Image

Archivo de la etiqueta: errores

Barrera quebrada

No sé si ya usé el título, pero seguro que usé el contenido.

Tantos años practicando el auto conocimiento y no sabía lo que guardaba en mi interior hasta que otra persona no vino a sacarlo. Con reservas pero sin complejos, di todo lo que sabía que tenía y fabriqué un poquito más para la ocasión. Yo, creyéndome nointeresante y nadadigno, me inventé un poco de vida alrededor de la cual dejar crecer mi personalidad como una ficticia costra de apariencia, engrosándola con una férrea fragilidad. Y el escudo venció miradas, gestos y esperas. Venció sueños, lamentos y tiempo. Venció silencios y, sin embargo, lo rompieron las palabras.

Las que se dijeron y las que se quisieron decir. Las que se esparcieron en el aire y aquellas que arraigaron en el fondo del suelo. Las que flotaron como esencias y las que se condensaron en el alféizar. Las intencionadas y las que se sobreentendieron. Yo, acostumbrado a la nomadurez y noatención, siendo apaleado ahora por los deseos que tanto me gustó esgrimir fuera de su vaina. Colgando sobre mí como propaganda de un devenir funesto pero humorístico, terrible en lo paradógico de su previsible final ambiguo. Para alguien acostumbrado a escribirse a sí mismo y no leerse después, nunca pudo guardar tantas sorpresas.

Y aún yo, sinsorpresas pero noenterándome, aprendiendo ahora a nadar en el torrente que confunde mi pasado y el sueño que tendré esta noche. La pesadilla de no llegar hasta el futuro que se parece a hoy. Todo eso que queremos hacer antes de venir hasta donde estamos ahora. Y lo dicho y lo que se dirá comparten espacio por un instante en tus dedos, ya que nadie quiere oír tu voz.


No es calor si no sudas

Ahora pongo el ventilador.

No eres tú. Es la nostalgia.

No, verás, atiende. No es cuestión de si ahora eres más simpático, si has cultivado tus conocimientos o si bebes zumos ecológicos. Escucha, es la nostalgia.

Creo que no te queda claro. Mira, no es que tu nuevo trabajo no sea bueno ni que ese piso que estás decorando no te esté quedando de muerte. Sí, esa nueva afición tuya a pintar miniaturas bélicas requiere una meticulosidad venerable pero es que no es nada de todo eso. Es la nostalgia.

La nostalgia es lo que va a estropear todo esto. La nostalgia de sentir que en el fondo, da igual lo bueno que seas ahora da igual lo que hayas mejorado da igual lo que te hayas esforzado en pulir tus defectos, en el fondo, reconozco la misma persona con la que coincidí hace tantos años. Y me pone triste.

Triste al saber que no va a volver. Que aquellos momentos que desperdiciamos no los puedo enmendar con nadie, porque aquella persona no eres tú aunque os llaméis igual. Hablamos de lo que fuimos sabiendo que no lo somos ya, queremos acabar siendo lo que ahora no podemos llegar a ser aunque nos esforcemos.

No es lo que sientas, ni lo que sienta yo. Es la nostalgia. Eso es lo que me devora y lo que te emborrona en mi memoria. Eso es lo que quedará de nosotros, nostalgia. Empañando un pasado y masticando un presente que a trozos se levanta con la brisa de un futuro que no nos podremos explicar.

Porque lo que nos une es nostalgia. Y hasta eso se acaba.

 


Magazine semanal

Lleva años publicándose.

En la portada aparece una chica con el pelo negro, ondeando hasta donde se pierde el angular. Cuerpo moldeado a la brasileña, vestido a la italiana, posado a la nórdica, bronceado digital. En los ojos ese reflejo de las luces de estudio del nuevo siglo, un filtro de vitalidad que no deja adivinar realmente su color de ojos. La mirada no es hacia el lector, es un poco más allá, observando siempre algo a nuestras espaldas. Como una Mona Lisa pero en tímido. A su alrededor flotan tipografías que ignora, mensajes que desconoce. Algunos hacen referencia a ella, otros a partes de ella, algunos ni siquiera eso. En grandes letras que recuerdan a edificios art déco, el nombre del magazine se parapeta tras su pelo empujándola a la palestra. Ella es lo que importa, no dónde aparezca.

El índice nos cuenta lo de siempre, en el mismo orden, con otros nombres. Tendremos una pequeña introducción editorial, algo cargado de una falsa importancia que tal vez no entendamos hasta el final. Se maquillarán los hechos con apariencias, se venderán banalidades como existencialismos. Se tocarán temas escabrosos, sin duda, como quien pinta con los dedos para después pasar la palma. Y en un lado, allí donde lo dejamos la otra vez, el índice perfectamente ordenado nos avisa de lo que vendrá. No pierdan el rumbo, intenten no sorprenderse. Todo acabará, todo pasará de esta manera. Como en la última entrega.

Pasamos página y se nos presenta una agenda cultural donde el evento más destacado es una exposición de réplicas a escala real de famosas tumbas faraónicas. Se adjunta alguna fotografía, donde se aprecia el gusto de los vivos por recrearse en la muerte. Se puede observar lo cuidadoso del engarzado de algunas de ellas, la opulenta decoración con la que a veces se adornan los últimos momentos. Las caras estoicas de pasiva emoción, la aceptación de lo inevitable y nunca deseado. Cuerpos que perdieron el derecho a recordar reconfortados por el abrigo de sus pertenencias, el materialismo definiendo el alma. En vitrinas nos imaginaremos sus vidas, mediante pósters relataremos sus historias. Eligiendo qué conservar como memorable, condenando el resto a un futuro vacío. No hay exposiciones para el olvido.

Pasamos página y tenemos una entrevista con un viejo dueto musical venido a menos. Muchas preguntas sobre viejos discos y conciertos, pocas respuestas que valgan la pena. Se habla del camino recorrido y el cansancio al atravesarlo, nadie comenta dónde acababa. Anécdotas que ya se han dicho en televisión, emitido en la radio, filtrado en internet. Voces nuevas entonando las mismas viejas canciones, viejas memorias buscando adaptarse a los nuevos tiempos. Un encuentro forzado entre dos pensamientos incompatibles que buscaron entenderse sin comprobar cuán profundo sería el vacío que debían saltar. Un puente construido sin cimientos que zozobra con cada por qué, cuándo y cómo. Qué palabra hay para los que quieren mantener una amistad sin ser amigos.

Pasamos página y es un anuncio de frutos secos pero que parece uno de dentrífico con una chica salida de uno de crema hidratante.

Pasamos página y es la receta de un plato turco con nombre francés. Instrucciones precisas de cómo combinar algo que nació desunido, de cómo enseñar a lo inerte a amarse entre sí. Se habla de pizcas, trozos, porciones, dosis. Se mide lo relativo del espacio, se etiqueta lo fugaz del tiempo. Lo que antes parecían retazos inconexos de una realidad que creías conocer son ahora estimulantes experiencias que no puedes esperar a probar de nuevo. La nueva forma de tu realidad futura, lo que vas a pedirle a tus platos a partir de ahora. Nada menos que eso, cualquier cosa que sea más. El riesgo de experimentar es que te guste el resultado.

Pasamos página y son consejos para una perfecta entrevista de trabajo. Lo que debes decir, lo que no, algunas excepciones a ambos. El manual de un comportamiento trivial pero estandarizado, frívolo pero obligado. Las instrucciones de cómo ser y esperar que sean otros, el lenguaje reducido a transmitir solamente un mensaje. Así debe ser su cuerpo a partir de ahora, aquí deben mirar sus ojos, esto deben mostrar sus labios. Su lengua articulará estas palabras, sus manos deben mantenerse en esta posición, sus pies a esta distancia. Esta es la curvatura de su espalda, ésta la altura de sus cejas. La tensión de su cuello, el ritmo del vaivén de su pecho, la amplitud de sus pupilas. Todo significa algo, sólo se necesita un código. Toda relación puede acabar, sólo se necesita quebrantarlo.

Pasamos página y es el anuncio de una red social pero parece uno de agua mineral en el que aparecen un grupo de amigos salidos de uno de ropa deportiva.

Pasamos página y damos con los pasatiempos. Unos tienen huecos en blanco que rellenar con una imaginación expuesta al error, otros desordenan lo que dabas por hecho para confundirte por diversión. Algunos te tomarán segundos, otros no podrás resolverlos. Habrá acertijos que te suenen, muchos jugarán las mismas cartas con otro número, incluso con otra baraja. Elegirás una dificultad que siempre te superará, obviarás retos que pudiste superar por inseguridad. Tú eliges qué tiempo les dedicas y en qué orden, tú eliges cuáles finalizas y qué deja de merecer la pena. Y qué hay de esos que duplican la realidad variando detalles que se te pasaron desapercibidos la primera vez, incitándote a aprender de los errores de otro. A ajustarte a un ideal sin pensar que hay otras maneras de entender lo que sucede a tu alrededor. Incluso en el caos puede uno encontrar diversión si tiene un plan para salir de él.

En la contraportada hay una gran fotografía enviada por un aficionado. Una pareja demasiado separados para pretender amarse incómodos ante una cámara que no deja de querer llevarlos juntos a todas partes. Están sentados en un banco a la puerta de una sala de conciertos donde el público llegó tras los teloneros y apenas se vendieron camisetas. El bolso de ella hace conjunto con los labios de él, la camiseta de él hace conjunto con el corazón de ella. La tira cómica firma la escena con una macabra tristeza.

Nos gustaría leer más, nos gustaría leerlo mejor. Nos hemos saltado pasajes, hemos obviado fotografías, no recordamos algunos eventos. Como la pieza que siempre estuvimos buscando del puzzle del que aún no hemos abierto la caja. Pero no hay tiempo para eso, no se puede volver al inicio y pretender que todo siga ahí.

Porque es domingo, y mañana sale otro número.


Desesperación y pasteles

NOTA DE MÍ: Buscando un CD de música inundado de nostalgia he dado con un intento-de-diario que empecé el verano pasado. Duró apenas 5 o 6 escritos, tenía cosas mejores que vivir fuera de las páginas. Ahora rescato estos escritos.

Domingo, 3 de julio de 2011

Me apetece cocinar un pastel.

Casi tanto como recibir la respuesta a un mensaje que acabo de enviar. El mensaje lo envié hace dos horas, el pastel podría hacerlo mañana. Ahora venden preparados muy sencillos para hacer pasteles, pero para el mensaje dependo de alguien.

A veces me equivoco y hecho demasiada leche en el molde.

A veces me equivoco y confío en las personas que no debo.

A veces devoraría el mundo sin dejarlo reposar en la nevera, me fundiría con la gente en una crema con base de galleta. Otras sólo envío un mensaje recubierto de limón y espero que alguien coja una porción y devuelva el tenedor usado. Tal vez con restos de su corazón entre el mazapán.

Cuando no estoy comiendo, me apetece estar con algunas personas. Y al revés.


Guárdalo, que aquí da el Sol

Se mira, pero no se toca.

Amores platónicos. Esas siluetas que se suben cada mañana en el mismo vagón de tren o que pasean al anochecer por tu calle para ir a tirar la basura. La persona que se sienta siempre en la misma mesa de la biblioteca, aquella que va a comprar todos los jueves a la panadería junto a la parada de autobús o la repartidora que trae los tóners a la papelería en la que trabajas. Objetos de deseo, perpetuos ídolos de atracción que captan tu atención haciendo que los devores con la mirada como si fueras a perder la vista si osaras parpadear. En caso de desesperación, el único motivo para mantener una rutina.

Recomiendo tener uno. Un amor platónico, una musa. Sobretodo si eres artista. Te da una ambición, te da un objetivo creativo, te da una diana a la que apuntar tus obras. «Una excusa», sí, pero los artistas no necesitamos eso.  Recomiendo encarecidamente buscarse un amor platónico, buscar impaciente como una liebre asustada en el gentío para reconocer esa mirada extraña, intentar un guiño furtivo, hipnotizarse con la fría brisa de una sonrisa. Creer que la verdadera felicidad corre a cargo de un extraño del que nunca oirás la voz. Dar por sentado que folla de muerte.

El error que a veces se comete es el de aprovechar las oportunidades. Con un amor platónico nunca debes hacerlo. Olvídate de sentarte cerca de esa persona e iniciar una conversación. Olvídate de averiguar dónde vive y dejarle un mensaje enigmático en el buzón. Ni se te ocurra considerar hacerte amigo de sus amigos, no vayas por ahí. Al igual que el amigo que te guarda los secretos o el pariente viajero que te inunda la nevera con imanes de todo el mundo, tu amor platónico tiene un rol establecido que nunca debes exceder. Seguro que parece una persona apasionante, pero sólo porque no la conoces.

Porque si deseas hacerlo estás perdido. Si deseas iniciar esa conversación, intentar meterte en su vida como él se ha inmerso en la tuya, estás completamente acabado. Desquiciado. Si crees que no puedes seguir manteniendo esa conexión especial sin saber dónde trabaja, cuántos hermanos tiene o las dioptrias con las que se gradúa cada ojo, estás incumpliendo las reglas. Estás rompiendo la fantasía.

Todo deja de ser especial. Sus andares bamboleantes son gracias al pilates. Su sonrisa reluciente es fruto de una ortodoncia de hará un par de años. Su cabello lustroso lo lava con champú de melocotón y le recorta las puntas una vez al mes. Su perfume embriagador es aroma de camelias, y te dice el precio. Su voz delicada no lo es tanto después de pasar un fin de semana en las fiestas de su pueblo. Cuando mira por la ventana con aire bohemio está deseando no llegar a casa para evitar pelearse con sus padres. Los días en que se sienta con sutileza son agujetas por ir en la bicicleta de su cuñada. Han estado intentando reservar una casa de campo para Semana Santa, por eso la veías tanto hablando por el teléfono.

Una vez sabes que aprovechó para castrar a su perro después de llevarlo al veterinario para una operación de fístula urinaria, ya has roto toda la fantasía.

Pero sigues pensando que debe follar de muerte.


Antes de cerrar un libro, me gusta leerme la última página

Salta. Vamos.
Tengo unas ganas locas, LOCAS, de enviarlo todo a la mierda. No te haces idea, en serio. Pero vamos a tomárnoslo con calma.

Primero porque hasta el mayor de nuestros errores se merece un segundo de recapacitación. Es decir, cuando te equivocas al escribir una palabra ésta no  desaparece sin más. Debes dedicarle un momento y tacharla, borrarla, escribir encima. Arrugar el papel y lanzarlo a una papelera o ir a buscar un vaso de agua y echárselo por encima. Es un error, no estás orgulloso de él pero le sigues dedicando tiempo. Pues esto es algo similar.

Sí, quiero darle un vuelco a mi vida. Por supuesto, la mayoría queremos algo así. Pero a diferencia de muchos, yo quiero darle un vuelco de 180º. Vertirla toda entera en un desagüe, dejar la palangana vacía para volver a vomitar en ella. Un verdadero cambio, en todas sus acepciones. Cambio de rutina, de amistades, de lugares, de aficiones. Cosas que sólo está en nuestra mano cambiar, después de todo. ¿Y por qué no me animo a ello? Bueno, vamos a tomárnoslo con calma.

Porque hasta el más grande de nuestros errores se merece un segundo de dedicación, y la más insulsa de nuestras vidas se merece un respeto antes de romperla en pedazos sin un abrazo de despedida. Antes que inconformista soy escritor, y supongo que eso implica ser algún tipo de artista (aunque no me lo tenga demasiado creído). Así que hagamos las cosas con arte. Si vamos a decir adiós, que sea desde un balcón engalanado con tulipanes mientras tocamos en una diminuta arpa una canción compuesta por nuestra mascota. Si vamos a empujar a alguien por un precipicio, pongamos debajo una almohada de encaje con algunos poemas barrocos escritos en ella. Y si vamos a viajar, que nuestra mochila se llene de pequeños trozos de cartulina donde en cada uno podamos distinguir expresiones diferentes de una misma cara, una que nos hayamos inventado. Un extraño de infinitas emociones que nos persiga allá a donde vayamos.

Envía tu vida a la mierda, claro, pero con arte.

No te imaginas las ganas que tengo de cambiar todo esto, en serio, pero tampoco sabes la paciencia que puedo llegar a tener. O eso me gusta creer. Del mismo modo que tampoco puedes imaginar mi próximo movimiento. En un estado de libertad creativa como la que gozo ahora, ¿qué podría hacer? ¿Qué llamadas podría hacer, qué diálogos inventar, qué relatos escribir? ¿Quién será la primera víctima de mi criba social? ¿A quién dedicaré mi última despedida?

No puedes llegar a imaginarte mi próximo movimiento. Pero por ser tú, fiel lector/a, puedo darte una pista:

Mañana comeré en La Pobla de Montornés.


Sin compensación

Sin señales aparentes.

Después de tiempo sin responder a mis llamadas, decidí ir a verle. No es demasiado propio de mí, de acuerdo, pero es que me pillaba de camino hacia la librería. Quería comprarme el último libro de Vonnegut en español, y es que parece que si ahora un libro no habla de vampiros o misterios medievales no tiene interés traducirlo. Pero ese es otro tema.

Me lo encontré como esperaba encontrármelo, con una bata de esas gruesas que hacen bolitas en los hombros y con un ligero aliento a queso fundido y harina tostada. Me levantó una mano, saltaron bolitas marrones de su brazo y le devolví el saludo con un abrazo amistoso. Su nuca olía como los cojines superiores de un sofá estriado, ya sabes, esa esencia a siesta que se queda entre las fibras. Le pregunté a qué se dedicaba ahora, después de tanto tiempo sin dar noticias.

«A nada», me respondió apagando la televisión. No la estaba vivendo, sólo quería ruido ambiental mientras fregaba los platos del desayuno. «Después de lo que pasó, he decidido no dedicarme a nada».

Yo sabía de lo que hablaba, y él también. Así que no hacía falta preguntarle ni hablar sobre ello, mejor hacer avanzar la conversación.

«Todos cometemos errores, tenemos bajones. ¿Seguro que es para tanto?»

«No, claro que no. No para cualquier otro. Para cualquier otra persona sería un bache sin importancia, algo que comentar en una noche con los amigos. Pero mírame», se señaló el pelo grasiento, «¿tengo pinta de ir mucho a cenar con amigos?».

Lo entendía perfectamente. La gente no se deprime por fallar, se deprime por no poder compensar esos fallos con algún logro. Da igual lo fuerte que te des un batacazo, una alegría lo bastante grande puede hacerte salir adelante.

«No me jode fallar», prosiguió, «me jode no acertar nunca. Así que he decidido que la única manera de no fallar, es no intentar nada. Y aquí estoy». Metió la mano en una bolsa y la dirigió hacia mí: «¿Ganchitos?».

«Pero si no haces nada», dije negando con las manos su invitación, «tampoco puedes triunfar. Así no vas a superar tu último error».

«Eso ya lo hará el tiempo».

«Eres demasiado pesimista».

«Yo creo que sólo soy práctico».

«Mira», me acerqué a él, «no voy a decirte que lo que nos hace vivir es fallar y aprender de nuestros errores, porque eso es una gran mierda. Dejaré de darte el sermón si me respondes simplemente a una pregunta».

Él me miró, respirábamos el mismo aire.

«¿Así eres feliz?».

No he vuelto a ver su bata con bolitas desde entonces.


Agradecimientos a oscuras

Esos pequeños errores que te hacen sonreír.

Como equivocarte de nombre al llamar a tu pareja.

Como comprar por equivocación un billete a un lugar que no conoces.

Como ponerte tu sudadera favorita al revés.

Como ir a clase y equivocarte de aula.

Como intentar entrar a una discoteca sin la ropa adecuada.

Como enviarle un mensaje privado a quien no debía leerlo.

Como romper tu único preservativo al sacarlo del sobre.

Como dejarte el paraguas el único día que llueve.

Como apretar el interruptor de una luz que no era la que querías.

Como poner la comida demasiado tiempo en el microondas.

Como salir de casa en zapatillas de estar por casa.

Como felicitar un cumpleaños antes de lo debido.

Como golpearse en la frente al entrar a un coche.

Como sentarse en el mando a distancia.

Como quedarse sin batería en el teléfono cuando tienes que llamar.

Como no ser capaz de abrir un regalo conservando el envoltorio.

Como conocerte.


Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar