Con una excusa banal pero efectiva,
tu espalda se volvió mía.
Las manos se despertaron, envolvieron los pechos
y con los dedos toqué las impacientes caderas…
lo tuyo no era claramente una invitación
y desde luego no me aparté.
Era una hermosa amistad
¡Nunca, pensé que esto ocurriría!
Trascurrieron años, no fue en un día;
pero en esa tarde noche cálida mirando al mar
hablamos nos encontramos, nos miramos,
nos besamos, nos acariciamos…
¡Nos conocimos en profundidad!
Tu cuello cautivó mis labios
y tu voz, entrecortada y ardiente,
temblaba y me incitaba…
¡Más, más… continúa y no pares!
Tu aroma llenó la pequeña habitación
con la piel húmeda y ardiente
con gotas calientes esperando ser saboreadas.
En esos instantes todo pasión,
entre suspiros llantos y risas
envueltos en la locura de una brisa
supe que te amaba, así tirados en el suelo
llorando por la vida, bailando de alegría
aprisionando las manos en el colchón…
Te amaba entre mi pecho, entre mi pelo
entre mis piernas, cuando me alzabas
cuando caía…
Cuando me hacías parar,
para poder sentirte mejor, y más.
La noche inquieta, oscura y silenciosa
se convirtió en un concierto de alientos,
y las bocas, hambrientas y excitadas
remodelaron escalofríos olvidados
persiguiéndose con lenguas cálidas
impacientes y terriblemente ávidas…
El placer estaba a punto de llegar
pero el día quemó ese sueño
y desnudos, bajo el sol, ya no encontramos palabras,
la realidad nos sorprendió…
pero una cosa es cierta,
nunca digas nunca… lo imposible no existe.
Ahora cuando los años han pasado
doy gracias a Dios por haberte encontrado
aquél día de prácticas entre quirófanos
donde me echaste una mano con el instrumental…
¡Quién lo hubiera pensado!
Tú y yo, dentro del mismo sueño
con caricias y besos
de tiernos e impetuosos amantes.
© Araceli García Martín & Greg D.