alude a la existencia de contenido sobre dicha materia, o sea, a la mención. Como si hubiera medios que dejaran pasar hoy el engagement que produce la temática feminista, sobre todo para desautorizarla. El feminismo se ha convertido en un producto mediático más, disponible para su inserción en estéticas, retóricas y marcos de todo tipo. Desde este punto de vista, pocos medios mainstream pueden ser acusados hoy de perpetrar el temido borrado de las mujeres, pues son cada vez más las que pasan por sus páginas, impresas o digitales, siempre más en las páginas blandas que en las duras. De hecho, dos de los medios españoles mencionados, habitualmente encuadrados en una zona más declaradamente neoliberal del espectro político, no solo aparecen como productores de contenidos sobre feminismo sino también sobre GÉNERO.
La elusión de la perspectiva de género, anclaje único del periodismo feminista en el mainstream, favorece la mera visibilidad de las mujeres –de unas pocas, mismas mujeres con poder que como tal son exhibidas– como requerimiento del buen periodismo. Convertido en una temática más, género y feminismo quedan desactivados como herramienta de intervención profunda en la producción periodística. No queda claro si en la clasificación del Proyecto Oasis han sido deshonestas las cabeceras o debemos achacar esta vía de agua a otras ingenierías. ¿Quién está detrás de este proyecto y para qué ha sido puesto en pie?
Todos feministas en el Proyecto Oasis
El Proyecto Oasis se propone analizar el modelo de negocio de los nuevos y no tan nuevos medios digitales (suscripciones, donaciones, anuncios, eventos) y rastrear qué innovaciones en contenido, formatos o difusión les permiten sufragarse y generar beneficios. Los datos que se han obtenido son, sin duda, valiosos, por ejemplo la visibilización de los miles de pequeños medios locales que se dedican a la información de servicio público, un movimiento estratégico que no puede más que crecer frente a la ingrata realidad ficción que reproduce el mainstream mediático.
Evidentemente, el interés de Google News Initiative por la información no es gratis. Aunque resulta difícil encontrar una visión crítica al respecto de la masiva inversión de dólares del monopolio tech en medios de comunicación españoles (no hay cabecera relevante en la que no haya financiado formaciones o formatos), la investigación académica sí aclara términos. En noviembre de 2023, la revista ‘Media and Communication’ publicó en abierto una investigación sobre la infiltración de Google News Initiative en medios de África y Medio Oriente. Los investigadores advierten de que no pudieron recoger datos en todos los medios deseados, pues muchos habían formado un acuerdo de confidencialidad con Google. Otros temieron perder la financiación del gigante tecnológico, crítica para sus supervivencia.
La conclusión del estudio es clara: “Esta iniciativa erige una infraestructura de poder y dependencia que conlleva riesgos para la innovación responsable en periodismo”. Resumiendo. La financiación y becas de Google News Initiative promueve la adopción de soluciones tecnológicas a los problemas de los medios de comunicación. De esta manera, las infraestructuras de los medios financiados pasa a depender absolutamente de los gigantes de la tecnología conocidos por todas. Además, al externalizar operaciones tecnológicas que el personal de los medios, infrapagado y infraformado, no puede implementar, impide a dichos profesionales adquirir el conocimiento que podría reducir su dependencia mas allá del nivel infraestructural.
Este mismo año, la prestigiosa revista ‘Digital Journalism’ publicó un estudio en 120 países de un investigador del Centre for Media, Technology & Democracy de la Universidad McGill (Montreal) que sostiene prácticamente lo mismo: que las plataformas tratan de capturar a los medios a través de la infiltración de tecnología en la estructura de sus operaciones y que la falta de transparencia en todo este proceso es preocupante.
La desinteresada amistad de Google
Las investigadoras de la Universidad de Pamplona Clara González- Tosat y Charo Sádaba-Chalezquer analizaron la inversión de Google en medios europeos entre 2016 y 2020 y advirtieron sobre la falta de transparencia de la compañía y la “alarmante escasez de información al respecto de la continuidad y las condiciones de financiación de cada proyecto”. Esta dejadez puede conectarse con algo que escribió Cristina Pauner Chulvi, profesora de Derecho Constitucional en la Universidad Jaume I, en la ‘Revista de Derecho Político’ de la Uned en 2022:
“Por un lado, Google se transforma en mecenas que ayuda a financiar la producción de noticias pero, por otro, mantiene su negativa general a pagar por el contenido periodístico mientras selecciona los medios a los que sí apoya, dictando los términos y condiciones en acuerdos reservados”. En el estudio navarro se subrayaba cuáles eran los proyectos mediáticos más interesantes para Google: los relacionados con la inteligencia artificial, la gestión y flujo de datos y el desarrollo de interfaces.
Un estudio de la Universidad de Chipre presentado en noviembre de 2023 en la conferencia ‘Digital Plattforms and Democracy’ estudió, entre otros aspectos, 620 casos de éxito en la implementación de herramientas desarrolladas por Facebook Journalism Project y Google News Initiative en medios de todo el mundo. Sus resultados preliminares indicaron que la alfabetización en el entorno de los datos se ha convertido en un prerequisito para la práctica del periodismo, lo que en contrapartida produce una dataficación de las identidades profesionales y conduce a los periodistas a prestar atención a las herramientas, prácticas y soluciones facilitadas por las innovaciones de las ‘big tech’. Además, estas son asumidas como soluciones que facilitan su trabajo diario y no como promotoras de noticias de calidad.
Desde Alphabet y Google, este desembarco masivo en todas las dimensiones de la industria de la información se justifica como un intento de la plataforma para facilitar el acceso universal a las noticias. En octubre de 2020, se publicó un comunicado de la compañía en el que Sundar Pichai, CEO, proclamó que una de las misiones de su compañía era “organizar la información en todo el mundo”.
La literatura académica sobre el asunto sigue y sigue. Para muy cafeteros, citaré el libro ‘Google, the Media Patrón. How the Digital Giant Ensnares Journalism’ que se puede descargar gratis online. Es un proyecto de la Otto Brenner Foundation publicado en 2020 escrito por un investigador, Alexander Fanta, que recibió dos becas de Google para investigar en el Reuters Institute for the Study of Journalism de la Universidad de Oxford y trabajar en el departamento de desarrollo de producto del periódico ‘Neue Zürcher Zeitung’.
“¿Qué pretenden sacar Google de esto?”, se preguntó Fanta. Su investigación concluye todo lo ya dicho y cosas tan interesantes como que Google News Initiative no suele financiar organizaciones sin ánimo de lucro ni start-ups, sino compañías comerciales ya influyentes y, especialmente, las grandes editoras, que son las que obtienen las grandes sumas (‘Der Spiegel’ en Alemania, Prisa en España). También que la industria está perdiendo su capacidad para autoanalizarse y reflexionar sobre sí misma debido a la financiación que reciben de Google tanto investigaciones como organizadores de seminarios y conferencias.
La siembra de medios de Google
Volvamos al Proyecto Oasis y a SembraMedia, la organización que recolectó los datos en los países de habla hispana para su ambicioso directorio. SembraMedia, una organización sin ánimo de lucro dedicada a “impulsar la sostenibilidad de medios digitales para fortalecer su independencia editorial”, fue creada en 2015 por la periodista y consultora estadounidense Janine Warner. Según su informe de cuentas de 2022, un 24,35% de sus ingresos procede de subvenciones y un 75,64% de contratos, suponemos que para impartir formaciones, efectuar mentorías y crear seminarios y eventos alrededor de las soluciones tecnológicas al alcance de las redacciones. Lo hace en un contexto de precariedad extrema. Según indica la investigación del proyecto, los medios digitales latinoamericanos obtienen de media unos beneficios anuales de 159,825 dólares, mientras que los europeos alcanzan los 649,951. En 2022, los investigadores Waisbord, Amado y Márquez-Ramírez vincularon los emprendimientos digitales del continente con una rampante precarización.
El equipo de SembraMedia se compone por una abrumadora mayoría de mujeres y la organización ha contribuido a impulsar numerosos medios digitales feministas en Latinoamérica gracias a Metis, una iniciativa que tuvo al menos tres generaciones de patrocinadas con formaciones y mentorías en tecnología aplicada a la información. En el website que explica el desarrollo del proyecto, no se menciona explícitamente la autoría del diseño del cuestionario que recoge los datos que alimentan el directorio. Se entiende que SembraMedia está a cargo del que se utilizó en España, pues se precisa que existe una versión distinta confeccionada para Estados Unidos y Canadá.
Entremos en la cuestión: el directorio no incluye la perspectiva de género como categoría de análisis medular, pese a las recomendaciones internacionales (de Naciones Unidas al Pacto Mundial del que resultaron los Objetivos de Desarrollo Sostenible) para que los medios de comunicación la asuman para incrementar la calidad de la información. El mainstreaming de género ya no es un presupuesto cosmético en el Banco Mundial, con su propia Estrategia de Género 2024-2030, o el Fondo Económico Internacional, actualmente en la segunda de las tres etapas diseñadas para incorporar la perspectiva de género en todas sus operaciones. Sin embargo, en las iniciativas relacionadas con la innovación y la tecnología esta suele continuar ausente. El Proyecto Oasis sí desagregó por sexo el dato de los emprendedores de medios: un 54% en Latinoamérica y un 58% en Europa cuentan con mujeres en su equipo fundador. Son, además, las cabeceras que alcanzan mayores beneficios al final de cada ejercicio.
La perversión al respecto del género y el feminismo en los resultados del Proyecto Oasis va un poco más allá de su invisibilización. El diseño del cuestionario que recogió datos sí atiende a estas dimensiones clave para la democratización de la información, pero como un contenido mediático más, sujeto a la política editorial de cada cabecera. Los medios de comunicación que publican informaciones que tienen que ver con el género o el feminismo marcaron con una cruz la casilla correspondiente al género o el feminismo. Independientemente de si dichas informaciones asumen o no la perspectiva de género o los valores feministas.
Patriarcales y feministas
Como decía, esta grieta en el diseño del cuestionario que alimenta el Proyecto Oasis explica hallazgos verdaderamente rocambolescos en su directorio, como que medios abrumadoramente patriarcales en sus enfoques, con un equipo directivo compuesto mayoritariamente por hombres y tantas veces además virales por sus posiciones antifeministas aparezcan clasificados como sensibles al género o al mismo feminismo. En otros casos, quizá sean las secciones nicho, en las que se mezclan emprendedoras con recomendaciones de moda y cosmética, las que justifican tal clasificación, aunque la perspectiva de género esté ausente del grueso de las informaciones.
Cualquiera que trabaje hoy en medios mainstream percibe claramente el retroceso, cuando no claramente rechazo, que experimenta la perspectiva feminista y los análisis de género aplicada a la información. Ya no se celebra como un atractor de tráfico y lectores, sino que se banaliza y se deslegitima como el ingrediente principal de la importada ideología woke. Las empresarias, financieras y estrellas del show business han dejado de declararse feministas. No se escucha ni el mantra de su versión más liberal: el empoderamiento. Ha quedado, si acaso, como acicate para la industria del bienestar y la mejora personal, el autocuidado y el coaching.
Cabe preguntarse si, entre las muchas incógnitas que suscita la masiva financiación de Google a los medios de comunicación, habríamos de añadir cierta resistencia a admitir la perspectiva de género como indicador de la calidad informativa de las cabeceras y, por tanto, como clave de análisis de su desempeño empresarial. Como sabemos, no se trata de sumar al torrente de publicaciones diarias la reglamentaria dosis de casos de violencia de género, tantas veces tratados como sucesos, o polémicas feministas polarizantes. Tampoco de jalear los éxitos de las mujeres excepcionales que entran en el flujo informativo en calidad de fetiche del tokenismo.
Parece que sí, que hace falta trabajar en una definición operativa aquí y ahora de periodismo feminista que asuma la complejidad de un contexto que desborda la cuestión del borrado de las mujeres e incluso la perspectiva de género, reducida al ‘engagement’ de la violencia sexual. Mientras la teoría feminista explora las posibilidades para la supervivencia que ofrece un sujeto más allá del antropocentrismo, en el periodismo mainstream necesitamos hacer trinchera alrededor de una óptica saturada, sobrepasada y tantas veces vaciada que las big tech, directamente, desalojan. La maquinaria mediática nos obliga a dar debates resueltos hace décadas (libertad sexual, aborto, vocación doméstica…), subidas todas en la ola obligatoria de la viralidad. Ya no es una decisión editorial, dicen, sino la democracia digital. Como si la materialidad algorítmica no fuera producto de un entramado extractor patriarcal-capitalista que, a través de las infraestructuras mismas, permite existir a esos grandes medios.
El periodismo mainstream está roto
Fuera del terreno mainstream, práctica del periodismo feminista ha infiltrado a modelos de negocio, organización de la redacción y organización temática de los contenidos, como vemos en ‘Píkara Magazine’ o ‘El Salto’. Se ensaya, además, el arraigo en proyectos como ‘La Poderío’ y su periodismo situado en Andalucía. Sin embargo, estos avances no parecen trasladables a los grandes medios, pese a que pongan a mujeres en labores de dirección. Cabe preguntase entonces si la perspectiva de género como nicho temático es el techo al que pueden aspirar las feministas que pretendan ejercer el periodismo para una inmensa mayoría. Intervenir más allá del contenido se antoja utópico en un momento en el que la herramienta género parece haber perdido potencia crítica o dinamismo transformador, también porque la tensión feminista en la calle ha cedido y un giro cultural neoconservador refrenda el talante de la mayoría de los editores y sus fiadores, sean bancos o fondos de inversión.
La investigación académica apunta ya a algunos caminos de desconexión de la práctica mainstream del periodismo que puedan hacer justicia al feminismo, entendido de manera al menos interseccional. Desde la Universidad de Örebro (Suiza), Peter Berglez defiende un periodismo que gire alrededor de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, de tal forma que oriente la producción de noticias conforme una nueva normatividad y valores. Esto requeriría «colaborar y a la vez destruir el periodismo mainstream«. El mismo Berglez problematiza la viabilidad económica de este modelo y la capacidad de atraer a los lectores en un sistema mediático en el que prolifera la información basura y el espectáculo. Jairo Lugo-Ocando, desde la Universidad de Sharjah (Emiratos Árabes Unidos) pero informado por la experiencia mediática latinoamericana, vislumbra un panorama negro para la sostenibilidad económica y legitimidad democrática de los grandes medios, por no hablar del creciente número de asesinatos de periodistas en zonas en emergencia y guerra. Habla de un «momento de fractura en la manera tradicional de producir noticias» y defiende un periodismo entendido como práctica social: colaborativo, participativo, orientado al bien común.
En ambas polaridades, la que se piensa desde el corazón financiero de Europa y la que llega desde territorios expoliados, se echa en falta más intervención de la conceptualización feminista aplicada al periodismo. En un momento en el que las viejas estructuras rechinan, podemos trabajar para reforzarlas a condición de reorientarlas (el conocido proyecto de la perspectiva de género) o reinventarlas total o parcialmente, con propuestas teóricas que afirmen prácticas posibles que, seguro, se están produciendo ya. Mientras, los titulares que deshumanizan, se sirven de la violencia sexual para el clicbait morboso y omiten el sujeto agente de los asesinatos de mujeres para obviar su naturaleza estructural en la cultura, continúan.

Feminismo del PSOE vs. feminismo de Podemos
«A menudo la teoría feminista prescinde de los hechos concretos que conforman las vidas de las mujeres y se limita a anunciarles, desde su pedestal, cuál es el verdadero sentido de sus vidas. A la mayoría de las mujeres estas pretensiones les traen sin cuidado. Tienen demasiado trabajo que hacer»
Amia Srinivasan
Hace diez años que comenzó este blog, con aquellas bragas que Cristina Pedroche muy oportunamente mostró en Nochevieja. Lo abrí como una especie de registro de lo que podía obrar la teoría feminista en mí, pues entonces cursaba un master en la muy canónica Universidad de Oviedo. No acudí a aquel posgrado por una necesidad personal de sanar nada o una vocación activista tardía, sino por pura necesidad profesional. Coincidió con la ‘celebritización’ del feminismo, con Beyoncé primero y el #MeToo después, y la teoría feminista se convirtió en un ‘tema’ en las revistas femeninas donde escribía. Las millennials venían equipadas con nuevos conceptos que y necesitaba formación para escribir con tino. Tuve suerte, porque aquel master me llevó mucho más lejos de lo previsto, mucho más allá de vender diez o doce articulitos sobre las estrellas del pop y sus manifiestos. Me capturó la teoría, por su poder para crear desorden crítico en el presente, y el deseo de teoría me llevó a la filosofía. Qué suerte haber encontrado, a estas alturas, una pasión tan exigente y tan bella.
En estos diez años el feminismo ha dado un vuelco, dicen, aunque quiero pensar que, si se produjera otra sentencia judicial como la de ‘la manada’, las mismas o más saldríamos a las calles a clamar como una contra aquel juez que veía “jolgorio” donde había violencia. Sí se ha vuelto un movimiento más complejo y teóricamente exigente, aunque suela llegar a los medios de comunicación y las redes sociales reducido a eslóganes. Sorpresa: el periodismo pocas veces recoge la densidad de los conceptos de los que se sirve. Siempre puede existir un punto de contacto y alianza entre las distintas corrientes del feminismo, aunque sea el mínimo común denominador de la epistemología feminista que es el perspectivismo: no existe una verdad abstracta universalmente infalible, sino perspectivas situadas que, junto a otras, trabajan para construir algo parecido a una objetividad débil. En este sentido, defender una jerarquía entre las distintas corrientes del feminismo no parece pertenecer al feminismo mismo sino al mercado y sus reglas de la competencia.
En España, si llegas al feminismo a través de la universidad, de la academia, asumes la tradición europea del feminismo de la igualdad, sus autoras y bibliografía. Seguimos el camino que trazó desde 1987 la filósofa Celia Amorós con su seminario Feminismo e Ilustración, en el que se formaron algunas de las filósofas que, subsiguientemente, se embarcaron en la tarea de influir en el poder, la mayoría a través de sus clases en la universidad (prácticamente han copado las plazas de titulares relacionadas con el género) y sus libros y otras desde instancias políticas promovidas por el PSOE, como el Instituto de la Mujer o el Ministerio de Igualdad. El ejemplo más evidente de esta alianza entre poder político y feminismo es el de Amelia Valcárcel, consejera de Educación, Cultura, Deportes y Juventud en el Gobierno asturiano a principios de los años noventa y durante más de 20 años miembro del Consejo de Estado. Pero también tenemos a Nuria Varela, primera directora de gabinete del Ministerio de Igualdad del Gobierno de España en 2008 y, hasta hace nada, directora general de Igualdad de la Xunta del Principado y del Instituto Asturiano de la Mujer. Fue denunciada por violencia psicológica, con “amenazas, insultos, presiones, descalificaciones” por las trabajadoras del servicio. Estas mujeres y el feminismo que defendieron han tenido la hegemonía de los sentidos feministas durante lustros, sobre todo en lo que a desarrollo legislativo, visibilidad e influencia se refiere.
El feminismo de los derechos para las mismas
El feminismo ilustrado, el feminismo de la igualdad, es funcional al mundo en el que muchas hemos estamos inmersas, el mediado por las aspiraciones y deseos de una clase media abundante y medianamente satisfecha. Conforme ese mundo ha ido desapareciendo y se ha abierto espacios digitales disponibles para las otras, muchas hemos comprendido mejor las reclamaciones que la interseccionalidad hacía al universalismo ilustrado, para el que la distinción de género lo es todo. Dicho feminismo defiende los valores ilustrados, autonomía, libertad, igualdad, y denuncia prejuicios, estereotipos y esencialismos biológicos bajo la premisa de una única dominación originaria, por así decirlo: la patriarcal. Pero, ¿cómo no hacer distingos entre las mismas mujeres, si una limpia la casa que otra apenas pisa para dormir porque su carrera va embalada? La teoría feminista europea suele ser territorio confortable para nosotras y, de hecho, ancla en el empoderamiento individual (creo que muchas pasamos por una fase de ‘policía del feminismo’ muy lamentable); cierta deconstrucción, muy limitada, de la heteronorma y el amor romántico; la fijación por el acceso a las instancias de conocimiento y poder a través de cuotas y la ruptura del techo de cristal y el reconocimiento de la violencia machista como fenómeno estructural en la sociedad.
El momento fuerte de la elaboración teórica de Amorós y sus discípulas, el derecho a la individuación de las mujeres, coloca en el centro a las mujeres adiestradas en el ser-para-los-demás e ignora la agencia de las las que se han individuado a fuerza de tener que sobrevivir, por ejemplo en la prostitución. Su objetivo es liberar a las mujeres de la “sobrecarga de identidad” (una conceptualización de Michèle Le Dœuff) que las encierra en un destino, para permitirles realizar un proyecto de vida libre de violencia y verdaderamente autónomo. A estos presupuestos de base se han ido sumando matizaciones, como la que realiza el ecofeminismo que en España defiende Alicia Puleo, donde queda expuesta la escisión de la naturaleza de este sujeto fuerte que pertenece tanto a la ilustración como a la modernidad. Puleo también señaló la distinción entre patriarcado de coerción y de consentimiento, muy útil. Amelia Valcárcel subrayó especialmente las particularidades de la misoginia romántica y su ascendiente en la conformación de la cultura patriarcal, consignó el derecho al mal de las mujeres y denuncia la ley del agrado que lleva a las mujeres a plegarse a las expectativas de la mirada masculina. Últimamente, también que se esta suplantando la agenda feminista por planteamientos poscoloniales, considerados por ella relativistas, o las demandas de las culturas queer.
Ya desde finales de los 90, desde las organizaciones de base y los movimientos sociales se señalaron las costuras de este feminismo académico e institucional, incapaz de ver con sus gafas moradas a muchas de esas mujeres que decían representar. Somos las que leímos a Beauvoir sin deslumbrarnos, pero sentimos cómo un rayo nos partía al leer a Sojourner Truth, cuando reclamaba a las feministas blancas: “Acaso no soy yo una mujer”. Es la misma reclamación que han hecho las obreras, las lesbianas, las trans, las neurodivergentes, las kellys, las prostitutas, las migrantes, las musulmanas, queers y gordas, siempre con un pie en lo monstruoso y otro en el fetiche de la heteronorma. El haz de percepciones que constituye a un sujeto ha encontrado en la teoría muchas maneras de llamarse, más allá de ese sujeto verosímil de Amorós que resuelve la escisión obrada por el patriarcado. Teresa de Lauretis habló de sujeto excéntrico; Seyla Benhabib, de sujeto situado; Rosi Braidotti, de sujeto nómade; Chantal Mouffe señaló posiciones de sujeto. En la misma tradición ilustrada encontramos un sujeto que no tiene nada que ver con el sujeto unitario, universal y libérrimo de la Modernidad, por ejemplo el sujeto disperso de Diderot.
Estas son las dos posiciones que laten bajo el enfrentamiento de las feministas del PSOE y de Podemos, una disquisición política y teórica que en el nuevo siglo encarnan de la mejor manera las filósofas Clara Serra y Silvia Gil, por ejemplo. Ambas han intercambiado sendas columnas en estas semanas con el buen tono que se perdió en manos de Valcárcel y sus aliadas, tanto en la academia feminista como en su manifestación mediática. Serra trata de sacar al feminismo ilustrado de la terrible deriva que ha difundido Valcárcel, con su denuncia de un supuesto ‘borrado de las mujeres’ a manos del ‘generismo queer’ y de la ley trans, ha difundido. La filósofa asturiana y sus seguidoras han pasado de impugnar el biologicismo de nuestra cultura a defender un esencialismo que no es estratégico, como pedía Gayatri Spivak, sino sustancial. Tan sustancial, que ha llegado a alinearse con las demandas nostálgicas del viejo orden de género que realiza el partido Popular: se fortifica tras una categoría mujer que no negocia su basamento en la biología, la de la gestación y la menstruación. La diferencia sexual antaño expulsada del feminismo de la igualdad se defiende hoy por ese mismo feminismo como el dique de contención contra una avalancha imaginaria de hombres que se disfrazan de mujeres para entrar en los baños femeninos, delincuentes que tratan de librarse de sentencias condenatorias o sátiros que tratan de acceder sexualmente a mujeres con ovarios. Una locura.
“Tiene sin duda un carácter trágico la deriva despótica de un feminismo que parece entenderse a sí mismo como una vanguardia iluminada y que se siente asistido por la verdad y la razón para emprender una guerra contra quienes considera esclavos que reivindican sus cadenas. Tiene sentido reflexionar sobre si este tipo de soberbia, potencialmente dogmática y reaccionaria, es una característica consustancial al feminismo de la igualdad o si es una cualidad de sus defensoras”, escribe Clara Serra.
Enfrente pero no enfrentada se sitúa Silvia Gil, con la diferencia añadida de pensar desde México, un lugar bien distinto al Madrid de Serra. Su texto sostiene que no son los excesos de algunas maestras, sino los presupuestos mismos del feminismo ilustrado, los que llevan a ejercer violencia epistemológica, hermenéutica y verbal contra las mujeres trans. Para Gil, las pluralización del feminismo llevada a cabo por las minorías no fue un “capricho intelectual de la posmodernidad” sino una “tabla de salvación de quienes necesitan mirar el mundo desde los rincones más oscuros e invisibles de la historia”. La filósofa Fefa Vila, alumna de aquel seminario de Amorós, lo resumió así en Facebook: “Como parte de la primera generación de crea-activistas-pensadoras queer, me siento totalmente identificada con esta posición. De alguna forma ejercimos nuestro derecho al mal para VIVIR”. “La noción de patriarcado manejada por las feministas ilustradas se sostiene sobre la vieja noción de estructura”, escribe Gil. “Las mujeres que viven bajo esta estructura son potencialmente víctimas, independientemente de lo que ellas perciban, como suele pensarse de las trabajadoras del sexo o de las mujeres de Oriente Medio. La agencia no tiene cabida en esta manera de comprender el mundo. El único modo de liberarse de esta estructura es caminando hacia una mejor Ilustración, algo que, de un modo u otro, debería suceder en todos los países”.
“Estas filósofas defienden una tradición de pensamiento para la que la forma de clasificar – interpretar, significar– sexualmente a los seres humanos no ofrece ninguna duda: “Es evidente que hay hombres y mujeres”, afirmó de manera contundente Amelia Valcárcel en una polémica conferencia, celebrada en 2022 en la Universidad Nacional Autónoma de México”, escribe Silvia Gil.
El ruido y la furia que ha desatado la política feminista, donde se enzarzan ministras, activistas y sus respectivas hinchadas, es gozo y monetización de los medios de comunicación en los que se enfrentan. Ya se ha convertido en un lugar común señalar a los medios como los principales beneficiarios de estos enganchones furiosos entre facciones: el clic ama la polarización. Pero aunque el mensajero merezca tantas veces ‘ser asesinado’, no suele ser el único responsable de un fenómeno complejo y que atañe a todo el espectro político y más allá. Rasmus Nielsen, director del Reuters Institute for the Study of Journalism, subraya que la desinformación que invade el espacio público no se origina desde cuentas anónimas de ciudadanos de a pie ni de activistas, sino gracias actores políticos de primer orden, diputados, ministros y presidentes incluidos. Así, de la misma manera que aún muchas personas creen que había armas de destrucción masiva en Irak o que la vacuna de la covid era potencialmente letal, infinidad de mujeres han caído presas del miedo al ‘borrado de las mujeres’ (recordemos: más del 50% de la población) a raíz de la apertura de la categoría mujer a las mujeres trans, o sea, menos de 5.000 personas según todas las aproximaciones, ya que no existen datos oficiales. Solo porque Amelia Valcárcel y otras mujeres influyentes de su círculo han dado la voz de alarma en sus redes, artículos, seminarios y congresos.
¿De dónde viene este miedo a desaparecer que tienen las mujeres, este terror ante lo que se lee como el fin del orden del orden de género tal y como lo conocemos? Definitivamente, no es un estado del ánimo que afecte solo al feminismo, pues parece generalizada en la izquierda un deseo de volver a las categorías claras y distintas del siglo XX y hasta del XIX, no solo la de mujer sino la de obrero, por ejemplo, como si al anclarse en ellas retornara un estado de cosas más controlable. El repliegue rechaza un presente que, en estos diagnósticos alarmados y confundidos, es producto de la irrupción de la diversidad y de sus demandas de reconocimiento y redistribución. Clara Ramas lo explica en otro artículo que levanta acta de la epidemia de nihilismo que se abre paso en nuestras sociedades: “Frente al diagnóstico de los reaccionarios, que confunden el efecto con la causa, debemos afirmar que emprender, siquiera verbalizar, una “guerra por los valores” significa que los valores estaban ya en crisis. Los nihilistas se disfrazan de conservadores, pero si hay que defender la nación, la religión o la masculinidad es porque ni la nación, ni la religión ni la masculinidad van ya de suyo. Las “guerras culturales”, la polarización, la ausencia de una normatividad compartida, el conflicto social, la hiperpolitización, no son causas, sino efectos del nihilismo”.
Resentimiento y reacción o la doctrina del shock emocional
Los valores que hasta hace nada le daban sentido a nuestro mundo decaen, se desvalorizan, diría Weber. Enrique del Teso lo llama “momento de ira y rencor”, en el que la mentira lleva a la población al descreimiento, la frustración y la violencia. “¿A quién beneficia que los humildes sientan furia contra otros humildes?”, se pregunta. Inevitable pensar a quién beneficia que unas mujeres rechacen furiosamente a otras. De todo este resentimiento, escribe Ramas, “nace así un particular tipo de agravio por el que los poderosos pueden sentirse más víctimas que los dominados: el agravio del destronado”. Pero no perdamos de vista lo que ocurre “detrás de toda la maraña”, escribe Enrique del Teso. O sea, “retiradas de impuestos de los ricos, eliminación de reglas laborales, más policía y cuerpos armados, menos derechos, privatizaciones desbocadas y desprotección. Detrás del humo y el ruido siempre están las oligarquías, los ricos y su cohorte, buscando y financiando el paso de la democracia a un sistema autoritario de fronteras (territoriales, sexuales, raciales, sociales) rígidas y vigiladas, con un inframundo de fundamentalismos religiosos como elemento conductor”.
¿Cómo sortear, entonces, la captura mediática que nos empuja a convertirnos en forofas de uno u otro feminismo, en este contexto tóxico en el que la manipulación, la mentira y la deshumanización del otro campa? ¿Cómo no convertirnos en policías, jueces o expendedoras de carnés? Encuentro en el ensayo ‘El derecho al sexo’ de Amia Srinivasan una apropiación de la ética de la responsabilidad de Weber interesante cuando dice: “El feminismo no se puede consentir la fantasía de que los intereses siempre convergen; de que nuestros planes no tendrán consecuencias imprevistas e indeseables; de que la política es un espacio cómodo”. Y cita a Bernice Johnson Reagon cuando explica que “una política verdaderamente radical, una política de coaliciones, no puede ser un hogar para sus miembros”: “Alguna gente llega a una coalición y mide el éxito de esta en función de si se siente o no a gusto en ella. Lo que buscan no es una coalición: ¡lo que buscan es un hogar! Buscan un biberón con tetina y algo de leche dentro y eso no se encuentra en una coalición”. Añade Srinivasan: “Un útero”. “El feminismo concebido como ‘hogar’ pone el elemento común por delante de la realidad y desoye a todas aquellas que puedan perturbar su idilio doméstico. Una política en verdad inclusiva es una política incómoda, nada segura”.
La incomodidad en todos sus grados ha de estar si somos muchas y estamos juntas y, además, sin síntesis que la resuelva. Tiene que ser la modalidad y la tonalidad afectiva de cualquier medio ambiente radicalmente feminista. Y que los pactos sobre lo concreto, los objetivos parciales pero comunes, vayan enlazando lo que la incomodidad, inevitablemente, separa. No la agresividad. No el rechazo. No la deshumanización. No la crueldad. Tenemos derecho al mal, pero ningún deseo de ejercerlo.
Ser perra, no ser perra
Lágrimas de SEO por la fallida polémica sobre las canciones pop que desean, animan o proponen a las mujeres «ser perras».
Yo nací para ser perra, por favor dejadme serlo
Rigoberta Bandini
Hace tiempo que las polémicas en los periódicos, un género en sí mismo que abundó en la muy idealista categoría de la deliberación de los asuntos públicos, pasa como si nada. Demasiados ladridos en el contexto, podría pensarse, para que la exposición de motivos en un artículo de opinión genere movimiento alguno en la sensibilidad. Pongamos, sin embargo, que la inoperancia de este viejo juego dialéctico abreva en más motivos, por ejemplo la inefectividad de la expresión misma del antagonismo. Un poco como cuando leemos esas críticas cinematográficas en las que Carlos Boyero dice que la película es mala porque no le ha gustado. Pongamos que, parafraseando a la gente de la era digital, ese tipo de discurso cae en la muy denostada categoría de lo básico.
Viene todo esto a cuento de dos artículos, uno en respuesta del otro, publicados en El País hace algunas semanas. Uno se titula ‘Todas perras’ y lo firma Najat el Hachmi, escritora de origen marroquí multipremiada el contexto catalán, ganadora del Nadal en 2021 y polémica por sus posiciones feministas. En los artículos que se refieren a estas, se apunta que se ha referido a las mujeres trans como “hombres que dicen ser mujeres” y que defiende la prohibición del velo islámico en las escuelas. Aquí le doy una chance a la sospecha de la banalización mediática y asumo que la escritora sostiene su posición desde una exposición más compleja y matizada.
El artículo de El Hachmi es una reacción a una entrevista de la escritora peruana Gabriela Wiener en la revista femenina ‘SModa’ y a la cantante dominicana Tokischa. Allí, la joven defiende una resignificación de la palabra perra, insulto inmemorial hacia las prostitutas y mujeres libres en general. Dice: “Pa mí ser perra va más allá del perreo, de lo sexual. Una mujer es bien perra cuando tiene pantalones, cuando sale a trabajar, a buscar su cuarto, cuando se faja para tener buena nota, una mujer segura de sí misma, esa es una bitch”. Convengamos en que la tradición de mujeres que expresan su jefatura a través de una exposición de su poderío sexual es larga, muy larga, en el pop comercial y en el indie.
La escritora reacciona a esta reapropiación de lo perra con un texto visceral, en el sentido más literal del término. Digamos que se lanza con un artículo al estilo Boyero, militante de las propias entretelas, que dice cosas como esta: “Si no quieres que te animalicen, que te zoofilicen rebajándote a la hembra que más asco y desprecio provoca en la mayoría de las culturas, es que odias el sexo”. También se dirige directamente a Wiener: “Gabriela Wiener, con toda su audacia periodística, con su saber literario, feminista y antirracista, no es capaz de imaginar un marco distinto en el que inscribir a Tokischa que no sea el de la esclavitud sexual, ahora dicen que escogida, y la degradación de la mujer, de la persona”.
La respuesta de Wiener desde el otro lado del espectro político se titula ‘Ser perra y apropiarse del insulto‘. Supone un ejemplo bello de cómo el lugar de enunciación hace discurso, algo que la catalana no sabe ver, obnubilada por la lógica de consumo de contenido deslocalizado que, sin embargo, adquiere su sentido más fuerte en su arraigo local. Pero, además, existe un posicionamiento político previo que otorga un guión determinado a la interpretación de las performances de contenido erótico o sexual en el mainstream y que pertenece al feminismo hegemónico que suscribe Najat el Hachmi. No de Gabriela Wiener, tan racializada, migrante y escritora como la marroquí. Y, desde luego, tampoco de Tokischa, exputa que se ha hecho un destino en la industria del pop tratando de no ser enteramente devorada por sus lógicas, esto es, sin aligerar para consumo fácil lo que primordialmente la alimenta: los cuerpos deseantes y disponibles de las mujeres.
Najat el Hachmi teme, lo dice en su artículo, por “nuestras hijas”, a las que habrá que contar que no, “que ser perra no está de moda”. Wiener señala cómo este terror a la sexualización absoluta, bestialización diría El Hachmi, no salió a relucir cuando Rigoberta Bandini cantó “yo nací para ser perra” en su canción, oh sorpresa, ‘Perra’. Esto sí es comprensible, pues Bandini pedía el estatus perruno para ser mantenida (“Que fuera él quien me sacara a pasear. Que me comprara pienso caro, sin complejos. Y en un cazo, me sirviera agua mineral”) y por salud mental («Porque si yo fuera una perra, todos estos miedos se disiparían, y viviría en armonía y libertad. Creo que toda mi existencia sería mucho más amable y liberal»). No es el caso de la canción ‘Perra’ de Tokischa, que repite: “Yo soy una perra en calor. ‘Toy buscando un perro pa’ quedarno’ pega’o”. Estas parecen ser las dos salidas que el paradigma de ‘lo perra’ ofrece hoy, nada nuevo bajo el sol de la teoría feminista, por otra parte.
Para entender este doble juego de subjetivación de las mujeres merece la pena leer a María Lugones, la filósofa argentina que trazó los contornos del género dentro de la teoría decolonial. Lugones teorizó la colonialidad del género como la frontera que se aplicó a la segmentación de las mujeres en función de ese otro invento llamado raza, aunque no hay que moverse demasiado para comprobar cómo las mujeres de clase obrera cayeron también al límite de la categoría mujer, diseñada para albergar a las niñas, jóvenes casaderas y esposas burguesas. Si estas fueron consideradas víctimas, débiles, incapacitadas para el placer y cautivas en salones y corsés guardianes del honor familiar, aquellas terminaron al borde de lo humano o directamente fuera, animalizadas, asalvajadas y, por ello, más capaces para trabajar, salir, sentir y recibir violencia. Es comprensible que las lógicas de resistencia y supervivencia que se elaboran dentro de un espacio difieran de las del otro. Escribe Lugones en “Colonialidad y género” (2008):
“Históricamente, la caracterización de las mujeres Europeas blancas como sexualmente pasivas y física y mentalmente frágiles las colocó en oposición a las mujeres colonizadas, no-blancas, incluidas las mujeres esclavas, quienes, en cambio, fueron caracterizadas a lo largo de una gama de perversión y agresión sexuales y, también, consideradas lo suficientemente fuertes como para acarrear cualquier tipo de trabajo”.
“Borrando toda historia, incluyendo la historia oral, de la relación entre las mujeres blancas y las no-blancas, el feminismo hegemónico blanco equiparó mujer blanca y mujer. Pero es claro que las mujeres burguesas blancas, en todas las épocas de la historia, incluso la contemporánea, siempre han sabido orientarse lúcidamente en una organización de la vida que las colocó en una posición muy diferente a las mujeres trabajadoras o de color. La lucha de las feministas blancas y de la «segunda liberación de la mujer» de los años 70 en adelante pasó a ser una lucha contra las posiciones, los roles, los estereotipos, los rasgos, y los deseos impuestos con la subordinación de las mujeres burguesas blancas. No se ocuparon de la opresión de género de nadie más”.
Lo que agota y se agota en el intercambio de pareceres entre Najat el Hachmi y Gabriela Wiener, concediendo a la peruana una aproximación infinitamente más nutritiva a la cuestión, es una asunción acrítica de la lógica banalizadora de la prensa mainstream hacia las cuestiones feministas y más allá. Descorazona comprobar cómo el feminismo continúa sirviendo contenido polarizador a la industria del clic de los periódicos, acaso como una manera de mantener la propia relevancia a cuenta de polémicas que jamás salen de la más básica confrontación. Aquí nadie mueve ficha para acercarse al territorio de nadie o, si ocurre, no lo sabemos, pues lo que interesa es que el antagonismo continúe produciendo únicamente bandos. Este pim-pam-pum es tan cansino, que no es de extrañar que el intercambio de artículos entre El Hachmi y Wiener haya quedado en humo, ruido, nada.
Evidentemente, este tipo de polarización resulta de lo más conveniente para nuestro aparato sensible, pues apela a una simplificación inmediata de las cuestiones, a un nosotros vs. ellos que exige la ley del mínimo esfuerzo. Y es que no estamos para mucho más. La sobrecarga del sistema capitalista, la pobreza de tiempo y la explotación de las psiques nos deja hechos trizas, incapaces de recibir aún más tarea cognitiva de los medios de comunicación. Vincularnos a estas polémicas frentistas nos produce, además, la falsa satisfacción de creer que estamos entendiendo y resolviendo, ergo, conjurando la impotencia que late al fondo de casi todos nuestros contactos con las instancias de mediación.
En realidad, nada es claro y distinto bajo el capitalismo, sino enmarañado y complejo. Los ideales universales saltan por los aires ante nuestras narices, explotados como armas de destrucción masiva allá y acá. “El camino al infierno está empedrado de buenas abstracciones”, dice Antoinette Rouvroy. La sobrecarga sexual que soportan los cuerpos feminizados (no solo los de las mujeres) es una realidad a la que se responde de manera situada, desde unas coordenadas geográficas, económicas, históricas, psicológicas concretas. Eso es algo que forma parte del ADN del feminismo tal y como lo entendemos hoy y la imposición de marcos epistemológicos decimonónicos queda en un recurso retórico tan básico que hasta resulta insultante. Nada ayudan ya esos marcos para ejercitar las psiques en la asunción de la ambivalencia a la que nos aboca el capital, capaz de hacernos gozar con lo mismo que nos arruina. La pregunta es si el feminismo puede contribuir a darle sentido a la experiencia de ser un cuerpo en la máquina hoy, no una proyección moralista desacoplada de los tiempos. La respuesta no está ni estará en el periódico. Porque ya no cuenta apenas nada sobre nuestras vidas.
Entonces, ¿ser perra o no ser perra? ¿Wiener o El Hachmi? Ojalá el mundo permitiera despachar las cuestiones que nos afectan como los romanos salvaban o condenaban a los gladiadores en su circo. Lo cierto es que el feminismo ya no se puede entender sin el trabajo de reapropiación del deseo sexual, que por fin se entiende como una manera de desmantelar la jerarquía que tanto alimenta la violencia. Cuando las ídolas del pop, llámense Tokischa o Aitana, se expresan desde la agencia sexual están reclamando para sí la gestión de esta poderosa fuerza y mostrando a sus seguidora que, efectivamente, no son una actriz sin frase en el guión del deseo sexual. No es nada nuevo, pues Madonna ya hizo en su momento lo que tantas cantantes de R&B habían avanzado en los 70 y 80. Algo de la moralidad religiosa se duele cuando choca contemplar a estas mujeres hablando a las claras de sexo, mostrándose como seres sexuales y apropiándose de la sobrecarga sexual que se aplica a su cuerpo por el mero hecho de existir. El objeto debería ser mudo e inerme. Si el objeto se expresa, habla y dice, puede afirmar y negar. Puede modular con palabras, ladridos o maullidos el acceso a su cuerpo, ese que tantas veces se da por sentado en el silencio.
Otra cuestión, no menos importante, es el guión que presenta esta expresión del deseo femenino. Ahí sí se puede discutir hasta qué punto asume la mirada masculina, ofrece un clon especular o toma algún desvío interesante. Pero, sobre todo, se puede calibrar la multitud de efectos que pueden darse en su recepción, en función de los públicos. Habrá quien esté equipada para asumir la jefatura que se propone para aventurarse en ella y habrá quien se quede en la repetición hueca del guión como una manera de ajustarse a un modelo de feminidad deseante que, efectivamente, es la gasolina de moda. ¿Debemos cargar esa cuestión en el haber de las artistas? No parece sensato. En todo caso, a la concreta relación con la dimensión sexual que cada una cargue en su experiencia. El Hachmi dice temer por las niñas que escuchan a Tokischa, pero nada habría que temer si esas niñas tuvieran acceso a una suficiente educación no solo sexual y encontraran interlocutores de confianza con los que hablar de su deseo.
El desmantelamiento de los guiones del deseo sexual es tarea prioritaria de la educación sexual hoy. En ‘El derecho al sexo’ (Anagrama), la filósofa Amia Srinivasan lo subraya en su abordaje de la pornografía con una cita de Andrea Dworkin.
«Si bien el sexo filmado parecer abrir todo un mundo de posibilidades sexuales, con demasiada frecuencia desactiva la imaginación sexual, la vuelve débil, dependiente, perezosa, codificada. La imaginación sexual se transforma en una máquina mimética, incapaz de generar su propia innovación. En ‘Intercourse’, Andrea Dworkin advertía justamente de ello. Imaginación no es sinónimo de fantasía sexual, pues esta no es más –patéticamente– que un bucle de vídeo programado para repetirse y repetirse en la mente neuroléptica. La imaginación encuentra nuevos significados, nuevas formas; valores y actos complejos y empáticos. La persona con imaginación se ve impulsada por ella a un mundo de posibilidades y riesgo, a un mundo distinto de significados y elecciones; no a un mísero desguace de símbolos manipulados para suscitar respuestas mecánicas”.
Efectivamente, la educación sexual puede ofrecer herramientas de interpretación y autodefensa en una sociedad en la que se utiliza en sexo para todo, en la que el sexo es el aglutinante más potente. Tal es su efectividad como agente de captura, que la resistencia de la industria cultural a la subversión sexual de Madonna se ha vuelto hoy un cultivo constante del cuerpo como objeto sexual. El trabajo de asunción de la propia agencia sexual que realiza Tokischa, una reapropiación que ajusta cuentas con su historia personal y devuelve la injuria a quien injurió, no se produce en el vacío, sino que circula por la industria cultura viralizado por la cosificación de los cuerpos, estandarizados en una configuración de medidas prefijadas y movidos por un guión más o menos único de verosimilitud del deseo. ¿Acaso no se produce de esta manera, modulada sutil o abiertamente, todo aquel que aspira a una audiencia en los canales del mainstream? ¿Acaso no viven las niñas en una sociedad en la que el éxito social y personal no pasa por ajustarse a estos parámetros corporales y deseantes?
No, no es la perra de Tokischa la que debe espantarnos, sino la apisonadora de subjetividad en la que nacemos, aprendemos y vivimos de acuerdo a un guión en el que, admitámoslo, lo cánido supone cierto alivio. Un alivio espectral, pues el sistema rápidamente lo ha convertido en otro guión en el que cobijarse. Dice Srinivasan:
“Si al educación sexual tuviera intención de dotar a los jóvenes no solo de respuestas mecánicas mejores, sino de una imaginación sexual envalentonada –con la capacidad de crear nuevos significados, nuevas formas–, debería ser, creo yo, una especie de educación negativa. No afirmaría su autoridad para explicar la verdad sobre el sexo, sino que les recordaría a los jóvenes que la autoridad sobre lo que es y sobre lo que podría ser el sexo radica en ellos. El sexo puede seguir siendo, si así lo eligen, como decidieron las generaciones anteriores: violento, egoísta, desigual. O puede ser, si así lo eligen, algo más alegre, más igualitario, más libre. No está claro cómo podría lograrse una educación negativa como esta. No hay leyes que redactar, ningún sencillo currículum que implementar. En lugar de añadir más discursos, más imágenes, es su arremetida constante lo que habría que detener. Quizás así podríamos persuadir a la imaginación sexual, siquiera brevemente, de reclamar su poder perdido”.
Más allá o más acá de nuestro deseo, opera el medio ambiente capitalista en el que se desenvuelve sin pizca de imaginación. Por eso, si aceptamos la tarea de descodificar el deseo que propone Srinivasan no podemos ignorar las fuerzas disuasorias, disolventes se diría, que nos zarandean en nuestra deambular por los mundos del capital y que nos constituyen. Es fácil engancharse al placer inmediato pero jamás satisfecho de la mercancía. Sin darnos cuenta, nos convertimos en la ratita que pulsa sin cesar el interruptor que dispara una descarga eléctrica a sus correspondientes zonas cerebrales. Es, la pandemia nos lo mostró claramente, un placer que a fuerza de su compulsión nos destruye, pero no solo por estar entramados en un ecosistema. También se cobra una factura en el sistema psíquico, por encerrarnos en un bucle de trabajo y consumo sin fin que produce seres agotados, deprimidos y sin esperanza. ¿Por qué, si somos racionales, nos mantenemos en la rueda infinita del consumo de objetos (incluidas nosotras mismas como objeto jamás perfeccionado) y el trabajo?
Ha de haber múltiples explicaciones desde variados saberes y escuelas. Apunto aquí, sin alcanzar a comprender toda su complejidad pero sí un sentido suficiente, lo que apunta el filósofo José Luis Villacañas en la conclusión de esta conferencia, que me limitaré a extractar, reorganizar y aligerar (espero no dañar demasiado el sentido). Este parte del freudiano descubrimiento de la pulsión de muerte1 como el hecho diferencial de lo humano, una lógica trágica (destruimos y nos autodestruimos) que forma parte de nosotros como una estructura psíquica. Pero la pulsión de muerte no significa que busquemos nuestra desaparición o la desaparición de los demás necesariamente: no estamos abocados a realizar la pulsión de muerte a través de un objeto, al contrario. “El objeto verdadero de la pulsión es justo lo que impide que la pulsión se realice, porque esta lo que quiere es eternizarse, por eso la pulsión de muerte sirve a la vida”, clara Villacañas.
La pulsión de muerte sirve a la vida: solo la vida, Eros, permite que la pulsión de muerte, Tánatos siga activa. Es la energía del organismo la que mantiene funcionando a la pulsión de muerte que, desde lugares poco accesibles de nuestro ser, nos anima. Se trata de vivir postergando la muerte todo cuando sea posible. La pulsión de muerte que impulsa el Eros reclama satisfacción a todos los seres, necesita resarcirse, desviarse hacia algún lugar, y el capitalismo lo sabe. Nos ha facilitado como alivio rápido y puntual de la pulsión de muerte la posibilidad de la guionizada mercancía. Nos ha convertido en yonquis de la mercancía. El panorama del sujeto que limita sus modos de relación al repertorio que ofrece el capitalismo queda descrito de esta inquietante manera en cualquier paper interesado en lo psicoanalítico:
“El sujeto bajo la perspectiva capitalista actual es un desecho, un objeto a2 del que se puede obtener una plusvalía-goce, el cual es parcialmente recuperado en migajas mediante el mísero pago de sus salarios y los menudos objetos a manufacturados, taponando la falta en gozar por un instante en la circulación-consumo de mercancías”.
Hasta sin conocer al detalle los conceptos de Lacan se entiende la captura de algo íntimo y consustancial al ser para convertirlo en un siervo de la acumulación. ¿Qué propone Villacañas como objeto adecuado de la pulsión de muerte? Algo que también requiere de su propia educación por fuera de las capturas compensatorias que ofrece el capitalismo: el sublime psíquico. “Un objeto que bloquea el sadismo y el masoquismo porque vincula la energía específica del organismo a un objeto interno que hace que no tengamos que gastar una energía reprimida, violentamente insatisfactoria, en dañar o en ser dañado. Porque cuando la pulsión de muerte encuentra su objeto, está en condiciones de mantener (…) un equilibrio que no acepta el sufrimiento ni lo produce”.
Este objeto que llama sublime psíquico no puede ser algo finito, un objeto o un ente, sino un objeto infinito que no es natural, sino cultural. Y que solo existe “si un aparato psíquico lo incluye, le encarna, lo asume, lo acoge”. Jamás puede imponerlo el Estado, pues ese sería “el espacio del totalitarismo: una forma pública a la que los psiquismos se adhieren de modo masivo”. El sublime psíquico “se hace de uno en uno y se tiene que incorporar de uno en uno”, no en un “proceso solipsista de sublimación”, una especie de magia mental autoadmistrada en plan autoayuda. Por eso, vincularse a un sublime psíquico “debiera tener su propia educación que mostrara su dimensión común: solo prende cuando comparte estructuras comunitarias”. Villacañas pone un ejemplo de sublime psíquico que permite comprenderlo a las que no alcanzamos la hondura filosófica:
“Somos universitarios.Tenemos un objeto infinito que es la realidad. Nuestro ethos es conocer esa realidad, conocer sus infinitas variaciones. Y conocerlas de tal manera que en el pianissimo de las relaciones personales, de uno a uno, de profesor a estudiante, de profesora a estudiante, estemos en condiciones de sentir el sublime psíquico de pertenecer a esa obra en común de conocer la realidad. Y esto es lo que permite entender que si queremos saber si estamos en disposición de tener un sublime psíquico tenemos que, hegelianamente, nietzscheanamente, weberianamente, saber si esto produce pasión en nosotros. Porque la experiencia psíquica de lo sublime psíquico es (…) la de un objeto sentido en común que nos afecta, que nos produce pasión, que nos produce esa receptividad que es la pasionalidad. Y creo que tenemos que disponer de una educación estética para identificar eso sublime psíquico, porque esto nos permite integrar la gran aspiración última de la Deconstrucción: que eso no cristalice en una obra coactiva, autoritaria, total y compacta. Porque en el fondo será praxis pura, vida pura”.
Cómo no desear la altura de esta experiencia sublime para todos los seres humanos. Porque lo que ofrece nuestro modo actual de existencia, exacerbado en esas niñas amenazadas por Tokischa (ironía on), es el espejismo del consumo de objetos y del consumo de ellas mismas como objeto en las redes sociales y fuera de ellas. Así explica Villacañas lo que sucede cuando adiestramos a las empleadas del futuro a gozar únicamente en el sentido de la mercancía. “No se pueden sublimar objetos que no son infinitos”, explica el filósofo al abundar acerca del sublime psíquico. “Si se sublima un objeto tenemos un fetiche y entonces tenemos una mercancía. Y nos encontramos con una incapacidad para administrar la pulsión de muerte mediante las mercancías porque aparece el consumo compulsivo. Entonces, lo que tenemos en el capitalismo es una mala administración de la pulsión de muerte porque genera sujetos que están en condiciones de ser sádicos y/o masoquistas. Pero, atención, cuando se acabe el sadismo del maltrato a la mercancía, que es lo propio de nuestra cultura de consumo, cuando esto ya no produzca goce, veremos aflorar a los sádicos que solo se sienten bien al maltratar a los seres vivos. Por eso Adorno decía que quien no quiere hablar de capitalismo no debería hablar de fascismo: en el fondo se trata de la misma universalización de las formas sádicas”.
- El psicoanálisis se ocupa del sujeto en cuanto está regido por sus pulsaciones. Simplificando para las no iniciadas como yo: las pulsaciones, a diferencia de los instintos, carecen de objetos concretos predeterminados. De esta forma, los deseos conformados por pulsiones no se satisfacen: cada vez que el ser humano llega a cumplir un objeto deseado, se ve compelido hacia otro objeto de deseo.
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Por qué las víctimas de violencia machista, de Ana Orantes a Rocío Carrasco, van a la televisión
Son dos casos que van a ejercer de hitos en la historia del tratamiento judicial y mediático de la violencia machista. En 1997, Ana Orantes acudió a la televisión a contar que, durante cuatro décadas de matrimonio, había sido maltratada por su marido con puntual regularidad: la agarraba del pelo para estrellarla contra una pared, le propinaba patadas en el estómago, puñetazos, puntapiés, bofetones, trataba de estrangularla y hasta llegaba a sentarla en una silla para sacudirle con un palo. Sus ocho hijos sobrevivientes, tres mujeres y cinco varones, crecieron entre hostigamientos, desprecios, palizas, tocamientos e intentos de agresión sexual. El menor de todos los hermanos intentó tirarse por la ventana cuando tenía 7 años.
Cuando su marido estallaba en cólera, Ana Orantes cogía a sus hijos y salía corriendo de casa sin destino conocido: nadie quería acogerlos pese a la violencia de aquel (o quizá debido precisamente a ella). Ni siquiera sus propios parientes les daban cobijo, optando también por no interferir en el problema. Alrededor de 1972, Orantes decidió querellarse contra su marido: quince veces se presentó en el cuartelillo. «Esas son peleas normales en la familia», le decían los agentes de la Guardia Civil que la atendían. Tras la aprobación de la ley del divorcio, trató de separarse en varias ocasiones, hasta que en 1996, lo logró.

¿Por qué fue a televisión a contar la mala vida que seguía sufriendo, ya que su ex marido vivía en la misma casa que ella y la persecución y los insultos continuaban? Años después de su asesinato, su hija Raquel contó que vio la oportunidad de desahogarse, de tener un altavoz en el que contar el sufrimiento que en ese momento solo conocían ella misma y sus hijos. En realidad lo conocían todos, todo su pueblo, toda su familia, las fuerzas del orden y el juez de paz, pero no lo reconocían. El 17 de diciembre, pocos días después de que el mundo se enterara del martirio al que había sido sometida, su ex marido acuchilló, la roció de gasolina y la quemó viva. Según dijeron algunos testigos, le indignó que Ana contara que había mantenido económicamente a la familia gracias a su tienda de comestibles.
«Nos preocupa que los estereotipos y prejuicios de género así como la ausencia de una perspectiva de género y de un análisis interseccional de la discriminación contra la mujer obstaculicen el acceso a la justicia por parte de las mujeres y niñas víctimas de delitos sexuales, impidiéndoles obtener un recurso efectivo». Dubravka Šimonovic, relatora especial sobre la violencia contra la mujer de Naciones Unidas, y Elizabeth Broderick, presidenta-relatora del grupo de trabajo sobre la discriminación contra las mujeres y las niñas de la misma institución, en carta al Gobierno de España,
¿Por qué ha acudido Rocío Carrasco a la televisión para contar, también, su caso de violencia machista? Lo ha confesado ella misma: por una necesidad de reconocimiento a su maltrato. Ni la sociedad ni las instancias judiciales ni gran parte de su propia familia han dado credibilidad a su relato de violencia. La denegación de reconocimiento por parte de los jueces no significa que no sea víctima de malos tratos, sino que estos no han sido probados. A los efectos de la calle, sin embargo, la conclusión que se sigue de una sentencia así es que ha acusado indebidamente un hombre inocente. Por tanto, miente. Se constata el relato de la parte contraria: que es mala, mala madre, mala mujer.
La declaración de Rocío Carrasco ante el juez ha sido central, como lo suele ser la de las víctimas de violencia machista, una violencia que se producen en la intimidad del hogar. De hecho, muchas veces su testimonio es la única prueba de cargo, de forma que las mujeres sobrellevan el doble papel de testigos y víctimas. Precisamente por esta doble condición, varios jueces se han pedido un estatuto jurídico específico, con distinciones respecto al testigo en sentido estricto en cuanto al deber y dispensa de declarar, entre otras cuestiones. Se trata de reclamar, un sistema probatorio que se adapte a las particularidades de los delitos relacionados con la violencia de género. De momento, solo se ha conseguido un plus de consideración para la víctima-testigo que se traduce en el que pueda declarar acompañada, pero sin ningún reflejo en sus derecho procesales.

Hasta marzo de 2019, las declaraciones de las víctimas que se presentaban como única prueba de cargo en un proceso penal de violencia de género eran examinadas en función de tres parámetros: falta de credibilidad intersubjetiva (por características físicas o psíquicas, dependencias de alcohol o estupefacientes, móviles espurios…); verosimilitud del testimonio (que sea lógico y coherente) y persistencia en la incriminación (que el testimonio sea detallado, consistente y no se contradiga, dentro de los límites de la afectación psicológica que sufren las víctimas). Sin embargo, la sentencia 119/2019 del 6 de marzo del Tribunal Supremo sienta una nueva jurisprudencia que cambia las reglas de consideración judicial de estos testimonios. Desde entonces, el juez ha de considerar los siguientes factores:
- Seguridad en la declaración ante el Tribunal
- Concreción en el relato de los hechos ocurridos objeto de la causa
- Claridad expositiva ante el Tribunal
- Lenguaje gestual de convicción. Este elemento es de gran importancia y se caracteriza por la forma en que la víctima se expresa desde el punto de vista de los “gestos” con los que se acompaña en su declaración ante el Tribunal
- Seriedad expositiva que aleja la creencia del Tribunal de unrelato figurado, con fabulaciones, o poco creíble
- Expresividad descriptiva en el relato de los hechos ocurridos
- Ausencia de contradicciones y concordancia del iter relatado de los hechos
- Ausencia de lagunas en el relato de exposición que pueda llevar a dudas de su credibilidad
- La declaración no debe ser fragmentada
- Debe desprenderse un relato íntegro de los hechos y no fraccionado acerca de lo que le interese declarar y ocultar lo que le beneficie acerca de lo ocurrido
- Debe contar tanto lo que a ella y su posición beneficia como lo que le perjudica
Alicia González Monje, profesora Ayudante de Derecho Procesal en la Universidad de Salamanca, ha investigado cómo ha impactado en las víctimas la nueva jurisprudencia que el Tribunal Supremo dispone en su sentencia 119/2019 de 6 de marzo. Para no extendernos, esto es lo que escribe en las conclusiones de su artículo «La declaración de la víctima de violencia de género como única prueba de cargo: últimas tendencias jurisprudenciales en España», publicado en la Revista Brasileña de Derecho Procesal Penal, en diciembre de 2020.
«Por lo que respecta específicamente a la víctima de un delito de violencia de género, a nuestro juicio, estos criterios colocan a la misma en una posición aún más difícil de la que ya de por sí tiene en el proceso penal. Pensamos en aquella mujer que ha sufrido malos tratos a manos de su pareja o ex pareja, y a la que ahora no le bastará con relatar lo ocurrido ante la autoridad judicial, sino que además, por mor de la mencionada sentencia, deberá hacerlo de una determinada manera para resultar creíble.
En definitiva, consideramos que el Tribunal Supremo español ha caído en el propio estereotipo que pretende evitar. Entendemos que los factores señalados no responden más que a lo que se espera de una mujer víctima de violencia de género, conformando así un estereotipo en sí mismo, obviando las peculiares características que concurren en este tipo de delitos, y que llevan a que las respuestas que dan las víctimas de los mismos no sean las que pudieran esperarse en la víctima de cualquier otro delito. Lo normal es que la víctima de violencia de género se sienta insegura y nerviosa al narrar los hechos; no sólo por la presencia, en la mayoría de los casos, del maltratador en la misma sala, sino por otros factores de sentido común, como la incertidumbre de ser creída, el hecho de llevar hasta la justicia al padre de sus hijos, o al hombre que ha amado y con el que ha compartido su vida, el tener que contar ante unos extraños detalles íntimos de su relación, etc.
Los operadores jurídicos que trabajan y han trabajado en el campo de la violencia de género saben lo complicado que es conseguir que la víctima reviva lo sucedido en el acto del juicio, que se mantenga firme en su decisión de declarar, como para ahora tener que “instruirla” sobre una forma de contarlo o sobre los gestos que debe o no debe hacer para resultar creíble.
Sin duda, los parámetros introducidos por la sentencia del Tribunal Supremo 119/2019, de 6 de marzo, facilitan la labor del juzgador en la valoración de la declaración de las víctimas, pero también es cierto que colocan a estas en una incómoda posición al percibir que su declaración ha de alcanzar determinados estándares para resultar creíble, un temor, por otro lado, muy generalizado en la práctica entre las víctimas de violencia de género.
Tenemos que tener en cuenta que, si elevamos la presión sobre la víctima de violencia de género o, más concretamente, si la víctima percibe una mayor dificultad en la posición que ocupa en el proceso penal, habremos emprendido el camino contrario a su necesario empoderamiento, el cual se evidencia como imprescindible para conseguir que se mantenga en el proceso y que el mismo concluya con una sentencia condenatoria».
Las víctimas deben, hoy más que nunca, performar a una víctima-tipo. Si esto no se consigue, si el testimonio no se hace valer, se desvanece el reconocimiento y la legitimidad, un aspecto que forma parte de la reparación que merecen todas las víctimas. En el documento «Principios y directrices básicos sobre el derecho de las víctimas de violaciones manifiestas de las normas internacionales de derechos humanos y de violaciones graves del derecho internacional humanitario a interponer recursos y obtener reparaciones», la Oficina del Alto Comisionado en Derechos Humanos de las Naciones Unidas cita la necesidad de «una disculpa pública que incluya el reconocimiento de los hechos y la aceptación de responsabilidades» en los procesos de reparación de las víctimas. En la guía «Actuaciones locales para la reparación para las víctimas de violencia machista» de Emakunde-Instituto Vasco de la Mujer y EUDEL-Asociación de Municipios Vascos, se explica que el derecho que tienen las víctimas-supervivientes de la violencia machista a contar con el apoyo y la atención integral de la administración pública incluye, al menos:
- Una indemnización proporcionada en un plazo razonable por los daños y perjuicios económicamente evaluables.
- El reconocimiento de la verdad o satisfacción, mediante acciones públicas de rechazo a la violencia y dando reconocimiento y voz a las supervivientes.
- La garantía de no repetición, poniendo la atención en quien ha causado el daño.
Y eso es lo que buscan las mujeres que van a la televisión a contar sus casos de violencia machista.
Vivir del cuerpo (retomando a Cristina Pedroche y sumando a María Pombo)
De todo lo que me ha enseñado el feminismo, me ha sorprendido muchísimo descubrir o, más bien, darme cuenta de que cuando hablamos, siempre hablamos del cuerpo. De un cuerpo situado en una edad, una raza, un género, un sexo, una clase, una ciudad, una nacionalidad, una capacitación, una ideología, una subjetividad, una sensibilidad, unos deseos… Incluso en el discurso más abstracto y descorporeizado que podamos imaginar, el de las matemáticas, el de los derechos humanos, el de las cláusulas de apertura de una cuenta bancaria, toparemos con un cuerpo de por medio. En realidad, con una serie de cuerpos que se topan entre sí produciendo las relaciones mismas en las que, precisamente, nos hacemos cuerpo. Surgimos en el fenómeno, como nos explica Karen Barad.
Más acá de estas cuestiones de ético-onto-epistemología (porque, como dice Donna Haraway, “importa qué historias contamos para contar otras historias, qué pensamientos piensan pensamientos, qué historias crean mundos, qué mundos crean historias”), el cuerpo es nuestro medio de vida. Tanto, que prácticas repetitivas como la profesión nos van disciplinando el cuerpo, desgastándolo tanto como la vida misma. Nuestra cultura, eso sí, impone una consideración distinta de las prácticas de trabajo en función de qué parte del cuerpo sea inequívocamente necesaria para la acción. Ahora mismo, vemos cómo trabajos artesanos que antaño apenas eran valorados se consideran (se pagan) cada vez más, sobre todo si entran en la cadena de valor del mercado neoliberal. El uso de las manos está al alza. Sin embargo, el trabajo cognitivo de los periodistas se paga a un precio ínfimo, síntoma de que el saber técnico del periodismo está dejando de ser útil a la sociedad. El uso del cerebro se va a resentir con la llegada de la inteligencia artificial, al menos en sus tareas más previsibles. Sin embargo, en Japón ya se paga más de 125 euros por una hora de conversación.
El prestigio o desprestigio del cuerpo varía en función de qué uso le demos, eso es algo que vemos claramente en el trabajo sexual/prostitución. Su desprestigio es una constante desde el mundo griego y desde entonces viene funcionando una jerarquía que abarca desde las ‘pornai’ esclavizadas por un ‘pornoboscós’ o proxeneta hasta las cultas e independientes ‘heteras’ como Aspasia, muy cercanas a la figura de la geisha o de ciertas escorts de lujo que acompañan hoy a los más ricos. Se percibe, sin embargo, cierto movimiento en la consideración social de la prostitución/trabajo sexual en una doble dirección. Por abajo, por así decirlo, la organización sindical de la prostitución sitúa esta manera de ganarse la vida como una cuestión política, que se considera dentro del mismo marco liberal de autodeterminación que rige, por ejemplo, en el feminismo continental. La libertad para vivir del cuerpo en esta modalidad es un argumento principal, pero también otras consideraciones sociales como la falta de derechos o la relación de la prostitución con la Ley de Extranjería, como mecanismo de producción de cuerpos disponibles para los trabajos más forzados.
Por arriba, lo que parece producirse es una glamurización de la prostitución a través de uno de los canales masivos de producción de consenso cultural que aún tenemos en pie: la televisión. No me refiero a películas y series, aunque algo tiene que ver en todo esto que la ficción nos plantee tan insistentemente pensar sobre el asunto con productos más o menos estetizados (Harlots, The Deuce, The Girlfriend Experience, La Veneno o Secret Diary of a Call Girl, que yo recuerde). Me refiero a Telecinco, donde cada vez más insistentemente se cuenta con escorts como personajes de reality y se habla del trabajo sexual abiertamente y sin recurrir muchas veces al marco moralizante automatizado. También en espacios de prestigio audiovisual (?) como ‘La Resistencia’ hemos visto a escorts, hombres y mujeres. La televisión da entrada no a la prostituta de calle o proletaria, pero sí a la escort súper producida (siliconas, bótox, extensiones) con clientes en, por ejemplo, Dubai. Otro estrato de esta glamurización de la prostitución se realiza a través del fetichismo tecnológico: ahí está toda esa fuerza de trabajo corporal que se despliega en la plataforma Only Fans, mínimamente desprestigiada y máximamente publicitada.
El mecanismo capitalista de la glamurización, con ayuda de la magia digital, es capaz de prestigiar las expresiones lujosas de la prostitución y convertirlas en objetivo de lo aspiracional, como un trabajo que sí premia directamente la dedicación a las placenteras tecnologías de la belleza y el culto al cuerpo que tanto se han democratizado. Estaríamos ante un mercado de trabajo que gira en torno a un determinado tipo de cuerpo, demandado por igual en las redes sociales, los programas de Telecinco, los ‘reality shows’, los bolos de las discotecas, Only Fans y, seguramente, muchísimos negocios que busquen este tipo de reclamo. Este cuerpo, caracterizado por una exacerbación de los caracteres sexuales secundarios en hombres y mujeres, era una excepción en el espacio ‘mainstream’ hace un par de décadas, cuando Yola Berrocal era observada como una extravagancia o un fenómeno friki.
Podemos comprobar fácilmente la potencia de este mecanismo capitalista de la glamurización con acento ‘tech’ en el mundo de las influencers, una figura en principio denostada (recordemos: en 2007 era vulgares ‘mujeres anuncio’) que en tiempo récord se ha reposicionado como relevo de las actrices y famosas en el mundo de la publicidad y la moda. Fijémonos, por ejemplo, en María Pombo y su reciente maternidad, convertida en contenido mercantil en su perfil de Instagram, a través de una serie de publicaciones y vídeos que han rebasado los límites fijados hasta la fecha para la exhibición de la circunstancia postparto. El momento íntimo del encuentro entre madre y bebé, antaño fotografiado por las revistas en un posado calculado, se transforma hoy en un elemento más del show que no termina jamás. No llega a mostrar el parto como hicieron varias Kardashians, pero difunde unas escenas íntimas que cuesta contemplar en un espacio comercial. Estaríamos ante una exhibición de la intimidad que podría entrar en el territorio pornográfico de Only Fans, un tipo de porno en el que la contraparte masculina duerme en un sofá al fondo mientras la madre desgrana su felicidad con niño en pantalla. Mientras, los regalos de las marcas esperan su ‘unboxing’ en casa.
Paradójicamente, una mujer que debe entregar su cuerpo y su bebé al consumo de contenidos online disfruta de un prestigio considerable en nuestra sociedad, hasta el punto de figurar en la gama alta de las revistas que comercializan con la ideología de género, como ‘Hola’ o ‘Telva’. Sin embargo, la posición de María Pombo y otras influencers no es tan distante de las desprestigiadas ‘cam girls’ que se dejan ver previo pago. Pensemos en cuál es la visibilidad de mujeres jóvenes con fortuna y apellido que también salen en ‘Hola’ o ‘Telva’: ¿qué sabemos de Ana Cristina Portillo Domecq, Victoria López-Quesada y de Borbón o Isabella Ruiz de Rato? Cuanta menos visibilidad o más anonimato, mayor poder. Pareciera como si el prestigio aspiracional y la popularidad de las mujeres no tuviera ya que ver con méritos dignos de universalizarse, sino que funcionan como factores llamados a disciplinar la entrada del cuerpo femenino en el mercado de los contenidos virales. Cuantos más, mejor.
A la vista de lo que está sucediendo en los perfiles de Instagram y TikTok de algunas de estas mujeres, la aparición anual de Cristina Pedroche al frente de las campanadas sin vestido resulta ya viejísima. Como un resabio extemporáneo de aquel “¡que vienen las suecas!” que hacía arremolinarse a los señores españoles frente a los biquinis de las rubias veraneantes en el final del franquismo. De tan siglo XX, hasta resulta enternecedor. Quién pillara el destape. Lo de ahora es infinitamente más perverso.
Sobre el d(D)erecho
Adan y Eva reloaded
Dwayne ‘The Rock’ Johnson es el actor mejor pagado de Hollywood y también el que más gana en Instagram. De hecho, ha destronado a Kylie Jenner del número 1 de la lista con los más ricos de la red social que elabora Hopper HG: es la única persona del mundo que cobra más de 1 millón de dólares por post. El coste por post de Johnson ha incrementado su valor un 15% en el último año.
Anne Carson
[Una buena imagen para hablar de: el régimen de la sensibilidad, el deseo, el valor, la legitimidad, la masculinidad, la feminidad, la influencia, los modelos de conducta, la norma hegemónica, el consumo de uno mismo, la performance paródica del género, el paroxismo histérico del genero, los mecanismos compensatorios de las sociedades].











