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Escucha, hermano, la canción de la alegría

El ocio durante exámenes.

Hoy he descubierto una nueva afición: ver porno con música clásica de fondo.

¿Has visto alguna vez una mamada doble al ritmo de la novena simfonía de Beethoven? Hacía mucho que no me divertía tanto.

Ahora, a seguir estudiando.


El marco de las manchas de café

Todos los niños son iguales.

Aunque debería estar estudiando (¡acabo este lunes, hurra!) no he podido evitar verme hipnotizado por unas antiguas fotos de mi colegio que he visto colgadas en Internet. Lo gracioso es que, aunque soy capaz de reconocer algunos lugares (mi colegio, una casa de colonias) e incluso algunas personas (primos de amigos, amigos de primos) y en ninguno de ellos salgo yo o alguien de mi clase… me las quedo mirando con atención e incluso las repaso tres y cuatro veces. No estoy examinando las situaciones de la fotografía, ni siquiera las caras de la gente que sale en ellas ni mi relación con esos lugares. Lo que estoy viendo, como quien al contemplar el cielo nocturno piensa en lo solitario que es nuestro planeta, es una ventana a través del tiempo. Una ventana a aquellos tiempos.

Los tiempos en que todo era mucho más sencillo, los tiempos en que cualquier que se cruzara en tu camino ya era tu amigo y el amor era algo sobrenatural a lo que no querías enfrentarte. Los tiempos en que lo más importante era esquivar una pelota de fútbol que te venía a la cara o andar con cuidado para no tropezarte cuando bajabas por las escaleras de tu edificio para ir a comprarte un paquete de cromos. Esos tiempos en los que hablabas el idioma de los gatos que vivían en el descampado donde nunca terminaban de hacer obras, esos tiempos en los que mirabas a través de la mirilla del cuarto del bedel creyendo que allí se ocultan misterios que merecen ser resueltos. Esos tiempos en los que un trozo de goma de colores es una tarde de juegos y en los que mentir no tiene más objetivo que demostrar lo imaginativo que eres.

Unos tiempos, los que quedaron en esas fotos, mucho más felices que los actuales.

Un portazo me saca de mi ensoñación, mi hermano pequeño ha llegado a casa y tira su mochila encima del sofá, haciendo que rebote en un cojín y dé con la hebilla en las baldosas. Resopla y se deja caer sin poder evitar que el pantalón del chandal deje a la vista sus calzoncillos decorados con pelotas de fútbol. Me giro hacia él, miro con comprensión hacia sus ojos de niño en la mejor época de la vida y le digo:

– ¿Qué te pasa?

Y él contesta:

– El colegio es un asco, los deberes son un asco, el aburrimiento es un asco. Todo es un asco.

Y yo el lunes acabo los exámenes.


Da gracias por que no son ascuas

Déjame disfrutar de mis inquietudes.

Su voz no fue demasiado agradable cuando me gritó agitando la mano abierta:

– ¡Basta, cojones!

Lo repitió un par de veces: era impresionante. Cuando parecía que no podía sonar más furioso, se las arreglaba para forzar aún más sus cuerdas vocales, como si hubiera desayunado cereales con cemento esa misma mañana.

– ¿Quieres dejar de tocarme las pelotas? -me volvió a gritar como preámbulo a:-. ¡Si tengo que levantarme te voy a romper el cuello, cabronazo!

Era un tipo sin auto-control. ¿Quién se pone así por estar recibiendo el tenue roce de unas cuantas decenas de piedrecitas en la nuca mientras hace por Internet un exámen final en una de esas carreras online que te dan tan sólo 40 minutos para completar el formulario? Algunas personas deben aprender a relajarse.

– ¡Mi puta carrera depende de este exámen! ¡Mi beca de investigación! -todo esto lo dice sin apartar los dedos de la pantalla del ordenador, claro-. ¡Vete a tomar por culo!

– Oh, vamos… ¡no seas así, yo también me aburro!

– ¡Estudia! ¡Olvídame!

– No tengo ganas de estudiar, no puedo estudiar. No con la cabeza así, no con las neuronas montándose una rave en mi sistema límbico. Tengo que ocupar mi mente en algo.

– No me expliques tus problemas, ya tengo bastante con los míos. Y tú eres uno de ellos ahora mismo.

– ¡Pero es que no puedo estar sin hacer nada! -tiro otra piedrecita al cogote de mi compañero. Me ha llevado toda la mañana recolectarlas de las jardineras del parque.

– ¡Pues hazte una paja! Pero joder… ¡olvídame!

Me lanza lo primero que coge de su escritorio, pero segundos después tiene que levantarse a recogerlo porque es la calculadora que estaba usando. Aprovechando que pasa cerca de mí, me da una patada en un costado y no le culpo.

– ¡No puedo ni siquiera pajearme! Cuando me aburro… joder, cuando me aburro pienso en ella.

– ¡Buen momento para pajearte, entonces!

– Tú qué coño vas a saber, no te enteras de nada. Cuando ella ronda por mi cabeza no puedo pajearme, soy incapaz de imaginarme a nadie desnuda. Y si me pongo algún vídeo… joder, me imagino que la tía que sale es ella y me da el bajón porque se la está follando otro.

– Lo que dices no tiene puto sentido.

– Debe ser amor o algo.

– ¿Amor? -se gira, parece que ahora está simplemente serio, no enfadado-. Cualquier excusa te vale para no estudiar.

– Bah, no jodas. Tú que vas a saber de amor.

– Llevo cuatro años con Mónica.

– ¿Qué me quieres decir con eso? ¿Que eres un calzonazos? ¿Que llevas cuatro años teniendo la excusa perfecta para no venirte a los partidos de fútbol? No jodas. Eso no es amor.

– ¿Y sí lo es pensar en una tía con la que no puedes pajearte?

– Dime una cosa: ¿te seguiría gustando si no estuvieras con ella? ¿Aún si estuvieras con otra, seguirías deseando a Mónica? -entonces fingí estar indignado-. Nadie puede entenderme.

– Si todo este rollo de incharme los cojones lo estás haciendo por un problema de faldas, espérate una puta media hora y nos vamos a tomar algo para ahogar las penas.

– ¿Ves? No lo entiendes.

– Y tú no entiendes que mientras me hablas de una furcia de tu clase a la que no puedes zumbarte estoy perdiendo la oportunidad de mi vida académica.

– Tu colega está padeciendo una crisis sentimental profunda y tú te preocupas por responder un par de preguntas chorras -otra piedrecita impacta en su nuca-…¡qué frívolo!

Entonces parece demasiado concentrado, porque deja de contestarme. Y porque aunque le sigo tirando chinas, ni siquiera encoge los hombros.

– Todo es una gran mierda -concluyo sabiamente-. Todo es tan tranquilo, tan pausado, tan ordenado, tan previsible… que todo es una mierda. Estudia, ves a clase, dale conversación al imbécil de turno en el tren…

Piedrecita en el cogote.

– Una gran mierda.

Entonces me incorporé, estiré al máximo las piernas flexionando las lumbares a lado y lado y me puse la chaqueta. Mi compañero gruñó:

– Eso, será mejor que te de un poco el aire. Lo necesitas, joder.

Ciertamente. Tanto tiempo encerrado en casa, refugiado en mis obligaciones, ha hecho que mi cabeza se plantee demasiadas cosas como para después abordarlas de una en una. Tanto distanciarme de mis miedos ha hecho que los tuviera al alcance de la mano. Tanto querer olvidarla sólo ha hecho que siempre deba tenerla presente.

Así que me subí la cremallera de la chaqueta, cogí las llaves de casa y sonriendo le dije a mi compañero:

– No te quepa duda de ello -inspiré hondo, me sentía algo mejor-. Voy a buscar más piedras.


Un juego amañado

No me gustan esas reglas.

Si puedo escoger, prefiero hablar antes con una chica que tenga pareja que con una soltera. Si piensas que debería ser al revés dame tus motivos, porque ahora voy a pasar a enumerar los míos.

Una chica, qué digo «chica», una PERSONA soltera siempre está buscando pareja. Es parte de la sociedad, casi de la naturaleza humana. No siempre anda buscando matrimonio o una relación estable, no lo entiendas por ahí, una persona siempre busca a otra. Aunque sólo sea para un revolcón casual o una inocente merienda en el parque.

Todas las personas solteras lo hacen en la primera impresión. Se les pasa por la cabeza, aunque sea durante un mínimo instante, si la persona con la que están hablando encaja en sus preferencias. Si podría llegar a ser una buena pareja, simplemente una amistad o si la van a reservar como segundo plato por si otras opciones fallan. Tal vez no sea un dilema que te traiga de cabeza, tal vez no un pensamiento incesante que gobierna tus noches sobre la almohada. Pero reconócelo, lo has pensado durante una fracción de segundo.

¿Has visto alguna vez a dos personas solteras hablando? Dos desconocidos que acaben de encontrarse, nada de viejos amigos. ¿Te has fijado en ellos? En la manera de mirarse, de observarse, de moverse. En su tono de voz, en los movimientos de sus manos respecto al otro. Se pueden distinguir de lejos a dos solteros que acaban de conocerse. Ambos sometidos a la visión crítica del otro, al filtro de los ideales. Pasados por un escáner de preferencias sexuales al aire libre, examinados inconscientemente. Una persona busca a otra, es así de simple.

Forma parte de nuestra estructura social, de nuestra vida, el someterse a éstos exámenes. Es lo que acaba dando las noches inolvidables y lo que puebla nuestro mundo. Como cuando ves pasar a una chica que te gusta mientras esperas sentado en la parada de tren, pero al contrario. Y viceversa. Hay gente verdaderamente experta en ese campo, libros que hablan de ello, DVDs que nos ayudan con consejos para superarlo con éxito. Son las reglas de nuestro juego.

Una de las cosas en las que a veces me siento menos humano, es en esto. En no aceptar estas reglas conductualmente impuestas. Me incomoda, aunque no tendría por qué, el hablar con personas solteras cuando yo mismo lo soy. Me siento como si tuviera que demostrar algo, los demás esperan que yo espere que demuestren algo. Pero no es así. En ningún momento se me pasa por la cabeza, no hay un sólo segundo en que pretenda entrar en el juego de miradas y frases ingeniosas. No me apetece, simple y llanamente, comportarme como el resto. Lo demás sería actuar y nunca he sido buen actor. Se me da demasiado bien decir la verdad sin querer.

Por eso prefiero hablar con chicas emparejadas. Personas con ese aspecto del comportamiento ya satisfecho, personas que no están a la búsqueda de segundas intenciones. No todas las parejas son perfectas ni estables, las parejas se rompen. ¿Pero me crees de verdad con el carisma y la presencia suficientes para ello? En ese aspecto, estoy a salvo. No soy de los que rompen parejas, soy más bien de los que las mantienen. No me intereso por una chica, me intereso por su bienestar. Un bienestar que ella ya debe traer puesto cuando hablamos.

Dicen que cada persona busca a otra. Que tengan suerte entonces.


La tensión de los exámenes

Tedioso estudio.

Frente a mí un montón de folios, hojas de papel a modo de manual de instrucciones humano. El porqué de nuestra agresividad, el funcionamiento del amor, los mecanismos que regulan la motivación por la comida. Esquemas sobre nuestro cerebro, nuestras funciones, nuestras debilidades. Todo aquello que le quita el misterio a nuestros actos.

Reconozco que es un tema interesante, siempre y cuando no tengas que examinarte de él. Lamentablemente ése es el caso, así que los segundos sentado se me hacían eternos. El tiempo pasa más despacio cuando tienes un reloj a mano. Me aburría pero las obligaciones me mantenían atado a una silla nada cómoda, en una biblioteca demasiado fría. Y como toda biblioteca, tenía su bibliotecaria.

Una chica, por la pinta estudiante de ciencias ambientales, que se limitaba a colocar los libros sin demasiadas florituras. Se subía a un taburete para los estantes altos, se agachaba para los estantes bajos. Quitaba la pinza que sujetaba los libros más gruesos, recolocaba los más finos para que no se doblaran. Hacía su trabajo, en definitiva. No es que fuera especialmente interesante, simplemente era lo único que estaba pasando. Esa chica acalorada por el esfuerzo de empujar un carro lleno de gruesos tomos por los pasillos, sin reparar en ninguno de los estudiantes. Ni siquiera aquellos que en vez de observar sus apuntes la escudriñaban a ella de arriba a abajo.

No es que fuera especialmente guapa, simplemente era lo único que podía ver al levantar la vista. Podía tener mi edad, eso bastaba. Si hay algo tan cierto como que la biblioteca da sueño es que también da morbo. Todo estudiante ha pensado en usarla como picadero, algunos afortunados lo han hecho realidad. Suma dos y dos y me tendrás a mí pensando en introducirme salvajemente dentro de la joven bibliotecaria. Entre las estanterías es un buen sitio, apoyando las lumbares en los tomos de neurofisiología. ¿O tal vez en el apartado de cartografía? Las mesas son amplias, daría mucho juego. El rincón de las publicaciones descatalogadas es muy íntimo, ahí incluso podríamos decirnos un par de guarradas sin que nos molesten.

En pocos segundos, lamenté haber llevado chándal. En instantes posteriores, simplemente lamenté haber tenido sensibilidad de cintura hacia abajo. Mi aburrimiento y parte de mi imaginación me habían dotado de una erección que iba a ser difícil de obviar. Una de la que no iba a poder librarme fácilmente. Tras considerar diferentes opciones, y sin que mis lectores me cataloguen de pervertido, decidí que lo más factible iba a ser un pequeño viaje al cuarto de baño. Para aliviar tensiones. Aliviarlas manualmente. Podría haber pensado en otra cosa, podría haberme concentrado en el estudio. Claro. También podría haber estudiado medicina o haberme sacado ya el carné de conducir. Uno no siempre elije la opción más práctica.

Ordené un poco las hojas de papel y me guardé el reloj en el bolsillo de un prieto pantalón, decidido a levantarme disimulando la carga que llevaba delante. Pero mientras retiraba la silla para alzarme, una amiga apareció ante mí. No es que fuera especialmente fea, simplemente se alejaba de mi concepto de belleza. Pero a veces era simpática, eso sí. Sonriendo, arrugando la barbilla sobre el cuello y mostrando algunos empastes, se subió las gafas a la altura de las cejas y me saludó. Yo me notaba cada vez más ligero.

– No sabes lo que me alegra que hayas venido – respondí.

Y pude seguir estudiando.


Mirando el escaparate

Esperando a que empiece el siguiente exámen.

Sentado en el aula que me han adjudicado, la profesora me reparte el formulario del exámen y ahora que la huelo de cerca pienso que tampoco me importaría que abusara de mí sin necesidad de subirme la nota.

Redacto las respuestas lo más concentrado que puedo y veo como una compañera entrega el formulario ya resuelto, y ahora que la veo contonearse hasta la mesa del profesor pienso que no me importaría sentir el bamboleo de esas nalgas en mis manos.

Salgo del exámen algo descontento por las respuestas que he dado, y mientras comento lo escueto que he sido con una amiga capto su lado más salvaje y no puedo evitar imaginarnos desnudos encima de la fotocopiadora.

Mientras comentamos en grupo la impresión que nos ha dejado el exámen aparece una chica de clase que no conocía personalmente y nos dice que le ha ido bastante bien mientras yo creo que lo que a mí me iría bien sería que me la chupara.

Y ahora que el curso se acaba pienso que tampoco había tan mal género en mi carrera, después de todo.


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