Crónicas del oso pardo

Silvia querida:

Ojalá puedas leer estas líneas que me salen del alma. Las escribo desde este terrible lugar, con el propósito de que me comprendas y que sepas la verdad de lo que pasó.

Todo fue culpa de tus hermanos, que sabiendo que no bebo me dieron ese licor de frijoles. Yo no sé qué misterio tiene pero me entró directo en las neuronas y vi, primero alucinaciones, y luego claramente la formalización matemática que he buscado todos estos años como director de la Academia.

Sentí que el licor me quemaba la piel, fui quitándome la ropa, arranqué el mantel, lo tiré al suelo y lo que iba anotando con el bolígrafo es, ni más ni menos, la demostración misma de la Gran Unificación, la perseguida Teoría del Todo que vi en mi mente a causa de la intensa sinapsis. A punto de concluir empecé a decir aparentes locuras, noté que me agarraron, me esposaron y del cuartel me trajeron en lancha a la isla, yo no sé con qué cargos, y aquí estoy escribiéndote, pidiendo perdón, a tí, a nuestras familias y a todos los invitados a nuestra boda.

Qué desastre; qué más te voy a decir si casi no me acuerdo nada. Averigua, por favor, dónde está el mantel, espero que no lo hayan lavado ni tirado a la basura.

Silvia, te quiero, eres la mujer de mi vida.

Tuyo, Gilberto

Desde que se le rompió una patilla a mis sunglasses Veiltton, no soy el mismo. He buscado por todas partes pero ese modelo ya no lo hacen.

Intenté que las repararan y en la óptica me dijeron que era imposible. Probé las nuevas, que salen en la canción “Dime”, del rapero PipeLock, la bestia; están bien, pero no me veo cómodo.

Lo intenté con otras marcas, pero me quitan personalidad.

Estaba pensando probar unas de esas virtuales, las Bro-Pro, pero tendría que pedirlas online. Me da un poco de miedo, porque al estar conectadas yo no sé si uno puede ser hackeado y qué pasa si se llevan tus datos. Lo malo es que si no me van yo no devuelvo nada, las meto en un cajón por toda la eternidad. Desde aquí sale caro devolver. Por eso nunca pido nada.

Lo mejor será comprarme unas de plástico en el almacén de la esquina, que por un par de dólares te dan un camión.

Y no se diga más, que si ando de buenas, cualquier cosa que me ponga me queda brutal.

Uno piensa que los funcionarios del palacio hacen bien su trabajo, pero no siempre es así.

Soy camarero en una de las fondas cercanas al palacio, El Conejo Rojo. La mejor atención, comida saludable, buena bebida y precios razonables.

Muchas familias del barrio y hasta los guardias del palacio vienen, sobre todo los sábados, a cenar. Es la noche del acordeón y del mondongo. Da gusto oirlos cantar La Patriótica.

El pasado domingo, al preparar las mesas para los desayunos, me encontré en el suelo un pequeño huevo de plástico y al abrirlo vi un papelito doblado.

Al llegar a mi casa, estudié aquel papel y tuve la corazonada de que, por el orden de unos números y unas líneas, podría tratarse de una clave, a lo mejor proveniente de palacio. Es peligroso que algo así esté a la vista de cualquiera.

Me pareció que lo más honesto era llevar el pequeño huevo al palacio. Cuando lo enseñé en la entrada, me enviaron a un sótano donde me pidieron que lo entregara en una caseta que estaba en otro recinto, saliendo del palacio a mano derecha. Pero no encontré nada y después de dos vueltas caminando alrededor del palacio, desistí.

Y ahí tengo el huevito en casa, sin saber qué hacer.

-Hay algo que no me suena, don Fernando. Por favor, repita.

-Con gusto:

En medio de un período de violencia, hace muchos años fui un niño huérfano en una ciudad del sur de China. Un monje shaolín me llevó al templo, donde me cuidaron y me alimentaron. Después de recuperar algo de panza, aprendí a no dejarme arrastrar por la ira. A tener paciencia y a entender que el sufrimiento es parte de la existencia. -¿Entonces debo odiar la ira? -le pregunté al maestro. Y estalló a carcajadas.

-Vaya al grano, por favor.

-Fui creciendo y gané confianza en mí mismo. El ejercicio me dió fuerza, equilibrio, dominio del movimiento y las rutinas, gracias a la atención. Ya era aprendiz. Aprendí que a mayor seguridad en uno mismo, disminuye el miedo. Y cuando el miedo va desapareciendo, hay menos odio en el corazón. Aún recuerdo la calma del templo. Los tres grandes budas dorados. Amituofo. Los amplios corredores y los patios. Los atardeceres del sur, las montañas doradas. Pero dos años después la violencia se extendió. Para salvarme de una muerte segura, un monje me subió a un barco, luego me alejé del puerto y vi la ciudad cuando empezaba a arder. Vine a parar aquí. Me trajo el viento de la vida.

-Concluya, se lo ruego.

-El resto de mi vida, como sabe, me la he pasado vendiendo. Cargar frutas, mover la carretilla. Un banano, un mango, una papaya. Piña, la que quieras. Cargo, empujo, paro, sigo. Hago del movimiento mi camino.

-Pero usted es un notario conocido. -Por eso.

Yo seguí la historia de Bucéfalo, algo kafkiana, pero el que conocí, sentado en la misma mesa, frente a la taza de té que seguía enfriando día tras día.

Raya con la estilográfica desechable el papel cuadriculado, garabatos de sueño, retorcidos por la falta de nicotina, sometidos al tormento de un piano en bucle imaginario.

Por su escritura, se volvió intratable. Miró sobre el papel esquirlas de sombras interiores, lo recortó en dos, o en cuatro, para dar la impresión de una inteligencia artificial, feliz e inspirada. Tal cual hasta, según él, estar, así, angular, intimista.

Si el párrafo era apenas largo, traía a su mente la esencia de lo mínimo. Aunque ya no tenía fresca la memoria de Asia, tenía la marca de cierta simplicidad mezclada con el realismo de la pobreza.

El té recalentado.

ᛒᚱᛁᛁᚦᚢᛋ

Siempre se ha dicho que llevamos en nuestro interior los misterios del universo. El común de las personas es incapaz de verlos, porque se aferran al cuerpo y allí sólo encuentran masa, huesos, tejidos, sangre, líquidos. No pueden ver la mente. Y cuando un sabio apunta a ella, los demás no entienden, o tiemblan de pánico.

En una sangrienta batalla en tiempos de la expansión vikinga, la implacable reina Breiðøx se vio obligada a mirar la mente para guiar a sus hombres en medio de los gritos, la confusión, la muerte y la niebla.

Visualizó en el campo de su mente las sagradas runas protectoras y las hizo girar alrededor de sus hombres, uno a uno, cara a cara, todo esto a la velocidad del relámpago, mientras destrozaba a hachazos la vanguardia del enemigo.

Ensangrentada hasta los pies, avanzando sobre los cadáveres que yacían en el suelo encharcado, vio volar en su mente a dos cuervos con noticias de la posición y las intenciones del enemigo, decapitó a un guerrero y levantando su cabeza le dió la orden de morder a su rey, con tal fuerza que lo escuchó gemir de espanto, y de un salto lo derribó con un terrible hachazo.

Poniendo un pie sobre el cuerpo abatido, vio en su mente la inconfundible luz de la victoria. Gritó a rabiar, y sus hombres, como locos, gritaron con ella.

Así fue dicho en una saga que las videntes cantan a gritos.

Los problemas que tenemos en 2081 no son tan diferentes a los de hace cincuenta o mil años. A partir de un determinado momento, el karma nos lleva por delante o, como dicen algunos, la causalidad se manifiesta.

Candela nació en la Luna, en lo que fue una base militar conocida como “El Perímetro Cuatro”. Allí estudió, se casó y enviudó. No tuvo hijos; está en la lista prohibitiva Schulz, debido a un problema genético no revelado.

Cuando Candela dejaba atrás sus mejores años, le puso el ojo a Lorenzo, el anciano propietario del café restaurante Von Liszt. Según dicen, la mina de oro del Distrito Centro.

Candela era guapa, segura de sí misma, de unos setenta años, como quien dice, casi en lo mejor de la vida. Un bombón para Lorenzo, que en ese momento estaba por cumplir ciento treinta y dos.

Pero Candela tenía un obstáculo: Rocío, la única hija de Lorenzo. Un día, creyendo que Rocío era tonta, le dijo:

-Yo soy bruja, pero seré una bruja buena si nos entendemos. Cuando quieras, te leo la mano.

Rocío la miró, sonrió como ausente, y siguió secando platos.

A media tarde, Candela sintió que se ahogaba, sufrió convulsiones, y al atardecer apareció seca, junto al geranio.

Nadie sabe por qué.

El Gorras cayó como un saco de plomo en la cama, con whisky hasta en las suelas. Sin saber cómo, ocultó el revólver debajo de la almohada y comenzó a roncar como si estuviera contando una novela. Era una noche de mediados de marzo, aún hacía frío en las madrugadas.

Fue incapaz de decir nada cuando lo levantaron y lo esposaron. Seguía tan borracho como al acostarse, pero cuando se movió el vehículo, el aire fresco del amanecer lo terminó de despertar.

En el camino vio florecillas rojas sobre el fondo verde.

Nadie habló y cuando entraron a los sótanos, parecía que también el tiempo estaba detenido. Pensó que el arma estaría debajo de la almohada o camino del laboratorio.

Muchas cosas sucedieron. Los momentos eran duros, como frenados, y el aire, denso, intragable. El inspector jefe de homicidios le dijo:

-Colabora y podrás irte. No tengo nada contra tí, tu arma está limpia. Dime el nombre y la dirección de los amigos con los que estuviste anoche en el club, y estarás en la calle. -Mire inspector, el problema es que yo anoche no estuve en el club. -Si te vio todo el mundo. Eh, muchachos, dice que no estuvo en el club. Y todos rieron. El Gorras se rascó la cabeza, tratando de recordar. Junto a su mesa estaban dos desconocidos con una rubia. -Eso no fue anoche, busquen en otra parte. -Llévenlo abajo -dijo el jefe.

En la cárcel, todos sospechaban que estaba encubriendo a un pez gordo. Era un hombre duro, sabía lo que hacía y disponía de dinero.

Tiempo después regresó a su habitación. Se metió en la ducha y se dijo:

-¡Qué problema! Cuando me echo dos tragos no me acuerdo de nada.

Lo peor que pudo hacer mi amigo Rafael fue entusiasmarse con una montaña. Y lo hizo porque su compadre Honorio compró una más pequeña, construyó una cabaña y desde su terraza se veía la imponente montaña de enfrente.

-Cómprala -dijo Honorio-, te divertirás en grande. Desde allí verás el mar. Hablaré con el propietario para que te sea cómodo. -Habla con él, estudiaré su propuesta.

Y así se vio Rafael con una montaña. Primero hizo el camino y fue necesario pelar mucho monte para alejar a las serpientes. Luego hizo la cabaña. Los hombres trabajaron duro, semana tras semana. Entonces comenzaron a llegar los amigos los fines de semana. Parrillitas por aquí, traguitos por allá, y como las chicas querían ver el mar, hizo un mirador al otro lado de la montaña. Y ahí frenó.

Cuando se iban los invitados, se quedaba muy a gusto en la cabaña, hasta que una madrugada vinieron unos hombres uniformados y, entre la confusión, los empujones y las sombras, se lo llevaron.

-¿Tú no sabes que estas tierras son del comandante Teófilo? O pones tres millones o te largas dando las gracias. -No tengo, me voy -dijo temblando.

Y cagado del susto salió corriendo para recoger lo que pudiera de la cabaña, que estaba ardiendo, y no encontró el todoterreno por ninguna parte.

Cuando empezó a caminar despuntaba el alba. Saliendo de unos matorrales se topó con un indio al que le contó la historia. Este lo miró de arriba a abajo y le dijo:

-Fíjese patroncito que no es culpa de nadie. Esa montaña la llamaron mis antepasados Chiguanango. -¿Y qué significa eso? -Nadie sabe. -¿Cómo que nadie sabe? -Nadie, de verdad. Pero vaya repitiendo la palabra por el camino y cuando llegue a su destino le encontrará todo el sentido.

Ahora se exalta a los pioneros de Internet. La primera página web, el primer vídeo, el primer chat... Yo estoy de acuerdo, se lo merecen. No hay duda de que todo esto ha transformado a nuestra sociedad. Pero... ¿y yo qué?

En la temprana Internet, yo tenía veinticuatro años. Era un joven alegre de Minnesota. En ese entonces, una prometedora empresa de Nueva York me ofreció, como a otros, una cuenta gratuita como probador de lo que vendría a ser una nube primitiva para guardar archivos digitales.

No daban mucho espacio, pero para mí era suficiente. Guardé documentos e imágenes. Fue una maravilla. No subía carpetas, sino archivos individuales. Había que hacer cada carpeta y luego subir los archivos uno a uno. El trabajo no era poco.

Fui un creyente sincero de que este programa iba a transformar a la humanidad. Y así, trabajé cada día, por varios meses, para que el programa fuera eficiente, hasta que un día al meter la contraseña no abrió. Estaba como muerto. Pensé que podía ser un fallo de mi computadora, del servidor de Internet. Pero no. Y dándole vueltas a la cabeza, me dije: “si el problema persiste, mañana escribiré al soporte”.

A la mañana siguiente, la página de la primitiva nube desapareció y los correos que envié al soporte rebotaron uno a uno. Hasta que se me fue cortando la respiración y caí en picado.

Sí, yo fui el primer deprimido de Internet y reclamo mi lugar en la historia.