El mantel
Silvia querida:
Ojalá puedas leer estas líneas que me salen del alma. Las escribo desde este terrible lugar, con el propósito de que me comprendas y que sepas la verdad de lo que pasó.
Todo fue culpa de tus hermanos, que sabiendo que no bebo me dieron ese licor de frijoles. Yo no sé qué misterio tiene pero me entró directo en las neuronas y vi, primero alucinaciones, y luego claramente la formalización matemática que he buscado todos estos años como director de la Academia.
Sentí que el licor me quemaba la piel, fui quitándome la ropa, arranqué el mantel, lo tiré al suelo y lo que iba anotando con el bolígrafo es, ni más ni menos, la demostración misma de la Gran Unificación, la perseguida Teoría del Todo que vi en mi mente a causa de la intensa sinapsis. A punto de concluir empecé a decir aparentes locuras, noté que me agarraron, me esposaron y del cuartel me trajeron en lancha a la isla, yo no sé con qué cargos, y aquí estoy escribiéndote, pidiendo perdón, a tí, a nuestras familias y a todos los invitados a nuestra boda.
Qué desastre; qué más te voy a decir si casi no me acuerdo nada. Averigua, por favor, dónde está el mantel, espero que no lo hayan lavado ni tirado a la basura.
Silvia, te quiero, eres la mujer de mi vida.
Tuyo, Gilberto