LA QUISE SIN SABER

La quise
Sin saber que la quería
Tal vez porque no esperaba quererla
Tal vez porque no esperaba que me quisiera
Sólo quería mi libertad
No quería sufrir más
No esperaba ya nada del amor
Ni lo esperaba ya

La quise
Y no lo sabía
Tal vez lo supe
Al pasear por la Plaza Mayor
Al sentir en pleno verano
Ese frío en mi mano
Supe que me faltaba el calor
Que me hacía sentir su mano
Ahora que mis dedos colgaban tristes
Cuando antes eran felices
Jugando con los suyos

Puede que lo supiera
Al querer compartir mi alegría
y buscarla a ella
Al querer desahogar mi tristeza
Y saber que sólo sería posible con ella
Al sentir esa punzada de añoranza
Y saber
Que la echaba de menos
Que necesitaba los nudos
que en mi cuerpo hacían sus brazos

La quise
Y no quería quererla
No quería querer a nadie ya
Pero confieso
Que quería que me quisieran
Como ella me quería

Ella fue invadiendo mi vida
Con su alegría
Con su ternura
Conquistando mi cuerpo
Tomando posesión de mi corazón
Y sí
La quise sin saber
Aunque ahora sé
Que la quise
Ahora sé
Que siempre la querré

Miguel Ángel Martín
Todos los derechos reservados 30/6/2016

la quise sin saber

POR UNA SONRISA

Por una sonrisa
Puede cambiar una vida
Encenderse hogueras de alegría en el alma
Olvidar la tristeza

Por una sonrisa
Salen soles de alegría
Cada mañana en mi corazón
Y se despiertan sentimientos
Que ayer olvidé
Que hoy retornan invocados
Por una sonrisa

Por ella
Hoy sonrío yo
Y la vida me sonríe a mí
Sonríen mis miradas
Embrujadas
Por una sonrisa

Y por ella llega la primavera
Retornan los colores que hoy brillan
En las paredes de mi soledad
Descolocando a mi tristeza
Cruzo océanos de tierra
Navego entre montañas
Deseo hacer sonreír a tu corazón

Por una sonrisa
Sonríen hoy mis días
Me visita hoy el amor
Porque esa sonrisa corazón
Es tu sonrisa

Miguel Ángel Martín
Todos los derechos reservados 27/6/2016

sonrisa

El guerrero dormido del 1 al 7

CAPÍTULO I

Amanecía, el frío le estaba despertando pero no quería abrir los ojos, temía volver a vivir un día del pasado, un día que ya había vivido y que no le gustó. Últimamente tenía la sensación de que los días se sucedían demasiado parejos entre sí, una sensación creciente de apatía que le estaba consumiendo. Empezaba a sentir que muchas de sus ilusiones no se cumplirían y era una sensación demasiado creciente, intentaba resistirse a esos pensamientos pero… los ánimos que antes se daba, las palabras que antes le impulsaban, habían perdido sentido.

Lo peor era que una parte de él se sentía cómoda con la situación, tampoco vivía tan mal, la resignación podría no ser tan mala. Su posición en el poblado no era mala, no era la deseada pero era mejor que la de muchos; gozaba de ciertos privilegios, al fin y al cabo se los había ganado, no eran los que esperaba disfrutar a estas alturas pero…

Entonces, ¿por qué sentía ese vacío?, ¿por qué esa melancolía? Quería quedarse en la cama, seguir con los ojos cerrados y… soñar, soñar con esa vida no vivida en la que realizaba sus sueños de juventud, esos que el tiempo le negó. ¿O fue él? ¿Habría aún tiempo? La esperanza cada vez se asemejaba más a un recuerdo nunca acontecido, tal vez hoy fuera el día o tal vez fuera un día más.

Hubo una época en la que tenía fe en sí mismo, en la que estaba seguro de que sus habilidades le impulsarían al Círculo Rojo, el de los guerreros elegidos entre todos los poblados, todos se lo decían, destacaba con facilidad, ese era su destino. Pensó que todo seguiría su curso natural y le llegaría el reconocimiento, pero aquello no había sucedido y sentía que su tiempo había pasado, que había desperdiciado sus oportunidades; cada vez quedaba menos de aquel arrogante y confiado guerrero que incluso parecía que iría más allá del Círculo Rojo; él, que sorprendía con su destreza, ¿la seguía conservando?

El sol ya no acariciaba su rostro, le mordía y le obligó a abrir los ojos. Se levantó y fue al pozo, tenía sed y quería refrescarse, un nuevo día le esperaba. Se enjuagó la cara y comenzó a lavarse el cuerpo, el agua helada enseguida le hizo acelerar el proceso y aclarar su mente. Saldría a cazar unas cuantas piezas más y tendría un buen lote que vender de pieles, cogió su arco y se dirigió al bosque, era una de las ventajas de vivir alejado del poblado, tenía el bosque cerca. Otra de ellas era que así no tenía que tratar mucho con la gente, los recuerdos le incomodaban; cuando se hartaba de estar solo, bajaba y buscaba a sus amigos. El vino y algo de compañía le ayudaban a evadirse… casi siempre.

Llevaba un rato andando y no divisaba ninguna pieza, parecía que aquel día los animales se sentían aún más perezosos que él. Sus ojos escudriñaban expectantes, cuando de pronto avistó algo: era un conejo.
-Bueno, a falta de ciervos…- pensó.
Estaba demasiado lejos y había algunos árboles en medio. El viento soplaba desde su dirección, si se acercaba más, su olor llegaría al animal, además de que cualquier ruido le asustaría.
-Bueno, vamos a ver si aún conservo mi puntería.- se dijo a sí mismo.

Tensó el arco y se concentró en la pieza, ya no había árboles, ni viento, ni distancia, dejó la mente en blanco y la flecha salió.
-Bravo Mirza ¡Siempre he admirado tu puntería! ¡Veo que aún la conservas!- dijo una voz.
Mirza se volvió. Tras él se encontraba Aldrac, el jefe de los guerreros del Círculo Rojo, estaba tan concentrado que no le había oído situarse detrás de él.
-Parece que no lo suficiente como para que fuera digno de servir a tu lado en el Círculo Rojo.
-Lo suficiente y más. No fueron tus habilidades las que te impidieron probar el Círculo Rojo, Mirza. Tus carencias no residen ahí.
-Y, ¿en dónde residen esas carencias? Quiero saber los atributos que distinguen a tus guerreros, parece que a más de uno no le han servido en la batalla del Valle.
Mirza se refería al reciente encuentro con los bárbaros del norte en el Valle del Lobo; muchas vidas se perdieron, demasiadas, por parte de una guardia tan preparada como la del Círculo. Pero hablaba con resentimiento, aunque decía que le daba igual no haber entrado en el Círculo, una amargura le consumía desde entonces, pero no iba a reconocerlo. Él era mejor que muchos de los que allí estaban, se sentía ignorado injustamente, nunca lo entendió ya que nadie disparaba cómo él.
-Sigues sin entender nada, tus carencias están en tu interior, Mirza, deberías haber estado en el Círculo, incluso haber sido mi sucesor. Tienes el talento pero no el corazón y hasta que no encuentres tu corazón y luches por él, seguirás ensartando conejos.
Aldrac espoleó su caballo y se alejó. ¿Qué había querido decir? ¿Qué no tenía corazón? Claro que sí, lo había demostrado muchas veces. Aldrac chocheaba, los años empezaban a pesarle, esos argumentos sólo querían justificar la injusticia que se había cometido con él. ¿Acaso muchos de los del Círculo tenían más corazón que él? Claro que no, ni corazón ni destreza.
Y empezó a adentrarse más y más en el bosque, necesitaba más piezas que cobrar. Las palabras de Aldrac resonaban en su mente. Ni siquiera reparó en que aquella escena había tenido otro testigo.
Seguía dando vueltas a esas palabras y, en el fondo, sabía a qué se referían, aunque quisiera negárselo a sí mismo.
Tras desollar su pieza y almorzarla, siguió adentrándose en el bosque en busca de una pieza mayor. Al cabo de unas horas, divisó un venado al que rápidamente abatió. Era grande, tendría que volver a por él ya que era demasiado pesado y estaba lejos de casa.
-Es demasiado grande para ti solo cazador, deja que nosotros nos ocupemos.
Se volvió para darse cuenta de que tres guerreros desconocidos estaban frente a él, con mirada socarrona. Eran del Clan de las montañas.
-Puedes elegir entre irte y conservar tu vida o luchar y reclamar tu pieza. ¡Elige cazador!
Mirza reflexionó, podía intentar luchar con ellos, ¿pero merecía ese venado arriesgar su vida? Tenía muchos días por delante para cazar. Por otro lado, sentía una profunda rabia, muchas veces en su vida había retrocedido, tal vez a eso se refirió Aldrac. Durante unos segundos el tiempo se congeló.
-Yo os ofrezco la misma opción.
La voz venía de detrás de Mirza. Este se volvió para ver que un desconocido guerrero estaba a su espalda con la espada desenvainada, su mirada exhalaba confianza y sonreía con seguridad. El desconocido guerrero habló de nuevo:
-Mi espada aún no ha hecho ejercicio hoy, ¿queréis ayudar a que se desperece?
Los tres guerreros se miraron entre sí sorprendidos.
-La cosa no va contigo sino con el cazador- dijo el que parecía ser el jefe.
-Os equivocáis, sí va conmigo, no me gusta ver una lucha tan desigual de tres contra uno, tres contra dos parece más equilibrado.
Su mirada transmitió un mensaje de muerte que los tres guerreros leyeron.
-¡Nos volveremos a encontrar!- dijo el jefe mientras desaparecían entre la maleza.
Mirza vio como en pocos segundos se fundieron en el bosque.
Se volvió para agradecer al misterioso guerrero su ayuda pero ya no estaba. Corrió hacia el lugar en el que tan solo unos segundos antes lo había visto. No quedaba rastro siquiera de sus pisadas. Corrió y gritó alrededor del lugar, pero nadie le respondió.
Mientras volvía a su cabaña, no dejaba de preguntarse quién sería aquel guerrero, había en él algo que le resultaba vagamente familiar. Pero lo que realmente agitaba su cabeza era pensar que seguramente no habría luchado, eso y las palabras de Aldrac se adueñaban de sus pensamientos.
Sin darse cuenta, su vuelta era observada.

Aquella noche durmió mal, no hacía más que pensar en lo que había pasado. Sí, Aldrac tenía razón, pero no siempre. Estaba de acuerdo que algunas veces había fallado pero, ¿y en las que había destacado? ¿Acaso esas no contaban?
Al amanecer salió, iba en busca de Aldrac, necesitaba demostrarle su error.
Llegó al poblado, lo atravesó y se dirigió a la muralla. Tras ella estaba la gran casa de piedra, la fortaleza donde vivía Zor, el Rey del Valle. Justo en el lugar en el que habitaban los guerreros del Círculo Rojo que custodiaban al rey.
A la entrada estaban ellos, los conocía, se habían criado juntos, pero ahora ellos eran guerreros del Círculo y él, un cazador. Mirza se consideraba superior a ellos, nunca entendió por qué a él no lo habían elegido.
-Hola Mirza, ¡Que madrugador! – le saludaron cordiales- ¿Qué deseas?
-Deseo ver a Aldrac.
-A estas horas espero que sea importante, no le gusta que le molesten tan temprano; se ejercita en estos momentos y para él es un ritual. Nadie le molesta.
-Avisadle de que estoy aquí, esperaré a que acabe.
Al rato el guerrero volvió.
-Ha dicho que pases. Ya sabes cuál es su casa.
Mientras se dirigía hacia ella, Mirza observó como a pesar de la hora parecía haber una gran actividad. Encontró a Aldrac junto a la puerta de su casa afilando su espada.
-¡Buenos días, Mirza! ¿Qué deseas a tan tempranas horas?
-Vengo a hablar de lo que me dijiste ayer y a enseñarte algo.
-¿Sí?¿Qué deseas mostrarme?
-Tu error. Escoge a tu mejor arquero y ponnos a prueba.
Aldrac sonrió.
-De acuerdo. Presiento que sé lo que quieres, el mejor es Karac ya lo sabes, le llamaremos.
Karac siempre había sido su rival en los concursos de arco, ambos se habían batido mutuamente y no estaba claro quién era el mejor.
Pero Mirza, lo tenía claro.
-Bien, coloca los blancos a la distancia que quieras.
Así se hizo, las dianas estaban muy lejos a 150 metros.
Primera diana, Karac disparó… Primera diana.
Mirza apuntó, su mirada concentrada, trazó el tiro. Diana.
Las alejaron más. En ese momento Aldrac dijo que los dos dispararan al mismo tiempo. Así lo hicieron y ambos hicieron diana.
-Parece que habrá que alejarlos más- dijo Aldrac.
-No hará falta –dijo Mirza mientras levantaba su arco y disparaba su flecha, esta voló hasta a atravesar limpiamente la flecha de su rival partiéndola en dos.
-¿Es suficiente o quieres alejarlas más?- dijo Mirza orgulloso.
-No hará falta Mirza.- dijo Aldrac -pero, ¿Qué te parece si seguimos la competición? ¿Qué te parece si pasamos a… las espadas?
¿Espadas? No era su mejor arma, pero desde luego tampoco lo era de Karac; siempre lo había ganado fácilmente, siempre lo había superado fácilmente, no entendía por qué no llamaba a otro guerrero, muchos le derrotarían, pero… ¿Karac?
-De acuerdo, crucemos las espadas, si es tu deseo, aunque no lo entiendo.
Aldrac lo miró en silencio. Él sí lo entendía.
Las espadas cantaron en el aire. Pronto Mirza se sorprendió, no era la canción que pensaba escuchar. Karac se abalanzaba hacia él, apenas podía frenar sus acometidas, poco a poco iba retrocediendo. ¿Cuándo había aprendido a usar así la espada? Intentó contraatacar, pero sus mejores golpes eran frenados con facilidad ¿Qué estaba pasando? Y lo peor era ver la cara de seguridad de su adversario, la tranquilidad con la que le veía manejar la espada.
Y de repente, vio como tras un molinete Karac le desarmó.
-Estas sorprendido ¿verdad?- la voz de Aldrac se le clavó en sus oídos, en su orgullo-. Te preguntas como te ha podido ganar tan fácilmente, yo te lo diré, mientras tú apenas tocabas la espada, él siguió practicando, trabajando sus limitaciones con guerreros mejores que él y alcanzando su mejor versión con la espada. Esa es la lección que no has aprendido. No basta con el talento, hay que trabajarlo, luchar por superarse a uno mismo, y no conformarse con lo que la vida nos da porque, aunque a veces nos da, otras veces tenemos que luchar con ella y conquistar lo que queremos. Por eso no entraste en el Círculo Rojo. Vi talento, pero no vi determinación ni hambre.
Mirza escuchaba, la mirada baja, una mezcla de orgullo y humillación le poseía, pero lo peor era saber que Aldrac tenía razón.
-Ahora vete. Si un día eres digno de volver, te juzgaré.
-Seré digno, lo prometo.
-No, no me digas lo que vas a hacer, vuelve cuando lo hayas hecho. Demasiadas buenas intenciones nunca encontraron su destino. Vete ahora, por hoy ya he visto bastante y otros asuntos reclaman mi atención.
Mirza se quedó solo. Un enjambre de pensamientos le asaltaba. Aunque le doliese, Aldrac tenía razón, y eso le producía una sensación de ahogo en el pecho.
Emprendió el camino a casa abatido y confuso. ¿Sería realmente capaz de cumplir su promesa?
Alguien contemplaba su vuelta y también pensaba.

CAPÍTULO II

Aquella noche apenas pudo dormir y aunque intentaba fingir que no le importaba, sabía que no era así.
A pesar del frio, ardía por dentro. Se sentía humillado, ya que le habían ganado fácilmente con la espada, cuando antes siempre había sucedido lo contrario.
Bueno, pero con el arco, aún sigo siendo mejor, se decía, aunque la distancia se había reducido. Pensaba que si él hubiera entrenado tanto, sería mucho mejor que él, pero…no lo había hecho.
Demasiadas veces había confiado en su talento y no se había esforzado lo suficiente; y demasiadas veces su talento no le había bastado. Sentía que se le estaba mostrando lo que no deseaba saber.
El alba le sorprendió dando vueltas en su cama. Sabía que no iba a poder dormir más. Necesitaba hablar con alguien, sacar fuera lo que le estaba comiendo por dentro.
Se aseó y marcho en dirección al poblado.
Ghart, no se sorprendió al verle, habían crecido juntos, eran como hermanos. Muchas veces no había falta más que una mirada para que ambos supieran lo que pensaba el otro.
-Te esperaba, ya me llegaron noticias de tu pequeña batallita de ayer.
-Entonces, ya lo sabes todo. Me ganó con la espada- guardó un momento de silencio y continuó-. Pero sigo siendo el mejor arquero.
-¡De momento amigo! Por lo que sé, le faltó muy poco y, o tú cambias mucho, y por lo que te conozco, me cuesta creerlo; o pronto será mejor que tú.
-¡No! Yo siempre seré mejor. Tengo más talento que él.
-El talento que no se usa, se enmohece, se pierde. ¡Por supuesto que tienes talento! Siempre lo has tenido, pero pocas veces lo has aprovechado. Él, en cambio, siempre supo aceptar sus limitaciones y luchó por superarlas. Apuesto a que ahora mismo está entrenando.
Mirza frunció el ceño pensando que seguramente sería así.
-Bueno, pero a él le costará mucho más que a mí, tendrá que dedicarle más tiempo. Yo, con mucho menos, seguiré tirando mejor.
Ghart suspiró y miró a su amigo con expresión bondadosa.
-Mirza, sabes que te quiero como a un hermano, que haría cualquier cosa por ti, pero… ¡eres estúpido! ¿Sabes una cosa? Tú hablarás y él practicará hasta que te supere y créeme, lo hará.
Mirza intentó interrumpir a su amigo para justificarse, pero este no le dejó.
-Llevo años oyéndote quejar de todas las “tremendas desgracias e injusticias” que te suceden. Nunca te oigo hablar de lo duro que trabajas. Podías haber sido un gran guerrero, pero tú indolencia y falta de espíritu, te ha relegado a ser un simple cazador. Lo tenías todo, eres alto, fuerte, inteligente, los dioses te bendijeron con muchos talentos, pero te falta el principal: te faltan carácter y deseo. Nunca lo has dado todo, siempre abandonas y por eso eres ahora un cazador y no un guerrero del Círculo Rojo. No te sacrificaste para serlo. Preferías los placeres a corto plazo. Deseas pero no actúas. Y ahora si quieres puedes recitarme tus maravillosas excusas, las conozco todas. Pero esta es la triste realidad. Siempre abandonas cuando las cosas se ponen difíciles, como lo hiciste con Arina.
Arina. Aquel nombra aún le dolía, fue una de las razones, por las que abandonó el poblado. No quería verla.
Ghart vio su expresión y rápidamente cambió de tema.
-Todavía puedes conseguir lo que quieras, hay una parte de ti en la que creo ciegamente; por desgracia, hay otra de la que desconfío profundamente.
-Amigo, te confieso que muchas veces me siento perdido. Sé que hay algo bueno en mí, pero muchas veces tengo la sensación de que es tarde ya. Que mi tiempo pasó sin haber llegado.
-Bueno, aún estás vivo, ¿no? Tal vez, ya no puedas conseguir ser un gran guerrero como soñabas en tu infancia, pero aún puedes ser un gran cazador; incluso si entrenas duramente puede que llegues a entrar en el Círculo Rojo… Quién sabe, sigues siendo un gran arquero. Hay que ser realista amigo, yo también soñé con ser un gran guerrero, las mujeres se pelearían por mí, mataría dragones, recibiría los más altos honores, pero… mírame, crecí, vi que no tenía esos dones y me hice herrero ¡Y soy el mejor herrero de la comarca! Acepta la vida, Mirza, serás más feliz. A veces, tenemos que renunciar a nuestros sueños.
-Ghart, sé que es posible que no los consiga, que he fallado demasiadas veces, pero hay algo en mí que, puede que sin motivos ni fundamentos, se resiste a renunciar.
Ghart miró a su amigo con cierta tristeza. No quería confesarle que él también había perdido la fe en él. A pesar de saber el potencial que tenía, no creía que llegara a usarlo jamás.
-¿Por qué no vas a ver al druida? Él es el hombre más sabio de la región. Te conoce desde pequeño, tal vez te pueda aconsejar.
Mirza se quedó pensativo. Ciertamente el druida, era un hombre sabio, pero no se distinguía por su simpatía y su lengua era demasiado afilada. A Mirza no le gustaba oír ciertas verdades, vivía mejor con sus pequeños autoengaños.
-Lo pensaré, pero ahora lo que me apetece es sentarme a beber unas buenas jarras de vino para olvidar este mal día.
Ghart estuvo tentado de decirle que lo que debía hacer era entrenar y comer tan espartanamente como los guerreros del Círculo Rojo. Pero quería demasiado a su amigo.
-De acuerdo, esto me costará una gran bronca de mi mujer pero, ¡qué diablos! Vamos a emborracharnos. Total, si no es por esto, ya encontrará otro motivo para reñirme.
Y los dos amigos estallaron en alegres carcajadas, que continuarían toda la noche alentadas por el vino.
Mirza, también sabía que no era eso lo que debería estar haciendo, pero era su forma de evadirse de la realidad. Aunque a la mañana siguiente, no le esperaría un agradable despertar.

CAPÍTULO III

Cuando el sol empezó a entrar por la ventana, Mirza comenzó a despertarse lentamente, le dolía la cabeza demasiado, no quería abrir los ojos ¡Maldito vino! pensó ¡No volveré a beber!, aunque interiormente dudaba de esa afirmación.
Notó una pequeña sombra entre la molesta luz, al abrir los ojos se sobresaltó, un halcón lo miraba fijamente desde la ventana.
Instintivamente le arrojó una de sus botas, la cual pasó rozándolo, pero el halcón ni se inmutó.
Extrañado, se levantó, cogió su espada y se acercó a él, empezó a agitar la espada y a gritar para ahuyentarlo, pero el halcón permanecía impasible.
Decidido a espantarlo, levantó la espada para abalanzarla sobre él, pero cuando estaba dispuesto a asestar el golpe, notó la mirada del halcón penetrándole. Sus ojos parecían hablarle. Y sintió que el halcón estaba ahí por él.
“¡Debo estar volviéndome loco!- pensó- o será el vino” se dijo, mientras bajaba la espada.
Entonces el halcón voló de la ventana y se fue.
Mirza se dispuso a volver a la cama, cuando oyó un aleteo a su espalda. Se volvió justo a tiempo, para ver entrar al halcón por la ventana, voló sobre su cabeza mientras dejaba caer algo a sus pies. Al mirar que era, descubrió un Jilgu, un pájaro especialmente delicioso y escaso.
-¡Vaya! Gracias por tan delicioso desayuno, halcón.
El ave empezó a emitir alegres chillidos, parecía contento.

El halcón siguió cerca de la casa durante los siguientes días, de hecho Mirza empezó a utilizarlo para cazar.
-Nunca creí que tendría mi propio halcón, como un rey- pensaba- aunque tenía algunos conocimientos de cetrería, no le hicieron falta, el halcón parecía entender sus órdenes, e incluso a veces se adelantaba a ellas. Y cuando cobraba la pieza, cosa que hacía siempre, lo celebraba con un gran alborozo. Mirza empezó a acostumbrarse a su presencia, y hasta le estaba cogiendo cariño, le hacía sentirse acompañado.

A pesar de que ya habían pasado algunos días desde el incidente de su derrota, aún le martirizaba, pero lo que más le preocupaba, era que desde entonces, y a pesar de lo que había dicho, no había hecho nada. Sentía que tenía muchos deseos pero poca voluntad, que hacía mucho que la había perdido. Tal vez en el fondo se encontraba demasiado cómodo con su vida, a pesar de no ser feliz con ella; tal vez tenía miedo a cambiar, a asumir responsabilidades; o tal vez era miedo a enfrentarse a su realidad, a afrontar su verdad. Puede que no fuera tan bueno como pensaba.
Tal vez debería ir a ver al druida, puede que necesitara a alguien que le empujase; pese a sentir que dentro tenía el talento necesario, también notaba que le faltaba confianza para sacarlo. Aunque no sabía si le agradaría mucho oír lo que el druida le iba a decir.
El druida vivía lejos del poblado, en el bosque. Aunque siempre estaba dispuesto a ayudar a quien lo necesitara, no era especialmente sociable y era conocido por su sinceridad y por no tener ningún `problema en decir las verdades a todo el mundo.
Además, se le temía por sus poderes aparte de sus habilidades de curandero, se decía que poseía conocimientos de hechicería y que dominaba las artes oscuras.
La mañana en que había decidido ir a verle, amaneció gris y lluviosa. Mirza se asomó a la puerta y al ver lo que le esperaba fuera, pensó que tal vez sería mejor ir otro día con mejor tiempo.
Cuando se disponía a volver a entrar, sucedió algo extraño, el halcón se puso a revolotear a su alrededor y a emitir agudos chillidos.
-Pero bueno, ¿qué te pasa? ¿Has enloquecido?
Entonces el halcón agarró una de las botas de Mirza y la llevó hasta la puerta, donde la depositó. Acto seguido, agarró la otra e hizo lo mismo mientras seguía emitiendo chillidos agudos.
“Me estaré volviendo loco- pensó -pero parece que quiere que salga”.
Y en efecto, cuando se puso las botas y cogió su arco, los chillidos agudos comenzaron a sonar alegres. El halcón revoloteaba a su alrededor y luego volaba en dirección al camino. Parecía que quería que lo siguiera.
“Está bien– pensó-, veremos donde me quieres llevar”.
Al cabo de un largo rato siguiéndole, se dio cuenta de que el camino conducía a la cabaña del druida.
-¡Vaya! Yo no quería ir, pero parece que tú sí quieres que vaya- dijo.
Yo no quería ir…Se dio cuenta en ese momento: la lluvia era una excusa, como de costumbre, para posponer lo que sabía que debía hacer.
-Está bien, halcón, vamos allá, tal vez haya algunas cosas que debo escuchar.
Al cabo de dos horas, avistó la cabaña del druida.
Se disponía a llamar a la puerta, cuando esta se abrió y el druida apareció ante él.
-Pasa Mirza, te esperaba– le dijo el druida al abrirla.
-¿Me esperabas?
-Sí, desde hace varios días, veo que te ha costado decidirte… o tal vez te han hecho decidirte.
Al pronunciar esas palabras, el halcón se posó en el hombro de Mirza y emitió un alegre sonido.
-Hola amiguito, veo que al final has conseguido traerle.
-¿Cómo sabes todas esas cosas? ¿Qué sabes de este halcón? Apareció hace unos días en mi casa, es extraordinario, caza como ninguno y es dócil como una mascota. Bueno excepto cuando decidió que quería que viniese aquí.
-Ese halcón es muy especial. A su debido tiempo te será revelado por qué ha llegado a tu vida. Solo te diré que puedes confiar en él. Y dime… ¿A qué has venido?
-Bueno, creí que tú me lo dirías, pareces saberlo todo…
-Y lo sé Mirza, pero tú también lo sabes: has venido a que te diga lo que debes hacer, has venido a que te dé la confianza para atreverte a realizar tus sueños. Pero nadie te puede dar la verdadera confianza, excepto tú mismo.
-¡Pero yo confío en mí!– intento replicar Mirza.
-No, confías en una parte de ti, pero hay otra parte que es la que te domina, que se ha acomodado a la vida que llevas, pese a no gustarle. Te da miedo salir de ella, te da miedo enfrentarte a tus limitaciones. Que salgas a la vida y que esta te muestre que tal vez no eres tan bueno como crees ser y si pierdes ese pequeño consuelo, sientes que ya no tendrás nada.
Mirza le escuchaba en silencio, se sentía incapaz de decir nada. Las palabras del druida, le resultaban dolorosamente ciertas.
-Pero Mirza, la única manera de saber lo que valemos, es ponernos a prueba. Tú has venido hoy aquí para escuchar lo que querías oír, pero no lo harás, como no lo hiciste el otro día cuando visitaste a tu amigo. Debes enfrentarte a la verdad de tu vida.

En ese momento, el halcón emitió un chillido mientras miraba a Mirza. Este seguía en silencio, realmente no le gustaba lo que oía, sobre todo porque sabía que era cierto.
-Te aferras a tu talento de arquero para consolar tu vida y ni siquiera lo desarrollas. Eres como las estrellas fugaces que vemos en el cielo, te conformas con un fogonazo y luego dejas de brillar. No te das cuenta, de que ni siquiera estás utilizando ese talento de manera plena. Vives de lo que los dioses te regalaron un día, sin saber que tienes otros muchos dones que te están esperando. Talentos que no ves, talentos que no usas, que podrían ayudarte a ti y a los demás. Pero pasas por la vida dormido y hasta que no despiertes, no te serán mostrados. Ten cuidado, mucha gente muere sin haber despertado, sin realmente haber vivido.
La cara de Mirza, mostraba hasta qué punto las palabras del druida estaban llegando a su corazón.
-Todos hemos sido mandados a este mundo por alguna razón, debemos descubrir cuál es nuestra misión en esta vida y cumplirla. Desgraciadamente, muchas veces no oímos las señales que los dioses nos mandan y nos alejamos de nuestra misión. Preferimos oír otras voces, que nos conducen a una vida más cómoda, en la que no seremos realmente felices. En mi juventud, cuando descubrí los poderes que poseía, quise ser un gran y temido mago admirado por todos. Desarrollé mis poderes, estudié con poderosos magos, cuyo nombre no me está ni siquiera permitido pronunciar, y en mi arrogancia y estupidez llegue a considerarme por encima de ellos. Me sentía poderoso puesto que todos me temían. Pasaron los años, y al llegar a mi madurez era tan fuerte mi magia, que otros magos querían estudiar conmigo, los reyes solicitaban mi favor. Mi vanidad era feliz, pero yo no, tenía todo lo que creía que quería, pero eso no me daba la felicidad. Incluso a solas, sentía una extraña angustia. Hasta que un día se cruzó en mi camino un mago que cambió mi vida, un mago tan poderoso, que ni siquiera sabía de su existencia. Él transformó mi vida porque me enseñó el porqué de mi tristeza y por qué no era feliz a pesar de lo conseguido. Yo no había sido puesto aquí por los dioses para servir a mi vanidad, si no para servir a los demás. Dejé de ser un mago y me hice druida, para curar y ayudar. Y te aseguro que desde entonces soy feliz.
Mirza seguía en silencio, escuchando atentamente al druida, sorprendido por todo lo que le contaba.
-¿Y cuál es mi misión?– dijo Mirza.
-No puedo contestarte a eso Mirza, habrás de descubrirlo tú mismo.
-¡Pero a ti te lo dijo ese gran mago!- protestó Mirza-, seguro que tú sabes cuál es mi misión. Ayúdame druida, es cierto que me siento perdido, es cierto que siento que estoy pasando por mi vida dormido, que no sé cómo vivir, no cómo hacer para ser feliz. Estoy desorientado, siento que no tengo voluntad, sólo deseos. Me evado de mi realidad, tirando el tiempo en cosas que me alejan de lo que realmente quiero. Y ahora creo que han pasado mis mejores años, que no logré mis sueños de niñez.
A Mirza se le quebraba la voz, el dolor de toda una vida, se agolpaba en su garganta. Se sentía a punto de llorar y no quería hacerlo ante el druida.
Este se dio cuenta de lo que le pasaba.
-Mirza, hasta los dioses lloran, hasta ellos sienten dolor. Yo lloré mucho a solas, me sentí como tú. Los hombres creemos que mostrar lo que sentimos disminuirá nuestra hombría y lo que realmente hace es mostrarla de verdad. Un hombre no es un verdadero hombre si es incapaz de sentir y de mostrar lo que siente.
Mirza, ya no pudo aguantar más y empezó a llorar.

-Siento que ya es tarde para mí, que no lo conseguiré. Mi vida ha pasado, no tengo esposa ni hijos y temo que ya no los tendré. Perdí al amor de mi vida, y no la culpo por no querer a un hombre débil como yo. Un hombre que no fue capaz de luchar. Y sé que no puedo culpar a nadie sino a mí mismo; sé que los dioses fueron generosos conmigo al nace, y que estarán enojados por cómo desperdicié sus dones. Dime, druida, ¿qué puedo hacer? ¿Queda alguna esperanza para mí? ¿Mi vida acabó ya? ¿Esto es lo que me espera? Por favor, druida, dime que puedo hacer, no quiero seguir dormido en esta vida, no quiero ver pasar más años así.
Mirza sentía que no podía parar de sollozar. El druida lo miraba con piedad.
-¿Qué puedo hacer Druida? Dímelo por favor– insistía Mirza- y si tú no puedes, dime quién puede. Iré a ver a ese gran mago, pero no quiero seguir así.
-Cálmate Mirza, claro que aún existe esperanza. Por el solo hecho de estar vivo, la esperanza habita en ti. Por el solo hecho de vivir, aún puedes elegir tu destino, aún puedes escribir tu vida, y si hasta ahora estabas dormido, sólo por vivir puedes despertar. Entiendo tu alma rota, sé que deseas que te guíe, pero créeme, nadie puede guiarte, sino tú. Yo no tengo la solución a tus problemas ni puedo decirte cómo vivir.
-Pero a ti te lo dijeron, a ti te orientaron. Si tú no puedes, dime quién puede e iré allí.
El druida se quedó pensativo.
-Déjame pensar. Fuera la tormenta arrecia, quédate hoy conmigo, cálmate, pasaremos el día juntos, me enseñarás las maravillas que hace tu halcón. Te quedarás a dormir. Esta noche consultaré a los dioses y mañana tendrás una respuesta.
Y así fue, pasaron el día hablado como antiguos camaradas. Cuando la tormenta amainó, Mirza le mostró al druida cómo cazaba su halcón. Se mostraba orgulloso de él y el halcón revoloteaba alegre a su alrededor.
Al final del día se fueron a dormir. Mirza deseaba que las horas volaran y llegara el alba, estaba deseando saber qué le diría el druida.

CAPÍTULO IV

El día amaneció mientras Mirza esperaba de manera ansiosa la respuesta del druida. No había podido dormir. No podía dejar de pensar. Aquella noche su vida pasada vino a visitarle y no le gustó lo que le mostró.
Mirza tenía miedo, no sabía si sería capaz de cambiar, de conseguir aquellos sueños perdidos a los que había renunciado. Tal vez su amigo tenía razón, tal vez Aldrac tenía razón, su talento no era tanto y no le llevaría a la morada de sus sueños.
Pero el druida le había dicho que aún quedaba esperanza…
En ese momento, la puerta se abrió, y el druida salió de su habitación.
-Buenos días, Mirza, ¿has dormido bien? Yo sí.
-Te envidio entonces druida, porque yo, apenas he conseguido dormir. No hago más que pensar en nuestra conversación de ayer. ¿Dime qué has decidido?, dime que me ayudarás.
El druida notaba la angustia en la voz de Mirza.
-He consultado con los dioses de la noche. Si quieres cambiar tu vida, has de cambiar tu mundo. Si sigues haciendo las mismas cosas que hasta ahora, obtendrás los mismos resultados. Has de hacer cosas diferentes, si deseas obtener diferentes resultados. Te has acomodado en una forma de vida, que sin darte cuenta te está matando lentamente.
He tenido un sueño, en él te he visto dormido, te he visto también despertando, pero no era un despertar fácil, de hecho en el sueño después de despertar volví a verte dormido de nuevo. Esto significa que, aunque logres despertar, si no trabajas duramente, volverás a quedarte dormido. Los hombres son predominantemente negativos y si no trabajan para llegar a lo mejor de ellos, a esa parte creativa que les fue dada al nacer, su parte de hijos de los dioses, será su entidad negativa la que tomará el control de sus vidas. En mi sueño también te veía lejos de aquí, esa es otra señal de que debes dejar esta vida, no es aquí donde despertará tu vida. Has de ir lejos para encontrarte a ti mismo.
-¿Y a dónde debo ir?– preguntó Mirza-.
-A donde vive alguien más sabio que yo, debes ir a la morada del Gran Mago.
-¿Y cuál es su nombre? ¿Cómo puedo llegar hasta él?
-Por desgracia no lo sé, él aparece cuando quiere y solamente ante quien él desea. Ningún humano sabe dónde habita y, si logras encontrarle, él te revelará su nombre.
La cara de Mirza mostró una gran decepción.
-Entonces, ¿cómo haré? He de esperar a que se manifieste ante mí. ¿Por qué iba a hacerlo? No soy nadie, solo un pobre arquero que no sabe qué hacer con su vida.
Mirza pasó de la decepción a la tristeza.
-Todos somos alguien, todos somos mucho más de lo que pensamos. Si tan solo creyéramos más en nosotros, se manifestaría la esencia de nuestra divinidad, pero nuestras dudas nos hacen indignos de nosotros mismos. Somos mortales porque no creemos que podamos vivir eternamente. No creemos en la capacidad de nuestros cuerpos para sanarse a sí mismos. No creemos en las maravillas que nos fueron dadas al nacer. Por eso ese vacío de la falta propia de fe, intentamos llenarlo buscando confianza y aprobación fuera. Buscamos las cosas que creemos que nos harán felices fuera, cuando si fuésemos felices con lo que tenemos, todo llegaría a nosotros, por eso somos mortales y no dioses.
Mirza escuchaba en silencio, no entendía muy bien lo que el druida le quería decir, su preocupación era como llegar al Gran Mago.
-Sí, bien, pero eso no resuelve mi problema, si ningún humano sabe dónde vive, ¿Cómo voy a llegar a él?
-Cierto, ningún humano te podrá llevar a él, ningún humano…
El druida miró fijamente a Mirza a los ojos, parecía querer decirle algo, pero Mirza no entendía qué. Si ningún humano podía, ¿quién le iba a guiar entonces?
El silencio se apoderó de la estancia, hasta que fue roto por un chillido del halcón.
El druida y Mirza lo miraron.
-Ahí tienes tu respuesta, parece que los dioses te mandaron un guía.
El halcón empezó a volar alegre por la estancia hasta posarse en el hombro de Mirza que lo miraba perplejo.
-Antes de saber lo que querías, la respuesta había llegado a ti. Ya te dije que era un halcón especial y que podías confiar en él.
-Pero… ¿Cómo sabes que él conoce el camino?
-Lo sé y a su debido tiempo te será revelado. Tú confía en él.
El halcón chilló como asintiendo.
-¿Y qué debo hacer?, ¿Cuándo debo partir?
-El mejor momento fue ayer.
Partir, sí, debía partir, pero por otra parte, ¿Quién sabe a dónde le llevaría aquella aventura? Tendría que afrontar muchos peligros. ¿Merecería la pena? Aquí por lo menos estaría seguro… Tal vez, si entrenaba y se tomaba las cosas en serio, podría cambiar aquí, entrar en el Círculo Rojo, Tal vez sí…
-No lo harás, aquí no despertarás– le dijo el druida- ahora mismo la historia de tu vida se está reproduciendo en tu cabeza, tu entidad negativa te está hablando, tu conformismo está tirando de ti, te estás dando excusas, razones para quedarte. Elige, tus excusas, tus razones, o el resultado de lo que deseas, de lo que realmente quieres. Porque… dime Mirza, ¿realmente lo quieres? ¿Realmente estás dispuesto a pagar el precio?
Se hizo el silencio.
-¡Sí, claro que lo quiero! Pero…
-Ese pero, son tus dudas, tus miedos, dices que necesitas algo, que no puedes seguir así. Pero cuando se te presenta la oportunidad, te planteas si merece la pena. Pues bien Mirza, no hay ningún hechizo, ninguna poción mágica que cambie tu vida, los dioses no vendrán a hacerlo. Ahora eres tú quien ha de decidir. Ahora, como siempre, todo depende de ti. Tampoco pasa nada, puedes seguir como hasta ahora, es una vida soportable ¿No? Las hay mucho peores, no eres un siervo ni un esclavo, nadie te manda. Pero dime, cuando la insatisfacción vuelva a llamar a tu vida, cuando te vuelvas a lamentar, ¿qué te dirás a ti mismo? Tranquilo, seguro que encontrarás una buena justificación.
Mirza se quedó en silencio, se disponía a contestar al druida, a decirle que no, que lo haría, pero este siguió hablando.
-¡Ahora vete! Tengo cosas que hacer. No me digas nada, piensa bien en lo que ha pasado y decide, pero escucha a tu corazón, no a tu cabeza.
La mente de los hombres tiende a confundirlos, ella quiere proteger su supervivencia. Escucha a tu corazón, él nunca se equivoca.
Dicho esto, el druida volvió a su habitación. Mirza se quedó solo con sus pensamientos. Durante todo el camino de vuelta, no hubo un segundo en que no meditara sobre lo sucedido. Al llegar a su casa, la decisión estaba tomada.

CAPÍTULO V

A la mañana siguiente Mirza preparó sus cosas y se dispuso a abandonar su cabaña. A emprender su camino.
Las dudas le asaltaban, tenía miedo a lo desconocido, miedo a que este peligroso viaje le costara la vida. No confiaba mucho en lograrlo esta vez, si nunca lo había conseguido, ¿por qué había de hacerlo ahora?
Y su destino dependía de un pájaro. En ese momento el halcón empezó a volar ante él, en dirección al sendero. Mirza lo siguió, tal vez era una señal de los dioses. Miró por última vez su cabaña, al poblado en la lejanía y se dispuso a salir al sendero a la búsqueda de su destino.
Durante tres días siguió al halcón, se iban alimentando de lo que cazaban. Era un buen cazador, pero sus dudas y miedos seguían caminando con él. El halcón le estaba llevando al norte y los de su tribu nunca se habían alejado demasiado en esa dirección, se decía que vivían extraños seres y que habitaba una peligrosa raza de guerreros. Ni siquiera sus enemigos de las otras tribus rivales, se aventuraban mucho por allí y los que lo hicieron no volvieron.
En ese momento, el halcón salió del camino y se adentró por la izquierda del sendero. Mirza le siguió contrariado, había mucha maleza, por el camino iba cómodo, estaba despejado. El halcón le tuvo durante horas subiendo montaña arriba, en muchas ocasiones bordeando porque la maleza impedía el paso.
“¡Maldito halcón!– pensaba Mirza- no sé por qué me lleva por aquí, esto está impracticable”.
Veía el camino a lo lejos y estaba tentado de regresar a él. Pero cuando lo intentaba, el halcón se abalanzaba sobre él, picoteándole.
-¡Está bien! ¡Te seguiré!, el druida dijo que debía confiar en ti, pero no entiendo por qué me llevas por aquí habiendo un camino por el que podría ir más fácilmente.
En ese momento vio gente en la lejanía. Por el camino iba un grupo de jinetes. Llevaban detrás de ellos una hilera de prisioneros que seguramente serían vendidos o pasarían el resto de su vida como esclavos de aquellos guerreros.
Mirza se dio cuenta que de haber seguido por el camino hubiera coincidido con ellos y pasado a ser uno más de aquella hilera de prisioneros.
Y entonces comprendió que al igual que en la vida, el camino que elegimos creyendo que es más fácil y seguro, resulta ser el más difícil y peligroso, porque, al igual que aquellos hombres, podemos caer prisioneros de nuestras debilidades, de la aparente comodidad. Y en ese camino al igual que ellos, podemos perder cosas tan valiosas como la libertad.
-Gracias halcón, no volveré a dudar de ti. Te seguiré a donde me lleves.
El halcón subido en una rama, dio un alegre chillido y reanudó su vuelo. El viaje debía continuar.
Pasaban las jornadas y seguía avanzando. Mirza se encontraba ya en territorio desconocido.
A pesar de no haber tenido ningún mal encuentro, su intranquilidad seguía. En esos momentos no le encontraba mucho sentido a aquel viaje. Su cabeza seguía girando, recordaba su pasado y, aunque este le impulsaba a seguir adelante, también le tentaba para regresar. Estaba cansado, pero sobre todo por no ver ninguna señal que le dijera que estaba haciendo lo correcto.
Solo le alentaba su halcón. Estaba claro que no era un halcón normal y sabía que tenía sentido en su vida, aunque no sabía muy bien cual, necesitaba algo más.
A la jornada siguiente al subir a lo alto de una colina, avistó un hermoso valle. Al contemplarlo, por primera vez desde que salió de su casa, sintió una breve sensación de paz.
Entre el frondoso bosque divisaba un río y pequeñas lagunas, en las que este se detenía a reposar. En una pradera, avistó una manada de ciervos, pensó que si cobraba alguno de ellos se daría un gran festín.
Pero le llamaba la atención, no haber visto rastro de vida humana, desde que se cruzó con los guerreros, ni cabañas, ni humo, nada.
Descendió hacia el valle, decidió comer al lado de una de las lagunas. El halcón cazó para él un conejo, del que dieron buena cuenta.
Se sentía tranquilo por primera vez en días. Se apoyó en un enorme árbol para descansar mientras contemplaba la laguna. Pensaba que no sabía si llegaría ante el Gran Mago, pero en ese momento se sentía en paz.
-¿Quién eres y por qué te apoyas en mí?
Al oír esa voz grave y poderosa, se levantó sobresaltado pero no veía a nadie. Desenvainó su espada.
-¿Quién anda ahí? ¡Muéstrate!
-Me estás viendo- respondió la voz.
Y entonces vio que venía del árbol.
-¿Quién está subido al árbol?
-Nadie está subido a mí– respondió la voz.
Mirza no podía creerlo, el árbol le estaba hablando.
-No puede ser, los árboles no hablan.
-Si hablamos, sois los hombres los que habéis perdido la capacidad de escuchar. Todos procedemos del mismo sitio y por eso hablábamos la misma lengua. Hasta que los hombres dejasteis de escuchar a vuestro corazón y empezasteis a escuchar a vuestra mente. El lenguaje universal viene del corazón.
-¡No puede ser! Y entonces, ¿por qué yo te oigo? ¿Por qué te comprendo?
-Buena pregunta, hacía siglos que ningún hombre podía oírme. Dime, ¿quién eres y qué haces aquí?
Mirza, entre asustado y sorprendido relató su historia al árbol.
-Mmmm, así que buscas al Gran Mago para que te ayude.
-¿Lo conoces?
-Todas las criaturas del bosque saben de él, aunque no lo hayan visto. ¿Y qué quieres de él?
-Que me ayude a cambiar mi vida, que me ayude a convertirme en el gran guerrero que debo ser.
-Mmmm, que debes ser. ¿Por qué?
-Para demostrar a la gente del poblado lo que valgo, que soy tan bueno o mejor que los guerreros de Círculo Rojo.
-Así que esa es tu motivación. Esto es muy raro.
-¿Por qué?– preguntó Mirza.
-Ciertamente ha de haber algo muy especial en ti para que me oigas. Pero tus razones no lo explican.
-No te entiendo, árbol.
-Debes tener un corazón puro y bueno para oírme, pero tus razones no son las de una persona que se mueve por un corazón así, sino las de una que se mueve por el orgullo, por su ego.
-Soy una buena persona, árbol, créeme, sólo quiero demostrar a los demás lo que valgo.
-¿Para qué?
-¿Cómo que para qué?
-¿Serás más feliz así?
-¡Claro! Taparé sus bocas, me envidiarán, le demostraré a Arina mi valor.
-Mmmm, realmente necesitas ver al Gran Mago. No sé qué planes tienen los dioses para ti, todo esto es muy raro.
-¿Por qué, árbol?
-Porque eres como un niño enfadado y no te mueven los motivos correctos. No has de demostrar nada a nadie. Sólo has de ser el mejor guerrero que puedas ser, si es lo que quieres por ti mismo. Mira tú halcón, él no necesita demostrar que vuela, ni lo bueno que es cazando- el halcón emitió un chillido-. Las flores no necesitan demostrar que son hermosas ni compiten por cuál da el mejor olor. ¡Ay! Decididamente los hombres habéis perdido el contacto con la fuente de vuestra creación. Mira en tu interior y encuentra los paraqués de tu viaje, olvida los porqués de tu mente y escucha a tu corazón. Ahora vete, hacía mucho que no hablaba y estoy cansado.
-¡Árbol, árbol, espera, explícame más!
Pero el árbol se quedó en silencio. Mirza comprendió que no hablaría más.
Aún seguía perplejo. ¡Un árbol que hablaba! y ¿por qué sus motivos no eran válidos? A él le parecía que sí lo eran, y mucho.
Reanudó la marcha, seguía pensando en las palabras del árbol. Claro que tenía un corazón puro, bueno, era humano, no era perfecto, tenía ciertas impurezas en él de las que no se sentía orgulloso.
Pero, ¿qué tenía de malo querer demostrar su valor? Había sufrido mucho por el menosprecio recibido. No se había hecho justicia con él, aunque en ocasiones debía reconocer que él tuvo gran parte de culpa. A veces le faltó valor, carácter.
Entonces el recuerdo de Arina volvió a él y un halo de tristeza lo cubrió. Ella lo había rechazado y él la amaba con locura. Pero ella que en un tiempo sintió algo por él, luego no lo pensó digno de ella.
No, no quería pensar en ella, su recuerdo le torturaba, no podía olvidarla.
Su cabeza volvió a las palabras del árbol. ¿Cómo iba a hablar con su corazón? Tal vez se quedó dormido y lo había soñado todo. Sí, posiblemente eso había pasado. Al fin y al cabo, los árboles no hablan, ¿O sí?
Estaba cayendo la tarde, siguiendo al halcón avanzaba veloz, aunque no sabía a dónde. De pronto vio en medio del bosque a una anciana, iba muy cargada para lo menuda que era, llevaba leña, seguramente para cocinar y calentar su hogar.
-Buenas tardes anciana, no se asuste, no voy a hacerle nada.
-¿Por qué iba a asustarme joven? No tengo nada de valor y no creo que resulte ya atractiva como mujer– dijo la anciana con una sonrisa.
-Va muy cargada, si me lo permite le ayudaré a llevar la leña a su casa.
-Eres muy amable, ciertamente esta leña pesa mucho, no voy a despreciar tu oferta.
Mirza cargó la leña, esta tenía un peso considerable, incluso para un guerrero fuerte como él.
-Anciana, eres muy fuerte a pesar de tu aspecto.
La anciana sonrió.
-Pero voy muy lenta. ¿Qué haces por estos lares?
Y Mirza le contó su historia y al igual que al árbol, sus motivos. La anciana le escuchaba.

-Nunca he sido feliz, anciana, quiero borrar mis errores del pasado y demostrar lo que valgo, sobre todo a ciertas personas.
Y siguió hablando, la anciana le inspiraba tal confianza que, sin saber por qué, le abrió su corazón y le contó cosas que a nadie le había revelado, ella escuchaba atentamente.
Por fin, llegaron a la casa. La anciana le ofreció comida y vino en agradecimiento, así como cobijo, ya anochecía. Mirza aceptó, estaría bien no dormir a la intemperie por una noche.
Hablaron mucho, sobre todo Mirza, sentía una extraña necesidad de desahogo.
-Pero no quiero aburrirte más con mis penas, dime anciana. ¿Más adelante qué hay? ¿Qué tribus habitan por aquí?
-Yo no me muevo de este rincón del bosque, Mirza. Sí puedo decirte que andes con los ojos bien abiertos, pues has entrado en una tierra mágica, no te sorprendas por nada que veas, y acéptalo como algo natural.
-¿A qué te refieres, anciana? ¿Mágica?
-Sí, no puedo contarte más, sólo has de recordar que la magia puede ser blanca u oscura. Ten cuidado, no te confundan.
Mirza quiso saber más, pero la anciana le dijo que era tarde. Que estaba cansada y debía dormir.
A la mañana siguiente, Mirza se dispuso a reanudar la marcha. Le dio las gracias a la anciana por su hospitalidad.
-No me las des, tú me quitaste una gran carga, y ahora yo quiero devolverte el favor. Tú caminas con una carga mucho mayor que la que yo llevaba y si no te deshaces de ella, nunca llegarás a tu destino, porque quien vive en el pasado no puede disfrutar su presente y arruinará su futuro. Tu pasado te hizo ser la persona que eres hoy para bien o para mal, acéptalo, ya que no lo puedes cambiar, y si no te liberas de él, arruinarás ese presente y ese futuro que quieres. Escucha a tu corazón y vive en el ahora.
Al pronunciar esas palabras desapareció y junto con ella la casa.
Mirza se quedó parado, era magia, realmente estaba en una tierra mágica, comenzó a pensar que no había soñado la conversación con el árbol.
El halcón comenzó a chillar, había que reanudar el camino. Mirza pensaba en las palabras del árbol y de la anciana.

CAPÍTULO VI

Según avanzaba por el bosque, veía flores y árboles que no conocía, le sorprendía la belleza de aquella tierra, aunque no había vuelto a ver más muestras de su magia.
Empezaba a preguntarse cuánto tiempo duraría este viaje; temía que sería mucho más largo de lo que había pensado, aún estaba sorprendido, por los últimos acontecimientos. Al anochecer, encendió una hoguera para cocinar la caza del día; la noche se presentaba fría y no parecía haber signos de vida en los alrededores. Su hoguera no atraería a bandidos y guerreros, el único ser ¿humano? que había visto, la anciana, había desaparecido junto con su casa.
Llevaba unas horas dormido, cuando se despertó, tenía la sensación de estar siendo observado.
Abrió los ojos y descubrió un gran lobo negro mirándole fijamente, era enorme, mucho más de lo normal y sus ojos eran amarillos, unos ojos que se clavaban en los suyos.
Mirza instintivamente saltó hacia su espada, aquel enorme lobo podría acabar con él fácilmente.
-No te hará falta la espada, guerrero, no he venido a causarte ningún daño– dijo el lobo-.
Mirza se sorprendió. Decididamente aquella tierra era mágica y en ella habitaban extraños seres.
-¿Y a qué has venido entonces, lobo?
-A conocer al hombre que entiende el lenguaje del bosque. Pocos pueden hacerlo y siempre son personas muy especiales.
-No sé por qué lo hago, lobo. Realmente no lo sé.
-En este viaje lo averiguarás, guerrero.
-¿Y tú como has sabido de mí?
-El viento nos trae las noticias del bosque, gracias a él sé de ti.
El viento… Mirza cada vez estaba más sorprendido.
-Busco a un Gran Mago. ¿Sabes si hay más humanos por aquí?
-Pronto encontrarás seres humanos o que parezcan serlos. Desconfía de estos últimos. Tienes una gran misión ante ti. Los dioses miran tus pasos, procura complacerlos, alguien por encima de ellos te sigue. Aquel que creó a los dioses, el que nos ha creado a todos, La Fuente de toda Vida.
Mirza no entendía, sería un Dios poderoso al que servirían los otros dioses.
-Ya entenderás, guerrero– dijo el lobo pareciendo leerle la mente-. El viaje será peligroso, necesitarás usar toda tu fuerza y valor. Tú y yo somos parecidos. Noto los miedos de tu alma, has de acallarlos, escucha a tu corazón y ten la valentía de un lobo. Nosotros luchamos aunque el adversario sea superior. Has de conectar con tu coraje, tienes más del que crees. Lo huelo al igual que huelo el miedo. Ahora ambos conviven en ti, Quien se imponga, determinará el éxito de tu viaje. Ahora debo partir guerrero. Tal vez volvamos a vernos.
Y dicho esto desapareció en la oscuridad de la noche.
Mirza intentó volver a dormir, pero ¿Cómo hacerlo en un bosque donde los árboles y los lobos hablaban y donde las ancianas desaparecían? ¿Qué sería lo próximo?
Alguien lo observaba en la lejanía, alguien que tenía la respuesta a muchas de sus preguntas y que le vigilaba mientras dormía.

El nuevo día amaneció lluvioso. Mirza y su halcón avanzaron contra la tormenta, hasta llegar a un precipicio que cortaba el camino, debajo, circulaba un río y no se veía ningún puente.
Empezaron a bordear el río buscando algún paso o algún lugar por donde descender, pero no se veía nada.
Llevaban un rato bordeando, cuando de pronto oyeron una voz a lo lejos que según se acercaban se hacía más inteligible. Era una voz aguda que pedía en un extraño idioma auxilio, pero Mirza lo entendía, ya no se sorprendía, si podía hablar con árboles y lobos… Lo que le sorprendió al llegar al lugar de donde llegaba la voz, fue ver quien pedía ayuda.
-Ayudadme por favor. La voz que pedía ayuda procedía de alguien que colgaba de la pared del precipicio, de una rama que sobresalía en la escarpada pared.
Mirza miraba entre la lluvia, parecía un niño pero no lo era, no conseguía verle bien. Llevaba extrañas ropas y un gorro puntiagudo.
-¡Ayuuudaaaa! Llevo horas aguantando y las fuerzas me fallan.
Su voz sonaba desesperada.
Mirza miraba, no tenía una cuerda lo suficientemente larga para llegar hasta él. El descenso con la lluvia, sería muy peligroso. Por salvarle la vida, podía morir él.
-Ayúdame por favor.
El miedo mordía a Mirza. Podía caer, morir, por alguien que ni conocía. Estaban solos, nadie se enteraría si se iba.
-¡Ayúdame!
Pero, dejarle morir… una lucha se debatía en su interior.
-¡Ayúdameeeee!
El miedo y ansiedad le poseían. Todo su ser le gritaba que huyera de allí. Seguramente, si lo intentaban, morirían los dos. Se levantó dispuesto a alejarse de allí.
-¡Ayúdame por favor, me fallan las fuerzas!
Mirza estaba de pie, le había dado la espalda al precipicio, estaba dispuesto a alejarse pero no podía moverse.
-¡Ayúdame!
“¡Al diablo!- pensó Mirza-, no puedo hacerlo, no puedo dejarle morir.”
Y giró hacia el precipicio. Agarró sus cuchillos y se dispuso a bajar, clavándolos entre las rocas y sujetándose a ellas.
Empezó a bajar lentamente, con miedo a escurrirse. Su cabeza le decía que volviera a subir, pero seguía bajando.
Al cabo de unos minutos que le parecieron horas, llegó a la altura del extraño ser.
-Agárrate a mi espalda y subiremos juntos.
-¡Gracias humano!
Mirza seguía sin poder verle bien entre la lluvia, pero eso no le preocupaba, le sentía en su espalda, era ligero como un niño.
-¿Estás bien sujeto?
-¡Sí! ¡Gracias humano!
¿Humano? ¿Qué sería él?
Lentamente ascendieron y aunque un par de veces estuvo a punto de resbalar, finalmente lograron subir.
Mirza extenuado, se tendió sobre la hierba y atónito observó cómo el extraño ser empezó a dar alegres saltos.
-¡Bien, bien, vivaa, viviré algunos siglos más!
¿Algunos siglos más? Debió haberse vuelto loco por la alegría de salvar la vida.
-¿Qué o quién eres?– preguntó.
-Mi nombre es Yizan.
Mirza le vio bien por primera vez. Medía poco más de un metro, parecía un niño, pero algo en él le decía que no lo era, llevaba un pantalón verde con una chaqueta roja sujeta por un bello cinturón labrado.
-Soy un duende de la raza de los Drims, somos unos duendes muy especiales, pocos saben de nuestra existencia. Somos los más longevos, yo soy muy joven, no tengo ni tres siglos.
¿Tres siglos? Mirza escuchaba perplejo. Había oído hablar de duendes, pero ni él ni nadie que conociese habían visto nunca ninguno.
-Anoche me perdí en la niebla y caí por el precipicio, estaba a punto de desfallecer cuando apareciste. Los dioses te han mandado.
-Ha sido una afortunada casualidad.
-¿Entiendes mi lengua? ¡Asombroso!
A Mirza, empezaba a no parecerle tan asombroso el entender a todo tipo de extrañas criaturas, aunque seguía sin entender el porqué.
Yizan seguía dando saltos de alegría, a Mirza le resultaba simpático aquel extraño duendecillo.
De pronto paró de saltar y miró fijamente a Mirza.
-Ahora estoy en deuda contigo. ¡Me has salvado la vida!
-No me debes nada, cualquiera habría hecho lo mismo- dijo, aun sabiendo que estuvo a punto de irse, pero orgulloso de sí mismo por haber vencido sus miedos. Le alegraba haberle podido salvar la vida.
-Sí, los duendes pagamos nuestras deudas y la mía contigo es muy grande– insistió Yizan.
-En serio, no hace falta.
A Mirza no se le ocurría qué le podía dar como agradecimiento el pequeño ser, pero este insistía.
-Ya te he dicho que pagamos nuestras deudas. Pero necesitaré saber sobre ti, para elegir el regalo que más te convenga entre los que pueda darte.
Y así Mirza volvió a relatar su historia. Yizan le escuchaba atentamente, cuando acabó le preguntó:
-¿Así que quieres ser un guerrero poderoso y que todos te admiren y te reconozcan?
-Bueno, se podría decir así.
-Déjame pensar. Creo que tengo algo que te podría ayudar. Dime, si fueras inmensamente rico, ¿crees que conseguirías todo eso que quieres?
-Si fuera inmensamente rico, contrataría un gran ejército, al frente de él conquistaría reinos, mostraría a todos mi valor y llegaría a ser un gran rey.
-Entonces, no tendrías que ir a ver al Mago…
-Hmmmm, pues… no sé, supongo que ya no me haría falta
-¿Estás seguro? -Preguntó sonriente el duendecillo.
Mirza se quedó reflexionando. El druida, le había dicho que tenía que encontrar al Mago. Que debía partir para encontrarse a sí mismo, pero… ¿Y si el duendecillo era el Mago? O tal vez, era lo que debía encontrar en el camino. Pero por otra parte, el árbol, la anciana, el lobo, le habían hablado de escuchar a su corazón.
Yizan interrumpió sus pensamientos.
-Sígueme y te daré tu regalo.
-¿Y qué puede ser que me haga inmensamente rico?– preguntó-. Yo solo no podré transportar un gran tesoro.
-Ya lo verás. Tú sígueme.
Anduvieron durante horas, hasta que al llegar ante un árbol, el duende le dijo que esperara y desapareció entre sus raíces, pareciendo fundirse con el árbol.
Al cabo de un rato, reapareció con una bolsa de tela entre sus manos.
-Este es tu regalo.
Mirza lo abrió impaciente y de la bolsa sacó una piedra de oro. Era grande, pero desde luego, no le haría inmensamente rico. Se quedó un poco decepcionado.
-Yizan, te lo agradezco pero en el mundo de los hombres, con esto no eres inmensamente rico. Desde luego es valioso, pero no para hacerme rico.
Yizan empezó a reír a carcajadas.
-¿Te ríes de mí? ¿Ya lo sabías?
-No es eso, Mirza, en mi mundo y en tu mundo, con esto serás el más rico. Saca tu cuchillo.
Mirza no le comprendía, pero le hizo caso.
-Ahora, parte un trozo y observa.
-¿Cómo voy a partirlo con el cuchillo? Se me romperá.
-Hazme caso, eso no pasar – dijo Yizan con seguridad.
Mirza le obedeció, pensando que cuando viera lo que pasaba, el duendecillo entraría en razón.
Apoyó su cuchillo en la piedra de oro e hizo fuerza. Para su sorpresa, penetró en ella como si fuera de mantequilla y cortó limpiamente un trozo que cayó al suelo.
-Vaya, es cierto, este oro al contacto de mi cuchillo se ablanda, pero cuando lo toco con mis manos es duro.
De todas formas, por sorprendente que sea este oro que se ablanda no me hará rico.
-Espera un poco y observa.
Mirza miraba fijamente al oro pero nada pasaba. Empezaba a pensar que el duendecillo estaba un poco loco. Bueno, por lo menos podría cambiar esa piedra de oro por una buena cantidad de dinero o irla cortando y comprar provisiones con las piezas cuando encontrara gente.
Estaba pensando en eso, cuando de repente pasó algo extraordinario.
De la parte cortada volvió a crecer oro hasta que la roca recuperó su tamaño original. Mirza estaba mudo de la sorpresa.
-Vuelve a cortar otro trozo.
Mirza repitió la operación cortándola por la mitad y al cabo de un rato, el proceso se repitió. Mirza no salía de su asombro.
-Es oro mágico, Mirza, nunca se acabará mientras seas su dueño, por eso te dije que serías inmensamente rico. Esa piedra se puede transformar en toneladas de oro. Ahora está vinculada a ti. Mientras seas su dueño, producirá oro, pero si un día la pierdes, ella perderá sus poderes y todo el oro que produjo se transformará en roca vulgar. Puedes elegir como logras tus sueños, puedes volver rico a tu poblado, contratar mercenarios, ir a la guerra con ellos y con el tiempo convertirte en un poderoso y temido guerrero. O puedes seguir tu camino y ver dónde te conduce, a dónde te lleva tu halcón. Ahora, como siempre, todo depende de ti. Tú eliges.
Mirza estaba inmóvil, pensativo. De repente reparó en que esas mismas palabras se las había dicho el druida. Ahora, como siempre, todo depende de ti.
Quiso volver de sus pensamientos para pedirle consejo a Yizan. Al fin y al cabo a pesar de su aspecto debía tener la sabiduría de casi tres siglos.
Pero no lo veía. Había desaparecido. Empezó a llamarlo a gritos.
-¡Yizan! ¿Dónde estás? Necesito consejo, no sé qué hacer.
Pero nadie le contestaba. Se sentó en el suelo. ¿Qué debía hacer? Ahora era más rico de lo que jamás había podido soñar, podría llegar a ser el hombre más rico del mundo. Volver al poblado y como dijo Yizan contratar soldados, y con el tiempo tener un enorme y poderoso ejército. Ser el guerrero admirado que quiso ser. Tal vez con el tiempo, hasta Arina podría volver a él.
Se recreaba en esos pensamientos. Pero de pronto, le asaltaron otros. Las palabras de Yizan y el druida, tan parecidas. Ahora, como siempre, todo depende de ti.
Recordó cómo empezó todo. Notó cómo el halcón le miraba, como esperando su decisión. Recordó al árbol, a la anciana, al lobo. ¿Qué debía hacer?

Amaneció tras una noche larga noche de sueños y pesadillas, de decisiones sin tomar, de ojos abiertos ante tantas posibilidades. Mirza se debatía entre la tentación de regresar al poblado, aprovechar el oro mágico, armar un gran ejército y con el tiempo, llegar a ser un gran monarca. Hasta el Rey de su poblado acabaría sirviéndole. La guardia del Círculo Rojo le serviría, Arina le admiraría…
Fantaseaba con estas posibilidades, se recreaba en dulces pensamientos de gloria, pero, por otro lado, ¿debía abandonar su viaje ahora? ¿Realmente el destino final de este era encontrar el oro mágico? Mirza no dejaba de preguntarse cuál sería la decisión correcta. El oro era muy tentador, ¿pero sería lo que le haría cambiar o sería una trampa de su vanidad?
Las dudas le poseían. Seguir no le garantizaba nada, no sabía qué peligros le esperaban, y volver, volver le daría todo lo que siempre quiso.
¿Pero realmente era eso lo que quería?, no le admirarían por sus habilidades, sino por sus riquezas. De hecho podría abandonarse y engordar y sus guerreros le seguirían. El oro conquistaba voluntades.
Y en ese momento vio, que estaba conquistando la suya. En ese instante se le ocurrió algo, todos le habían dicho que siguiera a su halcón, que confiara en él. Dejaría la decisión en sus alas, él sabría si debería volver o seguir adelante, hasta ahora no le había fallado.

CAPÍTULO VII

Fue en ese momento, al buscar con su mirada al halcón cuando reparó en que no estaba. Empezó a buscarlo pero no lo veía, lo llamó a gritos para que acudiera, pero nada, al igual que Yizan había desaparecido. Tendría que tomar la decisión por sí mismo.
Se quedó paralizado durante horas, esperando a que pasara algo, esperando a que volvieran Yizan o el halcón, que el mágico bosque le mandara a una de sus criaturas y que le mostrase el camino a tomar.
Pero nada pasó. Entonces Mirza, comprendió que su vida se reproducía en aquella situación. Tantas veces había esperado que pasara algo, que la vida le mostrara el camino, que alguien tomara sus decisiones por él.
Y entonces comprendió, que ese era un momento clave en su vida, que sólo él podía decidir qué quería realmente. Pensó que siempre podría retroceder, pero que si lo hacía ahora, nunca sabría qué habría sido de su vida si hubiese seguido adelante. Nunca sabría qué le habría dicho el Gran Mago, ni por qué podía hablar con árboles, lobos y duendes. Pensó que todo lo que le había pasado hasta entonces debía tener algún sentido, algún fin.
Entonces recogió sus cosas, miró hacia atrás, ya sabía lo que le esperaba si volvía. Miró hacia delante y decidió que quería saber qué era lo que le reservaba la vida. Tenía dudas, tenía miedo a lo desconocido, pero Mirza decidió marchar hacia lo desconocido. No sabía que marchaba hacia su destino.
Apenas había dado unos pasos, cuando de repente oyó un aleteo y el halcón salió de entre los árboles chillando alegre y volando al frente. Mirza supo entonces que había tomado la decisión correcta. Salió tras él.
Pasaron los días y nada sucedía, pero ahora Mirza estaba tranquilo, sentía en su corazón que había tomado la decisión adecuada, tal vez estaba aprendiendo a hablar con él.

Un día al levantarse, tras dormir entre los árboles, oyó unos gritos, eran gritos de mujer. Sorprendido, corrió en su dirección. Llegó a un claro del bosque donde vio a una mujer intentando huir de un gigantesco oso. Le mantenía a distancia con una gruesa rama de árbol, pero no había duda de que la mujer estaba condenada a muerte.
Mirza reaccionó rápidamente, una flecha voló y se clavó entre los ojos del oso. Este se volvió furioso hacia Mirza, mientras una segunda flecha se alojaba en el corazón de la bestia. Las siguientes flechas acabaron en las patas del plantígrado y la última se alojó en su estómago.
Pero el oso seguía avanzando hacia Mirza. Su enorme fuerza lo mantenía con vida. Mirza desenfundó su espada y fue hacia él, el oso, que se estaba desangrando, intentó alcanzarle propinándole un zarpazo, pero Mirza lo esquivó y clavó su espada en el centro de su corazón, junto a la flecha. El oso, en sus últimos estertores, intentó alcanzarle con sus zarpazos, pero finalmente se desplomó.
Mirza corrió hacia la muchacha. Temblaba asustada.
-Tranquila, no te haré daño ¿Estás bien?
-Sí, mi señor. ¿Quién sois? Debéis ser un gran guerrero para acabar así con esta bestia.

Por primera vez en muchos años, Mirza se sintió orgulloso de sí mismo. Realmente, se había portado con sangre fría y valor. Todos sus movimientos habían sido los adecuados, pocos guerreros podrían haberlo hecho igual. Tal vez, por primera vez en su vida, se sintió un verdadero guerrero.
-Soy Mirza, ¿Y tú quién eres? ¿Vives en algún poblado cercano? ¿Hay más gente por aquí?
-Me llamo Marianna, y no, nadie más vive por aquí, soy huérfana, vivo cerca de este lugar, en una cabaña.
Mirza reparó entonces en la belleza de la joven. Le recordaba a Arina, rubia, bella, con grandes ojos azules y hermosa figura. Ella le miraba con admiración y él se sentía complacido notándose admirado por primera vez en mucho tiempo.
Pero realmente, lo que le hacía sentir mejor, era que probablemente por primera vez en su vida se había comportado como el hombre que una parte de él siempre sospechó que podía ser.
Se sentía bien y no era la vanidad que tantas veces le movió, era como si algo en él fuera cambiando, despertando…
Acompañó a Marianna a su cabaña.
-Descansa, guerrero, te prepararé una suculenta comida, es lo menos que puedo hacer para agradecerte tu ayuda. Me has salvado la vida.
Mientras le hablaba, no dejaba de mirarle intensamente.
-Decidme, ¿qué hacéis por aquí? Hacía mucho que no veía a nadie. A veces pasan hombres, pero me escondo de ellos. Nunca se sabe qué intenciones tendrán, y soy una chica sola, tengo que tener cuidado.
Mirza le contó su historia. La chica le escuchaba atentamente.
-Dime, Marianna. ¿Has oído hablar alguna vez de ese Mago?
-No y tampoco sé qué hay más allá de estas tierras. Mis padres, decían que era una tierra peligrosa. Que nadie que iba volvía. Hay extrañas leyendas que hablan de seres mágicos y oscuros.
¿Seres mágicos? Mirza no le había hablado de su encuentro con el árbol y el lobo, tampoco de la anciana ni del duende, no quería que le tomara por loco.
La comida estaba lista y él se sentía muy a gusto con la joven. Era bella y agradable, la clase de mujer que podría hacer feliz a cualquier hombre y parecía que él le gustaba.
-Bueno, aún queda alguien por comer.
Marianna se levantó y puso un plato en la ventana.
-Come, halcón, tú también mereces un reposo y buena comida.
El halcón se abalanzó sobre el plato y empezó a degustar la comida a picotazos.
Hacía mucho que Mirza no comía tan bien, ni se sentía tan a gusto en compañía de nadie.
Las horas pasaron rápido. Marianna, le enseñó cómo colocaba sus trampas para cazar y los campos que cultivaba para alimentarse.
-Pronto será la época en la que debo arar y preparar la tierra para la siembra– comentó Marianna.
-Pero eso es mucho trabajo para una mujer sola.
-Ya, pero, como dices, estoy sola, y las tierras no se sembrarán mágicamente.
-Bueno, no creo que pase nada si me detengo unos días a ayudarte.
-Pero no quisiera que por mi culpa interrumpieras tu viaje.
-Realmente, no sé a dónde conduce mi viaje, Marianna, siempre podré reanudarlo, y tú, necesitas ayuda.
-No sé qué decirte, excepto gracias.
Mirza la miraba, le parecía que la sonrisa que acompañaba esas palabras era más que suficiente.

En los días siguientes trabajaron duramente, pero también se rieron y divirtieron mientras trabajaban. Mirza se encontraba muy bien al lado de la joven, empezaba a sentirse atraído por ella.
Cuando acabó el trabajo del campo, Mirza supo que debía reanudar su camino. Pero le costaba hacerlo, se ofreció a reparar el tejado de la cabaña.
-¿Qué estás haciendo Mirza?
-No te entiendo, solo quiero ayudarte a arreglar el tejado, creo que lo necesita.
-No, te agradezco todo lo que haces, pero debes seguir tu camino.
-¿Por qué? Me siento bien aquí contigo.
-Me amas o soy una excusa para no reemprender tu viaje.
Mirza se quedó en silencio pensativo.
-No, no es eso, no lo sé. Solo sé que aquí me siento bien.
-Te siente bien porque estás escondiéndote de tu destino. Dime, ¿me amas?
-No lo sé. Pero sí sé que podría llegar a amarte. Creo que…
Marianna le interrumpió.
-Si me amaras lo sabrías. Y yo tampoco sé si te amo. Y no lo sé, porque eres un hombre incompleto. Y tú no lo sabes, porque no te amas todavía a ti mismo, y hasta que no lo hagas no podrás amar a nadie. Debes continuar tu camino. Porque en ese camino, están tus respuestas, si no completas tu camino, no te completarás a ti mismo. Has de hallar las respuestas a todas las preguntas que te martirizan. A veces por las noches, he salido de mi habitación, te he visto dormir, y no duermes tranquilo. Te agitas, te revuelves, tienes pesadillas. No puedes esconderte de tus demonios aquí, porque ellos siempre te encontrarán. Debes ir a por ellos, enfrentarlos y vencerlos. Si nuestro destino es amarnos, volverás; si no es así, cuanto antes te vayas mejor, porque acabaríamos dándonos cuenta de que no éramos lo que esperábamos el uno del otro. Si vuelves a mí, que sea como un hombre completo, que me ha elegido. No como un incompleto que huye de sí mismo. Si te acepto, será porque mi corazón reconocerá a ese hombre como el que los dioses eligieron para él.
Mirza la escuchaba en silencio, reflexivo.
-Me duele reconocer que tienes razón. Otra vez estaba escuchando las voces que no debo. Otra vez olvidé que la voz que debo escuchar es la de mi corazón.
Mirza se volvió hacia su halcón.
-Halcón, es hora de partir, muéstrame el camino.
El halcón emitió alegres chillidos. Llevaba días esperando para volver a volar, para reanudar el viaje.
Mirza se abrazó a Marianna. No quiso besarla en la despedida, temía que si lo hacía flaquearía su voluntad.
Reanudó el camino, no miró atrás, sabía que era el momento de mirar adelante.

el guerrero 7

EN TI

En tus labios vive el secreto
que da vida a todos los besos
En tus ojos la luz
que todos los corazones buscan
En tu distancia el dolor más inmenso
Pero entre tus brazos espera la felicidad

En tu tiempo
la brevedad entre la eternidad
En tu tacto
Aquello que no se puede describir
Solo se puede sentir

En tus silencios
la elocuencia
En tus palabras
la espera
de las que quisiera oír de ti

Da igual la sonrisa de tus curvas
Si ante tu desnudez
Solo veo tu alma
Si en tus caricias
Es la sinceridad la que pasea por mi piel

En tus besos
La comprensión de lo incomprensible
Como comprender
El sabor de un beso?
En tu amor
El final del camino
Ahí donde habita mi destino
Ahí donde quiero vivir
En ti

Miguel Ángel Martín
Todos los derechos reservados 19/6/2016

EN TI