Apostando al número neurótico.
Llegas a una fiesta.
A tu alrededor, gente siendo gente. Barres la sala con la mirada, viendo quién habla con quién, quién bebe qué, qué se hace dónde. El polvo de nuestra programación conductual esparcido por una jaula olor pachulí decorada con vinilos de Paul Simon. Te ha llevado un conocido, conocida, conocide que escoge soltarte para intentar convencer a una estudiante de intercambio que la fidelidad no se tiene en cuenta a partir de las 7 horas de vuelo internacional. Con un vaso de tubo en la mano conteniendo una mezcla de alcoholes densa como el pegamento, se te presenta la decisión de empezar una conversación. Supongamos para este ejemplo ficticio que tienes la capacidad, que de tus poros de piel nocturna improvisada no se licua mediocridad mundana. Supongamos que la humanidad aún te crea la curiosidad necesaria para creer que puedes aprender algo de ella. Supongamos que eres yo.
Verás, no es que se me dé mal juzgar a la gente. Puedo llegar a esa fiesta y entrar en el Corrillo de Aduladores, sabría cómo fundirme perfectamente en vacuos continuará. Puedo acercarme al Coctelero Indeciso y proponerle una mezcla que no haya probado nunca, sugerirle a la Hermana Tierra un lugar con las vistas perfectas para su última publicación. Los Observadores Cínicos no serían problema, puedo colaborar en su caricaturesco guion con sátira afilada. Y cualquiera podría hacer reír a Ricitos de Mugre, no sé si eso cuenta para mi argumento.
La cuestión no es que se me dé mal juzgar a la gente, es priorizar. Sé que acercándome a Trabajo en Quebec tengo la noche ocupada sin gastar demasiada energía y que podría reclutar a Gafas de Repuesto para cualquier proyecto que tuviera en mente. Si me aburro, puedo orbitar alrededor de Ponme Otra y después buscar un rincón discreto para ponerme un poco existencial junto a Modista de Trapo. Y aún sabiendo todo esto, cuando todas mis opciones superpuestas colapsan en una realidad que cabría en un Fa sostenido, apuesto.
Apuesto a las personas que son baúles con candados de plastilina. Apuesto a las bombas de verborrea durmientes, a los diminutos castillos decorando peceras de prejuicios. Apuesto por las inhalaciones incómodas, por los besos en la mejilla de una abuela que no es la tuya. Apuesto por los látigos de cuero en la sección de chucherías, por jaurías de perros que se dedican a la política. Apuesto por mitologías creadas en garajes y restos de comida rápida flotando en estaciones espaciales. Apuesto por la banda sonora que reverbera frotando con un tenedor.
Apuesto por los bufones, las personas menos convenientes. Apuesto por un saludo que termina en huida, por un apretón de manos que requiere pagar un rescate. Apuesto por esa sonrisa que causa infección, por la timidez explosiva. Teniendo todo a mi favor, compro el billete más caro hacia limpiar un desagüe. Considerándome crítico, abro siempre el mapa en las coordenadas de la vergüenza ajena.
Llegas a una fiesta, naces en ella, y podrías pasar perfectamente la noche sin despertarte con resaca la mañana siguiente. Pero supongamos que eres yo.

