Lleva años publicándose.
En la portada aparece una chica con el pelo negro, ondeando hasta donde se pierde el angular. Cuerpo moldeado a la brasileña, vestido a la italiana, posado a la nórdica, bronceado digital. En los ojos ese reflejo de las luces de estudio del nuevo siglo, un filtro de vitalidad que no deja adivinar realmente su color de ojos. La mirada no es hacia el lector, es un poco más allá, observando siempre algo a nuestras espaldas. Como una Mona Lisa pero en tímido. A su alrededor flotan tipografías que ignora, mensajes que desconoce. Algunos hacen referencia a ella, otros a partes de ella, algunos ni siquiera eso. En grandes letras que recuerdan a edificios art déco, el nombre del magazine se parapeta tras su pelo empujándola a la palestra. Ella es lo que importa, no dónde aparezca.
El índice nos cuenta lo de siempre, en el mismo orden, con otros nombres. Tendremos una pequeña introducción editorial, algo cargado de una falsa importancia que tal vez no entendamos hasta el final. Se maquillarán los hechos con apariencias, se venderán banalidades como existencialismos. Se tocarán temas escabrosos, sin duda, como quien pinta con los dedos para después pasar la palma. Y en un lado, allí donde lo dejamos la otra vez, el índice perfectamente ordenado nos avisa de lo que vendrá. No pierdan el rumbo, intenten no sorprenderse. Todo acabará, todo pasará de esta manera. Como en la última entrega.
Pasamos página y se nos presenta una agenda cultural donde el evento más destacado es una exposición de réplicas a escala real de famosas tumbas faraónicas. Se adjunta alguna fotografía, donde se aprecia el gusto de los vivos por recrearse en la muerte. Se puede observar lo cuidadoso del engarzado de algunas de ellas, la opulenta decoración con la que a veces se adornan los últimos momentos. Las caras estoicas de pasiva emoción, la aceptación de lo inevitable y nunca deseado. Cuerpos que perdieron el derecho a recordar reconfortados por el abrigo de sus pertenencias, el materialismo definiendo el alma. En vitrinas nos imaginaremos sus vidas, mediante pósters relataremos sus historias. Eligiendo qué conservar como memorable, condenando el resto a un futuro vacío. No hay exposiciones para el olvido.
Pasamos página y tenemos una entrevista con un viejo dueto musical venido a menos. Muchas preguntas sobre viejos discos y conciertos, pocas respuestas que valgan la pena. Se habla del camino recorrido y el cansancio al atravesarlo, nadie comenta dónde acababa. Anécdotas que ya se han dicho en televisión, emitido en la radio, filtrado en internet. Voces nuevas entonando las mismas viejas canciones, viejas memorias buscando adaptarse a los nuevos tiempos. Un encuentro forzado entre dos pensamientos incompatibles que buscaron entenderse sin comprobar cuán profundo sería el vacío que debían saltar. Un puente construido sin cimientos que zozobra con cada por qué, cuándo y cómo. Qué palabra hay para los que quieren mantener una amistad sin ser amigos.
Pasamos página y es un anuncio de frutos secos pero que parece uno de dentrífico con una chica salida de uno de crema hidratante.
Pasamos página y es la receta de un plato turco con nombre francés. Instrucciones precisas de cómo combinar algo que nació desunido, de cómo enseñar a lo inerte a amarse entre sí. Se habla de pizcas, trozos, porciones, dosis. Se mide lo relativo del espacio, se etiqueta lo fugaz del tiempo. Lo que antes parecían retazos inconexos de una realidad que creías conocer son ahora estimulantes experiencias que no puedes esperar a probar de nuevo. La nueva forma de tu realidad futura, lo que vas a pedirle a tus platos a partir de ahora. Nada menos que eso, cualquier cosa que sea más. El riesgo de experimentar es que te guste el resultado.
Pasamos página y son consejos para una perfecta entrevista de trabajo. Lo que debes decir, lo que no, algunas excepciones a ambos. El manual de un comportamiento trivial pero estandarizado, frívolo pero obligado. Las instrucciones de cómo ser y esperar que sean otros, el lenguaje reducido a transmitir solamente un mensaje. Así debe ser su cuerpo a partir de ahora, aquí deben mirar sus ojos, esto deben mostrar sus labios. Su lengua articulará estas palabras, sus manos deben mantenerse en esta posición, sus pies a esta distancia. Esta es la curvatura de su espalda, ésta la altura de sus cejas. La tensión de su cuello, el ritmo del vaivén de su pecho, la amplitud de sus pupilas. Todo significa algo, sólo se necesita un código. Toda relación puede acabar, sólo se necesita quebrantarlo.
Pasamos página y es el anuncio de una red social pero parece uno de agua mineral en el que aparecen un grupo de amigos salidos de uno de ropa deportiva.
Pasamos página y damos con los pasatiempos. Unos tienen huecos en blanco que rellenar con una imaginación expuesta al error, otros desordenan lo que dabas por hecho para confundirte por diversión. Algunos te tomarán segundos, otros no podrás resolverlos. Habrá acertijos que te suenen, muchos jugarán las mismas cartas con otro número, incluso con otra baraja. Elegirás una dificultad que siempre te superará, obviarás retos que pudiste superar por inseguridad. Tú eliges qué tiempo les dedicas y en qué orden, tú eliges cuáles finalizas y qué deja de merecer la pena. Y qué hay de esos que duplican la realidad variando detalles que se te pasaron desapercibidos la primera vez, incitándote a aprender de los errores de otro. A ajustarte a un ideal sin pensar que hay otras maneras de entender lo que sucede a tu alrededor. Incluso en el caos puede uno encontrar diversión si tiene un plan para salir de él.
En la contraportada hay una gran fotografía enviada por un aficionado. Una pareja demasiado separados para pretender amarse incómodos ante una cámara que no deja de querer llevarlos juntos a todas partes. Están sentados en un banco a la puerta de una sala de conciertos donde el público llegó tras los teloneros y apenas se vendieron camisetas. El bolso de ella hace conjunto con los labios de él, la camiseta de él hace conjunto con el corazón de ella. La tira cómica firma la escena con una macabra tristeza.
Nos gustaría leer más, nos gustaría leerlo mejor. Nos hemos saltado pasajes, hemos obviado fotografías, no recordamos algunos eventos. Como la pieza que siempre estuvimos buscando del puzzle del que aún no hemos abierto la caja. Pero no hay tiempo para eso, no se puede volver al inicio y pretender que todo siga ahí.
Porque es domingo, y mañana sale otro número.