Déjame disfrutar de mis inquietudes.
Su voz no fue demasiado agradable cuando me gritó agitando la mano abierta:
– ¡Basta, cojones!
Lo repitió un par de veces: era impresionante. Cuando parecía que no podía sonar más furioso, se las arreglaba para forzar aún más sus cuerdas vocales, como si hubiera desayunado cereales con cemento esa misma mañana.
– ¿Quieres dejar de tocarme las pelotas? -me volvió a gritar como preámbulo a:-. ¡Si tengo que levantarme te voy a romper el cuello, cabronazo!
Era un tipo sin auto-control. ¿Quién se pone así por estar recibiendo el tenue roce de unas cuantas decenas de piedrecitas en la nuca mientras hace por Internet un exámen final en una de esas carreras online que te dan tan sólo 40 minutos para completar el formulario? Algunas personas deben aprender a relajarse.
– ¡Mi puta carrera depende de este exámen! ¡Mi beca de investigación! -todo esto lo dice sin apartar los dedos de la pantalla del ordenador, claro-. ¡Vete a tomar por culo!
– Oh, vamos… ¡no seas así, yo también me aburro!
– ¡Estudia! ¡Olvídame!
– No tengo ganas de estudiar, no puedo estudiar. No con la cabeza así, no con las neuronas montándose una rave en mi sistema límbico. Tengo que ocupar mi mente en algo.
– No me expliques tus problemas, ya tengo bastante con los míos. Y tú eres uno de ellos ahora mismo.
– ¡Pero es que no puedo estar sin hacer nada! -tiro otra piedrecita al cogote de mi compañero. Me ha llevado toda la mañana recolectarlas de las jardineras del parque.
– ¡Pues hazte una paja! Pero joder… ¡olvídame!
Me lanza lo primero que coge de su escritorio, pero segundos después tiene que levantarse a recogerlo porque es la calculadora que estaba usando. Aprovechando que pasa cerca de mí, me da una patada en un costado y no le culpo.
– ¡No puedo ni siquiera pajearme! Cuando me aburro… joder, cuando me aburro pienso en ella.
– ¡Buen momento para pajearte, entonces!
– Tú qué coño vas a saber, no te enteras de nada. Cuando ella ronda por mi cabeza no puedo pajearme, soy incapaz de imaginarme a nadie desnuda. Y si me pongo algún vídeo… joder, me imagino que la tía que sale es ella y me da el bajón porque se la está follando otro.
– Lo que dices no tiene puto sentido.
– Debe ser amor o algo.
– ¿Amor? -se gira, parece que ahora está simplemente serio, no enfadado-. Cualquier excusa te vale para no estudiar.
– Bah, no jodas. Tú que vas a saber de amor.
– Llevo cuatro años con Mónica.
– ¿Qué me quieres decir con eso? ¿Que eres un calzonazos? ¿Que llevas cuatro años teniendo la excusa perfecta para no venirte a los partidos de fútbol? No jodas. Eso no es amor.
– ¿Y sí lo es pensar en una tía con la que no puedes pajearte?
– Dime una cosa: ¿te seguiría gustando si no estuvieras con ella? ¿Aún si estuvieras con otra, seguirías deseando a Mónica? -entonces fingí estar indignado-. Nadie puede entenderme.
– Si todo este rollo de incharme los cojones lo estás haciendo por un problema de faldas, espérate una puta media hora y nos vamos a tomar algo para ahogar las penas.
– ¿Ves? No lo entiendes.
– Y tú no entiendes que mientras me hablas de una furcia de tu clase a la que no puedes zumbarte estoy perdiendo la oportunidad de mi vida académica.
– Tu colega está padeciendo una crisis sentimental profunda y tú te preocupas por responder un par de preguntas chorras -otra piedrecita impacta en su nuca-…¡qué frívolo!
Entonces parece demasiado concentrado, porque deja de contestarme. Y porque aunque le sigo tirando chinas, ni siquiera encoge los hombros.
– Todo es una gran mierda -concluyo sabiamente-. Todo es tan tranquilo, tan pausado, tan ordenado, tan previsible… que todo es una mierda. Estudia, ves a clase, dale conversación al imbécil de turno en el tren…
Piedrecita en el cogote.
– Una gran mierda.
Entonces me incorporé, estiré al máximo las piernas flexionando las lumbares a lado y lado y me puse la chaqueta. Mi compañero gruñó:
– Eso, será mejor que te de un poco el aire. Lo necesitas, joder.
Ciertamente. Tanto tiempo encerrado en casa, refugiado en mis obligaciones, ha hecho que mi cabeza se plantee demasiadas cosas como para después abordarlas de una en una. Tanto distanciarme de mis miedos ha hecho que los tuviera al alcance de la mano. Tanto querer olvidarla sólo ha hecho que siempre deba tenerla presente.
Así que me subí la cremallera de la chaqueta, cogí las llaves de casa y sonriendo le dije a mi compañero:
– No te quepa duda de ello -inspiré hondo, me sentía algo mejor-. Voy a buscar más piedras.