Errada y errática: la respuesta gubernamental a la pandemia

Por: Mariano Sánchez Talanquer • Felicia Marie Knaul • Julio Frenk • Salomón Chertorivski • Héctor Arreola-Ornelas

El covid-19 ha puesto a los gobiernos del mundo entero frente a un enorme desafío de salud pública, con efectos devastadores sobre los demás ámbitos económicos y sociales. País tras país, la misma amenaza ha llegado: una enfermedad altamente contagiosa, potencialmente letal, hasta ahora sin tratamiento o vacuna y sobre la cual la ciencia sabe todavía poco.

El shock ha sido común, pero la respuesta de los gobiernos muy contrastante —y con ello, la escala del sufrimiento humano pasado, presente y futuro. La pandemia es un barómetro de la eficacia de los gobiernos para cumplir con su función esencial: proteger a sus habitantes. En un sentido literal, la efectividad de la acción gubernamental puede hacer la diferencia, en cuestión de días, entre la salud y la enfermedad, entre la vida y la muerte. En momentos de emergencia como el actual, la gravedad inherente al ejercicio del poder se agudiza.

Este artículo aporta elementos para una deliberación documentada sobre la gestión pública de la pandemia en México. A unos seis meses del primer caso confirmado de covid-19, contamos con información suficiente para hacer un balance comparativo de la respuesta gubernamental a la emergencia sanitaria.

Centramos la comparación en América Latina, que está, desde mayo, convertida en el foco rojo de la pandemia (con Estados Unidos). Los países latinoamericanos estuvieron expuestos al virus en forma más o menos simultánea hacia fines de febrero, después de Asia, Europa y Norte América. Con ello, los gobiernos de la región tuvieron una ventana temporal para aprender y hacer preparativos. Lamentablemente varios la desaprovecharon. Entre ellos, México.

La región está marcada por características económicas, sociales e institucionales que la vuelven especialmente vulnerable, como las altas tasas de informalidad laboral, pobreza urbana y población dependiente del ingreso diario. Los sistemas de salud tienen también rasgos comunes. Son varios los países donde la cobertura y afiliación a instituciones de salud se amplió de forma acelerada en décadas recientes, pero se requieren fuertes inversiones para mejorar la calidad. Los sistemas comparten también una tradicional dualización público-privada, reflejo de las desigualdades sociales.

En vísperas de la pandemia, México clausuró además dos programas nacionales altamente progresivos —el Seguro Popular y Oportunidades/Prospera— cuyos beneficios habían sido demostrados en repetidas evaluaciones. Estos programas pudieron haber amortiguado el impacto de la pandemia en la salud, el desarrollo social y la pobreza, sobre todo en la población más vulnerable.

Una evaluación completa de la respuesta del Estado mexicano tendría que abarcar no sólo las medidas sanitarias, sino las acciones para lidiar con los muchos daños colaterales de la pandemia. Por ahora, nos centramos en la forma en la que los gobernantes han actuado frente al desafío medular del presente: contener la propagación de la enfermedad.

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Ilustración: Patricio Betteo

I. Lentitud y descoordinación de origen

Recordemos que el primer caso confirmado de covid-19 en el país ocurrió el 27 de febrero, 28 días después de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara una emergencia de salud pública. El 11 de marzo, trece días después del primer caso, la OMS confirmó la existencia de una pandemia, ante signos ya alarmantes de propagación global del virus. La propia OMS ha sido criticada por la dilación. El gobierno federal esperó aún más, pese a la posibilidad real de que hubiera en el país casos de contagio no reportados. Bajo el amparo de su pasividad inicial, el 14 y 15 de marzo, declarada globalmente la pandemia, se celebró un concierto multitudinario en la Ciudad de México.

Más aun, el órgano constitucionalmente facultado para realizar la coordinación nacional en una emergencia sanitaria —el Consejo de Salubridad General, órgano que depende directamente del presidente de la República— fue convocado a sesionar hasta el 19 de marzo, tres semanas después de comprobarse que el virus estaba en el país. La publicación del Acuerdo de declaración de la epidemia como emergencia sanitaria, mediante el cual se suspendieron actividades no esenciales, ocurrió hasta el 30 de marzo.

Así, en una ventana crítica, el momento de la toma del liderazgo inicial, el gobierno dio la impresión de ir varios pasos atrás de la realidad. De origen, la credibilidad indispensable para organizar un esfuerzo coordinado se vio mermada.

Un primer elemento de prueba lo encontramos en los patrones de movilidad poblacional, una medida del éxito de los gobiernos en la implementación de medidas de distanciamiento físico, para disminuir así la probabilidad de propagación comunitaria. Los datos de Google arrojan que desde el inicio de la pandemia, la disminución en la movilidad poblacional en México no ha alcanzado el promedio latinoamericano. Además, México tardó más que el grueso de los países en llegar a reducciones de al menos 40% de la movilidad; y aun en su momento más bajo, en abril, la disminución no llegó al 50 %.

La gran mayoría de los países ha conseguido disminuciones mayores. Las principales excepciones son Haití, Nicaragua y Brasil. El primero es, por mucho, el país más pobre de la región. Los dos últimos no son ejemplos a seguir. Los respectivos presidentes se negaron a adoptar medidas sanitarias nacionales para contener la propagación del virus. Lo cierto es que tomando como referencia el estándar latinoamericano y a juzgar por los datos de movilidad, en los primeros cinco meses de la emergencia México perdió oportunidades para contener mejor la transmisión comunitaria.

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Nota: Estimaciones con base en datos de movilidad de Google. Media móvil de 7 días. La línea punteada muestra el promedio regional. El recuadro a la derecha indica la reducción promedio diaria del 1 de marzo al 16 de agosto.

II. Negación de la evidencia, mensajes equívocos

El mal desempeño de México en la movilidad poblacional puede deberse a varios factores, incluyendo la ausencia de un programa económico que permitiera a amplias capas de la población respetar las directrices de confinamiento sin pérdidas catastróficas de ingreso.

También influyó la inconsistencia del mensaje gubernamental y su negación de la evidencia. Las recomendaciones de quedarse en casa coexistieron con declaraciones y acciones repetidas—varias de ellas provenientes del propio presidente de la República—que minimizaron la gravedad de la pandemia y la dieron por controlada de manera anticipada.

Las dos muestras más prominentes de la costosa desatención a la evidencia son la negación sostenida a establecer la recomendación general de uso de cubrebocas y la falta de una política de ampliación del número de pruebas. En ambos casos, el gobierno nuevamente se ha mantenido muchos pasos atrás de la evidencia científica disponible, con graves implicaciones.

Pese a la acumulación de conocimiento sobre la transmisión aérea del virus y la efectividad del uso de cubrebocas o mascarillas para prevenir contagios, el gobierno se rehusó a adoptar su uso como una medida nacional. Solamente hasta fines de julio, ante la gran presión social e internacional, comenzó a sugerirse como “recomendación complementaria”. Al menos hasta el 21 de julio, por ejemplo, la página oficial de información sobre el coronavirus seguía indicando que “los cubrebocas no son fuente de protección”.

Es en el uso de pruebas, dentro de una estrategia de monitoreo enfocado y rastreo de contactos, donde más obvio ha sido el fracaso en integrar a la política sanitaria las mejores prácticas sustentadas en evidencia. Realizar pruebas entre personas potencialmente contagiadas pero asintomáticas, o con síntomas inciertos o leves, ha quedado documentada como una estrategia eficaz para mitigar la propagación. También permite contar con más información cierta para el monitoreo de la pandemia a escala no sólo nacional sino local, así como brindar atención médica oportuna.

Aquí, por decisión y obstinación gubernamental, se ha mantenido un modelo de aplicación de pruebas casi en exclusiva a personas sintomáticas. Esa política restrictiva encuentra correlato también en los criterios de admisión a la atención hospitalaria.

A fines de agosto, México es el país de América Latina con menos pruebas realizadas por habitante durante toda la pandemia, de entre 14 países con información disponible. Chile, con un ingreso per cápita similar, y a la cabeza en la región en este indicador, ha realizado casi 13 veces más pruebas relativo al tamaño de la población.

Los desaires hacia la comunidad científica y la clausura de la deliberación sobre la política sanitaria son ingredientes de una actuación con altísimos costos humanos y sociales. Sobre este panorama, con una baja capacidad de detección de infecciones, sin el despliegue de equipos coordinados de rastreadores y sin una disminución significativa de los casos, comenzó en el país la relajación de medidas de confinamiento.

III. La abdicación de responsabilidad federal

Ante una epidemia, ningún actor está facultado, legalmente o en la práctica, para movilizar recursos, organizar esfuerzos e implementar decisiones en todo el territorio y en la escala necesaria, salvo el gobierno federal. Esa responsabilidad básica —la coordinación institucional y social— fue sin embargo descuidada.

A principios de marzo, ante las dudas y la incertidumbre sobre los criterios de la actuación gubernamental, la propia sociedad comenzó a autorregularse. Varias universidades del país cancelaron las actividades presenciales por iniciativa propia. Ocho gobiernos estatales suspendieron las clases dentro de sus jurisdicciones antes de que, frente a la presión social, la Secretaría de Educación Pública anunciara la suspensión general a partir del 20 de marzo.

Así se estableció la pauta para los meses siguientes. Vinieron las controversias entre los estados y el centro por la toma de decisiones unilaterales, la falta de pruebas e interlocución y las diferencias en el conteo de casos. Las fallas en la organización de una respuesta coordinada se reflejaron también en la débil articulación entre instituciones del sector salud, además de la escasez de equipo de protección adecuado. El propio personal médico se encontró, en varios hospitales y sectores, teniendo que suplir la subprovisión pública. 

Expresión patente del déficit de coordinación de una respuesta de Estado es la desconcertante ausencia del Consejo de Salubridad, la instancia por excelencia para articular una respuesta común y propiamente nacional en salud, de forma colegiada. En plena emergencia sanitaria, el Consejo ha pasado a segundo plano. Tampoco se establecieron órganos técnicos externos de asesoría, revisión y supervisión de la política sanitaria, una buena práctica ante una pandemia.

El vacío en la rectoría nacional disparó tendencias centrífugas. Los gobiernos de las entidades federativas se volvieron, por transferencia de la responsabilidad desde el centro, actores protagónicos no solo en la implementación, sino en la definición misma de medidas sanitarias. En algunas regiones, como el noreste del país (Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas), los gobiernos estatales establecieron instancias de coordinación ad hoc, en un intento por llenar el vacío federal.

El Observatorio para la Contención del covid-19 en América Latina ha sistematizado datos sobre el número de medidas públicas adoptadas por los gobiernos estatales desde el inicio de la pandemia, su rigor y su tiempo de implementación, entre un listado de diez medidas recomendables para la contención del contagio.1 El índice se obtiene como un promedio de las diez medidas y se ajusta por el momento de adopción de cada una, de modo que retrasos mayores signifiquen un índice más bajo. El ejercicio arroja varias conclusiones importantes.

Primero, de los países para los que se cuenta con información subnacional comparable (México, Brasil, Bolivia, Chile, Argentina y Colombia), México es, nuevamente con Brasil, el país con la mayor heterogeneidad en la implementación de medidas sanitarias. Tal disparidad es subóptima, pues el virus, desde luego, no conoce de fronteras estatales. A falta de coordinación, los esfuerzos de contención de un estado podían verse mermados por la falta de medidas similares en otros.

Segundo, algunos estados de la república tendieron a ajustarse a la pauta federal e implementaron medidas en forma relativamente tardía. Otros, en cambio, actuaron con mayor rigor y anticipación. Nuevo León, el Estado de México, Tamaulipas, la Ciudad de México, Morelos, Jalisco y Quintana Roo, por ejemplo, adoptaron la directiva de uso universal de cubrebocas desde la primera mitad de abril. Otros, como Chiapas y Nayarit, no emitieron esta medida sino hasta varias semanas después y como recomendación no obligatoria.

Otro patrón notable es que, si tomamos el índice diario de implementación de medidas para contener la propagación en cada estado, y sumamos todos los días desde el inicio de la pandemia hasta el 16 de agosto, ninguno de los 11 primeros lugares corresponde a un estado gobernado por el partido en control del ejecutivo federal. Los gobiernos de Morena tendieron a ajustarse a la política federal, teniendo así desempeños apenas regulares en la adopción de políticas internacionalmente recomendadas.

Solamente en fechas más recientes algunos de esos gobiernos, como el de la Ciudad de México, han comenzado a diferenciar su política sanitaria de los dictados nacionales. Varios gobiernos de oposición, aunque no la totalidad, actuaron en cambio de manera más temprana y decisiva.

Así, la respuesta fue fragmentada y poco consensuada, sin una autoridad nacional que concertara y coordinara una respuesta nacional coherente. Este patrón se repite en otros dos países federales del continente donde los respectivos presidentes han enviado mensajes equívocos sobre la enfermedad y sus gobiernos fallado en asumir su responsabilidad de coordinación: Estados Unidos y Brasil. Con México, se trata de los países con las tasas más altas de fallecimientos relativo a la población. 

Las crisis internacionales requieren respuestas nacionales organizadas y contundentes. Dejar a la sociedad y los gobiernos subnacionales autorregularse, cuando se enfrenta un desafío común de esta magnitud, es humanamente costoso y políticamente poco responsable. Para ello se requieren capacidad y voluntad de interlocución y adaptación, comunicación eficaz y acciones decisivas fundadas en la evidencia y la deliberación colegiada. El fracaso en establecer la rectoría nacional en la emergencia, con sentido de Estado, está en la base del daño causado por la pandemia en México.

IV. Conclusiones y soluciones

A pesar de que el país enfrentaba la pandemia en condiciones similares a las de otros países de América Latina, los resultados—si nos atenemos a los hechos—han sido funestos. Los recortes y la reorganización desordenada del sistema público de salud han además minado capacidades en un momento determinante.

Por sus contradicciones, renuncia a la interlocución y vacilaciones iniciales, el gobierno desgastó un activo esencial para poder dirigir un esfuerzo colectivo: la credibilidad. Este desgaste se profundizó además por la incapacidad de adaptar la estrategia de control y vigilancia epidemiológica a la evidencia científica y la experiencia adquirida a escala internacional sobre la propagación del virus.

La falta de un plan nacional coherente, conjunto, construido y adaptado con base en la interlocución ha hecho ya un daño irreversible. No obstante, la experiencia debe generar un aprendizaje inmediato. La pandemia no ha terminado. Hay que corregir el rumbo.

Los cómos son claros: fortalecer el papel del Consejo de Salubridad General para promover una política nacional y basada en decisiones colegiadas, introducir de manera decisiva y como mandato nacional el uso de cubrebocas, rastrear contactos de personas contagiadas, ampliar el número de pruebas para mejorar la identificación de casos, realizar confinamientos con apoyos económicos cuando sea necesario, ejercer la autocrítica y dejar atrás los mensajes equívocos, el triunfalismo anticipado, la evasión de la responsabilidad. Las proyecciones más creíbles indican que adoptar estas medidas de manera enérgica e inmediata evitará que se agreguen decenas de miles de muertes evitables al terrible saldo acumulado hasta ahora.

Fuente:https://www.nexos.com.mx/?p=49536&fbclid=IwAR0jaMLgkMG9-8Z7MNPMCZJT8j67mGLMO6TiZhS9K0P6lbTkuwypv7CYrYQ

Estas son las habilidades que se necesitan en un mundo impredecible (y no son tecnológicas)

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Las habilidades tienen que ver con la imaginación, con la capacidad de pensar en diferentes posibles resultados de la pandemia. Imagen: Unsplash

Por: Margarita Rodríguez

“La principal lección (de la pandemia de covid-19) es que nos recuerda que la vida es incierta y que si esperamos a la certidumbre siempre llegaremos demasiado tarde”, reflexiona Margaret Heffernan.

La incertidumbre y nuestra actitud hacia ella es precisamente uno de los temas que la investigadora estadounidense ha estudiado en los últimos años.

Heffernan, quien ha sido CEO de cinco compañías, es profesora de Práctica en la escuela de Gestión de la Universidad de Bath en Inglaterra y es autora de seis libros.

El más reciente: Uncharted: How to map the future (“Inexplorado: Cómo trazar el mapa del futuro”) fue publicado a inicios del año.

En febrero, el diario británico Financial Times lo incluyó en los libros del mes: “Uncharted se opone a nuestra obsesión con la ‘ciencia’ de la predicción”.

Y es que aunque es muy tentador que un experto prediga lo que pasará en el futuro, Heffernan insiste en que hay que “abrazar” y aceptar la incertidumbre para desarrollar resiliencia.

“No podemos esperar al plan perfecto”, le dice a BBC Mundo.

La ceguera voluntaria

Heffernan también es autora de Willful Blindness: Why We Ignore the Obvious at our Peril (“Ceguera deliberada: por qué ignoramos lo obvio a nuestro riesgo”), uno de los finalistas del Financial Times Best Business Book Award 2011 y uno de los libros de negocios más importantes de la década, según ese periódico.

En esa obra la autora plantea que las amenazas más grandes que enfrentamos son las que no vemos, pero no porque estén escondidas o sean invisibles.

“Puedes ver ceguera voluntaria en los bancos, cuando miles de personas vendieron hipotecas a personas que no podían pagarlas. Se pudo ver en los bancos cuando se manipularon las tasas de interés y todo el mundo sabía lo que estaba pasando, pero todos cautelosamente lo ignoraron”, señaló en 2013 en la charla TedTalk The dangers of willful blindness.

“Pueden ver la ceguera voluntaria en la Iglesia católica, que ignoró décadas de abuso infantil. Pueden ver la ceguera voluntaria en el período previo a la guerra de Irak”, prosiguió.

“La ceguera voluntaria existe en escalas épicas como estas y también existe en escalas muy pequeñas, en las familias, en las casas y comunidades de la gente, y particularmente en las organizaciones e instituciones”, indicó.

La también periodista, con años de experiencia en la producción de programas de la BBC, ha dictado cuatro charlas TedTalk, organización que destaca su capacidad para explorar “los patrones de pensamiento demasiado humanos que llevan a las organizaciones y a los gerentes por mal camino”.

Estas son sus respuestas a las preguntas de BBC Mundo.

La entrevista ha sido editada por razones de claridad y concisión.

Hace un año, usted ofreció una charla Ted sobre las habilidades humanas que necesitamos en un mundo impredecible. No muchas personas pudieron haber predicho lo que está ocurriendo en el mundo con la pandemia de covid-19. En este contexto tan particular ¿qué habilidades necesitamos?

Las habilidades tienen que ver con la imaginación, con la capacidad de pensar en diferentes posibles resultados de la pandemia.

También necesitamos adaptarnos. Muchas personas cuyos trabajos quizás están desapareciendo deben pensar en qué otras cosas pueden y les gustaría hacer: ¿cómo adapto mis destrezas a este nuevo mundo?

Y precisamos muchas habilidades para colaborar: ¿cómo puedo trabajar con otras personas para ayudarlas y ayudarme?

Uno de los aspectos cruciales en momentos como los que vivimos es que la gente pueda apreciar que, aunque obviamente hay empleos y compañías que son más seguros que otros, este es un momento en el que realmente nos tenemos que ayudar entre nosotros.

Las personas que perdieron sus trabajos o están por perderlos necesitan ayuda y nosotros necesitamos ayudarlos, si podemos, porque a la larga todo el país, todo el mundo, sólo mejorará en la medida en que todos mejoremos.

Este no es el momento para ser egoístas ni egocéntricos, sino para pensar en que si todos estamos siendo afectados por la pandemia: ¿cómo nos podemos ayudar para enfrentarla?

Habla de imaginar, adaptarse y colaborar. Pero ¿de qué manera esas habilidades se ven afectadas en una época de autoaislamiento, distanciamiento social, confinamientos y mascarillas?

La paradoja es que entre más distantes estamos entre nosotros, más nos necesitamos.

Nos necesitamos para no perder la esperanza, para darnos inspiración e ideas y para mantenernos motivados.

Cuando observo a mis hijos que son veinteañeros, me parece muy interesante ver cuánto tiempo invierten contactando a su amigos y colegas.

Quieren estar conectados para, por ejemplo, ayudarse en la búsqueda de empleo, para compartir información.

Al principio de la pandemia, una de las cosas que hice fue escribir una lista de las personas que quería asegurarme que llamaría cada una, dos semanas.

Personas que quizás viven solas, gente a la cual me siento muy cercana o que posiblemente necesitaban apoyo.

Inicialmente pensé que lo haría para ayudarlos a ellos pero la verdad es que cada vez que los llamo, cuando me cuentan que han hecho, eso también me ayuda y eso me hace sentir que no he perdido a mis amigos, a mis colegas.

He estado apoyando y sirviendo de mentora de un grupo de líderes del NHS (Servicio Nacional de Salud de Reino Unido).

Son personas que están muy ocupadas y que, por la forma en que están trabajando ahora, no necesariamente ven a sus colegas regularmente.

Una de ellas, por ejemplo, compartía la oficina con otra persona de un área diferente, pero ya no se ven porque están trabajando desde casa y me dijo: ‘No la veo desde hace tres meses y era una persona con la que pasaba todo el día. Como no hacemos el mismo trabajo y no la veo, me di cuenta de que perdí mi conexión con ella’.

Después de nuestra conversación, la llamó y, posteriormente, me contó lo bien que se sintió porque fueron capaces de reconectarse por un deseo humano, para no sentirse aisladas, y no por algo laboral que tenían que hacer.

Creo que una de las dificultades de las personas que trabajan desde casa es que estarán conectadas con las personas que precisan por razones laborales pero con frecuencia se olvidarán de mantener la conexión con la que gente que necesitan, les gusta o que les importa.

Las relaciones laborales son muy motivadoras y les dan al trabajo mucha relevancia. Pero también creo que sacar tiempo para hacer lo innecesario se ha vuelto más importante que nunca.

Usted ha dicho que necesitamos menos habilidades tecnológicas y más “habilidades humanas desordenas”. ¿Cree que hemos sobrestimado la tecnología para resolver los problemas?

Sí y mucho porque pienso que se nos ha dicho que esperemos que la respuesta a todo está en la tecnología y considero que lo que estamos aprendiendo ahora mismo es que no es así.

La tecnología no predijo esta pandemia y no puede, porque las pandemias son intrínsicamente impredecibles.

La tecnología realmente no puede ayudarte con tus sentimientos, sólo acercándote a otros seres humanos te ayudará.

Nos puede ayudar a buscar trabajo pero no nos va a dar el optimismo y la energía que necesitamos (para perseguirlo y conseguirlo).

Cuanto más dependemos de ella para saber todo y conocer todo, menos creativos y habilidosos nos volvemos.

También creo que mucha tecnología que nos organiza nos dice qué hacer, cuándo, cuánto tiempo nos llevará. Todo eso nos ha hecho menos imaginativos, menos creativos.

Depender de la tecnología para hacer muchas cosas nos puede ayudar logísticamente pero realmente no alimenta nuestras almas, nuestra creatividad, no le da sentido a las cosas que hacemos, sólo nos da información.

Y también, para algunos personas, da una sensación de seguridad.

Sí y es que nos hemos vuelto muy adictos a la certeza. Nos gusta pensar que sabemos todo lo que pasará y entre más nos acostumbramos a eso, considero que nos volvemos menos flexibles y menos adaptables cuando aparece lo inesperado.

Cuando lo inesperado llega no sabemos cómo manejarnos porque desde hace mucho tiempo que no hemos tenido que lidiar con algo así.

Me impresionan mucho las diferentes compañías con las que trabajo porque algunas de ellas están funcionando exactamente de la misma manera.

Con excepción de unas modificaciones, el plan de negocios es el mismo, la jerarquía es la misma, la estrategia es la misma. Tienen un sentimiento triste hacia ellas mismas. Hay una inmensa sensación de perdida por retrasarse en su plan: ‘no podemos hacer lo que creíamos que haríamos’.

Otras, un segundo grupo de compañías, que cuando la pandemia golpeó dijeron: ‘Ok, todo es diferente ahora. Vamos a empezar otra vez, vamos a comenzar desde un punto fresco: ‘con todo lo que tenemos y sabemos, qué es lo mejor y lo más importante que nuestra compañía debería hacer ahora mismo’.

Estas compañías que son mucho más valientes e imaginativas tienen mucha energía porque están pensando en alcanzar un nuevo futuro y no tratando de quedarse en el pasado.

Y es que puede haber una respuesta positiva a la incertidumbre: ‘ok, vamos a hacer algo nuevo’.

Se necesita más imaginación y creatividad para que la gente sienta más energía y solidaridad.

Usted ha dicho que los ejecutivos de Silicon Valley no sólo están amenazando nuestra diversidad económica y cultural sino que nos están llevando a tener una definición de vida limitada y empobrecida. ¿A qué se refiere? ¿Tiene alguna relación con lo que plantea sobre nuestro afán por la certidumbre?

Creo que con apps, dispositivos y software, Silicon Valley nos ha estado enseñando (por ejemplo): no salgas sin un mapa, no hagas nada que no puedas predecir, podemos anticipar cuánto tardarás desde el punto A al punto B.

Nos hemos vuelto muy dependientes de esta predictibilidad, como si nos asustara intentar hacer las cosas.

También nos hemos acostumbrado a saber todo antes de llevar a cabo una actividad. Es como un temor a hacer algo si no podemos ver la garantía de que habrá un resultado.

Pero ahora mismo, con la pandemia, la economía y el clima, estamos en un punto en el que no tenemos más tiempo para procurar pensar en cuál es ‘el resultado perfecto predecible’.

Necesitamos usar nuestra imaginación para ver qué es lo mejor, intentarlo y aprender; intentarlo otra vez y aprender más y hacer eso a medida que avanzamos y no esperar hasta tener todo esquematizado en la teoría antes de tener la energía y el coraje para hacer cualquier cosa en la práctica.

¿Cómo podemos recuperar la fe en nuestras habilidades humanas cuando los dispositivos tecnológicos se han vuelto, en cierta forma, fundamentales en muchas de nuestras sociedades?

Considero que en nuestras vidas personales y laborales hay algo que es muy importante: hacer experimentos.

Es decir, en vez de esperar por el ‘resultado perfecto predecible’, intenta hacer las cosas y aprende de ese proceso y vuélvelo a hacer: intenta y aprende.

Hacer experimentos, tanto en el ámbito privado como en el trabajo, le da a la gente esperanza. Las personas sienten que están aprendiendo cosas, que son capaces de contribuir y eso cambia la forma cómo perciben su propio potencial y coraje.

Cuando empiezas a experimentar y a cambiar las cosas, redescubres que eres capaz de hacer cosas maravillosas y de causar un impacto real en tu comunidad, en tu ciudad o en tu país.

Pero si solo te sientas, piensas sobre eso y te quedas esperando, desarrollas lo que creo es una impotencia aprendida, en la que pierdes la capacidad de pensar y actuar por ti mismo.

Y si llegamos a ese punto, realmente estamos en problemas.

Tomando en cuenta el planteamiento de uno de sus libros ¿usted cree que estábamos “intencionalmente ciegos” y no vimos que una pandemia como esta podría pasar en cualquier momento?

Sí. Creo que es importante decir que es imposible predecir las epidemias en sí mismas porque cada una es diferente.

Sabes que habrán epidemias, siempre ocurren, pero no puedes predecir qué enfermedad emergerá, ni cuándo, ni dónde.

Pero en lo que definitivamente estábamos intencionalmente ciegos es frente al conocimiento de que una pandemia podía pasar aquí, en Europa, a nosotros, y en Estados Unidos.

Por ejemplo, sabemos que el gobierno de (Barack) Obama tenía un plan muy detallado de cómo responder a una pandemia, el cual desechó el gobierno de (Donald) Trump.

Se conoce que en Reino Unido se dejaron de comprar productos como equipos de protección individual (para trabajadores de la salud), respiradores, entre otros equipamientos, que sabíamos que no necesitaríamos si una epidemia de coronavirus se desataba.

Sabíamos que estas cosas eran generalmente ciertas, pero pensamos que si iba a ocurrir (una epidemia) seríamos capaces de verla venir y de prepararnos y eso fue totalmente equivocado porque, de hecho, para cuando te das cuenta, ya es muy tarde.

Considero que tuvimos demasiada fe en nuestra habilidad para predecir; en nuestra eficiencia: ‘si necesitamos ese equipamiento lo podremos conseguir rápido’, y en nuestra habilidad para planear.

Y también creo que imaginamos, dadas las experiencias con SARS y MERS, que (un brote) se podía contener en Asia.

Creo que todo eso fue ceguera voluntaria y me parece muy interesante ver que países como Corea del Sur y Singapur, que tenían experiencia con SARS y MERS, estaban mejor preparados.

Ellos no tenían fe en que podían predecir (una epidemia), sabían que era algo incierto y que era mejor estar muy preparados que ser supereficientes.

Debido a esta crisis, desgraciadamente miles de personas en América Latina y en el mundo han muerto, otras están muy enfermas, otras han perdido sus empleos. ¿Qué manera de pensar nos puede ayudar en medio de esto?

Es una situación muy difícil porque estamos en medio de una crisis: la pandemia; en medio de una segunda crisis: la económica y en medio de una tercera, la climática.

Creo que lo que tenemos que hacer es pensar apuntando hacia el futuro y reflexionar: qué tipo de economía requiere el futuro y claramente será una economía verde.

Después de este shock no podemos pretender por más tiempo que la crisis climática no existe y no podemos seguir pensando que seguiremos construyendo la economía con los combustibles fósiles y con el tipo de consumo de recursos naturales que se ha dado en los últimos cien años.

Es absolutamente perturbador saber que desde 1990 básicamente todo el exceso de emisiones de CO2 a la atmosfera ha sido generado en esos 30 años.

Nosotros, mi generación, nuestra generación, creamos esta crisis y somos la generación que la tenemos que arreglar.

Y la única manera que la podemos solucionar es reconocer que está aquí, hoy, y que necesitamos cambiar cada parte de nuestra economía para que sea verde.

En las nuevas tecnologías e industrias que surjan vamos a encontrar crecimiento económico, pero va a ser uno muy diferente y no podrá ser en torno a combustibles fósiles y a la explotación de recursos naturales no renovables.

¿Cuál ha sido, para usted, la principal lección que esta terrible pandemia está dejando?

La principal lección es que nos recuerda que la vida es incierta y que si esperamos por la certidumbre siempre llegaremos demasiado tarde.

Lo que tenemos que hacer es usar nuestras mejores capacidades al pensar, aprender e imaginar y actuar de antemano a la certeza.

Porque lo que pasa con el futuro es que es algo que nos pasa o que nosotros hacemos. Y creo que tenemos las habilidades intelectuales, sociales e imaginativas que necesitamos para hacer el futuro que queremos.

Fuente:https://es.weforum.org/agenda/2020/08/estas-son-las-habilidades-que-se-necesitan-en-un-mundo-impredecible-y-no-son-tecnologicas/

Según los investigadores, estas son las 5 habilidades que los empleadores están buscando en este momento

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El equivalente a 305 millones de empleos a tiempo completo se han perdido en todo el mundo desde el golpe de COVID-19.Imagen: REUTERS/Darren Staples

Por: Harry Kretchmer

  • El equivalente a 305 millones de empleos a tiempo completo se han perdido en todo el mundo desde el golpe de COVID-19, según las cifras de la OIT.
  • Pero hay señales de que la contratación está aumentando en algunos mercados.
  • LinkedIn ha analizado millones de anuncios de empleo para encontrar lo que los empleadores están buscando.
  • Las denominadas “competencias sociales”, que incluyen la comunicación y la resolución de problemas, encabezan la lista.

Poner el primer pie en la escalera profesional – o volver a subir a ella – rara vez se ha sentido más difícil.

El equivalente a 305 millones de empleos a tiempo completo se han perdido en todo el mundo desde el golpe de COVID-19, según la Organización Internacional del Trabajo. Los fabricantes, aerolíneas y minoristas han anunciado miles de despidos. Los jóvenes han sido particularmente afectados.

Pero están surgiendo puntos brillantes. En los EE.UU., las empresas añadieron 1,8 millones de puestos de trabajo en julio, aunque a un ritmo más lento. Los empleadores de China también están contratando. El aumento del gasto en el comercio minorista en las economías de la eurozona también podría crear más puestos de trabajo.

Las
LasImagen: LinkedIn

¿Quién está contratando – y qué es lo que quieren?

En los EE.UU., muchos minoristas de ropa, muebles para el hogar y aparatos están reclutando, según Bloomberg. LinkedIn dice que los jóvenes graduados, que han sido golpeados duramente, podrían aspirar a más de 1,5 millones de empleos de nivel inicial y 65.000 prácticas sólo en los EE.UU..

La red social ha analizado sus datos para identificar las habilidades que los empleadores más desean y cómo pueden usarlas para mejorar su juego. Dice que las habilidades interpersonales “blandas” (frente a las habilidades “duras” – habilidades desarrolladas a lo largo del tiempo, como la codificación) son las más apreciadas. Esto refleja una investigación previa de organizaciones como Deloitte, y el Foro Económico Mundial, que investigó las habilidades que se necesitarán en la Cuarta Revolución Industrial en su Informe sobre el Futuro de los Empleos.

Aquí hay una mirada más profunda a cinco habilidades en demanda:

1. Comunicación

Esto es lo primero en la lista de deseos de muchos empleadores. Es genial si puedes codificar, pero ¿puedes expresarte también?

Como dice la guía de trabajo Career Contessa: “¿Alguna vez has tenido un gerente que se negó a escuchar? ¿Has trabajado alguna vez con alguien que no supiera captar las señales sociales; alguien que no supiera cuándo ser sociable y cuándo apagarse para trabajar? ¿Has trabajado alguna vez con alguien que usara una tonelada de jerga de oficina para decir… aparentemente nada?”

Debido a que COVID-19 ha aumentado la adopción de software de trabajo a distancia, la necesidad de lograr el tono de voz correcto ha aumentado, si acaso, no sólo para los empleados, sino también para los empleadores.

LinkedIn dice que no son sólo señales verbales lo que buscan los reclutadores, sino “lenguaje corporal digital”. ¿Estás dando la impresión correcta con el tono que adoptas en los emails y textos?

Ciertas habilidades podrían abrir oportunidades de empleo después de COVID-19.
Ciertas habilidades podrían abrir oportunidades de empleo después de COVID-19.Imagen: Panorama de habilidades


2. Solución de problemas

Olvídate de los ejercicios de formación de equipos que implican construir un puente con un par de copas de poliestireno y un trozo de cuerda. La resolución de problemas es mucho más que eso.

Se trata de identificar una tarea, descomponerla en sus componentes y arreglarla, según el Instituto de Contadores Públicos de Inglaterra y Gales. Se trata de las habilidades a su alrededor, como seguir con la tarea y hacer su investigación. Y al igual que la comunicación clara, rara vez ha sido más vital.

Hay muchos ejemplos de empresas que piensan de manera diferente sobre sus problemas durante COVID-19, ya que la crisis ha forzado cambios en todo, desde la gestión hasta los modelos de negocio.

Los puestos de trabajo siguen estando muy por debajo de los niveles prepandémicos.
Los puestos de trabajo siguen estando muy por debajo de los niveles prepandémicos. Imagen: NY Times

3. Habilidades analíticas

“Es un momento importante para pensar críticamente“, dice el entrenador ejecutivo Joshua Miller. “Tus acciones se basan en el tipo de preguntas que te haces a ti mismo y a los demás a diario”. ¿Podrían cambiar el tipo de respuesta que obtienes?

Las empresas de todo el mundo se enfrentan y toman decisiones difíciles, desde el presupuesto hasta el cambio de personal. Lo que está claro es que el pensamiento evidenciado y enfocado puede ayudar en todos los niveles de una organización.https://platform.twitter.com/embed/index.html?dnt=false&embedId=twitter-widget-0&frame=false&hideCard=false&hideThread=false&id=1232415230333943808&lang=en&origin=https%3A%2F%2Fes.weforum.org%2Fagenda%2F2020%2F08%2Fsegun-los-investigadores-estas-son-las-5-habilidades-que-los-empleadores-estan-buscando-en-este-momento%2F&theme=light&widgetsVersion=223fc1c4%3A1596143124634&width=550px

4. Servicio de atención al cliente

Independientemente de la industria a la que se dirija, desde el nivel superior al inferior, debe crear una experiencia positiva para aquellos que, en última instancia, pagan sus salarios.

Los minoristas han estado en la punta de esta necesidad durante el cierre, expandiéndose o girando a la Internet, para servir a los clientes atrapados en casa – a menudo con resultados transformadores.

La empresa de servicios profesionales KPMG dice que COVID-19 ha sido rica en lecciones sobre cómo un gran servicio al cliente puede marcar la diferencia. Tomando a China como ejemplo, dice que el secreto del éxito del comercio electrónico durante la pandemia no fue sólo la velocidad, sino la seguridad. “En tiempos de incertidumbre y crisis, la gente quiere información en la que pueda confiar.”

5. Liderazgo

¿El liderazgo es todo sobre la suite C? El asesor ejecutivo Gartner dice que hay lecciones de liderazgo útiles de las que cualquiera, a cualquier nivel, puede beneficiarse. Estas incluyen ser capaz de hacer una lista clara de sus prioridades, en orden, y no pensar de manera binaria; rara vez hay sólo dos opciones en una situación difícil.

El profesor de la Escuela de Negocios de Harvard Bill George dice que prioriza ser “auténtico”. Los líderes “reúnen a la gente en torno a una pasión, con un propósito común, para hacer de este mundo un lugar mejor”.

Fuente:https://es.weforum.org/agenda/2020/08/segun-los-investigadores-estas-son-las-5-habilidades-que-los-empleadores-estan-buscando-en-este-momento/

¿Cómo se compara la recesión de COVID con las anteriores?

La recuperación económica de COVID-19 dependerá de una vacuna disponible.
La recuperación económica de COVID-19 dependerá de una vacuna disponible.Imagen: REUTERS/Kevin Mohatt

Por: Michael J. Boskin

  • COVID-19 ha causado una recesión de la que se espera que las economías mundiales sólo se recuperen a finales de 2022, si hay una vacuna disponible.
  • Aunque cada recesión es diferente, la historia ofrece lecciones para el actual descenso inducido por la pandemia.
  • En medio de tanta incertidumbre, los responsables de la formulación de políticas deben centrarse en mantener los impuestos bajos, desarrollar planes para la consolidación fiscal y evitar nuevas regulaciones hasta que la economía vuelva a estar en marcha, escribe el economista Michael Boskin.

Parece que en la mayoría de los países, la histórica recesión causada por la COVID‑19 comienza a retroceder. Pero si los pronósticos oficiales y privados son correctos, en la mayoría de las economías los máximos de desempeño anteriores no se recuperarán hasta fines de 2022. Mucho dependerá no sólo de la evolución de la pandemia y del empleo eficaz de vacunas y terapias, sino también de las políticas monetarias, fiscales, comerciales y regulatorias que se apliquen. Por eso funcionarios y comentaristas están buscando una respuesta eficaz en el análisis de episodios anteriores.

La mayoría de las economías no volverán a sus anteriores picos de rendimiento hasta finales de 2022.
La mayoría de las economías no volverán a sus anteriores picos de rendimiento hasta finales de 2022.Imagen: REUTERS/Kevin Lamarque

En cuanto a las causas inmediatas, ninguna recesión es igual a otra. Varias recesiones de la posguerra en Estados Unidos se produjeron después de un endurecimiento de la política monetaria de la Reserva Federal para controlar un aumento de inflación. Las profundas recesiones de 1973‑75 y 1981‑82 siguieron a grandes shocks petroleros (cuando había una mayor dependencia de la importación de energía que en la actualidad). Y la recesión de 2001 vino después del estallido de la burbuja de las puntocom.

La causa de la Gran Recesión estadounidense de 2008‑09, en cambio, fue una crisis derivada del excesivo apalancamiento de las instituciones financieras. Estados Unidos había aplicado una serie de ingenierías sociales para dar acceso al préstamo hipotecario a personas que tradicionalmente no hubieran reunido los requisitos para ello; esto causó un aumento insostenible de los precios de la vivienda y de los coeficientes de endeudamiento. La posterior caída de precios inmobiliarios y el súbito aumento de ejecuciones hipotecarias y del desempleo afectaron la demanda agregada, y eso dio lugar a la tercera gran recesión de la posguerra.

Finalmente, la recesión de la COVID siguió a las inéditas medidas de confinamiento que paralizaron todas las actividades económicas «no esenciales» de carácter presencial. Lo que comenzó como un inmenso shock del lado de la oferta se transformó enseguida en un déficit de demanda, por el veloz aumento del desempleo, los altos niveles de incertidumbre en relación con las perspectivas de recuperación, la virtualización del comercio y el incremento del ahorro personal.

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Es común que después de una recesión profunda venga una recuperación rápida, de lo que sirven de ejemplo los años de crecimiento anual del PIB superior al 4% en los setenta y ochenta. Del mismo modo, las recesiones moderadas (como la de 1990‑91) suelen dar paso a recuperaciones relativamente más lentas. El Premio Nobel de Economía Milton Friedman, en su «modelo del rebote», compara este fenómeno con pulsar la cuerda de un violín: cuanto más se la deprima, más rápido rebotará.

Pero tras la Gran Recesión posterior a 2008 vinieron ocho años de crecimiento anual a media máquina (2%). Una recuperación tan intensa como las que siguieron a recesiones profundas anteriores hubiera salvado, en el transcurso de cuatro años, el equivalente a alrededor de 20 millones de puestos de trabajo a tiempo completo por un año. Este mal desempeño admite muchas explicaciones. Una es que el intento gubernamental de rediseño económico a gran escala con el Obamacare y las regulaciones bancarias y energéticas provocó mucha incertidumbre y desalentó la contratación y la inversión; otra es que las medidas oficiales debilitaron el incentivo a trabajar.

La Gran Recesión fue el inicio de una serie de programas monetarios y fiscales para estimular la economía. La Fed tuvo espacio de sobra para bajar la meta de tipo de interés de 5% a cero y dejarla allí por siete años, mientras instrumentaba rescates, medidas de apoyo al mercado, líneas de intercambio de divisas y compras de activos por unos tres billones de dólares en la forma de títulos del Tesoro y valores con garantía hipotecaria. Pero entró en juego la ley de rendimientos decrecientes. Sumar otro billón de dólares a un excedente de reservas que no se prestan y por las que la Fed paga intereses es poca ayuda para la economía.

En 2007, el cociente deuda/PIB de los Estados Unidos era 35%. Después de la crisis financiera, se aplicaron medidas fiscales que incluyeron el paquete de estímulo por más de 800 000 millones de dólares de 2009, una ley de 2010 por un monto similar sobre rebaja impositiva y prestaciones de desempleo, y otras medidas, entre ellas un programa de tres mil millones de dólares para subsidiar la renovación del parque automotor. En 2013, el cociente deuda/PIB había crecido a más del doble, hasta el 72%. Al final, incluso tras descontar los efectos del ciclo económico, el gobierno de Obama tuvo el mayor déficit fiscal desde la Segunda Guerra Mundial (aunque ahora la administración Trump superó el récord).

Después de 2008 los keynesianos siempre esperaron una recuperación mucho mayor a la que obtuvieron (de hecho, los economistas de la administración Obama usaban multiplicadores del gasto tres veces mayores a las estimaciones académicas actuales). Para ser justos hay que decir que en medio de la crisis la incertidumbre era grande. Aun así, muchas de las medidas implementadas no cumplieron lo que prometían. Uno de los mayores errores fue que el presidente Barack Obama no adoptara las sensatas recomendaciones de reducir el déficit que le hizo la Comisión Simpson‑Bowles, creada por su propio gobierno.

Antes de la COVID‑19, el desempleo se hallaba en un mínimo histórico, la inflación estaba controlada, y la carga de deuda de los hogares en relación con el PIB era mucho menor que antes de la Gran Recesión. La deuda corporativa era elevada, pero sus pagos todavía eran manejables. La Fed tenía menos margen para bajar las tasas, y su balance se había inflado a unos cuatro billones de dólares. Con el presidente Donald Trump, los niveles de deuda y déficit del gobierno federal seguían siendo inmensos en comparación con cualquier período próspero en tiempos de paz.

En respuesta a la pandemia, la Fed bajó enseguida la tasa a cero, instrumentó medidas de apoyo a varios mercados y aumentó su balance a más de siete billones de dólares, abandonando su tradicional postura gradualista. Las medidas fiscales aprobadas por el Congreso para ayudar a las empresas y familias ya suman varios billones de dólares. Y Trump acaba de decretar una postergación de aportes patronales y otras transferencias a los hogares. Diversas incertidumbres incluyen la posibilidad de que el año entrante los demócratas controlen el ejecutivo y el Congreso e implementen una importante expansión impositiva, fiscal y regulatoria.

Como la recuperación tras la Gran Recesión de 2008 fue tan lenta, a pesar del fuerte rebote de las bolsas, a inicios de este año pocos pensaban en ella como modelo para la respuesta a otra recesión importante. A la larga, al buscar enseñanzas para el momento actual se tiende a recordar las diferencias en los índices de crecimiento económico y la obtención de expansiones largas y duraderas.

En la recesión post‑COVID, las condiciones económicas están demasiado ligadas a la trayectoria de la pandemia para que sea posible predecir a ciencia cierta el curso de la recuperación. La caída de la producción y del empleo fue mucho mayor y más rápida que en la Gran Recesión, y la recuperación inicial en forma de V parece estar desacelerándose, y es probable que siga a un ritmo más moderado. Los efectos probables a largo plazo incluyen una inmensa pérdida de pequeñas empresas y capital humano (por el desempleo y la virtualización de la enseñanza); una adopción más permanente del teletrabajo; la aceleración de la transformación digital; y una mayor concentración y disminución de la competencia en algunos sectores.

Las enseñanzas tentativas de la investigación académica sugieren que las autoridades deberían postergar la adopción de nuevas regulaciones hasta que la economía se recupere, centrar futuras medidas fiscales en la rebaja impositiva e implementar un plan de consolidación fiscal creíble cuando las condiciones lo permitan, para que la próxima gran crisis no nos encuentre peor posicionados.

Fuente:https://es.weforum.org/agenda/2020/08/como-se-compara-la-recesion-de-covid-con-las-anteriores/?fbclid=IwAR2apJ0R87CZ0gC45LNRCM3Fx6gLyruSe7Sy8RIq8mwPHeHKHCx8_A0KH2o

PIB se derrumbó 18.7%, el peor desplome en la historia de la economía mexicana

La mayor caída registrada previamente fue de 8.6% en 1995, cuando se registró una severa crisis económica en el país.

economia mexicana coronavirus covid-19
Foto: Fernando Luna Arce con Getty Images

Reuters.- La economía de México se contrajo un 17.1% en el segundo trimestre a tasa desestacionalizada, informó el INEGI

En tanto, el Producto Interno Bruto (PIB) bajó un 18.7% en el segundo trimestre contra el mismo periodo del año anterior, para ser la peor caída en la historia de la economía mexicana, derivada de la crisis de Covid-19 que se vive en el país y el mundo.

El descenso del 18.7% del PIB fue ligeramente inferior frente al 18.9% de la estimación preliminar de julio.

El récord anterior de caída en la economía mexicana era de 8.6% en 1995.

Por componentes, el PIB de las Actividades Primarias descendió 2%, las Secundarias 23.4% y el de las Terciarias 15.1% en el trimestre abril-junio de este año frente al trimestre previo.

Durante el primer semestre de 2020, el Producto Interno Bruto acumuló una contracción anual de 10.1%. Los sectores más afectados fueron los servicios de esparcimiento y culturales -46.7% y alojamiento y preparación de alimentos -39.6%.

Economía se recuperará: AMLO

Ayer, el presidente Andrés Manuel López Obrador indicó que la economía nacional se recuperará, “porque nuestra estrategia de corte no neoliberal, que es apoyar abajo está funcionando”.

“¿Cómo está la economía nacional? Yo diría que recuperándose. No caímos en la tentación de endeudarnos como lo hicieron otros países, que con la pandemia se endeudaron como nunca“, explicó.

“Entonces, va a pasar la pandemia, tiene que pasar, ya está pasando afortunadamente y se va a poder observar cuál fue la mejor estrategia en lo económico para enfrentar la crisis y yo estoy seguro que la estrategia nuestra -que ha sido del todo nueva, la vamos a patentar, que es una muy buena vacuna contra las crisis, no de corte neoliberal, sino en el marco de la economía moral- está dando resultado”.

Fuente:https://www.forbes.com.mx/ecomomia-pib-se-derrumbo-18-7-el-peor-desplome-en-la-historia-de-la-economia-mexicana/?utm_source=nora-push&utm_medium=push-notifications&utm_campaign=new-nora-push

La salud mental en el mundo de la pandemia

Por: Clara Márquez Muñoz

La salud mental no recibe la misma atención que la salud física, a pesar de ser tan importante como ésta e incluso tener el poder de determinarla. En el contexto de la pandemia por covid-19, la salud mental de millones de personas se ha deteriorado. Urge que los gobiernos hagan de la atención psicológica una prioridad.

Los problemas de salud mental no son contagiosos, pero sí afectan a una buena parte de la población. La sensación de desesperanza que generan puede llegar a imposibilitar a quienes los padecen de ser miembros activos y productivos de la sociedad. En todo el mundo, la depresión es la primera causa de discapacidad. Si bien en México hoy afecta principalmente a las mujeres, se proyecta que para este año sea la primera causa de discapacidad para toda la población.1

En los peores casos, el sufrimiento emocional incluso lleva a la muerte. En 2019 se registraron en el mundo aproximadamente 800 mil muertes por suicidio, es decir, una tasa de suicidio anual de 11.4 por 100 mil habitantes.2 Según el último reporte de suicidios del INEGI, en el año 2017 México registró 5.2 muertes por suicidio por cada 100 mil habitantes, siendo ésta la cuarta causa de muerte en hombres y la quinta en mujeres en todos los grupos de edad, y la segunda si se limita al rango de edad “productivo”.3 Además de la discapacidad y la muerte, la enfermedad mental tiene un costo económico que se seguirá elevando las próximas décadas. Se estima que la depresión en México cuesta aproximadamente 14 billones de dólares por año debido al  ausentismo y las horas perdidas dentro del trabajo.4

Si a esta situación añadimos la enfermedad por covid-19 y su dimensión psicológica, el problema de salud mental que se avecina será muy grave. En el ámbito de la salud física y la economía, las secuelas que de esta pandemia parecen no tener precedentes. Pero, ¿qué hay de las consecuencias de la pandemia en la salud mental?

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Ilustración: Kathia Recio

Una situación de incertidumbre como la actual, con un bombardeo de noticias constante que nos hace cuestionarnos cosas nuevas todos los días —empezando por el riesgo que corre nuestra vida— promueve la angustia y la paranoia, lo que tiene un impacto muy negativo en nuestro bienestar individual y colectivo. La amenaza a la salud, economía y estabilidad para muchos ha derivado en ansiedad y depresión. Los problemas de sueño o alimentación están por doquier. Hay quienes han enfrentado muertes en este contexto y por lo tanto suman el duelo al miedo. Incluso aquellos que hasta ahora han disfrutado de la cuarentena y la han vivido como una oportunidad para pasar tiempo con su familia o para retomar viejos proyectos, eventualmente tendrán que lidiar con la pérdida que signifique volver a “la normalidad”.  Pese a la urgencia de la cuestión y la impresión generalizada de que esta pandemia nos está afectando a todos anímicamente, en México no hay planes para lidiar con las consecuencias del covid-19 en la salud mental de la población.

Parte de la razón por la cual se menosprecia la salud mental en la conversación pública en general radica en que no tenemos suficiente conocimiento sobre el sufrimiento emocional. Cuando éste aparece, tendemos a normalizarlo. Suponemos que no dormir bien, sentirnos infelices o ser incapaces de lidiar con nuestras relaciones interpersonales es parte de la vida, cuando lo cierto es que estas situaciones son tan disruptivas que generan impedimentos enormes a nivel personal, social y laboral. Las experiencias emocionales negativas pueden afectar la forma en la que pensamos, sentimos y nos comportamos. Cuando las personas experimentamos emociones intensas que nos sobrepasan es natural que busquemos maneras de mitigarlas utilizando estrategias que podrían resultar contraproducentes. Si las negamos, por ejemplo, pueden aparecer en actos perjudiciales para nuestra salud como fumar, tomar y comer en exceso. En esta experiencia de aislamiento social, son varios los factores de riesgo que en conjunto pueden potenciar nuestras emociones negativas, a lo que se suma no poder acceder a ayuda tan fácil y directamente.

Por otro lado, tendemos a desvincular la salud mental de la salud física, ignorado que el estrés, los altos niveles de ansiedad y la depresión tienen consecuencias en nuestro organismo. Cuando experimentamos sensaciones de miedo intenso, se activa la respuesta de “ataque-huída”, un mecanismo automático ante la percepción de daño que lleva al sistema nervioso a producir una secreción de catecolaminas (neurotransmisores asociados al estrés).5 Este mecanismo es de mucha ayuda en el corto plazo, cuando nos enfrentamos a lo que nos amenaza, pero cuando se activa de manera periódica como sucede cuando alguien tiene ansiedad, produce pensamientos catastróficos constantes que resquebrajan nuestra salud física. Esto incluso modifica nuestro cerebro, como han mostrado estudios preclínicos en los que el estrés se asocia con cambios en la estructura del hipocampo, un área cerebral que juega un rol crítico en la memoria. Estudios de neuroimagen y estrés postraumático, por ejemplo, han encontrado un menor volumen en el hipocampo de pacientes diagnosticados con este trastorno después de haber sido víctimas de la guerra y abuso en la infancia, además de déficits en su memoria medidos a través de pruebas neuropsicológicas.6

La relación entre el dolor físico y emocional también se manifiesta en el cerebro. Naomi Eisenberger, Directora del Laboratorio de Neurociencia Social y Afectiva en UCLA, se cuestionó por qué en diferentes culturas se usan metáforas físicas para describir el dolor emocional, por ejemplo, “tener el corazón roto”. Para conocer qué áreas se activaban ante el dolor emocional, la investigadora utilizó la resonancia magnética funcional a la par del paradigma de cyberball —un juego de pelota en el que se le indica al participante que jugará con otras dos personas y tras un tiempo determinado se le excluye con la intención de provocarle “dolor social” y estudiar sus reacciones—. Lo que encontró fue que en este periodo de exclusión se activan las mismas áreas cerebrales que se involucran en el procesamiento del dolor físico: la corteza anterior cingulada dorsal y la ínsula anterior.7 Otro experimento, en el que mostró a los participantes imágenes con gestos de desaprobación, dio los mismos resultados, probando las manifestaciones cerebrales del dolor emocional.8

Este conocimiento, sin embargo, no ha repercutido en las formas en que las sociedades, occidentales, por lo menos, lidiamos con el sufrimiento emocional.  Existe una tendencia de invalidación de las emociones ajenas, de manifiesto en frases como “ya supéralo” “no te claves”, “olvídalo” que ignoran las consecuencias que puede tener la enfermedad mental. Decirle a alguien con covid-19 que “lo supere” o llamarlo débil porque no se puede auto-curar sería impensable; la salud mental necesita de un acercamiento similar. Si hay algo que podemos hacer cuando nuestros seres queridos nos hablan de su sufrimiento es escuchar, no minimizar el problema, validar sus emociones, tener curiosidad sobre lo que nos platican. Ser compasivos, empáticos y procurar los apoyos profesionales son los pasos a seguir con alguien que se enfrenta al dolor emocional.

Algunos gobiernos se empiezan a preocupar por las consecuencias de los problemas de salud mental entre sus poblaciones. El británico es quizás el mejor ejemplo de políticas activas de atención a la salud mental desde hace años, incluso solicitando a miembros de la familia real —sobre todo los duques de Cambridge, Kate y William— que funjan como embajadores y visibilicen la problemática. Además, se destina una buena cantidad presupuestal a investigaciones en diferentes universidades, así como a campañas para informar a la población sobre sus emociones y la importancia de atender su salud mental. Diversas instituciones dedicadas a esto generan programas escolares e institucionales, por ejemplo, la Mental Health Foundation, Anna Freud Centre for Children and Families o Place2be. Estas acciones se han intensificado con la pandemia.

Desafortunadamente, en nuestro país el tema avanza mucho más lento. Si bien se presta atención a algunos institutos que atienden trastornos psiquiátricos, las políticas en general no están destinadas a la población que podría tener problemas más comunes de salud mental, que no necesariamente estén diagnosticadas, padezcan silenciosamente o nunca se hayan cuestionado siquiera si pudieran tener algún malestar psicológico. Si les diéramos a la misma importancia a los problemas de salud mental que la que le damos a los problemas de salud física podríamos reducir los estigmas que siguen determinando al sufrimiento emocional y promover que las personas en necesidad acudan a tratamiento, alcancen su máximo potencial y accedan a la posibilidad de ser felices. En este nuevo mundo que la pandemia nos está obligando a crear, la salud mental debe ser una prioridad.

Carla Márquez Muñoz
Doctora en Psicología (Neurociencias de la Conducta) por la UNAM, Maestra en Psicología del Desarrollo desde perspectiva neurocientífica y psicoanalítica por University College London, Yale University y Anna Freud Centre. Investigadora en parentalidad, desarrollo, apego, neurociencias y autismo


1 Ver: OMS, “Depression and other common mental disorders, Global Health Estimates”,  2017;  OMS, “Who/The global burden of disease 2004 update”, 2008;
Global Burden of Disease, “Disease and Injury Incidence and Prevalence.  Global, regional, and national incidence, prevalence, and years lived with disability for 310 diseases and injuries, 1990–2015: a systematic analysis for the Global Burden of Disease Study”, The Lancet, 388, 2015;  Berenzon et al., “Depresión: estado del conocimiento y la necesidad de políticas públicas y planes de acción en México”, Salud Pública de México, 55 (1), 2013; Ferrari et al., “Global variation in the prevalence and incidence of major depressive disorder: a systematic review of the epidemiological literature”, Psychological Medicine, 43, 2013.

2 OMS, Prevención del Suicidio, Un Imperativo Global, 2014.

3 Borges et al., “Índice de riesgo para el intento suicida en México”, Salud Pública de México, 54(6), 2012.

4 Evans-Lacko, S. y M. Knapp, “Costs of depression in the workplace”, Mental Health Matters, 3 (6), 2016.

5 Cannon, W., Wisdom of the Body, W.W Norton & Company, 1932.

6 Carrion, V, et al.,  “Stress Predicts Brain Changes in Children: A Pilot Longitudinal Study on Youth Stress, Posttraumatic Stress Disorder, and the Hippocampus”, Official Journal of the American Academy of Pediatrics, 2007.

7 Eisenberger, N.I., “Broken hearts and broken bones: A neural perspective on the similarities between social and physical pain”, Current Directions in Psychological Science, 21, 2012.

8 Eisenberger, N. I., “ The neural bases of social pain: Evidence for shared representations with physical pain”,  Psychosomatic Medicine, 74, 2012.

Fuente:https://discapacidades.nexos.com.mx/?p=1642&fbclid=IwAR1ALhmmkpzMTNfR5eGHPs4wBp95bgXDwZCtk-qy83KkIgDacCJyprsZ19s

La flexibilidad de lo informal

Por: Valeria Moy

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FOTO: GUILLERMO PEREA /CUARTOSCURO.COM

 

La informalidad laboral en México es muy formal. Siempre ha estado ahí, estamos acostumbrados a participar activamente en ella —compramos en el tianguis, tenemos nuestro proveedor de fruta y nos arreglamos con el maestro de obra cuando la casa necesita arreglos—. Afuera de las oficinas del SAT hay puestos con toda suerte de productos y es común ver alrededor de los hospitales decenas de puestos de comida en los que los mismos médicos que nos indican la alimentación saludable que debemos llevar disfrutan tacos de todo y quesadillas rebosantes de aceite. En este país a nadie sorprende la informalidad.

Cuando discutimos temas como el salario mínimo, las pensiones, las afores, el retiro, y celebramos cualquier avance en materia laboral, se olvida al mercado informal. En la informalidad no hay regla que aplique. No hay salarios mínimos, no existen las prestaciones, ni hablar de tomarse “un día personal” y pensar en una edad de retiro es poco realista. La informalidad en México se define como la población que trabaja en pequeños negocios no registrados, empleados por cuenta propia en la agricultura de subsistencia y trabajadores que laboran sin la protección social y cuyos servicios son utilizados por las unidades económicas registradas. Con datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del primer trimestre del año, el porcentaje de personas ocupadas en la informalidad fue 56.1%, un poco más de 31 millones de personas.

A partir de marzo tenemos los datos de la ETOE, la versión telefónica de la ENOE que, si bien no son estrictamente comparables, nos han dado información oportuna sobre los cambios en el mercado laboral en estos meses de pandemia. En abril el cambio más dramático fue la disminución en la Población Económicamente Activa del que ya se ha escrito. Los ocupados en la informalidad disminuyeron en ese mes ocho puntos porcentuales, para situarse en 47.7% de los ocupados, 20.6 millones de personas. En mayo empezó a recuperarse alcanzando 22.6 millones de personas y en junio llegó a los 25.6 millones. El mercado laboral es flexible, no hay regulación que lo “obstaculice”, despide, contrata y ajusta salarios de acuerdo con la oferta y la demanda. No por eso es deseable. Si el objetivo es mejorar las condiciones laborales de los trabajadores mexicanos no se debe olvidar la existencia del mercado informal.

La pandemia obliga a tomar precauciones. El uso de cubrebocas, aforos limitados, prácticas de higiene distintas a las que prevalecían antes del covid-19 complicarán enormemente la recuperación del mercado laboral formal. Con el propósito de lograr un regreso ordenado de la actividad económica, la carga regulatoria caerá —una vez más— sobre la formalidad. El restaurante formal tendrá que adecuarse, asumir el costo y hacer frente a las inspecciones necesarias. El puesto de comida de la esquina no. La informalidad hará caso omiso de los protocolos. La formalidad se vuelve más cara.

Al perseguir el objetivo dual de permitir el retorno de la actividad económica limitando los contagios, la reactivación tendría que darse sin que esto signifique un subsidio adicional a la informalidad. No está fácil. Los problemas añejos siempre llegan a pasar factura.

Publicado por Milenio
11-08-2020

Fuente:https://imco.org.mx/la-flexibilidad-de-lo-informal/?fbclid=IwAR2v9PHKF4wMwMuuVJAfXHNJERCp4wcY0Mg7j_UFdS76BcAkxB-A-PTM-z8

Siete maneras para ayudar a entender los desafíos del mundo en 2020, y tener esperanza para el futuro

Por: Jasmin Buttar

Entender mejor los desafíos del desarrollo con el Banco Mundial

Sin precedentes, devastadora, generalizada. Sin importar cómo se describa la pandemia de COVID-19 (coronavirus), esta ha cambiado la vida, tal como la conocíamos, de miles de millones de personas en todo el mundo.  Estamos atravesando un período histórico extraordinario, uno que afectará a cada uno de nosotros en las próximas décadas.

Los impactos que prevé el Grupo Banco Mundial son impresionantes. Solamente en el presente año:

  • Se espera que la economía mundial se contraiga un 5,2 %, una cifra que representa la peor recesión desde 1998.
  • La pobreza extrema aumentará por primera vez en una generación, ya que otros 100 millones de habitantes en el mundo caerán en esta situación.
  • Se pronostica también que la cantidad de personas que enfrentan seguridad alimentaria se duplicará en 2020.

Comprender la magnitud de esta crisis y qué depara el futuro es un desafío para todos nosotros. Y aunque el coronavirus es noticia de primera plana, es solo uno de los principales problemas en materia de desarrollo que encaran los países.  Las regiones de África, Oriente Medio y Asia meridional han sido afectadas por plagas de langostas. En muchas otras, se registran conflictos y actos de violencia, y el cambio climático pone en peligro los medios de subsistencia de millones de personas. La obesidad y la malnutrición son otras dos de las actuales amenazas a la salud en los países en desarrollo.

El panorama general puede parecer abrumador, y los retos demasiado enormes.

Por este motivo, en el Grupo Banco Mundial, hemos tratado de desglosar los temas, examinarlos en detalle y analizar posibles soluciones. Nuestros economistas, expertos en datos y otros especialistas están divulgando sus investigaciones y recomendaciones en diversos informes, blogs, entrevistas y eventos. Este año hemos producido una gran cantidad de contenido que refleja la magnitud de la tarea que queda por delante: hemos publicado más de 300 entradas de blog sobre asuntos relacionados únicamente con la COVID-19.

Para ayudarle a entender mejor estos desafíos del desarrollo mundial e informarse sobre nuestros esfuerzos de respuesta, preparamos una colección breve y de alta calidad  de los materiales que hemos difundido.

Seleccionamos contenido de cada una de las series que hemos publicado este año, que incluyen blogs, videos y entrevistas de diferentes duraciones. Cualquiera que sea la opción que usted prefiera para obtener información, aquí le proporcionamos todas las alternativas. Todos estos materiales atrajeron la atención de la audiencia, generando muchos comentarios y reacciones.

Los datos y gráficos siempre han sido un tipo de contenido de preferencia para nuestros lectores, y no podía ser de otra manera cuando se trata de un tema tan inquietante como lo es la acumulación de la deuda mundial. En esta entrada de blog se lo explicamos en solo cuatro gráficos.

 

 

En lo que a la región respecta, el informe semestral de América Latina y el Caribe, presentado por el economista jefe para la región, Martín Rama, el cuál analiza la economía en los tiempos de la COVID-19, ha sido una de las publicaciones más descargadas en español en los últimos tiempos.

 

 

La pandemia de COVID-19 ha generado una interrupción masiva de las clases. En todo el mundo, alrededor de 1600 millones de estudiantes no están asistiendo a la escuela. El director mundial de Educación del Banco Mundial, Jaime Saavedra, explicó cuál será el impacto en la educación y otros temas clave, como las posibles tasas de deserción escolar, el efecto en la nutrición de los niños, los desafíos del aprendizaje a distancia y mucho más.

 

 

Cuando presentamos un video que destaca a las personas, la paz y la prosperidad como los tres pilares del desarrollo, junto a la premisa de que, para eliminar la pobreza extrema se debe prestarse especial atención a los países frágiles y afectados por conflictos, este atrajo la atención de la audiencia generando muchas reacciones.

 

 

En el caso de la serie de videos «Los expertos responden», nuestra elección es una entrevista al presidente del Grupo Banco Mundial, David Malpass, donde comparte sus reflexiones sobre cómo los países se recuperarán de la crisis por coronavirus y explica el trabajo de la institución en la respuesta a la pandemia.

 

 

Para una lectura en profundidad, nuestro último informe Mujer, empresa y el derecho proporciona un análisis general de las leyes y regulaciones que representan obstáculos para las mujeres en todo el mundo, y de los países que están avanzando en materia de reformas. Este tema caló hondo en muchos miembros de nuestra audiencia. Por ejemplo, Gloria Luseni señaló: «las mujeres pueden hacer también lo que hacen los hombres».

 

 

Como una de las principales entidades de financiamiento de la labor en el ámbito de la biodiversidad, el Banco Mundial trabaja estrechamente con los países, apoyando sus esfuerzos por conservar y gestionar mejor la biodiversidad de manera sostenible. Cuando en nuestra publicación en Facebook destacamos que 1 millón de especies de plantas y animales —de un total de 8 millones— están en peligro de extinción al cabo de unas décadas, la audiencia respondió con muchos comentarios de concientización. Por ejemplo, Mirta Mabel Piccolo: «Incentivar a la gente joven a cuidar la naturaleza y que cada uno plante un árbol, para concientizar que el planeta tierra es nuestro único hogar y verde es más sano».

 

 

Fuente:https://blogs.worldbank.org/es/voces/siete-maneras-de-entender-los-desafios-del-mundo-en-2020-y-tener-esperanza-para-el-futuro?cid=ECR_FB_worldbank_ES_EXT

Volver a la clase será una oportunidad para repensar su propósito

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¿Volver a la escuela? La pandemia provocará un replanteamiento de la educación
Imagen: REUTERS/Ali Hashisho

Por: Sanjay E. Sarma

  • La pandemia ha obligado a los estudiantes de todo el mundo a la educación a distancia.
  • Esto ha puesto de manifiesto las deficiencias de la educación en línea y en las aulas.
  • A medida que volvemos a la normalidad, tenemos la oportunidad de combinar lo mejor de ambos mundos en un modelo pedagógico más efectivo. He aquí cómo.

COVID-19 ha tenido un impacto dramático en la vida de todo el planeta, y se espera que pocas cosas vuelvan a la antigua normalidad en un futuro próximo. Sin embargo, para la educación, se necesita urgentemente una nueva normalidad.

Para la mayor parte del mundo, y en casi todos los niveles, la educación gira en torno a los exámenes. Dejando de lado el complejo debate sobre la necesidad y el valor de los exámenes, un ingrediente esencial del aprendizaje pasa inevitablemente a un segundo plano: el compromiso. El aprendizaje profundo y práctico requiere debates, discusiones, proyectos, entrenamiento, críticas y retroalimentación. Pero esto es difícil de lograr y más difícil de ampliar, y por consiguiente ampliamente descuidado.

COVID-19 ha obligado a gran parte del mundo a la enseñanza a distancia. Muchas instituciones consideraron que la transición a la videoconferencia era relativamente sencilla, siempre y cuando los estudiantes tuvieran los recursos de redes e informática necesarios para acceder a las clases. Pero esa facilidad expone un problema más profundo en la educación residencial. Y en este sentido, lo que estamos viendo con las clases de Zoom hoy en día tampoco es una educación en línea de vanguardia. Gran parte del mundo se encuentra atrapado entre dos mundos, exponiendo las fallas de ambos: un sistema educativo que estaba algo distanciado socialmente para empezar, y una solución de aprendizaje a distancia que simplemente no se basa en las lecciones del aprendizaje moderno en línea.

Ahora es el momento de reconstruir, y hay tres áreas a considerar: la pedagogía, las modalidades y la estructura. La ciencia del aprendizaje, la rápida evolución de las capacidades tecnológicas, y el cambiante futuro del trabajo, todo indica hacia dónde dirigirse.

1. Pedagogía

Cuando la naturaleza nos devuelva la proximidad, los educadores y estudiantes inevitablemente se preguntarán, “¿y ahora qué?” El hecho es que gran parte del tiempo en persona en las aulas de todo el mundo se desperdicia en demasiadas conferencias que bien podrían haber sido dadas en el Zoom. En su lugar, necesitamos una adopción masiva del aula volteada. La idea es reservar el aula real para actividades de doble sentido, mientras se usa la lectura en línea y la pre-lectura para lograr la transferencia de un solo sentido. Esta no es una idea nueva; muchos campos, como las humanidades, y muchas instituciones educativas – como la mía, el MIT – entienden que los estudiantes necesitan marinar en el contenido. La ciencia del aprendizaje nos dice que el aprendizaje es más efectivo cuando los estudiantes son curiosos, y la dopamina se libera en el cerebro. Y nos dice que los estudiantes absorben mejor el material cuando se esfuerzan pero reciben entrenamiento oportuno, y cuando descubren y aplican los conceptos. Esto puede lograrse en discusiones formales e informales, en actuaciones, y a través de proyectos: un robot, una disección, una pieza de software, un estudio de investigación independiente, una composición musical, o una actividad comunitaria. Pero todo esto se pierde a menudo en la búsqueda de la eficiencia utilitaria. Un gran número de pequeñas universidades privadas de arte liberal no sobrevivirán al invierno de COVID-19 debido a su muy debatida economía. Irónicamente, la pedagogía es una cosa que hacen bien, y su desaparición será una tragedia.

2. Modalidad

La educación a distancia no es una educación en línea. Un contenido online adecuadamente diseñado implica videos asíncronos cortos (5-10 minutos), bien producidos, que están más en sintonía con la habilidad del cerebro humano para enfocarse. El contenido en línea también puede incluir simulaciones, juegos y anotaciones de grupo en línea de un documento – que son más vívidos que la mayoría de las conferencias en persona. Los estudiantes pueden pausar, rebobinar o acelerar el contenido a su conveniencia. Las pruebas breves y autocalificadas después de cada vídeo permiten algo que se conoce en la ciencia cognitiva como el efecto de la prueba: el recuerdo inmediato del contenido promueve la retención a largo plazo. Con el tiempo, las capacidades en línea se volverán aún más sofisticadas con las simulaciones, los juegos y la realidad virtual. Un estudiante en línea pasa al siguiente tema cuando ha dominado el anterior. Esto se llama aprendizaje de maestría y lleva a un progreso más concreto en el viaje de aprendizaje. Los foros en línea son sorprendentemente buenos en la interacción entre pares y expertos. El zoom también tiene su lugar en este mundo: los estudiantes pueden usar la videoconferencia para interactuar con sus compañeros, asistentes de enseñanza, profesores y entrenadores. Pero cuando el encierro termina, la modalidad en línea debe utilizarse principalmente para hacer tiempo para el aspecto más importante de la educación: el compromiso en persona. La línea nunca puede ser un sustituto del buen aprendizaje en persona, pero puede fortalecerlo, mejorando la comprensión y el matiz. Pero no se equivoque: un buen contenido en línea reemplazará la enseñanza sin compromiso de manera rápida y decisiva. Y la educación en línea ciertamente ofrece una mejor ecuación costo-beneficio que una universidad mediocre.

COVID-19 ha llevado al cierre de escuelas en todo el mundo
COVID-19 ha llevado al cierre de escuelas en todo el mundo
Imagen: UNESCO

3. Estructura

La estructura de la educación hoy en día es frágil. A medida que los contornos del mercado laboral se vuelven inciertos después de COVID-19, la educación tendrá que hacerse más maleable. Los estudiantes necesitarán más visibilidad y más conexiones con el mundo laboral, y más opciones de tamaño de mordida para que puedan personalizar sus trayectorias. Las titulaciones de dos y cuatro años no pueden ser las únicas alternativas. Los estudiantes de secundaria de todo el mundo podrían querer hacer prácticas para probar el trabajo, como lo hacen hoy en día en Suiza. Tal vez necesitemos más escuelas técnicas vocacionales, para que los estudiantes obtengan más habilidades para el trabajo. Mientras se estudia para obtener un título de asociado o una licenciatura en contabilidad, un estudiante podría querer obtener un certificado en línea aparte, como un micromáster en ingeniería financiera. Los microcréditos están en nuestro futuro. Ofrecen a los estudiantes opciones para adaptar sus planes de estudio. Si COVID-19 ha enseñado una cosa a la fuerza de trabajo, es que los adultos que trabajan deben ser capaces de adquirir nuevas habilidades rápidamente, y probablemente de forma continua. Esto apunta a la necesidad de nuevas opciones para la educación continua de los adultos. Gran parte de ella estará en línea desde el edX y las Courseras del mundo. Parte del aprendizaje debe ser necesariamente en persona – para aprender a manejar el equipo, por ejemplo – pero es difícil dejar el trabajo por períodos prolongados. Será necesario destilar experiencias en persona durante una semana o distribuirlas durante los fines de semana. De una forma u otra, la estructura de nuestros sistemas educativos es monolítica, y necesita más granularidad.

La necesidad de reformas

Al incautar la proximidad de la sociedad humana, COVID-19 ha expuesto algunos de los defectos de nuestro sistema educativo. Muchos síntomas ya existían: 1,6 billones de dólares de deuda estudiantil, la erosión de la confianza en las instituciones educativas, las universidades en problemas. Y quizás más crudamente, la pérdida de matices en el discurso público, las posiciones en blanco y negro cuando se requieren tonos de gris, y el declive de la compasión, el pensamiento crítico y la discusión sensata. Si el sistema educativo no se reforma en todos los niveles, el frío y duro cálculo de la economía de mercado barrerá con gran parte de él, llevándose consigo el aspecto más precioso y delicado de la educación: el compromiso. Debemos reanimar el compromiso con la educación en 2021 y más allá, mientras nos desempolvamos lentamente después de esta pelea con la naturaleza.

Fuente:https://es.weforum.org/agenda/2020/07/volver-a-la-clase-sera-una-oportunidad-para-repensar-su-proposito/

¡¿A ver si te entera?! El reto de la nueva comunicación.

Hoy la comunicación es casi siempre un riego de mensajes por aspersión. Cuando tenemos todo a favor para una comunicación abundante en matices y bien condimentada, optamos por una comunicación anoréxica y bastante escuchimizada.

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Ian Mangiardi, productor de TV neoyorkino, recibió no hace mucho el premio al Explorador del Año por su éxito en la búsqueda de fósiles de dinosaurio en el desierto de Gobi. Utilizó para ello drones y escáneres de imagen multiespectral, capaces de peinar tanto el rango de la luz visible como el de la invisible, y encontró cientos de restos. Alex Borowicz, por su parte, utiliza imágenes de satélite de alta resolución e inteligencia artificial para localizar y seguir a las ballenas. Ambos son miembros del Explorers Club, junto a históricos como Charles Limberg, Amunsend, Neil Amstrong…, y Jeff Bezos, Elon Musk, Jane Goodall o el director de cine James Cameron, acreditados estos últimos por sus exploraciones en ámbitos menos geográficos.

La sede del Club, situada en Manhattan y por la que se puede hacer un tour virtual desde su web, rezuma aventura, conocimiento, curiosidad, respeto y estudio a través de sus cientos de objetos que dan fe de las exploraciones y exploradores de los que busca guardar memoria. Magnífico lugar, sin duda, para comprobar que lo nuevo solo lo es por un instante, pasado el cual se convierte en recuerdo del que aprender y referencia sobre la que seguir descubriendo y creando. Explorar no es sino encontrar respuestas a preguntas que a veces ni se han hecho, plantarse ante la naturaleza, la historia, la ciencia o nuestros semejantes y escudriñar lo que nos dicen. Explorar es escuchar.

Por eso me resulta útil la referencia mencionada para hablar de comunicación en los tiempos que corren. Creo que es una imagen adecuada en la que se refleja la aventura que hoy supone saber desenvolverse por los caminos enrevesados de la comunicación con nuestros semejantes, caminos en permanente cambio, con indicaciones a veces confusas y mapas de caducidad inmediata. Comunicar es hoy explorar territorios nuevos, que nunca habían estado ahí, y que debemos recorrer con espíritu abierto, cierta prevención ante sus peligros, y asumiendo que quizá algunas de nuestras “exploraciones” no terminen en descubrimientos sino en una especie de facsímil de lo ya conocido.

Marcos de Quinto, que fue Vicepresidente de Coca Cola, resume así la esencia de la comunicación, en este caso comercial: “Para convencer a alguien de algo has de encontrarle, ha de escucharte y ha de creerte.” Suena obvio, pero reconozcamos que desde el primer peldaño, encontrar a nuestro interlocutor, hoy la cosa se complica bastante. Hagamos, pues, un repaso por la posición actual de los ingredientes básicos de la comunicación.

Emisor… ¿qué me cuentas?

Quien tiene algo que decir y se dispone a comunicarlo lo hace normalmente con una intención predeterminada, sobre la que construye el mensaje. Esta intención es la que luego su interlocutor, el receptor, deberá interpretar. El emisor (yo mismo mientras escribo esto) quiere algo muy concreto, que, por lo general, va más allá de ser escuchado; necesita antes, como decía de Quinto, encontrar y más tarde convencer.

Hoy, cuando la aseveración de McLuhan “el medio es el mensaje” es más real que nunca, el emisor es un actor circunstancial: “Pasaba por ahí y me encontré con You Tube o Instagram, tan atractivos y cómodos ellos, que me “obligaron”, sin saber muy bien por qué ni para quién, a “hablar”,… y hasta ahí puedo explicarlo.”

La intención, por tanto, es solo la de hacerse oír. No hay direccionalidad premeditada, no se sabe a quién estás hablando porque desconoces quién te va a escuchar. Hoy la comunicación es casi siempre un riego de mensajes por aspersión. Las redes sociales, por ejemplo, son un “Pasapalabra” en bucle.

Nunca la comunicación fue tan democrática, es innegable. Es tal la cantidad y sencillez de recursos a nuestro alcance que –ahora sí, por fin—quien no se comunica es porque no quiere. Para empezar, asumimos que todo es susceptible de ser comunicado porque, por supuesto, es interesante para alguien. Desde los ingredientes del desayuno que nos tomamos al pijama con el que nos acostamos, previo selfie, pasando por el meme que pretendemos viralizar, el video que acabamos de descubrir o la ocurrencia lapidaria que debe tuitearse… Y es que todo, TODO, es hoy información “comunicable”, proyecto de mensaje, por su interés intrínseco o porque hemos decidido que interesa. Peter Handke, Nobel de literatura en 2019, lo expresa de forma contundente: “Vivo de aquello que los otros no saben de mí”, y que –añadiríamos ahora—sean experiencias, pensamientos o la irrelevancia más absoluta, considero interesantes…, o no; en realidad no me importa.

Para el emisor –es preciso también reconocerlo– comunicarse se ha convertido en una actividad de riesgo porque se complica bastante controlar la dirección, la intención, el destino, y la fidelidad del mensaje. Pero, como ocurre con todo aquello que el tiempo nos ha ido simplificando, la comodidad de la ejecución ha hecho casi irrelevantes sus consecuencias. Nuestras relaciones están ya sometidas a una especie de Thermomix comunicativa. El proceso escapa ya de nuestras manos y el resultado puede dejar irreconocibles los ingredientes iniciales, pero gusta y nos convierte en autores sin marcha atrás.

El mensaje, en pocas palabras

La intención del emisor reposa en un mensaje compuesto de los elementos (verbales, icónicos…) que mejor representan lo que quiere transmitir. En su adecuada elección y combinación reside su valor. Se trata, teóricamente hablando, de que sea exacto y unívoco, es decir, que diga lo que queremos decir y nada más (salvo decisión en contrario, claro). En realidad, ésta, la de la construcción del mensaje, es la parte complicada. Emisores y receptores lo somos a la fuerza, pero en la habilidad para conformar el objeto de la comunicación radica que ambos se vean satisfechos: el emisor porque ve bien reflejada su intención y el receptor porque encaja sin dificultad en ella su interpretación.

… Sin embargo, la realidad hace ya algún tiempo que ha hecho de tal teoría una casualidad.

En primer lugar, estamos ya en un territorio en el que construir un mensaje no debe suponer ningún esfuerzo. Para ello se abrevian las palabras, se usan emojis, se crean onomatopeyas y se está pendiente del “double check” y el “like” para confirmar el éxito de nuestra comunicación, sin importar, a veces, ni cómo se ha interpretado nuestro mensaje, ni tan siquiera a quién ha llegado.

Además, nunca como ahora hemos tenido tanto que contar. Son tantas las posibilidades de acumular experiencias y conocimientos, que nos sobra materia prima para construir mensajes completos y complejos, ricos y enriquecedores. Pero he aquí (¡qué ironía!) que optamos por lo contrario, por la conversación sincopada, el lenguaje reducido a la mínima expresión, el contenido imprescindible, la respuesta reducida a un gesto prefabricado.

Sé y defiendo que el idioma, como el lenguaje, y por ende la forma en que los usamos para comunicarnos, han de ser vivos y evolucionar en constante adaptación desde y para la sociedad y circunstancias de cada momento. Pero me llama la atención que, a mayor facilidad de conexión, mensajes más escuetos, casi esqueléticos, en detrimento de su calidad. Parece que, cuando tenemos todo a favor para una comunicación abundante en matices y bien condimentada, optamos por una comunicación anoréxica y bastante escuchimizada.

Creo que un Emoji, por muchos corazoncitos que tenga, nunca podrá sustituir a una carta de amor, ni tan siquiera a una llamada telefónica, en la que hasta la respiración forma parte del mensaje (será por eso, por miedo a que “se nos note”, que la función teléfono de los teléfonos es cada vez menos utilizada). … Y sí, pienso que puede ser el miedo el que nos lleva a crear mensajes reducidos a la mínima expresión. Estamos expuestos a través de demasiados medios como para no sentir un cierto vértigo ante nuestra desnudez, así que mejor me hago un selfie mientras desayuno mi leche con galletas, añado un pie tal que “estoy para comerme”, lo comparto en Instagram y mis colegas ya sabrán qué quiero decirles,… o no.

El medio: ¡aquí mando yo!

Acudir hoy a una biblioteca produce cierta ternura. Observamos miles de libros en perfecto orden, formando con sus lomos un tapiz multicolor. Imaginamos la cantidad de horas, esfuerzo, conocimientos e imaginación que sus autores han volcado en tales páginas. Y puede que dicha visión incluso nos emocione. … Y, a continuación, la consulta que hemos ido a resolver se la preguntamos a Google.

Frente a la pena y la rabia que subyacen en lo que acabo de escribir, se me argumentará que en los servidores de la World Wide Web se acumulan millones de “bibliotecas” como la que me acoge, y Google escupe en milisegundos el dato escondido en una de las páginas de uno de los libros de una de aquellas estanterías. ¡Es genial, por supuesto! La información, primer paso hacia el conocimiento, se agiliza y, por tanto, eso debería dejarnos más tiempo para la reflexión y la comprensión que exige tal conocimiento. Pero este círculo virtuoso tiene un elemento del que rara vez somos conscientes: la web y sus contenidos están construidos para ser consumidos y no tanto para ser pensados. Además, el éxito que obtenemos online con tanta facilidad genera en nuestro cerebro la dopamina suficiente como para que busquemos inmediatamente otro “chute” de autocomplacencia y nos enfrasquemos en una “navegación” en la que la pantalla se convierte en oráculo y nosotros en creyentes fieles de sus enseñanzas.

La dictadura del medio se está imponiendo incluso en los nuevos métodos docentes. La crisis de la COVID-19 ha incentivado el uso de nuevos recursos tecnológicos, que se sabía convenientes y en circunstancias como ésta se han demostrado imprescindibles. Los contenidos en streaming, las clases por Zoom o Teams, la relación con los alumnos vía Moodle o Canvas, los grupos de WhatsApp, las aulas, en fin, virtuales con todos sus aditamentos en algo tan simple como la imagen en movimiento y a través de una pantalla. Se han perfeccionado los soportes pero su fundamento sigue estando en ofrecer mensajes y contenidos que provoquen impacto en la audiencia y eso nos lo permiten los medios actuales más y mejor que nunca.

Esta visión entre quejumbrosa y esperanzada de la comunicación actual es, lo sé, de brocha gorda, pero en tiempos de incertidumbre sentimos que hemos de renovarnos y sustituir recursos que hasta ahora nos han servido por otros. El problema es que no estoy muy seguro de que sepamos qué nos conviene suplantar, por qué deberíamos hacerlo y qué ponemos en su lugar.

El futuro se vislumbra en desarrollos que ya tienen en marcha empresas como Jaguar Land Rover que, junto con la Universidad de Cambridge, está probando un sistema de comunicación  con el panel de control del salpicadero de sus coches llamado toque predictivo: mediante la detección de los movimientos de las manos y de los ojos, el sistema es capaz de “comunicarte” con el coche y adelantarse a lo que pretendes. Será que dentro de poco nos espera la comunicación sin contacto, como mero desiderátum. Confío, no obstante, en que de la comunicación sin contacto no pasemos a la comunicación sin sentido.

… ¿Y el receptor? ¿Y tú me lo preguntas? Como puedes suponer, el receptor eres tú.

Por: Javier Ongay

Fuente:https://www.roastbrief.com.mx/2020/08/a-ver-si-te-enteras-el-reto-de-la-nueva-comunicacion/?fbclid=IwAR3LO95ahURtYw5owNWB8Ayou_YnbDjxq9OYlaEXR5YiVEwQd2dNK3NXfbo